La magnífica red viaria que ponía en comunicación los más distantes puntos del Imperio inca fue, aparte de las grandes obras de ingeniería, la otra gran realización que en el orden material llevaron a cabo los incas. Junto con el establecimiento de una lengua oficial, el quechua, y de una religión común para todos sus súbditos, constituyó un poderoso medio para conseguir la unificación política y el instrumento indispensable para sostener la maquinaria administrativa y la movilización de hombres y productos, necesaria para mantener la seguridad y el abastecimiento de todos los rincones del Tahuantinsuyu. Al desconocer, o no aprovechar, el transporte y las comunicaciones por vía marítima, se dio especial importancia a las de tierra, a través de caminos y puentes, cuya importancia, según la admirativa apreciación de los conquistadores españoles, primeros cronistas del Perú, era sólo comparable a la de las calzadas romanas. El cuidado de los caminos era responsabilidad de los ayllus asentados en los lugares por donde pasaban, y sus curacas eran los encargados de vigilar su buen estado. El trazado y la construcción de puentes que dieran continuidad a los caminos fue objeto, igualmente, de una especial atención por parte de los ingenieros incas, que supieron adaptar su técnica a las diferentes condiciones topográficas del territorio sobre el que trabajaban. El verdadero alarde de la técnica incaica fue la construcción de los majestuosos puentes colgantes, que volaban literalmente sobre los cañones profundos y anchos de los grandes ríos. Aunque con materiales diferentes (gruesos cables de acero), el mismo principio de construcción sigue siendo utilizado en la sierra peruana para unir las riberas de los ríos Vilcanota, Urubamba o Apurímac, como complemento de veredas que no prestan servicio al tráfico rodado, sino simplemente al de peatones. El caminante actual puede sentir en ellos la misma sensación de balanceo que sobrecogía a los jinetes españoles del siglo XVI cuando se veían obligados a utilizar esos otros más ligeros y menos sólidos que desafiaban al viento y el espacio en trazados más audaces por su longitud y la altura a que se elevaban sobre los cauces de los ríos. Su seguridad requería la presencia constante de un vigilante que, además de supervisar su buen estado, controlaba el paso de viajeros, a los que exigía un pontazgo o pago de peaje, según observaron los conquistadores españoles, que debía ser hecho efectivo con parte de la carga que transportaran. Posiblemente se tratara de un simple modo de controlar las movilizaciones de una población sujeta a normas estrictas en cuanto a su falta de libertad para trasladarse de un lugar a otro.
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El mando supremo de la empresa se le confió al príncipe heredero alemán Kronprinz, quien, reuniendo gran cantidad de hombres y medios materiales realizó durante más de dos meses una serie de ininterrumpidos asaltos contra la fortaleza de Verdun. La ofensiva alemana contra Verdun significaba, por decirlo de alguna manera, un reto al orgullo nacional francés, unido a la vieja y gloriosa fortaleza del lugar. Al general Joffre, que afirmaba que la fortaleza de Verdun no tenía ninguna importancia desde el punto de vista estratégico, y que hubiera sido mejor cederla libremente, el presidente del consejo Briand le respondió: "Puede ser que para usted la pérdida de Verdun no diga nada, sin embargo, toda Francia lo consideraría una derrota. Si cedéis Verdun seréis de los viles y yo ¡os echaré a todos!". La batalla duró diez meses, aunque los alemanes no consiguieron avanzar sino, lentamente, unos pocos kilómetros. Cayeron casi medio millón de alemanes y casi otros tantos franceses, aunque la resistencia de estos últimos hizo fracasar en una ocasión el plan de Alemania. Decir que en sentido militar la guerra de 1914-1918 revolucionó todos los conceptos de tiempo, por lo que se refiere a la duración de las batallas, significa enunciar una verdad evidente. Durante miles de años, una batalla, por grande que fuera, era siempre cuestión de horas. Así fue hasta principios de siglo, a pesar de que a partir de las guerras napoleónicas algunas batallas (Lipsia y Gettysburg, por ejemplo) llegaron a durar algunos días. El verdadero cambio se produjo con la campaña ruso-japonesa, cuando las batallas comenzaron a durar incluso semanas. Con la guerra mundial, el estándar se convirtió en meses, ya que las batallas se transformaron normalmente en asedios. De las denominadas "batallas" de la guerra, las de Verdun ostentan el récord de duración: del 21 de febrero al 18 de diciembre de 1916. La batalla de Verdun fue el supremo sacrificio de Francia y, al mismo tiempo, su supremo triunfo, ante cuya grandeza todo el mundo le rinde homenaje. Las fases cruciales de la batalla se concentraron en los meses comprendidos entre marzo y junio: el ataque alemán en las dos orillas del Mosa, a la altura del Mort-Homme y sobre todo en los fuertes de Douaumont y Vaux. El objetivo alemán era provocar una continua agresión mediante una cadena de ataques rápidos orientados a desfondar al enemigo; la ofensiva alemana tendría que haberse basado en la potencia de fuego más que en las masas de infantería, siendo su elemento clave un intenso bombardeo de artillería. Para aumentar las posibilidades de conseguir la sorpresa, los alemanes no construyeron las típicas trincheras de "lanzamiento" próximas a las líneas enemigas, convencidos de que el violentísimo bombardeo de artillería permitiría a su infantería atravesar la tierra de nadie, de casi un kilómetro de longitud, sin encontrar resistencia. Sin embargo, no consiguieron ocultar sus preparativos en la retaguardia. Aunque el Servicio de Información francés, en base a estos preparativos, consiguió intuir las intenciones de los alemanes, el Departamento de Operaciones ignoró sus advertencias. De esta forma, el 1 de febrero fueron enviados a la zona pequeños contingentes de dos divisiones territoriales, aunque sólo en el último momento llegaron los refuerzos necesarios (dos cuerpos de la armada), los cuales fueron enviados enseguida a Verdun. Inmediatamente después de la llegada del primero de estos dos cuerpos de la armada, tres divisiones se encontraban emplazadas en la orilla derecha del Mosa, dos en la orilla izquierda y tres al sur de la fortaleza, formadas hacia el este; ninguna unidad de reserva estaba en las cercanías. No es difícil imaginar qué hubiera sucedido si el ataque alemán hubiera tenido lugar el 13 de marzo, como estaba previsto, antes de la llegada del primer cuerpo de la armada. Las desfavorables condiciones atmosféricas fueron las que