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Durante la primera mitad del siglo XV los reinos ibéricos se mantuvieron alejados de la Guerra de los Cien Años aunque, como Francia e Inglaterra, experimentaron las mismas luchas nobiliarias por el control de unas estructuras monárquicas consolidadas ya a principios de siglo. La política de Fernando de Antequera propició la unión dinástica de las Coronas de Castilla y Aragón y una mayor dependencia de Navarra a las directrices políticas castellanas. La lucha por el poder en Castilla fue el principal problema peninsular y afectó en mayor o menor grado a todos los reinos hispánicos. Mientras los reinos atlánticos dieron nuevos pasos en su expansión marítima, una Corona de Aragón en crisis abordó su última aventura mediterránea de la mano de Alfonso V el Magnánimo. En un contexto de hegemonía peninsular y recuperación demográfica y económica, la Castilla de Juan II (1406-1454) se vio alterada por una nueva pugna monarquía-nobleza -signo de los tiempos- en la que sobresalieron tres fuerzas políticas diferentes, aunque no cohesionadas ni totalmente autónomas: la monarquía, defendida por el valido Álvaro de Luna, la nueva alta nobleza dinástica de los Infantes de Aragón -Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón; Juan, duque de Peñafiel y heredero de la casa en Castilla; Enrique, maestre de Santiago; Sancho, maestre de Alcántara; María, esposa de Juan II; y Leonor, esposa de Duarte I de Portugal-; y la oligarquía de la encumbrada nobleza trastamarista, dispuesta a respetar a la Corona, pero también a someterla a sus intereses frente al autoritarismo regio y a los Infantes de Aragón. En esta situación el carácter abúlico de Juan II fácilitó a los infantes Enrique y Juan dominar el reino por su potencia económica, política y militar según el proyecto de Fernando de Antequera. Pero las disputas surgidas entre ambos desde 1419 -mayoría del rey- condujeron a un enfrentamiento saldado con la victoria del infante Juan y de la nobleza descontenta encabezada por Álvaro de Luna, personaje encumbrado por Juan II contra el poder de los infantes. Entre 1422 y 1427 ambos gobernaron el reino. Elevado a condestable (1422), don Álvaro inició una política promonárquica con apoyo nobiliario que supuso la aristocratización del reino a costa de la anulación política de las ciudades de realengo (divididas en bandos y en pleno proceso de oligarguización) y de unas Cortes auténticamente postradas ante el poder real. El gobierno contra natura del infante Juan, rey de Navarra desde 1425, y Álvaro de Luna acabó en ruptura. El condestable se hizo con el reino atrayendo a la nobleza con el reparto de los bienes de los infantes y aprovechando el desinterés de las Cortes catalano-aragonesas en las luchas dinásticas de Alfonso V. En las treguas de Majano (1430) Álvaro de Luna logró una victoria total, es decir, la expulsión y desposesión de los infantes y el fin del apoyo de Alfonso V a sus hermanos. Entre 1430 y 1439 el brillante y ambicioso Álvaro de Luna prosiguió una política promonárquica con apoyo de los ciudades cuyos fundamentos eran: el apoyo a linajes poderosos, una oligarquía que acabó amenazando su propio gobierno; el aumento de sus dominios como soporte de su programa político; la reapertura de la guerra contra Granada como medio de prestigio personal, control de los recursos y ocupación de la nobleza (ambas políticas inspiradas en Fernando de Antequera); y el equilibrio anglo-francés en pro del comercio atlántico y de su estabilidad interna. El enriquecimiento de Álvaro de Luna y su tiranía permitieron a los infantes erigirse en árbitros entre los bandos nobiliarios, recuperar el poder y desterrar por segunda vez al valido (1439). Sin embargo, la lucha condestable-nobleza se saldó a favor de los realistas en la batalla de Olmedo (1445), definitiva derrota de la nobleza dinástica de los Infantes de Aragón. Pero esta victoria real fue un espejismo: la nobleza, reacia al gran poder del favorito, se reorganizó