El inicio de la civilización urbana en esta región podemos situarlo en la cultura Olmeca, desarrollada aproximadamente entre el 1.200 y el 400 a.C. y considerada la madre de las civilizaciones mesoamericanas. Gráfico Con elementos absolutamente originales y otros que serán asimilados por pueblos posteriores, el origen de esta cultura aún plantea interrogantes para los investigadores. Sus manifestaciones se extienden en un área de cerca de 18.000 km2, y ocupa el espacio de los actuales estados de Tabasco y Veracruz. Desde el punto de vista físico estamos hablando de una región pantanosa y bañada por ríos, que los dirigentes olmecas supieron aprovechar para el desarrollo de la agricultura. Una buena gestión en la explotación de la tierra permitió la acumulación de excedentes que facilitaría el desarrollo de una clase social que pudo ocupar su tiempo en tareas no productivas, como el culto, la administración y la producción artesanal. La arqueología nos ha permitido conocer algunos de los yacimientos más significativos de esta cultura, como son los sitios de La Venta, Tres Zapotes y San Lorenzo. Y la exploración de los centros olmecas nos permite aceptar la existencia de una sociedad teocrática profundamente estratificada, cuyos dirigentes eran sostenidos por la población campesina dispersa en aldeas en torno a esos centros. Lo más llamativo de esta civilización son sus realizaciones en el campo de la escultura monumental. De hecho, lo olmeca ha sido calificado como un poderoso estilo artístico. Sus cabezas colosales, hechas en basalto, que llegan a medir 3 metros de altura y hasta 3 metros de diámetro, con un peso que en ocasiones supera las 60 toneladas, son quizá la muestra más inquietante de estas realizaciones. Junto a ellas, los altares, estelas y esculturas más pequeñas de bulto redondo muestran una iconografía que refleja esa poderosa clase social que basó su poder en el control de la tierra y supo presentarse ante el pueblo campesino como reflejo de la presencia divina en la tierra. Son pocos los datos que las fuentes arqueológicas nos aportan acerca de los comportamientos femeninos olmecas. Las realizaciones escultóricas se centran en personajes masculinos, tanto en las realizaciones de las cabezas colosales como en los llamados altares o tronos, singular realización iconográfica en la que una figura humana parece emerger del inframundo de los dioses. Un estudio de las representaciones halladas ha permitido fijar a los arqueólogos algunas pautas de comportamiento de estas sociedades. Partimos de la preponderancia del varón a la hora de ocupar puestos de gobierno. Aunque algunos estudiosos han querido ver rasgos femeninos en alguna de las cabezas colosales, no tenemos aún suficientes pruebas que nos permitan hablar de la existencia de mujeres de elite. En cuanto a la vida cotidiana, de la gente común cabe pensar que tanto los hombres como las mujeres se dedicarían a las tareas agrícolas y a las propias del hogar, donde el papel más relevante lo tendría la mujer. Según algunas representaciones, la vestimenta de los olmecas era bastante sencilla, ya que el clima tampoco exigía prendas elaboradas. Si el varón se cubría con taparrabos, y de manera ocasional con un manto, la mujer llevaría falda y huipil, o incluso llevaría descubierto el torso. Ambos calzaban huaraches, una especie de toscas sandalias. En la iconografía religiosa aparecen algunos aspectos que nos han permitido hablar de un momento mítico en que de la unión de la mujer y el jaguar surgen fuerzas importantes en el gobierno y en el panteón de esta cultura. Por tanto, lo femenino al menos como concepto tuvo su trascendencia en los orígenes de esta cultura, aunque nada de momento nos permita afirmar la existencia de mujeres concretas que tuvieran especial significación en las actividades políticas o religiosas. Ya en esta civilización aparecen algunos de los rasgos que serán típicos de las altas culturas mesoamericanas. Tal es el caso de la presencia iconográfica del jaguar, las representaciones del dios de la lluvia, y las grandes creaciones de los habitantes de este espacio: el calendario y la escritura jeroglífica, de la que se han encontrado restos en piedra de hace cerca de 3.000 años, y nos permiten datarla como la escritura más antigua de América .
Busqueda de contenidos
contexto
Lo humano Durán, hijo de su siglo, atribuyó las alucinaciones de los sitiados a la tarea de los brujos mexica; pero evidentemente no existe ninguna relación causa efecto entre ambos hechos. Salvo que algún parapsicólogo se empeñe en demostrar lo contrario, las patonas, los muertos saltarines, los espeluznantes gemidos y demás prodigios fueron, simple y llanamente, un síntoma de lo que un psiquiatra diagnosticaría como neurosis de guerra, un tipo especial de psicastenia que afecta a los combatientes. Para que nadie se lleve a engaño, añadiré que se trata de una enfermedad similar al stress, que surge cuando la psiquis es incapaz de resistir la dureza del ambiente, y se caracteriza por continuos estados de ansiedad y ataques de pánico. Dicho en román paladino, los adalides de la cruz o, si se prefiere, los sanguinarios bandidos de blanca faz tenían miedo, tanto miedo que algunos perdieron momentáneamente la razón. Lo cual nos lleva a un punto que la crítica moderna ha ignorado por sistema: el lado humano del conquistador. Salvo contadas y honrosas excepciones, los historiadores han deshumanizado al español de Indias, transformándole en un ángel (o demonio) insensible a los pequeños y mezquinos problemas del hombre común. Su actitud, según los exégetas, siempre será blanca o negra, jamás gris. Leyéndoles, da la impresión que estos superhéroes o supervillanos --permítaseme emplear la terminología de los comics infantiles-- nunca enfermaban, sentían celos o comían; sin embargo, sí que enfermaban, sentían celos y comían. No eran dioses inmortales --como creyeron los mexicanos en un principio--, sino simples humanos de carne y hueso, que de vez en cuando necesitaban una purga: Con que luego que allí llegamos al territorio tlaxcaltecatl, en este tiempo dieron al marqués ciertas calenturas, y acordó de se purgar, y llevaba cierta masa de píldoras que en la isla de Cuba había hecho; y, como no obiese quien las supiese desatar para las ablandar y hacer las píldoras, partió ciertos pedazos y tragóselos así duros; y otro día, comenzando a purgar, vimos venir mucho número de gente, y él cabalgó y salió a ellos y peleó todo ese día, y a la noche le preguntamos cómo le había ido con la purga, y díjonos que se le había olvidado de que estaba purgado, y purgó otro día como si entonces tomara la purga28. Este asunto del purgante pone de manifiesto