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Uno de los casos de estudio más interesantes es el de las mujeres al frente de un ejército. En la historia de Castilla es probablemente donde ha habido más mujeres a la cabeza de un ejército interviniendo en una guerra ofensiva. (64) Hasta el siglo XVIII, las mujeres podían heredar la corona, pues no se impuso la ley Sálica hasta el siglo XVIII, y esto las posibilitaba para hacer la guerra, sobre todo en defensa de sus derechos al trono. Lo mismo ocurrió con algunas mujeres de la nobleza para defender sus estados. En la época medieval hubo bastantes casos como Doña Sancha de Navarra, DoñaUrraca, Doña Berenguela, etc. Gráfico En la guerra moderna fue más raro encontrar una reina al frente de sus tropas, pero también hubo algunos ejemplos de reinas o mujeres nobles que tomaron las armas y defendieron con ellas sus derechos. En primer lugar, destacó la reina Isabel la Católica. Su reinado se inició con una guerra contra los derechos sucesorios de su sobrina Juana la Beltraneja a la que logró arrebatar la corona castellana. Dos mujeres en liza, pero la participación mayor en la guerra correspondió a Isabel. Juana defendía la herencia de su padre, mientras Isabel luchaba por acceder al poder. Tras el triunfo de la guerra civil, Isabel continuó la lucha para dominar a la nobleza levantisca y participó activamente en la Guerra de Granada. Según Cristina Segura, la actuación de Isabel I fue siempre muy beligerante y luchó decididamente por el poder, a pesar de que los cronistas de la época la presenten de forma distinta. (65) Gráfico Otro ejemplo de una mujer al frente de sus tropas fue el de la soberana de los Países Bajos, Isabel Clara Eugenia, quien en alguna ocasión se puso a la cabeza de su ejército en lugar de su marido el Archiduque Alberto. De esta manera se significaba claramente quien ostentaba el poder y a quien le pertenecía Flandes. El esfuerzo personal de la archiduquesa por comprometer sus joyas para extraer dinero para el pago de las soldadas, así como su presencia física entre las tropas llevó a muchos a considerarla como madre de los soldados: "Car en fin el n´y a rien si superbe et brave qu´une belle, brave et grande dame, quand elle veut et qu´elle a du courage, comme estoit celle-là, et qui se plaisoit fort au nom que lui avoieut donné les soldats espaignols qui, comme ils appelaient l´empereur son frere: el padre de los soldados eux l´appelaient "la madre", ainsy que Victoria ou Victorina, jadis du temps de Romains fut appellée en ses armées "la mère du camps" (Victoria, madre de Victorin I, tyran des Gaules, morte en 268. Ses médailles lui donnent le titre de "mater exercitum: mere des armées). Certes, si une dame grande et belle entreprend une charge de guerre, elle y sert de beaucoup, et anime fort ses gens: comme j´ai veu en nos guerres civiles la reine mère qui bien souvent venoit en nos armées, et les asseuroit tout plain et encourageoit fort, et comme fait aujourd´huy l´infante Isabelle, sa petite fille en Flandres qui preside en son armée, et se fait paraitre à ses gens de guerre toute valeureuse, si que sans elle et sa belle et agreable presence la Flandre n´auroit moyen de tenir, ce disent tous. Et jamais la reine de Hongrie, sa grande-tante, me parut ell en beauté, valeur, generosité et belle grace." (66) Gráfico Entre las mujeres nobles, el mejor ejemplo lo ofrece María Pacheco, esposa del comunero Juan de Padilla. Tras la derrota de Villalar el 23 de abril de 1521, ella mantuvo la rebelión en Toledo contra Carlos I. Capituló unos meses después exigiendo el restablecimiento del honor de su marido, muerto en el cadalso, y el reconocimiento para su hijo de los mismos oficios municipales del padre, así como la devolución de la hacienda incautada. Unos meses después volvió a levantarse pues no se habían cumplido las capitulaciones pactadas; pero esta vez fue derrotada y tuvo que huir a Portugal; fue juzgada y condenada a muerte en rebeldía. Con su rebelión, María Pacheco, que procedía de la más alta nobleza de Castilla, defendió no sólo un ideal, también a su familia, su hijo y su hacienda.