en torno al heredero Enrique, Juan Pacheco y la reina Isabel de Portugal, quienes explotaron las derrotas del condestable contra los nazaríes, la pérdida de su apoyo portugués (1449) y el final de su influencia sobre Juan II para lograr que el monarca le abandonara. El condestable fue condenado por el oscuro asesinato del contador real Alfonso Pérez de Vivero y ejecutado en 1453. Don Álvaro de Luna había defendido un sistema autoritario cuyo eje principal era él mismo y no el rey, contradicción profunda que acabó precipitando su propia caída. Su herencia política, sin embargo, no sería olvidada. Un año después murió Juan II, dejando todas las rentas del reino y muchos lugares de realengo en manos de la nobleza, principal beneficiaria de la lucha entre el condestable y los Infantes de Aragón. La política exterior de Castilla en esta época estuvo siempre mediatizada por sus conflictos internos. La nueva ofensiva contra Granada (1430-1439) permitió avances fronterizos y alguna resonante victoria como la batalla de la Higueruela (1-julio-1431), pero todo se perdió en las derrotas posteriores a su victoria en Olmedo (1445). Aragón, Navarra y Portugal participaron de forma directa o indirecta en los conflictos internos castellanos en función de quien tuviera el poder en Castilla: frente al bloque Aragón-Navarra-Infantes de Aragón, el condestable buscó la alianza del regente portugués Pedro de Coimbra (1438-1449) y de los beamonteses navarros enfrentados al rey Juan. A ello debe añadirse desde 1418 la dispute luso-castellana por el dominio de las Islas Canarias, nunca perdidas por Castilla. En el conflicto anglo-francés, adoptó una política ambigua. Aunque mantuvo la tradicional alianza francesa con ayudas privadas (mercenarios y apoyo naval), defendió el beneficioso control de las rutas atlánticas y de los puertos flamencos y franceses frente a ingleses y hanseáticos -victoria naval de La Rochelle (1419)-. En la cuestión del Cisma, Castilla apoyó a Benedicto XIII hasta 1417. A su llegada al trono en 1416, Alfonso el Magnánimo sufrió las ofensivas pactistas de las Cortes de Cataluña, ansiosas por obtener las reivindicaciones rechazadas por Femando I -Cortes de Barcelona (1416) y de Barcelona-Tortosa (1419)-. Sin embargo, Alfonso V logró los recursos suficientes para continuar respaldando a los Infantes de Aragón en Castilla y consolidar sus posiciones en el Mediterráneo occidental, donde retomó la tradicional política antigenovesa del Casal de Barcelona con la pacificación de Sicilia y Cerdeña, el intento de conquista de Córcega y el saqueo de Marsella (1423). Esta guerra le permitió intervenir en Nápoles al extinguirse la dinastía local Anjou (1420-1423). Sin embargo, las dificultades en la Península y Nápoles le obligaron a regresar. Frente a los graves problemas socio-económicos de Cataluña Alfonso V se limitó a contemporizar. En un nuevo asalto pactista, las Cortes (1421-1423), imprescindibles para la política exterior del monarca, le humillaron al convertir la "Diputació" en fuerza política de la oligarquía como "custodia y defensa de la estructura constitucional del país frente a cualquier extralimitación del rey y de las autoridades públicas". Esta victoria pactista sería un nuevo obstáculo en la evolución de las instituciones catalanas hacia la monarquía autoritaria moderna, proceso que quedaría bloqueado al no poder los reyes ni acceder a los recursos hacendísticos -controlados por las Cortes y Generalidades ni alterar sin su permiso el ordenamiento jurídico vigente. En Castilla, la victoria de Álvaro (1430) significó el final del soporte aragonés a los Infantes de Aragón. Desligado de estos asuntos, Alfonso V retomó su proyecto napolitano en 1432, mientras los reinos peninsulares quedaban en manos de la reina María de Castilla. La conquista de Nápoles (1432-1458) representa una nueva fase de la secular pugna entre los reyes catalano-aragoneses y la case de Anjou iniciada en 1282, pero en este caso respondió más a los sueños de gloria del