salvaron a los defensores en un doble sentido, ya que también obstaculizaron el transporte a primera línea de los cañones pesados alemanes. Hay otro aspecto de esta fase preliminar que, aunque menos conocido, reviste una gran importancia. Las apresuradas conclusiones que se sacaron de la facilidad con la que los alemanes sofocaron a las tropas belgas y rusas contribuyeron en gran medida a la crítica situación que se estableció en Verdun. En un primer momento las fuerzas francesas no se encontraban bajo el control del ejército campal, sino que aprovechando los ejemplos de Liege y de Namur, Joffre consiguió convencer al gobierno francés para que "declarase" Verdun una fortaleza, obteniendo el control en agosto de 1915, a partir de cuyo momento comenzó a expoliarla progresivamente tanto en hombres como en armamento. La retirada de los cañones continuó incluso hasta el 30 de enero de 1916, siendo habilitadas las casas de alrededor para el reparo de las tropas. Más que un sistema defensivo compacto, los franceses presidían una única línea atrincherada más allá de los fuertes, mientras que en la retaguardia sólo había una línea atrincherada subsidiaria utilizable. Para este frente continuo, el comandante general Herr no disponía de hombres y de medios suficientes, ni para detenerlo ni para mantenerlo en condiciones de eficiencia defensiva. La línea de cable espinado estaba incompleta y las defensas a prueba de granada eran prácticamente inexistentes. No era ninguna maravilla, por tanto, que la línea atrincherada hubiera cedido al primer golpe. Los fuertes, sin embargo, se demostraron indestructibles. Los fuertes de Douaumont y de Vaux cayeron en manos alemanas y cuando fueron reconquistados en octubre, los franceses pudieron constatar que habían salido casi indemnes después de meses y meses de terribles bombardeos. Las galerías subterráneas no habían sufrido daños, cosa que no ocurrió con una de las torretas de las piezas de campo, que fue totalmente destruida; casi todas las casas de los alrededores estaban en perfecto estado. A las 7:15 horas del 21 de febrero, los alemanes abrieron fuego sobre las dos orillas del Mosa a lo largo de un frente de 25 kilómetros. Las trincheras y las vallas de espino fueron quitadas del medio. Aunque después se hiciera familiar, en aquel febrero de 1916 un bombardeo tan violento era una cosa totalmente nueva y, por tanto, horrorosa. Continuó durante horas hasta que a las 4 de la tarde la violencia de la tormenta de granadas llegó a su fin. Pasados otros tres cuartos de hora, una pequeña formación de la infantería alemana comenzó a avanzar sin apenas ser vistos, seguida de una patrulla armada de bombas de mano y lanzallamas, dirigida a comprobar las posiciones francesas antes de que el resto de la infantería pasase al ataque. Este expediente permite no sólo ahorrar vidas humanas, sino también descubrir que el bombardeo alemán tuvo efectos desiguales ya que en algunos sectores se volvió a abrir fuego contra la artillería francesa. Por otra parte, los alemanes se lanzaron al ataque con apenas seis divisiones en un frente de tan solo siete kilómetros incluidos el Bois de Haumont y Herbebois, en la orilla oriental. En un frente tan reducido, los pocos grupos dispersos de franceses supervivientes consiguieron retrasar la acción enemiga mejor de lo que habrían podido hacer si el frente de ataque hubiera sido más amplio; por otra parte, al caer la noche, los atacantes habían ocupado sólo las trincheras más avanzadas. Sin embargo, al día siguiente, la acción se desarrolló en un frente más amplio, prolongándose hasta el día 24; los defensores continuaron su retirada. Los comandantes de las unidades francesas implicadas en los combates pidieron ser autorizados para evacuar la llanura de la orilla derecha del Mosa. Sin embargo, en la retaguardia, casi ninguno se daba cuenta de la gravedad de la situación. El departamento de operaciones afirmaba todavía que Verdun era un falso ataque destinado a cubrir una verdadera ofensiva en las Campañas. Incluso cuando llegó la noticia de que el frente estaba cayendo, Joffre comenzó a mostrarse imperturbable. Finalmente, la tarde del día 24, el general de Castelnau, jefe del Estado mayor francés, llegado directamente a donde estaba Joffre, obtuvo de él el permiso para confiar la defensa de Verdun a la armada de Pétain; también obtuvo de éste último el permiso de acercarse a Verdun con plenos poderes. Abandonada la ciudad de Chantilly aquella misma noche, desde Castelnau se precipitó hasta el cuartel general del comandante del grupo de armadas, de Langle de Cary. Mientras tanto, Joffre telegrafió que el frente del norte de Verdun tenía que estar defendido a toda costa: "Cualquier comandante que (...) dé una orden de retirada será enviado inmediatamente ante un tribunal militar". El primer día de Castelnau en Verdun no fue un buen auspicio. En efecto, el día 25 se produjo la expugnación del Fuerte Douaumont y, con él, la primera crisis de la larga batalla. Como casi todos los otros fuertes, también éste no tenía guarnición, a excepción de 23 artilleros que presidían una torre. El mismo 25 de febrero, Pétain asumió el mando de Verdun, mientras en la retaguardia se estaba reagrupando el núcleo de una armada de reserva. El primer problema que Pétain tuvo que afrontar no fue tanto el de la defensa cuanto el de los refuerzos. Los cañones alemanes de gran calibre habían cerrado todas las vías de acceso a excepción de una ferrovía secundaria y la carretera de Bar-le-Duc-Verdun, destinada a pasar a la historia como la Via Sacra. No hubiera servido para nada empujar las tropas a la primera línea si no hubiera sido posible suministrarle víveres y municiones. El final de la carretera estaba cayendo bajo el peso del incesante ir y venir de medios de transporte, de tal forma que para mantener la carretera en condiciones para funcionar se hizo necesario reforzarla con vías alternativas para que pudieran llegar a la zona los destacamentos de tropas territoriales. Desde entonces, el volumen de tráfico en aquella dirección llegó a los 6.000 carros cada 24 horas. Pétain estaba organizando el frente en varios sectores, cada uno dotado de su propia artillería pesada; se producían repetidos contraataques que, si no tenían el efecto esperado de ganar terreno, desconcertaban y frenaban las fuerzas alemanas avanzadas. Además, cuanto más avanzaban los alemanes a lo largo de la orilla oriental, tanto más se exponían al fuego lateral de la artillería francesa emplazada más allá del río. La avanzadilla perdió de esta forma su fuerza de lanzamiento y comenzó a detenerse. Entre las filas alemanas descendió un "lúgubre pesimismo".