la imprescindible necesidad de abandonar esa visión maniqueísta, teologizante y simplona del proceso histórico que enfrenta al Bien con el Mal. El Demonio no se purga, aunque se llame Hernán y sea cruel y despiadado29. Para hominizar, valga la palabra, a los conquistadores de México basta con leer sin espejuelos ideológicos los relatos de los soldados cronistas. En sus páginas se encuentran las más variadas cualidades y miserias de los seres humanos, toda una compleja colección de sentimientos, pasiones, filias y fobias, que hubiera encantado al genio de Stratford. Ahora bien, esta especie de strip tease anímico no puede diseccionarse so pena de incurrir en una arquetipificación caricaturizante propia del drama teatral. Yago, Macbeth, Shylock y Falstaff comparten con Ariel, Hamlet y Romeo el espíritu de la hueste. Un espíritu de lo más vulgar, como pone de manifiesto el párrafo que sigue, fruto de la inigualable pluma de Bernal Díaz: Y estando el Sandoval y el Francisco de Lugo y Andrés de Tapia con Pedro de Alvarado contando cada uno lo que había acaecido y lo que Cortés mandaba, tornó a sonar el atambor de Huichilobos ; y miramos arriba el alto cu, donde los tañían, y vimos que llevaban las gradas arriba a rempujones y bofetadas y palos a nuestros compañeros, que habían tomado en la derrota que dieron a Cortés, que los llevaban a sacrificar; y de que ya los tenían en una placeta que se hacía en el adoratorio, donde estaban sus malditos ídolos, vimos que a muchos dellos les ponían plumajes en las cabezas, y con unos como aventadores les hacían bailar delante de Huichilobos, y, cuando habían bailado, luego les ponían de espalda encima de unas piedras que tenían hechas para sacrificar, y con unos navajones de pedernal les aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo . Pues desque aquellas crueldades vimos todos los de nuestro real y Pedro de Alvarado y Gonzalo de Sandoval y todos los demás capitanes; miren los curiosos lectores que leyeron, qué lástima tendríamos dellos. Y decíamos entre nosotros: "Oh, gracias a Dios que no me llevaron a mí hoy a sacrificar". Y también tengan atención que no estábamos lejos dellos y no les podíamos remediar, y antes rogábamos a Dios que fuese servido de nos guardar de tan cruelísima muerte30. El intimista texto bernaldino habla por sí mismo. En él se mezclan los pensamientos altruistas, como la piedad o la frustración surgida de la impotencia, con un claro egoísmo, fruto del instinto de conservación, que se manifiesta con pueril y candorosa ingenuidad. El dramatismo que impregna el pasaje no procede, empero, de los ambivalentes sentimientos de Bernal, sino del miedo que experimentó al contemplar la horripilante escena, tan intenso que pudo reflejarlo décadas después. Pues bien, esa angustia vital que tan bien nos transmite Bernal es, sin duda alguna, la gran protagonista de los relatos de la Conquista. Los soldados cortesianos --simples mortales, aunque haya quien se empeñe en negarlo-- tenían miedo a morir. Pero este sentimiento, que todos los seres humanos comparten en mayor o menor medida, adoptaba en sus mentes una forma morbosa, cuyo origen responde indudablemente a factores culturales. Lo que corroía y atenazaba el corazón de los castellanos no era el hecho de morir, sino la forma de perecer. Dicho con otras palabras, les aterraba la concepción bélica de los mexicanos, los sangrientos ritos que practicaban con los prisioneros de guerra, y el espantable sonido de sus atambores. La diferente mentalidad del adversario potenció la tensión psicológica de los combatientes blancos hasta tal punto que uno de ellos, Francisco de Aguilar, llegó a afirmar que se encontraba en el infierno: Motecsuma, herido en la cabeza, dio el alma a cuya era, y en el aposento donde él estaba había otros muy grandes señores detenidos con él, a los cuales el dicho Cortés, con parecer de los capitanes, mandó matar sin dejar ninguno, a los cuales ya tarde sacaron y echaron en los portales donde están ahora las tiendas, y, llevados, sucedió la noche, la cual venida allá a las diez vinieron tanta multitud de mujeres con hachas encendidas y braseros y lumbres, que ponía espanto. Aquéllas venían a buscar a sus maridos y parientes que en los portales estaban muertos, y al dicho Motecsuma también, y así como las mujeres conocían a sus deudos y parientes se echaban encima con muy gran lástima y dolor y comenzaban una grita y llanto tan grande que ponía espanto y temor; y el que esto escribió, que entonces velaba arriba, dijo a su compañero: "¿No habéis visto el infierno y el llanto que allá hay?, pues, si no lo habéis visto, catadlo aquí". Y es cierto que nunca en toda la guerra, por trabajos que en ella pasase, tuve tanto temor como fue el que recibí de ver aquel llanto tan grande31. El pánico cerval que experimentaban los hombres de Castilla generó un fuerte instinto de conservación que se tradujo en una actitud egoísta y cruel. En contra de lo que pudiera pensarse, esta crueldad nada tiene que ver con las manidas hecatombes de la tristemente célebre Leyenda negra. Los europeos del siglo XVI desconocían el significado del término clemencia, y esta ignorancia se reflejaba en las prácticas jurídicas y bélicas. Basta con ojear cualquier crónica europea de la época para darse cuenta de ello. El voivoda transilvano Vlad Tepes, por ejemplo, era apodado el empalador por su afición a dictar tan bestial tortura; y el príncipe de Borbón --compatriota y contemporáneo de Michel de Montaigne, el refinado galo que criticara ferozmente el alma bárbara de los españoles-- martirizaba mujeres y niños para evitar que sus parientes, encastillados en una fortaleza, disparasen contra sus tropas32. Por supuesto, descubridores y conquistadores trasplantaron tan arbitrarias costumbres al Nuevo Mundo; pero, dando pruebas de sin par equidad, las aplicaron por igual a indios y blancos. Como la memoria de los americanistas presenta una curiosa amnesia cuando se expone esta opinión, me tomaré la libertad de corroborar el aserto con uno de los ejemplos favoritos de los hispanófobos. Tras la caída de Tenochtitlan, la tropa, desilusionada por los pocos beneficios de la empresa, solicitó que Cuauhtemoc, último señor de México, declarara la localización del fabuloso tesoro que los castellanos habían esquilmado tiempo atrás al desdichado Motecuhzoma. Presionado por sus compañeros y --last but not least-- por Julián de Alderete, representante del erario público, Cortés se vio en la obligación de dar tormento de fuego al emperador azteca y a uno de sus allegados, el señor de Tlacopan. Tanto celo pusieron los sayones en la vil actividad que el desgraciado amigo de Cuauhtemoc falleció víctima de atroces