Los últimos años de Bernal Conciencia tenía don Bernal de que era viejo ya y de bastantes años. Al concluir su Historia, afirma que, según sabía, sólo quedaban vivos cinco de sus antiguos compañeros de armas. Su vejez, sin embargo, no le impidió seguir atendiendo sus obligaciones en el cabildo de Guatemala. De ello dan fe sus muchas firmas en las correspondientes actas, hasta la última que aparece a principios de 1583. Todavía consta que concurrió a la primera sesión de 1584, aunque en el acta quedó constancia de que no firmó porque ya no veía23. Por otra parte, el empedernido litigante, al participar en las discusiones en el cabildo, coadyuvó a la toma de algunos acuerdos, como aquel de 1572 en que se ruega al Papa que, en vista de las dificultades que han ocurrido durante el episcopado de don Bernardino de Villalpando, no se envíen por el momento más sacerdotes a Guatemala24. Se tiene también noticia de un proceso muy diferente y que pudo ser bastante enojoso para Bernal. Consta, por una parte, que él había contraído varias deudas. Por otra, se conserva asimismo documentación que habla de un poder dado por Francisco, su hijo mayor, a un abogado que debía impedir que don Bernal, en su afán de hacerse de recursos, dispusiera de algunos bienes que suponía el dicho Francisco le corresponderían más tarde por razón de su mayorazgo25. En medio de contradicciones como ésta y otras referentes a nuevos litigios sobre tierras de sus pueblos encomendados, Bernal, que en tanto aprecio tenía su Historia, no dejaba de hacer anotaciones y correcciones en ella. Por fin, según consta por carta que dirigió al rey el licenciado Pedro de Villalobos, presidente de la Audiencia ya reinstalada en Guatemala, sabemos que la obra de Bernal era enviada a España. La fecha de tal carta es 29 de marzo de 1575. En ella se asienta que remite una Historia de la Nueva España que nos dio un conquistador de aquella tierra. La correspondiente minuta en que se hace un resumen de la carta de Villalobos dice a su vez: Un conquistador de los primeros de Nueva España le dio a Villalobos una historia que envía y la tienen por verdadera como testigo de vista y las demás son por relaciones26. Deseoso quedaría sin duda Bernal de saber cuál seria el fallo real emitido a través del Consejo de Indias. Para desconsuelo suyo, lo único que pudo alcanzar a conocer fue que se recibió acuse de recibo fechado en Aranjuez, el 25 de mayo de 157727. Muy poco es ya lo que puede añadirse respecto de los postreros años de Bernal. Consta así que su hijo Francisco que, por lo visto se había iniciado con cierto éxito en el arte de hacer demandas, promovió el 12 de febrero de 1579 una probanza de méritos. El cuestionario que dispuso para ella incluyó preguntas que llevaron a los declarantes a hacer elogios de don Bernal, su padre, y de su ya difunto suegro, el conquistador Bartolomé Becerra. Las otras preguntas se hacían en beneficio directo de Francisco: si se sabe que es casado y buen cristiano, y si consta que es muy pobre... y padece y ha padecido mucha necesidad...28. Desconociendo qué es lo que con tal probanza obtuvo Francisco, puede decirse al menos que en ella quedó nueva constancia --promovida ahora por el hijo-- de algunos de los más sobresalientes merecimientos de don Bernal. De un encuentro poco usual --entre hombres conocedores prácticos del quehacer histórico-- se tiene noticia gracias al célebre franciscano Juan de Torquemada. Expresa éste en dos lugares de su monumental crónica de crónicas, intitulada Monarquía Indiana que, hallándose en Guatemala, tuvo ocasión de tratar a Bernal: Yo vi y conocí en la ciudad de Guatemala al dicho Bernal Díaz, ya en su última vejez y era hombre de todo crédito...29. Y en otro capítulo de la misma Monarquía Indiana, hablando de la expedición a México de Juan de Grijalva en 1518 nota: Así dice Bernal Díaz del Castillo, soldado de autoridad y verdad30. Es interesante preguntarse en qué forma tuvo más tarde acceso Torquemada a los testimonios de Bernal. La respuesta, aunque a primera vista parezca extraña, es que conociera en parte sus escritos a través de la obra, ya impresa, del cronista real don Antonio de Herrera. Este, hallándose en Madrid, tuvo conocimiento del manuscrito de Bernal desde mucho antes de que se publicara. Pudo así aprovecharlo bastante. El examen de varios capítulos de los libros tercero y quinto de su Historia de los hechos de los castellanos, muestra que se apoyó allí en alto grado en lo escrito por Bernal31. Así, mientras éste, perdidos casi del todo la vista y el oído, seguía aguardando en Guatemala el dictamen real, que nunca le llegó, acerca de su obra, otros se aprovechaban de ella. Además de los ya citados Torquemada y Herrera, mencionaré