monarca y su dinastía que a las necesidades reales de una Corona de Aragón -especialmente Cataluña- sumida en una profunda crisis interna. Pese a la derrota inicial de Ponza (1435), Alfonso V conquistó todo el reino napolitano en 1442. A continuación prosiguió la guerra contra Génova, lo que precipitó la intervención de Francia, convertida en el mayor peligro para el equilibrio político de Italia. Con ello se ponían las bases del futuro enfrentamiento por el dominio de Italia entre españoles y franceses. La paz de Lodi (1454) fue la respuesta de las potencias italianas a los avances francés y turco -conquista de Constantinopla (1453)-. Alfonso V mantuvo contactos con príncipes balcánicos como parte de una gran política mediterránea global cuyo fin era proteger el comercio catalán y hostigar el avance turco en Europa oriental. Desde 1436, el infante Juan de Navarra fue nombrado Lugarteniente en Aragón y Valencia, y Alfonso V se desentendió de los problemas peninsulares salvo para obtener recursos. Su absentismo envenenó los graves problemas internos de Cataluña, donde coincidían dos complejos procesos: las luchas por el gobierno en la ciudad de Barcelona entre los partidos de la "Biga" -patriciado urbano que regía la ciudad- y la "Busca" -menestrales y artesanos aspirantes al poder-; y la cuestión de los payeses de remensa de la Cataluña Vieja, enfrentados a la oligarquía feudal desde el siglo XIV por su negativa a desligar de la tierra a los campesinos siervos y a abolir los malos usos feudales. En ambos problemas el monarca apoyó con sus oficiales la organización y reivindicaciones de los sectores antinobiliarios -buscaires y payeses- para obtener los recursos que las oligarquías pactistas le negaban y recuperar el patrimonio real con el que reducir el poder señorial e imponer su autoridad. Por orden suya, Galcerán de Requesens, "llochtinent" en Cataluña, organizó a los "buscaires" (1442) y en 1453 les entregó el "Consell" de Barcelona. Sin embargo, con sus medidas superficiales y los gastos en Italia, Alfonso V sólo agravó unos problemas catalanes que le estallarían en las manos a su sucesor Juan II. Alfonso V solucionó con energía las luchas socioeconómicas entre "forans" y "vilans" en Mallorca (1451-1454), pero no el bandidaje y el auge de la nobleza en el reino de Aragón. Sólo Valencia acrecentó en esta etapa su prosperidad económica. Alfonso V murió en Nápoles en 1458. Sus posesiones fueron divididas entre su hermano Juan de Navarra (II de Aragón) y su hijo bastardo Ferrante, rey de Nápoles vinculado dinásticamente a la Corona. El Magnánimo vinculó Nápoles a los dominios catalano-aragoneses, pero al precio de dejar Cataluña al borde de una gran explosión socio-económica y de un futuro enfrentamiento con Francia por el dominio de Italia. A mediados del siglo XV Portugal experimentó el auge de la nobleza portuguesa que había apoyado la entronización de la nueva dinastía y un nuevo impulso en la expansión ultramarina. El rey Duarte I (1433-1438) frenó la presión de la nobleza combinando el control de la concentración y herencia de bienes nobiliarios -Ley Mental (1434)- con la expansión marítima iniciada por su hermano el infante Enrique el Navegante -paso del Cabo Bogador (1434)-. La expansión portuguesa en el norte de África fracasó ante Tánger (1437), desastre que precedió a la muerte del monarca en 1438. Ambos acontecimientos y la minoría del rey Alfonso provocaron la división de la nobleza en dos bandos: los nobles expansionistas vinculados a Enrique el Navegante, su hermanastro Alfonso, conde de Barcelos, y la reina Leonor de Castilla; y la nobleza dirigida por Pedro, duque de Coimbra, y Juan, maestre de Santiago, con apoyos en las burguesías atlánticas. El condestable Pedro de Coimbra se hizo con el poder y gobernó durante la minoría de Alfonso V (1438-1449) pese a la oposición nobiliaria encabezada por el conde de Barcelos, futuro duque de Braganza. El regente realizó una política promonárquica que se plasmó en la promulgación de las "Ordenaçoes