El estado de conservación de las pirámides varía mucho, desde las que se encuentran relativamente enteras, a las que son hoy poco más que una duna o un montón de cascotes. Uno de los hombres que mejor las ha estudiado, I. E. S. Edwards, considera que por el momento podemos considerar localizadas alrededor de ochenta de ellas. Sin duda las más antiguas son las pirámides escalonadas, y la primera y principal de éstas fue la construida en Sakkara para Zoser (2635-2615 a. C.), el segundo faraón de la III Dinastía. A él se debe una de las más grandes conquistas de la civilización egipcia: la arquitectura en piedra, esto es, la consagración de la piedra como un material de construcción que por su nobleza y su belleza no ha sido superado hasta el día de hoy por ningún otro. La época tinita había utilizado ya la piedra como refuerzo de sus edificios de adobe; pero ahora se trata de su empleo exclusivo, algo que requería mucho trabajo y habilidad para dominarla. Ya hemos dicho que Egipto no tenía necesidad imperiosa de emplear la piedra, como Mesopotamia tampoco la tuvo, ni la empleó. Si Egipto lo hizo, fue únicamente por sus creencias religiosas. Desde tiempos remotos, los egipcios venían dando muestras de una profunda aspiración a encontrar un material eterno. Ya en el badariense no se conforman con la cerámica y hacen recipientes de piedras durísimas: basalto, pórfido, diorita y otras varias. Pero en lo que a la construcción sé refiere, la piedra se reservó al principio exclusivamente a los muertos. Sus cualidades de dureza y permanencia hacían de ella el material idóneo para el lugar de reposo de los difuntos y de custodia y conservación de sus ajuares. Y así fueron las tumbas las que dieron nacimiento a la primera arquitectura en piedra. El largo proceso de su desarrollo -la que pudiéramos llamar su infancia- se puede seguir a lo largo de las primeras dinastías, cuando es sólo un elemento más junto al adobe y a la madera. De pronto, como un meteoro, una arquitectura radiante surge a comienzos de la III Dinastía; Zoser ha encontrado en ella el instrumento con que hacer ostensible la divinidad del faraón, la eternidad de su poder. Sobre el nacimiento de esta arquitectura flota un personaje mitológico y que, sin embargo, fue histórico. Se llamaba Imhotep. Dos mil años después de muerto, lo encontramos convertido en dios de la medicina, equiparado al Esculapio de los griegos. En vida le fueron confiados por Zoser, el faraón a quien sirvió, los cargos de mayor responsabilidad en el país: gran visir, juez supremo, inspector de la real secretaría, portador del real sello, arquitecto de todas las obras del rey, inspector de todo lo que el cielo trae, la tierra cría y el Nilo aporta... Esta universalidad de Imhotep, inconcebible casi en épocas posteriores, sólo podía manifestarse en los estadios iniciales de una gran civilización, cuando todo tenía que ser, primero, inventado, y después, organizado. Amén de sus aptitudes de arquitecto e ingeniero, que lógicamente son las que más interesan a una historia del arte, es de destacar que en una inscripción de Sakkara, Imhotep figura como sumo sacerdote de Heliópolis, lo que faltaba para completar su perfil como el de un mago que en el umbral entre la prehistoria y la historia, cuando aún la medicina y la magia no estaban separadas, alcanzó por su saber y su talento un prestigio que las generaciones posteriores no quisieron olvidar. Y si tal fue la principal razón para que lo divinizasen, no hay duda de que sus realizaciones como arquitecto hubieron de contribuir a mantener vivo su recuerdo, pues Sakkara fue visitada durante toda la Antigüedad. En efecto: el enorme conjunto monumental de Sakkara, la ciudad funeraria que vamos a describir, no es sólo un mausoleo real, sino un escenario de actividades mágicas, donde el Ra del faraón va a seguir desempeñando ciertos cometidos por toda la eternidad. Primordial entre sus funciones será la de la renovación de su juventud y de su fuerza, sin las cuales la figura sería inoperante. El Hebsed, la Fiesta de la Renovación de la Realeza, consistía en una serie de actos rituales entre los cuales el más importante era la repetición de la ceremonia de la coronación del faraón como rey de las dos mitades del país. La ceremonia se celebraba en un patio rodeado de las capillas de todos los dioses. Un cortejo presidido por un sacerdote visitaba primero las capillas de los dioses de los cantones del Alto Egipto y recababa su consentimiento para que la realeza del faraón fuese renovada. Una vez que todos ellos habían manifestado su anuencia, el rey era conducido al trono situado en el extremo meridional del patio y cubierto de un baldaquino, y allí lo coronaban como rey del Alto Egipto con la corona blanca. Lo mismo se repetía después ante los dioses del Bajo Egipto con el mismo resultado: la coronación del rey con la corona roja de esta parte del país. Seguidamente se procedía a la Unificación, ceremonia consistente en atar dos plantas simbólicas a los lados de una estaca: el loto del sur y el papiro del norte. Pero la celebración de estos actos dependía de otro muy característico de las monarquías sacerdotales primitivas: una carrera de velocidad en la que el rey, desnudo, con un flagelo en la mano, había de poner en evidencia su buena forma física cubriendo con la debida rapidez una ruta prescrita. Uno de los relieves de Zoser, precisamente, lo representa en este acto. En esta carrera lo acompañaban su perro y el sacerdote de las almas de Nekken, esto es, de los reyes prehistóricos del Alto Egipto. Sabido es que de esta demostración de agilidad por parte del rey dependía la fertilidad de los campos del país. El recinto de la pirámide de Zoser forma un rectángulo de 544,90 m de largo por 277,60 de ancho. Pese a esta amplitud de dimensiones, no tiene más que un portal de comunicación con el exterior, flanqueado por dos torres de gran potencia. La puerta, que nunca tuvo batientes, es un vano angosto, de apenas un metro de ancho. La muralla, reforzada por contrafuertes a intervalos regulares, acaso reproduzca en piedra las que eran murallas blancas de Menfis, hechas de adobes enlucidos de blanco. En el interior del recinto se distinguen las partes siguientes: 1. La pirámide escalonada, que en su forma definitiva era un macizo de seis escalones, de alturas desiguales, hasta alcanzar los 60 metros. Su construcción fue objeto de varios cambios de proyecto, a partir de una mastaba cuadrada, de 63 metros de lado por 8 de altura. Esta mastaba se componía de un núcleo de caliza local, revestido de una capa externa de la fina caliza de Tura, perfectamente careada. Terminada esta primera mastaba, se le añadió por los lados un nuevo revestimiento de caliza de Tura, de tres metros de ancho, pero 60 cm más bajo que el edificio original, dando lugar a una incipiente mastaba escalonada. A todo esto se le sumó por el lado oriental una ampliación de 6 m de espesor, que convertía el cuadrado de la planta primitiva en un rectángulo con su eje mayor orientado de este a oeste. Antes de revestir de caliza de Tura este nuevo anejo, hubo un cambio completo de proyecto: la mastaba fue transformada en el primero de los escalones de una pirámide de cuatro. Por su lado norte se comenzó a construir un templo funerario, pero antes de que las dos obras se acabasen, se produjo un quinto cambio de plan, consistente en ampliar la pirámide hacia el norte y hacia el oeste, añadiéndole dos escalones más. Una última ampliación por todos lados, con su revestimiento definitivo de sillares de caliza de Tura la hizo aún un poco mayor. La parte subterránea consta de un pozo vertical, de 28 m de profundidad, en cuyo fondo se encuentra la cámara del sarcófago de Zoser, revestida de placas de granito de Assuán. De ella parte un laberinto de corredores y habitaciones sin parangón en ninguna otra pirámide del Imperio Antiguo. A la cámara se bajaba desde el exterior por un corredor en rampa. Cuando el extremo superior de esta rampa hubo de ser cegado para construir las ampliaciones de la pirámide, se abrió un corredor con escaleras desde el templo funerario que, describiendo una gran curva, desembocaba en el tramo inferior de la rampa. Al término de ésta se guardaba, en una cámara a propósito, el rastrillo de piedra, de unos dos metros de longitud y tres toneladas de peso, que había de sellar definitivamente, como un gran tapón, el acceso desde el techo a la cámara del sarcófago. De la rampa de acceso parten, igualmente, galerías y escaleras que dan a los corredores y estancias que rodean la cámara del sarcófago. Muchos de estos anejos nunca estuvieron terminados, pero los que llegaron a estarlo, como un corredor y una habitación, revelan que su propósito era el de reproducir el interior de un palacio con los muros revestidos de placas de loza, inspirados en esteras, y con algunos relieves. Antes de que se hiciese la ampliación número tres de la mastaba inicial se abrieron a una profundidad de 32 m (esto es, a 4 m por debajo del nivel de la cámara del sarcófago) once tumbas para los hijos y mujeres del faraón. Probablemente estas tumbas no figuraban en el proyecto inicial. Antes de realizar la ampliación número tres, diez de las tumbas estaban ya ocupadas y sus pozos de acceso cegados. Sólo para la undécima tumba, seguramente aún libre, se hizo un acceso en escalera desde el exterior. 2. El templo funerario, situado al norte de la pirámide, adosado a su primer escalón. Se entraba en él por una puerta abierta en el muro oriental del correspondiente recinto. Era una puerta de piedra, imitación de una de madera, pero su material la hacía inmóvil y por tanto se hallaba abierta del todo. Puertas abiertas como ella, y también de piedra, hay varias en otros lugares del conjunto. Son un rasgo típico de la arquitectura del genial Imhotep, que trasladó a la piedra muchísimos elementos de los edificios de madera y adobe usuales hasta su tiempo. La puerta en cuestión da entrada a un corredor laberíntico que después de varios tramos con sus correspondientes recodos desemboca en dos patios. En uno de estos estaba la entrada al corredor número 10 de acceso a la pirámide. Al igual que los patios, las demás estancias del edificio, cuya traza seguramente reproducía la del palacio de Zoser, están duplicadas, como si su destino fuese el de servir de escenario a un ritual que debía cumplirse por partida doble en nombre del rey, una vez en función del Alto Egipto y la otra del Bajo. 3. El patio del serdab, esto es, el patio para la casa o cámara de piedra de la estatua del rey. Aquí se inventa ésta que en adelante será una institución típica del mundo funerario egipcio. El serdab ha de formar un todo indisoluble con la pirámide o con la mastaba. El original de la estatua hallada aquí en 1924 está custodiado en el museo de El Cairo; en Sakkara lo reemplaza ahora un vaciado en cemento. Sólo dos agujeritos que perforan la pared frontal del serdab ponían la estatua en comunicación con el mundo. El serdab está rodeado de una cerca discontinua de piedra, de modo que aquel armario de piedra pudiese ser visible desde cualquier punto del patio. Allí dentro, en la densa oscuridad, estaba sentada y petrificada la figura del rey, sólo enlazada con el mundo exterior por los dos diminutos orificios que le permitían seguir contemplándolo con sus ojos de cristal y aspirar el perfume del incienso de los sacrificios que allí fuera se hacían en su honor. Aún el vaciado de cemento que reemplaza a la estatua produce la impresión escalofriante de hallarse uno ante el rey-dios que vela sobre el mundo desde la oscuridad y el silencio pavoroso de su tumba. Poco importa que tanto sus ojos de