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El 25 de junio de 1950 se produjo la invasión, con unos 90.000 soldados norcoreanos apoyados por centenar y medio de tanques soviéticos. En realidad, uno y otro bando habían organizado operaciones bélicas de menor entidad contra el adversario; ahora, los atacantes del Norte pretextaron haber sido agredidos por los surcoreanos. En un principio, obtuvieron victorias espectaculares, de tal modo que al poco tiempo encerraron al enemigo en un perímetro en torno a Pusan, pero provocaron una inmediata reacción no sólo de Norteamérica sino de las propias Naciones Unidas. Truman y, en general, los norteamericanos percibieron lo sucedido como una reedición de lo que en su día había hecho Hitler: "En mi generación -escribió en sus memorias el presidente norteamericano- no fue ésta la única ocasión en que el fuerte había atacado al débil". Corea fue, para él, la Grecia de Oriente y, como esta nación en 1947, también debía ser salvada de la agresión comunista. La unanimidad en la opinión pública norteamericana fue completa: la ampliación del servicio militar, propuesta por Truman, fue aprobada en el Congreso por 314 votos a 4, pero ahí se detuvo la intervención del ejecutivo norteamericano, lo que sin duda sentó un mal precedente. El secretario general de la ONU, el noruego Tryvge Lie, declaró que se había agredido a la organización misma. En el Consejo de Seguridad, reunido en ausencia de la URSS, que quizá todavía pensaba en una victoria rápida -los norcoreanos calculaban para la guerra una duración máxima de ocho días-, condenó al atacante. Quince países enviaron efectivos militares a combatir a Corea y otros cuarenta enviaron ayuda humanitaria. Sin embargo, desde un principio el mando militar fue puesto en las manos del general norteamericano Douglas Mc Arthur, un héroe de guerra que era también un personaje egocéntrico, inestable y desequilibrado hasta la paranoia, al que Truman describía como Mr. Prima Donna y "una de las personas más peligrosas de este país". Sus compañeros de armas eran de la misma opinión; Eisenhower, que había sido subordinado suyo, dijo que "he estudiado drama con él cinco años en Washington y cuatro en Filipinas". La decisión norteamericana respecto a emplearse a fondo en Corea se vio fomentada por el pronto descubrimiento de que el enemigo torturaba y ejecutaba a los prisioneros y a los civiles; 26.000 fueron eliminados entre julio y septiembre. El hecho de que al mismo tiempo se manifestara una presión de la China comunista sobre Taiwan sirvió para acentuar el temor de que el comunismo tratase de lograr una expansión decisiva en Asia.
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El día 1 la avalancha alemana se abate por tierra y aire sobre Polonia. Mientras, el pueblo alemán, que todavía piensa en las vacaciones, manifiesta su interés mediano por el ataque y se muestra como "ausente". Para los polacos las vacaciones terminan de golpe. Aunque ante la invasión y los primeros bombardeos no han reaccionado con temor, sino con curiosidad y nerviosismo. Los polacos no temen al invasor, piensan que van a detenerlo y a invadir la propia Alemania. "Dentro de una semana en Berlín", rezan algunas pintadas en las calles de Varsovia. Y pese a lo que ocurre ya desde las primeras horas, más de un político o un militar opinan lo mismo. Los alemanes preparan para la invasión a 1.800.000 soldados, 11.000 cañones, 2.800 carros de combate, 2.000 aviones -en este momento es comandante en jefe de los ejércitos de tierra W. Von Brauchitsch-. Penetran en Polonia 40 divisiones de infantería, 14 mecanizadas (6 acorazadas), 4 ligeras y 4 motorizadas (10). Polonia puede oponerle casi un millón de hombres, 4.500 cañones, 700 carros de combate y 400 aviones: 30 divisiones de infantería, 2 de montaña, 4 de caballería etc., mandadas por el mariscal Rydz-Smigly. El soldado alemán habitualmente obediente y disciplinado, goza de una instrucción muy buena y dispone de una oficialidad competente en la que confía y con la que se compenetra, y de un material cuya calidad es casi siempre aceptable o buena. Cuando los alemanes penetran en Polonia, van a hacerlo de la manera clásica, formando dos grupos que, partiendo del norte y del sureste cojan en medio a los polacos. Pero la novedad (la Blitzkrieg) consiste en la utilización de la aviación y los carros en función estratégica. Aquella y éstos no se subordinan al lento avance de la infantería, sino que, actuando autónomamente, penetran lo más profundamente que pueden en territorio enemigo, tratan de controlar el cielo, destruyendo la mayor cantidad posible de material enemigo, y así ocurrirá. Empleo parecido tendrán lo carros -que operarán masivamente o en cuerpos autónomos de ruptura, y no de simple apoyo a la infantería-. Enorme importancia tendrá la propaganda y la radio que emitirá como radio polaca, creando confusión y desmoralización. Como es habitual en ellos, los alemanes buscarán en sus ataques la superioridad numérica y de material: la relación de fuerzas entre Polonia y Alemania al estallido de la guerra se calcula ( según E. Duraczynski), que para la infantería, "era de 1:1,5; en la artillería, de 1:2,8; en la artillería antitanque, 1:5,2; en carros de combate, 1:5,3". En los combates que efectivamente se desarrollaron, la proporción, por una serie de razones, fue aún menor: "En la infantería, de 1:2,2; en la artillería, 1:4,3; en la artillería antitanque, 1:7,6; en los carros, 1:8,2. El soldado polaco presentaba una instrucción sólo mediana. Los mandos confiaban en la cantidad más que en la calidad. Su moral, en 1939, era más aceptable, pero excesiva la seguridad en sí mismos. Un ulterior "handicap" será la tardía e incompleta movilización en el momento del estallido de la guerra. Rydz-Smigly es el responsable del mal concebido plan polaco, que va a facilitar las cosas al enemigo: concentra gran parte del ejército (más de un tercio) en el Corredor, con riesgo de ser atacado desde la Prusia oriental alemana; otra gran parte la concentra entre Lodz y Varsovia, en el centro, bajo el mando del propio Rydz-Smigly. Al mismo tiempo, trata de defender todas las fronteras de un país llano, sin obstáculos naturales y pocas carreteras, e incluso cree que va a resistir y a contraatacar. El ejército polaco -para Battaglia, Liddell Hart y otros- debería haber formado, "clásicamente", una línea defensiva sólida en el interior, sobre el Vístula y el San (aunque así se habrían abandonado las regiones industriales del oeste), y desde ella lanzar contraataques contra los puntos débiles del enemigo. Esta ubicación inadecuada le va a impedir oponerse eficazmente a los alemanes y moverse con facilidad para evitar ser embolsado o rebasado. Desde el primer día (para la descripción de las operaciones seguiremos en buena parte a Liddell Hart), en el norte, los ejércitos III y IV de Von Bock penetran hacia el sur desde Prusia oriental y hacia el este por el Corredor respectivamente, para unirse luego, rebasado el enemigo. El peso principal lo llevan los ejércitos de Rundstedt, en el sur y el sureste, los más numerosos y potentes, por sus divisiones acorazadas: el VIII, el X y el XIV. El VIII se dirige hacia Lodz, para aislar a los polacos en Poznan; el XIV se dirige hacia Cracovia, rodeando el flanco enemigo de los Cárpatos y haciendo que los carros de Kleist lo empujen hacia las montañas, y el X va a soportar la acción decisiva, con sus carros, en la parte central del sur. El día 3 el IV ejército corta en dos el Corredor y alcanza el curso inferior del Vístula: aquí la resistencia polaca es mayor y se hace famosa la heroica brigada de caballería "Pomporska". Y el III va hacia el río Narew. En el sur, el X llega al río Warta, en dirección norte, y empuja al otro lado a los polacos. Más al sur, el XIV ocupaba Cracovia y los polacos se retiran hasta los ríos Dunajec y Nida, hacia el este. Berlín ignora el ultimátum aliado: a las 12,00 h. del día 3, Gran Bretaña, a las 17,00 