Alfonsinas" (1446), primer código civil portugués. Su gobierno es comparable al de Álvaro de Luna, en cuyas luchas se vio envuelto el regente portugués. En el exterior acentuó decisivamente la expansión marítima combinando los intereses de burguesía y nobleza bajo la dirección de la Corona. Desde su mayoría de edad (1446), Alfonso V (1438-1481) se unió al conde de Barcelos en una reacción nobiliaria contra Pedro de Coimbra, que murió en la batalla de Alfarrobeira (1449). Su desaparición quebró el autoritarismo real y supuso un nuevo asalto nobiliario a las instituciones reales. Además de la inmersión de Navarra en la política interna castellana y del declive de la autoridad real, durante este periodo se produjo el agravamiento de la soterrada lucha entre agramonteses y beamonteses, los bandos nobiliarios que dividían el reino. Bajo su enfrentamiento se observa el choque de dos modos de vida diferentes. Los beamonteses (por Carlos de Beaumont, primo de Carlos III) representaban la Montaña, la zona norte del reino de economía pastoril y los agramonteses (por los Agramunt) representaban la Ribera, la zona sur del reino de economía agrícola. Ambos bandos continuaron su enfrentamiento durante todo el siglo XV, aunque agravado por las luchas políticas que sacudirán el reino. A finales del reinado de Carlos III (1387-1425), la hegemonía castellana fue reforzada con el matrimonio de la infanta Blanca (14251441), viuda de Martín el Joven y heredera del reino, con Juan, el segundo de los Infantes de Aragón (1419). Pese a la oposición de los navarros, Juan I (1425-1479) asumió el control del reino y lo convirtió en soporte de sus luchas en Castilla. Desde 1430 (treguas de Majano) el monarca se replegó a Navarra, abriéndose un breve periodo de paz roto en 1441 al morir la reina Blanca, viuda del reino según los fueros navarros. Aunque el trono pertenecía legalmente a su hijo Carlos, Príncipe de Viana (titulo creado por Carlos III para el heredero en 1423), Juan I tomó el poder, iniciando una larga y compleja guerra dinástico-nobiliaria. En 1441 Juan I volvió a sus intereses castellanos, hasta que la derrota de Olmedo (1445) le alejó definitivamente de Castilla. Su matrimonio con la castellana Juana Enríquez (1447), que ponía fin a su legitimidad como rey-consorte, provocó la guerra. Los beamonteses se rebelaron tras Carlos de Viana y con el apoyo castellano de Álvaro de Luna, interesado en debilitar al infante-rey. La guerra civil entre Juan-agramonteses y Carlos-beamonteses duró hasta 1455. Carlos de Viana y su hermana Blanca fueron desposeídos del reino en favor de su hermana menor Leonor, casada con Gastón de Foix. El heredero buscó entonces el apoyo francés y la mediación de Alfonso V de Aragón, pero la muerte de éste (1458) complicó aún más la situación. Juan I de Navarra se convirtió en Juan II de Aragón (1458-1479) y la pugna con el Príncipe de Viana, ahora también heredero de la Corona de Aragón, se extendió a toda la mitad oriental de la Península. Navarra se convirtió en "el centro de gangrenamiento de la política hispana". Tras el reinado de Yusuf III (1408-1417), Granada inició un periodo revolucionario de proclamaciones violentas de reyes apoyados por clanes nobiliarios (Zegríes y Abencerrajes) oscilantes entre la legitimidad y caudillos militares nacionalistas susceptibles de recibir ayuda norteafricana de Hafsíes y Meriníes. En este contexto de descomposición interna jugó un papel decisivo la influencia de Castilla, interesada en acentuar las divisiones internas de cara a una futura conquista total. En 1419 los Abencerrajes, con apoyo de los Hafsíes de Túnez, destronaron a Muhammad VIII el Pequeño (1417-1419 y 1427-1429) y entronizaron a Muhammad IX el Zurdo, cuyo gobierno (1419-1427; 1430-1431; 1432-1445 y 1447-1453) fue alterado por continuos enfrentamientos dinásticos y periódicas ofensivas castellanas. Entre 1427 y 1429 Muhammad VIII recuperó el trono de la mano del clan de los Bannigas (Venegas), pero fue asesinado al cabo de dos años