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Inicios Guerra Fria

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Aunque en otro lugar se tratará acerca de la evolución entre los dos mundos en que quedaron divididos los antiguos aliados hasta 1945, es necesario considerar de forma somera algunos aspectos fundamentales de la posición soviética respecto a estas cuestiones. En consecuencia, lo primero que resulta preciso es abandonar las opiniones simplificadoras. Ni Stalin estaba dispuesto a emprender una expansión sin límites, siempre al borde del estallido de una guerra mundial, ni fue posible en ningún momento una verdadera paz entre los países con instituciones democráticas y la URSS. Lo que caracterizó a Stalin desde el punto de vista de las actitudes básicas respecto a la política exterior fue una mezcla muy particular de ideología, paranoia, dureza de fondo, expectativas carentes de fundamento y deseos de imposible cumplimiento. La ideología le hacía pensar, por ejemplo y como ya sabemos, que la convivencia entre el mundo democrático y el capitalista era simplemente imposible e incluso que, en el caso de un enfrentamiento, tenía todas las de ganar en su favor. La paranoia nació de esta imposibilidad de acuerdo entre los dos mundos, de la conciencia de que las destrucciones le imponían un alto en el camino de cualquier propósito expansivo y en la visión conspiratorial de la Historia que siempre le caracterizó. A los yugoslavos les comentó que se tomaría un descanso de quince o veinte años para luego reanudar la confrontación con el capitalismo.

Las medidas de espionaje, las operaciones de servicios especiales y guerra psicológica que los occidentales desarrollaron tendieron de forma inevitable a acentuar su sensación de peligro. Pero si éstas no hubieran existido, el resultado hubiera sido idéntico. En el fondo, Stalin necesitaba la guerra fría incluso de cara al interior de la URSS. Aunque no quisiera la guerra, llevó a cabo una serie de acciones que de forma inevitable favorecían su posible estallido. Por otro lado, una concepción brutal y despiadada de la política explica su incomprensión radical con respecto a los aliados. En pura teoría, Stalin, más que en la posesión territorial, confiaba para después de la guerra en un orden internacional que le protegiera, por más que a medio plazo juzgara que el enfrentamiento era inevitable. Eso es lo que explica la diferente percepción respecto a las conversaciones de Yalta. Stalin no pensó nunca que sus aliados democráticos pudieran imaginar que él no tomaría el poder de forma total en Europa del Este, mientras que estos últimos no concebían las razones por las que él pudiera hacerlo, ya que se le habían dado todas las seguridades de que se le otorgaba una hegemonía en esta zona, con la que podía crearse un glacis protector. Un elemento esencial para comprender la política exterior de Stalin es su ansiosa búsqueda de la seguridad. Más que expansivo, Stalin parece haber sido inseguro, hasta el punto de que necesitaba la sumisión completa de quienes estaban en sus fronteras.

Eso suponía la adopción del mismo sistema político y social y, además, el aprovechamiento absoluto de cualquier debilidad, aunque fuera aparente, del adversario para mejorar la posición propia. De esta forma, la guerra fría fue inesperada pero, al mismo tiempo, estaba predeterminada desde el mismo momento de concluir las operaciones bélicas y, aun estando muy lejos de haber sido planeada por Stalin, al mismo tiempo resultaba muy difícilmente evitable. Litvinov, que había sido el principal inspirador de la diplomacia soviética, en sus indiscreciones de cara al mundo occidental les dijo a sus interlocutores que el factor principal de inestabilidad era la búsqueda de seguridad sin límites claramente definidos, así como la ausencia de determinación occidental a resistir pronto y con firmeza. Irónicamente para lo que se juzgaba en las democracias, resultaba que la URSS era menos peligrosa cuando lanzaba grandes y enfervorizados ataques a los países occidentales que en los momentos en que parecía estar dispuesta a aceptar el orden internacional, pero podía en cualquier momento aprovecharse de la supuesta debilidad del adversario. Todas estas circunstancias explican que, apenas dos años después de haber obtenido la gran victoria en la guerra, Stalin llegara nuevamente a la conclusión de que su seguridad estaba en peligro. De ahí el brusco cambio de la tendencia de la política soviética, desde una actitud de frente popular a otra basada en la confrontación con Occidente, aunque ésta no tuviera que llevarse a cabo por procedimientos bélicos.

Stalin, en efecto, actuó con respecto a los comunistas de otras latitudes de idéntica manera a como lo hacía con la dirección soviética, es decir, como un dios todopoderoso rodeado por sus arcángeles. En realidad, transmitió órdenes y no pretendió en ningún momento intercambiar pareceres. Mantuvo contactos con los líderes comunistas de todo el mundo por el procedimiento de organizar conversaciones secretas en Moscú. Esos dirigentes acudían a la capital de la URSS como los fieles del Corán a La Meca y, una vez allí, debían soportar largas esperas hasta ser recibidos. Stalin les atendía con maneras corteses y les concedía ayudas pero, al mismo tiempo, les hacía sugerencias, incluso algunas muy precisas como, por ejemplo, la que hizo a Tito para que sumara a Bulgaria en una federación balcánica. A muchos de estos líderes les dio instrucciones que se referían a la más estricta política interna, acerca de cómo tenían que dirigir sus países. A Mao, por ejemplo, le recomendó plantar caucho en la isla de Hainan. El comunismo de la época, por tanto, implicó una absoluta sumisión a la URSS y a Stalin. Incluso quienes mantuvieron una línea de independencia, como fue el caso de los yugoslavos, sentían un entusiasmo sincero y sin límites por la URSS, lo que tenía como consecuencia que aceptaran los súbitos cambios de posición a los que se vieron obligados porque Stalin los había decidido sin contar con ellos. En política exterior, puede decirse que el comunismo soviético, que en los años veinte había pasado de la revolución a la construcción de un Estado, ahora había alcanzado la etapa imperialista.