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La Inquisición en España tuvo gran predicamento a partir de 1478, año en que los Reyes Católicos consiguieron del Papa Sixto IV mediante la Bula Exigit sincerae devotionis, la refundación del tribunal en Castilla, ampliado a la Corona de Aragón en 1481 (124) . Desde el siglo XIII hasta finales del XV, el Santo Oficio dependió de los obispos y actuó con moderación. Pero la expulsión de los judíos (1492) y de los moriscos (1609) planteó nuevos problemas (125) La alternativa era conversión o exilio. La mayor parte de estas minorías étnicas salieron de España permaneciendo fieles a sus creencias; el problema se recrudeció con la aparición de falsos conversos que habían sido bautizados, pero mantenían sus ritos y costumbres en el ámbito privado. Las mujeres, transmisoras principales de los hábitos familiares, jugaron un importante papel (126) . Gráfico Respecto a los judíos que vivían en Sefarad (España en el idioma ladino) hubo una habitual enemistad con la mayoría de la población, que culminó en una ola de asesinatos en las aljamas en 1381. Tras la expulsión de 1492, la mayor parte de los juzgados por la Inquisición eran judeoconversos. Concretamente entre 1481 y 1530 fueron procesadas unas 45.000 personas; el 90% de ellos eran cristianos nuevos con antecesores judíos, acusados de mantener sus antiguas costumbres religiosas (127). Estudiando la información aportada por los tribunales de la península ibérica, R. García Cárcel ha podido determinar la proporción de mujeres judeoconversas en los siguientes tramos cronológicos: 1481-1530 47,1% 1531-1560 39,1% 1561-1620 41,8% 1621-1700 40,5%. El mismo autor ha señalado el porcentaje de mujeres moriscas acusadas de mantener su fe islámica después del bautismo: 1481-1530 16,7% 1531-1560 41,2% 1561-1620 35,3% 1621-1700 36,4% (128). Según B. Vincent, estudioso del problema de los falsos conversos procedentes del Islam, las mujeres eran elementos de resistencia pasiva ante la cultura e idiosincrasia cristianas y mantuvieron la llama encendida de la fe de sus padres en la clandestinidad ya que "la mujeres moriscas desempeñaron un papel fundamental en la supervivencia del Islam"(129) . Según este autor, entre 1561 y 1620, el 35,3% de los acusados de islamismo son mujeres. Existen también algunos datos parciales sobre las mujeres moriscas condenadas por el Santo Oficio en algunos tribunales concretos: <table> <tr> <td>Tribunal de Valencia</td> <td>27%</td> </tr> <tr> <td>Tribunal de Zaragoza </td> <td>30,8%</td> </tr> <tr> <td>Tribunal de Cuenca </td> <td>35% (130).</td> </tr> </table> En definitiva, las mujeres conversas tuvieron gran peso específico en la permanencia religiosa de las minorías judía e islámica.
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Hemos señalado en diferentes ocasiones la falta de historia comparada con otros países europeos, en relación con la primera época franquista. Por el contrario, tenemos la suerte de conocer -nos parece muy interesante-, el excelente trabajo de Paloma Domínguez Prats, recogido en varias publicaciones dedicadas al estudio de la vida de las mujeres exiladas, las de la otra España, una vez que se establecieron establemente en México, en su mayoría, después de su paso por Francia, a donde emigraron en un primer momento por razones de cercanía, inmediatez, facilidad, etc. En las lúcidas conclusiones de su autora, que reflejamos a continuación, observamos que la vida de las españolas mexicanas apenas difería de la de las españolas del franquismo: en lo que permanecía y en lo que cambiaba, todo seguía tiempos e inercias similares. Ni tan violenta guerra como fue la española, entre posturas aparentemente tan extremas, pudo apenas marcar diferencias inmeditas con la situación anterior. Los extremos, afortunadamente para la Historia, son minoritarios, si bien unos pocos que los encarnen pueden llevar la violencia a toda la sociedad, como pasó entonces. Gráfico