cristal, incrustados en cuencas de cobre, como su nariz y su barba ritual, hayan sufrido las consecuencias de las depredaciones, porque la majestad que emana de aquella cabeza de león, con sus ojos hundidos y sus mejillas huesudas, permanece incólume. La mano izquierda descansa en el muslo, juntos los dedos, tensa y abierta, la palma boca abajo. Esta postura de la mano izquierda produce tal impresión de energía y de poder, que todos los faraones del futuro la harán suya en sus estatuas. Aun sin ignorar sus precedentes, que sin duda los tuvo, la estatua de Zoser es la primera representación de un ser humano con que el arte egipcio acierta a conmover profundamente al espectador. Conste que para el egipcio de entonces aquella estatua no era ni una obra de arte ni una especie de momia de piedra, sino mucho más: la única sede adonde el ka errante del faraón podía retomar a la vuelta de sus muchos y largos peregrinajes. Era de rigor, por tanto, el protegerla en aquella caja fuerte, el serdab, pues necesitando el ka de una apoyatura exterior en donde asentarse, si por cualquier accidente la estatua fuese destruida, se acabaría al punto la existencia eterna del ka. 4. Patio meridional. Tiene este enorme patio en su lado norte, al pie de la pirámide y casi en la prolongación del eje de la misma, un altar con rampa de acceso. En medio del patio, y en línea con el mismo eje norte?sur, se encuentran dos construcciones de planta en forma de B. Aunque no hay seguridad de cuál era el verdadero objeto de estos elementos, se les considera términos o metas de la carrera ritual del faraón. Por el lado oeste, paralelos al patio y a la muralla exterior, corren dos anchos bancales, el primero de techo plano, pero con fachada de resaltes; el segundo, de techo convexo, como la Mastaba Sur. Este segundo bancal tal vez contenga las tumbas de los servidores de Zoser, pero lo deleznable de la roca del subsuelo ha impedido su excavación sistemática. 5. Pórtico de acceso. Es una especie de sala techada y columnada, de 54 metros de largo, perpendicular a la angosta puerta de entrada al recinto. El techo es plano, de cara interior acostillada, esto es, cubierta de molduras convexas adosadas unas a otras; también las columnas están estriadas así de arriba abajo, con esas costillas convexas. Pero estas columnas no están exentas, sino adosadas a lienzos de pared que arrancan de los muros laterales a un lado y a otro de lo que así se convierte en un corredor central flanqueado de columnas. La luz entraba por ventanucos situados en lo alto del muro de fondo de cada capilla. El destino de las capillas se desconoce. Han podido estar ocupadas por estatuas del rey, a un lado como rey del Alto Egipto y al otro como rey del Bajo. Las capillas son cuarenta, número muy próximo al de los cuarenta y dos nomos en que Egipto estaba dividido; por esta casi coincidencia se ha supuesto que cada estatua del rey estuviese acompañada del dios de un cantón. Grupos así han llegado a nosotros: por ejemplo, Mykerinos; pero la verdad es que las excavaciones no han proporcionado el menor indicio de nada semejante. De todas formas, las capillas parecen muy a propósito para la exposición de estatuas, pues cada una de sus altas ventanas haría incidir la luz precisamente sobre el fondo de la capilla del lado contrario del corredor. Al final de éste, y como tránsito al patio meridional, se cruza un pórtico octástilo, cuyo techo estaba sostenido por cuatro pares de columnas, enlazadas de dos en dos por un muro intermedio. Aquí se advierte con suma claridad que aún no se sabía el resultado que podría dar la columna de piedra, recién inventada, si se dejaba exenta del todo. Imhotep no quiso correr el albur de ponerla a prueba. Los techos eran también de piedra, planos y moldurados, imitando seguramente las vigas adosadas de madera de las mastabas, como las columnas parecen imitar un grueso haz de cañas. En la salida del patio meridional volvemos a encontrar la puerta abierta de piedra. Antes de seguir adelante, conviene observar que no obstante las grandes dimensiones del monumento, el modo de emplear la piedra es sumamente tímido y cauteloso. Los sillares son pequeñísimos, poco más que trasuntos de adobes; los tambores de las columnas no pasan de los 25 cm de altura. Por ninguna parte se ven bloques gigantescos como los utilizados en algunas mastabas de adobe, ni el sistema de sillería colosal propio de la arquitectura de las pirámides clásicas. No obstante, los ensayos de Imhotep habían de ser decisivos, tanto para éstas como para los templos. 6. El patio del Hebsed. Este patio y los edificios colindantes estaban destinados a que, después de su muerte, Zoser pudiera seguir repitiendo periódicamente, según el ritual prescrito, la ceremonia de su doble coronación. A cada uno de los lados largos del patio se alineaban las capillas de los dioses de los nomos del país. Cuando se dice capilla, uno piensa en un edificio con espacio interior; éstas no lo tienen, mejor dicho, sus interiores están rellenos de cascotes; son bloques macizos, de función puramente mágica, donde lo único que importa es la figura exterior. Delante de cada capilla hay un patinillo de entrada, delimitado por un muro bajo y provisto de una puerta abierta, imitada en piedra como de costumbre. Un muro interior, que parte del lado meridional del patio, obligaba al visitante a hacer un recorrido en zigzag antes de alcanzar al final un nicho de ofrendas, único espacio hueco que hay en cada capilla. Las fachadas de diez de las trece capillas del lado oeste del patio llevaban tres columnas adosadas entre las pilastras laterales, que simulaban sostener con éstas la cornisa curva del techo. Sus capiteles se componen de dos hojas puntiagudas, caídas a los lados del fuste, con un agujero en medio, probablemente para encajar en él un símbolo del respectivo cantón, quizá un estandarte. Las demás capillas del lado oeste, y todas las del este, parecen haber tenido fachadas lisas, solamente ribeteadas de una moldura convexa. En el extremo meridional del patio se conserva la Tribuna de la Coronación. Las fachadas de las capillas 3? y 4? del lado oeste del patio, inmediatas a la tribuna, presentan en sus fachadas respectivas sendos nichos a los que se subía por una escalinata descubierta. Es posible que los nichos estuviesen destinados a estatuas del faraón, en el norte como rey del Bajo Egipto y en el sur como rey del Alto. Por su proximidad a la tribuna, se cree que estas dos capillas representan los pabellones ocupados por el rey mientras los sacerdotes realizaban los actos previos a la doble coronación. 7. Desde la esquina suroeste del patio del Hebsed, un callejón lo enlaza con otro patio más pequeño. En éste se alzaba un edificio de medianas dimensiones, cuyo interior tenía un elegante vestíbulo, tres patios interiores y un grupo de cámaras. Dos muros perpendiculares al del lado oeste del vestíbulo acababan en columnas con estriado vertical, mientras que un tercer muro, de igual orientación, pero sin la columna, formaba con las anteriores dos capillas. Una vez más, se supone que estas estancias albergaban estatuas del rey o de dioses. H. Ricke ha observado la semejanza existente entre la planta de este edificio y la de una casa de la época descubierta en la misma Sakkara. Por ello ha supuesto que fuese la residencia del faraón durante el Hebsed, donde el rey se retirase entre las ceremonias para descansar y cambiarse de ropa, como lo exigía el complicado ritual. Relacionado también con el Hebsed debe de estar el grupo de estancias y corredores contiguos al callejón que enlaza el patio número seis con el pórtico número cinco, pero se desconoce la función precisa de estas edificaciones. 8. Patio del Santuario del Bajo Egipto. El templo se alza en su lado norte. La única puerta de éste da acceso a un corto corredor con dos recodos en ángulo recto que acaba en una diminuta estancia cruciforme con tres nichos para ofrendas o estatuillas. El resto del edificio está relleno de cascotes como las capillas del Hebsed. La fachada, de caliza de Tura, tenía una cornisa saliente y curva, como el techo, sostenida por dos pilastras laterales y cuatro esbeltas columnas con capiteles de hojas caídas. Por debajo de los capiteles se encuentra, en el fuste, un entalle cuadrado y dos pivotes en resalte, para sostener alguna insignia o estandarte. Ricke supone que este tipo de edificio es traducción a la piedra de un palacete de palos y esteras, y ha dado el diseño convincente de cuál podría ser su modelo. En un entrante del muro oriental del patio hay adosadas tres columnas de sencillos papiros, símbolos del Bajo Egipto. El lienzo de muro que adornan es uno de los más bellos rincones de Sakkara. Se ha dicho, con razón, que el trazado de esas flores tiene la frescura límpida de un amanecer de primavera. 9. Patio del Santuario del Alto Egipto. El santuario es una réplica del anterior, salvo que las pilastras laterales son acostilladas, no acanaladas, y que por encima de la puerta corría un friso de flores estilizadas. El patio es mucho mayor que el del norte. En el entrante de su muro oriental había una sola columna de capitel floreado, inspirado en el lirio o en el loto del Alto Egipto, un tema destinado a repetirse durante milenios en la arquitectura y en las artes suntuarias del mundo antiguo. 10. La mastaba meridional. En realidad hay aquí dos edificios contiguos, pero independientes. El primero es un templo, macizo también, cuya puerta se abre al patio meridional. Sus muros de hermosa sillería, se han podido restaurar hasta la altura del friso, adornado con prótomos frontales de cobras. Detrás de la puerta se encontraban dos cámaras alargadas, unidas en ángulo recto, todo lo demás era macizo. Dos hipótesis tratan de explicar este edificio: una lo relaciona con las funciones que desempeñase el patio número cuatro; otra lo considera templo funerario de la mastaba. La mastaba tiene planta de rectángulo alargado y estrecho, orientado de este a oeste. Parte de ella se internaba por debajo de la muralla exterior. La subestructura se parece en muchos detalles a la de la pirámide: un pozo vertical desciende a la cámara del sarcófago, revestida de granito rojo, y a otra donde se guarda el tapón de piedra que había de cerrarla. En un nivel superior se encuentran galerías y estancias revestidas de las finas placas de loza y de los relieves que también hemos visto antes en la pirámide. Zoser realiza en los relieves los actos rituales prescritos, lo cual indica que la tumba estaba destinada a él, bien en función de segunda tumba, como había sido usual hasta entonces, bien para sus entrañas, pues su cuerpo momificado fue enterrado casi con certeza en la cámara de la pirámide. Ningún otro faraón preparó para su vida de ultratumba un escenario tan amplio y suntuoso como Zoser; en ninguna pirámide se vuelve a encontrar, por ejemplo, el patio del Hebsed. Como hemos visto, muchos edificios son puramente simbólicos; forman parte de una escenografía como la que hoy se construye para rodar los exteriores de una película; a espaldas de sus fachadas no hay más que un relleno de piedra. Hubiera sido facilísimo dotarlos de un interior normal, pero no se hizo así, primero porque no era necesario, segundo porque los egipcios nunca mostraron interés por la organización de espacios interiores; mucho más que eso les importaba la colocación de los volúmenes en la luz exterior, la obra humana en el cosmos. No deja de ser sintomático que la decoración normal de sus pórticos sean las estrellas del firmamento, y que sus patios, carentes de la intimidad que la palabra patio sugiere, se asemejen más a lo que por plaza se entiende.
