Las mujeres No se sabe aún la fecha exacta, ni aproximada, de la muerte de Juan Rodríguez Freyle, aunque puede suponerse que no acaecería mucho después de poner punto final a la redacción de su obra, ya que ésta, como acaba de verse, está escrita entre los setenta y los setenta y dos años de la vida de su autor11. Tal dato tiene solamente, por otra parte, un mero interés erudito, ya que lo más importante radica en el conocimiento de la personalidad del autor, y acerca de ésta, él mismo ha dejado suficientes rasgos en su obra. Uno de éstos, por ejemplo, hace referencia a su trato con el vino. En los vinos --escribe (cap. XVII)-- hay malos y buenos, y en los hombres que lo beben corre la mesma cuenta. Hace de entender que los buenos lo beben destemplado con agua, para conservar la salud; y los malos lo beben puro hasta embriagarse y perderla, y suele costar también la vida. De mí sé decir que en todo el año no lo veo ni sé qué color tiene, y no me lo agradezcan porque esto no es por la voluntad, sino a más no poder. Me parece que la conclusión es clara: a la edad en que esto escribe, al autor le habían prohibido los físicos o médicos la bebida. Pero si este dato es meramente anecdótico en la interpretación de la personalidad de Juan Rodríguez Freyle, no lo es, en cambio, la actitud y el pensamiento que muestra en su obra acerca de la mujer y de la hermosura femenina. Ya Miguel Aguilera apuntó el recelo, si no la animadversión, que el autor tuvo contra la mujer y contra la belleza de ésta, para acabar afirmando que esta preocupación es una forma de complejo12. Por su parte, Oscar Gerardo Ramos alude también al mismo tema, pero libra al cronista de la posible tacha de misoginia: Y no es un misógino. Sus retahilas no van contra toda mujer, sino contra esa mujer que usufructúa la belleza para el devaneo, la lujuria y aun el adulterio. Por tanto, se le irroga injusticia al endilgarle misoginia. El conjunto de citaciones indica que, por igual, a varón y fémina zahiere, si se desempeñan hasta el desenfreno13. La cuestión, no obstante, debe plantearse, a mi juicio, desde un punto de vista muy diferente al de los expresados por ambos autores. Se trata, en síntesis, de un tipo de reflexión moral sobre la mujer y su hermosura, propio de la época y que pretende contrarrestar el "daño" que en los lectores pudiera causar la lección de los hechos reales que el autor relata. Así lo demuestran, según leo, las abundantes citas de Rodríguez Freyle sobre la materia, ya que todas, o casi todas, constituyen comentarios o apostillas a los hechos punibles que relata. ¡Oh hermosura, causadora de tantos males! ¡Oh mujeres! No quiero decir mal de ellas, ni tampoco de los hombres; pero estoy por decir que hombres y mujeres son las dos más malas sabandijas que Dios crió (cap. VIII). En otro lugar (cap. X), con motivo de un suceso ocurrido en Tunja, nuestro autor escribe: La hermosura de doña Inés llamó así a don Pedro Bravo de Rivera (con razón llamaron a la hermosura "callado engaño", porque muchos hablando engañan, y ella, aunque calle, ciega, ceba y engaña). Paréceme que me ha deponer pleito de querella la hermosura en algún tribunal, que me ha de dar qué entender; pero no se me da nada, porque ya me colgué sobre los setenta años. Yo no la quiero mal; pero he de decir lo que dicen de ella; con esto la quiero desenojar. La hermosura es un dato de Dios, y usando los hombres mal de ella, se hace mala. Y añade: ¡Oh hermosura! Los gentiles la llamaron dádiva breve de naturaleza, y dádiva quebradiza, por lo presto que se pasa y las muchas cosas con que se quiebra y pierde. También la llamaron lazo disimulado, porque se cazaban con ella las voluntades indiscretas y mal consideradas. Yo les quiero ayudar un poquito. La hermosura es flor que mientras más la manosean, o ella se deja manosear, más presto se marchita. Otro ejemplo: ¡Oh hermosura desdichada, mal empleada, pues tantos daños causaste por no corregirte con la razón. Esos son los males que produce la hermosura de la mujer, la cual no pone límite a sus propósitos cuando se propone lograr algo: Dios nos libre, señores, cuando una mujer determina y pierde la vergüenza y el temor de Dios, porque no habrá maldad que no cometa, ni crueldad que no ejecute; porque, a trueque de gozar sus gustos, perderá el cielo y gustará de penar en el infierno para siempre. ¡Ah hermosura! ¡Lazo disimulado! (cap. XII). ¡Oh mujeres, malas sabandijas, de casta de víboras! Ellas son, en realidad, debido a sus aventuras galantes, las responsables de todos los problemas que tenía planteados el Nuevo Reino de Granada. Ejemplo: el fiscal Orozco quería que muriese el marido de su dama, y ésta deseaba que la mujer de su galán muriera