al menos a otro contemporáneo, el cronista mestizo de Tlaxcala, Diego Muñoz Camargo. Este, en su Historia de Tlaxcala, dijo acerca de nuestro autor: Bernal Díaz del Castillo, autor muy antiguo, que hablara como testigo de vista copiosamente de esto, pues se halló en todo, como uno de los primeros conquistadores de este Nuevo Mundo, al cual me remito32. Sin que alcanzara él a saberlo, comenzaba ya a ser elogiado en vida por cronistas e historiadores que reconocían el mérito de su obra. En lo expresado acerca de él por Torquemada, Herrera y Muñoz Camargo comenzaba a cumplirse lo que él había deseado: Es bien que haga relación para que haya memorable memoria de mi persona y de los muchos y notables servicios que he hecho a Dios y a su majestad y a toda la cristiandad, como hay escrituras y relaciones de los duques y marqueses y condes y ilustres varones que sirvieron en las guerras... (CCXII). Estas palabras que cuentan entre los añadidos que, ya en su última vejez, hizo a su manuscrito, aunque aparezcan una vez más picadas de vanidad, ponen también al descubierto que tenía confianza Bernal en no haber trabajado en vano al afanarse en sus empeños de cronista. Creamos o deseemos que con tal convicción fue como, el 3 de febrero de 1584, a los ochenta y ocho o uno más años de edad, descansó ya para siempre de las mundanales preocupaciones y fatigas que tan presentes estuvieron en su vida33. Su sepelio se efectuó probablemente al día siguiente en la catedral. Sus restos quedaron muy cerca de los de su antiguo capitán, Pedro de Alvarado que, desde Jalisco, habían sido trasladados, años antes, a Guatemala.
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Los últimos años de Hernández en la corte madrileña A mediados de octubre de 1577, Hernández estaba ya instalado en Madrid. En la corte española esperaba un reconocimiento por parte del rey y, desde luego, de la sociedad madrileña. Sabemos que los libros enviados en 1576, cuando llegaron a El Escorial, gustaron mucho al monarca. El historiador del momento, fray José de Sigüenza, lo dejó consignado: Todos los animales y plantas que se han podido ver en las Indias occidentales, en sus mismos nativos colores... cosa que tiene sumo deleite y variedad en mirarse17. Y, sin embargo, el rey no se decidió a imprimir la obra. Este hecho y la existencia de enemigos del protomédico de la corte amargaron un poco los últimos años de éste. Uno de sus adversarios era el cosmógrafo italiano Juan Bautista Gesio, que llegó a enviar un escrito al rey en el que pedía no se imprimieran las obras de Hernández hasta que las examinara una persona muy inteligente. Tal circunstancia explica la actitud de Hernández, quien, al poco tiempo de su regreso, dirigió al rey un Memorial de petición de mercedes, ya que, como tantos otros españoles del XVI, no se sentía adecuadamente recompensado por sus trabajos en América. En ese memorial, entre otras cosas, suplicaba a su majestad ordenara se imprimieran sus obras. Pero la suerte no le acompañó en este punto. Hernández murió sin ver en letras de molde su obra, igual que otros grandes humanistas de su época, como fray Andrés de Olmos y fray Bernardino de Sahagún. Todavía en sus últimos años le tocó ver cómo aparecía como censor la persona muy inteligente de la que hablaba su enemigo Gesio y cómo se manejaban sus manuscritos. En efecto, en 1580, Felipe II encargó el examen de sus textos y su posible arreglo para la imprenta al italiano Nardo Antonio Recchi, médico de cámara del rey. Con ello el protomédico vio frustrado su deseo de ser él mismo quien los completara con los otros manuscritos que conservaba en su poder y de esta manera culminara su gran empresa americana. Sin embargo, no todo fue triste en estos últimos años de su vida en Madrid. Hernández tuvo el respaldo de dos figuras cumbres de la época de Felipe, los ya citados Benito Arias Montano y Juan de Herrera18, y contó además con la amistad de su paisano el célebre Juan Fragoso. Además, en 1578, año siguiente de su llegada, fue nombrado médico del infante don Felipe, el futuro Felipe III, lo cual constituía una gran distinción en el ambiente médico madrileño. Durante esta etapa de vida madrileña, la salud de Hernández se deterioraba. Según testimonio de sus hijos, no tuvo un día de salud19 desde que vino de América hasta su muerte. Esta llegó por fin en enero de 1578. No era viejo, contaba aproximadamente sesenta años, y había tenido el privilegio de visitar el Nuevo Mundo en una misión de gran interés para cualquier estudioso de su época y de todas las épocas. Somolinos hace notar cómo, con su muerte, toda su fecunda vida quedó inédita en sus obras20. Veamos, pues, cuáles son estas obras y cómo han llegado hasta nosotros.
