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LIBRO SEGUNDO DEL GOBIERNO QUE LOS YNGAS TUVIERON EN ESTE REINO Y RITOS Y CEREMONIAS QUE GUARDABAN Ya que hemos concluido con la descendencia, conquistas y sucesos de los Yngas, desde el primero Manco Capac hasta el desdichado Topa Cusi Hualpa, por otro nombre Guascar Ynga, y el mal afortunado Atao Hualpa, que fueron los que, en los últimos años del señorío de los Yngas, tuvieron el mando y poder, aunque en alguna manera se fue continuando y reteniendo, en sus sucesores, aquel respeto debido a su sangre en Manco Ynga Saire Tupa, y Amaro Tupa, que fue el que mandó degollar el virrey don Francisco, de Toledo. En este libro he querido hacer particular tratado, y mención, del gobierno y orden que tuvieron los Yngas en regir este amplísimo reino, y tener tan varias y diversas naciones como en España, castellanos, vizcaínos, gallegos, portugueses y andaluces, y de las demás provincias, tan extendidas y tan amplias, sujetas y avasalladas, sin que nadie en ellas osase discrepar ni disentir de los mandamientos de los Yngas, como si estuvieran presentes en todos los pueblos grandes y pequeños, que fue indicio y señal de grandísima y acertada prudencia, con lo cual se hallaron en este reino tantos millares de millares de gente, cuando entraron los españoles, de que vemos el día de hoy tan pocos centenares. Así iré, con la mayor brevedad y distinción que me fuere posible, refiriéndolo para que se venga del todo a tener noticia de sus ritos, ceremonias, usos, costumbres, vida, orden de guerrear, conquistas y conservar lo ganado, que no fue lo menos en que se pareció ser sabios y prudentes.
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Qué conocimiento tenían del cielo y de los astros, y qué presagios acostumbraban tomar de los fenómenos meteorológicos Es fama que habían descubierto la multiplicidad de los cielos, pero del sol, de la luna, de la estrella de Orión, ¿Sirio? de Venus, de las Osas, y de los otros astros en los que creían que habitaba un numen, no sabían casi nada, excepto algunas observaciones vulgares y algunos cuentos más que de viejas y, por consiguiente, ignorantes de las causas de las cosas, solían reverenciar miserablemente y temer sin medida los eclipses y meteoros y cualquiera otra cosa semejante. Pero tomaban presagios de los meteoros y de los fenómenos generados en lo más alto del aire, como los relámpagos, cometas, exhalaciones, vigas ígneas, remolinos ardientes, antorchas celestes, columnas de fuego, la nieve, las nubes, la escarcha, los torbellinos y cosas parecidas; y así creían que las nubes blancas en las cumbres de los cerros presagiaban el granizo y las nubes densas la lluvia. La escarcha cayendo como rocío, la fecundidad de ese año. El arco iris, tiempo tranquilo sereno y el término y fin de las lluvias. Y las estrellas fugaces, las visicitudes de los reyes y de los reinos.
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LIBRO SÉPTIMO CAPÍTULO I Que importa tener noticia de los hechos de los indios, mayormente de los mexicanos Cualquiera historia, siendo verdadera y bien escrita, trae no pequeño provecho al lector. Porque según dice el Sabio, "lo que fue eso es, y lo que será, es lo que fue". Son las cosas humanas entre sí muy semejantes, y de los sucesos de unos aprenden otros. No hay gente tan bárbara que no tenga algo bueno que alabar, ni la hay tan política y humana que no tenga algo que enmendar. Pues cuando la relación o la historia de los hechos de los indios, no tuviese otro fruto más de este común de ser historia y relación de cosas, que en efecto de verdad pasaron, merece ser recebida por cosa útil, y no por ser indios es de desechar la noticia de sus cosas, como en las cosas naturales vemos que no sólo de los animales generosos y de las plantas insignes y piedras preciosas, escriben los autores, sino también de animales bajos y de yerbas comunes, y de piedras y de cosas muy ordinarias, porque allí también hay propriedades dignas de consideración. Así que cuando esto no tuviese más que ser historia, siendo como lo es, y no fábulas, y ficciones, no es sujeto indigno de escrebirse y leerse. Mas hay otra muy particular razón, que por ser de gentes poco estimadas, se estima en más lo que de ellas es digno de memoria, y por ser en materias diferentes de nuestra Europa, como lo son aquellas naciones, da mayor gusto entender de raíz su origen, su modo de proceder, sus sucesos prósperos y adversos. Y no es sólo gusto sino provecho también, mayormente para los que los han de tratar, pues la noticia de sus casas convida a que nos den crédito en las nuestras, y enseñan en gran parte como se deban tratar, y aun quitan mucho del común y necio desprecio en que los de Europa los tienen, no juzgando de estas gentes tengan cosas de hombres de razón y prudencia. El desengaño de esta vulgar opinión, en ninguna parte le pueden mejor hallar que en la verdadera narración de los hechos de esta gente. Trataré pues, con ayuda del Señor, del origen, y sucesiones y hechos notables de los mexicanos, con la brevedad que pudiere. Y últimamente se podrá entender la disposición que el altísimo Dios quiso escoger, para evitar a estas naciones la luz del Evangelio, de su unigénito Hijo, Jesucristo Nuestro Señor, al cual suplico enderece este nuestro pequeño trabajo, de suerte que salga a gloria de su divina grandeza y alguna utilidad de estas gentes a quien comunicó su santa ley evangélica.