también. En vista de ello, Rodríguez Freyle concluye: Concertadme, por vida vuestra, estos adjetivos. La casa a donde sola la voluntad es señora, no está segura la razón, ni se puede tomar un punto fijo. Esto fue el origen y principio de los disgustos de este Reino y pérdidas de haciendas, y el ir y venir de visitadores y jueces, polilla de esta tierra y menoscabo de ella (cap. XIII). Así lo demostraba, en efecto, el caso del licenciado Orozco, fiscal de la Audiencia, hombre mozo, de espíritu levantado y orgulloso, que el cronista relata y del cual extrae esta conclusión: Seguía el fiscal los amores de una dama hermosa que había en esta ciudad, mujer de prendas, casada y rica. Siempre topo con una mujer hermosa que me dé en que entender. Grandes males han causado en el mundo mujeres hermosas. Y sin ir más lejos, mirando la primera, que sin duda fue la más linda, como amasada de la mano de Dios, ¿qué tal quedó el mundo por ella? De la confesión de Adán, su marido, se puede tomar, respondiendo a Dios: "Señor, la mujer que me disteis, ésa me despeñó". ¡Qué de ellas podía yo agora ensartar tras Eva! Pero quédense. Dice fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, que la hermosura y la locura andan siempre juntas; y yo digo que Dios me libre dé mujeres que se olvidan de la honradez y no miran al ¡qué dirán!", porque perdida la vergüenza, se perdió todo (cap . XIII) Así pues, la hermosura femenina es, según Rodríguez Freyle, el origen de casi todos los males, aunque después matizará tal aserto en función del uso que de ella haga la mujer. ¿Qué es mejor: tener mujer hermosa o fea? Peligrosa cosa --escribe (cap. XV)-- es tener la mujer hermosa, y muy enfadosa tenella fea; pero bienaventuradas las feas, que no he leído que por ellas se hayan perdido reinos ni ciudades, ni sucedido desgracias, ni a mi en ningún tiempo me quitaron el sueño, ni agora me cansan en escribir sus cosas; y no porque falte para cada olla su cobertura. Y agrega, poco después: ¡Oh hermosura, dádiva quebradiza y tiranía de poco tiempo! También le llamaron reino solitario, y yo no sé por qué; por mí sé decir que yo no la quiero en mi casa ni por moneda ni por prenda, porque la codician todos y la desean gozar todos; pero paréceme que este arrepentimiento es tarde, porque cae sobre más de los setenta. Siempre la hermosura fue causa de muchas desgracias, pero no tiene ella la culpa, que es don dado de Dios. Los culados son aquellos que usan mal de ella (cap. XVIII). Queda claro que el cronista no se considera incluido entre los culpados, y por si ello no se hubiera entendido bien, Rodríguez Freyle remacha su afirmación: Déjame, hermosura, que ya tienes por flor el encontrarte a cada paso conmigo, que como me coges viejo, lo harás para darme pasagonzalos, pero bien está. La hermosura es red, que si la que alcanza este don la tiende, ¿tal cual pájaro se le irá? Porque es red barredora de voluntades y obras. La hermosura es don de naturaleza, que tiene gran fuerza de atraer a sí los corazones y benevolencias de los que la miran. Pocas veces están juntas hermosura y castidad, como dice Juvenal (cap. XIX). Por último, al referirse a doña Jerónima de Mayorga, nuestro autor escribe (cap. XXI): ¡Oh hermosura, causadora de semejantes desgracias!, y cuán enemiga eres de la castidad, que siempre andas con ella a brazo partido; y la mujer que te alcanza y no se corrige con la razón, viene al paradero que vino esta desdichada o a otro su semejante. Como ha podido comprobarse, las invectivas de Rodríguez Freyle contra la hermosura se dirigen específicamente contra la belleza femenina y van, por consiguiente, encaminadas a la denigración de la mujer. El capítulo XVIII de la obra es muy ilustrativo a este respecto. Cosa maravillosa es para mí, que del hablar he visto muchos procesos, y que del callar no baya visto ninguno, ni persona que me diga si lo hay. Bien dicen que el callar es cordura. Otras muchas justicias se hicieron en estos tiempos, unas justiciadas, otras no tanto, porque si entran de por medio mujeres, Dios nos libre. Y añade: Quien comúnmente manda el mundo son mujeres .... ¿Cómo se le puede quitar a la mujer que no mande, siendo suya la jurisdicción, porque es primera en tiempo, por mande, siendo suya la jurisdisción, porque es primera en tiempo, por la cual razón es mejor en derecho? Demás que le viene por herencia; pruébolo: Mándale Dios a Adán: "No comas del árbol que está en medio del paraíso, porque en la hora que comieres de ese, morirás". Pues Eva, su mujer, va y tráele la fruta, y mándale que coma de ella, y obedece Adán a su mujer. Come la fruta vedada, pasa el mandato de Dios y sujétanos a todos a muerte. Llama Dios a Adán a juicio, y dale por disculpa