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Con cierto retraso con respecto a Europa comenzaron en España los estudios dedicados a la mujer. En los ochenta aparecieron las primeras monografías, de carácter político o social, entre las que destacó Mujer y sociedad en España (Ministerio de Cultura 1982). La obra, estructurada en secuencias temporales, abordaba un aspecto característico del cada período en cuestión. Después se publicó la Historia de las Mujeres, de Georges Duby y Michelle Perrot, cuyo tomo referido a España y dirigido por Mary Nash, ofrecía un panorama general de la mujer durante el mandato de Franco, que repasaba los roles que les fueros asignados a las mujeres, la oposición de estas al Régimen y las estrategias que siguieron. Es una obra interesante por su carácter internacional y sincrónico, ya que permite la comparación de las distintas situaciones de las mujeres, en un mismo periodo cronológico y en distintos contextos, pero que sólo es representativa, en su visión de la actitud de la mujer, de un segmento de la población femenina del Franquismo, que fue movilizándose parcial y paulatinamente a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, como fue recogiendo la legislación en la ley de los primeros cambios del Código Civil, Ley de 24 de abril de 1958, y la Ley de 22 de julio de 1961, sobre derechos políticos, profesionales y de trabajo de la mujer. Con posterioridad fueron surgiendo obras más generales que han tratado el tema desde el punto vista social y político. Prima el aspecto político en La dictadura de Franco, de Javier Tusell; el aspecto social en España bajo el Franquismo, de Josep Fontana; y se conjugan ambos aspectos en España bajo la dictadura franquista, tomo X, coordinada por M?. Carmen García-Nieto París, incluida dentro de la Historia de España, de Tuñón de Lara. En los últimos años se han editado numerosas obras que pretenden abordar el tema desde una perspectiva global. En este sentido son interesantes la obra Franquismo. El juicio de la Historia, de Juan Pablo Fusi, José Luis García Delgado, Santos Juliá, Edward Malefakis y Stanley G. Payne, y también Para acercarnos a una historia del Franquismo, de Luis Palacios Bañuelos y José Luis Rodríguez Jiménez (Cuesta Bustillo 2003: 14). Con relación a la mujer, la historiografía franquista se ha ocupado preferentemente de algunos aspectos: la educación (1939-1959, los años del primer Franquismo); el trabajo y los salarios; la represión, el exilio y las migraciones; los roles femeninos; la movilización femenina y la Sección femenina; los movimientos sociales, asociaciones profesionales y poder político; y los derechos humanos y derechos de las mujeres. Todos estos temas nucleares y otros más incisivos, junto a una amplia bibliografía, están recogidos en Historia de la mujer en España. Siglo XX, dirigido por Josefina Cuesta Bustillo y publicado por el Instituto de la Mujer, estudio serio, documentado y plural, que presenta una distribución temática inserta en otra cronológica de cuatro tomos dedicados respectivamente a la Restauración, Franquismo, Democracia, y Campos, mitos e imágenes de la mujer en el siglo pasado. Gráfico En resumen, hace ya más de treinta años que se está haciendo Historia de las mujeres atendiendo a las distintas tendencias hasta aquí señaladas. Sin duda es el feminismo de la igualdad el que ha tenido y sigue teniendo una mayor incidencia, así como el sistema de géneros es el que priva en la elaboración histórica. Las demás tendencias, no por más escasas son menos importantes, especialmente la de la desigualdad. Una presencia muy escasa tiene el feminismo lesbiano, aunque aporta una nueva vía de análisis. Mientras las últimas tendencias siguen profundizando en este feminismo de la igualdad. Lo más reciente es el feminismo de la diferencia, el más revolucionario e inconformista en los últimos días, que señala que por encima de la paridad están sobre todo las preferencias de las propias mujeres: no siempre lo que impone la igualdad coincide con lo que ambicionan las mujeres.
