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La conclusión de obras iniciadas por Sansovino como la Librería de San Marcos y las Procuradurías Nuevas, o por Palladio, como la Basílica y el Teatro Olímpico de Vicenza, tocó al discípulo de este último, arquitecto oficial de Venecia en las décadas finales del siglo, Vicenzo Scamozzi, natural de Vicenza. Su gusto manierista lo refleja el Teatro Olímpico de Sabbioneta, en la estela de Palladio, más modesto que el de Vicenza, pero con airosa tribuna corintia con estatuas y frescos. Las enseñanzas teóricas del gran maestro las comentó en su "Idea dell'Architettura Universale", editada en 1615 en Venecia. Recordemos que Palladio redactó un proyecto para el Puente de Rialto sobre el Gran Canal veneciano, pero su realizador fue Antonio da Ponte en 1600. Como vigía de las fronteras del Véneto, la gran realización veneciana de ciudad ideal fortificada es la poligonal de Palmanova, joya del urbanismo cinquecentista.
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Fernando de Antequera, convertido por el Compromiso de Caspe en Fernando I de Aragón (1412-1416), recompensó a sus fieles e intentó atraerse a sus oponentes, pero Jaime de Urgel, que no parece haber sido un hombre de gran talla política, no supo aceptar la derrota. Empujado por los malos consejos de sus familiares y aliados (de Antón de Luna sobre todo), se sublevó en 1413, mientras el rey tenía Cortes en Barcelona, lo que constituía una flagrante violación de las constituciones. Como no podía ser de otro modo, los estamentos secundaron al monarca que dominó la revuelta (asedio de Balaguer, 1413), y el derrotado se libró de la decapitación, pero perdió sus bienes y fue encarcelado de por vida. En política interior, el hecho más sobresaliente de este reinado fue el inicio de una larga batalla por el poder entre la nueva dinastía, que quería avanzar hacia el autoritarismo, y los estamentos catalanes, que querían consolidar si no ampliar el pactismo imperante. Era ya un viejo debate, agudizado si se quiere por el hecho de que los Trastámaras pisaban un terreno desconocido para ellos, y los estamentos, que quizá pensaban que habían hecho (o consentido) al rey, probablemente esperaban sacar partido de ello. De hecho, las primeras Cortes del nuevo rey en Cataluña, las de Barcelona de 1412-13, le arrancaron importantes concesiones que pretendían situar el gobierno real del Principado bajo el control de las Cortes o de su emanación, la Diputación del General. Cuando en las Cortes de Tortosa-Montblanc, de 1413-14, los estamentos le plantearon nuevas reivindicaciones quedó claro que Fernando I se enfrentaba a una auténtica ofensiva pactista que pretendía incluso deshacer la política de recuperación patrimonial iniciada por Martín el Humano, independizar relativamente el poder judicial y evitar toda injerencia del monarca en los nuevos conflictos entre señores y campesinos. Alarmado por tales reivindicaciones, el rey disolvió las Cortes sin llegar a ningún acuerdo. Murió dos años más tarde sin haber rehecho el diálogo. Como dice J. Vicens, "detrás de su figura se levantaría pronto el espectro de la guerra civil". El reinado de Fernando I había sido corto; el tiempo justo para tomar contacto con la realidad de la Corona. El de su hijo y sucesor Alfonso el Magnánimo (1416-1458) sería largo y difícil, al menos en lo tocante a sus relaciones con los estamentos catalanes. Jefe del clan Trastámara aragonés, Alfonso tendría que dividir sus esfuerzos entre sus Estados peninsulares, donde siglos de pactismo reducían su capacidad de acción; el Mediterráneo, donde debía defender las posiciones de la Corona y veía posibilidades de desarrollar una acción política propia, y Castilla, donde la familia tenía sólidas posiciones, susceptibles de llevarle a un cierto control del conjunto peninsular. Pero, una vez más, el coste de las ambiciones políticas de la monarquía en el exterior habría de repercutir negativamente en el interior. El Magnánimo comenzó su reinado convocando Cortes en Barcelona (1416), donde esperaba obtener subsidios para seguir la lucha contra Génova, pero los nobles, descontentos