dolores33. Hasta aquí la cara de la moneda, de todos conocida. Veamos ahora la cruz. Cuando Cortés se encontraba en la expedición a las Hibueras, la Nueva España vivió bajo la tiránica dictadura del burócrata Gonzalo de Salazar, factor de Su Majestad. Este indigno funcionario, que ambicionaba la gobernación del rico territorio, intentó confiscar los bienes de don Hernán, pues, según afirmaba, eran de la Corona. Para lograr sus propósitos, Salazar no titubeó en practicar el interrogatorio de rigor con Rodrigo de Paz, mayordomo y hombre de confianza de Cortés: Le demandó el oro y la plata que era de Cortés --escribe Bernal Díaz--, porque como su mayordomo sabía de ello, diciendo que lo tenía escondido, porque lo quería enviar a Su Majestad, y porque no lo dio sobre ello le dio tormentos y con aceite y fuego le quemó los pies y aun parte de las piernas, y estaba tan flaco y malo de las prisiones para morir; y no contento con los tormentos, viendo el factor que si le dejaba la vida que se iría a quejar de él a Su Majestad, le mandó ahorcar por revoltoso y bandolero34. La crueldad es un concepto sumamente relativo, que depende básicamente de los patrones morales vigentes en cada período histórico. Actos que hoy nos parecen bárbaros, como la tortura o las masacres, no escandalizaban en el siglo XVI. Otros hechos, sin embargo, sí se censuraban. Estos actos reprobables son los que me interesa destacar. El siguiente párrafo, tomado de la relación de Bernardino Vázquez de Tapia, ilustra a la perfección el egoísmo frío y cruel que imperaba en la hueste. Tomó ocasión el marqués de enviar mensajeros a Montezuma, porque le pareció le convenía mucho y era muy necesario, así por asegurar a Montezuma, como porque los que fuesen viesen y supiesen la tierra y los caminos y las ciudades y pueblos que había, y para que trajesen aviso y relación de lo que viesen. Estando el marqués en este deseo, dijo algunas veces en público que, si allí tuviera dos hijos y dos hermanos que mucho quisiera, los enviara por mensajeros a Montezuma. Entendiendo el deseo del dicho marqués, yo me ofrecí a ir . Después se ofreció también para ir don Pedro de Alvarado, y acordó el marqués que fuésemos ambos y dionos instrucción de lo que habíamos de hacer, y presentes de cosas de Castilla, para que diésemos a Montezuma. Y, aunque ambos teníamos caballos, nos mandó los dejásemos y fuésemos a pie, porque, si nos matasen, no se perdiesen, que se estima un caballero a caballo más de trescientos peones35. Otro ejemplo, no menos cruel, nos lo proporciona el benemérito Aguilar al tratar sobre la Noche Triste: Milagrosamente nuestro Dios proveyó que el fardaje que llevábamos y los que lo llevaban a cuestas, y los cuarenta hombres que quedaron atrás sirvieran para que todos no fuésemos muertos y despedazados36. Sobran las palabras. Y es que el miedo, el gran sentimiento de los conquistadores, transforma la solidaridad en egoísmo. Criterio editorial El presente volumen, que ve la luz con el título de La conquista de Tenochtitlan, consta de cuatro crónicas, firmadas por Juan Díaz, Andrés de Tapia, Bernardino Vázquez de Tapia y Francisco de Aguilar, respectivamente. Estas relaciones, a las que cabe aplicar el calificativo de menores, versan sobre la Conquista de México, y tienen la peculiaridad de haber sido escritas por testigos presenciales. Su valor estriba en que proporcionan datos muy concretos, que suplementan, amplían o corrigen los proporcionados por las llamadas obras mayores, o sea, los relatos de Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo. Aunque las relaciones menores son una pieza clave para comprender mejor la gesta cortesiana, los estudiosos no les han concedido la importancia que merecen, y el público en general nada sabe de ellas. Lamentable hecho, que, en mi opinión, responde en parte a la ausencia de una edición conjunta que ponga de relieve sus méritos y servicios. La pluralidad de criterios empleados por los editores de las piezas, que de por sí son dispares, aconsejaba aplicar una norma homologadora que permitiera una lectura más cómoda. Básicamente, ha consistido en modernizar la puntuación y fonética de las crónicas, conservando los arcaísmos más significativos. Por supuesto, las frases, palabras o sílabas añadidas van entre corchetes. Los topónimos y voces nahua se reproducen con la grafía empleada por los distintos autores. He agregado tres glosarios para ayuda de los lectores. El primero recoge las palabras aztecas tal cual aparecen a lo largo de los textos; el segundo, su forma correcta y la traducción; y el tercero, aquellas palabras castellanas que, o bien han caído en desuso, o son poco conocidas. Germán Vázquez Chamorro
contexto
Lo más sobresaliente en la estilística de los cuícatl Rasgo que conviene destacar, como muy característico, es el de una estructuración en la que se perciben repeticiones con variantes de un mismo tema. La reiteración de las variantes existe no sólo entre frases contiguas sino también entre las diversas unidades de expresión. De hecho es frecuente encontrar no pocas composiciones distribuidas en cuatro pares de unidades que expresan conceptos y metáforas afines. Se percibe así, más que un desarrollo lineal de ideas o argumentos, procesos convergentes en el acercamiento que se dirige a mostrar, desde varios ángulos, lo que se tiene como asunto clave en la composición. Son además frecuentes otras formas de paralelismo dentro de la misma unidad de expresión. Un examen de un cuícatl sobre la guerra de Chalco nos permite encontrar ejemplos de esto último. Así, en su segunda unidad de expresión hallamos: sobre nosotros se esparcen,/ sobre nosotros llueven, las flores de la batalla. En este caso el paralelismo es tan estrecho que una y otra oración tienen el mismo sujeto. Otra muestra nos la da la siguiente unidad de expresión del mismo cuícatl: / ya hierve,/ ya serpentea ondulante el fuego/. En este caso la segunda oración, que tiene también el mismo sujeto, amplifica la imagen del fuego que hierve encrespado. Explicitación de cómo se alcanza el prestigio en la guerra la proporciona la segunda oración de estas dos que son paralelas: se adquiere la gloria,/ el renombre del escudo/. Por vía de complemento, contraste, disminución o referencia a una tercera realidad, los paralelismos, tan frecuentes en el interior de la unidad de expresión, son elemento estilístico que, como atributo, comparten los cuícatl en nahuatl con los de las otras literaturas del mundo clásico. A otros dos elementos estilísticos debemos hacer referencia. Uno es el que describe Garibay con el nombre de difrasismo: Consiste en aparear dos metáforas que, juntas, dan el simbólico medio de expresar un solo pensamiento30. Para ilustrarlo aduciré al difrasismo de los nahuas para expresar una idea afín a la nuestra de poesía: in xóchitl, in cuícatl, flor y canto. Precisamente en Cantares Mexicanos (fol. 9 v.