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Las mujeres en la frontera indiana, por la misma naturaleza de ésta, asumieron además de las funciones que se consideran propias de la condición femenina en el siglo XVI, otras inusuales, varoniles e incluso escandalosas. Porque mujeres hubo en todas las expediciones y empresas de conquista, desde los viajes de Colón. Su primer destino fueron las Antillas. En seguida los cronistas las califican como verdaderas matriarcas fundadoras de familias -y por tanto sociedades estables- y elementos imprescindibles en la fijación, el arraigo y la transmisión por la vía familiar y/o educativa de la nueva cultura dominante en Indias. En 1514, en Santo Domingo había mujeres en 13 de las 14 ciudades fundadas hasta entonces. En los primeros momentos se estima que las mujeres españolas representaron el 10% de la corriente migratoria desde Castilla a América. Presentes en las huestes de conquista -mujeres legítimas, hermanas, amantes, prostitutas, criadas, esclavas, enfermeras y mujeres-soldado- y en las ciudades -doncellas, casadas, viudas, monjas, recogidas, criadas y esclavas- españolas, indias y mestizas manifestaron una energía y decisión muchas veces inquebrantables y puede afirmarse que sin ellas la colonización indiana no habría sido posible, al menos como proyecto de aculturación. De hecho algunas mujeres fueron verdaderas matriarcas que generaron familias muy extensas que han llegado hasta hoy: es el caso de Beatriz de Andrade y su hermana Luisa de Andrade; y de forma diferente -ya que ella no tuvo hijos, de doña Marina Ortiz de Gaete, que llevó consigo a Chile a algunas mujeres jóvenes y solteras de su familia. Si la guerra todavía en el siglo XVI se consideraba una ocupación habitual y cotidiana para el varón, no sucedía lo mismo respecto a las mujeres. Sin embargo, en América -entonces como en las luchas de independencia del siglo XIX- no dudaron en empuñar las armas cuando fue necesario, y según escriben los cronistas -por ejemplo Bernal Díaz del Castillo que luchó junto a algunas de ellas en México- con verdadero valor. Mujeres de armas tomar fueron Elvira Hernández, Beatriz Hernández, Beatriz Gómez, Inés Suárez amante de Pedro de Valdivia en Chile, Antonia Hermosilla, Beatriz Palacios, Beatriz Hernández de Cortegana, María o Marina de la Caballería, María de Vera, Beatriz Bermúdez de Velasco, La Sagreda, Mari López, Catalina Hernández y Leonor de Guzmán. Enfermeras en las campañas fueron Beatriz de Paredes, quien también peleaba, Mencía Marañón en Chile, Isabel Rodríguez y María de Estrada en México. Expedicionarias fueron Mencía Calderón y María Sotomayor. Fueron a la conquista con sus maridos -son algunos ejemplos- Mari Hernández, Lucía Miranda, María Arias de Peñalosa, Catalina Márquez, Francisca Valterra, Isabel de Vergara-, con sus amantes, como Inés de Atienza, Catalina de Leyton y María de Ulloa, con sus hermanos -Beatriz Ordás y Francisca Ordás- o con su padre, como en el caso de la desafortunada Elvira Aguirre, hija mestiza del loco Lope de Aguirre en la expedición de los Marañones. Algunas llegaron al Río de la Plata con don Pedro de Mendoza en 1536: María Dávila, María Duarte, Catalina Pérez, Elvira Pineda, María de Angulo, Francisca Josefa de Bocanegra, Catalina de Vadillo, Isabel de Guevara, Isabel de Quiroz y Mari Sánchez. En medio de las terribles penalidades de los primeros meses en el Plata, atacadas por los indios, con hambre y enfermedades, una epidemia de peste y una naturaleza hostil fueron capaces de curar y cuidar a los heridos, enterrar a los muertes, conseguir comida, hacer guardia por si volvían a repetirse los ataques, combatir contra los indios, limpiar las armas y sobre todo, mantener alta la moral de supervivencia y combate de los hombres. Gráfico Fuera de estas situaciones singulares, también hubo mujeres que viajaron a Indias porque libremente -u obligadas por el Rey como doña Marina Ortiz de Gaete, mujer de Pedro Valdivia, que hacía veinte años que no veía a su marido