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Durero realizó en este cuadro, que conserva la Alte Pinakothek de Munich, una de sus más bellas composiciones. El cuadro era un encargo de un cliente particular. A la manera medieval, Durero retrata a toda la familia del cliente como donantes, a menor escala, rezando ante la escena sagrada. A la izquierda podemos ver a los varones, el padre y dos hijos; a la derecha está la madre con una hija. Cada progenitor está acompañado por su escudo familiar. La composición está centrada, con numerosos personajes que se distribuyen airosamente por toda la superficie, organizándose las figuras en una estructura piramidal rematada por san Juan Evangelista. El fondo de paisaje recuerda a las acuarelas pintadas durante el viaje que el pintor realizó a Italia. El cuerpo de Cristo muerto posee un tono grisáceo que trae a la memoria las hermosas esculturas de mármol que el pintor debió de conocer en las ciudades italianas. Las manos que sostienen el cuerpo se hunden en la carne muerta con gran naturalidad, acentuando la cercanía y el verismo de la escena. Los personajes visten ropas de hermosísimos colores, matizados con gran suavidad. La moda es la de la Alemania del siglo XVI y podemos equiparar el tocado de la santa mujer que acaricia la mano de Cristo con el tocado que cubre a Elspeth Tucher en el retrato que le hizo Durero el año anterior a este cuadro.
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El lamento por el Cristo muerto figuraba en el registro inferior de la capilla Scrovegni, en Padua. La composición se centra en el cuerpo desnudo de Jesús, cuya horizontal dispone al resto de personajes. El suceso tiene lugar en un paisaje abierto a donde acuden incluso unos ángeles que se unen al dolor del momento. El grupo doliente del extremo izquierdo, de pie, compensa la elevación de la otra parte, el macizo rocoso de la derecha. Las actitudes de las santas mujeres, de Nicodemo, de San José de Arimatea o del Evangelista, son un trasunto del dolor más extremo de María, que levanta con los brazos a su hijo muerto. Las mujeres que se presentan de espaldas al espectador ayudan a dar la sensación de espacialidad, junto con los colores, que se distribuyen en varios planos. Pero todo ello está figurado para ilustrar más claramente el verdadero motivo del cuadro: las expresiones de dolor, tragedia y drama se ponen al servicio de la composición, para mostrar el sufrimiento humano ante la muerte. Nunca en la pintura anterior se había presentado una expresión más viva como en el arte de Giotto. La escena de la Resurrección continúa el desarrollo narrativo.
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La zona donde se representa el Llanto por el Cristo muerto es la que se encuentra en peor estado de conservación de toda la basílica. El fresco se realizó hacia 1295 y, aún los pequeños fragmentos que conservamos, se pueden observar algunas de las innovadoras formulaciones por las que opta el joven Giotto. La escena presenta una composición muy consistente, basada en la presentación de las figuras en primer término, donde yace el cuerpo de Cristo, en medio de un fondo de paisaje. Son las rocas y el azul del fondo el que media para que las figuras se presenten de gran volumen en sus formas y distribución. Pero también es de destacar la individualización de los personajes, que toman expresiones particulares, dando a entender el verdadero sentimiento de la obra: el dolor ante el Cristo muerto. Todas ellas llevan reflejados en sus rostros el dolor y la pena, con lo que se hace más accesible al espectador el entendimiento de la obra. María llora el cadáver de su hijo, San Juan se avalanza sobre él y le coge la mano, la Magdalena le besa los pies. La expresión contenida y las versiones asépticas del gótico han dado paso en el arte de Giotto a la naturalidad y reflejo realista de los personajes. Incluso las fórmulas de los vestidos de los protagonistas responden a las posturas y cortos movimientos de sus cuerpos. Giotto empieza a despegarse, en todos los sentidos, de la ingravidez de las formas góticas de Cimabue o de los artistas de la escuela romana.