porque la monarquía proseguía su política de recuperación patrimonial, y de autorización de sindicatos remensas, y porque se rodeaba de consejeros castellanos, rehusaron contribuir y, en cambio, reclamaron contra esta política y plantearon un conjunto de reformas constitucionales que el monarca desoyó. Se trasladó entonces a Valencia, donde sus demandas de ayuda para la política mediterránea iban a encontrar mejor respuesta. Dispuesto a partir para Italia, volvió a tener Cortes con los catalanes en Sant Cugat y Tortosa (1419-20), donde, necesitado de dinero para la expedición, cedió a reivindicaciones de la Iglesia, frenó la política de recuperación patrimonial y prometió resolver determinados agravios, a cambio de lo cual recibió un donativo. No obstante, los estamentos querían ir más lejos en la consecución de sus ideales pactistas: querían que los cargos civiles y eclesiásticos se reservaran a los naturales del país, que el consejo real fuera designado con la intervención y aprobación de las Cortes, que la Real Audiencia, creada en el siglo XIV, fuera independiente del monarca y que careciesen de fuerza legal las disposiciones reales contrarias a las leyes de la tierra (usatges y constituciones). Alfonso, que no estaba dispuesto a compartir el poder con las Cortes, disolvió la asamblea y partió hacia Cerdeña. No volvería hasta finales de 1423. En ausencia del Magnánimo, ocupó la lugartenencia su esposa, la reina María, que quiso reimpulsar la política de recuperación patrimonial autorizando las asambleas campesinas, encargadas de recoger el dinero necesario. La alarma que esta iniciativa reformadora ocasionó entre los estamentos, temerosos de la ruptura del statu quo jurisdiccional y agrario, incidió en las Cortes de Tortosa-Barcelona, de 1421-23, reunidas por la reina para obtener subsidios con los que ayudar a la política italiana de su marido. Los estamentos le ofrecieron, efectivamente, ayuda, pero le obligaron a frenar la política reformadora, transigir en todas las reivindicaciones pendientes desde el reinado anterior, y aceptar que la Generalitat se convirtiera en defensora y guardiana de las leyes de la tierra contra cualquier extralimitación del rey y sus oficiales. Durante las sesiones, las ciudades y el estamento eclesiástico actuaron unidos para romper las resistencias de la reina, pero la nobleza se dividió en un sector moderado y realista (encabezado por el conde de Cardona) y un sector radical antirrealista (encabezado por el conde de Pallars), división que creó situaciones de gran tensión, y que quizá ya procedía de la época del interregno. Cuando las Cortes fueron clausuradas, la autoridad real había perdido posiciones irrecuperables y el cisma nobiliario amenazaba con una guerra civil.
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Fray Lorenzo de San Nicolás (1595-1679), lego agustino en 1612 y sacerdote en 1631, se formó con su padre, quien también fue hermano lego de dicha orden, en la que ingresó tras sufrir diversas calamidades. Con él realizó algunas iglesias para los agustinos en la provincia de Toledo, pero en general la mayoría de sus edificios se han perdido o no se conocen con seguridad.Entre lo conservado destaca el templo de agustinas descalzas de Colmenar de Oreja, en el que sigue el esquema de la Encarnación. También trabajó en la iglesia del monasterio de benedictinas de San Plácido de Madrid, al menos entre 1655 y 1658. Las obras se iniciaron en 1641 y terminaron veinte años después, siendo su principal constructor Juan de Corpa, discípulo de Fray Lorenzo. La planta es de cruz latina, con una sola nave, muy corta, y ancho crucero con machones achaflanadas, sobre los que se eleva una gran cúpula encañonada, diseñada por el agustino, que define bajo ella un amplio espacio que centraliza el trazado longitudinal del templo. El sobrio alzado se ve enriquecido por un conjunto de espléndidas obras destinadas a crear el efecto persuasivo y emocional deseado por la Iglesia Católica. Entre ellas destacan las esculturas de santos de la orden, realizadas por Manuel Pereira para las hornacinas de los machones, y las pinturas de Claudio