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LIBRO SÉPTIMO Que trata de la astrología y philosophía natural que alcançaron estos naturales de esta Nueva España Prólogo Cuán desatinados havían sido en el conocimiento de las criaturas los gentiles, nuestros antecessores, ansí griegos como latinos, está muy claro por sus mismas escripturas, de las cuales nos consta cuán ridiculosas fábulas inventaron del sol y de la luna, y de algunas de las estrellas, y del agua, tierra, fuego y aire, y de las criaturas. Y lo que peor es, les atribuyeron divinidad y adoraron, ofrecieron, sacrificaron y acataron como a dioses. Esto provino, en parte, por la ceguedad en que caímos por el pecado original, y en parte por la malicia y envegecido odio de nuestro adversario Santanás, que siempre procura de abatirnos a cosas viles, ridiculosas y muy culpables. Pues si esto pasó, como sabemos, entre gente de tanta discreción y presunción, no hay por qué nadie se maraville porque se hallen semejantes cosas entre esta gente tan párbula y tan fácil para ser engañada. Pues a propósito que sean curados de sus cegueras, ansí por medio de los predicadores como de los confessores, se ponen en el presente libro algunas fábulas no menos frías que fríbulas que sus antepassados los dexaron del sol y de la luna y de las estrellas y de los elementos y cosas elementales. Al fin del libro se pone la manera de contar los años, y del año del jubileo, que era de cincuenta en cincuenta y dos años, y de las notables cerimonias que entonce hazían. Al lector Razón tendrá el lector de desgustarse en la lección de este Séptimo Libro, y mucho mayor la tendrá si entiende la lengua indiana juntamente con la lengua española, porque en lo español el lenguaje va muy baxo, y la materia de que se trata en este Séptimo Libro va tratada muy baxamente. Esto es porque los mismos naturales dieron la relación de las cosas que en este libro se tratan muy baxamente, según que ellos las entienden, y en baxo lenguaje; y así se traduxo en la lengua española, en baxo estilo y en baxo quilate de entendimiento, pretendiendo solamente saber y escrebir lo que ellos entendían en esta materia de astrología y philosophía natural, que es muy poco y muy baxo. Otra cosa hay en la lengua que también dará desgusto al que la entendiere, y es de una cosa van muchos nombres sinónimos, y una manera de dezir o una sentencia va dicha de muchas maneras. Esto se hizo aposta, por saber y escrevir todos los vocablos de cada cosa y todas las maneras de dezir de cada sentencia; y esto no solamente en este libro, pero en toda la obra. Vale. El séptimo libro trata del sol y de la luna y estrellas, y del año del jubileo
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LIBRO SESTO De la retórica y philosophía moral y teología de la gente mexicana, donde hay cosas muy curiosas tocantes a los primores de su lengua y cosas muy delicadas tocantes a las virtudes morales Prólogo Todas las naciones, por bárbaras y de baxo metal que hayan sido, han puesto los ojos en los sabios y poderosos para persuadir, y en los hombres eminentes en las virtudes morales, y en. los diestros y valientes en los exercicios bélicos, y más en los de su generación que en los de las otras. Hay de esto tantos exemplos entre los griegos y latinos, españoles, franceses y italianos, que están los libros llenos de esta materia. Esto mismo se usava en esta nación indiana, y más principalmente entre los mexicanos, entre los cuales los sabios retóricos, virtuosos y esforçados, eran tenidos en mucho. Y de éstos elegían para pontífices, para señores y principales y capitanes por de baxa suerte que fuesen. Estos regían las repúblicas y guiavan los exércitos y presidían en los templos. Fueron, cierto, en estas cosas estremados, divotíssimos para con sus dioses, zelosíssimos de sus repúblicas, entre sí muy urbanos, para con sus enemigos muy crueles, para con los suyos humanos y severos. Y pienso que por estas virtudes alcançaron el imperio, aunque los turó poco; y agora todo lo han perdido, como verá claro el que cotejare lo contenido en este libro con la vida que agora tienen. La causa de esto no la digo por estar muy clara. En este libro se verá muy claro que lo que algunos émulos han afirmado, que todo lo escripto en estos libros ante de éste y después de éste son ficciones y mentiras, hablan como apassionados y mentirosos, porque lo que en este libro está escripto no cabe en entendimiento de hombre humano el fingirlo, ni hombre viviente pudiera fingir el lenguaje que en él está. Y todos los indios entendidos, si fueren preguntados, afirmarán que este lenguaje es el propio de sus antepasados, y obras que ellos hazían. Integerrimo Patri Frati Roderico de Sequera, generali comissario omnium Occidentalis Orbis Terrarum, uno dempto Peru, Frater Bernardinus de Sahagun, utramque felicitalem optat. Habes hic admodum observande pater, opus regio conspectu dignum: quod quidem acerrimo, ac diutino marte comparatum est: cuius sextus liber hic est: suni el alii sex post hunc: qui omnes duodenarium nunerum complent in quatuor volumina congesti. Hic sextus omnium maior, cum corpore tum vi: grandi tripudio iubilal: te sibi ac fratibus suis, tantum invenisse patrem: ut pote nullatenus dubitans, tuis auspiciis ad summan felicitalem una cum fratibus pervenisse. Vale, et ubique prosperrime agas, vehementer affecto.