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Los soldados de Koniev y de Zhukov avanzaban a sangre y fuego por las calles de Berlín, aplastando la resistencia con sus tanques y cañones y asando con sus lanzallamas a los más fanáticos combatientes, que preferían morir en sus refugios antes que entregarse. Ni unos ni otros estaban dispuestos a ceder. Los atacantes soviéticos, impulsados por un tremendo deseo de venganza y por una abrumadora superioridad en hombres y medios, no dejarían que la victoria se les escapase cuando tan cerca estaban del final. Oleada tras oleada eran lanzados hacia adelante, empujados por sus oficiales y comisarios, con una buena ración de alcohol en el estómago y la esperanza de botín (1). Sus bajas eran impresionantes, pero las reservas de Zhukov y Koniev parecían infinitas. Según cálculos alemanes, desde el comienzo de la ofensiva del Oder, el 16 de abril, hasta el día en que los soldados de Koniev y Zhukov enlazaron al oeste de Berlín, el 22 de abril, las fuerzas soviéticas habían perdido 100.000 hombres, cerca de 1.500 tanques y un millar de aviones. Tremendo castigo, sin duda, pero asumible dentro de los presupuestos bélicos de Stalin. Para proseguir su ofensiva hacia el Elba y tomar Berlín, Austria y Checoslovaquia y aniquilar las últimas bolsas de resistencia alemana en el Este, Moscú manejaba cinco grupos de ejércitos que habían cubierto sus bajas y afrontaban la última fase de la guerra con más de tres millones de hombres, más de 10.000 tanques y más de 20.000 aviones. En el frente norte, desde el río Neisse hasta el mar Báltico, concentraban los soviéticos tres grupos de ejércitos, mandados de norte a sur, respectivamente, por Rokossovsky, Zhukov y Koniev, cuya superioridad sobre el Grupo de Ejércitos Vístula era de 3 a 1 en hombres; de 5 a 1 en tanques; de 7 a 1 en artillería; de 20 a 1 en aviones. Disponían, además, de grandes reservas de municiones y combustible, mientras los alemanes racionaban sus proyectiles y, con frecuencia, tenían en el suelo sus escasos aviones por falta de carburante. El Grupo de Ejércitos Vístula, mandado por Henrici, había padecido en el Oder menores pérdidas que sus enemigos, pero después de seis días de lucha se había quedado sin reservas y escaseaban sus municiones y gasolina. El 22 de abril el 1.° Ejército (Busse) quedaba cercado; el III Ejército panzer (Manteuffel) estaba amenazado de cerco; el V Ejército panzer (Grässer) era rechazado hacia el Elba... En definitiva, el frente del Oder se había desplomado y Berlín quedaba convertido en una isla de resistencia. La defensa de la ciudad estaba encomendada a las milicias compuestas por casi niños de 16 y 17 años y casi ancianos de hasta sesenta años (2). Completaban este lamentable ejército la policía, los guardias municipales, los funcionarios, las escoltas SS de las personalidades del partido, etc. En total, unos 90.000 hombres mal equipados. El avance soviético lanzó dentro del perímetro defensivo de la ciudad a un número de soldados difícil de precisar, pero que se estima entre 80.000 y 100.000. En suma, cerca de 200.000 defensores escasos de armas pesadas, de munición y, en buena parte, carentes de adiestramiento preciso. Cuando su derrota ya era clara y sólo cuestión de tiempo, Hitler comenzó a convocar ejércitos en su auxilio. Ordenaba a Schoerner que quebrara la tenaza soviética desde el Sur; a Busse, que rompiera su embolsamiento en el Este; a Steiner, que penetrase desde el norte; a Wenck, que rompiera el cerco por el oeste, volviendo su 12 Ejército desde el Elba... Todos, en la medida de sus fuerzas, hubieran deseado hacerlo; algunos incluso lo intentaron y fracasaron. Ya era tarde. ¿Cómo se había llegado a esta situación?... dos semanas más tarde se rendía Alemania y 3 millones de hombres depusieron las armas: la mitad de ellos no libró la última batalla de la guerra ¿por qué? Tras el fracaso de Las Ardenas, para la mayoría de las cabezas lúcidas que quedaban en Alemania era claro que la guerra estaba perdida. Guderian no abrigaba ninguna esperanza; Speer, tampoco; los industriales, con sus fábricas pulverizadas y sin suficientes materias primas, sabían que el colapso no tardaría en llegar y difícilmente suministros de municiones y algunas armas para el primer semestre de 1945 o, a lo sumo, durante todo el año... Respecto al combustible, la situación era peor debido a los masivos bombardeos aliados sobre refinerías y campos petrolíferos. A comienzos de 1945 la Wehrmacht aún disponía de más de cuatro millones de hombres sobre las armas, pero los aliados alineaban en el frente más de 8 millones. La producción alemana de carros de combate, de gran calidad, era inferior 1 a 4 a la de los aliados, que también fabricaban modelos que podían competir e incluso superar a los alemanes (3). Sus aviones de bombardeo eran insignificantes frente a los de los aliados, pero sus cazas a reacción, aunque escasos, eran superiores a lo mejor del