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EI arma de fuego consiste básicamente en un tubo cerrado por un extremo en el que se introduce, primero, una carga propulsora o impelente (pólvora) y después un proyectil. La carga puede verterse suelta a ojo, o empaquetada en un cartucho de papel, o en una vaina metálica. En los dos últimos casos, el proyectil o bala va unido al propulsor, lo que agiliza el proceso; además, la cantidad de pólvora va medida previamente, garantizando un comportamiento más homogéneo y predecible del proyectil. El disparo se produce cuando se aplica fuego o chispa a la carga, que deflagra y produce gases expansivos que sólo pueden escapar por la zona de menor resistencia, en este caso la boca abierta del ánima, para lo que primero deben expulsar a gran velocidad el obstáculo que supone el proyectil. Lógicamente, para aplicar una chispa a a carga propulsora que se aloja en el extremo cerrado del ánima, espacio llamado recámara, es necesario comunicar ésta con el exterior mediante un pequeño orificio llamado oído. En las más primitivas armas de fuego portátiles, el sistema para prender la pólvora -aplicar un carbón o una mecha al oído- impedía apuntar bien, y era engorroso, ineficaz (sobre todo en tiempo húmedo o en combate) e incluso peligroso. De modo que, desde el principio, se buscaron medios mecánicos de aplicar una chispa a la pólvora de la recámara a través del oído, que simplificaran y agilizaran la operación. Lógicamente un arma, que ha de soportar el maltrato de la campaña, exige mecanismos fiables y sólidos, y a ser posible sencillos. La historia de las armas de fuego portátiles es una lenta evolución hacia este objetivo. Por otro lado, es evidente que cuanto más largo sea el tubo del cañón o ánima, durante más tiempo impulsarán el proyectil los gases en expansión, y será pues mayor su velocidad inicial al salir por la boca, y en consecuencia mayor el alcance y la tensión del tiro, lo que redunda en mayor precisión. Como la deflagración de la carga produce una reacción o retroceso del arma, el tamaño de la carga de pólvora está limitado, de modo que a menudo la longitud del cañón es un criterio decisivo. La pistola es un arma portátil individual que sacrifica la mayor parte de la longitud del cañón para poder ser enfundada y sujetada a la cadera o al torso con relativa comodidad, o colocada en las pistoleras de una silla de montar; puede incluso disimularse entre las ropas. A cambio de esta ventaja, imposible en un arma más larga -carabina o fusil-, se sacrifican potencia o capacidad de detención, alcance y precisión salvo a muy corta distancia. No es la pistola un arma especialmente útil en guerra abierta, dadas estas limitaciones. Sólo en combates a muy corta distancia (lucha urbana, cuevas, asalto a trincheras), en labores de vigilancia o centinela en retaguardia, o como arma secundaria en dotaciones de vehículos tiene alguna utilidad. Su historia es tan antigua como la de familia de los fusiles y, hasta el s. XIX, ha compartido con ellos el desarrollo del mecanismo de fuego, aplicado a un cañón muy corto y a una culata que se reduce a empuñadura. Aunque el principio descrito se aplicó inicialmente (en la primera mitad del s. XIV) a grandes tubos no portátiles o cañones, pronto surgieron las culebrinas de mano, e incluso primitivas pistolas, armatostes con un oído de hasta un cm. de diámetro que se encendía mediante una brasa o mecha sostenida con la mano izquierda, orificio por el que se escapaba buena parte de los gases impelentes, que impedían apuntar al tiempo que disparar, y a menudo exigían un ayudante que sujetara el arma; sin embargo, seguían siendo empleadas en la década de 1520. Muy pronto, sin embargo, se inventó un mecanismo más eficaz, la llave de mecha o de serpentín. No sabemos exactamente cuándo ni dónde apareció, aunque se documenta ya a principios del s. XV. Se basa en una pieza de hierro ondulada en forma de serpiente, basculante en torno a un eje central sujeto a la caja de madera del arma, y que abraza en su extremo superior una mecha encendida. En la versión más primitiva, el tirador hace bascular la serpiente con la mano, aproximando la mecha al oído. Pronto se mejoró el sistema, y junto al oído se fijó una pequeña cazoleta, sobre la que se colocaba una pequeña cantidad de pólvora fina o cebo. Al accionarse el disparador (a menudo llamado gatillo) retenido por un muelle de lámina doblada, bascula el serpentín y acerca la mecha encendida al cebo, que se inflama y trasmite la llama a la recámara través del oído, produciéndose el disparo. El mecanismo exige una mecha siempre encendida, lo que no era fácil en condiciones de combate, pese a lo cual perduró, perfeccionándose con una pletina a la que se fijaban por el interior de la caja las distintas piezas que componen la llave, quedando protegidas de golpes. Distintos modelos de llave de serpentín han estado en uso hasta el s. XIX, pero en Europa occidental este sistema fue desplazado a lo largo del s. XVI - XVII por nuevos mecanismos que no exigían mecha: la llave de rueda, que funcionaba según un principio similar al de los mecheros modernos, y la de chispa. Ya en el Codex Atlanticus de Leonardo da Vinci (hacia 1508) aparece el dibujo de una llave de rueda muy elaborada aunque frágil y, hacia 1520, el modelo era común. En 1515 una prostituta fue herida accidentalmente en Augsburgo por un tal Laux Pfister, que disparó torpemente un arcabuz del nuevo tipo... la estupidez no conoce fronteras temporales. La idea básica de esta llave es que el cebo colocado en la cazoleta no se enciende mediante una mecha encendida, sino mediante chispas provocadas por una pieza de pirita de hierro. Mediante una llave separada, se daba cuerda a un disco o rueda cuyo eje iba unido a un muelle mediante una cadena articulada. Al accionarse el disparador, se liberaba el muelle y la rueda giraba a gran velocidad. Contra la rueda rozaba la pieza de pirita, presionada por otro muelle. El rozamiento giratorio de la rueda con la pirita hacía saltar chispas que prendían el cebo y este a su vez, a través del oído, la carga principal. Las ventajas del sistema son evidentes, y entre ellas está su escaso movimiento en el disparo. Sin embargo, la rueda era un mecanismo delicado, con muchas piezas sometidas a desgaste mecánico, de modo que cuando, en la segunda mitad del s. XVI, apareció la más basta pero sencilla llave de chispa o de pedernal, la de rueda quedó limitada hasta el s. XIX a piezas de lujo y fusiles de caza. La llave de chispa, en sus diferentes variantes, sería la generalmente empleada desde el s. XVII y hasta después de las Guerras Napoleónicas, ya entrado el s. XIX. Las pistolas siguieron básicamente esta línea evolutiva, al igual que los fusiles. La cantidad de variantes es casi infinita, así como los experimentos con pistolas de varios cañones, varias recámaras, etc., realizados sobre todo a partir del s. XVII. Hay ya datos sobre pequeños cañones de mano portátiles, de un palmo de longitud, en Italia hacia mediados del s. XIV. En la primera mitad del s. XVI aparecen armas cortas de serpentín asignadas a tropas de caballería, incluyendo algunos intentos primitivos de armas de repetición, con varios cañones rotatorios, cada uno con su cazoleta, y un solo serpentín. La aparición de la llave de rueda fue lo que permitió la fabricación de las primeras pistolas propiamente dichas, utilizadas sobre todo para armar tropas de caballería, como los Reitres o pistoletes alemanes que, hacia 1520, llevaban dos o cuatro con las que cargaban en columna pero, antes de llegar al choque, descargaban sus pistolas sobre la formación enemiga y volvían grupas para recargar y dejar espacio al jinete de detrás que repetía el proceso. Mediante este sistema se podía, en teoría, mantener un fuego continuo sobre las tropas enemigas sin llegar al choque y el sistema fue adoptado por varios ejércitos. Pronto, sin embargo, los generales se dieron cuenta de que la cartacola favorecía una escaramuza indecisa, y llegaron a prohibir el uso de la pistola en el campo de batalla, en favor del acero de la espada, reservando el arma de fuego para las labores de centinela. Las pistolas de rueda alcanzaron más eficacia como armas de uso civil: su pequeño tamaño y ausencia de mecha permitían llevar armas ocultas entre la ropa; esto llevó a algunos intentos -sin éxito- de prohibir estas armas cortas de rueda. De todos modos, la compleja y cara llave de rueda fue siempre un arma de lujo que no sustituyó a la de mecha, y que sería finalmente desplazada, en fusiles y pistolas, por la más sencilla llave de chispa.