-11 v.) se transcribe una larga composición en la que aparecen diversos forjadores de cantos, invitados por el señor Tecayehuatzin, para discutir y dilucidar cuál era en última instancia el significado de in xóchitl, in cuícatl. Debemos notar que, aunque es frecuente en los cuícatl el empleo de difrasismos, tal vez lo sea más en algunas formas de tlahtolli, conjuntos de palabras, discursos, relatos. Por eso nos limitaremos aquí a otros pocos ejemplos tomados de Cantares Mexicanos y de Romances. De este último procede el siguiente: Chalchihuitl on ohuaya in xihuitl on in motizayo in moihuiyo, in ipalnemohua ahuayya, oo ayye ohuaya ohuaya. Jades, turquesas: tu greda, tus plumas, Dador de la vida. (Romances, fol. 42 v.) El interés de este ejemplo se desprende de que en él se entrelazan dos formas distintas de difrasismo. Por un lado tenemos las palabras chalchihuitl y xihuitl, jades, turquesas, que, juntas, evocan las idea de realidad preciosa. Por otra parte, mo-tiza-yo, mo-ihui-yo, formas compuestas de tiza-tl, greda e ihui-tl, pluma son evocación del polvo de color blanco para el atavío de los guerreros, así como de las plumas, adorno de los mismos. Juntas, tizatl, ihuitl, evocan la guerra. El sentido de los dos difrasismos es reafirmar que la lucha, el enfrentamiento es, por excelencia, realidad preciosa. Atenderemos ahora a otra característica, mucho más peculiar y frecuente en los cuícatl: el empleo de un conjunto de imágenes y metáforas que tornan inconfundiblemente el origen de este tipo de producciones. Aunque hay grandes diferencias en la temática de los cuícatl, muchas de estas imágenes aparecen y reaparecen en la gran mayoría de composiciones. Las más frecuentes evocan el siguiente tipo de realidades: flores y sus atributos, como las coronas al abrirse; un gran conjunto de aves, asimismo y, de modo especial, las mariposas; también dentro del reino animal, águilas y ocelotes. Conjunto aparte lo integra la gama de los colores portadores de símbolos. Del reino vegetal aparecen con frecuencia, además de las ya mencionadas flores, diversos géneros de sementeras, el maíz con semilla, mazorca, planta y sustento del hombre. Se mencionan también el teonanácatl, la carne de los dioses (los hongos alucinantes), así como el tabaco que se fuma en cañutos y en pipas de barro, el agua espumante de cacao, endulzada con miel, que se sirve a los nobles. Objetos preciosos son también símbolos. Entre ellos están toda suerte de piedras finas, los chalchíhuitl, jades o jadeítas y teoxíhuitl, piedras de color turquesa. También los metales preciosos, los collares, las ajorcas, y los distintos instrumentos musicales, el huéhuetl, tambor, el teponaztli, resonador, las tlapitzalli, flautas, las ayacachtli, sonajas, los oyohualli, cascabeles. Una y otra vez se tornan presentes, como sitios de placer y sabiduría, las xochicalli, casas floridas, las tlahcuilolcalli, casas de pinturas, las amoxcalli, casas de libros. Las metáforas de la guerra, como el humo y la niebla, el agua y el fuego, la filosa obsidiana, encaminan al pensamiento a revivir en el canto el sentimiento vital del combate. En el ámbito de los colores el simbolismo es igualmente muy grande y variado. Por ejemplo, en el canto con que se inicia el texto de los Anales de Cuauhtitlán se nos presentan variantes de gran interés en la interrelación de los colores y los rumbos cósmicos. El verde azulado connota allí el oriente; el blanco, la región de los muertos, es decir el norte; el amarillo, el rumbo de las mujeres, o sea el poniente, y el rojo, la tierra de las espinas, el sur. Los colores aparecen, además, calificando y enriqueciendo la significación de realidades que son ya de por sí portadoras de símbolos. De este modo, cuando se expresan los colores de flores, aves, atavíos y, en fin, de otros muchos objetos cuya presencia es símbolo, puede decirse que la imagen se torna doblemente semántica. Con estos y otros recursos estilísticos, los forjadores de cantos expresaron la gama de temas que constituían la esencia de su arte. A continuación nos ocuparemos de los distintos géneros en que se distribuyen los cuícatl. En primer lugar deben mencionarse los múltiples teocuícatl, cantos divinos o de los dioses. De ellos se dice que constituían material principal en la enseñanza que se impartía en los calmécac o escuelas de estudios superiores. Atendiendo a los textos que han llegado hasta nosotros, puede afirmarse que fueron auténticos teocuícatl los antiguos himnos en honor de los dioses, como los veinte que recogió Bernardino de Sahagún, y que se incluyen en este libro. Se conservan otros teocuícatl --himnos sagrados-- que se entonaban, con acompañamiento de música, en las correspondientes fiestas religiosas. El análisis literario de estas composiciones pone de manifiesto algunas de sus características: además del ritmo y el metro, existe en ellas el paralelismo, la repetición con variantes de un mismo pensamiento. La expresión propia del teocuícatl es de necesidad solemne, muchas veces esotérica. Podría decirse que no hay palabras que estén de más. Son la recordación de los hechos primordiales o la invocación por excelencia que se dirige a la divinidad. Aunque en la mayor parte de las composiciones que genéricamente recibían el nombre de cuícatl solía estar presente el tema de las realidades divinas, de ninguna manera debe pensarse que todas ellas eran himnos sagrados, teocuícatl, en sentido estricto. La serie de designaciones que se conservan, y el contenido mismo de muchos cantares y poemas, confirman la variedad de expresiones. Así, teponazcuícatl era voz que designa, también en forma general, a los cantos que necesariamente requerían el acompañamiento musical. Precisamente en muchos de ellos estuvo el germen de las primeras formas de actuación o representación entre los nahuas. Cuauhcuícatl, cantos de águilas; ocelocuícatl, cantos de ocelotes; yaocuícatl, cantos de guerra; eran diversas maneras de nombrar a las producciones en las que se enaltecían los hechos de capitanes famosos, las victorias de los mexicas y de otros grupos en contra de sus enemigos. También estos poemas eran a veces objeto de actuación, canto, música y baile, en las conmemoraciones y fiestas. En contraste con estas formas de poesía, eran asimismo frecuentes los conocidos como xochicuícatl, cantos de flores; Xopancuícatl, cantos de primavera; icnocuícatl, cantos de tristeza; todas composiciones de tono lírico. Unas veces eran ponderación de lo bueno que hay en la