diciendo: "Mulier quem dedisti mihi, ipsa me decepit". Andad, señor, que no es esa la disculpa de vuestra golosina; no la dejárades vos irse a pasear, que aquí estuvo todo el daño. La mujer y la hija, la pierna quebrada y en casa; y si les dieres licencia para que se vayan a pasear, o ellas se la tomaren y sucediere el mal recaudo, no le echeis a Dios la culpa, ni tampoco os abroqueleis con la disculpa de Adán: quejaos de vuestro descuido. Para apoyar su idea, el autor cita los casos de Nabot, Sansón, David, Salomón y San Juan Bautista, y concluye: ¿Qué diferencia hay entre mandar las mujeres la república, o mandar a los varones que manden las repúblicas? Las mujeres comúnmente son las que mandan el mundo; las que se sientan en los tribunales y sentencian y condenan al justo y sueltan al culpado; las que ponen y quitan leyes y ejercitan con rigor las sentencias; las que reciben dones y presentes y hacen procesos falsos. Y todavía agrega, aunque excusándose por su edad: Son muy lindas las sabandijas, y tienen otro privilegio, que son muy queridas, que de aquí nace el daño. Buen fuego abrase los malos pensamientos, por que no lleguen a ejecutarse. ¡Válgame Dios! ¿Quién al cabo de setenta y dos años y más, me ha revuelto con mujeres?¿No bastará lo pasado? Dios me oiga y el pecado sea sordo: no quiera que llueva sobre mí algún aguacero de chapines y chinelillas que me baga ir a buscar quien me concierte los huesos; pero yo no sé por qué... Yo no las he ofendido, antes bien las he dado la jurisdicción del mundo. Ellas lo mandan todo, no tienen de qué agraviarse. Y, en efecto, Rodríguez Freyle desea desagraviar a las mujeres, pero no sólo no lo consigue, sino que insiste en sus ataques contra ellas. Quiero volver a las mujeres --escribe-- y desenojarlas, por si lo están, y decir un poquito de su valor. Grandísima es la fama de las diez Sibilas, pues con palabras tan divinas trataron de los dichos y hechos, muerte resurrección y ascensión de nuestro Redentor, y de todos los demás artículos de fe católica. La casta y famosa viuda Judith, con sabiduría y ánimo más que humano, guardó su decoro y limpieza, cortó la cabeza de Holofernes y libró la ciudad de Betulia .... Quíteseles el enojo, señoras mías, que como he dicho de éstas, dijera de muchas más. Pero agrega en seguida: La mujer es arma del diablo, caberza de pecado y destrucción del paraíso. Y pocas páginas después: ¡Oh mujeres, armas del diablo! Las malas digo, que las buenas, que hay muchas, no toca mi pluma si no es para alabarlas; pues si dan en crueles, Dios nos libre, que por venganza echan todo el resto, sin que reparen en honra y vida ni tampoco se acuerden de Dios, de quien no pueden huir para ser juzgadas; todo lo atropellan por salir con la suya y vengarse (cap. XVIII). Algo parecido había escrito antes (cap. XV), cuando reflexionó sobre el amor y, de paso, atacó a la mujer: El amor es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una gustosa y fiera herida y una blanda muerte. El amor, guiado por torpe y sensual apetito, guía al hombre a desdichado fin .... El día que la mujer olvida la vergüenza y se entrega al vicio lujurioso, en ese punto muda el ánimo y condición, de manera que a los muy amigos tenga por enemigos, y a los extraños y no conocidos los tiene por muy leales y confía más de ellos. Acerca del hombre, en cambio, es decir, del varón, nuestro autor tiene una opinión favorable, como indica el párrafo siguiente (cap. XVIII): Ya me estarán diciendo que por qué no digo que los hombres; que si son benditos o están santificados. Respondo: que el hombre es fuego y la mujer estopa, y llega el diablo y sopla. Pues a donde se entremeten el fuego, el diablo y la mujer, ¿qué puede haber bueno? Con esto lo digo todo, porque querer decir del hombre, en común o en particular, sería nunca acabar. El hombre se dice mucho menor, porque todo lo que se halla en el mundo se halla en él, aunque conforma más breve, porque en él se halla ser, como en los elementos; vida, como en las plantas; sentido, como en los animales; entendimiento y libre albedrío, como en los ángeles; y por esto le llama San Gregorio al hombre "toda criatura", porque se hallan en él la naturaleza y propiedades de todas las criaturas, por lo cual Dios le crió en el sexto día, después de todas las criaturas criadas, queriendo hacer en él un sumario de todo lo que había fabricado. Como habrá podido comprobarse, los datos que el propio Juan Rodríguez Freyle proporciona acerca de sí mismo, de su vida y de algunos aspectos de su pensamiento permiten afirmar que el hombre tenía una curiosa o rara personalidad. Parece indudable, a mi juicio, que no se trata, pese a sus ocasionales escarceos militares, de un hombre