arsenal angloamericano; el problema en el aire era triple para Berlín: inmensa inferioridad numérica (1 a 15 en el mejor de los casos), deficiencia en el adiestramiento de pilotos y gran escasez en el suministro de combustible. En el mar, el poderío alemán había desaparecido, pero estaban a punto de salir de los astilleros los nuevos submarinos de gran radio de acción dotados de schnorkel en los que se depositaban grandes esperanzas, aunque nadie creyera que podían dar un vuelco a la contienda. En suma, la inferioridad alemana era manifiesta, pero aún disponía de bazas importantes para mantener su resistencia y hacer penosísima la victoria aliada. Para los dirigentes más sensatos del III Reich, era el momento urgente de negociar un armisticio. Más aún, de abandonar toda presencia militar fuera de Alemania y agrupar todos los ejércitos en defensa de las fronteras nacionales. En el Oeste, mantener una mera batalla defensiva y en el Este, volver a la guerra de movimientos y destrozar el poder ofensivo del Ejército Rojo, única posibilidad de librar a Alemania de una hecatombe... Quien más, quien menos, todos los responsables alemanes estaban al corriente de la crueldad desarrollada por sus ejércitos y policía durante la campaña de Rusia y todos suponían que los ejércitos de Stalin estarían dispuestos a tomarse cumplida venganza. Hitler, sin embargo, se mostró inflexible ante los proyectos que se le presentaron para abandonar zonas tan lejanas como Curlandia, Yugoslavia, Noruega... para todo había un pretexto: o eran estratégicamente muy importantes, o entretenían fuerzas del enemigo, o condicionaban la continuación de la entrega de materias primas por parte de los países vecinos... El querer abarcarlo todo con fuerzas tan limitadas y ante competidores tan poderosos determinó el derrumbamiento de todos los frentes y la derrota en tan sólo 4 meses.
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En París, al olor de la modernidad, se reunió un grupo de artistas de procedencias muy diversas, que encontraron allí su sitio, aunque éste no fue muy confortable, y a los que no unía otra cosa que su automarginación. Judíos muchos de ellos y amigos, son los últimos representantes de la antaño dorada bohemia parisina; llevaron una vida miserable, sobreviviendo y pintando entre el alcohol y las drogas, y alimentando su propia leyenda; hicieron obras independientes y marginales, como ellos mismos, y con poca relación entre sí.Marc Chagall (1887-1985) tiene una obra imposible de clasificar, por lo personal de su universo y parece que el calificativo de expresionista le produjo más que nada asombro. Procedente de una familia judía humilde y profundamente religiosa y criado en un pueblo de Rusia, Vitebsk, su obra se nutre de esas dos fuentes: el recuerdo de la religiosidad familiar y la vida diaria de su infancia. Establecido en París en 1910, acusó el impacto de los fauves, del cubismo de Delaunay y los futuristas; en 1913 el de los expresionistas alemanes a través de Walden, con quien expuso en 1914 en Berlín. Con los expresionistas coincide en su interés por Van Gogh, en la violencia de las emociones y en la arbitrariedad de los colores.Tras desempeñar un cargo político -comisario de Bellas Artes en Vitebsk después de la revolución de octubre- y enfrentarse con Malevitch, que le reprocha ser figurativo, vuelve a París en 1922 y trabaja como ilustrador para Vollard, además de pintar. Chagall se siente próximo a los surrealistas y Breton dice que con él "la metáfora hizo su entrada triunfal en la pintura moderna", pero no se adscribe al grupo y mantiene su mundo personal donde se mezclan el folclore ruso y judío, los recuerdos infantiles, la poesía, la música y los sueños. Sus figuras, despreocupadas de problemas de perspectiva, escala o verosimilitud, se mueven, vuelan por un espacio irreal que tiene deudas con el cubismo y el futurismo, pero que no tiene nada que ver con el de los demás, el espacio de la fábula. "Yo no las entiendo -dijo en 1946- en absoluto. No son literatura. Son solamente conjuntos de imágenes que me obsesionan".Chaim Soutine (1894-1943), un ruso establecido en París en 1913, amigo de Chagall y Modigliani, es uno de los más importantes expresionistas franceses; hace una pintura basada en el color, que refleja su mundo interior desgarrado y turbulento. Imágenes violentas, como El buey desollado de 1926 (Grenoble, Musée de Peinture et Sculpture), hecho bajo la influencia de Rembrandt que le impresionó durante su viaje a Holanda, paisajes visionarios y retratos con deformaciones expresivas. Inseguro y depresivo, quemó gran parte de sus primeras obras.También Jules Pascin (1885-1930), un judío que procedía de la ilustración de revistas -había colaborado en "Simplicissimus"-, se estableció en Montmartre en 1920 y formó parte del grupo de los malditos. Pintó desnudos en los que unía las enseñanzas expresionistas a las fauves. Se suicidó en 1930, el día que