tierra, la amistad de los rostros humanos, la belleza misma de las flores y los cantos; otras, reflexión íntima y apesadumbrada en torno a la inestabilidad de la vida, la muerte y el más allá. Precisamente la existencia de estos poemas, en los que, no una sino muchas veces, se plantean preguntas semejantes a las que formularon, en otros tiempos y latitudes, los primeros filósofos, ha llevado a afirmar que, también entre los tlamatinime prehispánicos, hubo quienes cultivaron parecidas formas de pensamiento al reflexionar sobre los enigmas del destino humano, la divinad, y el valor que debe darse a la fugacidad de lo que existe. Y como en los manuscritos en nahuatl se ofrecen en ocasiones los nombres de quienes concibieron estas lucubraciones o aquellas otras más despreocupadas y alegres, ha sido posible relacionar algunos poemas con sus autores, desterrando así un supuesto anonimato universal de la literatura prehispánica. Lo dicho acerca de las distintas formas de cuícatl, cantos y poemas, deja ver algo de la riqueza propia de esta expresión en la época prehispánica. Principales atributos de los tlahtolli Ya dijimos que bajo el concepto de tlahtolli se abarca una gama de producciones, relatos, crónicas, exhortaciones y otros discursos, doctrinas religiosas... A diferencia de los cuícatl, en los que predomina la expresión portadora de sentimientos de fruto de inspiración, los tlahtolli suelen presentarse como elaboraciones, de diversas maneras más sistemáticas, en las que se busca exponer determinados hechos, ideas y doctrinas. No significa esto, sin embargo, que las metáforas y otras formas de simbolismo estén ausentes en los tlahtolli. De hecho, en no pocos textos que de este género se conservan, se emplean tales recursos de expresión. La descripción de algunos rasgos más sobresalientes en los tlahtolli nos permitirá una más adecuada comprensión de ellos. Es cierto, por una parte, que el tono narrativo o de expresión lógica, más característico en los tlahtolli, implica un desarrollo lineal en el sentido de las frases que los integran. Pero, por otra parte, también es verdad que es frecuente hallar en ellos una tendencia a estructurar cuadros, escenas o exposiciones como sobreponiendo unas a otras, cual si se deseara correlacionar, ampliar e iluminar, en función de una secuencia, lo que se está comunicando. El ejemplo que en seguida aduciré, tomado del Códice florentino, donde se refiere aquella reunión de los dioses en Teotihuacán, cuando aún era de noche para volver a poner en el cielo un sol y una luna. Veamos las superposiciones y la secuencia de significaciones. Una primera escena, en la que se establecen referencias temporales y espaciales, nos introduce en el tema del relato, mostrándonos una preocupación de los dioses que mucho iba a importar a los seres humanos: Se dice que, cuando aún era de noche, cuando aún no había luz, cuando aún no amanecía, se juntaron, se llamaron unos a otros los dioses allá en Teotihuacan. Dijeron, se dijeron entre sí: --¡Venid, oh dioses! ¿Quién tomará sobre sí, quién llevará a cuestas, quién alumbrará, quién hará amanecer?31 Los dioses, que desde un principio aparecen preocupados e interrogantes, mantendrán la secuencia y el sentido que dan unidad al relato. Aparte del conjunto de los dioses aquí aludidos, entre los que figura Ehécatl, Quetzalcóatl, Zólotl, Tezcatlipoca, Tótec, Tiacapan, Teyco, Tlacoyehua y Xocóyotl, otros dos personajes, también divinos, aparecen como interlocutores y actores de extrema importancia. Tecuciztécatl y Nanahuatzin se ofrecerán para hacer posible que un nuevo sol alumbre y haga el amanecer. En una segunda escena, superpuesta a la anterior, se oye el ofrecimiento de uno y otro, en tanto que el conjunto de dioses se mira y dialoga y se pregunta qué es lo que va a ocurrir. La tercera escena no implica cambio de lugar ni fisura en el tiempo: aún es de noche, allí en Teotihuacán. Los personajes son también los mismos, pero hay una secuencia lineal del acontecer. El narrador se complace en los contrastes: En seguida empiezan a hacer penitencia. Cuatro días ayunan los dos, Nanahuatzin y Tecuciztécatl. Entonces es también cuando se enciende el fuego. Ya arde éste allá en el fogón divino... Todo aquello con que Tecuciztécatl hace penitencia es precioso: sus ramas de abeto son plumas de quetzal, sus bolas de grama son de oro, sus espinas de jade... Para Nanahuatzin, sus ramas de abeto son todas solamente cañas verdes, cañas nuevas en manojos de tres, todas atadas en conjunto son nueve. Y sus bolas de grama sólo con genuinas barbas de acote una pinacea; y sus espinas también verdaderas espinas de maguey. Lo que con ellas se sangra es realmente su sangre. Su copal incienso es por cierto aquello que se raía... En el mismo escenario de Teotihuacán adquiere luego forma otra secuencia de escenas. El texto recuerda lo que sucedió cuando han pasado ya cuatro días, durante los cuales ha estado ardiendo el fuego alrededor del cual han hecho penitencia Tecuciztécatl y Nanahuatzin. Los dioses vuelvan a hablar incitando a Tecuciztécatl a arrojarse al fuego para salir de él convertido en sol. El acontecer en el mismo espacio sagrado deja ver los intentos frustrados del dios arrogante Tecuciztécatl, incapaz de consumar el sacrificio del fuego. Muy diferente, como lo había sido la penitencia ritual, es la acción del buboso Nanahuatzin. Pronto concluye él la cosa, arde en el fuego y en él se consume. Escena de transición es la que nos muestra al águila y al ocelote que también entran al fuego. Por eso el águila tiene negras sus plumas y por eso el ocelote, que sólo a medias se chamuscó, ostenta en su piel manchas negras. De nuevo, quienes marcan el hilo y el destino del relato, el conjunto de dioses allí reunido, protagoniza el acontecer en el tiempo sagrado. Los dioses aguardan y discuten el rumbo por donde habrá de salir el sol. Los que se quedan mirando hacia el rumbo del color rojo, hacen verdadera su palabra. Por el rumbo del color rojo, el oriente, se mira al sol. La escena se completa con la aparición de Tecuciztécatl que, transformado en la luna, procedente también del rumbo del color rojo, viene siguiendo al sol. Imágenes superpuestas, siempre en el mismo espacio sagrado, son las que se van sucediendo hasta el final del relato. El sol y la luna alumbran con igual fuerza. Los dioses tienen que impedir tal situación: Entonces uno de esos señores de los dioses, sale corriendo. Con un conejo va a herir el rostro de aquél, de Tecuciztécatl. Así oscureció su rostro, así le hirió el rostro, como hasta ahora se ve... La escena siguiente nos muestra que la solución intentada no fue respuesta completa. Aunque la luna iluminó ya menos, ella y