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La situación laboral y familiar de Theo es francamente preocupante. Los directivos de Goupil & Cie. desconfían de su crítica artística al apoyar a los jóvenes creadores mientras que el pequeño Vincent está enfermo. Esta tensión va a repercutir en el pintor ya que se considera una carga, un inútil que sólo produce problemas a su hermano. Paradójicamente, en una carta a su madre y a su hermana Wil dice que se siente más tranquilo que el año anterior. A pesar de los agobios, Vincent continúa pintando, especialmente amplios paisajes de las cercanías de Auvers, caracterizados por sus variados coloridos aplicados con una pincelada rápida y abocetada que casi suprime las formas, relacionándose con los trabajos de Monet.
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La montaña Sainte-Victoire será descubierta pictóricamente por Cézanne en los primeros años de la década de 1880. En sus últimos trabajos se convertirá en único motivo de inspiración, teniendo más de 70 obras protagonizadas por la montaña. En estos paisajes podemos observar cuál es el objetivo del maestro: alcanzar la forma y el volumen a través del color. Para ello nos presenta una vista panorámica de los alrededores de Aix, con una sucesión de planos horizontales que se alejan en profundidad hasta alcanzar la montaña, recortada sobre el fondo azulado del cielo. Las tonalidades verdes y sienas abundan en la composición, aplicadas con pinceladas fluidas y entrecortadas alternas. Así el camino de primer plano está obtenido de manera fluida mientras que la vegetación de los montes se consigue gracias a pequeños toques de color, trazos con los que se aporta mayor dinamismo al conjunto. Si bien en otros autores impresionistas como Monet y Pissarro será la luz y la atmósfera la gran preocupación, Cézanne se interesa más por recuperar la forma y los volúmenes, por lo que emplea una iluminación arbitraria que apenas produce sombras. Las líneas que definen los diferentes contornos están acentuadas por una tonalidad oscura, en sintonía con los trabajos de Gauguin. El resultado es una obra cargada de belleza con la que el maestro de Aix nos presenta su intenso amor por la naturaleza.
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La llegada de la primavera ha devuelto a Van Gogh los deseos de crear. Buscará su inspiración en los alrededores de Arles, dedicándose a realizar paisajes en los que la luz será la gran protagonista, sin olvidar las pinceladas con las que aplica el color que romperán con la tradición y le convertirán en un artista único, fácilmente reconocible por el gran público. La composición está ejecutada en bandas horizontales paralelas que se alejan, obteniendo perfectamente el efecto de perspectiva. Sólo la valla de primer plano, los troncos de los árboles y las siluetas de las casas rompen esa horizontalidad, reforzada a través de los toques del pincel, pequeños toques en forma de rayitas como se aprecia en el cielo y en la carretera. Las sombras empleadas por Vincent tienen tonos malvas, que recuerdan el Impresionismo, estilo del que partió el artista para alcanzar nuevos conceptos pictóricos, interesándose especialmente por la materia - el óleo - que resalta del lienzo otorgando relieve, fuerza y vitalidad a las escenas, haciéndolas más creíbles.
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En el verano de 1888 Theo estaba atravesando por un periodo de dificultades con sus jefes de Goupil, planteándose un viaje a América para obtener la ansiada fortuna. Consciente de los problemas de su hermano, Vincent va a economizar la pintura y los lienzos en lo posible, trabajando especialmente en diversos dibujos. Además, quería reservarse para la próxima llegada de Gauguin. En estas escenas podemos apreciar la sabiduría del holandés en el manejo de las líneas, creando uno de sus paisajes más atractivos a pesar de la ausencia del color, su elemento más significativo.