y Muhammad IX regresó al poder. El gobierno de Álvaro de Luna supuso la reanudación de las ofensivas castellanas (1430-1439), que produjeron graves derrotas- Higueruela (1431)-, escasez, disturbios y nuevas discordias nobiliarias atizadas por Castilla. Muhammad IX fue depuesto (1431) por el efímero Yusuf IV (1432). La reanudación de la luchas en Castilla dieron un respiro a Granada, aunque en el interior se reprodujeron las disputas. En 1445 los Abencerrajes entronizaron a Muhammad X el Cojo (1445-1447), a lo que siguió un periodo de anarquía total y de lucha por el poder entre éste, Muhammad IX (1447-1453), Yusuf V (1445-1446 y 1446-1462), Muhammad XI el Chiquito (1448-1454) y Abu Nasr Sa'd (1454-1462 y 1464). Finalmente, en 1453 castellaños y Abencerrajes impusieron a Abu Nasr Sa'd (1454-1462). En esta situación, la suerte de Granada quedó a merced únicamente de la prolongación de las guerras nobiliarias en Castilla.
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El desmoronamiento del Imperio Hitita había dejado un vacío de poder que sólo parcialmente será recuperado en su parte meridional por grupos de población emparentados con los antiguos hititas, aunque en gran medida hablan lengua luvita, según se desprende de los jeroglíficos procedentes de sus residencias palaciegas. Por lo general fueron reacios a aceptar las novedades culturales que se estaban produciendo desde el cambio de milenio, por lo que resultan especialmente llamativas sus manifestaciones artísticas. La posición estratégica de Karkemish le permitió convertirse en uno de los reinos neohititas más importantes, pero los imperialismos urarteo y neoasirio por un lado y la incontenible expansión de los arameos por otro, fueron reduciendo los límites geográficos del mundo neohitita que, a finales del siglo VIII, prácticamente ha desaparecido. Til Barsip, por ejemplo, ya en el siglo X pasa a manos arameas, para convertirse en el influyente reino de Bit Adini. Otro tanto ocurrió con Samal (la afamada fortaleza de Zincirli), Arpad y la antigua localidad de Hamath. De este modo, la mayor parte de Anatolia meridional y Siria septentrional pasó a ser territorio arameo. Mientras se producía este proceso de aramización, se iban perdiendo elementos culturales propios del mundo hitita, pues algunos reyes del siglo IX aún llevan la nomenclatura de los antiguos reyes de Hatti. El predominio arameo acabó también con los restos hurritas que aún quedaban a pesar de la lejanía del colapso de Mitanni, y es que los elementos demográficos no están sometidos exclusivamente a las veleidades políticas. Los importantes palacios neohititas de Tell Halaf (Guzana) o Karatepe, ponen de manifiesto la continuidad arquitectónica desde la Edad del Bronce, a pesar de las novedades introducidas por los arameos, sobre todo el bit hilani, designación del edificio palacial con dos salas alargadas a las que se accede por una antesala con columnas. Los artesanos locales se esfuerzan por reproducir los principios artísticos del Imperio hitita, pero su maestría no es excesiva. Tal vez conscientes de ello, los príncipes contratan especialistas, como los fenicios que trabajan en Til Barsip o Karatepe, lo que pone de manifiesto la capacidad de estos principados y sus amplias relaciones internacionales, consecuencia de los beneficios de su intenso comercio. Estos arameos son un elemento nuevo en el panorama étnico de la zona. Son contingentes nómadas que desde tiempo atrás mantienen contactos con los sedentarios, descendientes de los suteos y de los akhlamu, mencionados por las fuentes del II Milenio. Su potencial militar y la debilidad estructural de los estados de la región son causas determinantes para que los arameos logren imponer líneas dinásticas en antiguos centros urbanos, en los que integran su elemental sistema de organización gentilicia, cuyos jefes mantienen unas especiales relaciones con el monarca, que se presenta como protector providencial, restaurador de los lazos verticales de relación interestamental, óptimos