de acción, de un conquistador guerrero ni de un agresivo comerciante o intrépido o arriesgado hombre de empresa. En ambos sentidos, ni su participación en algunas campañas contra los indios rebeldes ni su dedicación a la agricultura permiten incluirle entre capitanes ni empresarios, y ello no por falta de inteligencia ni de posición social, aunque ésta no pasara de mediana. La personalidad de Rodríguez Freyle --escribe Aguilera14--, si se resiente por la faz del esfuerzo y de la decisión para hacerle frente a la vida, gana mucho en cuanto a la conducta de hombre de bien y de criterio sano. Por la falta denunciada en esta advertencia previa, deducida de informaciones francas o veladas de él propio, se verá que no fue capaz de emplear su inteligencia y buenas bases sociales para alcanzar la honra y prez que tantos otros compañeros y contemporáneos suyos, menos bien dotados, obtuvieron con pequeña dosis de iniciativa y firmeza de carácter. Algo parecido opina Oscar Gerardo Ramos: Rodríguez Freyle es, en definitiva, un santafereño de acento español, un temperamento urbano, a lo más agrícola, muy tímido para ir a incursionar nuevas regiones y sentir el desconcierto geográfico que subyugó a los primeros cronistas15. El talante de Juan Rodríguez Freyle era, en efecto, muy otro. Lo que él dice de sí mismo autoriza el afirmar que fue un joven de carácter abierto, de inteligencia clara y despierta, de buenas condiciones para bienquistarse a las personas, de temperamento conciliador, de buena fama y estimado por sus vecinos y conocidos. Que intentó hacer fortuna y que no lo consiguió por su mala suerte --el fallecimiento de su protector, licenciado Pérez de Salazar-- parece claro, como lo es igualmente el hecho de refugiarse, ya al final de sus días, en la literatura. Ello muestra, en definitiva, su aspiración --típica aún de su época-- de dejar fama, de pasar a la Historia, siquiera fuese por la vía de la creación literaria, lo que si no logró en su tiempo --su obra no alcanzó la publicidad de la imprenta hasta algo más de dos siglos después de escrita, aunque en su época fuese conocida por algunos--, sí consiguió doscientos años después. Por desgracia, la iconografía del autor no ayuda casi nada a conocer la personalidad de éste, ya que no se conoce --ni, probablemente, lo hubo-- retrato alguno suyo de su tiempo. El único de que se dispone, en efecto, es el del maestro Miguel Díaz, que éste pintó en 1936. Aguilera expone así el origen y la realización de ese único retrato que figura en su edición de El carnero, en la de Mario Germán Romero y en algunas otras. Ante la necesidad --escribe-- de consagrar un recuerdo pictográfico al primer cronista de nuestra ciudad capital, la Academia Colombiana de la Historia acordó, coincidencialmente, al cumplirse el III centenario de la iniciación de la crónica, la ejecución con pincel de una imagen que, viso más, viso menos, simbolizase la persona de aquél. Designóse para el difícil cometido al notable pintor don Miguel Díaz, bogotano nacido en el clásico barrio de Santa Bárbara. Una constante y reiterada lectura del Carnero y de la compaginación de las calidades literarias del libro le sugirieron la figura regordeta, sonrosada, campechana y, saludable del vecino de Guatavita. Diséñala sobre el fondo de la plaza y de la iglesia parroquial del lugar donde se presume que la crónica fue clasificada y compuesta. La edad setentona se advierte allí con la misma robustez y acometida de lo trasunto en los capítulos del infolio. Grata sonrisa socarrona, diestramente captada por el pincel y noblemente iluminada por la paleta, se filtra en mitad del rostro, mientras la péñola de ánade o de ganso se desliza sobre los pliegos amarillentos. Nunca un hombre flaco, desmarrido, arrugado, inquisitorial, de tez cetrina y de ojos encuerados hubiese podido escribir aquellas memorias ágiles, traviesas, irónicas y saturadas de buen humor. Así pues, es de creerse que la fantasía del maestro Díaz, tan hábil en el manejo de sus instrumentos pictóricos como buen intérprete de los sentimientos que florecen en el rostro de los hombres, dio en el clavo al consumar el "retrato" (llamémoslo así) de don Juan Rodríguez Freyle, entregado por él a la pinacoteca de nuestra Academia. No divagaríamos si dijéramos que el artista, a su modo, también preparó una biografía sin palabras sobre la trama de un lienzo. Cuando muy joven, y también por rara coincidencia, era yo discípulo de Miguel Díaz en la Escuela de Bellas Artes, leí por primera vez El carnero. Imaginé entonces a su autor muy próximo a lo que muchos años después mi profesor de dibujo concebiría y ejecutaría para ornamento de nuestro ilustre instituto de investigación histórica16.