h. Francia se consideran en estado de guerra con Alemania. Mientras se producen manifestaciones antialemanas y en favor de la intervención de ambos países. Pero los aliados no tienen prisa en moverse. El día 4 el general británico Ironside y el general Gamelin se muestran de acuerdo: "Inglaterra -dice Ironside- se está preparando para un larga guerra (...), por ello sus principios y planes deben tener en cuenta las necesidades de la guerra como un todo y no según las distintas campañas (como la de Polonia)." Así Francia, lentísimamente, por el anticuado sistema de reemplazos en vigor, pero también para no irritar a Hitler, va a ir movilizando 120 divisiones. Las fuerzas armadas francesas, cuyo comandante en jefe es el veterano y anciano general Gamelin, son en 1939 más poderosas que las alemanas y gozan de gran prestigio, por lo que se comprende mal su pasividad. En Francia y también en Gran Bretaña se había producido cierta desilusión ante la mediocre resistencia del Ejército polaco tras sus bravatas, del que se esperaba, sin razón, más. Aunque también los polacos habían esperado más de sus aliados, y el historiador francés Latreille se pregunta si la pasividad era fruto del temor francés o de la imposibilidad práctica de hacer algo rápidamente. Mientras, los alemanes seguían penetrando en Polonia, sin que se constatase un plan eficaz polaco para hacer algo más que choques frontales, algún contraataque desesperado pero descoordinado, y retiradas continuas para evitar ser embolsados, y todo ello sin éxito. El día 4 había terminado la batalla por el Corredor con la derrota polaca. Ese mismo día, en el sur, el X ejército alemán llegaba a Pilica, ya a 80 km. de la frontera; el Gobierno polaco abandonaba Varsovia y se refugiaba en Lublin. El 6, en el sur, los alemanes rebasaban Lodz y entraban en el Kielce. El "muro" alemán avanzaba en toda su longitud y los polacos comenzaban a ver resquebrajar sus líneas, atacando sólo esporádicamente, y el 7 se producían ya repliegues desordenados. El 8 una división acorazada del X ejército alemán alcanzaba Varsovia, defendida por el general polaco Rommel, que lograba resistir, y el 16 rechazaba una conminación a la rendición. El 9, en el sur, divisiones ligeras llegaban al Vístula, entre Varsovia y Sandomierz, y se dirigían hacia el norte; el XIV rebasaba la fortaleza de Przemysl, cruzaba el río Dunajec y tocaba el río San. En el norte, las divisiones acorazadas de Guderian del III ejército forzaban el río Narev y atacaban la línea defensiva del río Bug más allá de Varsovia, completándose así el cerco de los polacos en la zona Vístula-Varsovia. La rapidez del avance y las repetidas derrotas polacas acabaron produciendo cierta confusión en el Alto Mando alemán: éste pensaba que los polacos ya se habían retirado detrás del Vístula y que era conveniente que el X ejército lo cruzase entre Varsovia y Sandomierz para cortar la retirada polaca hacia el sudeste. Pero Rundstedt estimó que el enemigo todavía no se estaba retirando, por lo que hizo desviar al X ejército a Reichenau hacia el norte con el fin de bloquear a los polacos a lo largo del río Bzura, en las proximidades de Kutno, al occidente de Varsovia. El Alto Mando aceptó esta estimación, que resultó acertada, pues el grueso de las fuerzas polacas quedaron bloqueadas, sin posibilidad de recibir ayuda o recursos, hostilizados por el sur y por detrás por los ejércitos VIII y IV. Sus desesperados contraataques resultaron vanos y sólo una pequeña porción de los polacos escaparon al cerco y se refugiaron en Varsovia, que aún resistía. El 10, el mariscal Rydz-Smigly ordenó la retirada general hacia el sudeste, para acortar el frente, y dio el mando de la operación al general Sosnowski. Pero ya era tarde: los alemanes habían penetrado profundamente, cruzado el Vístula, el Bug y el San. En el centro, los carros de Guderian alcanzaban Brest Litovsk, y los de Kleist, en el sur, llegaban a Lvov (día 12), agotados y con escaso combustible. Pero los desmoralizados polacos no supieron sacar provecho de la contingencia. Para mediados de mes los ejércitos polacos habían sido ya derrotados. La incompetencia de los oficiales y la relativa impreparación de la tropa les habían impedido resistir ni siquiera un mes entero. Dentro del semicaos general, había habido, con todo, batallas difíciles para los alemanes, como las ya mencionadas del Corredor y la de Bzura-Kutno (días 9-17), como los combates de Brzesc, Zabinka y Kobryn (día 15) - en esta última se distinguió el general polaco Franciszek Kleeberg-; había habido episodios de heroísmo, como en Westerplatte (Danzig), en Gdynia, en Radom, etc. El día 17 el presidente polaco Moscicki y su gobierno huyen a Rumania, y lo mismo hace el comandante en jefe Rydz-Smygly: la fuga de las autoridades acentúa la desmoralización de la tropa y del país. Pero no todo ha terminado. El mismo día 17 los soviéticos ordenan al ejército que pase la frontera para "proteger la vida y los bienes de la población de Ucrania y Bielorrusia occidentales" y horas después invaden Polonia por el este, sin encontrar resistencia apreciable. Los soviéticos piensan anexionarse el este polaco, pero también están desconcertados y atemorizados ante las fulminantes victorias alemanas y pretenden mantener alejados de sus propias fronteras a los vencedores de Polonia (Calvocoressi). Soviéticos y alemanes fijan su "frontera" en el centro-este de Polonia, sobre una línea que va de Prusia oriental a los Cárpatos orientales, pasando por Brest Litovsk y Przemysl. Con todo, en determinados puntos, los polacos seguían resistiendo, como en Varsovia, cuyo asedio termina sólo el 28 (en el curso del cual murieron 16.000 soldados y 20.00 civiles); como en Tomaszow, hasta el 27. El canto de cisne polaco, la última batalla de entidad, fue la de Kock (días 2-5 de octubre), en la que el general Kleeberg puso en dificultades a los alemanes, y en la que se empleó una vez más la caballería para atacar a los carros. Asimismo, algunas guerrillas, muy exiguas, tuvieron cierta actividad durante el invierno. ¿Y los aliados de Polonia? Francia había situado a 70 divisiones y 3.000 carros de combate en la frontera frente a 26 divisiones alemanas, incompletas y casi sin carros (de las que sólo 14 eran suficientemente operativas). Los franceses deberían haber atacado al tercer día de la movilización, es decir, el día 4 de septiembre, y lanzar el decimoquinto día una ofensiva general. Tras algún inocuo lanzamiento de octavillas sobre las líneas alemanas, la "ofensiva" francesa del general Georges se limitó a cruzar la frontera del Sarre (día 6), ocupar unas 20 pequeñas localidades abandonadas por los alemanes sin resistencia, y el 12 detenerse, controlando en total una faja de 25 km. de longitud y 8 de anchura. Para colmo, cuando a fines de septiembre los alemanes trasladan algunas divisiones a la frontera con Francia, los franceses se retiran sin combatir. Gamelin no se había empleado a fondo, su "fina táctica" -como se la llamó- no había conducido a nada; su pretexto fue que los polacos "no estaban dando garantías suficientes de resistencia". Tampoco se entregaron a Polonia los aviones y otro material que había pedido y que le habían prometido. Los franceses, que entre septiembre y octubre tuvieron unas 1.800 bajas, resultaron totalmente inoperantes, sin que la pasividad se vea justificada del todo por la lentitud de la movilización o la solo relativa abundancia de material, pues como dirá De Gaulle "Todas las fuerzas alemanas estaban en el Vístula y nosotros no hicimos nada". Y el propio Churchill criticó la inactividad francesa, pese a su superioridad local y general, durante está "dróle de guerre" o "Sitzkrieg" (guerra sentada, como la llamaron los alemanes). Pero los británicos estuvieron totalmente ausentes, cínicamente, y sólo en octubre comenzaron a enviar a Francia algunas unidades, cuando ya la campaña de Polonia había concluido. Sólo el 9 de diciembre tuvieron los británicos su primer muerto...