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Después de que Francia destituyera al sultán en Rabat, la administración española en Marruecos le siguió reconociendo como el legítimo líder marroquí. García Valiño, además, permitió que los nacionalistas se refugiaran en el Protectorado español, desde donde se prepararían incursiones a la zona francesa. Esta política tenía como objetivo desconcertar a los franceses y obtener la amistad de los marroquíes, pero no se pretendía favorecer la independencia. La actitud de Franco parecía estar dominada por la memoria de la fidelidad que las tropas marroquíes habían demostrado bajo su mando en los años 20 y durante la Guerra Civil y expresó su opinión personal de que la independencia de Marruecos estaba muy lejana. Sin embargo, García Valiño no pudo evitar una ola de huelgas nacionalistas, manifestaciones y actos terroristas que estallaron en el Protectorado a finales de 1955 y continuaron al año siguiente. En ese momento, París cambió su política y se preparó para retirarse. Permitió que se formara un gabinete nacionalista en Rabat a finales de 1955. Previamente se había nombrado a tres nacionalistas para posiciones destacadas en la administración de la zona española y el 13 de enero de 1956 el Consejo de Ministros español acordó que pronto habría que negociar la independencia con Marruecos. En marzo de 1956 Francia otorgó oficialmente la independencia a su zona y un mes después, el Gobierno español, ante los disturbios constantes en su Protectorado, no tuvo más remedio que hacer lo propio. Era un final amargo para Franco. Era el final de la Guardia Mora, la Guardia personal montada, de atuendo llamativo, seleccionada entre los marroquíes que más se habían destacado en su círculo personal. García Valiño, un diminuto general con gran prestigio en la jerarquía militar, se sentía como si le hubieran traicionado. Franco le había animado a que tomara una postura firme ante los problemas del Protectorado en 1955, pero luego le abandonaría sin instrucción alguna, para después hacerle culpable de haber dejado que se perdiera el control. La política española demostró que no existía ninguna relación especial ni entendimiento con Marruecos, sino sólo confusión y contradicción. La pérdida repentina del Protectorado también fue un duro golpe para el orgullo de los militares veteranos que habían comenzado sus carreras allí. Los salarios en el Ejército también se estaban quedando muy bajos en relación con la inflación galopante y empezaron a aparecer los primeros signos de descontento entre los militares, a la vez que la oposición política se dejaba oír por vez primera en cinco años. El general Antonio Barroso, que recientemente había sido nombrado jefe personal de la Casa Militar de Franco, expresó su opinión de que el cuerpo de oficiales no estaba tan unido como hacía unos años, porque sentían que el Gobierno no respondía ante sus problemas, y que los ministros permanecían en el cargo demasiado tiempo. Poco antes de la retirada de Marruecos, se había expulsado a dos cadetes de la Academia Militar de Zaragoza por destrozar un retrato de Franco y, a principios de 1956, se formaron pequeñas Juntas de Acción Patriótica en los cuarteles de Madrid, Barcelona, Sevilla, Valladolid y Valencia. Franco respondió con su calma habitual, restó importancia a los hechos y se negó a admitir lo que estaba ocurriendo. Los límites de la disidencia dentro del Ejército quedan claros en el caso de Juan Bautista Sánchez, el capitán general rellenito, con gafas, popular y de tendencias monárquicas. Desde comienzos de 1950 se encontró regularmente con el conde de Ruiseñada, el representante de don Juan, que al parecer tenía pensado liderar un pronunciamiento pacífico para obligar a Franco a restaurar la monarquía. Sus maniobras no eran ningún secreto y parece que Franco le manejaba en parte a través de la relación personal que mantenía Sánchez con el Ministro del Ejército, Muñoz Grandes, un viejo camarada de los años en Marruecos. Se cuenta que durante unas maniobras en el otoño de 1956 un teniente coronel al mando de dos batallones de la Legión, le dijo al Capitán General que sus tropas sólo recibían órdenes del Caudillo. Cuando hubo otra huelga de transportes en Barcelona en enero de 1957, la inactividad de Sánchez recordaba su negativa a participar en la represión seis años antes. El Capitán General, que todavía no había decidido si debía lanzarse a una acción política, padecía del corazón y murió pocos días después durante unas maniobras de campo, de una angina de pecho. Hubo múltiples rumores, pero ninguna prueba de que hubiera habido juego sucio, y Franco se sintió aliviado de librarse de este jefe militar problemático. La pérdida del Protectorado no significó el final de las posesiones españoles en el noroeste de África. Quedaban las ciudades de población española, Ceuta y Melilla en la costa norte, el enclave de Sidi Ifni al sur de la costa atlántica de Marruecos, y Cabo Juby y el Sahara español al sur del país, así como la Guinea española. El nuevo Estado marroquí pretendía recuperar todos esos territorios que se encontraban a lo largo de su frontera y el blanco más fácil era Ifni que estaba rodeado por tres lados por tierra marroquí. El 23 de noviembre de 1957 las fuerzas marroquíes se lanzaron al ataque. Se pudo controlar, aunque con dificultad, pero al mes siguiente hubo otra ofensiva, esta vez cerca de El Aaiún, capital del Sahara español. En febrero de 1958 se restableció la tranquilidad y el Ejército mostró su firme apoyo al Régimen en momentos de peligro. Aunque estos asaltos no suponían por el momento un amenaza seria a los restantes territorios españoles, eran indicativos de la fuerza que tenían los marroquíes y planteaban serias dudas acerca del futuro. Se cedió el distrito de Cabo Juby en la frontera sur de Marruecos, pero el Gobierno no tenía ninguna intención de hacer más concesiones. Para fortalecer la relación de Ifni y el Sahara con España, ambos territorios recibieron el estatus de provincia española el 31 de enero de 1958, siguiendo la política que había seguido Portugal con sus propias posesiones en África. Se anunció que se enviaría a 30.000 emigrantes españoles al yermo y deshabitado Sahara, pero no llegó a realizarse. Por el momento, Ceuta y Melilla estaban a salvo, pero no se había hecho nada en el momento de la independencia para que el nuevo Estado de Marruecos reconociera la soberanía española. Las dos ciudades se convertirían en la manzana de la discordia en el futuro. El Régimen siempre quiso mantener el concepto militar del honor español, pero las fuerzas armadas e incluso de la policía estaban perdiendo puestos en las prioridades económicas del sistema. En los presupuestos del Estado, el Ejército pasó de tener un 30 por ciento en 1953 a un 27 en 1955, un 25 en 1957 y un 24 en 1959. A finales de los 50 en la policía armada se había reducido el número de miembros así como los costes, hasta el punto de estar por debajo de los niveles de la República. El total de 84.591 -incluida la Guardia Civil- en 1958 era proporcionalmente más bajo que el total de 1935 y su porción del presupuesto bajó de un 6,3 por ciento antes de la Guerra Civil a un 5,3 en 1958.
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Las postreras ilusiones de Quirós Siete años dura la última estancia de Quirós en Madrid, y son posiblemente los años más desalentadores y amargos de su existencia. Por su historia, y sus innumerables memoriales, sabemos de la extrema miseria que padeció. Si llegó a Madrid sin un maravedí, su situación no mejoró, sino que empeoró, porque en vez de alegría por la grata nueva que traía encontró los más helados silencios o sonrisas conmiserativas. En los once primeros días de permanencia en Madrid, no teniendo con qué comprar tinta y papel, y hacer memoriales a Su Majestad, según cuenta él mismo, valióse de ciertas hojas sobrantes en un antiguo cuaderno, y cortadas, las cosió, y lo enmendado suplió con remiendos de otro pegado encima. De este modo escribió el primer memorial, y para poder imprimirlo tuvo que vender una capa; para el segundo memorial, dos sábanas, y para el tercero, la bandera del rey que había ondeado en las Tierras del Espíritu Santo. Pasa hambre. Cada día va peor vestido, y por ello añade: aquí aprendí a buscar en la iglesia donde arrodillarse, de modo que no fuese visto el mal calzado, y no por eso dejó de decirme un perulero: "malos zapatos trae el segundo Colón"; y a quitarme el sombrero con la copa hacía mí, porque no se vieren las banderillas de su aforro; y a no sacar los brazos, por no verse hechas las mangas hechas andrajos, ni a descubrir la capa, por no mostrar los harapos de todo el vestido... Pues bien, este hombre hambriento, harapiento, que ha encontrado prácticamente cerradas las puertas de los Consejos, por los informes negativos que están llegando a la Corte, será capaz, gracias a su pluma, no sólo de que se le vuelvan a abrir los despachos en los Consejos de indias y de Estado, que se entreviste con el rey, sino que su popularidad por su empresa se difunda por toda la Europa Occidental, y, concretamente en las dos potencias más interesadas: Holanda e Inglaterra. Todo ello es posible gracias a su tenacidad escribiendo y publicando Memoriales, en los que ensalza la belleza de los parajes por él visitados, las riquezas de sus tierras, y sobre todo, los inmensos beneficios que se pueden lograr, llegando la cruz de Cristo redentor a tantos millones de indígenas, que viven idolátricamente. Pero a pesar de que sus despachos son atendidos, de que es recibido sucesivamente por el conde de Lemos, duque de Lerma, Montesclaros, etc., Quirós se da cuenta de que su empresa ha dejado de interesar. Tiene una baza a su favor: el rey Felipe III sigue embelesado en la conversión de los millones de paganos que la evangelización de la Tierra del Espíritu Santo puede proporcionar. Gracias al monarca se le conceden quinientos ducados, con los que de momento puede pagar a sus muchos acreedores. A pesar de las diligencias del monarca, sus consejeros vacilan, pues independientemente de la veracidad de las afirmaciones del navegante portugués, una nueva expedición no entra en la política poco expansiva del momento, entre otras razones por los dramáticos momentos pecuniarios de las arcas del erario público. Conforme pasan los días, el nerviosismo del portugués aumenta, y amenaza con marcharse de España. Se ha convertido en un huésped verdaderamente incómodo, y más cuando sus escritos se están leyendo en los Países Bajos e Inglaterra51. Se le intenta enviar a Perú, pero no quiere, sin antes conocer el contenido de los despachos. Al fin accederá a irse cuando le extiendan una real cédula por la que se le ordenaba el apresto de la armada pretendida. Esta cédula, más las garantías personales que el nuevo virrey del Perú, príncipe de Esquilache, le dio fueron bastantes para dirigirse a Sevilla, donde embarcó en compañía de su mujer y de sus dos hijas. Los quebrantos, sinsabores, hacen mella en la salud de Quirós; apenas llega a Panamá ve cómo sus fuerzas decaen, y su ilusionada místico-descubridora se apaga. Pedro Fernández de Quirós, de unos cincuenta años, general de las regiones austriales del Espíritu Santo, moría a orillas del Océano, que él había querido desvelar hasta sus últimos confines.