cuando llegó a Chile y supo que se acababa de quedar viuda- fueron a reunirse con su cónyuge o llegaron con él: Inés Muñoz, cuñada de Francisco Pizarro; doña María de Toledo primera Virreina de América, mujer de Diego Colón o doña Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, segunda esposa de Hernán Cortés son algunos ejemplos. En el séquito de doña María llegaron a Santo Domingo algunas doncellas que se bien casaron en Indias: María de Cuéllar, con Diego Velázquez, María de Valenzuela con Pánfilo de Narváez, Catalina Suárez Marcaida con Hernán Cortés; y otras -María Hernández y Antonia Hernández-. También los funcionarios y hombres de profesiones liberales se desplazaban a veces con su familia: así, Gonzalo Fernández de Oviedo se llevó a América a Catalina Rivafecha. Iseo Velázquez de Cuéllar, pariente de Diego Velázquez, el gobernador de Cuba también viajó en razón de su matrimonio. Todas ellas cumplían los trámites legales en Sevilla antes de iniciar un viaje de unos dos meses en condiciones muy difíciles, y sin garantías excesivas de poder llegar. Por cierto, en la ciudad del Guadalquivir una mujer, Francisca Brava, vendía licencias clandestinas para pasar a Indias, en la calle Tudela. Muchas estuvieron presentes en las fundaciones de ciudades o en los principios de la vida urbana como pobladoras en el primer caso -presentes en la fundación y con derecho a recibir solar si eran cabezas de familia- y residentes en el segundo: Isabel de Rojas, Mencía de Almaraz y Sos, Marina Dávalos Altamirano, Inés Díaz, María Nidos, María Ana Calderón, Teresa Núñez de Prado, Luisa Martel de los Ríos, María Sanabria Saavedra y Garay, María Sanabria, Isabel Romero, Leonor Jiménez, Catalina Quintanilla, Eloísa Gutiérrez, Leonor Guzmán de Flores, Elvira Mendoza y Manrique de Lara o Isabel Salazar. Muchas de ellas eran "hijasdalgo" pero otras eran criadas -como Teresa Cano- o esclavas moriscas -españolas de ascendencia musulmana- como Beatriz Salcedo, Lucía de Herrera o Margarida Almagro. A veces después de una vida aventurera, se asentaban en la ciudad y volvían a las pautas ordinarias de conducta femenina en el siglo XVI. Entonces sacaban adelante a sus familias, acogiendo a veces bajo su techo a los hijos ilegítimos -casi siempre mestizos- de sus propios maridos, como también a huérfanos criollos y mestizos procedentes de familias vinculadas por paisanaje o parentesco, por lejano que fuera: el sentido familiar era muy intenso en las mujeres indianas. A todos ellos los educaron a la española e instruyeron en la fe. Cuando el cabeza de familia estaba ausente -a veces durante años- o las mujeres se quedaban viudas, aprovechaban sus destrezas en diversas actividades domésticas para aumentar sus ingresos; así se fueron profesionalizando y llegaron a ser verdaderas empresarias en los obrajes textiles -como Inés Muñoz en la Sapallanga- o Francisca Suárez, que fue panadera, hostelera y llegó a tener varias casas de alquiler en Lima; también hubo mujeres agremiadas que llegaron a ser maestras -Luisa de Rosa o Elvira Rodríguez- sanadoras, parteras y comadronas, ceramistas, y educadoras. María Escobar y/o Inés Muñoz, según las fuentes, fueron las introductoras del cultivo del trigo en Perú; esta última, además, de varios frutales y del olivo. Gráfico Ahora bien, la dimensión doméstica de su vida cotidiana no implicaba que desatendieran otras cuestiones. Quizá el caso más representativo sea la intervención de algunas mujeres en una tesitura nada fácil, como fueron las guerras civiles del Perú, en las que las facciones pizarristas y almagristas se enfrentaron durante años en una cruenta contienda entre españoles. Podía haber por entonces unas mil españolas en Perú. La Corona quiso poner paz y garantizar la soberanía real sobre el territorio peruano que unos y otros se disputaban. Desde Lima, Trujillo y Arequipa las mujeres alzaron su voz pidiendo paz, la instauración de las instituciones y la incorporación a la Corona. Veinte mujeres sufrieron prisión por ello como "legalistas" en el Cuzco; doña María Calderón fue asesinada, pero otras mujeres, como Inés Bravo de Laguna y Juana de Leyton continuaron reclamando la pacificación hasta que llegó. En 1542 cuando la Corona a través de las Leyes Nuevas quiso abolir la encomienda, mujeres en México, Guatemala y Perú protestaron enérgicamente: la estabilidad de sus familias dependía de la pervivencia de esa institución. Hay testimonios documentales de lo que hoy llamaríamos "manifestaciones" callejeras de mujeres, "cencerradas" y "caceroladas" pidiendo al Rey la abolición de las Leyes, cosa que efectivamente ocurrió, con estas contribuciones femeninas, aunque sobre todo, a causa de la violencia de los conquistadores en Perú. En todo caso, a partir de entonces las encomiendas se concedían por dos vidas: la del titular o la titular -hubo muchas mujeres encomenderas- y la del primer/a heredero/a. Las encomiendas eran una merced real otorgada por méritos de guerra o aportaciones civiles de envergadura. Hubo encomenderas españolas, indias y mestizas desde el principio: Bernardina Heredia, Isabel Moctezuma; Leonor Moctezuma; Águeda de Flores, Guiomar de Guzmán, María de Valverde, Inés Muñoz, Inés Suárez, María Escobar, Ana Suárez, María Sánchez "La Millana", Beatriz Marroquí, Beatriz Santillana, Beatriz Clara Coya, Beatriz Ysasaga, Beatriz Sayrecoya, Catalina Sotomayor, Jordana Mexía, Mayor de Berdugo, Lucía de Montenegro y Florencia de Mora y Sandoval. En otro orden de cosas, hubo mujeres que directamente o una vez viudas fundaron conventos e incluso profesaron como religiosas: casos como los de doña Inés Muñoz, y su nuera María de Chaves, Lucrecia Sansoles y Juana de Cepeda -colaboradora de los Agustinos de Lima- son significativos. Tampoco faltaron mujeres con cargos políticos, que realizaron su gestión con eficacia, solvencia y a veces como en el caso de doña Isabel de Barreto, Adelantada del Mar del Sur, con verdaderas ambición y crueldad. Aldonza Villalobos y su hija Marcela Ortiz de Sandoval Villlalobos fueron gobernadoras de la Isla Margarita, luego la sucesión siguió en la familia pero por línea de varón. Beatriz de la Cueva lo fue por un día de Guatemala; Inés de Bobadilla se encargaba del gobierno de Cuba durante las ausencias de su marido; Isabel de Bobadilla y María Arias de Peñalosa fueron gobernadoras consortes. Doña María de Carvajal, mujer de Jorge Robledo, se llamaba a sí misma -y era conocida en Cauca y Antioquia como- "Señora Mariscal". Como la Corona estableció una doble estructura política, la República de los Indios y la de los Españoles, y mantuvo hasta cierto grado las tradiciones de gobierno indígenas, también hubo mujeres nativas que ejercieron el poder como cacicas -Anacaona, Elvira de Talagante, Timina, María de Tula-, mujeres de caciques -Biriteca- Capullanas en el Valle de Piura: Isabel Temoche, Ana Valterra, María Valterra, María Temoche y Francisca Valterra, y sacerdotisas como Tulima, quien también era cacica. Otro aspecto esencial fueron las gestiones de algunas mujeres indígenas durante la conquista actuando como intérpretes y facilitando pactos que retrasaron -aunque no pudieron evitar- la violencia: es el caso de Malinalli Ténepatl, Catalina de Zamba o Zoratama de Pasca. Consideradas por algunos como traidoras al romper la lealtad de sangre, se contraponen a las figuras de otras mujeres indígenas que no sólo se resistieron sino que pelearon hasta la muerte contra los invasores Gaitana, Zazil Há mujer de Gonzalo Guerrero, Guaicamarintia, Curi Ocllo, Liropeya, María Ylamateuhtli, o Magdalena Mamaguaco Inca, Ñusta educada en el núcleo de resistencia inca de Vilcabamba, en los Andes son algunas de ellas. Muchas otras mujeres hicieron la colonización pero sus nombres no han llegado a través de crónicas y documentos hasta nosotros; no obstante podemos -a través de las que sí han llegado- conocer algunas imágenes de cómo pudieron ser sus dificultades, su empeño por sobrevivir, su capacidad de adaptación, y sus realidades familiares y sociales.