se inauguraba una exposición de su obra en la galería Georges Petit.El pilar fundamental del grupo de los malditos era Amedeo Modigliani (1884-1920), un italiano de Livomo, hijo de banqueros judíos, que encontró su sitio en París. En 1906 se estableció en la Ruche, el edificio ruinoso lleno de talleres, donde vivían también Soutine, que sería su gran amigo, y Chagall, sumergiéndose de lleno en la vida nocturna de Montmartre y llevando una existencia de paria del arte. En 1909 conoció a Brancusi, que fue uno de sus primeros amigos, y hasta 1915 hizo esculturas, bajo la influencia de las artes primitivas negras y oceánicas y bajo la sugestión del rumano, que le transmitió su interés por la forma cerrada y sencilla. Modigliani hizo una contribución importante a la escultura moderna: trabajó en piedra, con formas alargadas y rasgos estilizados.En 1915 abandonó la escultura, pero mantuvo las deformaciones, el alargamiento y la estilización en su pintura, tanto en los desnudos femeninos como en los retratos, sus dos únicos temas. Colaboró en la revista que editaba en Zurich Hugo Ball, "El Cabaret Voltaire", y de entonces a 1918 produjo lo más interesante de su obra.Modigliani unió la influencia fauve a la expresionista, y, si en su modo de hacer se pueden rastrear las huellas de Cézanne, Toulouse, Picasso, el cubismo, el arabesco del modernismo y los manieristas de Florencia; su estilo es únicamente suyo e inconfundible. Tanto en los desnudos de mujeres tendidas de colores cálidos, como en los retratos, los contornos se marcan con fuerza, en líneas gruesas o delgadas, pero siempre fluidas, herederas del arabesco modernista, mientras los cuerpos y el espacio son planos de color que se yuxtaponen. Fue el más maldito de todos, casi no expuso y la policía cerró su única exposición en 1917 en la galería de Berthe Weil, por considerarla obscena. Vivió de la protección de los mecenas y, consumido por el alcohol, las drogas y la enfermedad -una tuberculosis que le atacaba desde los diez años -, murió en 1920; su modelo, Jeanne Hubert, se suicidó dos días después. De Micheli se ha referido a él como un expresionista melódico, por la carga de poesía y de elegancia decadente que hay en su pintura, muy a tono con sus gustos literarios por Wilde y D'Anunzzio. Los retratos y desnudos, aparentemente tradicionales, están cargados de inquietud, de tensión interior y desasosiego. Retrató a sus amigos, transmitiéndoles su desolada melancolía, y sometiéndolos a deformaciones expresivas, que contribuyen a calar más hondo en su interior. Modigliani dejó en estos retratos una galería de la elite bohemia del París de la segunda década del siglo, en cuadros que más que retratos, como ha escrito Argan, son "composiciones poéticas dedicadas a...".
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Absorbido por este torbellino, lo curioso es que el artista etrusco llegue en ocasiones, a resistir. La defensa será breve en el sur de Etruria, capaz tan sólo de dejamos en la Tarquinia del siglo III algunos sarcófagos con dignos retratos y ciertas pinturas con escenas y figuras de ultratumba (Tumba de los Anina, Tumba del Cardenal); pero en el norte, más lejos del influjo abrumador de Roma, la plástica tirrena logrará concentrar sus fuerzas y sobrevivir hasta principios del siglo I a. C. Allí, en efecto, llegarán aún los escultores a acometer obras de excepcional envergadura: sirva como testimonio el gran frontón en terracota del Templo de Talamone, donde la leyenda de Eteocles y Polinices se desarrolla entre un revoltijo de carros, combatientes y genios funerarios alados que rodean, aun ignorándolo, al desesperado y ciego Edipo. Sin embargo, no son obras tan aparatosas las que nos permitirán, en los últimos momentos del arte etrusco, conservar un grato recuerdo de su creatividad. Volvamos más bien la vista a las numerosísimas y siempre variadas urnas cinerarias que se multiplicaron durante el siglo II a. C. y que sirvieron de último reposo a los habitantes de Volterra, Perugia y Chiusi. Estas urnas pequeñas, como cofres coronados con la figura reclinada del difunto, constituyen, por decirlo de algún modo, el testamento del arte tirreno. Talladas en material tan blando como el alabastro, o modeladas y a veces sencillamente hechas a molde en barro, mantienen todo lo esencial del arte etrusco-itálico, y su legado definitivo para el mundo romano. Vemos así que en sus frentes menudean, entre copias más o menos fieles de composiciones helenísticas, los más perfectos relieves honoríficos de toda la historia etrusca: en unos aparece un noble magistrado despidiéndose de los oficiales que le sirvieron en vida; en otros, el aristócrata avanza en carro, precedido de lictores y acompañado de músicos; otros, en fin, muestran el pausado avance del muerto, reclinado en su carruaje fúnebre, hacia la necrópolis. Y en todas estas imágenes se mantienen incólumes las leyes del género. La composición paratáctica, la