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Don Miguel de Mañara será el encargado de concluir las obras de la nueva iglesia de la Hermandad de la Santa Caridad. Valdés Leal pinta dos de las obras más interesantes del conjunto: In ictu oculi y Finis Gloriae Mundi, obras en las que se hace una reflexión sobre la brevedad de la vida y el triunfo de la muerte. En In Ictu Oculi aparece la muerte llevando debajo su brazo izquierdo un ataúd con un sudario mientras en la mano porta la característica guadaña. Con su mano derecha apaga una vela sobre la que aparece la frase "In Ictu Oculi", en un abrir y cerrar de ojos, indicando la rapidez con la que llega la muerte y apaga la vida humana que simboliza la vela. En la parte baja de la composición aparecen toda una serie de objetos que representan la vanidad de los placeres y las glorias terrenales. Ni las glorias eclesiásticas escapan a la muerte -por lo que aparece el báculo, la mitra y el capelo cardenalicio- ni las glorias de los reyes -la corona, el cetro o el toisón- afectando a todo el mundo por igual ya que la muerte pisa el globo terráqueo. La sabiduría, las riquezas o la guerra tampoco son los vehículos para escapar de la muerte. La filosofía barroca de la "vanitas" difícilmente puede plasmarse mejor en un lienzo. El cuadro está rematado en un arco de medio punto y compositivamente sigue un esquema triangular en el que se inscriben un amplio número de diagonales que dotan de mayor ritmo al conjunto. Tras contemplar la rápida llegada de la muerte nos enfrentamos con la horrible visión del final de las glorias mundanas. En el interior de una cripta vemos dos cadáveres descomponiéndose, recorridos por asquerosos insectos, esperando el momento de presentarse ante el Juicio Divino. Se trata de un obispo, revestido con sus ropas litúrgicas, mientras que a su lado reposa un caballero de la Orden de Calatrava envuelto en su capa. En el fondo se pueden apreciar un buen número de esqueletos, una lechuza y un murciélago -los animales de las tinieblas-. En el centro del lienzo aparece una directa alusión al juicio de las almas; la mano llagada de Cristo -rodeada de un halo de luz dorada- sujeta una balanza en cuyo plato izquierdo -decorado con la leyenda "Ni más"- aparecen los símbolos de los pecados capitales que levan a la condenación eterna mientras que en el plato derecho -con la inscripción "Ni menos"- podemos ver diferentes elementos relacionados con la virtud, la oración y la penitencia. La balanza estaría nivelada y es el ser humano con su libre conducta quien debe inclinarla hacia un lado u otro. Compositivamente también nos encontramos con una obra organizada por un triángulo en el que se inscriben varias diagonales que aportan mayor ritmo al conjunto. Valdés Leal ha empleado una iluminación absolutamente teatral al incidir sobre los cadáveres de primer plano con un potente foco procedente de la izquierda mientras el fondo queda en penumbra y la mano de Cristo recibe la luz dorada. El colorido es también muy sobrio, dominando los blancos, grises y marrones que aportan mayor intensidad a los rojos. Como bien dice E. Valdivieso "las ideas de Mañara, que traduce la iconografía de estas pinturas, son bien claras y concisas; en ellas se advierte que la muerte priva al ser humano de todas sus glorias y placeres, que no podrá llevarse al otro mundo. (...) Para contrarrestar el inevitable cúmulo de pecados que se cometen (...) y lograr la salvación eterna en el momento del Juicio, es necesaria la práctica de la oración, la penitencia y la caridad".
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La agresión del gigante soviético a la pequeña Finlandia ha levantado oleadas de protesta en todo el mundo y especialmente en Europa, y ha atemorizado a los países bálticos escandinavos. Los europeos, desorientados en un primer momento, reaccionan pronto, mucho más pronto que ante la agresión de Polonia y mucho más intensamente. Los esfuerzos europeos para ayudar a los finlandeses son enormemente mayores que los desplegados para defender a Polonia. El anticomunismo hace milagros, y material, propaganda, apoyo diplomático, voluntarios llegarán, como veremos, a Finlandia. Se formará incluso un frente anti-soviético -léase anticomunista- que encabezarán Gran Bretaña, Francia, Italia y Hungría. Casi se llegó a olvidar, recuerda Petácco, que se estaba en guerra con Alemania, y no con la URSS; y, dice Westwood, todo ello contrastaba con la apatía anterior en el caso polaco. A lo largo de los tres meses de conflicto, y pese a estar condicionada por diversos factores, la ayuda a Finlandia llegará con relativa abundancia y se producirá una verdadera intervención extranjera con alguna semejanza de la guerra civil española. Esta guerra será también bastante dróle, pero bastante menos Sitzkrieg que la del oeste. Estados Unidos, neutral en 1939, es el principal apoyo de Finlandia y el mayor enemigo ideológico de la URSS. Aquí se crea un Comité de Ayuda a Finlandia, presidido por Hoover, que va a canalizar la ayuda del presidente Roosevelt y la privada. La colonia finlandesa y su lobby enviaron mucha ayuda. La Prensa se volcó en favor del país agredido. Gran Bretaña temía a Hitler y a la guerra, tenía simpatías hacia Finlandia, pero no deseaba irritar a la amiga URSS. Lo mismo sucederá en Francia, que se mostrará, con todo, más partidaria de una acción militar contra los bolcheviques. Los países escandinavos estaban, lógicamente, preocupados. En un primer momento apoyarán con material y voluntarios a Finlandia; Suecia será canal oficioso durante el conflicto y hará de mediador en las conversaciones de paz, pero acabará negándose, a partir de febrero sobre todo, junto con Noruega, al permitir el tránsito de tropas extranjeras por su territorio. El comportamiento de ambos países será el más digno y el menos contaminado por la paralela guerra ideológica. Fueron muchos los planes para atacar a la URSS. Hubo presiones de los aliados sobre Hitler (éste es un campo que no ha sito tocado por los historiadores, como dice Petacco) para desviarlo hacia la URSS, pues "era la ocasión para Occidente de acabar con los bolcheviques", como deseaban los británicos. De este intento occidental se sabe apenas lo que explicó el ministro alemán Speer: "Hitler no tenía intención de ayudar a los finlandeses, pese a que los alemanes eran solidarios con Finlandia, porque, por el momento, le era más conveniente su pacto con la URSS, que les iba a permitir conquistar el oeste sin problemas en el este". La única preocupación de Hitler eran las consecuencias estratégicas y el riesgo de ser atacado por detrás -ésta será una de las razones de sus ataques a Dinamarca y a Noruega-. Mussolini, en cambio, era partidario de "hacer algo" y de "desviar" la guerra del oeste al este (carta a Hitler del 3 de enero de 1940): "en el oeste es preferible la paz, también porque podía entrar en guerra Estados Unidos". De lo que no hay duda, es de que Hitler habrá reflexionado largamente sobre la propuesta... En cuanto a los aliados, éstos se preparan para el ataque a la URSS. El Sunday Times sugiere bombardear los pozos petrolíferos de Bakú -de la URSS, un país aliado-. Un periodista de Associated Press, D. Middleton, comentaba: "En muchos ambientes británicos se afirma que en primavera marcharemos todos contra los rusos. Incluidos los alemanes, naturalmente". En enero-febrero se planeó un ataque por Petsamo, en el que intervendrían también exiliados polacos, que fue vetado por Londres. Un plan para bloquear el puerto soviético ártico de Murmansk quedó en suspenso. Otro ataque debería ejecutarse a través de Turquía y el mar Negro, contra Crimea y el Cáucaso, partiendo de Siria -francesa-, donde el general francés Weygand había sido enviado con 100.000 hombres desde el comienzo del conflicto: "penetraría en la URSS", decía el general, "como el cuchillo en la mantequilla". Mientras, se formaban los primeros contingentes de voluntarios para apoyar a los finlandeses. Lady Astor organizaba los reclutamientos, y el hijo de Roosevelt, Kermit, fue puesto al mando de un cuerpo finlandés-americano. Los suecos enviaron dos batallones, y llegaron a Finlandia voluntarios británicos, daneses, húngaros, etc.; todos ellos entraron en combate en varios puntos. Los suministros de material y dinero fueron importantes. Algunos tomaron el aspecto de compras al exterior, para evitar violar la neutralidad finlandesa. Las armas que no se habían encontrado para Polonia, nos dice Battaglia, llegaron a Finlandia: unos 300 aviones (no todos acabaron siendo entregados), 700 cañones, 5.000 ametralladoras y otro material, enviado por Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña sobre todo, pero también de Italia. Sólo los Estados Unidos enviaron 30 millones de dólares -10 el gobierno y el resto la banca privada-. La semipausa de enero-febrero ha ayudado a los soviéticos. Estos han hecho experiencia a su costa y cambian de táctica. Hay que contrarrestar a la guerrilla. Y nada de penetraciones relámpago con vehículos que acaban no pudiéndose mover. Los soldados soviéticos van a mejorar su adiestramiento, los mandos son más competentes. La coordinación también mejora, y bombardeos mucho más eficaces preceden los ataques. Los soviéticos abandonan las operaciones masivas en otros frentes para concentrarse en el istmo, donde es más fácil moverse y donde se hallan los centros vitales finlandeses. Se aumenta el número de soldados, llega al frente del istmo el XIII ejército. Las fuerzas del frente norte son colocadas bajo el mando del mariscal Shtern; las del frente sur, bajo el mariscal Timoshenko, uno de los mejores generales soviéticos. Ya en las últimas batallas de la primera etapa de la guerra, sobre todo en la de Kuhmo -finales de enero-comienzos de febrero de 1940- los soviéticos habían sido derrotados, pero habían resistido mejor y no todo había sido fácil para los finlandeses.