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Al ser heredera la sociedad medieval de las costumbres romanas y germánicas al tiempo que heredera de un sistema de creencias estructurado en Oriente Medio, establece sus bases en el patriarcado. El varón es considerado un "agente activo" mientras que la mujer es el "agente pasivo". Esta es la razón por la que el varón ocuparía un papel preeminente ante la mujer, a pesar de plantear la religión cristiana en sus textos fundamentales la igualdad de los dos sexos ante el pecado y la salvación, dejando de la lado la presunta negación de la existencia de alma en las mujeres. En este marco patriarcal, la vida pública, desde la política a las armas pasando por la cultura o los negocios, está reservada casi exclusivamente al hombre mientras que la mujer está recogida en la vida doméstica. Sin embargo, como bien dice Adeline Rucquoi "en las sociedades tradicionales, en las que la escritura no desempeña el papel fundamental que ahora tiene, la transmisión de la mayor parte de los conocimientos se efectúa precisamente en el marco de la vida privada" por lo que el papel de la mujer no queda mermado. Por eso vamos a conocer en profundidad su papel en la vida familiar, las labores de las mujeres, sus relaciones con la religión o la cultura, los saberes tradicionales o el mundo de la prostitución, una vía de escape en definitiva al régimen tradicional.
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1910 es la fecha en que la mujer española pudo matricularse de modo oficial y sin pedir permiso a las autoridades, en la Educación Superior. Pero desde 1872 se estaban produciendo esfuerzos concretos de mujeres concretas para estudiar en la Universidad. Se trataba de conquistas pequeñas, pero constantes, de chicas muy jóvenes empeñadas por propia voluntad en realizar estudios superiores, entendiendo que esa aspiración constituía un paso natural en su desarrollo como personas. Primero se abrieron para ellas las puertas del Bachillerato, y después las de la Universidad. Gráfico
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Hasta ahora se ha venido tratando de las honras por una reina y las lamentaciones por su pérdida, ejemplificadas en el poema de Calderón y Villoslada, pero llegados a este punto cabe plantearse cuál fuel el papel de las mujeres en este tipo de celebraciones. La participación de las féminas en las honras celebradas en Burgos quedaba restringida a su asistencia a los oficios litúrgicos, oficio de vísperas, misa de honras y sermón, ya que el silencio documental parece excluir su presencia formando parte de los cortejos en las procesiones cívico-religiosas que tenían lugar durante las honras fúnebres reales. Signo propio de una sociedad estamental era el lugar reservado a las "damas principales" en el templo catedralicio, acorde a su rango y condición. Pero a pesar de sus vínculos con los miembros de los grupos dominantes de la ciudad -política, social y económicamente- tenían reservado un papel secundario en estas manifestaciones de exaltación de la monarquía, aunque desde un puesto más destacado que el resto de la sociedad presente en el homenaje y despedida de sus soberanos. No estaban representadas como grupo dentro del esquema del tejido social urbano que conformaba el cortejo de honras, aunque se viesen identificadas con alguno de ellos, como mujer, hermana, madre, etc, de los participantes destacados. Gráfico Se ha podido constatar que la participación de la mujer en las honras reales presenta notables diferencias de unas ciudades a otras. En Salamanca, como en Burgos, debían asistir a los actos litúrgicos, algo que para algunos hombres, caso del autor de la relación de las honras salmantinas de la reina Isabel de Borbón, Luis Félix de Lancina y Ulloa (46) no era conveniente. Recurría a la antigüedad clásica para fundamentar su argumentación, a la tradición romana que prohibía tajantemente la asistencia de sus nobles matronas a las celebraciones fúnebres. Además, la observación le había hecho caer en la cuenta de que los "sobradamente embarazosos trajes de algunas damas", eran poco recomendables para asistir a estos actos junto a la multitud apiñada en el templo, por el riesgo que corrían los tejidos y las damas que los llevaban, sometidas a empujones y apreturas poco convenientes a su condición, "a la reverencia de su ser". En Barcelona sí debían participar en el acompañamiento y disponían de una gradería para las damas y señoras, de la que se les privó en las honras de la reina Mariana de Austria al suprimir dicho acompañamiento (47). En las honras de la ciudad de Lima (48) por Felipe III, para evitar que el espacio catedralicio fuese invadido por el "común", el arzobispo amenazó con pena de excomunión mayor, especialmente dirigida a las mujeres que estaban totalmente excluidas de la celebración. En cambio desde mediados del siglo XVII las esposas y otras mujeres de sus familias acompañaban a las primeras autoridades en el momento de recibir el pésame de las instituciones civiles, religiosas y militares (49) . Dependiendo de la condición social de la mujer, del grupo al que perteneciese, podía tener un papel participativo mayor dentro del mundo femenino, pero en líneas generales parece que estuvo relegada a un segundo plano en este tipo de celebraciones.