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Los principales partidos republicanos, en el período que estamos considerando, fueron el progresista de Manuel Ruiz Zorrilla y el federal de Francisco Pi y Margall; además estaban el partido posibilista de Emilio Castelar, que se disolvió a comienzos de los años 90, y el centralista de Nicolás Salmerón, surgido en las mismas fechas. El partido progresista era el único que confiaba en el recurso al Ejército para alcanzar el poder, procedimiento que los demás rechazaban al contar exclusivamente con medios civiles y democráticos (no obstante, entre las masas republicanas, especialmente entre los federales, pervivió durante largo tiempo la esperanza en una sublevación popular semejante a las fracasadas del sexenio); el partido federal era el único que defendía el principio que les daba nombre como piedra angular de la organización del Estado, frente a los otros partidos, defensores de la República unitaria; el partido posibilista era el más conservador, al acentuar la necesidad de orden y autoridad en la sociedad española; en el partido centralista era especialmente abundante la presencia de intelectuales vinculados a la Institución Libre de Enseñanza. Ninguno de ellos se cuestionaba los fundamentos del orden económico. Frente al problema social proponían diversas medidas reformistas como el fomento del cooperativismo, la constitución de jurados mixtos, la concesión de créditos baratos a los campesinos o el reparto de algunas tierras, y, en algunos casos, medidas intervencionistas por parte del Estado, como la reducción por ley de la jornada de trabajo o la reglamentación de las condiciones en que éste se realizaba. Todos eran partidos interclasistas; sin embargo, en el posibilista era mayor la presencia de elementos de las clases medias acomodadas e, incluso, de la elite comercial y financiera, mientras que el partido federal era el que contaba con mayor arraigo entre las clases populares. Su implantación fue fundamentalmente urbana; investigaciones recientes de ámbito geográfico restringido señalan la presencia de organizaciones republicanas en numerosos núcleos rurales pero, por lo que sabemos hasta ahora -salvo en algunas comarcas de Cataluña, donde tuvieron un amplio protagonismo en las luchas campesinas de los años 90- esta presencia rural fue muy minoritaria. También recientemente se ha destacado -frente a la corriente predominante en años anteriores, que tendía a subrayar la disociación entre obrerismo y republicanismo, tras el fin de la I Internacional, identificando al movimiento obrero con el anarquismo y el socialismo marxista, exclusivamente- que el republicanismo y, en especial, el republicanismo federal continuó constituyendo un marco básico de referencia política para los sectores obreros y populares, como ha escrito Pere Gabriel, durante las primeras décadas de la Restauración. La organización de los partidos republicanos era variada y compleja, a medio camino entre los partidos de notables y los partidos de masas. Como en aquellos, el comité era su base fundamental. En los partidos más elitistas -el posibilista y el centralista- la organización quedaba reducida a estos comités, generalmente muy personalizados, que sólo desplegaban alguna actividad con motivo de las elecciones o de las conmemoraciones, en especial, la del 11 de febrero. Pero los partidos con mayor implantación popular -el progresista y el federal- disponían de otros moldes como los subcomités o las juntas de barrio, en los que trataban de integrar a sus componentes, y promovieron iniciativas como Ateneos populares o Cooperativas para intensificar la vida societaria. Un elemento importante en la organización republicana eran los Casinos, bien de un solo partido o de todos ellos -en función, sobre todo, de la importancia de la localidad- sostenidos gracias a las aportaciones de algunos socios con buena posición económica, en los que además de la lógica vida social y de esparcimiento, se leía y comentaba la prensa del partido. La prensa fue, probablemente, el medio más importante de presencia republicana en la sociedad. La influencia de los diarios madrileños El Globo, La Justicia, El País, o El Nuevo Régimen, del barcelonés La Publicidad, y de los diarios republicanos que con regularidad se publicaban en las principales ciudades del país -además de otras numerosísimas publicaciones de ámbito restringido y existencia precaria- fue extraordinaria en la fijación de los criterios propios de los partidos y en la formación de la opinión pública. En cuanto a su evolución, la llamada al poder del partido fusionista, en 1881, fue el gran revulsivo de la vida política. Suponía, por parte de la monarquía, una verdadera voluntad de integración de todos los que estuvieran dispuestos a aceptar la Constitución de 1876, cualquiera que fuese su pasado y sus antecedentes revolucionarios. Lo más importante de la actividad republicana pasó a desempeñarse, a partir de entonces, no en los cuarteles sino en los comités, los casinos y las redacciones de los periódicos. Incluso los más alejados de la política oficial consideraron que se daban las condiciones mínimas para reemprender la actividad: Pi y Margall realizó una amplia campaña de propaganda por todo el país y, en 1882, tuvo lugar la I Asamblea Federal. Otros -los antiguos radicales, integrados en el partido progresista- fueron más lejos y abjuraron de su condición de republicanos; en febrero de 1873 habían aceptado la República como un hecho consumado, y en 1881 hicieron lo mismo con la Monarquía. Moret, que de hecho no había participado en las instituciones republicanas, fue el primero en dar el paso; poco más tarde le seguirían Martos y el resto de los notables radicales que se unieron a la Izquierda Dinástica, promovida por el general Serrano. En 1885 todos ellos formarían, junto con los fusionistas de Sagasta, el partido liberal de la monarquía. En las elecciones de 1893, los republicanos, unidos, consiguieron la mayor de sus victorias morales de la década, al obtener 45 diputados, aunque 13 de ellos eran posibilistas, en una relativa indeterminación entre el partido liberal y la militancia