Coello, especialmente el gran lienzo de la Anunciación, firmado en 1668, que forma parte del magnífico retablo de la capilla mayor, trazado por Pedro de la Torre.También proyectó la madrileña iglesia de la Concepción Real de Calatrava -las Calatravas-, construida bajo su dirección en los años setenta, en la que consigue una perfecta síntesis de espacios longitudinal y central. La decoración interior, en la que se emplean modillones pareados, cartelas, festones, motivos vegetales, etc., responde ya al lenguaje plenamente barroco que predominó en las últimas décadas del siglo, etapa en la que se consolidó el nuevo estilo. A ello contribuyó en gran medida la personalidad del agustino, no sólo por el prestigio que le proporcionaron sus trabajos y la influencia que a través de ellos ejerció entre los arquitectos de la época, sino también por su actividad como tratadista.En 1633 se publicó su tratado "Arte y uso de arquitectura", que tuvo una segunda parte en 1664. En el texto Fray Lorenzo demuestra sus conocimientos de geometría y aritmética, primando en él el carácter pedagógico y el deseo de proporcionar unas normas claras y asequibles para la práctica arquitectónica. Sus recomendaciones sobre el empleo de los órdenes, las estructuras de las fachadas, el sistema de construcción de la cúpula encañonada, cimientos, materiales, etc.., forman parte esencial del libro, que, sin embargo, no carece de contenidos teóricos, pues el agustino, buen conocedor de la tratadística clásica, reflexiona y argumenta diversos planteamientos partiendo de su admiración por Vitrubio, Serlio, Vignola y Palladio, entre otros.En general los tratados del Renacimiento ejercieron un importante influjo tanto en la arquitectura española del XVII como en los textos que se escribieron en nuestro país en dicho período. El primero en aparecer fue el ya comentado de Fray Lorenzo, sin duda el de mayor éxito y difusión en su época. Sin embargo, según Tovar Martín, antes de su publicación existía cierta inquietud teórica que quedó reflejada en una serie de textos anónimos que nunca fueron impresos. Vinculados al legado humanista, en ellos se trataba de definir las normas y el concepto de la actividad arquitectónica, mostrando un especial interés por los detalles de tipo práctico.Ya en la segunda mitad de la centuria destaca el manuscrito de Fray Juan Rizi "Tratado de la Pintura Sabia", fechado en 1663, que permaneció inédito hasta 1930. Está integrado por un conjunto de lecciones, dedicadas a la marquesa de Béjar y relacionadas con la pintura, principal ocupación artística de este fraile benedictino. Sin embargo entre ellas aparecen el "Epítome de Geometría y el Tratado breve de Perspectiva y Arquitectura", que hacen referencia a la actividad constructiva. Su aportación más original radica en la consideración exclusivamente ornamental de los órdenes, incluyendo un interesante estudio sobre el orden salomónico que ejercerá amplia influencia en la arquitectura posterior.Si el texto de Rizi apunta ya un camino de libertad y rompimiento con la normativa clásica, éste se consolida en la "Architectura civil recta y oblicua" de Juan Caramuel, escrita hacia 1678 y publicada en 1713, en el que se propone la disolución del canon y la variación atrevida del diseño, entendiendo de un modo nuevo el hecho arquitectónico.Los libros mencionados son los más relevantes de la tratadística española del XVII. Hubo otros, como los de Juan de Torija, López de Arenas, Simón García y Andrade, en los que predominó el carácter práctico, pero no son comentados por la necesaria brevedad de estas líneas y su menor interés. En general, y en resumen, se puede considerar que este tipo de obras tuvo en nuestro país como misión prioritaria proporcionar conocimientos a los artistas, defendiendo también en muchos casos la consideración de la arquitectura como un arte liberal, y del arquitecto como un intelectual. Así mismo, sin renunciar a la herencia tratadística anterior, fueron paulatinamente incorporando los nuevos planteamientos de la práctica y de la teoría barroca, contribuyendo de forma importante a consolidar el lenguaje del nuevo estilo.