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En la primavera de 1941, el poderío germano se manifiesta inamovible y amenazador para sus adversarios e incluso para los países neutrales. La práctica totalidad del espacio europeo se encuentra directa o indirectamente intervenido por él, y todo parece propiciar el momento de lanzarse a la gran aventura del ataque contra su aliada la Unión Soviética. Esta decisión, que se presentaba como la más adecuada para la culminación de los proyectos expansivos plasmados a partir de 1938, era la realización material del ideario nazi de expansión hacia el este, en busca de un "espacio vital" sobre el cual el pueblo alemán pudiese realizar su futuro como nación. Pero de hecho, la Unión Soviética no tardaría en convertirse en la verdadera tumba del pretendidamente milenario Reich. 1941 fue, por ello, el año del gran error para la Alemania nazi. En abril, los británicos habían conseguido liberar Etiopía, poniendo así fin a los sueños imperiales de Mussolini. Sin embargo, las islas continuaban sufriendo todavía los efectos de los bombardeos y del bloqueo naval establecido por los submarinos alemanes para impedir su necesario aprovisionamiento. Los escenarios del Oriente Medio, por su parte, tampoco dejaban de presentar problemas al Gobierno de Londres, que veía amenazada su presencia en ellos debido al auge de la influencia alemana y a la dependencia que algunos territorios tenían del Gobierno títere de Vichy. Para entonces resultaba evidente el hecho de que las colonias británicas y holandesas del Extremo Oriente y Asia meridional se encontraban directamente expuestas a la penetración japonesa, que se anunciaba ya inminente. Así las cosas, cuando el día 22 de junio de 1941 las fuerzas de la Wehrmacht penetran de forma repentina en territorio soviético y comienzan un rápido avance sobre el mismo, todo parece indicar el fin de cualquier clase de resistencia a la voluntad de las potencias fascistas. Pero no sería necesario el transcurso de muchos meses para comprobar que esta decisión de Berlín iba a resultar tan desastrosa como la prepotencia japonesa al lanzarse contra los Estados Unidos en el mes de diciembre. Durante aquel verano, Gran Bretaña y la Unión Soviética alcanzaron un acuerdo de ayuda mutua, al que en los siguientes meses vendría a unirse el Gobierno de Washington. Stalin, situado en una posición desesperada, solicitó a Churchill la apertura de un segundo frente para aliviar la presión que los alemanes ejercían sobre los centros vitales del espacio soviético. Pero, por el momento, la debilitada Inglaterra apenas podrá comenzar a reponerse de los efectos de los sistemáticos bombardeos sufridos durante meses, y debe esperarse por tanto a la entrada en la guerra de la gran potencia transatlántica. Mientras tanto, el Reich, que parecía a punto de conseguir someter definitivamente a la Unión Soviética, con todas las consecuencias que este hecho supondría para el resto del planeta, encontraba en los países ocupados muestras de un espíritu de resistencia que iría progresivamente convirtiéndose en un elemento de grave preocupación para las autoridades impuestas. La lucha clandestina lanzada en contra del invasor, iniciada de forma débil y desorganizada, fue ganando en cohesión y medios, hasta conseguir establecer una estructura destinada a debilitar la presencia del ocupante. Los meses finales del año 1941 observan ya la presencia de formaciones de esta índole en la práctica totalidad de los países europeos afectados, y muy pronto aparecerán en los del Asia invadida por Japón. De forma paralela, desde los centros decisores del Reich se organiza el perfeccionamiento de los diversos sistemas existentes dirigidos tanto a la anulación de toda posible actitud oposicionista como a la realización de los planes integrantes de la llamada "Solución Final". La aniquilación de la totalidad de los grupos humanos considerados adversarios al régimen o "inútiles" para el nuevo orden impuesto había comenzado ya antes del inicio de la guerra. Pero en el transcurso de la misma las posibilidades de actuación de los cuerpos dedicados a esta tarea se ampliaron en todos los sentidos. Ahora, llegado el momento culminante del poderío alemán sobre Europa, las SS, la policía política y las mismas fuerzas armadas disponían de un campo casi inagotable para la realización de su destructiva tarea. En el verano de 1941, estos grupos podían actuar ya de la forma más impune sobre los inmensos territorios del Este. En este caso, la represión se ampliaba a la totalidad de la población de los mismos, ya que los eslavos no eran para el nazismo más que elementos productivos, susceptibles de ser eliminados para esta finalidad. Polonia era ya para entonces el mayor centro de exterminio de los grandes contingentes de judíos que ahora afluían desde todos los puntos de Europa. Mientras, se produce un sensible descanso en la actividad submarina alemana en el Atlántico, lo que no impide que millares de toneladas de buques y mercancías británicas y norteamericanas sean lanzadas al fondo del mar. Los Estados Unidos, aun dentro de su oficial neutralidad, comienzan ya por entonces a enviar fuertes ayudas materiales a la agredida Unión Soviética.
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El profesor Bango Torviso ha ofrecido últimamente una síntesis clarificadora del problema, insistiendo en que lo fundamental no es tanto la denominación en sí, como la verdadera comprensión del lugar que estas construcciones ocupan, desde un punto de vista tectónico y estructural, en el desarrollo de nuestra arquitectura medieval, mostrándose partidario, si fuera preciso, de acudir simplemente a referencias cronológicas con el fin de evitar confusiones en los no especialistas. En unos casos se trata de la adopción temprana y aislada de fórmulas propias de una arquitectura que luego definiremos como gótico, cuando en el entorno geográfico siguen dominando los ideales propios del Románico y el mismo edificio, en el conjunto de su concepción espacial o al menos en su envoltura perimetral responde aún a planteamientos románicos. Otras veces nos encontramos con monumentos conservadores que mantienen de forma inercial, y ya como arcaísmos, esas mismas concepciones, incluso en fechas muy avanzadas, cuando las soluciones góticas estaban plenamente asentadas. Lo que les caracteriza, en términos generales, es la yuxtaposición de dos sistemas constructivos diferentes, normalmente disponiendo bóvedas de nervios cruceros sobre unos elementos portantes románicos (el pilar cruciforme) y adoptando diferentes soluciones para acoplarlos. Será entrado ya el siglo XIII cuando nos encontremos con unas manifestaciones arquitectónicas que los historiadores, tradicionalmente, han considerado como representativas del período clásico. Si hasta entonces la ambivalencia de formas y procedimientos no había implicado la creación de espacios góticos ni la solución de los problemas lumínicos, en las grandes catedrales del siglo XIII no sólo arcos cruceros u ojivas estarán articulados desde la base, sino que de alguna manera, por su concepción espacial y el tratamiento de la luz, plasmarán esa imagen simbólica de la catedral como Jerusalén Celeste, transmitida por buena parte de los textos teológicos y literarios de la época. No obstante, es cierto que la desmaterialización total, es decir, el vaciamiento mural pleno y su sustitución por vidrieras y, por tanto, la metafísica de la luz coloreada tal y como se había experimentado en Francia, sólo se logró en León, ya en la segunda mitad del siglo. Volvamos ahora hacia atrás para situarnos en el momento histórico en que se ponen en marcha las canterías góticas en las catedrales del antiguo reino castellano. En 1217 Fernando III era proclamado rey en Valladolid después de que su madre, Doña Berenguela, hermana y heredera de Enrique I, le cediera sus derechos. En la ceremonia oficial estuvieron presentes los más importantes eclesiásticos castellanos del momento. Algunos de ellos, los obispos de Palencia (Tello), Burgos (Mauricio) y Toledo (Rodrigo Jiménez de Rada) recibieron comisión de la Santa Sede de defenderle frente a cualquier brote de rebeldía. Las crónicas recogen claramente el apoyo prestado al nuevo monarca por estos prelados que, en contrapartida y como señal de agradecimiento, recibirían importantes beneficios reales para sí mismos o para sus diócesis. Esta vinculación Iglesia-monarquía tendrá mucho que ver a la hora de entender la construcción de nuestras grandes catedrales. En 1219 el rey contraía matrimonio con una princesa alemana, Beatriz de Suabia, en la por entonces todavía catedral románica de la capital del Reino, Burgos. Las fuentes sitúan en 1221 ó 1222 la ceremonia solemne de colocación de la primera piedra de la que habría de ser la nueva iglesia madre de la urbs regia en presencia de su obispo, Mauricio, y del propio monarca. Cinco años después, en 1226, participaba el Rey Santo en otra inauguración, esta vez la que suponía la desaparición definitiva de la mezquita mayor de Toledo, después de casi ciento cincuenta años. En su lugar surgiría un espléndido edificio cristiano. Pero aunque los testimonios literarios retrasan hasta la fecha citada -1226- su acta oficial de nacimiento, las noticias histórico-documentales que poseemos nos permiten conocer que su construcción se había emprendido cuatro años antes, de modo que ambos edificios son perfectamente coetáneos. Es por tanto al comenzar la tercera década del siglo XIII cuando se ponen en marcha las dos primeras canterías catedralicias ya plenamente góticas desde su planteamiento de origen. Pero no podemos olvidar, junto con Burgos y Toledo, la actividad de otros talleres. Algunos, como el que levantaba por aquel entonces la catedral seguntina, se vieron obligados a renovar su ya obsoleto programa arquitectónico con el fin de adecuarlo a esa corriente francesa que, importada en algunas de sus soluciones desde las últimas décadas del siglo XII, sería después asimilada y difundida por las sedes episcopales más poderosas. Es así cómo fábricas románicas se reorientan hacia la arquitectura gótica (Sigüenza, Avila). Mientras tanto en Cuenca, apenas transcurrido medio siglo desde su reconquista a manos de Alfonso VIII (1177), un taller con personalidad propia alzaba una catedral, a la par que se fortalecía progresivamente una sede recién instaurada. Se