contexto
El Premier Churchill no pudo esperar y el 3 de agosto, después de sufrir un revés electoral en Maldon (Essex) y de superar una moción de confianza en el Parlamento, se presentó en El Cairo a sustituir a Auchinleck. El general Alexander tomaría el mando de Oriente Medio; Montgomery, el del VIII Ejército (10). Este llegó a El Cairo el 12 de agosto y Auchinleck le puso al corriente de la situación y le entregó sus planes de defensa y contraataque. Montgomery, hombre menudo, nervioso, implacable y buen organizador, tenía un mando en el sur de Inglaterra cuando fue llamado a este destino. Desde 1940 no había participado en una batalla. Todo el mundo le consideraba competente, más cauto en las decisiones que en las palabras, amigo de los grandes gestos y excelentemente dotado para las relaciones públicas. El nombramiento de jefe del VIII Ejército le venía como anillo al dedo para salir de su ostracismo y cimentar el enorme prestigio militar que hoy se 1e discute. Inició su escalada "asombrando" a Churchill el 19 de agosto con dos planes "magistrales"; uno, para frenar a Rommel; el otro, para emprender la contraofensiva en seis semanas. Seguía en ambos lo diseñado por Auchinleck. Mejoraba el primer plan incrementando los efectivos en Alam Halfa con las nuevas tropas que estaban llegando a El Cairo. Respecto al segundo cambió de posiciones a algunas unidades y mantuvo, desde luego, el plazo de ataque propuesto por Auchinleck (11). Conforme habían previsto los británicos, Rommel decidió atacar a finales de agosto. Contaba con refuerzos: la 164 División de infantería y la brigada paracaidista Ramcke, ambas germanas, y la División italiana Folgore, transportadas por vía aérea, sin su armamento pesado. También le habían enviado material. Pero, sobre todo, sus equipos de recuperación habían conseguido reparar cerca de 200 carros, averiados o dañados en los meses precedentes. Su situación era la mejor posible. Sabía con bastante exactitud el número y la calidad de las unidades británicas que venían a Egipto o que se encontraban ya en este país en el período de entrenamiento. Y era plenamente consciente de que no dispondría de más refuerzos de consideración. Debía, por tanto, atacar y el 30 de agosto se pusieron en marcha sus unidades. Los zapadores, hostigados por la artillería y la aviación británicas, penetraron al anochecer en los campos de minas ingleses del frente sur. Tras ellos, se concentraban las mejores tropas de Rommel: el Afrika Korps, la 90 División ligera y, entre ambas, el XX Cuerpo blindado italiano. Albergaban el propósito de avanzar y destruir las posiciones británicas en Alam Halfa y girar luego hacia el norte, cortando la carretera de Alejandría y copando al VIII Ejército. Según el general Alexander, Rommel disponía de fuerzas similares a las que Montgomery iba a oponerle: el Eje empleó unos 500 tanques entre medios y ligeros, 400 cañones anticarro y 300 de campaña; el VIII Ejército, 300 tanques medios, 80 ligeros y 230 autoblindados, con 100 carros medios en reserva. En artillería también estaban equiparados. Sin embargo, las fuerzas de Rommel eran muy inferiores: la mitad de sus carros eran ligeros italianos, debían salvar los campos de minas británicos, tendrían que vérselas ante una posición dominante y bien atrincherada y carecerían de cobertura aérea importante. A cambio, sufrirían el castigo continuo de la RAF. En esas condiciones, sólo podría imponerse Rommel por sorpresa y operando con gran velocidad. Pero ni consiguió sorprender, porque Montgomery le esperaba, ni consiguió la rapidez imprescindible: eran tan densos los campos de minas británicos que a las ocho de la mañana del 31 de agosto, las fuerzas alemanas seguían en el punto de partida cuando debían haberse adentrado ya 30 kilómetros en territorio británico. Luego se sabría que sólo en el flanco sur, los británicos habían sembrado 150.000 minas. Las desgracias de Rommel, que no pudo dirigir personalmente la operación por estar enfermo, se multiplicaron: el general Nehring, jefe del Afrika Korps, fue herido por una mina; el general Von Bismarck, jefe de la 21 División blindada, resultó muerto. Pese a todo, Rommel lanzó adelante a sus unidades, aunque limitando los objetivos. Luchó hasta el 2 de septiembre hostigado por la RAF, que arrojó 15.000 bombas sobre sus hombres en cuatro días, y en la mañana del 3 de septiembre ordenó retirada. Entonces Montgomery pasó al contraataque con la 10 División blindada y la 