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Los tratados anunciados en Potsdam llegaron todos en el mismo día: para Italia, para Finlandia, para Bulgaria, Rumania y Hungría, el 10 de febrero de 1947 fue una fecha clave. La esencia de los tratados quedó fijada en la Conferencia de Moscú, de 16 a 26 de diciembre de 1945, por los ministros de Asuntos Exteriores de los tres grandes: Ernest Bevin (G.B.), James. F. Byrnes (USA) y Vyacheslav M. Molotov. La conferencia acordó: - Que China y Francia se unieran, definitivamente, a la consideración del grupo rector del mundo. Medida lógica, puesto que ya figuraban como tales en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. - Que los tratados de paz fueran preparados por unos países determinados: para Italia serían Reino Unido, Estados Unidos, Unión Soviética y Francia; para Rumania, Bulgaria y Hungría, Unión Soviética, Reino Unido y Estados Unidos, y para Finlandia, Unión Soviética y Reino Unido. Los proyectos elaborados por cada una de las delegaciones deberían ser remitidos a una conferencia convocada al efecto y en la que estarían representados los cinco miembros del Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores y los delegados de países de las Naciones Unidas "que hubieran hecho efectivamente la guerra con fuerzas militares sustanciales contra los Estados enemigos europeos". Esta conferencia tenía un plazo máximo para su convocatoria, fijado para el 1 de mayo de 1946. - Que, una vez reexaminados los proyectos, se procediera a su redacción definitiva. - Que los textos fueran ratificados por las dos partes; los vencedores y los vencidos. Esas partes figuran en el texto de los tratados como: a) Potencias aliadas y asociados, que suman un máximo de 20, anotando en ellas las dos Repúblicas que Moscú ya había introducido, sorprendentemente, en la lista de Naciones Unidas -Bielorrusia y Ucrania- a pesar de ser un todo con las demás que componen la URSS, b) El país vencido, en cada caso. En el de Italia, cuatro considerandos figuran por delante de la frase esencial, que es el fin del estado de guerra. Estos cuatro considerandos se fijan en los extremos siguientes: 1. Que Italia tiene responsabilidades como potencia agresora, incorporada al Eje. 2. Que, no obstante, la victoria progresiva de las fuerzas aliadas permitió que fuerzas democráticas italianas revocaran el fascismo y firmasen un armisticio, sin condiciones, en el mes de septiembre de 1943. 3. Que, además, esas fuerzas democráticas declararon la guerra a los alemanes, consiguiendo, a todos los efectos, la calificación de cobeligerantes. 4. Que esa nueva Italia y las potencias aliadas buscan soluciones en conformidad con los principios de la justicia y que, en esas soluciones, no sólo se incluye el tratado de paz, sino la incorporación a la vida internacional, con su futura adhesión a la Organización de Naciones Unidas. Sentado esto y proclamado el fin del estado de guerra, el articulado pasa a concretar los temas que afectan a los italianos: - La garantía de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales. - La reivindicación de aquellas personas que, entre el 10 de junio de 1940 y el 29 de septiembre de 1943, mostraron su simpatía por la causa de los aliados y fueron perseguidos por ello. - La erradicación del fascismo y de cualquier organización de tipo paramilitar que pudiera recordar, aun de lejos, las organizaciones fascistas. - El reconocimiento de los tratados que los aliados conciertan con los otros países vencidos. - El establecimiento del territorio libre de Trieste, con la fijación concreta de sus fronteras. - La renuncia a los beneficios que Italia había obtenido sobre China, especialmente en el protocolo firmado en Pekin el 7 de septiembre de 1901. - El respeto a la soberanía de Albania. Firmado el tratado de paz, Italia aprobó su Constitución el 22 de diciembre de 1947, que entraría en vigor el 1 de enero de 1948. Los esquemas políticos iban encajando, pero las dificultades económicas se hicieron sentir durante mucho tiempo en la reconstrucción del país. Fue decisivo en este terreno que el liberal Luigi Einaudi se hiciera cargo de las finanzas públicas, porque su lucha contra la inflación permitiría, aun con dificultades, la búsqueda del camino de la normalidad. Los acontecimientos exteriores modificaron algunos aspectos de la vida política italiana. La guerra fría significó una escisión en los socialistas y motivó la separación de los comunistas del Gobierno. Esta evolución propició una amnistía general que dejó prácticamente sin efecto las medidas que se habían adoptado anteriormente contra los fascistas. En plena vorágine de la guerra fría coincidieron las elecciones parlamentarias de 1948 con el golpe de Praga. Esto inclinó a los electores a dar su voto a los cristiano-demócratas en una medida superior a la esperada. Los resultados de la consulta electoral concedieron la mayoría absoluta a la DC, que consiguió en esta ocasión su mayor éxito. Einaudi fue elegido presidente de la República y Alcide De Gasperi formó un Gobierno de coalición en el que se integraron con la DC los socialdemócratas, los liberales y los republicanos. Con esta orientación, Italia se fue incorporando progresivamente a la vida del mundo libre occidental: ingresó en la OTAN, en el Consejo de Europa y en las Naciones Unidas. Y fue en Roma, en marzo de 1957, en donde se firmaría el tratado del mismo nombre que dio vida a los proyectos de las Comunidades Europeas.