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La América virreinal durante los siglos XVII y XVIII experimentó la consolidación de la colonización española. Las instituciones castellanas se trasplantaron con éxito al Nuevo Mundo y los territorios se fueron poblando de ciudades y municipios que atraían también a la población indígena. La vida urbana, desarrollada durante estos siglos, fue conformando la familia criolla, ámbito en el que se movió la mujer por derecho propio. Españolas, criollas, indias, mestizas, mulatas, libertas y esclavas fueron, por regla general, las protagonistas de la vida doméstica también porque, con frecuencia, acabaron asumiendo la dirección de la familia por la ausencia del hombre. A finales del siglo XVIII se observa un alto porcentaje de hogares con mujeres como cabezas de familia, sobre todo en las ciudades. Gráfico
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Entre las muchas actividades organizadas en 1970 con relación a la situación de las mujeres, destacan el ruego de un abogado en ejercicio y procurador en Cortes de representación familiar por la provincia de Las Palmas, para su posterior envío a Presidencia de Gobierno, solicitando la modificación de algunos artículos del CC en relación a los derechos de la mujer, especialmente en la esfera patrimonial de la mujer casada. El gobierno señaló la coincidencia de dicho ruego con las reformas parciales del CC, ya en marcha. La incompleta reforma del CC de 1958, hizo que volviera a escena la necesidad de modificar la situación jurídica de la adopción. Seguía vigente que el padre pudiera dar en adopción un hijo si contar con el consentimiento de la madre, así como la imposibilidad de las mujeres solteras a la hora de adoptar. Este tema suscitó también el interés de médicos, pedagogos o psicólogos. En 1964 habían participado activamente en el asunto las abogadas del ICAM, Josefina Arrillaga y Josefina Bartomeu, con su artículo "Los derechos de la mujer" (ABC, 6-V-1964, p. 40); también se había planteado la cuestión en las primeras y segundas jornadas nacionales sobre la adopción; en 1969, Amalia Franco señalaba el asunto en la FIMCJ; desde 1968, de nuevo Mercedes Formica, alejada durante un tiempo de la actividad jurídica, adquiría protagonismo en las páginas del ABC, en la sección "ABC de la mujer", donde publicó "La familia y la familia adoptiva" (ABC, 29-XII-1968, p. 67), donde urgía a la reforma y apelaba a las Procuradoras a plantearla en las Cortes. El 6 de abril de 1969 se publicaba la carta respuesta de las Procuradoras en Cortes a Mercedes Formica, donde señalaban su conformidad con lo planteado por la abogada, así como las actuaciones llevadas a cabo por la SF en la materia. El mismo día, Mercedes Formica recibía la carta de José Manuel Fanjul, procurador en Cortes, quien se mostraba interesado por el tema y decidido a trabajar en el mismo. Gráfico Finalmente, el 11 de noviembre de 1969 quedaba aprobado el anteproyecto de ley realizado por la sección de Derecho Civil de la CGC, que se remitió al Ministerio de Justicia. La Comisión de Justicia fue la encargada de sus estudios, al que se incorporaron miembros de la Sección Femenina. Tras cuarenta y seis enmiendas presentadas, el dictamen fue publicado en el BOCE el 22 de junio de 1970 y posteriormente aprobado por el pleno de las Cortes. La importancia de la aprobación de esta ley se debe además a dos aspectos añadidos. El primero, el revisionismo jurídico ya presente, concretado en el CC, que marcaba los primeros pasos para reformas posteriores mucho más trascendentes en la erradicación de las limitaciones que afectaban a las mujeres. El segundo, la constatación de que algunas voces de mujeres que se habían pronunciado en contra de las discriminaciones de la entonces vigente ley de adopción, habían sido escuchadas (Ruiz Francos 2008: 203).