2? División neozelandesa. Pero, según escribe Rommel, "los ataques resultaron demasiado débiles para conseguir una penetración y fueron rechazados con facilidad". Montgomery, como haría luego en varias ocasiones, culpó a sus generales de la mala dirección del contraataque. Sea lo que fuere, el VIII Ejército desaprovechó una excelente ocasión para descalabrar a Rommel. Ambos bandos tuvieron equilibrado el balance de pérdidas: 2.855 hombres, 49 carros de combate, 55 cañones y 395 vehículos, el Eje. 1.750 hombres, 68 tanques y 18 piezas anticarro, Gran Bretaña. Mas, si Montgomery podía reponer fácilmente sus pérdidas, Rommel, no. El mismo mariscal escribió: "Con el fracaso de nuestra ofensiva, desapareció nuestra última posibilidad de alcanzar el canal de Suez" (12). Enfermo y agotado, viajó Rommel a Alemania el 15 de septiembre dejando el mando al general Stumme. En Berlín recibió de Hitler el bastón de mariscal el 1 de octubre y formidables promesas de ayuda (13) que nunca se cumplieron. Entretanto, en el desierto, bajo temperaturas superiores a 40° a la sombra (no otra que la de los vehículos), se preparaban los italo-germanos a resistir la embestida. Ensanchaban continuamente sus campos de minas (se colocaron más de medio millón). Abrían trincheras y trampas anticarro. Recibían refuerzos gota a gota. Consumían lentamente sus reservas de combustible, andaban escasos de alimentos (siempre muy pesados para aquel clima) y de agua y sufrían el acoso constante de la RAF. Todo ello contribuía a que el ejército del Eje estuviera mortalmente cansado, desanimado, nervioso y enfermo en la décima parte de sus efectivos. El VIII Ejército británico sufría el mismo calor, los enjambres de moscas, las tempestades de arena y parecidas calamidades. Pero su alimentación era más racional y contaban con agua abundante, llegada por tuberías. Tanta, que los soldados podían ducharse en sus posiciones. La Lufwaffe no resultaba muy molesta, llegaban los suministros en cantidades ingentes y las tropas disponían de vehículos y de carburante sobrado para efectuar los movimientos necesarios. El plan de ataque de Montgomery consistía en amagar por el sur, maniobra clásica, esperada por los alemanes que concentrarían ahí a buena parte de sus fuerzas acorazadas, y golpear en el norte, con el fin de privar a los soldados del Eje de una vía de retirada. Estaba decidido, pues, a acabar con el rigodón y con las fuerzas de Rommel. Se encomendó la operación sur al XIII Cuerpo de ejército, a cargo del teniente general Horrocks, y a la 7? División blindada. Y la norte, al XXX Cuerpo de ejército, a cargo del teniente general Leese, que debería abrir dos corredores, uno al sur de Tel el Aisa y el otro, cortando el extremo norte de la cordillera de Miteiyria. Ambos corredores, operación principal, serían obra de la infantería apoyada por una masa artillera de más de mil piezas y por la aviación. Una vez abiertas las brechas, irrumpirían por ellas los carros de combate del X Cuerpo de ejército a cargo del teniente general Lumsden, formado por dos divisiones acorazadas. Montgomery había realizado un buen trabajo de camuflaje y desorientación. Consintió, sin excesiva oposición, que los aviones del Eje sobrevolasen el sector sur, donde amontonó efectivos ficticios (tanques de goma que se inflaban sobre el terreno y centenares de vehículos disfrazados de blindados). Y con viejos bidones tendió un oleoducto cuya construcción siguió, día a día, la aviación de Rommel. La observación aérea germana fue más difícil en el norte, donde los ingleses trataron de camuflar lo que tenían. El Estado Mayor alemán supuso que la ofensiva comenzaría por el sur y cuando concluyeran las obras del oleoducto, es decir, a mediados de noviembre. Opondría a ese ataque sus fuertes campos minados defendidos por seis divisiones de infantería (cinco eran italianas) y tres batallones del grupo Ramcke colocados cerca de los italianos. Tras ese dispositivo se situaban, en el norte, las divisiones blindadas 15 y Littorio, y en el sur, la 21 y la Ariete. En reserva, cerca de El Daba, la 90 ligera y la Trieste. Según esta estrategia, la infantería, colocada en dos escalones dentro del campo minado, soportaría la embestida. Si había brechas, se presentarían los carros a taparlas. Montgomery conocía perfectamente el despliegue italo-germano y éstos cubrían en lo posible el ataque inglés. Ambos contendientes, sin embargo, se verían sorprendidos en el transcurso de la batalla.