para una buena cohesión social. Por otra parte, desde el punto de vista cultural, se produce un mestizaje; así, mientras adoptan los dioses locales, logran imponer su lengua. En efecto, en menos de cinco siglos el arameo es la lengua más usual de todo el espacio próximo oriental y en el hecho lingüístico interviene el comportamiento político de las deportaciones de población durante los reinados neoasirios y las repatriaciones de los aqueménidas. Los principales centros políticos arameos fueron Bit Agusi (casa de Agusi), en la zona de Alepo, con capital en Arpad; Bit Adini con capital en Til Barsip, cabalgando en el Eufrates; Guzana era la capital de Bit Bahiani, en la llanura del Khabur; y no menos importantes fueron Hamath y sobre todo, Damasco, que mantuvo una rivalidad considerable durante dos siglos con Israel.
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La evolución política de los reinos peninsulares entre 1275 y 1325 fue común a la del resto del Occidente medieval. En un mismo contexto de declive demográfico-económico y de búsqueda de alternativas a la crisis, hacia 1270 se abrió una nueva época en la evolución histórica de los reinos ibéricos definida por tres grandes líneas de acción política: la fijación definitiva de territorios y fronteras entre los distintos reinos, el enfrentamiento cristiano-musulmán por el control del Estrecho de Gibraltar (1270-1350) y la expansión comercial y militar de la Corona de Aragón en el Mediterráneo. Castilla vivirá inmersa entre numerosos conflictos nobiliarios y la Batalla de Estrecho; Aragón manifestará un periodo de apogeo al expandirse al Mediterráneo; Portugal procederá a fortalecer su monarquía con Dionís I; y Navarra entrará en la órbita de Francia.
termino
acepcion
Son los pequeños reinos en que quedó dividido el Califato de Córdoba, tras ser destronado Hisham IIIen 1031. En 1232 se volvió a producir otra división. El reino nazarí de Granada fue el que más tiempo perduró, aguantando hasta el fin de la llamada Reconquista cristiana.
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El año 711 los musulmanes se apoderan del reino visigodo y convierten Hispania en una parte más del Imperio creado por Mahoma cien años antes. En el Norte de la Península, los pueblos poco romanizados que se habían opuesto a Roma y a Toledo, en colaboración con algunos visigodos, mantienen su oposición al nuevo poder islámico, desde Asturias hasta Pamplona y Aragón; más al Este, en lo que hoy es Cataluña, los carolingios ocupan las viejas tierras visigodas y crean condados que, con el tiempo, se independizan de Aquisgrán, bajo la dirección del conde de Barcelona.A la unidad islámica se oponen pequeños grupos divididos prácticamente en tantos núcleos políticos como valles geográficos pero unidos por la religión, que enlaza a estas zonas con Europa del mismo modo que el Islam vincula al-Andalus con el mundo africano y oriental. En los años ochenta del siglo XIII, del mundo unificado por emires y califas, por almorávides y almohades, sólo subsiste el reino de Granada, tributario de Castilla. La España dividida del siglo VIII se ha organizado, no sin dificultades y tensiones, en reinos claramente vinculados a Europa: Navarra, Portugal, y las Coronas de Castilla y de Aragón, formadas por una serie de territorios poco diferenciados jurídicamente en el primer caso (Castilla, León, Galicia, Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén...) y claramente distintos en el segundo (Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca).El Islam prácticamente ha desaparecido de la Península, pero a través de él Europa entra en contacto con el mundo cultural griego que los árabes de Oriente han sabido conservar y completar con las aportaciones de la India y de China y que se pone al alcance de los europeos gracias a la labor de los traductores musulmanes, cristianos y judíos reunidos en la antigua capital visigoda, en Toledo, que recupera desde la cultura el prestigio perdido políticamente el año 711.