jerarquía de tamaños, e incluso un planteamiento popular destinado a larguísima pervivencia: el que permite ver en un objeto su aspecto lateral y, a la vez, su visión de frente, como si la mirada lo rodease. En la tapa, por su parte, se nos presenta el difunto: en su imagen se concentra también en síntesis toda la tradición. Su postura de comensal se remonta al arcaísmo. Su desproporcionada cabeza nos llevaría hasta el Centauro de Vulci. Y sobre todo, aunque hay excepciones, la pasión por el retrato realista inspira a los mejores artífices: en unos casos, identificamos la vulgaridad o la molicie del que los romanos llamaban obesos etruscos; en otros, la mirada y el gesto displicente del orgulloso aristócrata; en otros, la energía del hombre apegado a la tierra, siempre con sus minuciosas arrugas y con un tratamiento seco y directo. Casi no necesitaríamos ese gran bronce llamado el Arringatore, puente reconocido entre el arte etrusco y el romano en los primeros años del siglo I a. C., para identificar estos retratos con lo más fecundo de la futura trayectoria romana.
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Como retratista, la efigie que recrea a la reina Mariana de Austria (Madrid, Prado, c. 1652-53), con su aparatosidad algo retórica, es sin duda la obra maestra del género en estos años finales. Es una figura monumental, algo envarada, aprisionada en el rígido guardainfante del vestido y en la peluca no menos espectacular, signos externos junto con el traje negro y plata de la rigurosa etiqueta del Alcázar. Sin embargo, esta grave imagen de la reina está resuelta con el más elevado alarde técnico, con un estilo abocetado que busca sobre todo el impacto visual, la coherencia del conjunto, sin entretenerse en definir ningún detalle, como no sea el rostro, que, desde el punto de vista de la obra pictórica, es quizá lo menos interesante (J. Gállego, 1983, p. 183). El retrato de Felipe IV con armadura y un león a los pies (Madrid, Prado) forma pareja con el anterior de la reina Mariana; la imagen del rey muestra la misma aparatosidad en los detalles externos, pero no pierde la gravedad y distanciamiento expresivo del rostro. Velázquez debió pintarlo hacia 1653, fecha de una carta de Felipe IV a sor Luisa Magdalena de Jesús, condesa de Paredes, monja carmelita en Malagón, en la que se muestra voluntariamente prisionero de los destinos pictóricos de Velázquez, pues mientras se lamenta de que hace nueve años que su pintor no le ha retratado, teme simultáneamente su flema proverbial, tanto como irse viendo envejecer en las imágenes (Pérez Sánchez, 1991, p. 53). Los dos retratos de Felipe IV con cadena de oro (Londres, National Gallery) y sin ella (Madrid, Prado), pintados entre 1655 y 1660, testimonios de la decadencia física del monarca, muestran al rey verdaderamente envejecido, abrumado por las obligaciones y amargado por los desengaños. Velázquez puso su oficio para mostrar esta situación que los cronistas reflejan contemporáneamente, como por ejemplo una larga meditación del monarca junto a la urna de su sepultura en el Panteón Real de El Escorial. El pintor no traiciona la verdad, pero el rey no podía mostrarse como un simple mortal y en estos últimos retratos pervive aún cierto distanciamiento e indiferencia ante la contingencia de los acontecimientos externos, expresados en el gesto severo. Felipe IV también tenía motivos de alegría en estos años, que eran sus hijos, como aparece en el epistolario a sor Luisa Magdalena de Jesús. Los retratos infantiles de estos niños pintados por Velázquez y conservados en Viena por ser regalos familiares a la rama austríaca de los Habsburgo, constituyen la más delicada galería realizada por el maestro: el de la Infanta María Teresa en edad casadera, con su acuarelado vestido blanco (c. 1652-53), los varios realizados a la Infanta Margarita -especialmente los que la muestran con vestido carmesí y plata a los dos o tres años (c. 1652-53) y a los ocho años con vestido azul (c. 1659)- y el del Príncipe Felipe Próspero (Viena, Kunsthistorisches Museum, c. 1659), muestran una corte de niños, como de hecho lo son Las Meninas, cuya vitalidad ingenua se transforma en melancolía bajo el peso de la contención majestuosa y de la etiqueta palaciega, prematuramente consciente de su destino. Son retratos suntuosos, llenos de elementos significantes como los cortinajes o las mesas engalanadas con ricos tapetes que en el retrato de la Infanta Margarita (c. 1652-53) se adorna con un pequeño búcaro de flores plenamente impresionista. En el del Infante Felipe Próspero el escenario se abre hacia las estancias contiguas diferenciadas por su diversa iluminación; se halla en un entorno de miniaturas -sillón y perrito incluidos- que agigantan al niño. La técnica de estos retratos, su virtuosismo y el uso pleno de los recursos impresionistas de pinceladas menudas señalan a Velázquez como un espíritu anticipador de soluciones pictóricas.