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LIBRO SEXTO CAPÍTULO I Que es falsa la opinión de los que tienen a los indios por hombres faltos de entendimiento Habiendo tratado lo que toca a la religión que usaban los indios, pretendo en este libro escrebir de sus costumbres y pulicia y gobierno, para dos fines. El uno, deshacer la falsa opinión que comúnmente se tiene de ellos, como de gente bruta, y bestial y sin entendimiento, o tan corto que apenas merece ese nombre. Del cual engaño se sigue hacerles muchos y muy notables agravios, sirviéndose de ellos poco menos que de animales y despreciando cualquier género de respeto que se les tenga. Que es tan vulgar y tan pernicioso engaño, como saben bien los que con algún celo y consideración han andado entre ellos, y visto y sabido sus secretos y avisos, y juntamente el poco caso que de todos ellos hacen los que piensan que saben mucho, que son de ordinario los más necios y más confiados de sí. Esta tan perjudicial opinión no veo medio con que pueda mejor deshacerse, que con dar a entender el orden y modo de proceder que éstos tenían cuando vivían en su ley; en la cual, aunque tenían muchas cosas de bárbaros y sin fundamento, pero había también otras muchas dignas de admiración, por las cuales se deja bien comprender que tienen natural capacidad para ser bien enseñados, y aún en gran parte hacen ventaja a muchas de nuestras repúblicas. Y no es de maravillar que se mezclasen yerros graves, pues en los más estirados de los legisladores y filósofos, se hallan, aunque entren Licurgo y Platón en ellos. Y en las más sabias repúblicas, como fueron la romana y la ateniense, vemos ignorancias dignas de risa, que cierto si las repúblicas de los mexicanos y de los ingas se refirieran en tiempo de romanos o griegos, fueran sus leyes y gobierno, estimado. Mas como sin saber nada de esto entramos por la espada sin oílles ni entendelles, no nos parece que merecen reputación las cosas de los indios, sino como de caza habido en el monte y traída para nuestro servicio y antojo. Los hombres más curiosos y sabios que han penetrado y alcanzado sus secretos, su estilo y gobierno antiguo, muy de otra suerte lo juzgan, maravillándose que hubiese tanto orden y razón entre ellos. De estos autores es uno Polo Ondegardo, a quien comúnmente sigo en las cosas del Pirú; y en las materias de México, Juan de Tovar prebendado que fue de la Iglesia de México y agora es religioso de nuestra Compañía de Jesús; el cual por orden del Virrey D. Martín Enríquez, hizo diligente y copiosa averiguación de las historias antiguas de aquella nación, sin otros autores graves que por escrito o de palabra me han bastantemente informado de todo lo que voy refiriendo. El otro fin que puede conseguirse con la noticia de las leyes y costumbres, y pulicia de los indios, es ayudarlos y regirlos por ellas mismas, pues en lo que no contradicen la ley de Cristo y de su Santa Iglesia, deben ser gobernados conforme a sus fueros, que son como sus leyes municipales, por cuya ignorancia se han cometido yerros de no poca importancia, no sabiendo los que juzgan ni los que rigen, por dónde han de juzgar y regir sus súbditos; que demás de ser agravio y sinrazón que se les hace, es un gran daño, por tenernos aborrecidos como a hombres que en todo, así en lo bueno como en lo malo, les somos y hemos siempre sido contrarios.