Personaje Literato
Intervino en la creación de la Academia de Letras Humanas. De su producción literaria es interesante resaltar la interpretación que hizo del "Paraíso perdido" de Milton, que tituló "La inocencia perdida". Es autor además de un "Examen de los delitos de infidelidad a la patria imputados a los españoles bajo la dominación francesa".
Personaje Político
Aunque su parecía que su vocación era la enseñanza, al final resultó ser la política. Dejó su trabajo para ingresar en el ejército constitucional en 1820. El regreso de Fernando VII y la restauración del régimen absolutista le obligó a esconderse hasta la muerte del monarca. A partir de este momento es nombrado diputado por Valladolid, por el Partido Conservador. Posteriormente ocupó el cargo de senador. Detentó varios cargos relacionados con la agricultura y desde 1851 encabezó el ministerio de Fomento. Realizó una importante labor para mejorar las Escuelas de ingeniero de canales, montes y minas, además de crear el Instituto industrial de Béjar. Un año después se retiro de la política.
Personaje Militar
Al comienzo de la década de los treinta, el nombre de esta aviadora comienza a ser conocido por batir varias marcas en el aire. Desde 1937 ingresa en la Luftwaffe. Como piloto de pruebas se encargó de experimentar con los V-1. Uno de los hitos tuvo lugar en el mes de abril de 1945 cuando trasladó a Berlín al general Robert von Greim, mariscal de campo y comandante general de la Luftwaffe. Tras esquivar los disparos de la artillería rusa, aterrizó en la puerta de Brandeburgo.
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Ateniéndonos a la composición social del movimiento plebeyo, que incluía tanto a personajes influyentes y ricos pertenecientes al ejército hoplítico como a los plebeyos adsidui (que poseían bienes) y a los proletarii (que no poseían nada), el programa de sus reivindicaciones incluía tanto las aspiraciones al poder supremo de unos como la atención a las necesidades más elementales de otros. Este programa se centró principalmente en tres objetivos: -La admisión regular de los plebeyos en todas las magistraturas y en los sacerdocios. -La redistribución de las tierras públicas. -La abolición de la servidumbre por deudas. Respecto al primer punto, éste se logró a partir de 366 a.C. aun cuando el primer plebeyo que aparece como Pontifex Maximus corresponde al 300 a.C. Como veremos la utilización de la religión por parte de los patricios fue una de sus armas más eficaces. La cuestión agraria, el que la tierra estuviera casi exclusivamente controlada por las gentes y por sus clientes, fue probablemente el principal caballo de batalla para la mayoría de los plebeyos. Se sabe que durante esta época hubo carestías que obligaron a los romanos a buscar trigo en Etruria, Campania y Sicilia y que ya en el 492 a.C. hubo frumentationes públicas, esto es, reparto gratuito de trigo a la plebe de Roma acuciada por el hambre, lo que indica la profundidad de la crisis económica. El ager publicus o tierras del Estado ocupadas por los patricios en virtud de un derecho de ocupación nunca legal pero que funcionaba de facto desde épocas remotas, en cierto modo fue más o menos respetado por los plebeyos, tal vez por el convencimiento de que, si bien estas tierras podían ser devueltas, en teoría, a la comunidad mediante decisión de la Asamblea Centuriada, ésta, integrada mayoritariamente por los propios poseedores de tierras, nunca tomaría la iniciativa. Son las nuevas tierras adquiridas por la ciudad las que fundamentalmente reclamaba la plebe. Nacen exigencias de mayor participación en las ventajas de la guerra. Pero no parece que haya habido un gran aumento territorial hasta la conquista de Veyes en el 396 a.C. Los romanos -y los latinos en general- hicieron poco más que defender su territorio contra los sabinos y, sobre todo, contra los ecuos y los volscos, si exceptuamos la conquista de Fidenas en el 426 a.C. y la probable conquista (o reconquista) de Terracina