estaba erigiendo ya la catedral conquense cuando se abren las canterías de Burgos y Toledo; un enorme vacío documental nos impide precisar con exactitud en qué estado de desarrollo se encontraban las obras cuando esto sucede, pero es posible que desde entonces su papel, en cuanto a la transmisión de novedades, quedase relegado a un segundo plano, ante el imparable crecimiento de las que se efectuaban en las dos capitales del Reino, la política y la religiosa, que contaban con más medios tanto económicos como humanos. Será algo más tarde, en 1232, cuando el obispo Juan Díaz, además canciller de Fernando III, decida poner en marcha el último de los talleres góticos del antiguo Reino de Castilla, el de la sede de Osma que él dirigía desde 1231. No hacía mucho tiempo que se había concluido una catedral y ya ni satisfacía las necesidades de culto ni estaba a la altura de las circunstancias. Al parecer el obispo utilizó para la nueva obra los materiales antiguos y respetó parte de la fábrica románica. Es así como al concluir el primer tercio del siglo los hombres que habitaban el territorio de Castilla ven elevarse ex nono sus grandes catedrales -Cuenca, Burgos, Toledo, Burgo de Osma- y cómo, ante el ejemplo de éstas, se remozan y amplían viejos edificios, hasta entonces apegados a las fórmulas románicas. Si tenemos en cuenta que al mismo tiempo se completaban los monasterios iniciados en el siglo anterior, el panorama justifica las palabras de un cronista de la época, Don Lucas, obispo de Tuy, que no puede ocultar su admiración cuando exclama: "O, quan bienaventurados estos tiempos...; pelean los reyes de España por ta fee, y en cada parte vençen; los obispos y los abades y clereçia hedifican monesterios, y los labradores syn miedo, labran los campos, crian ganados y gozan de paz y no hay quien los espante. En ese tiempo, el muy honrrado padre Rodrigo, arzobispo de Toledo, hedifico la yglesia toledana con obra marauillosa; y el muy sabio Mauriçio, obispo de Burgos, hedifico fuerte y fermosa la yglesia de Burgos; y el muy sabio Juan chançiller del rey Fernando, fundo la nueua yglesia de Valladolid, y dotola gloriosamente de muchas posesiones; este, pasando el tiempo, fue fecho Obispo de Osma y hedificó con grand obra la yglesia de Osma". En efecto, para entonces prácticamente la totalidad de la Península era cristiana a falta de la recuperación del reino de Granada. Por otra parte Castilla y León formaban un solo reino desde la muerte de Alfonso IX y el reconocimiento de su hijo Fernando como heredero del rey leonés en 1230. El texto del tudense refleja bien el equilibrio establecido, el nuevo orden de cosas que facilitará la actividad constructiva y que impregnará el ambiente en el que surgen nuestras grandes catedrales. Y en ese equilibrio de los tres órdenes el clero es el estamento al que nuestro cronista atribuye toda la responsabilidad edilicia. El obispo Guillaume de Seignelay, que regía la diócesis de Auxerre, en la Borgoña francesa, entre 1207 y 1220, impresionado por la novedad de las construcciones que se extendían a su alrededor decidió sustituir el viejo coro románico del edificio en que tenía su sede por otro nuevo, más elegante y más bello. Un cronista coetáneo se expresaba en estos términos: "Eodem tempore, circa novas ecctesiarum structura passim fervebat devotium populorum. Videns itaque episcopus ecclesiam suam Autissiodorensem structure antique minusque composite squalore ac senoi laborare... eam disposuit novam structuram et studioso peritorum in arte cementaria artificio decorare ...eamque fecit a posteriori parte fonditus demoliri, ut, deposito antiquitatis veterno, in elegantiorem juvenesceret speciem novitatis". Estas elocuentes palabras no encierran razón práctica alguna. No había ninguna necesidad de un edificio mayor; ni siquiera se utiliza la disculpa de la ruina o de un incendio. La verdadera razón queda claramente evocada y es puramente estética: para entonces, en todas las regiones se estaban construyendo edificios con nuevas estructuras; la iglesia de Auxerre había quedado anticuada, era preciso rejuvenecerla y dotarla de una decoración adecuada por expertos en arquitectura. Es evidente que Guillaume manifiesta un sentimiento estético cuando insiste en la necesidad de un edificio más elegante y más joven y nos describe la vieja catedral borgoñona como sucia y poco cuidada. Fue este mismo afán de modernidad el que movió a nuestros prelados, especialmente a las dos figuras clave en la introducción definitiva en Castilla del Gótico francés.
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Como acontece en otros territorios, peninsulares o no, las primeras edificaciones levantadas por el Císter en el Reino de León se van a caracterizar por la novedad de sus criterios decorativos y de sus planteamientos -en planta y alzado- respecto de las empresas erigidas en sus proximidades. Y ello en virtud de sus particulares mecanismos de organización interna, ya que el afán de evitar desviaciones llevaba con frecuencia a la abadía-madre a enviar a sus filiales a algún monje o converso, experto en obras, para trazar los planos y dirigir o supervisar la marcha de los trabajos de construcción del nuevo monasterio. Situada en Borgoña la Casa-madre de la práctica totalidad de los cenobios cistercienses leoneses, es normal que remita a esa región francesa lo esencial de sus formulaciones, que en un principio se aplicaron a las fábricas eclesiales y monásticas en general erigidas por los monjes blancos en el Reino leonés. Soluciones de esa procedencia tuvieron que evidenciarse ya en la iglesia construida en Sobrado tras su fundación cisterciense, esto es, en el templo que precedió al espléndido barroco que vemos actualmente. Comenzado, a juzgar por lo que cabe deducir de la documentación conocida, alrededor de 1150, fue la primera empresa levantada por la Orden con carácter definitivo, no provisional, en el conjunto peninsular. Prioridad que en modo alguno puede desligarse -es su lógico resultado- de la que también le corresponde a la abadía en el contexto fundacional del mismo territorio. Del trazado de los planos y de la dirección de los trabajos de este templo -también, obviamente, del bloque monástico- se encargó un religioso, no sabemos si monje o converso, de nombre Alberto, llegado a Sobrado desde Borgoña con la comunidad pionera. Su origen, lo que sabemos hoy de los hábitos constructivos de la Orden y las pistas que proporciona el edificio actual, sugieren que el anterior debió supeditarse escrupulosamente al esquema aplicado a partir de 1135 en Clairvaux, es decir, una iglesia con planta de cruz latina de tres naves, crucero marcado y cabecera con cinco capillas rectangulares, la central saliente, las laterales cerradas a oriente por un muro común plano. Aunque con menos seguridad, también cabe suponer para su alzado una ordenación análoga a la que, según todos los indicios, poseyó ese mismo templo claravalense, que no es otra que la que más abajo tendremos ocasión de comentar al analizar la abacial de Santa María de Oia, Pontevedra. La impronta borgoñona se aprecia también con claridad en la iglesia del monasterio de Armenteira, Pontevedra, iniciada en 1167, durante el mandato del abad Ero, según indican sendas inscripciones emplazadas en la capilla mayor. Este edificio, de pequeñas dimensiones, exhibe una planta de tipo basilical, con tres naves de cuatro tramos, crucero sin destacar y cabecera integrada por tres ábsides semicirculares, el central marcado, todos con tramo recto presbiterial. A pesar de su modestia, el templo no es un producto uniforme, sino el resultado de tres campañas de trabajos o, si se quiere, de dos; la primera, subdividida a su vez en dos fases. Todo en estas últimas, dominadas por una aplastante simplicidad -tipo de arcos, modelo de pilares, sistemas de cubrición, incluso la solución adoptada para la cabecera, frente a lo que una aproximación superficial podría sugerir-, remite a pautas foráneas, borgoñonas en concreto, siendo en la campaña final, al filo del año 1200 o muy a principios del siglo XIII, cuando se produce, como se dirá, la incorporación de sugerencias autóctonas o mejor, para ser más precisos, de progenie peninsular. En una fecha no muy diversa de la del arranque de Armenteira comenzaron los trabajos de construcción de la monumental abacial, hoy maltrecha, de Santa María de Moreruela. Ostenta una planta de cruz latina, con tres largas naves -nueve tramos- en el brazo longitudinal, crucero muy marcado y cabecera, de notable envergadura, compuesta por una capilla mayor semicircular precedida de tramo recto y un deambulatorio al que desembocan siete capillas radiales tangentes, con planta en forma de una especie de tímido arco de herradura, en algún caso incipientemente apuntado. Otras dos capillas, similares en su forma, pero de menores dimensiones -no superan, de hecho, el grosor del muro-, se abren, una por lado, en el frente oriental de los brazos del transepto. Valorada en su conjunto, una zona del templo de Moreruela -y así ha sido repetidamente indicado- destaca por su singularidad: la cabecera, análoga en lo esencial, pero no exactamente igual, a la que exhiben las abaciales también cistercienses y españolas de Poblet, Fitero, Veruela y, en parte, Gradefes, única del grupo destinada a una comunidad femenina. Lo infrecuente de una cabecera como la descrita en una empresa cisterciense -el resto de la planta se ajusta a procedimientos que cabe conceptuar como tradicionales dentro de la Orden- ha propiciado la elaboración de numerosas hipótesis sobre su origen, casi todas faltas de consistencia. Por mi parte, en fechas recientes y a partir de la combinación del perfil que por el exterior ofrece la corona de capillas radiales con la presencia en la zona oriental de la iglesia de determinados datos estructurales y decorativos, llegué a la conclusión -cito textualmente- "de que el punto de partida de tal solución, reelaborada con ingredientes de inequívoca filiación o procedencia borgoñona, se encuentra en empresas del norte de Francia -Ile-de-France y territorios próximos-, derivadas o inspiradas por el prototipo concebido en Saint-Denis bajo el mandato del abad Sugerio". La fundamentación de esta progenie, de la que se deducirán, como se verá, importantes beneficios para la significación de la fábrica de Moreruela dentro de la edilicia de la Orden del Císter, nos