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acepcion
Bodhisattva del futuro. Conocido como "el amigable", representa la bondad y vive en el paraíso Tushita. En el budismo mahayana, Sakyamuni predijo que sería su sucesor dentro de 5.000 años. En la iconografía aparece como un Buda sentado que porta sobre las manos la rueda de la doctrina. También se le ha plasmado como un bodishattva sentado sobre una flor de loto con una estupa en la cabeza.
obra
La Maja desnuda es la primera figura femenina de la historia de la pintura que muestra el vello púbico, poniendo de manifiesto su originalidad. Además, no es ninguna imagen mitológica sino una mujer de carne y hueso, una imagen moderna como más tarde haría Manet en su Olimpia. Por eso, la Maja desnuda tiene tanto éxito entre los numerosos visitantes del Museo del Prado, junto a su compañera, la Maja Vestida. Sobre ella se ha escrito una ingente cantidad de líneas que no han hecho sino aumentar la incógnita de su realización. En 1800 aparece citada en el gabinete de Godoy, por lo que sería anterior a esa fecha. Los tonos verdosos y blancos empleados por Goya corresponden a los utilizados en las obras de los últimos años del siglo XVIII, como los retratos de Jovellanos o de Josefa Bayeu. Algunos especialistas adelantan su ejecución hasta la época de los Duques de Osuna y sus hijos. Pero ahí no quedan las incógnitas, ya que también desconocemos quién las encargó. Todo hace apuntar a que ambas Majas fueron encargadas por Godoy para decorar su despacho junto a la Venus del espejo de Velázquez y otra Venus de la Escuela veneciana del siglo XVI, manifestando el gusto del valido de Carlos IV por las pinturas de desnudos femeninos, así como su poder, debido a la persecución que conllevaban estas obras, pero Godoy no tenía nada que temer; era el hombre más poderoso del país. También se apunta la posibilidad legendaria de que la Maja sea la Duquesa de Alba, Doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, a quien Goya estaba estrechamente unido desde que enviudó ésta y se trasladaron juntos a Sanlúcar de Barrameda. Bien es cierto que su rostro no corresponde al de las Majas, pero es evidente que los rostros son estereotipados, como ya hacía en los cartones para tapiz, precisamente para que no fuera reconocida. Incluso se ha llegado a decir que es el rostro de la Duquesa visto desde abajo. El Duque de Alba exhumó los restos de su antepasada en 1945 para intentar restar veracidad a esta leyenda porque el cuerpo de la Maja sí corresponde con el de Doña Cayetana, con sus huesos pequeños, su cintura de avispa y sus grandes y separados senos. La postura provocativa de la Maja podría incluso sugerir que se trata de una prostituta de alto postín, que se ofrece al mejor postor. La mirada pícara y atrayente puede reforzar esta idea. La Inquisición mandó comparecer a Goya ante sus tribunales por haber pintado las Majas y los Caprichos, pero curiosamente el asunto fue sobreseído gracias a la intervención de un personaje poderoso, quizá el Cardenal don Luis de Borbón o, en último término, el propio Fernando VII, con quien el pintor no mantenía muy buenas relaciones, todo sea dicho. Pictóricamente, es una obra en la que destacan los tonos verdes, en contraste con los blancos y los rosas. La pincelada no es tan larga como acostumbra el artista, a excepción de los volantes de los almohadones, mientras que la figura, situada en primer plano, estaría realizada con mayor minuciosidad, en un enorme deseo de satisfacer al enigmático cliente que encargó las obras.
obra
Gutiérrez de la Vega aportó a la pintura de su tiempo la admiración por Murillo y Velázquez, en definitiva por la escuela sevillana del Barroco. A través de Velázquez admiró la escuela veneciana, tal y como podemos comprobar en esta escena, uno de los primeros desnudos decimonónicos, recién suprimida la Inquisición. La joven está desnuda, casi de frente al espectador, cubriendo su sexo con unos paños blancos mientras que en el fondo se aprecian unas telas de color rojo, esbozando un ligero paisaje en la zona derecha de la composición. El dibujo esgrimido por Gutiérrez es muy blando, desdibujando los contornos debido a ese interés por la iluminación de origen veneciano que tan bien supo mostrar Tiziano.
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Las Majas se pueden considerar las obras maestras de Goya, tanto por la leyenda que existe a su alrededor como por las propias imágenes en sí. Hay que advertir que le causaron problemas con la Inquisición en 1815, de los que le libró alguien con poder, quizá el Cardenal don Luis de Borbón o, en último término Fernando VII, a pesar de que la relación entre ambos no era buena. La Maja Vestida tiene menos fama que la Maja Desnuda, pero no deja de ser igual de bella. Es una mujer de la aristocracia, por su traje de alto copete, tumbada en un diván sobre almohadones, en una postura claramente sensual porque se lleva los brazos detrás de la nuca. La pincelada empleada aquí por Goya es más suelta, más larga que en su compañera, lo que hace pensar que sería posterior. El colorido de tonalidades claras aumenta la alegría de la composición. Alrededor de estas obras existen muchos aspectos legendarios; siempre se ha considerado que la representada es la Duquesa de Alba, por la estrecha relación entre ambos, a pesar de que el rostro haya sido reconstruido por el pintor para dar mayor enigma al asunto. Incluso el propio Duque de Alba decidió exhumar los restos de su antepasada, en 1945, para probar lo incierto de la leyenda. El primer director del Museo del Prado afirmó que la modelo era una protegida del padre Bari, amigo del artista, pero la opción que adquiere mayor credibilidad es que fueron encargadas por Godoy, valido de Carlos IV y hombre más poderoso de aquellos días, para decorar su gabinete, instaladas con un mecanismo de muelles que permitía el intercambio de ambos cuadros dependiendo de la visita. La Venus del espejo de Velázquez y una Venus de la Escuela italiana del siglo XVI serían sus compañeras. Para muchos espectadores, la Maja Vestida es más atractiva que su compañera por lo ajustado de sus vestidos y la postura provocativa, ya se sabe que muchas veces resulta más erótico insinuar que mostrar.