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En los estrechos Alcibíades emprendió importantes campañas y obtuvo victorias en Cícico y Abido que abrían los accesos de la Propóntide y el Helesponto. La nueva agresividad y la actividad naval fortaleció los impulsos democráticos, que se materializaron en el apoyo popular a la figura de Cleofonte, nuevo representante de los sectores de procedencia oscura, de los que formaban parte Cleón o Hipérbolo. De este modo, en el año 410 se restableció el consejo de los Quinientos, los tribunales populares y los pagos por servicios públicos y se fijó el diobolo como subsidio a cualquier ciudadano. En el año 408 Alcibíades se atreve a regresar a Atenas donde, a pesar de la oposición de algunos, recibe una acogida triunfal y es nombrado hegemón autokrátor, pues esperaban que fuera capaz de restaurar el imperio y de recuperar todas sus ventajas para el demos. Sin embargo, la actividad espartana en Asia Menor continuaba siendo beneficiada por las circunstancias del mundo persa, donde el nuevo sátrapa de Sardes, Ciro el Joven, hijo de Darío, favorece el mantenimiento de relaciones amistosas con el espartano Lisandro, que se preocupa especialmente del crecimiento de la flota, con la ayuda de los persas. Las posibilidades que prometía Alcibíades, de recibir ayuda de los persas, quedaban definitivamente esfumadas. Lisandro, en 407, consigue la victoria sobre la flota ateniense en Notion, en las costas de Asia Menor frente a Samos. Alcibíades ve cómo desaparece la justificación de su presencia en Atenas, basada en la victoria, y huye al Quersoneso. Luego sólo aparecerá circunstancialmente como consejero de una estrategia que los atenienses no consideraron adecuada, pero fueron derrotados por ello. Tal vez se trate de una forma de propaganda póstuma favorable al político exiliado. Todavía en 406, los atenienses consiguieron una nueva victoria en la batalla naval de las Arginusas, entre Lesbos y las costas de Asia Menor. Pero el triunfo no impidió que se pusieran de manifiesto los graves problemas internos de la ciudad, cuando los generales victoriosos fueron condenados a muerte, en un juicio que se consideraba ilegal, por el hecho de haber abandonado a los náufragos o de no haber recogido los cadáveres, según las fuentes. Según Jenofonte, el juicio estuvo promovido por Terámenes, pero también se nota la presencia de los representantes más radicales de las tendencias democráticas. Los espartanos luego pidieron la paz, pero la tendencia dominante en el demos conducía naturalmente al rechazo. En el año 405, Lisandro vence a los atenienses en la batalla de Egospótamos, en el Quersoneso, lo que llevó a la aceptación de la paz, conducida por Terámenes, en que admitían las condiciones de renunciar a la Liga y a las cleruquías. Aristóteles dice que en Atenas había que distinguir entre dos corrientes dentro de los nobles antidemócratas, los que buscaban el establecimiento de la oligarquía y los partidarios de la patrios politeia, la constitución propia de los antepasados, que, simplemente, puede identificarse con el régimen en que participan y controlan los miembros del ejército hoplítico. El triunfo en el debate interno les correspondió a los oligarcas, encabezados por Critias, que, según Jenofonte, reconocía que el nuevo régimen, formado por los Treinta, había de comportarse como una tiranía para evitar eficazmente la vuelta de la democracia. Su eficacia estaba en la represión, que ejerció incluso contra Terámenes, acusado de actuar de manera ambigua y de facilitar la recuperación de los enemigos.
obra
Giorgione es el pintor clave en la innovación pictórica veneciana durante el Cinquecento. La clave de su arte se encuentra en la relación entre pintura y naturaleza así como la plasmación de la luz y la atmósfera. Estas características se aprecian a la perfección en este lienzo que aquí contemplamos, ubicado en el centro de la trayectoria estilística del maestro de Castelfranco. Las tres figuras se insertan a la perfección ante la naturaleza, recibiendo un potente foco de luz que resalta las tonalidades de sus vestimentas y crea una sensación atmosférica en sintonía con el "sfumato" de Leonardo. La disposición de las figuras en el espacio es muy acertada, situándolas en diferentes planos mientras que el punto de fuga se halla en el paisaje, diferente al quattrocentista en tanto en cuanto se acerca más a la realidad y se intenta representar la naturaleza tal y como es. La poesía que el maestro aporta al paisaje estaría en relación con su elevada cultura, estrechamente relacionada con el neoplatonismo por lo que algunos especialistas interpretan esta escena como una alegoría de las tres edades del hombre, mientras otros críticos consideran que estamos ante un tema menos profano al apuntar a los tres Reyes Magos, que hacen sus cábalas para encontrar la estrella que les guiará al Niño Jesús.