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LIBRO SEXTO DE LA HISTORIA DE LA FLORIDA DEL INCA Contiene la elección de los capitanes para la navegación; la multitud de las canoas contra los españoles; el orden y la manera de su pelear, que duró once días sin cesar; la muerte de cuarenta y ocho castellanos por el desatino de uno de ellos; la vuelta de los indios a sus casas; la llegada de los españoles a la mar; un reencuentro que tuvieron con los de la costa; los sucesos de cincuenta y cinco días de su navegación hasta llegar a Pánuco; las muchas pendencias que allí entre los mismos tuvieron y la causa por qué; la buena acogida que la imperial ciudad de México les hizo y cómo se derramaron por diversas partes del mundo. Contiene veinte y un capítulos. CAPÍTULO I Eligen capitanes para las carabelas y embárcanse los españoles para su navegación Luis de Moscoso de Alvarado se embarcó en la carabela capitana por gobernador y capitán general de todos, como lo era en tierra; Juan de Alvarado y Cristóbal Mosquera, hermanos del gobernador, por capitanes de la almiranta. A estos dos bergantines o carabelas llamaron por estos nombres: Capitana y Almiranta; a las demás llanamente las nombraron tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima. El contador Juan de Añasco y el fator Viedma, por capitanes de la tercera carabela. El capitán Juan de Guzmán y el tesorero Juan Gaytán, por capitanes del cuarto bergantín. Los capitanes Arias Tinoco y Alonso Romo de Cardeñosa, del quinto. Pedro Calderón y Francisco Osorio fueron capitanes del sexto bergantín; Juan de Vega, natural de Badajoz, otras veces ya nombrado, y García Osorio se embarcaron en la séptima y última carabela por capitanes de ella. Todos estos caballeros eran nobles por sangre y famosos por sus hazañas, y como tales habían aprobado en los sucesos de esta jornada y descubrimiento. Nombráronse dos capitanes para cada bergantín porque cuando el uno saliese a hacer algún hecho en tierra quedase el otro en la carabela para el gobierno de ella. Debajo del mando y gobierno de los capitanes ya nombrados se embarcaron con ellos trescientos y cincuenta españoles, antes menos que más, habiendo entrado en la tierra muy cerca de mil. Embarcaron consigo hasta veinte y cinco o treinta indios e indias que de lejas tierras habían traído en su servicio, y éstos solos habían escapado de la enfermedad y muerte que el invierno pasado habían tenido, que, siendo más de ochocientos, habían muerto los demás. Y estos treinta embarcaron y llevaron consigo los españoles porque no quisieron quedar con Guachoya ni Anilco por el amor que a sus amos tenían, y decían que querían más morir con ellos que vivir en tierras ajenas. Y los españoles no les hicieron fuerza para que se quedasen por parecerles mucha ingratitud no corresponder al amor que los indios les mostraban y gran crueldad desampararlos fuera de sus tierras. El día propio de los Apóstoles, día tan solemne y regocijado para toda la cristiandad, aunque para estos castellanos triste y lamentable por lo que particularmente en él hicieron, que desampararon y dejaron perdido el fruto de tantos trabajos como en aquella tierra habían pasado y el premio y galardón de tan grandes hazañas como habían hecho, se hicieron a la vela al poner del sol y, sin que los indios enemigos les diesen pesadumbre alguna, navegaron a vela y remo toda aquella noche y el día y noche siguiente. Cada bergantín llevaba siete remos por banda, en los cuales se remudaban para remar por sus horas todos los que iban dentro sin eceptar nadie, sino eran los capitanes. La distancia del río que las dos noches y el día navegaron nuestros españoles se entendió que fuese del distrito y término de la provincia de Guachoya, que, como atrás tocamos, era el río abajo y que, por haberse mostrado Guachoya amigo de los castellanos, no hubiesen querido los indios ofenderlos mientras iban por el paraje de su tierra, o que fuese alguna superstición y observancia de la creciente o menguante de la Luna, que iba cerca de la conjunción como la tenían los alemanes según lo escribe Julio César en sus Comentarios. No se sabe la causa cierta por qué no los hubiesen perseguido aquellas dos primeras noches y un día. Mas al segundo día amaneció sobre ellos una hermosísima flota de más de mil canoas que los curacas de la liga juntaron contra los españoles y, porque las de este Río Grande fueron las mayores y mejores que los nuestros en toda la Florida vieron, será bien dar aquí particular cuenta de ellas, porque ya de aquí adelante no tenemos batallas que contar que hubiesen pasado en tierra, sino en el agua.