Busqueda de contenidos
contexto
Uno de los casos de estudio más interesantes es el de las mujeres al frente de un ejército. En la historia de Castilla es probablemente donde ha habido más mujeres a la cabeza de un ejército interviniendo en una guerra ofensiva. (64) Hasta el siglo XVIII, las mujeres podían heredar la corona, pues no se impuso la ley Sálica hasta el siglo XVIII, y esto las posibilitaba para hacer la guerra, sobre todo en defensa de sus derechos al trono. Lo mismo ocurrió con algunas mujeres de la nobleza para defender sus estados. En la época medieval hubo bastantes casos como Doña Sancha de Navarra, DoñaUrraca, Doña Berenguela, etc. Gráfico En la guerra moderna fue más raro encontrar una reina al frente de sus tropas, pero también hubo algunos ejemplos de reinas o mujeres nobles que tomaron las armas y defendieron con ellas sus derechos. En primer lugar, destacó la reina Isabel la Católica. Su reinado se inició con una guerra contra los derechos sucesorios de su sobrina Juana la Beltraneja a la que logró arrebatar la corona castellana. Dos mujeres en liza, pero la participación mayor en la guerra correspondió a Isabel. Juana defendía la herencia de su padre, mientras Isabel luchaba por acceder al poder. Tras el triunfo de la guerra civil, Isabel continuó la lucha para dominar a la nobleza levantisca y participó activamente en la Guerra de Granada. Según Cristina Segura, la actuación de Isabel I fue siempre muy beligerante y luchó decididamente por el poder, a pesar de que los cronistas de la época la presenten de forma distinta. (65) Gráfico Otro ejemplo de una mujer al frente de sus tropas fue el de la soberana de los Países Bajos, Isabel Clara Eugenia, quien en alguna ocasión se puso a la cabeza de su ejército en lugar de su marido el Archiduque Alberto. De esta manera se significaba claramente quien ostentaba el poder y a quien le pertenecía Flandes. El esfuerzo personal de la archiduquesa por comprometer sus joyas para extraer dinero para el pago de las soldadas, así como su presencia física entre las tropas llevó a muchos a considerarla como madre de los soldados: "Car en fin el n´y a rien si superbe et brave qu´une belle, brave et grande dame, quand elle veut et qu´elle a du courage, comme estoit celle-là, et qui se plaisoit fort au nom que lui avoieut donné les soldats espaignols qui, comme ils appelaient l´empereur son frere: el padre de los soldados eux l´appelaient "la madre", ainsy que Victoria ou Victorina, jadis du temps de Romains fut appellée en ses armées "la mère du camps" (Victoria, madre de Victorin I, tyran des Gaules, morte en 268. Ses médailles lui donnent le titre de "mater exercitum: mere des armées). Certes, si une dame grande et belle entreprend une charge de guerre, elle y sert de beaucoup, et anime fort ses gens: comme j´ai veu en nos guerres civiles la reine mère qui bien souvent venoit en nos armées, et les asseuroit tout plain et encourageoit fort, et comme fait aujourd´huy l´infante Isabelle, sa petite fille en Flandres qui preside en son armée, et se fait paraitre à ses gens de guerre toute valeureuse, si que sans elle et sa belle et agreable presence la Flandre n´auroit moyen de tenir, ce disent tous. Et jamais la reine de Hongrie, sa grande-tante, me parut ell en beauté, valeur, generosité et belle grace." (66) Gráfico Entre las mujeres nobles, el mejor ejemplo lo ofrece María Pacheco, esposa del comunero Juan de Padilla. Tras la derrota de Villalar el 23 de abril de 1521, ella mantuvo la rebelión en Toledo contra Carlos I. Capituló unos meses después exigiendo el restablecimiento del honor de su marido, muerto en el cadalso, y el reconocimiento para su hijo de los mismos oficios municipales del padre, así como la devolución de la hacienda incautada. Unos meses después volvió a levantarse pues no se habían cumplido las capitulaciones pactadas; pero esta vez fue derrotada y tuvo que huir a Portugal; fue juzgada y condenada a muerte en rebeldía. Con su rebelión, María Pacheco, que procedía de la más alta nobleza de Castilla, defendió no sólo un ideal, también a su familia, su hijo y su hacienda.
contexto
La Inquisición en España tuvo gran predicamento a partir de 1478, año en que los Reyes Católicos consiguieron del Papa Sixto IV mediante la Bula Exigit sincerae devotionis, la refundación del tribunal en Castilla, ampliado a la Corona de Aragón en 1481 (124) . Desde el siglo XIII hasta finales del XV, el Santo Oficio dependió de los obispos y actuó con moderación. Pero la expulsión de los judíos (1492) y de los moriscos (1609) planteó nuevos problemas (125) La alternativa era conversión o exilio. La mayor parte de estas minorías étnicas salieron de España permaneciendo fieles a sus creencias; el problema se recrudeció con la aparición de falsos conversos que habían sido bautizados, pero mantenían sus ritos y costumbres en el ámbito privado. Las mujeres, transmisoras principales de los hábitos familiares, jugaron un importante papel (126) . Gráfico Respecto a los judíos que vivían en Sefarad (España en el idioma ladino) hubo una habitual enemistad con la mayoría de la población, que culminó en una ola de asesinatos en las aljamas en 1381. Tras la expulsión de 1492, la mayor parte de los juzgados por la Inquisición eran judeoconversos. Concretamente entre 1481 y 1530 fueron procesadas unas 45.000 personas; el 90% de ellos eran cristianos nuevos con antecesores judíos, acusados de mantener sus antiguas costumbres religiosas (127). Estudiando la información aportada por los tribunales de la península ibérica, R. García Cárcel ha podido determinar la proporción de mujeres judeoconversas en los siguientes tramos cronológicos: 1481-1530 47,1% 1531-1560 39,1% 1561-1620 41,8% 1621-1700 40,5%. El mismo autor ha señalado el porcentaje de mujeres moriscas acusadas de mantener su fe islámica después del bautismo: 1481-1530 16,7% 1531-1560 41,2% 1561-1620 35,3% 1621-1700 36,4% (128). Según B. Vincent, estudioso del problema de los falsos conversos procedentes del Islam, las mujeres eran elementos de resistencia pasiva ante la cultura e idiosincrasia cristianas y mantuvieron la llama encendida de la fe de sus padres en la clandestinidad ya que "la mujeres moriscas desempeñaron un papel fundamental en la supervivencia del Islam"(129) . Según este autor, entre 1561 y 1620, el 35,3% de los acusados de islamismo son mujeres. Existen también algunos datos parciales sobre las mujeres moriscas condenadas por el Santo Oficio en algunos tribunales concretos: <table> <tr> <td>Tribunal de Valencia</td> <td>27%</td> </tr> <tr> <td>Tribunal de Zaragoza </td> <td>30,8%</td> </tr> <tr> <td>Tribunal de Cuenca </td> <td>35% (130).</td> </tr> </table> En definitiva, las mujeres conversas tuvieron gran peso específico en la permanencia religiosa de las minorías judía e islámica.