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Bajo esta denominación, la historiografía china engloba cuatro siglos de desmembración del imperio que abarcan desde la caída de la dinastía Han (220) a la reunificación con la dinastía Sui (581-618). Los Tres Reinos Wei (220-265), Shu (221-263) y Wu (222-280) se formaron como resultado de la descomposición del imperio Han. Tras aplicar los emperadores de esta dinastía una política de asentamientos de aliados bárbaros en territorio chino, se produjeron constantes enfrentamientos militares entre los diferentes pueblos para lograr el control del tambaleante trono Han. El primero de ellos, el reino de Wei, fundado por Cao Cao (155-220) ocupó el territorio septentrional, mientras que los reinos de Shu y Wu se asentaron en el sudoeste y sudeste, respectivamente, fundando nuevas capitales. Chengdu, en la provincia de Sichuan, fue elegida por los Shu por su ubicación estratégica en la zona de los cuatro ríos, rica por su tierra fértil, mientras que los Wu eligieron Nanjing, provincia de Jiangsu en el curso medio del río Yangzi, por el control sobre el comercio marítimo y los cultivos de los valles especialmente el de arroz. La dinastía Jin (265-316), a caballo entre los Tres Reinos y las Seis Dinastías, supuso un breve período de unidad imperial que terminó con luchas entre las diversas facciones cortesanas, iniciándose una etapa de caos y guerras civiles en la que se llegaron a contabilizar, entre el siglo IV y los inicios del siglo V, más de veinte Estados. Los pueblos bárbaros supieron aprovechar la oportunidad que les brindaba este desorden para lograr una fácil invasión, instalándose por todo el territorio septentrional e imponiendo a sus súbditos chinos nuevos modos culturales. Se inició así el período de las Seis Dinastías (420-581), con el que los historiadores chinos nombran a los seis Estados legítimos de la China meridional, si bien los últimos estudios se refieren a esta época con el nombre de las Dinastías del Sur y Norte (Nan Bei Chao), al considerar con la misma legitimidad los reinos septentrionales y meridionales. Los nombres de estas dinastías son: Dinastía del Este (Dong Zhao, 420-589), Wei del Norte (386-534), Wei del Este (534-550), Qi del Norte (Bej Qi, 550-577), Wei del Oeste (535-556) y Zhou del Norte (Bej Zhou, 557-581). En este confuso panorama dinástico podemos encontrar una línea de actuación común, partiendo de su estructura socio-política y su reflejo en la historia del arte. La solidez ideológica del imperio Han se quiebra ante la desintegración política y la militarización de los Estados, que forzaron una emigración masiva hacia el sur en busca de un refugio ante las constantes invasiones y guerras civiles. La quiebra de las instituciones y del sentimiento de colectividad condujo a un fuerte individualismo alejado de los dogmas confucianos, propiciándose el auge del taoísmo como vía individual. Muestra de ello fue la creación de sociedades secretas tales como los Turbantes Amarillos o Los Siete sabios del bosquecillo de bambú. Para Yong Yap y Arthur Cotterell: "el taoísmo respondió a una crisis nacional y se convirtió en la religión autóctona de la salvación individual que se desarrolló en dos niveles distintos: la especulación filosófica tan apreciada por los shih y los ritos mágico religiosos exigidos por los nung con una ferviente respuesta popular". En el campo artístico esta búsqueda individual favoreció una intensa creatividad cuyo máximo exponente fue la expresión artística de la caligrafía y el desarrollo de nuevas formas poéticas. Sin embargo, a partir del siglo IV e inicios del siglo V, esta corriente individualista tuvo que aprender a convivir con el budismo, cuya fuerza se hizo imparable entre todos los estamentos sociales. El budismo, religión procedente de la India, penetró en China a través de las rutas comerciales iniciadas con la dinastía Han. Constituyó el impacto cultural e ideológico más fuerte que ha sufrido China hasta el siglo XX con la introducción del marxismo. A Sidharta Gautama (563-479 a. C.), se deben los fundamentos de esta religión, cuyo nombre deriva de la palabra buda o iluminado, estado espiritual al que debían llegar sus seguidores. Sidharta, hijo del príncipe del país de Sakya, reino al pie del Himalaya, abandonó su casa paterna al comprender los