Durante estos años, la URSS utilizó el movimiento revolucionario universal como un procedimiento diversivo y como un instrumento de actuación en beneficio de la URSS. Desaparecida la Internacional Comunista, se creó en 1948 una oficina en teoría dedicada tan sólo a la transmisión de las informaciones entre unos y otros Partidos Comunistas, pero en realidad consagrada a la transmisión de instrucciones. De todos modos, Stalin mantuvo actitudes muy diferentes con respecto a sus aliados. La ruptura con Tito resulta muy significativa acerca de la propensión a la paranoia que sufría Stalin. El dirigente yugoslavo pensó siempre que estaba cumpliendo la estricta voluntad del líder soviético y consideró además que era en la URSS donde se había hecho realidad el ideal utópico de una sociedad sin clases. Pero entre Tito y Stalin había "afinidades incompatibles": ambos asentaron su poder de otras tantas revoluciones acompañadas por una guerra civil, con el resultado de la implantación de regímenes fuertemente arraigados en sus respectivos países. La situación era, de este modo, muy distinta de la que se mostraba en la mayor parte de la Europa del Este, donde sólo la presencia de las tropas soviéticas explica la creación de regímenes como los de las democracias populares. La posición de Stalin respecto a Yugoslavia era tan incoherente que, en dos cuestiones fundamentales relativas a la estrategia de la región, mantuvo políticas contradictorias: ofreció y luego negó la posibilidad de que Yugoslavia creara una federación eslava en los Balcanes o permitió y luego negó la posibilidad de incorporación a ella de Albania.

En realidad, nunca valoró a Tito y a su revolución en su justa medida. Lo más probable es que pensara que el Partido Comunista francés era mucho más importante para él que el yugoslavo. China, por su parte, le produjo a Stalin la satisfacción de ver que se había ampliado el sistema soviético hacia un área geográfica inesperada. Las relaciones con Pekín fueron relativamente buenas, dado que nadie esperaba que el comunismo pudiera mantenerse en Asia de no ser por la unidad mantenida de manera muy estricta. La dependencia de la China maoísta con respecto a Stalin fue de esta forma muy grande durante sus primeros años de existencia. Probablemente, fue en este continente donde se corrió un mayor peligro de estallido de una guerra mundial. Lo sucedido en Corea es un buen testimonio de que Stalin podía no querer la guerra pero, al mismo tiempo, siempre estaba en condiciones de pasar por la tentación de permitir o realizar operaciones que de hecho ponían en peligro la paz mundial. La Guerra de Corea, que causó un millón de muertos, fue autorizada por él. Fue el dirigente norcoreano Kim il Sung quien tuvo la iniciativa y mantuvo la insistencia en intentar la conquista del Sur, arguyendo que allí existía una situación revolucionaria y que tenía una superioridad militar muy considerable sobre él. Stalin le recibió y escuchó en abril de 1950 y luego armó a los norcoreanos y los animó a la guerra, pero al mismo tiempo estuvo dispuesto a abandonarlos en cuanto percibió la posibilidad de que fueran derrotados.

Su deseo era ayudarles pero también, y al mismo tiempo, evitar cualquier compromiso que pudiera significar el descubrimiento de la presencia allí de consejeros soviéticos. Dio instrucciones sobre las operaciones militares e indujo a los chinos para que desplazaran seis divisiones a la frontera. Mao parece haber afirmado que si la guerra era inevitable, resultaba mucho mejor que se produjera en ese preciso momento y acabó enviando hasta diez divisiones. Pero el material bélico fue soviético, puesto que la China de Mao carecía de capacidad industrial para proporcionarlo. La posibilidad de acceder a los archivos soviéticos ha revelado en los últimos tiempos que, a partir de un determinado momento y dadas las dificultades de chinos y norcoreanos para enfrentarse a los norteamericanos en el aire, Stalin decidió también la utilización de aviadores soviéticos en su contra. Hubo unos diez o quince mil voluntarios soviéticos, casi exclusivamente aviadores. Las rigurosas instrucciones que dio para impedir que ellos -o sus cuerpos- cayeran en manos de los norteamericanos impidió hasta mucho tiempo después el conocimiento de esta realidad. Fue precisamente el interés que Stalin puso en Corea lo que contribuye a explicar la frustración creciente que sintió en los años finales de su vida como consecuencia de no haber podido ganar aquella guerra. Este caso ratifica lo que ya se ha señalado sobre la política exterior soviética en la época de Stalin. Los líderes de la URSS nunca quisieron superar los límites del irreversible estallido de una nueva guerra mundial, pero el temor occidental a ellos estaba plenamente justificado, aunque no el hecho de que como consecuencia derivaran hacia actitudes poco menos que histéricas.

En su perpetua búsqueda de la seguridad y en su conciencia de que el enfrentamiento entre las dos formas de organización social y política era inevitable, los soviéticos estaban dispuestos a aprovecharse de las circunstancias allí donde consideraban que el balance les favorecía de forma ocasional, como puede ser el caso de Corea. En los momentos iniciales del estallido de la guerra fría, Stalin pudo permanecer ignorante de hasta dónde podía llegar. Siempre tuvo muy claro, como les dijo a los yugoslavos, que la Guerra Mundial significaba un cambio radical con relación a las anteriores en el sentido de que quien ocupaba el terreno imponía su propio sistema político y social hasta allí donde llegaba su Ejército. Una vez que la cortina de hierro fue corrida resultó inevitable que los dos campos quedaran constituidos en una incompatibilidad radical entre ambos. La guerra fría derivó de esta situación y, en definitiva, supuso la aplicación de los métodos de organización del poder político en la URSS al escenario internacional.

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