contexto
Hemos señalado en diferentes ocasiones la falta de historia comparada con otros países europeos, en relación con la primera época franquista. Por el contrario, tenemos la suerte de conocer -nos parece muy interesante-, el excelente trabajo de Paloma Domínguez Prats, recogido en varias publicaciones dedicadas al estudio de la vida de las mujeres exiladas, las de la otra España, una vez que se establecieron establemente en México, en su mayoría, después de su paso por Francia, a donde emigraron en un primer momento por razones de cercanía, inmediatez, facilidad, etc. En las lúcidas conclusiones de su autora, que reflejamos a continuación, observamos que la vida de las españolas mexicanas apenas difería de la de las españolas del franquismo: en lo que permanecía y en lo que cambiaba, todo seguía tiempos e inercias similares. Ni tan violenta guerra como fue la española, entre posturas aparentemente tan extremas, pudo apenas marcar diferencias inmeditas con la situación anterior. Los extremos, afortunadamente para la Historia, son minoritarios, si bien unos pocos que los encarnen pueden llevar la violencia a toda la sociedad, como pasó entonces. Gráfico
contexto
Con cierto retraso con respecto a Europa comenzaron en España los estudios dedicados a la mujer. En los ochenta aparecieron las primeras monografías, de carácter político o social, entre las que destacó Mujer y sociedad en España (Ministerio de Cultura 1982). La obra, estructurada en secuencias temporales, abordaba un aspecto característico del cada período en cuestión. Después se publicó la Historia de las Mujeres, de Georges Duby y Michelle Perrot, cuyo tomo referido a España y dirigido por Mary Nash, ofrecía un panorama general de la mujer durante el mandato de Franco, que repasaba los roles que les fueros asignados a las mujeres, la oposición de estas al Régimen y las estrategias que siguieron. Es una obra interesante por su carácter internacional y sincrónico, ya que permite la comparación de las distintas situaciones de las mujeres, en un mismo periodo cronológico y en distintos contextos, pero que sólo es representativa, en su visión de la actitud de la mujer, de un segmento de la población femenina del Franquismo, que fue movilizándose parcial y paulatinamente a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, como fue recogiendo la legislación en la ley de los primeros cambios del Código Civil, Ley de 24 de abril de 1958, y la Ley de 22 de julio de 1961, sobre derechos políticos, profesionales y de trabajo de la mujer. Con posterioridad fueron surgiendo obras más generales que han tratado el tema desde el punto vista social y político. Prima el aspecto político en La dictadura de Franco, de Javier Tusell; el aspecto social en España bajo el Franquismo, de Josep Fontana; y se conjugan ambos aspectos en España bajo la dictadura franquista, tomo X, coordinada por M?. Carmen García-Nieto París, incluida dentro de la Historia de España, de Tuñón de Lara. En los últimos años se han editado numerosas obras que pretenden abordar el tema desde una perspectiva global. En este sentido son interesantes la obra Franquismo. El juicio de la Historia, de Juan Pablo Fusi, José Luis García Delgado, Santos Juliá, Edward Malefakis y Stanley G. Payne, y también Para acercarnos a una historia del Franquismo, de Luis Palacios Bañuelos y José Luis Rodríguez Jiménez (Cuesta Bustillo 2003: 14). Con relación a la mujer, la historiografía franquista se ha ocupado preferentemente de algunos aspectos: la educación (1939-1959, los años del primer Franquismo); el trabajo y los salarios; la represión, el exilio y las migraciones; los roles femeninos; la movilización femenina y la Sección femenina; los movimientos sociales, asociaciones profesionales y poder político; y los derechos humanos y derechos de las mujeres. Todos estos temas nucleares y otros más incisivos, junto a una amplia bibliografía, están recogidos en Historia de la mujer en España. Siglo XX, dirigido por Josefina Cuesta Bustillo y publicado por el Instituto de la Mujer, estudio serio, documentado y plural, que presenta una distribución temática inserta en otra cronológica de cuatro tomos dedicados respectivamente a la Restauración, Franquismo, Democracia, y Campos, mitos e imágenes de la mujer en el siglo pasado. Gráfico En resumen, hace ya más de treinta años que se está haciendo Historia de las mujeres atendiendo a las distintas tendencias hasta aquí señaladas. Sin duda es el feminismo de la igualdad el que ha tenido y sigue teniendo una mayor incidencia, así como el sistema de géneros es el que priva en la elaboración histórica. Las demás tendencias, no por más escasas son menos importantes, especialmente la de la desigualdad. Una presencia muy escasa tiene el feminismo lesbiano, aunque aporta una nueva vía de análisis. Mientras las últimas tendencias siguen profundizando en este feminismo de la igualdad. Lo más reciente es el feminismo de la diferencia, el más revolucionario e inconformista en los últimos días, que señala que por encima de la paridad están sobre todo las preferencias de las propias mujeres: no siempre lo que impone la igualdad coincide con lo que ambicionan las mujeres.