el sol continuaban juntos. De nuevo los dioses se preocupan: ¿Cómo habremos de vivir? No se mueve el sol. ¿Acaso induciremos a una vida sin orden a los seres humanos? ¡Que por nuestro medio se fortalezca el sol, muramos todos! El cuadro en el que aparece el sacrificio primordial de los dioses, que con su sangre hacen posible la vida y el movimiento del sol, es destino cumplido y anticipo de lo que corresponderá realizar a los seres humanos. El señor Ehécatl da muerte a los dioses. En ese contexto, y a modo de discrepancia que refleja una dialéctica interna en el mundo de los dioses, Xólotl, el doble de Quetzalcóatl, se resiste a morir. Xólotl huye de Ehécatl que va a darle muerte y una y otra vez se transforma, primero en caña doble de maíz, luego en maguey y finalmente en ajolote (salamandra), hasta que al fin es también sacrificado. Los dioses consuman su ofrenda de sangre. Ello y el esfuerzo de Ehécatl, deidad del viento, hacen posible el movimiento del sol. Cuando éste llega al lugar donde se oculta, entonces la luna comienza a moverse. Cada uno seguirá su camino. El tlahtolli que, en secuencias de imágenes, evoca e ilumina el escenario sagrado de Teotihuacán, concluye recordando que es ésta una historia referida desde tiempos antiguos por los ancianos que tenían a su cargo conservarla. Como éste, otros tlahtolli de la tradición prehispánica, en una amplia gama de variantes pero con la presentación insistente de los conceptos e imágenes que unifican y mantienen el sentido, se estructuran también en escenas que se superponen con sus cargas semánticas hasta alcanzar plenitud de significación. Pasando a la descripción de otros rasgos frecuentes en los tlahtolli, cabe preguntarse si hay en ellos alguna forma de ritmo y metro. Desde luego que en este punto se distinguen en alto grado de los cuícatl o cantos. En los manuscritos en que se transmiten los tlahtolli no hay anotaciones como aquellas de to, co, ti, qui... que hallamos en el caso de los cuícatl. Tampoco se dice que los tlahtolli se pronunciaron como acompañamiento musical. Siendo verdad todo esto, importa notar, sin embargo, que en algunos tlahtolli es perceptible alguna forma de estructuración métrica. Un ejemplo lo tenemos en los textos que hablan de la vida de Quetzalcóatl en el Códice florentino y en los Anales de Cuauhtitlán, parte de los cuales se reproducen en este libro. En la estilística de los tlahtolli sobresalen otros elementos que importa mencionar. Entre ellos, las expresiones paralelas y los difrasismos, descritos ya en su estructura al hablar de los cuícatl. Ahora bien, en el caso de los tlahtolli estos recursos suelen tener un carácter muy definido. En gran parte coadyuvan a hacer más fluida la superposición de escenas e ideas con que, según ya vimos, se expresa frecuentemente lo que se está comunicando. Gracias al empleo de paralelismos y difrasismos la secuencia se vuelve, no sólo más fluida sino también de más fácil comprensión. En el siguiente ejemplo --tomado de la historia de Quetzalcóatl-- se habla de uno de los portentos que ocurrieron como prenuncio de la ruina de la metrópoli de Tula. En él las reiteraciones paralelas ayudan a captar más hondamente lo que se dice que estaba ocurriendo: Dizque un monte llamado Zacatépetl ardía por la noche; de lejos se veía, así ardía; las flamas se elevaban a lo lejos... Ya no se estaba con tranquilidad; ya no se hallaba la gente en paz... En lo que toca a difrasismos, son sobre todo frecuentes en los huehuehtlahtolli, los testimonios de la antigua palabra. En ellos se repiten expresiones como éstas, que les confiere un tono inconfundible. Ca otlapouh in toptli, in petlacalli Porque se ha abierto el cofre, la petaca (significa se ha revelado lo oculto, el misterio). In petlatl, in icpalli la estera, el sitial (significa lugar del mando o, genéricamente, el poder, la autoridad). In tlatconi, in tlamahmaloni, in impial, in innepil. Lo que se lleva a cuestas, lo que es la carga, lo que se ata, lo que se guarda. (significa el pueblo del que son responsables los que gobiernan). Un último rasgo en la estilística de los tlahtolli consiste en la frecuente atribución a un mismo sujeto u objeto gramaticales de varios predicados que, en forma sucesiva, van siendo enunciados. A veces dichos predicados están formados por diversas estructuras verbales. Cada una de ellas en ocasiones puede describirse como una oración convergente en la que se expresa o predica algo con referencia simple al mismo sujeto. Veamos un ejemplo tomado de la historia acerca del sabio gobernante de Tetzcoco, el señor Nezahualcóyotl (1402-1472): In tlacatl, intlatoni, in mitznotza, in mitztazalzilia, in momatca in mitzmaca, in mixpan quitlalia, in mixpan quichaiaoa in chalchihtli, in teuhxiuhtli# El señor, el que gobierna, el que te llama, el que levanta para ti la voz, el que por ti, a ti te entrega, el que delante de ti coloca, delante de ti esparce jades, turquesas... Con recursos estilísticos como los aquí descritos --estructuras que se sobreponen para correlacionar e iluminar en función de una secuencia lo que se está expresando; paralelismo y difrasismos; atribuciones múltiples a un mismo sujeto u objeto...-- los tlahtolli de esta literatura se tornan fácilmente reconocibles como producciones a otras lenguas de los nahuas prehispánicos. Por eso, cuando al traducirlos a otras lenguas se busca transmitir, hasta donde es posible, sus características de expresión, sus paralelismos, reiteraciones, explicitaciones y en general la estructuración de sus secuencias, las versiones pueden sonar extrañas y aun exóticas. La realidad es que, por el camino de la traducción que se esfuerza por apegarse al original en nahuatl, se intenta comunicar lo más característico en la sintaxis y la estilística de la antigua expresión en nahuatl.
obra
Un linchamiento popular contra alguien concreto a hecho olvidar a Goya su planteamiento antibelicista para afirmar con rotundidad que lo merecía.
obra
Continua con el tema de la estampa anterior, Con razón o sin ella, la crueldad y el horror del conflicto bélico. Ahora se han cambiado los protagonistas saliendo peor parados los franceses, aludiendo Goya a la irracionalidad de ambos bandos, mostrándose contrario a todo tipo de violencia, parta de donde parta.
obra
Los montones de cadáveres gritan la inutilidad de su sufrimiento en todos los lugares de España, continuando la idea iniciada por Goya en Será lo mismo y Tanto y más.
obra
Un grupo de mendigos pide limosna, demanda que no es escuchada por la figura femenina que agacha la cabeza ante el grupo. Con esta estampa, Goya también critica la insolidaridad a la vez que pone de manifiesto el dolor y la crueldad de una guerra.