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LIBRO TERCERO Del principio que tuvieron los dioses Prólogo No tuvo por cosa superflua ni vana el divino Augustino tratar de la teología fabulosa de los gentiles en el sexto libro de La ciudad de Dios, porque, como él dize, conocidas las fábulas y ficciones vanas que los gentiles tenían cerca de sus dioses fingidos, podiessen fácilmente darles a entender que aquellos no eran dioses, ni podían dar cosa ninguna que fuesse provechosa a la criatura racional. A este propósito, en este Tercero Libro, se ponen las fábulas y ficciones que estos naturales tenían cerca de sus dioses, porque entendidas las vanidades que ellos tenían por fe cerca de sus mentirosos dioses, vengan más fácilmente por la doctrina evangélica a conocer el verdadero Dios, y que aquellos que ellos tenían por dioses no eran dioses sino diablos mentirosos y engañadores. Y si alguno piensa que estas cosas están tan olvidadas y perdidas, y la fe de un dios tan plantada y arraigada entre estos naturales que no havrá necesidad en ningún tiempo de hablar en estas.cosas, al tal yo le creo piadosamente, pero sé de cierto que el diablo ni duerme ni está olvidado de la honra que le hazían estos naturales, y que está esperando conjuntura para si podiesse bolver al señorío que ha tenido. Y fácil cosa le será entonce despertar todas las cosas que se dizen estar olvidadas cerca de la idolatría, y para entonces bien es que tengamos armas guardadas para salirle al encuentro; y para esto no solamente aprovechará lo que está escrito en este Tercero Libro, pero también lo que está escrito en el Primero, y Segundo, y Cuarto y Quinto. Ni tampoco havrá oportunidad para que sus satélites entonce engañen a los fieles y a los predicadores con dorar con mentiras y disimulaciones las vanidades y bajezes que tenían cerca de la fe de sus dioses y su cultura, porque parecerán las verdades puras y limpias que declaran quiénes eran sus dioses y qué servicios demandavan, según se contienen en los libros arriba dichos. Fin del prólogo.
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LIBRO TERCERO DONDE SE TRATA EN GENERAL Y PARTICULAR DESTE REINO DEL PERÚ Y LAS CIUDADES PRINCIPALES Y VILLAS DEL Capítulo I Del nombre deste reino del Perú, y del origen de los naturales dél Antiguamente, este Reino tan famoso y celebrado, que estaba debajo del dominio y gobierno de los Yngas, no tuvo nombre general, que comprendiese y encerrase en sí todas las provincias y regiones dél, como le tuvieron y tienen los nombrados reinos de Europa, pues debajo deste nombre de Francia, antiguamente dicho Gallia, se contienen tantas provincias como es Aquitania, ahora dicha Guascuña, Narbonense, Lugonense, Picardía, Normandía, Bretaña, Champaña, y aun los Estados de Flandes, antiguamente dichos Gallia Belgica, pues fueron pertenecientes al reino de Francia y Alemania, por otro nombre Germania, que encierra en sí a la provincia de Suabia, Franconia, Babiera, Sajonia, Austria y otras provincias: Y nuestra España, que comprende tantos reinos y provincias diferentes, debajo deste título de España. Pero este nombre Perú, que el día de hoy abraza la infinidad de provincias y regiones que diremos, los indios no le supieron ni conocieron, porque es nombre moderno, desde que los españoles empezaron a conquistar esta tierra. Como cuando el marqués don Francisco Pizarro, la primera vez que salió de Panamá al descubrimiento deste Reino, topase con un río deste nombre Perú, como negocio que ante todas cosas llegaba a su vista, intituló a la tierra en general con él. Este río está en el mar del Sur, dicho así, porque lo más ordinario corre en el este viento, y es el más saludable a los moradores dél, y por la Estrella del Sur, mediante la cual se navega. También se llama Pacífico, como le nombró Magallanes cuando entró por el estrecho de su nombre, por la mansedumbre de sus vientos. Este río Perú está dos grados de la equinoccial y, aunque muchos han querido comprender con este nombre de Perú toda la tierra que desde Nombre de Dios se va costeando hasta el Brasil, Río de la Plata y, entrando por el Estrecho, se costea el reino de Chile hasta Panamá, que está diez y siete leguas de Nombre de Dios, por las cuales deja de ser isla. Pero, en rigor y propiamente, Perú se entiende y dice todo lo que hay desde este río, enterrando en él a Quito y sus provincias, hasta más allá de Pasto, y corriendo la costa hasta Chile por los llanos y por la Sierra, hasta entrar en la gobernación de Tucumán, que fue lo que el Ynga llegó a conquistar y tuvo debajo de su reino y mando, y lo que ahora el visorrey, que reside en la Ciudad de los Reyes, en lugar de la Majestad Real del Rey, Nuestro Señor, gobierna, que incluye todo esto con la jurisdicción de tres audiencias de Quito, Reyes