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El mundo de la prostitución asoma de nuevo en la obra de Goya como ya había hecho en los Caprichos o en Celestina y su hija. La bella joven apoyada en el balcón incita con su picara mirada a los transeúntes mientras la anciana espera en la sombra. Las expresiones de ambas figuras resultan sorprendentes al tratarse de una miniatura pintada por el artista cuando tenía casi 80 años, al igual que Susana y los viejos u Hombre comiendo puerros.
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Los asuntos de prostitución inundan el mundo de los Caprichos que Goya grabó en los últimos años del siglo XVIII. Ante la ausencia de encargos durante la Guerra de la Independencia el pintor se dedicó a realizar escenas de "capricho" como él mismo las llamaba, en las que dejaba volar su fecunda imaginación. Entre ellas destaca la Maja y celestina en la que una bella joven, ataviada con sus mejores y escotadas galas, se apoya en un balcón. Su mirada inocente parece perderse, quizá buscando un mejor destino que donde está. Tras ella encontramos una anciana que mira al espectador, ofreciéndonos a su guapa moza. Lleva entre sus dedos un rosario con gruesas cuentas y medallas doradas, indicando la religiosidad de la celestina. En la zona de la derecha encontramos un cortinaje gris que cae sobre la barandilla. Realizada con una perspectiva baja a la que estaba muy acostumbrado por la ejecución de numerosos cartones, Goya se interesa en esta escena por resaltar la belleza y la juventud de la maja, en contraste con la decrepitud y fealdad de la celestina, pudiendo tratarse también de una alusión a las edades del ser humano. Las rápidas pinceladas organizan el conjunto, complementándose con la delicadeza del dibujo que siempre exhibe el maestro. Entre las obras que realizó Goya con esta temática, la que aquí contemplamos es la más impactante.
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Entregado por Goya el 12 de agosto de 1777, junto a otros tres cartones como modelos de los tapices que decorarían el comedor de los Príncipes de Asturias en el Palacio de El Pardo. La Riña en la Venta Nueva, el Quitasol y el Bebedor serían sus compañeros, recibiendo el maestro por toda la serie 18.000 reales. Goya dice que son dos gitanos que ven interrumpido su paseo por dos embozados que van buscando camorra, pero la mujer insta a su compañero para que continúe su camino. Es una de las escenas más constumbristas de las pintadas por el aragonés, en la que la influencia de Mengs ha sido totalmente abandonada, adquiriendo el joven artista un estilo propio en el que las figuras destacan por su expresividad y naturalismo, captando la escena como si se tratase de un fotógrafo. Resulta sorprendente el interés por los detalles, especialmente en el traje de la mujer y en los bordados de las medias, realizados con precisión y minuciosidad. El colorido claro es el empleado en todos los cartones, contrastando así con su época final, más oscura. El embozamiento era la moda habitual en España durante el siglo XVIII; permitía pasear por las calles sin ser reconocido, lo que daba pie a cometer fechorías. Carlos III decidió prohibir esta costumbre, provocando la reacción del pueblo madrileño en el famoso Motín de Esquilache.
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La similitud de esta escena con Mujer con vestidos inflados vendría por la alusión espacial y las tonalidades azuladas empleadas, mientras que la expresividad del rostro de la maja la sitúan en la órbita de Monje y vieja o Cabeza de hombre.
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Los asuntos populares interesaron a Goya en sus primeros años artísticos. Gracias a su relación con Francisco Bayeu recibió numerosos encargos procedentes de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara generalmente con temática madrileña. Esta obra que contemplamos podría tratarse de un boceto para una sobreventana al emplear el artista una perspectiva baja muy habitual en estos destinos. Una maja aparece casi tendida en el suelo, apoyando su brazo izquierdo sobre una roca, vestida con un traje de pronunciado escote con decoración de pasamanería en puños, hombreras y escote. Tras ella contemplamos a una anciana con un gesto similar a la mujer que aparece en El cacharrero, cubierta su cabeza con un pañuelo oscuro y un manto sobre los hombros. Podríamos estar ante un asunto relacionado con el mundo de la prostitución que más tarde trataría Goya con frecuencia en sus van desplumados Caprichos. La pincelada rápida y empastada empleada por el maestro es muy habitual en este tipo de trabajos.
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Gran imitador e intérprete del arte de Goya es Eugenio Lucas Velázquez, hombre contradictorio, cuyo arte va de la chapucería hasta la obra magistral, en una producción prolífica y polifacética, que se centra, en general, en el costumbrismo más variopinto, desde las escenas taurinas a los temas orientalistas o de brujería, destacando la debilidad del dibujo de sus obras y el empleo de la mancha de color.