obliga a efectuar algún comentario sobre la secuencia constructiva de su cabecera. Hasta finales de los años ochenta, y aunque en alguna ocasión se había aludido a la existencia de desajustes, titubeos o cambios de planes en esa zona, nadie había cuestionado, en línea con las ideas expuestas a principios del siglo XX por Gómez Moreno, el primer investigador riguroso de nuestro templo, la homogeneidad de su fábrica. Corresponde el mérito de haber roto con ese criterio, en lo que toca a la cabecera del edificio, a Isidro G. Bango Torviso. Para él esa zona es producto, en definitiva, de dos campañas de trabajos, divididas cada una de ellas, a su vez, en subperíodos. En otro lugar he tenido ocasión de comentar pormenorizadamente la propuesta de Bango, imposible de glosar con detalle aquí por falta de espacio. Baste decir ahora que la comparto en sus grandes líneas, si bien discrepo de ella en varios aspectos y muy particularmente en dos: el alcance -punto de arranque y de terminación- de la intervención de cada uno de los dos talleres que participan en la construcción de la cabecera -o, mejor, de las parcelas más antiguas del templo, ya que su actividad se detecta también en otras zonas- y el origen de las fórmulas utilizadas por esos equipos. El primer aspecto, importante obviamente al enfrentarse con el estudio de la abacial, no repercute directamente en su valoración o consideración. Por ello y en aras de la brevedad, no entro a considerarlo aquí. No sucede lo mismo con la segunda cuestión, razón por la que me detendré en su exposición. Para Bango lo esencial, o la mayor parte de las soluciones o elementos empleados en la cabecera de Moreruela, depende de la catedral de Zamora, edificio no muy alejado del monasterio y con el cual su fábrica siempre se ha puesto en relación, oscilando las posturas de los arqueólogos en la concesión de prioridad a uno o a otro. Para mí, sin embargo, lo fundamental de los planteamientos de ambas iglesias nada o muy poco tiene que ver entre sí, debiendo explicarse sus semejanzas, que las hay, pero sólo en aspectos que hay que conceptuar como secundarios, como consecuencia, verosímilmente, de la formación de sus artífices respectivos en fuentes u horizontes comunes situados, sin duda, más allá de los Pirineos. Centrándonos sólo en el análisis de Moreruela, por ser el edificio que en esta ocasión nos incumbe, dos son los núcleos a los que remite la mayor parte de los ingredientes utilizados en sus zonas más antiguas: el norte de Francia (Ile-de-France y regiones inmediatas) y Borgoña. Son fórmulas o principios de una y otra filiación, más abundantes, en cualquier caso, los que apuntan al segundo bloque (apertura de capillas a los brazos del crucero; inserción de vanos encima de los arcos triunfales de acceso a las capillas radiales; superposición de columnas para apeo; modelos de capiteles; perfiles de nervios; composición de basamentos o zócalos, etcétera). El primero, por su parte, aporta tipos de capiteles y de basas; perfiles de cimacios e impostas; apéndices salientes del cuerpo de un capitel y de su parcela superior, pero integrados en el mismo bloque, para ampliar la superficie destinada al soporte; ordenación de la corona de capillas radiales, etcétera. No aparecen consecutivamente, unos después de otros, sino conjuntamente, empleándose indistintamente en la totalidad del bloque oriental del templo, lo que indica que los dos talleres responsables de su ejecución procedían de un mismo territorio. Cuál haya sido éste, vista la mayor entidad y cuantía de los diversos aportes, no admite dudas: Borgoña, región donde, por otra parte, está bien documentada en los años en que nos movemos -séptima década del siglo XII- la presencia de innovaciones o sugerencias procedentes de empresas clasificables dentro del gótico inicial de la Ile-de-France y espacios vecinos. A partir de la filiación que acabamos de proponer, cambia radicalmente la valoración que debemos hacer del modelo de cabecera adoptado en Moreruela. No es, como en ocasiones se ha dicho, ni un expediente marginal ni una solución sin relación con las preocupaciones que por entonces tenía la Orden del Císter. Se trata, por lo pronto, de uno de los ensayos -no uno cualquiera, como se dirá- realizados en el tercer cuarto del siglo XII dentro del organismo para tratar de dar respuesta a uno de los mayores problemas que por esas fechas se le planteaban: la necesidad de disponer de numerosas capillas para que pudieran oficiar diariamente los monjes sacerdotes. Conocido el punto de partida de la solución aplicada en su cabecera -el esquema desarrollado en Saint-Denis hacia 1140-1144, Moreruela se convierte, a la vez, en un eslabón capital en la secuencia que irá llevando a la Orden del Císter paulatinamente a la utilización de referencias proporcionadas por las grandes empresas de la época, con las catedrales góticas en primer lugar, proceso que, según ha señalado C. A. Bruzelius, alcanza su plena plasmación en la abacial de Longpont, ya en el siglo XIII. Vista la cronología que poseen los ejemplos que vienen citándose en esa evolución y la que cabe adjudicar a Moreruela, puede afirmarse incluso que estamos ante el primer ejemplo hoy conocido -no parece probable que haya sido el primero en términos absolutos, como se verá- acometido por la Orden del Císter en esa dirección. Es decir, el primer edificio en el que se adopta una cabecera dotada de girola con capillas radiales salientes, perfectamente individualizadas al exterior. En efecto, mientras la iglesia de Mortemer (Francia), invocada siempre como el testimonio más precoz de esta trayectoria, comienza a levantar su nueva cabecera, similar en múltiples aspectos a la de Moreruela, entre 1174 y 1179, diversos argumentos, resultantes en esencia de la combinación de las pistas que proporcionan los precedentes, los rasgos de su fábrica y la evolución de su dominio, permiten pensar que el inicio de las obras de la abacial zamorana debe relacionarse, tal como ya se insinuó en alguna ocasión, con la incorporación del cenobio a la Orden del Císter, acontecimiento fechable entre 1158 y 1162, año éste en el que consta hoy por vez primera su pertenencia a la nueva observancia. Las obras, ejecutadas con planos y bajo la dirección de artífices venidos de Borgoña, al igual que los religiosos que tenían la responsabilidad de introducir a la comunidad de Moreruela en las normas cistercienses, debieron paralizarse, acaso por falta de recursos económicos suficientes para hacer frente a una empresa de la envergadura que se había proyectado, al poco tiempo de principiadas. Los desajustes que en algunos aspectos -y concretamente en el exterior- se detectan hacia el norte, tras la capilla central de la girola, así lo sugieren. La consolidación del dominio de Moreruela hacia 1170 posibilitará la reanudación de los trabajos, encargados a un equipo distinto del anterior, aunque de la misma procedencia. La homogeneidad estructural y decorativa que se desprende de la cabecera tras los titubeos citados permite pensar que su construcción se llevó a cabo con gran rapidez. Análoga valoración, dada su identidad formal con esa parcela, hay que asignar a las zonas del complejo monumental en que se documenta la intervención del mismo equipo: crucero y arranque de las naves de la iglesia, por un lado y, por otro, el bloque de naciente del monasterio propiamente dicho. Una datación algo más tardía, muy poco, en cualquier caso, que la propuesta para el arranque estricto de Moreruela debe adjudicarse al comienzo de las iglesias de Poblet, Veruela y Fitero (Gradefes, como se indicará, es considerablemente posterior). Aunque se hayan puesto en relación con Moreruela en alguna ocasión, el único contacto que hoy puede invocarse entre ellas es el derivado del tipo de planta adoptado para sus respectivas cabeceras. En su ejecución, esto es, en alzado, no existe parentesco alguno entre la fábrica de Moreruela y la de las restantes empresas. La similitud formal de las plantas de las cabeceras de los cuatro edificios citados, al margen de las diferencias de detalle existentes, por un parte, y la proximidad cronológica entre todas, por otra, tiene sin embargo un extraordinario interés. Revela, en primer lugar, que los cuatro templos responden, en lo esencial, a un mismo estadio evolutivo y, en segundo lugar, dada la inexistencia de contactos directos entre ellos -o por lo menos entre Moreruela y los otros tres, ya que entre estos últimos sí parece haber existido relación - que todos derivan de un prototipo común, hoy desconocido, emplazado en Borgoña. Que tal solución, reducida, ciertamente, se emplee en la abacial del monasterio benedictino de San Lorenzo de Carboeiro, Pontevedra -iniciada en 1171 y considerada unánimemente por la crítica más rigurosa como de inequívoca filiación borgoñona, sobre todo en lo estrictamente constructivo- confirma rotundamente esa sospecha.
contexto
Las Primeras Dinastías presiden una época beligerante y caótica desde el punto de vista histórico. La escasa superficie habitable y la pobreza del medio físico determinan que los clanes principescos no puedan reinar simultáneamente, de manera que, tristemente, la conquista militar será el sistema habitual para extender el territorio, cobrar tributos, construir templos, etc., y consolidar diferentes estilos artísticos que, más que caracterizarse por aspectos regionales como en el norte, se distinguirán por su impronta dinástica.Aunque algunas tipologías, dependientes de cada dinastía, sean claramente diferenciables en un primer momento, la mayoría de las veces los estilos se solapan unos a otros, por lo que aumenta la dificultad del análisis artístico.A pesar de esta miscelánea estilística, desde el punto de vista artístico asistimos a una época riquísima en abundancia de obras y conservación de las mismas debido, por un lado, a la ausencia de invasores islámicos y, por otro, al profundo respeto que la cultura drávida siente hacia cualquier forma religiosa.Los Pallava usurparon el poder a los Andhra de Amaravati en el siglo III d. C. y reinaron en la costa Coromandel, llegando en el siglo VI a dominar todo el sur. Finalmente, en el año 888 fueron derrotados definitivamente por los Chola. Durante un siglo (650-750) embellecieron sus dos ciudades más importantes: Mahaballipuram (Mamalapuram), el principal puerto comercial de la época, y su capital Kanchipuram.