y las Charcas, y el reino de Chile. Que, aunque tiene gobernador aparte que pone justicias y hace mercedes de encomiendas de indios como el Virrey, y ahora se pone de nuevo Audiencia y Chancillería real, la cual tuvo algunos años y se deshizo, todavía está subordinado y sujeto al Virrey del Perú, de donde le van los socorros de gente y dineros para sustentar aquel reino, sin los cuales estuviera ya del todo extinto y asolado, según la furia y tesón que los indios araucanos han tenido y tienen por conservar su libertad. La costa deste Reino, desde Panamá hasta el estrecho de Magallanes, corre más de mil y doscientas leguas. El ancho que tiene, por lo más del mar del Sur hasta la otra parte del norte, ponen mil leguas las que boxan desde Nombre de Dios hasta Panamá. Corriendo la costa, según cuenta de mareantes, son más de cuatro mil. Pero antes que pasemos adelante, en discurrir por las particularidades deste Reino, me ha parecido, como de paso, hacer algún discurso acerca desta nación de los indios, que en esta cuarta parte del mundo, dicha América de Vespucio Américo, aunque más propiamente se diría Colonia, pues Colón la descubrió y empezó a conquistar, mayor, más rica y extendida que ninguna de las otras tres en que antiguamente estuvo dividido. Se han hallado de dónde procedieron y de dónde vinieron, que es negocio que a muchos curiosos ha dado que investigar. No es mi pensamiento ni intento refutar sus opiniones ni reprehender lo que en esto sintieron, sino poner lo que de ello se alcanzó, remitiéndolo al juicio del discreto lector, y porque el que leyese esta historia podría dudar y reparar en ello. Algunos han dicho que estos indios descienden y vienen de aquellas diez tribus, que en el capítulo diez y siete del quarto libro de los Reyes, se dice que fueron trasladados por Salmanasar, Rey de los asirios, y fúndase en que esta gente tiene el hábito, traza y modo y aun subtilezas de los judíos, pero yo, y aun otros que de ello más alcanzan, lo tienen por cosa sin fundamento, porque desde Asiria, que es una de la íntimas regiones de Asia, cómo habían de pasar a estas partes los judíos de aquellas diez tribus; y, quien en su tierra no se defendió ni tuvo fuerza para ello, cómo se habían de salir de la ajena, ni cómo los había de dejar el Rey de Asiria, quien les había de dar navíos para pasar acá. Aristóteles, príncipe de la filosofía natural, en un libro que hizo de las cosas maravillosas que en la tierra se hallan, aunque otros dicen que es el libro de Theofrastro, autor de casi tanta autoridad como Aristóteles, refiere que los fenicianos navegaron cuatro días, con el viento a peliotes, que es el solano que llaman Levante, y en la mar del Sur este; y aportaron a unos lugares incultos que el mar descubría y cubría, y dejaba en seco mucha infinidad de atunes muy grandes. Estos se hallan ahora en la isla que dicen de la Madera y del Fayal. En este mismo libro dice el mismo autor que unos mercaderes cartagineses navegaron desde las columnas de Hércules, que es el estrecho de Gibraltar, y al cabo de muchos días de navegación hallaron una isla, que era distansísima de Tierra Firme, en la cual no había moradores, aunque era abundantísima de todas las cosas necesarias a la vida humana, y grandes ríos navegables que en ella había, y se quedaron y poblaron en ella. Sabido esto en la ciudad de Cartago, entraron en ayuntamiento sobre lo que se había de hacer de aquella isla, pensando que si la fama de sus riquezas y abundancia venía en noticia de las naciones extrañas, con codicia irían a ella y harían en ella un propignáculo y defensa, en que se retrujesen; y mediante las riquezas se vendrían a enseñorear de ellos, y su libertad se perdería, por lo cual mandaron que cualquiera que fuese osado de navegar a ella, en pudiendo ser habido, muriese y que, los cartagineses que allí habían edificado, si volviesen los matasen. Destas dos autoridades, de Aristóteles, parece que las islas que don Cristóbal Colón descubrió y vio Vespucio Américo, había más de dos mil años que habían sido halladas. Así no me parece sería juicio sin fundamento decir, que de los moradores destas islas se irían poblando las demás hasta la Tierra Firme; y como determino, lo inserto, pues es de hombre temerario. Pero propongo esto, esperando el sentimiento de quien mejor sintiere que yo. Pues que la multiplicación de los hombres fue causa de la población de las tierras y, mientras más iban creciendo, se extendían, no es mucho que, hasta que los cartagineses pasasen a esta isla, no se hubiere poblado esta cuarta parte del mundo, y aquellos empezasen de habitar en esta isla que se barrunta ser la isla Española, y de allí se derramasen hasta la isla de Cuba y a Panamá, Yucatán y México, y cundiesen de allí al oriente, donde había otras islas y