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Fue en la época romántica -allá por el siglo XIX- cuando se empezó a pensar que el artista se expresaba a sí mismo a través de su obra. El arte ya no era una técnica dominada en sus últimos secretos, como había sido hasta entonces, sino una manera de sentir y la obra no era tanto una manufactura acabada y perfecta desde el punto de vista técnico como una expresión del yo del artista, de lo más íntimo de sus sentimientos, creencias, sensaciones, etc. Una manifestación incontrolada, no sometida a los filtros censores de la razón. Pollock no entendía su obra y lo mismo le pasaba a Millares con la suya.Ya en 1943, en el primer análisis de la obra de Pollock, que escribió J. Sweeney para el catálogo de la exposición de la galería Guggenheim, hacía referencia a artistas del romanticismo y empleaba expresiones tradicionalmente asociadas con este movimiento -el talento, el genio, el lago, el volcán, el fuego, el viento, la estrella y la nube- y le comparaba con el primer romántico oficial de Francia: "Hoy su credo -escribía el crítico- es el de Hugo. Cárgate con la realidad y échate al mar. El mar es la inspiración". Todavía en los últimos años se ha visto la obra de Pollock como una interpretación contemporánea de lo sublime. Todo ello colaboró al éxito espectacular del expresionismo abstracto.
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El 11 de junio de 1496 también Colón está de regreso en Cádiz, y se esforzará en recuperar la confianza de los reyes -perdida por su nefasta actuación como gobernante en la Española- y organizar un nuevo viaje. El 30 de mayo de 1498 comenzó el tercer viaje colombino, con 6 barcos y unos 300 hombres, en el que navegó más al sur que en los anteriores, llegando a la isla Trinidad y la costa continental de Suramérica, entre el brazo occidental del delta del Orinoco y el extremo oriental de la península de Paria en Venezuela, que impresionó tanto a Colón por su belleza que situó ahí el Paraíso terrenal. Descubrió varias islas más, como Asunción (Granada) y Margarita, y llegó enfermo a la Española, donde la situación era caótica por la rebelión de los colonos -acaudillados por Francisco Roldán- contra los hermanos Colón. En la corte el escaso resultado económico de la empresa (pese a un nuevo cargamento de esclavos, que repugnó a la reina y ordenó su inmediata devolución) y las noticias que llegaban de la Española contrastaban con la impresión causada en toda Europa por el regreso en 1499 de Vasco de Gama, cargado de especias tras haber encontrado el camino hacia la verdadera India. La Corona decide entonces intervenir, pone fin al monopolio de Colón y envía a Francisco Bobadilla a investigar los desórdenes en la Española. El resultado fue el envío de los hermanos Colón a España, encadenados. Los reyes rehabilitaron al almirante, aunque no le devolvieron sus privilegios. Todavía hará Colón un viaje más a América, partiendo de Cádiz el 11 de mayo de 1502 con 4 barcos y unos 140 hombres, incluido su hijo Hernando, de 13 años. El objetivo era "dar con el estrecho", para pasar a Asia, y el resultado fue la exploración de la costa centroamericana (Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá), desde la isla Bonacca hasta el golfo del Darién. Fue un viaje penoso y duro y con las naves a punto de naufragar se refugian en Jamaica, donde la expedición permanece un año entero, esperando la ayuda desde la Española. En noviembre de 1504 Colón está de regreso en España y ya no participará en nada referente a las Indias, falleciendo el 20 de mayo de 1506 en Valladolid.