contexto
Sebastián de Covarrubias, en el "Tesoro de la lengua castellana" escrito en 1611, expone muy bien la dicotomía de vida entre lo público y lo privado de las mujeres de la corte: "Dama vale la señora que en las ocasiones de los días de fiesta y saraos, dale en público con mucha gallardía y se dexa ver de todos, y esta mesma, fuera de las tales ocasiones, guarda su encerramiento y retraymiento, que ni ve a nadie ni puede ser vista. " El estudio de la corte revela que las distinciones entre público y privado se daban de forma diferente a como las concebimos hoy. En las diversas residencias, el rey y la reina de España, hacían vidas separadas durante la mayor parte del tiempo, rodeados de sus respectivos cortesanos y sirvientes. Ambos séquitos, masculino el del rey y femenino -en su mayor parte- el de la reina, guardaban una severa separación que la arquitectura palaciega tenía que respetar. Las soluciones arquitectónicas fueron diversas, según las circunstancias y cada edificio: dobles patios, segregación por alturas, accesos separados... Esa separación, por otra parte, no podía ser absoluta, pues también había de facilitarse la comunicación cotidiana entre los regios cónyuges, y el acceso a de sus hijos sus personas. Además, era preciso marcar toda una serie de barreras para el acceso a las personas reales. Estas barreras eran las reglas de la entrada, que establecían, según la condición del visitante, hasta qué punto del palacio podía entrar. En todo ello subyacía una comprensión del palacio como un hogar en el que la virtud, la honestidad femenina, la de la reina en primer lugar, pero por extensión también la de todas las mujeres a su servicio- había de ser resguardada a toda costa. Las "Etiquetas" que gobernaban la vida de la Corte incidían repetidamente en cómo se había de evitar o vigilar la máximo todo contacto externo de las damas. En realidad se trataba de asegurar la reputación intachable de la reina y de reglamentar la acción política informal que tenía lugar en torno a su persona y a sus damas más allegadas. Un ejemplo muy ilustrativo es el cuadro de Las Meninas. La obra de Velázquez es un retrato femenino, pero sólo de forma muy secundaria. Más allá de la escena concreta que se ve, con su obra Velázquez se está dirigiendo fundamentalmente al rey. Inicialmente, parece que se trata de un recuerdo familiar, de un momento de gozo en los atormentados últimos años del Rey Planeta. El hecho de que el cuadro colgase inicialmente en el despacho personal del monarca, y que al siglo siguiente de ser pintado se le denominase La familia de Felipe IV, - pues el nombre actual es del XIX y concede un protagonismo inmerecido a las dos damas de compañía- permiten avalar esta interpretación. Se trata de un brillante ejercicio de glorificación de la pintura y del papel del pintor en la corte. El protagonista y destinatario principal es el rey; el tema femenino, un lucido pretexto. Gráfico Para valorar la actividad artística femenina dentro de la corte hay que tener en cuenta a una pintora que trajo Isabel de Valois a la corte Sofonisba Anguissola. Con una educación asombrosa, incluso para una mujer noble y con una fama ya consolidada como pintora de retratos, Anguissola se insertó en la corte española en una posición dúplice. En cuanto pintora, contribuyó al desarrollo del retrato de Estado, trabajando a la par de los retratistas reales, como Alonso Sánchez Coello. En realidad, sin embargo, Anguissola no solo era una pintora de cortes, era una aristócrata, una dama de la reina que pintaba extraordinariamente. De hecho, por la correspondencia de Isabel de Valois se sabe que enseñó a la joven reina a dibujar y que ésta desarrolló una verdadera afición, mostrando ciertas dotes para el retrato. Así las artes plásticas llegaron a formar parte de la cultura cortesana moderna y en este caso lo protagonizaron dos mujeres. Anguissola ya tenía por nacimiento y posición todo aquello a lo que Velázquez realmente aspiraba. En una cultura que a duras penas separaba las artes del trajo manual, y por ende de la condición plebeya, Sofonisba Anguissola, en cuanto mujer artista que alcanzó reconocimiento en la Corte, fue la excepción y no la norma.
contexto
Lo que Cortés escribió a Narváez Más de lo que nadie piensa dio que pensar esta nueva y grande armada a Cortés, antes de que supiese de quién era. Por una parte se alegraba de que viniesen españoles; por otra sentía que fuesen tantos. Si venían a ayudarle, tenía por ganada la tierra; si contra él, por perdida. Si venían de España, creía que le traerían buen despacho; si de Cuba, temía guerra civil con ellos. Le parecía que de España no podía venir tanta gente, y sospechaba que era de las islas, y que debía de venir allí Diego Velázquez, y después que lo supo tuvo otro tanto de pensar, porque le cortaba el hilo de su prosperidad y le atajaban los pasos que traía en calar los secretos de la tierra, las minas, la riqueza, las fuerzas, los que eran amigos de Moctezuma o enemigos; le estorbaban de poblar los lugares que tenían comenzado, de ganar amigos, de cristianar a los indios, que era y debía ser lo principal, y cesaban otras muchas cosas tocantes al servicio de Dios y del Rey y a provecho de nuestra nación. Temía que por desviar un inconveniente podían seguirle otros muchos; si dejaba llegar a México a Pánfilo de Narváez, capitán que venía de aquella flota por Diego Velázquez, estaba segura su perdición; si salía contra él, la revuelta de la ciudad y la libertad de Moctezuma, y ponía en condición su vida, su honra, sus trabajos, y por no llegar a estos extremos, se arrimó a los medios. Lo primero que hizo fue despachar dos hombres, uno a Juan Velázquez de León, que iba a poblar a Coazacoalco, para que luego, en viendo su carta, se volviese a México, y le dio noticia de la llegada de Narváez, y de la necesidad que tenía de él y de los ciento cincuenta españoles que consigo llevaba. El otro a Veracruz a que le trajesen razón cierta y completa de la llegada de Pánfilo, y de qué buscaba y qué decía. El tal Juan Velázquez hizo lo que Cortés le escribió, y no lo que Narváez, que como cuñado suyo, y deudo de Diego Velázquez, le rogaba se pasase a él, por lo cual Cortés lo honró mucho de allí en adelante. De Veracruz fueron a México veinte españoles con aviso de lo que Narváez publicaba, y llevaron presos a un clérigo y a Alonso de Guevara y a Juan Ruiz de Vergara, que habían ido a la villa para amotinar a la gente de Cortés, bajo pretexto de que iban a requerirla con cédula del Rey. Lo segundo fue, que envió a fray Bartolomé de Olmedo, de la Merced, con otros dos españoles, a ofrecer su amistad a Narváez, y si no la quería, a requerirle de parte del Rey, y en nombre suyo, como justicia mayor de aquella tierra, y de la de los alcaldes y regidores de Veracruz, que estaban en México, que entrase callado si traía provisiones del Rey o de su Consejo, y sin hacer daño en la tierra; no escandalizase ni causase males, ni estorbase la buena ventura que allí tenían los españoles, ni el servicio del Emperador, ni la conversión de los indios; y si no las traía, que se volviese y dejase en paz la tierra y la gente. Mas poco aprovechó este requerimiento ni las cartas de Cortés y regimiento. Soltó al clérigo que trajeron preso los de Veracruz, y le envió después tras el fraile a Narváez con algunos collares de oro muy ricos y otras joyas, y una carta que en resumen contenía cuánto se alegraba de que viniese él en aquella flota antes que otro ninguno, por el viejo conocimiento que entre ellos había, y que se viesen solos si mandaba, para dar orden de que no hubiese guerra ni muerte ni enojo entre españoles y hermanos, porque si traía provisiones del Rey, y se las mostraba a él o al cabildo de Veracruz, que se obedecerían, como era justo, y si no, que tomarían otro buen acuerdo. Narváez, como venía tan pujante, nada o muy poco se preocupaba de aquellas cartas ni ofertas ni requerimientos de Cortés, y porque Diego Velázquez, que le enviaba, estaba muy enojado e indignado.