tierras no conocidas. Si se dijese que, como estos indios no tienen las letras pues había de haber algunos rastros y vestigios de ellas entre ellos, podrase responder, habían de usar de las que tenían en aquel tiempo los cartagineses, que eran letras reales de cosas pintadas, las cuales tuvieron en Cartago, y estos indios las usaron en sus pinturas o que, con la distancia tan larga de años, haberlas olvidado. Si me replicare, que cómo había de estar tantos años oculta la noticia de estas islas, y sin que jamás se presumiese que estos antípodas y tierras eran habitables, pues, aún cuando don Cristóbal Colón lo puso en plática en Inglaterra, en Portugal y Castilla, se tuvo por cosa ridiculosa, y a él, por un burlador y hombre de poco entendimiento, a esto responderé, que también las islas de Canarias, que antiguamente fueron tan conocidas y navegadas desde África, donde tan cerca están, y desde España de donde están doscientas y cincuenta leguas, y que fueron dichas de los escritores las islas afortunadas, por la fertilidad y sanísimo temperamento de su cielo, cuando, en tiempo del rey don Juan el segundo se dio la conquista de ellas a Joan de Betancurt, francés, ya estaban tan olvidadas, y su noticia tan totalmente perdida, que había muy poquísimos que supiesen deltas; y no eran tan distantes de España con seis partes como las Indias, y se habían en otros tiempos navegado a ellas, y casi no se acordaban deltas. Más fácil sería el olvido de las islas que habemos dicho, y de la navegación de aquellos cartaginenses, especialmente no habiéndose continuado en tantos centenares de años. El que desto más alcanzase, me corrija, que aparejado estoy a recibir su corrección, cuanto y más, que yo lo que he propuesto, no lo afirmo indubitablemente como cosa que sé de cierto haber sido así, y que de estos cartaginenses se poblaron tanta infinidad de islas y tierras, sino como cosa posible, y que no repugna a la verdad, lo digo y refiero, pues no consta infaliblemente, de donde estos indios desta cuarta parte del mundo hayan salido a poblarla, ni los deste reino del Perú de quien es el principal intento mío tratar.
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LIBRO TERCERO DE LA HISTORIA DE LA FLORIDA DEL INCA Dice de la salida de los españoles de Apalache; la buena acogida que en cuatro provincias les hicieron; la hambre que en unos despoblados pasaron; la infinidad de perlas y de otras grandezas y riquezas que en un templo hallaron; las generosidades de la señora de Cofachiqui y de otros caciques, señores de vasallos; una batalla muy sangrienta que debajo de amistad los indios les dieron; un motín que trataron ciertos castellanos; las leyes de los indios contra las adúlteras; otra batalla muy brava que hubo de noche. Contiene treinta y nueve capítulos. CAPÍTULO I Sale el gobernador de Apalache y dan una batalla de siete a siete El gobernador y adelantado Hernando de Soto, habiendo despachado al capitán Diego Maldonado que fuese a La Habana para lo que atrás se dijo y habiendo mandado proveer el bastimento y las demás cosas necesarias pasa salir de Apalache, que era ya tiempo, sacó su ejército de aquel alojamiento a los últimos de marzo de mil y quinientos y cuarenta años y caminó tres jornadas hacia el norte por la misma provincia sin topar enemigos que le diesen pesadumbre, con haber sido los de aquella tierra muy enfadosos y belicosos. El último día de los tres, se alojaron los castellanos en un pueblo pequeño, hecho península, casi todo él rodeado de una ciénaga que era de más de cien pasos en ancho, con mucho cieno, hasta medios muslos. Tenían puentes de madera a trechos para salir por ella a todas partes. El pueblo estaba asentado en un sitio alto de donde se descubría mucha tierra y se veían otros muchos pueblos pequeños que por un hermoso valle estaban derramados. En este pueblo, que era el principal de los de aquel valle, y todos eran de la provincia de Apalache, pasó el ejército tres días. El segundo día sucedió que salieron a medio día del real cinco alabarderos de los de guarda del general y otros dos soldados, naturales de Badajoz. El uno había nombre Francisco de Aguilera y el otro Andrés Moreno, que por otro nombre le llamaban Ángel Moreno porque, por ser hombre alegre y regocijado, siempre en todo lo que hablaba mezclaba sin propósito ninguno esta palabra "Ángeles, ángeles". Estos siete españoles salieron del pueblo principal sin orden de los ministros del ejército, sólo por su recreación, a ver lo que en los otros poblezuelos había. Los cinco de la guardia llevaban sus alabardas, y Andrés Moreno, su espada ceñida y una lanza en las manos, y Francisco de Aguilera, una espada y rodela. Con estas armas salieron del pueblo sin acordarse de la mucha vigilancia y cuidado que los indios de aquella provincia