en el 406. Sólo la conquista de Veyes, cuya extensión era de más de 1.500 Km2, supuso un aumento enorme del territorio romano. Aunque no sabemos cuánta tierra adquirida por Roma con la anexión de este territorio fue destinada a incrementar las posesiones de los patricios, lo cierto es que la parte del territorio de esta ciudad dividida y asignada fue tan importante que permitió a todos los ciudadanos romanos la propiedad de un nuevo modelo de unidad fondiaria constituida por siete yugadas. El confiscado a Veyes (y despoblado, puesto que los vencidos fueron masacrados o reducidos a esclavitud) se reagrupó en cuatro nuevas tribus: la Sabatina, la Stelatina, la Arnensis y la Trornentina. El total de la tribus romanas pasó entonces a 25. La unidad de siete yugadas determina el modelo del pequeño propietario. La Lex Licinia de modo agrorum consolidó, a comienzos del siglo IV a.C., este modelo y reglamentó, fundamentalmente, el reparto de las nuevas tierras conquistadas y por conquistar, más que la asignación de las parcelas del ager publicus ocupadas por los patricios. Con razón, muchos historiadores ven en esta ley el motor que impulsó a partir de entonces el expansionismo romano. Relacionada con el problema agrario está la edificación en el 493 a.C. del templo de Ceres, situado fuera del pomerium de la ciudad y que se constituyó en el centro político-religioso de la plebe romana. La construcción de este templo debió ser iniciativa de los magistrados plebeyos (tribunos y ediles), creados por la plebe en el 494 a.C., y representa la afirmación de una conciencia y de una organización plebeya que reclama incluso la existencia de unos cultos propios y ajenos al patriciado. Respecto a la tercera de las reivindicaciones plebeyas, la referida a la abolición de la servidumbre por deudas, ésta afectaba lógicamente al sector más pobre de la plebe y a los proletarii. La abolición de tal práctica parece que se logró en el año 326 a.C. con la llamada Lex Poetelia Papiria, que alude al nombre de los dos cónsules de aquel año que promulgaron la ley. No obstante, con anterioridad a esta ley, se intentó obligar durante los siglos V y IV a.C. a que se impusieran los intereses legales para el cobro de las deudas (establecidos en la ley de las XII Tablas y que eran muy severos), esto es, impedir la usura generalizada y dar a los deudores facilidades, permitiéndoles el pago escalonado en varios plazos. A estas reivindicaciones habría que añadir otras subordinadas o que se fueron planteando a medida que la plebe consolidaba su organización: así, por ejemplo, el derecho de connubium que posibilitara los matrimonios entre plebeyos y patricios o la codificación de las leyes escritas. La estrategia de los plebeyos demostró ser extremadamente eficiente y se estableció en varios planos: -Como era imposible plantear sus demandas en deliberaciones hostiles a los patricios, tanto en el Senado como en los Comicios Centuriados, puesto que ambas instituciones estaban controladas por ellos, procedieron a la creación de un estado paralelo, esto es, a la elección de su propia asamblea y de sus propios representantes, los tribunos de la plebe. -Puesto que las vicisitudes políticas de Roma durante los siglos V y IV a.C. transcurrían entre constantes amenazas para la integridad del Estado por parte de sus hostiles vecinos, lo que presuponía no sólo la movilización del ejército, sino también la movilización de las tropas auxiliares, los plebeyos recurrieron frecuentemente al amotinamiento o a la deserción como arma de presión. La situación de Roma durante esta época es un juego de alianzas cambiantes y coyunturales. Ante el peligro exterior se requiere la unión de patricios y plebeyos aun a costa de concesiones por parte de los primeros; ante la amenaza plebeya se refuerza la solidaridad de clase patricia; ante la ofensiva patricia, la alianza de los plebeyos ricos con los plebeyos desfavorecidos. Tal es el cuadro en el que se mueve el enfrentamiento patricio-plebeyo.