sufrimientos de la vida más allá de los muros de palacio. En sus salidas tuvo encuentros que le marcaron el camino hacia la búsqueda del conocimiento absoluto, único medio para terminar con la enfermedad, la muerte y el deseo. Para comprender la existencia de estos males y buscar una solución a ello consultó a los brahmanes, realizó prácticas de mortificación y, por último, tras comprobar que ninguno de estos métodos le aportaba soluciones, se retiró a meditar en solitario hasta que logró el camino de la iluminación, que no es otro que el conocimiento de la naturaleza intrínseca de las cosas. Buda inició sus enseñanzas en Varanasi (India) promulgando las Cuatro Nobles Verdades: existe la infelicidad; hay una causa para su existencia; la infelicidad puede terminar, y el conocimiento de la verdad termina con el sufrimiento. Los métodos que aconsejaba nada tenían que ver con la celebración de ritos, sacrificios u oraciones, sino con la interiorización individual de la verdad y la práctica constante de las virtudes, rechazando la muerte, el uso de estimulantes, y la apropiación indebida de las cosas. No creó dioses ni figuras que adorar, puesto que cualquier persona que observara sus enseñanzas podía romper la rueda de las reencarnaciones y llegar a ser un iluminado o buda. De su doctrina se deriva un alto grado de tolerancia y confianza en uno mismo, así como una total ausencia de afán proselitista, si bien los hombres y el paso del tiempo transformaron en su propio beneficio la doctrina original. Los primeros seguidores de Sidharta Gautama se unieron en comunidades (shanga) que se extendieron no sólo por la India, sino por los países próximos: Sri Lanka, Birmania, Thailandia..., iniciando la interpretación de la doctrina en dos escuelas principales: el Budismo Hinayana (pequeño vehículo) y el Mahayana (gran vehículo), fundadas a raíz del Cuarto Concilio Budista. El Budismo Hinayana, fundamentado en el Canon Pali, propugnó una vía de liberación individual, el único camino seguido por Buda, mientras que el Budismo Mahayana se hizo rodear de un panteón de divinidades o bodhisatvas que renuncian al nirvana en atención al sufrimiento de los demás, guiándoles en el camino hacia la iluminación. Avalokitesvara fue el bodhisatva principal del Budismo Mahayana, junto a la figura de Maitreya (Buda del Futuro) que dieron lugar a una rica iconografía. Esta escuela budista fue la que se conoció en China, extendiéndose más tarde hacia Corea y Japón. La difusión del Budismo en China se realizó fundamentalmente a través de los comerciantes, a los que siguieron los monjes de Partia y Sogdiana, siendo alrededor del año 65 d. C., cuando se tienen los primeros datos fidedignos sobre el Budismo en China. Un siglo más tarde, en el 148 d. C., se iniciaron las primeras traducciones de textos budistas del sánscrito al chino, favoreciendo su difusión tanto entre las clases letradas como entre el pueblo. Se ha querido hacer coincidir este hecho con las invasiones bárbaras del siglo V d. C., sin tener en cuenta que ya en el año 300 d. C., existían más de ciento ochenta monasterios budistas en Changan y Luoyang, teniendo por tanto una relación más directa con la desintegración del confucionismo y su sistema social que con la llegada de los invasores. El Budismo en China entró rápidamente en contacto con la filosofía taoísta por la proximidad de los supuestos filosóficos, especialmente conceptos como el de la no-acción, la ausencia de método y la búsqueda de la individualidad. Si estas razones fueron suficientes para llamar la atención de la clase letrada, las clases populares vieron en ella un elemento de cohesión y un panteón tangible al que dirigir sus súplicas. Es en este aspecto en el que el Budismo se integró en el arte, al favorecer el desarrollo de lugares necesitados de unas formas arquitectónicas (pagodas y monasterios) y una decoración (escultura y pintura capaces de cubrir las necesidades del clero y los fieles). Los Tres Reinos y las Seis Dinastías, a caballo entre la grandeza Han y la sublimación y cosmopolitismo de los Sui y Tang, constituyeron un período de vital importancia para el desarrollo del arte, ya que en esta época se originaron los principios del Arte del Pincel (caligrafía, pintura y poesía), asimilando las influencias foráneas sin abandonar su propia tradición.