republicana. Lo más destacado es que triunfaron -consiguieron la mayoría- en Madrid, Barcelona y Valencia, las principales ciudades del país, además de la minoría en las circunscripciones de Oviedo, Tarragona, Murcia, Cartagena, Málaga, Cádiz, Granada, Sevilla, Badajoz, Valladolid, León, Zaragoza y Huesca, y el único diputado por Bilbao. Era lo más a que podían aspirar en el marco legal vigente. Con un 11 por ciento de los diputados, su labor siguió siendo puramente testimonial. Por otra parte, sus propias divisiones y enfrentamientos anularon pronto la relativa fuerza que en aquella ocasión habían alcanzado. Una cuestión relevante que han puesto de manifiesto los recientes análisis de la vida política local durante la Restauración es que una buena parte de los éxitos electorales conseguidos por los republicanos lo fueron gracias al apoyo oficial, o al recurso a los métodos caciquiles. Esto hace que se pueda matizar, al menos, la caracterización que hace Joaquín Romero Maura de los líderes republicanos como "caballeros andantes de las sagradas libertades modernas. Catones insulsos pero edificantes, tutores de la integridad moral y política de la nación, que vivían poseídos del papel que les había correspondido jugar, conciencia sin mancha de una nación pecadora". La sola identificación con la democracia -en un país cuyo comportamiento político estaba profundamente viciado por influencias personales, fraude, presión gubernamental, violencia física o dinero- daba siempre un significado moralizador al discurso republicano. Muchos republicanos eran, además, personalmente íntegros -y aquí cabe recordar el ideal humano de la Institución Libre de Enseñanza, hecho de coherencia personal, sinceridad, trabajo, amor a la naturaleza..., que no era exclusivo de los republicanos, pero que estaba tan extendido entre ellos-. Sin embargo, en la práctica, se terminó imponiendo, en muchos casos, la corrupción que dominaba el ambiente político. La proximidad al poder sirve también para desmentir la idea de que la debilidad republicana estuvo causada, sobre todo, por la represión gubernamental, como se desprende de las afirmaciones de Miguel Martínez Cuadrado. La realidad de la vida política de la Restauración no se entiende si pretende explicarse como el enfrentamiento entre el espíritu republicano de las masas y la represión gubernamental, ni en los ámbitos rurales ni en los urbanos. En la inmensa mayoría de aquellos, la mayor parte del país, predominaba la pasividad y la indiferencia hacia la política -por las razones que fuera-, y el principal factor explicativo de los resultados electorales no era la acción gubernamental represiva, sino una red de influencias y relaciones personales, íntimamente conectada con la acción gubernamental administrativa. Para estar presentes en estas zonas rurales, los republicanos se adaptaron al sistema y montaron sus propias máquinas caciquiles. En las ciudades, las cosas eran diferentes: allí sí había, en general, una importante opinión republicana, y se ejerció una fuerte represión hasta 1881, pero después de esa fecha, sólo fue practicada en los años 90, de forma mucho menor, localizada e indirecta, en relación, sobre todo, con la persecución de las actividades terroristas. En algunas ciudades medias, la legislación electoral de 1878 y 1890 era gravemente lesiva para el electorado urbano. Pero después de la aprobación del sufragio universal, toda la acción gubernativa era incapaz de impedir el triunfo de los republicanos en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, siempre que éstos se presentaran unidos y con los candidatos adecuados. Una tercera y última consecuencia es que quizás los republicanos pagaron un precio excesivamente alto por su moderación y colaboración con el sistema: su inutilización como oposición política verdadera. La táctica que adoptaron, de denuncia y al mismo tiempo de colaboración, no resultó políticamente eficaz: gracias a las concesiones que hicieron, lograron algunas actas más de concejales y de diputados provinciales y nacionales, pero se terminaron enajenando a parte de su propio electorado y perdieron legitimidad en sus alegatos contra un sistema en el que muchos de ellos se habían instalado.
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Al ser un fenómeno de raíz religiosa y eclesiástica, es decir, pan-europeo, la cruzada produjo consecuencias variadas e importantes más allá del ámbito de Tierra Santa. Algunas de ellas fueron duraderas e influyeron en aspectos muy diversos durante siglos. La fiscalidad pontificia, tomando como argumento la necesidad de financiar expediciones y ayudas, aumentó su peso y extensión en todo Occidente, mientras que el otorgamiento de indulgencia a los que participaran o ayudaran a iniciativas declaradas cruzada derivó, muchas veces, hacia el abuso. El desarrollo del antijudaísmo encontró en aquel ambiente un caldo de cultivo muy apropiado. La apelación a la cruzada se hizo frecuentemente con finalidades distintas a las propias de sus orígenes, o para ámbitos que no tenían que ver con Tierra Santa, como las guerras contra los musulmanes en España, contra los paganos en el Báltico o contra los herejes en el sur de Francia. Y, en fin, el desarrollo enorme de las órdenes militares, creadas en principio para contribuir a la defensa del Levante latino, y su difusión en otros territorios, generó situaciones políticas que, en un principio, no se habían previsto. Las órdenes militares estaban sujetas directamente a la jurisdicción pontificia y se regían por una regla monástica, que solía ser la benedictina, en lo que era compatible con la finalidad de la orden, que fue la guerra contra los infieles en defensa de los Santos Lugares o de otros territorios de la cristiandad, y con la condición de sus miembros, seglares y caballeros o escuderos. Sin embargo, la Orden de San Juan del Hospital había nacido antes, en torno a 1048, cuando unos mercaderes de Amalfi fundaron en Jerusalén un hospital bajo la advocación de San Juan el Limosnero, patriarca de Alejandria. La cruzada impulsó a los hospitalarios a defender y proteger a los peregrinos, y con ello a adoptar una organización militar