contexto
Lo que dijo a Cortés el señor de Cempoallan Al día siguiente por la mañana vino el señor a ver a Cortés con una honrada compañía, y le trajo muchas mantas de algodón que ellos visten y anudan al hombro, como las que cubren y llevan las gitanas, y algunas joyas de oro que podían valer dos mil ducados. Le dijo que descansase y tomase placer él y los suyos, que por eso no quería darle pesadumbre ni hablarle de negocios; y así, se despidió entonces como había hecho el día anterior, diciendo que pidiesen lo que hubiesen menester o quisiesen. Cuando él se fue, entraron con mucha comida guisada más indios que españoles eran, y con grande abundancia de frutas y ramilletes. Y así, de esta manera, estuvieron allí quince días, provistos abundantísimamente. Otro día envió Cortés al señor algunas ropas y vestidos de España, y muchas cosillas de rescate, y a rogarle que le dejase ir a su casa a verle y hablar allí, pues era mala crianza permitir que su merced viniese y que él no le fuese a visitar. Respondió que le placía y que se alegraba de ello, y con esto tomó hasta cincuenta españoles con sus armas para que le acompañasen, y dejando a los demás en el patio y aposento con su capitán, y apercibidos muy bien, se fue a palacio. El señor salió a la calle, y se metieron en una sala baja; pues allí, como tierra calurosa que es, no construyen en alto, aparte que por sanidad levantan con tierra llena y maciza el suelo alrededor de un estado, adonde suben por escalones, y sobre aquello arman la casa y cimientan las paredes, que o son de piedra o de adobe, pero enlucidas de yeso o con cal, y el tejado es de paja u hoja tan bien y extrañamente puesta, que hermosea, y defiende de las lluvias como si fuese teja. Sentáronse en unos banquillos como tajoncillos, labrados y hechos de una pieza pies y todo. El señor mandó a los suyos que se desviasen o se fuesen, y en seguida comenzaron a hablar de negocios por medio de los intérpretes, y estuvieron muy largo rato con preguntas y respuestas, porque Cortés deseaba mucho informarse muy bien de las cosas de aquella tierra y de aquel gran rey Moctezuma, y el señor no era nada necio, aunque gordo, en demandar puntos y preguntas. La suma del razonamiento de Cortés fue darle cuenta y razón de su venida, y de quién y a qué le enviaba, según y como la había dado en Tabasco a Teudilli y a otros. Aquel cacique, después de haber oído con atención a Cortés, comenzó muy de raíz una larga plática, diciendo cómo sus antepasados habían vivido en gran quietud, paz y libertad; mas que de algunos años acá estaba aquel pueblo suyo y tierra tiranizado y perdido, porque los señores de México Tenuchtitlan, con su gente de Culúa, habían usurpado, no solamente aquella ciudad, sino aun toda la tierra, por la fuerza de las armas, sin que nadie se lo hubiese podido estorbar ni defender, mayormente que al principio entraban por vía de religión, con la cual juntaban después las armas. Y así, se apoderaban de todo antes de que se percatasen de ello; y ahora, que han caído en tan gran error, no pueden prevalecer contra ellos ni desechar el yugo de su servidumbre y tiranía, por más que lo han intentado tomando armas; antes bien, cuanto más las toman, tanto mayores daños les vienen, porque a los que se les ofrecen y dan, con ponerles cierto tributo y pecho, o reconociéndolos por señores con algunas parias, los reciben y los amparan, y tienen como amigos y aliados; mas empero si les contradicen o resisten y toman armas contra ellos, o se rebelan después de sujetos y entregados, los castigan terriblemente, matando muchos, y comiéndoselos después de haberlos sacrificado a sus dioses de la guerra Tezcatlipuca y Vitcilopuchtli, y sirviéndose de los demás que quieren por esclavos, haciendo trabajar al padre y al hijo y a la mujer, desde que el Sol sale hasta que se pone; y además de esto, les toman y tienen por suyo todo lo que a la sazón poseen; y aun además de todos estos vituperios y males, les enviaban a casa los alguaciles y recaudadores, y les llevaban lo que hallaban, sin tener misericordia ni compasión de dejarlos morir de hambre; siendo, pues, dijo, de esta manera tratados por Moctezuma, que hoy reina en México, ¿quién no se alegrará de ser vasallo, cuanto más amigo, de tan bueno y justo príncipe, como le decían que era el Emperador, siquiera por salir de estas vejaciones, robos, agravios y fuerzas de cada día, aunque no fuese por recibir ni gozar otras mercedes y beneficios, que un tan gran señor querrá y podrá hacer? Paró aquí, enterneciéndosele los ojos y corazón; mas, volviendo en sí, encareció la fortaleza y asiento de México sobre el agua, y engrandeció las riquezas, corte, grandezas, huestes y poderío de Moctezuma. Dijo asimismo cómo Tlaxcallan, Huexocinco y otras provincias de por allí, además de la serranía de los totonaques, eran de opinión contraria a los mexicanos, y tenían ya alguna noticia de lo que había pasado en Tabasco, que si Cortés quería, trataría con ellos una liga de todos que no bastase Moctezuma contra ella. Cortés, alegrándose de lo que oía, que hacía mucho a su propósito, dijo que sentía aquel ruin tratamiento que se le hacía en sus tierras y súbditos, mas que tuviese por cierto que él se lo quitaría y aun se lo vengaría, porque no venía sino a deshacer agravios y favorecer a los presos, ayudar a los mezquinos y quitar tiranías, y aparte esto, él y los suyos habían recibido en su casa tan buena acogida y obras, que quedaba en obligación de hacerle todo placer y espaldas contra sus enemigos, y lo mismo haría con aquellos amigos suyos; y que les dijese a lo que venía, y que por ser de su parcialidad sería su amigo y les ayudaría en lo que mandasen. Se despidió con tanto Cortés, diciendo que había estado allí muchos días, y tenía necesidad de ver la otra gente suya y navíos que le aguardaban en Aquiahuiztlan, donde pensaba tomar asiento por algún tiempo, y donde se podrían comunicar. El señor de Cempoallan dijo que si quería estar allí, fuese muy en buen hora, y si no, que los navíos estaban cerca para tratar sin mucho trabajo ni tiempo lo que acordasen. Hizo llamar ocho doncellas muy bien vestidas a su manera y que parecían moriscas, una de las cuales llevaba mejores ropas de algodón y más bordadas, y algunas piezas y joyas de oro encima; y dijo que todas aquellas mujeres eran ricas y nobles, y que la del oro era señora de vasallos y sobrina suya, la cual dio a Cortés, con las demás, para que la tomase por mujer, y las diese a los caballeros de su compañía que mandase, en prenda de amor y amistad perpetua y verdadera. Cortés recibió el don con mucho contento, por no enojar al dador; y así, partió, y con él aquellas mujeres en andas de hombres, con muchas otras que las sirviesen, y otros muchos indios que le acompañasen a él y le guiasen hasta el mar, y le proveyesen de lo necesario.