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Acabada la guerra de los Cien Años contra Francia, un nuevo enfrentamiento dinástico tuvo lugar en suelo inglés, al chocar las aspiraciones de poder que tenían las dos influyentes familias nobiliarias de los York y los Lancaster, originándose en consecuencia la llamada guerra de las Dos Rosas que, aunque por un lado serviría para prolongar la inestabilidad política que se venía padeciendo, por otro iba a resultar muy beneficiosa para los intereses de la naciente Monarquía autoritaria que saldría de ella, pues en su transcurso se debilitaría bastante el poder nobiliario, profundamente dividido, quedando diezmado y poco capaz de hacer frente posteriormente a los designios soberanos y centralizadores de la realeza. Hacia el final de la contienda, los York arrebataron la Corona a los Lancaster desde el momento en que un miembro de aquel linaje, Eduardo VI (1461-1483), ocupó el trono. Transcurridos unos años de relativa paz, a la muerte de éste el conflicto estuvo a punto de reanudarse, abriéndose entonces una crisis dinástica que se cerraría con la proclamación real de Enrique Tudor, vinculado a la familia de los Lancaster pero que contrajo matrimonio con Isabel de York, fundiéndose de esta manera en el nuevo monarca los intereses de ambos bandos. Enrique VII (1485-1509) marcaría el comienzo de una etapa brillante para la Monarquía inglesa, la de los Tudor, que sería continuada por sus sucesores en el trono durante el siglo XVI, destacando especialmente los largos reinados de Enrique VIII (1509-1547) e Isabel I (1558-1603), entre los cuales transcurrieron las breves, aunque también intensas, etapas correspondientes a Eduardo VI (1547-1553) y María (1553-1558). La afirmación monárquica fue notable ya desde Enrique VII, quien supo mantener a raya a los clanes nobiliarios y al Parlamento, levantando a la vez un operativo sistema administrativo, organizando la justicia y saneando las finanzas hasta el punto de que bajo su mandato puede decirse que estaba naciendo el moderno Estado inglés, caracterizado por una soberanía indiscutida de la Corona, un poderoso aparato de gobierno central y una hacienda con recursos suficientes como para no depender de las decisiones del Parlamento sobre financiación extraordinaria. De hecho, en los años de este reinado la representación parlamentaria del Reino apenas si fue convocada media docena de veces, y siempre que estuvo reunida quedó bajo control real. En realidad, Enrique Tudor no innovó casi nada, se limitó a restaurar organismos ya existentes y a darles un nuevo impulso para adaptarlos a los tiempos que corrían, tan favorables por otro lado a sus aspiraciones de absolutismo monárquico. El mal recuerdo del pasado reciente, turbulento e intranquilo, los deseos de orden y de paz, la necesidad pública de estabilidad política y desarrollo económico hicieron que desde distintos sectores sociales se apoyase el robustecimiento de la autoridad real, con lo cual se produjo casi una concentración de esfuerzos en una línea común, beneficiándose de esta manera la Corona en sus pretensiones de dominio. No obstante, las dificultades persistieron, los enemigos del régimen no desaparecieron ni todo fue un camino de tránsito fácil, como pudo comprobarse por las conspiraciones que se sucedieron, por la aparición de impostores que pretendían el poder, por la presencia amenazante de los ejércitos privados o por las presiones interesadas ejercidas sobre las instancias judiciales. Contra todo ello supo reaccionar el iniciador de la dinastía Tudor. Tuvo bastante éxito en su gestión y dejó a su muerte una maquinaria de gobierno bien organizada, una tesorería repleta y una cierta tranquilidad en el interior del Reino, a lo que contribuyó también la no participación en los grandes conflictos internacionales, librando así al país de la continua sangría en hombres y dinero que normalmente suponía una política exterior belicosa y expansionista. Por contra, Enrique VII llevó a cabo una inteligente política matrimonial y una práctica actividad negociadora, de pactos, con sus vecinos insulares y continentales, que se concretaron en los enlaces nupciales entre su hijo Arturo y Catalina, hija de los Reyes Católicos, y entre la princesa Margarita y Jacobo IV de Escocia, o en los acuerdos pacíficos con Francia y con las Provincias Unidas, que limaron bastante viejas rencillas existentes entre ellos. La herencia que en 1509 recibía su sucesor, Enrique VIII, estaba llena, pues, de enormes posibilidades para continuar, tanto en el interior como en el exterior, el proceso de engrandecimiento de la Monarquía inglesa.