entre 1120 y 1160, siendo maestre Raimundo de Puy: el proceso estaba concluido en 1154, cuando la orden era ya una "Militia Christi" y recibió nuevos privilegios de Adriano IV. Pero sus funciones asistenciales siguieron teniendo gran importancia, a ellas se destinó la renta de muchas donaciones recibidas en toda Europa y, sin duda, fue el aspecto que inspiró a otras órdenes que tomaron a los sanjuanistas como modelo: la de los Antonistas en Viena, a finales del siglo XI, y las del Espíritu Santo y San Lázaro de Jerusalén, más adelante. La Orden del Templo careció de aquella faceta asistencial pues nació como una agrupación de caballeros, en Jerusalén, promovida por Godofredo de Saint-Omer y Hugo de Payens en 1118. Tras el reconocimiento de Honorio III en 1127, contó con el apoyo y propaganda que de ella hizo Bernardo de Claraval, que la dotó de una regla adaptada de la benedictina y alabó sus fines en el conocido "De laude novae militiae". El prestigio de los templarios, como el de los hospitalarios, fue inmenso entre reyes y magnates, y su patrimonio alcanzó grandes dimensiones tanto en Europa como en Tierra Santa, donde eran poderes independientes de hecho, con perjuicio en ocasiones pare la política seguida por el rey de Jerusalén. En su momento de mayor expansión, el Templo contó con 15.000 a 20.000 miembros, entre caballeros, escuderos y clérigos, repartidos en doce provincias en Europa y cinco en Levante, con unas 800.000 libras tornesas de renta anual. Inevitablemente, el enriquecimiento y el poder produjeron cierto declive de los ideales primitivos en beneficio de los políticos. Cada orden tenía a su frente un Gran Maestre, con su Consejo, oficiales cortesanos y, para las ocasiones prescritas por la regla, un Capítulo General de los principales cargos. Las propiedades y rentas estaban divididas, dentro de cada reino, en prioratos, y estos a su vez en bailías y encomiendas. Bajo el mando y responsabilidad de priores, bailíos y comendadores vivían el resto de los miembros de la orden, obligados a la regla y a vestir diversos signos externos de identificación: los hospitalarios portaban hábito negro y cruz blanca -llamada después de Malta- y los templarios hábito blanco o negro con cruz roja. La pérdida de Tierra Santa produjo a las órdenes una grave crisis de supervivencia. Los proyectos de fundir al Hospital y al Templo en una no se realizaron. Los hospitalarios tenían mayor capacidad de adaptación por la importancia de sus funciones asistenciales y porque se hicieron cargo de la defensa de la isla de Rodas, punto avanzado y estratégico que conquistaron a Bizancio en 1310. Los Templarios, en cambio, no contaban con aquellos argumentos y, además, su actividad financiera los había involucrado en la vida política de alqunos reinos, en especial Inglaterra y Francia, lo que, al cabo, fue la causa de su ruina: el rey francés Felipe IV hizo procesar desde 1307 al Gran Maestre, Jacques de Molay, y a sus principales colaboradores, que murieron condenados después de padecer acusaciones y calumnias cuyo resultado fue una sentencia inicua. Pero el papa Clemente V se plegó a los deseos de Felipe IV el mal momento sufrido por el Papado durante la querella entre Bonifacio VIII y el rey estaba reciente y disolvió la orden en 1312: sus bienes pasaron a la del Hospital o a otras órdenes militares pero en Francia aquello ocurrió después de varios años de administración directa por los agentes regios, a beneficio de la corona. Las acciones militares de los hospitalarios continuaron durante la Edad Media tardía, apoyados en sus grandes recursos y en las ayudas pontificias, francesas y catalano-aragonesas principalmente. La toma de Esmirna en 1344 y su defensa hasta 1402 bloqueó algunos aspectos de la expansión turca en Asia Menor; intervinieron en la expedición contra Alejandría en 1365 y en la batalla de Nicópolis, en 1397. Durante el siglo XV resistieron con éxito los asedios a Rodas de los mamelucos egipcios en 1440 y 1444 y de los turcos otomanos en 1480; al cabo, la isla caería en manos de estos últimos en 1522 y los hospitalarios se replegaron a Malta, de cuya defensa se hicieron cargo durante varios siglos. En otros ámbitos de expansión de la Cristiandad occidental surgieron también órdenes militares, amparadas igualmente por la idea de cruzada aunque en la práctica sus finalidades e intereses no eran los mismos que se habían manifestado en Tierra Santa. Los Caballeros Teutónicos tienen su origen en la segunda cruzada, y actúan en Levante hasta finales del siglo XIII, pero las empresas contra los paganos de Prusia desplazaron totalmente su atención y su futuro a las fronteras nororientales del Imperio, donde se hicieron con un enorme dominio señorial, y absorbieron a otra orden militar, la de los Caballeros Portaespadas, pare completer, a principios del siglo XIII, la conquista de Livonia y Estonia. La necesidad de organizar mejor la lucha contra los musulmanes provocó la aparición de cofradías y órdenes militares en la España cristiana desde el segundo cuarto del siglo XII. Templarios y hospitalarios tuvieron fuerte presencia e importantes señoríos en la Corona de Aragón, pero mucho menos en Castilla: tras la disolución de los primeros en 1312, sus bienes sirvieron para fundar la Orden de Montesa en Aragón y la de Cristo en Portugal, mientras que pasaban a órdenes militares del país y a nobles seglares en Castilla. Por su parte, la presencia en la península de los Caballeros Teutónicos en el siglo XIII tuvo una importancia simbólica y escasa. El fenómeno singular más importante ocurrió en los reinos de León y Castilla, donde hubo órdenes militares autóctonas que tuvieron gran desarrollo: Calatrava en Castilla desde 1157, Alcántara en León y Santiago en ambos reinos desde 1175, aproximadamente. Lo mismo sucedió en Portugal, con la Orden de Avis. La colaboración de todas ellas en la fase final y decisiva de las guerras contra los musulmanes fue muy importante y produjo, entre otros efectos, la formación de vastos conjuntos señoriales que convirtieron a las órdenes en piezas importantes del tablero político de los reinos peninsulares durante los últimos tiempos medievales .