contexto
Las mujeres en la frontera indiana, por la misma naturaleza de ésta, asumieron además de las funciones que se consideran propias de la condición femenina en el siglo XVI, otras inusuales, varoniles e incluso escandalosas. Porque mujeres hubo en todas las expediciones y empresas de conquista, desde los viajes de Colón. Su primer destino fueron las Antillas. En seguida los cronistas las califican como verdaderas matriarcas fundadoras de familias -y por tanto sociedades estables- y elementos imprescindibles en la fijación, el arraigo y la transmisión por la vía familiar y/o educativa de la nueva cultura dominante en Indias. En 1514, en Santo Domingo había mujeres en 13 de las 14 ciudades fundadas hasta entonces. En los primeros momentos se estima que las mujeres españolas representaron el 10% de la corriente migratoria desde Castilla a América. Presentes en las huestes de conquista -mujeres legítimas, hermanas, amantes, prostitutas, criadas, esclavas, enfermeras y mujeres-soldado- y en las ciudades -doncellas, casadas, viudas, monjas, recogidas, criadas y esclavas- españolas, indias y mestizas manifestaron una energía y decisión muchas veces inquebrantables y puede afirmarse que sin ellas la colonización indiana no habría sido posible, al menos como proyecto de aculturación. De hecho algunas mujeres fueron verdaderas matriarcas que generaron familias muy extensas que han llegado hasta hoy: es el caso de Beatriz de Andrade y su hermana Luisa de Andrade; y de forma diferente -ya que ella no tuvo hijos, de doña Marina Ortiz de Gaete, que llevó consigo a Chile a algunas mujeres jóvenes y solteras de su familia. Si la guerra todavía en el siglo XVI se consideraba una ocupación habitual y cotidiana para el varón, no sucedía lo mismo respecto a las mujeres. Sin embargo, en América -entonces como en las luchas de independencia del siglo XIX- no dudaron en empuñar las armas cuando fue necesario, y según escriben los cronistas -por ejemplo Bernal Díaz del Castillo que luchó junto a algunas de ellas en México- con verdadero valor. Mujeres de armas tomar fueron Elvira Hernández, Beatriz Hernández, Beatriz Gómez, Inés Suárez amante de Pedro de Valdivia en Chile, Antonia Hermosilla, Beatriz Palacios, Beatriz Hernández de Cortegana, María o Marina de la Caballería, María de Vera, Beatriz Bermúdez de Velasco, La Sagreda, Mari López, Catalina Hernández y Leonor de Guzmán. Enfermeras en las campañas fueron Beatriz de Paredes, quien también peleaba, Mencía Marañón en Chile, Isabel Rodríguez y María de Estrada en México. Expedicionarias fueron Mencía Calderón y María Sotomayor. Fueron a la conquista con sus maridos -son algunos ejemplos- Mari Hernández, Lucía Miranda, María Arias de Peñalosa, Catalina Márquez, Francisca Valterra, Isabel de Vergara-, con sus amantes, como Inés de Atienza, Catalina de Leyton y María de Ulloa, con sus hermanos -Beatriz Ordás y Francisca Ordás- o con su padre, como en el caso de la desafortunada Elvira Aguirre, hija mestiza del loco Lope de Aguirre en la expedición de los Marañones. Algunas llegaron al Río de la Plata con don Pedro de Mendoza en 1536: María Dávila, María Duarte, Catalina Pérez, Elvira Pineda, María de Angulo, Francisca Josefa de Bocanegra, Catalina de Vadillo, Isabel de Guevara, Isabel de Quiroz y Mari Sánchez. En medio de las terribles penalidades de los primeros meses en el Plata, atacadas por los indios, con hambre y enfermedades, una epidemia de peste y una naturaleza hostil fueron capaces de curar y cuidar a los heridos, enterrar a los muertes, conseguir comida, hacer guardia por si volvían a repetirse los ataques, combatir contra los indios, limpiar las armas y sobre todo, mantener alta la moral de supervivencia y combate de los hombres. Gráfico Fuera de estas situaciones singulares, también hubo mujeres que viajaron a Indias porque libremente -u obligadas por el Rey como doña Marina Ortiz de Gaete, mujer de Pedro Valdivia, que hacía veinte años que no veía a su marido cuando llegó a Chile y supo que se acababa de quedar viuda- fueron a reunirse con su cónyuge o llegaron con él: Inés Muñoz, cuñada de Francisco Pizarro; doña María de Toledo primera Virreina de América, mujer