en matar los desmandados tenían. Pasaron la ciénaga y una manga de monte que no tenía veinte pasos de travesía; de la otra parte había tierra limpia y muchas sementeras de maíz. Apenas se habían alejado los siete españoles doscientos pasos del real, cuando dieron los indios en ellos, que, como hemos visto, no se dormían en sus asechanzas contra los que salían de orden. A la grita y vocería que unos y otros traían peleando y dando arma y pidiendo socorro, salieron del pueblo muchos españoles a defender los suyos y, por no perder tiempo buscando paso a la ciénaga, la pasaban por donde más cerca se hallaron, con el agua y el cieno a la cinta y a los pechos. Más, por prisa que se dieron, hallaron muertos los cinco alabarderos, cada uno de ellos con diez o doce flechas atravesadas por el cuerpo, y Andrés Moreno vivo, empero con una flecha de arpón de pedernal, que, sin otras que por el cuerpo tenía, le atravesaba de los pechos a las espaldas, y, luego que se la quitaron para le curar, murió. Francisco de Aguilar, que era hombre fuerte y robusto más que los otros, y como tal se había defendido mejor que los demás, quedó vivo, aunque salió con dos flechazos que le pasaban ambos muslos y muchos palos que en la cabeza y por todo el cuerpo le dieron con los arcos, porque llegó a cerrar con los indios, y ellos, habiendo gastado las flechas y viéndole solo, a dos manos le dieron con los arcos tan grandes palos que le hicieron pedazos la rodela, que no le quedó más que las manijas, y, de un golpe que le dieron a soslayo en la frente, le derribaron toda la carne de ella hasta las cejas y le dejaron los cascos de fuera. De esta manera quedaron siete españoles y los indios se pusieron en cobro antes que el socorro llegase, porque lo habían sentido cerca. Los cristianos no pudieron ver cuántos eran los enemigos, y Francisco de Aguilar les dijo que eran más de cincuenta y que por ser tantos contra tan pocos los habían muerto en tan breve tiempo. Empero después, de día en día, fue descubriendo en favor de los indios cosas que pasaron en la refriega y, más de veinte días después de ella, ya que estaba sano de sus heridas, aunque todavía flaco y convaleciente, burlándose otros soldados con él acerca de los palos que los indios le habían dado y diciéndole si los había contado, si le habían dolido mucho, si pretendía vengarlos, si pensaba desafiar los enemigos con condición que saliesen uno a uno porque se excusase la ventaja de salir tantos juntos contra uno solo, y otras cosas semejantes y graciosas que los soldados unos con otros en sus burlas suelen decir, respondió Francisco de Aguilar diciendo: "Yo no conté los palos, porque no me dieron ese lugar, ni se daban tan a espacio que se pudieran contar. Si me dolieron mucho o poco, vosotros lo sabréis cuando os den otros tantos, que no os faltará día para recibirlos, yo os lo prometo. Y porque hablemos de veras y veáis quién son los indios de esta provincia, os quiero contar, fuera de burla, sin quitar ni poner nada en el hecho (aunque lo que dijere sea contra mí mismo), una cortesía y valerosidad de ánimo que aquel día usaron con nosotros." "Sabréis que, como entonces dije, salieron más de cincuenta indios a darnos vista, mas, luego que vieron y reconocieron que no éramos más de siete y que no iban caballos en nuestra defensa, se apartaron del escuadrón que traían hecho otros siete indios y los demás se retiraron a lejos y no quisieron pelear. Y los siete solos nos acometieron y, como no llevásemos ballestas ni arcabuces con que los pudiésemos arredrar, y ellos sean más sueltos y ligeros que nosotros, andábansenos delante saltando y haciendo burla de nosotros, flechándonos a todo su placer como si fuéramos fieras atadas, sin que los pudiésemos alcanzar a herir. De esta manera mataron a mis compañeros, y, viéndome solo, porque no me fuese alabando cerraron todos siete conmigo y con los arcos a dos manos me pusieron cual me hallasteis y, pues me dejaron con la vida, yo les perdono los palos y no pienso desafiarles, porque no pidan que, para que valga el desafío, me vuelvan a poner como me dejaron. Por mi honra he callado todo esto y no lo he dicho hasta ahora, mas ello pasó así realmente y Dios os libre de salir desmandados porque no os acaezca otra tal." Los compañeros y amigos de Francisco de Aguilar quedaron admirados de haberle oído, porque nunca habían imaginado que los indios fueran para hacer tanta gentileza, que quisieron pelear uno a uno con los castellanos pudiéndolos acometer con ventaja. Mas todos los de este gran reino presumen tanto de su ánimo, fuerzas y ligereza que, no viendo caballos, no quieren reconocer ventaja a los españoles, antes presumen tenerla ellos principalmente si de armas defensivas anduviesen los cristianos tan mal proveídos como andan los indios.