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De ningún faraón se conservan tantos retratos como de Tutankhamon, desde el coloso de Karnak hasta los 430 ushebtis de su tumba. Un egipcio antiguo diría que este favor, como el de la conservación de su hipogeo -caso único entre los de los faraones-, se debió a la gratitud de Amón por haber vuelto a poner a Egipto en el camino de la verdadera fe. La vitrina dedicada a los ushebtis en el Museo de El Cairo parece el escaparate de un almacén de juguetes, todos parecidos pero desiguales: son las estatuillas de 365 trabajadores (uno por cada día del año), 36 capataces (uno por cada semana de diez días) y otros doce por cada mes, todos dispuestos a reemplazar al faraón en las tareas que a éste se le encomendasen en el otro mundo. Como dice la inscripción de uno de ellos, "palabras pronunciadas por parte del Osiris del rey Nab-kheperu-Re: sea ensalzado este ushebti si se le nombra o se le llama. El Osiris Tutankhamon es amado a las fincas del dios para cultivar los campos, regar las riberas y transportar la arena del este al oeste". El ushebti debía contestar entonces que estaba dispuesto. Quedan por reseñar los dos artículos más notables que figuraban en la sala de los vasos canópicos, aneja a la del sarcófago y donde se guardaban las partes blandas extraídas de la momia: el armario de los vasos y la estatua de Anubis, patrono de los embalsamadores, el dios sombrío que como dice el "Libro de los Muertos", merodea como un perro negro en torno a los cementerios.
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El término villa, tal como hoy lo entendemos, responde a un contenido de carácter fundamentalmente arqueológico; y aunque la vaguedad del concepto ha sido hasta ahora cómoda para englobar una pluralidad de restos y edificios romanos de los que no se sabía gran cosa, parece ya necesario comenzar a perfilar su significado con algo más de precisión. Normalmente se considera villa a una explotación agraria que, de manera provisional o definitiva, dedicaría una parte a residencia del dominus o propietario. Desde este punto de vista, cuando se excava un yacimiento de este tipo, se busca identificar en él la parte urbana y la rústica, a veces forzando la interpretación de los hallazgos para tratar de encajarlos en estas categorías. Esto ha llevado a un entendimiento de las villas romanas bastante apartado de la realidad; hoy más que nunca hace falta un estudio arqueológico detallado de las villas romanas en su conjunto. Este estudio debe tratar de definir con la mayor precisión posible las estancias halladas, analizar sus funciones y relacionarlas con unos usos; examinar los niveles de ocupación y asentamiento, establecer críticamente la estratigrafía, considerar los hallazgos en el conjunto al que pertenecen, y relacionarlo con el panorama arqueológico e histórico del lugar y del momento: sólo así podrá entenderse con cierta claridad la naturaleza de estos locales y el papel desempeñado por dichos establecimientos a lo largo del tiempo. Este análisis arqueológico amplio que se precisa, con una revisión villa por villa y estancia por estancia, lógicamente no tiene cabida en estas páginas, que pretenden ser simple introducción general al estudio de las villas romanas en nuestro país. Pero no me parece fuera de lugar exponer aquí sus líneas generales, dado que los hallazgos y la valoración artística de los mismos están directamente condicionados por la naturaleza de los locales donde se han encontrado.Trataremos de esbozar los caracteres generales de esta valoración arqueológica. En cuanto a su cronología, se perfilan unas líneas amplias que podrían definirse así: primero, las villas hispanorromanas muestran un primer nivel de ocupación frecuente en el siglo I d. C.; generalmente se ignoran las formas arquitectónicas pertenecientes a este momento inicial, pero ciertos datos hacen pensar que las villas no tienen el nivel de lujo y comodidades desarrollado en épocas posteriores. Segundo, existe un auge generalizado de las villas romanas en el período del Bajo Imperio, es decir, hacia los siglos III y IV d. C. El éxito de este tipo de construcción es creciente hasta un momento cenital que puede situarse aproximadamente en el tercer cuarto del siglo IV. Tercero, existe un colapso brusco hacia fines del siglo, con un nivel de destrucción generalizado y ampliamente constatado por las excavaciones arqueológicas. Cuarto, una vez destruidos, total o parcialmente, dichos enclaves sufrieron avatares diferentes: en ocasiones, el total abandono; en otras, la continuidad de las labores y trabajos agrícolas y en una buena parte de ellos, se documenta la existencia de restos que demuestran la cristianización del sitio y de sus habitantes. Las líneas generales expuestas corresponden únicamente a los niveles de ocupación de las villas romanas, pero es preciso además definir sus características arquitectónicas y sus usos. No sabemos gran cosa de los establecimientos rurales del siglo I, aunque parece que tienen un nivel relativamente modesto. Los sitios fueron en general cuidadosamente escogidos y puede considerarse que se tuvieron en cuenta los preceptos aconsejables por los agrónomos latinos, por lo que cabe suponer que el aspecto de la explotación agraria y otras consideraciones económicas fueron factores determinantes a la hora de elegir los lugares de las primeras implantaciones. Es evidente el valor y la importancia que estos establecimientos rurales cobran a lo largo del tiempo: durante los siglos III y IV se documentan numerosas villas, tanto en las proximidades de las ciudades como en lugares más o menos apartados. Aunque el esquema tradicional de consideración de las villas propone un paulatino alejamiento de los centros urbanos por parte de los propietarios, la realidad arqueológica se muestra más compleja.