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Una de las características importantes del mundo cristiano es la presencia de grupos compuestos por individuos que consagran su vida a la religión, asumiendo voluntariamente determinadas privaciones o sacrificios en nombre de la fe. Estos grupos, conocidos como órdenes religiosas, tienen su origen en san Antonio Abad, a quien tradicionalmente se considera el fundador de la vida monástica. San Antonio Abad vivió entre los siglos II y III d.C., dedicando gran parte de su vida a la oración en medio del desierto egipcio. Por un efecto de imitación, muchos otros siguieron su ejemplo, bien viviendo como ermitaños, bien fundando en compañía de otros fieles nuevas comunidades religiosas, gobernados por un abad o abadesa. El auge de este tipo de actitudes y comunidades se vio fomentado por la propia religión cristiana, que considera el sacrificio y la entrega a Dios mediante el alejamiento de la vida mundana, vista como un foco de pecado, como una forma de vida virtuosa y un acercamiento al Paraíso. Así, quienes renunciaron a sus bienes y oficios para entrar en estas comunidades fueron observados como un modelo de virtud a imitar por el resto de la población. Pronto, ante el auge de estas comunidades monacales o monasterios, se vio la necesidad de dictar "reglas" estrictas para organizar la convivencia y fijar la manera en que debía ser realizado el servicio a Dios y a la comunidad. En uno de los primeros monasterios, la abadía de Montecassino (Italia), san Benito de Nursia (480-550 d.C.) estableció una "regla" para regular la vida espiritual y administrativa de los miembros de la congregación. Esta "regla", que rige la vida de las comunidades benedictinas hasta hoy en día, sirvió de punto de partida para la adopción de otras posteriores que han regulado la vida de los monasterios durante muchos siglos. En resumidas cuentas, los miembros de las comunidades religiosas hacen voto de castidad y obediencia, siendo su obligación rezar y cantar los Oficios Divinos. Las distintas "reglas" regulan también aspectos como los tiempos de trabajo, oración, descanso o lectura. Desde finales del siglo IV, el ideal de vida ascético promovió la multiplicación de numerosas fundaciones, con el objetivo de difundir la vida espiritual entre las poblaciones rurales. Los monasterios tuvieron un gran desarrollo durante la Edad Media, convirtiéndose en un aspecto clave de la política de colonización de nuevas tierras. Las comunidades poseían grandes extensiones de terreno y numerosos sirvientes. Buena parte de la vida económica, social y cultural de las gentes medievales se articulaba en torno al monasterio, organizado siempre siguiendo un modelo ideal. El edificio principal del monasterio era la iglesia, más o menos grandes dependiendo de las posibilidades de la comunidad. El claustro, con jardín y fuente, era el centro de la vida monástica y el lugar donde meditaban y encontraban algo de esparcimiento. En los scriptoria, los monjes amanuenses se dedicaron a copiar textos, lo que permitió en gran medida la transmisión del saber de la antigüedad greco-romana, que, de otra forma, se hubiera perdido. Cocina, dormitorios, refectorios y sala capitular completaban las dependencias del monasterio. Autosuficientes, los monasterios disponían de huertos y granjas. Para trabajar en ellos, contaban con el servicio de campesinos dependientes, pues los monasterios actuaban como grandes propietarios o señores. Simultáneamente, los monjes actuaban en oficios varios, como sastres, zapateros, tejedores, carpinteros o albañiles. Ora et labora, el oficio manual se consideraba tan importante como el ejercicio del espíritu.
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Fruto de dilatados y difíciles encuentros diplomáticos, en febrero de 1763 se concertaron los acuerdos que pusieron fin a la Guerra de los Siete Años. El 10 de febrero concluyó el Tratado de París entre Gran Bretaña, Francia, España y Portugal, donde destacaban los siguientes puntos: - Gran Bretaña conseguía en América toda Canadá, las islas y costa en el golfo y río San Lorenzo, el territorio al este del Mississippi, Florida, la bahía de Pensacola y las islas antillanas de Dominica, Granada, Las Granadillas, San Vicente y Tobago. En África obtenía el río Senegal, con los fuertes y factorías de San Luis de Podor y Galam. En la India no había precisiones territoriales, pero se reconocía a los protegidos británicos como soberanos del Dekan y Carnatic, con lo que se ponían las bases de su futura expansión. En Europa recibió la isla de Menorca. - Francia renunciaba a todas sus reclamaciones sobre Nueva Escocia y conservaba las islas de San Pedro y Miquelon, junto con los derechos pesqueros de Terranova. Recuperó la isla senegalesa de Gorea, las islas antillanas de Guadalupe, Martinica y Santa Lucía y cinco factorías en la India, las poseídas en 1748, con la condición de no fortificarlas, situadas en Bengala, Costa de Coromandel y Costa Malabar. En Europa le fue devuelta Belle-Isle, prometía la desmantelación de Dunkerque y se retiraba de Hesse, Brunswick y Hannover, aliados de Gran Bretaña. - Portugal conservó la colonia de Sacramento. - España recobró Cuba y Filipinas y obtenía la Luisiana occidental, compensación francesa por la pérdida de Florida. No pocas consecuencias se derivaron del tratado. En primer lugar, Gran Bretaña fue la indiscutible vencedora y confirmaba la consideración de potencia gracias a sus posesiones ultramarinas, si bien los ingleses pensaban que se hubieran podido obtener más ventajas si no se hubiesen atendido las demandas internacionales. En segundo lugar, Francia fue la gran derrotada y contemplaba su declive marítimo y colonial, aunque conservaba enclaves comerciales esenciales. Evidentemente, las cláusulas económicas tuvieron mayor consideración que las dedicadas a las pérdidas territoriales; de ahí que Choiseul atendiese de forma especial al ejército y la armada y orientase las relaciones exteriores a consolidar la alianza con España. En tercer lugar, se ratificaban los puntos básicos del Tratado de Aquisgrán. En cuarto lugar, España no quedó completamente aniquilada y vislumbraba una aproximación a Francia con el fin de detentar el protagonismo colonial frente a Londres. En quinto lugar, el tratado era la evidencia de que Prusia había vencido a los Habsburgo. Augusto III fue aceptado como mediador en las conversaciones del resto de los beligerantes, y el 15 de febrero de 1763 se firmó el Tratado de Hubertsburgo entre Austria, Prusia y Sajonia. Significaba la vuelta a la situación existente en 1748. Cabe destacar: - Prusia retenía definitivamente Silesia y Glatz. - Federico II prometía el voto a José Habsburgo en la elección imperial. - Augusto III recuperaba Sajonia. - María Teresa admitía la evacuación francesa de Cleves, Gerder y Mörs, territorios renanos de Federico II. La Guerra de los Siete Años despertó rencores y apenas significó modificaciones territoriales, ya que unas paces aisladas no podían concluir definitivamente una guerra de coalición, a pesar de la evidente influencia en el campo de las relaciones internacionales. Gran Bretaña aparecía ahora como la nación hegemónica, sobre todo en los mares. Rusia, no incluida en los tratados por la retirada del conflicto, consagró su posición en los foros diplomáticos. Austria y Prusia fueron defraudadas y se consideraron peones de las potencias mayores, en especial Gran Bretaña. Federico II reafirmó su potencia militar, lo que supuso unas malas relaciones con el resto de los países ante el temor de nuevos conflictos. Francia conservó cierta preeminencia, pero su posición había quedado relegada con respecto al Reino Unido y sin posibilidades de recuperación por la desidia real y los problemas interiores, en especial los financieros. España sólo despertaba preocupación en Londres por el Pacto de Familia, ya que el peligro Borbón no había desaparecido para Gran Bretaña. Por último, el compromiso anglo-francés de no prestar ayuda a sus aliados europeos, les alejó de las disputas continentales y la dirección de la diplomacia pasó a Austria, Rusia y Prusia. No se esperaba un largo período de paz. Pronto, la política europea estuvo mediatizada por cuatro problemas fundamentales: la rivalidad anglo-francesa en Ultramar, la situación polaca, las disputas alemanas y los problemas orientales. La conexión de todos ellos hizo bascular el centro de interés internacional hacia el Este. Las potencias occidentales dejaron de dirigir los acontecimientos continentales y los Estados orientales no intervinieron en las colonias.