de Diego Colón o doña Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, segunda esposa de Hernán Cortés son algunos ejemplos. En el séquito de doña María llegaron a Santo Domingo algunas doncellas que se bien casaron en Indias: María de Cuéllar, con Diego Velázquez, María de Valenzuela con Pánfilo de Narváez, Catalina Suárez Marcaida con Hernán Cortés; y otras -María Hernández y Antonia Hernández-. También los funcionarios y hombres de profesiones liberales se desplazaban a veces con su familia: así, Gonzalo Fernández de Oviedo se llevó a América a Catalina Rivafecha. Iseo Velázquez de Cuéllar, pariente de Diego Velázquez, el gobernador de Cuba también viajó en razón de su matrimonio. Todas ellas cumplían los trámites legales en Sevilla antes de iniciar un viaje de unos dos meses en condiciones muy difíciles, y sin garantías excesivas de poder llegar. Por cierto, en la ciudad del Guadalquivir una mujer, Francisca Brava, vendía licencias clandestinas para pasar a Indias, en la calle Tudela. Muchas estuvieron presentes en las fundaciones de ciudades o en los principios de la vida urbana como pobladoras en el primer caso -presentes en la fundación y con derecho a recibir solar si eran cabezas de familia- y residentes en el segundo: Isabel de Rojas, Mencía de Almaraz y Sos, Marina Dávalos Altamirano, Inés Díaz, María Nidos, María Ana Calderón, Teresa Núñez de Prado, Luisa Martel de los Ríos, María Sanabria Saavedra y Garay, María Sanabria, Isabel Romero, Leonor Jiménez, Catalina Quintanilla, Eloísa Gutiérrez, Leonor Guzmán de Flores, Elvira Mendoza y Manrique de Lara o Isabel Salazar. Muchas de ellas eran "hijasdalgo" pero otras eran criadas -como Teresa Cano- o esclavas moriscas -españolas de ascendencia musulmana- como Beatriz Salcedo, Lucía de Herrera o Margarida Almagro. A veces después de una vida aventurera, se asentaban en la ciudad y volvían a las pautas ordinarias de conducta femenina en el siglo XVI. Entonces sacaban adelante a sus familias, acogiendo a veces bajo su techo a los hijos ilegítimos -casi siempre mestizos- de sus propios maridos, como también a huérfanos criollos y mestizos procedentes de familias vinculadas por paisanaje o parentesco, por lejano que fuera: el sentido familiar era muy intenso en las mujeres indianas. A todos ellos los educaron a la española e instruyeron en la fe. Cuando el cabeza de familia estaba ausente -a veces durante años- o las mujeres se quedaban viudas, aprovechaban sus destrezas en diversas actividades domésticas para aumentar sus ingresos; así se fueron profesionalizando y llegaron a ser verdaderas empresarias en los obrajes textiles -como Inés Muñoz en la Sapallanga- o Francisca Suárez, que fue panadera, hostelera y llegó a tener varias casas de alquiler en Lima; también hubo mujeres agremiadas que llegaron a ser maestras -Luisa de Rosa o Elvira Rodríguez- sanadoras, parteras y comadronas, ceramistas, y educadoras. María Escobar y/o Inés Muñoz, según las fuentes, fueron las introductoras del cultivo del trigo en Perú; esta última, además, de varios frutales y del olivo. Gráfico Ahora bien, la dimensión doméstica de su vida cotidiana no implicaba que desatendieran otras cuestiones. Quizá el caso más representativo sea la intervención de algunas mujeres en una tesitura nada fácil, como fueron las guerras civiles del Perú, en las que las facciones pizarristas y almagristas se enfrentaron durante años en una cruenta contienda entre españoles. Podía haber por entonces unas mil españolas en Perú. La Corona quiso poner paz y garantizar la soberanía real sobre el territorio peruano que unos y otros se disputaban. Desde Lima, Trujillo y Arequipa las mujeres alzaron su voz pidiendo paz, la instauración de las instituciones y la incorporación a la Corona. Veinte mujeres sufrieron prisión por ello como "legalistas" en el Cuzco; doña María Calderón fue asesinada, pero otras mujeres, como Inés Bravo de Laguna y Juana de Leyton continuaron reclamando la pacificación hasta que llegó. En 1542 cuando la Corona a través de las Leyes Nuevas quiso abolir la encomienda, mujeres en México, Guatemala y Perú protestaron enérgicamente: la estabilidad de sus familias dependía de la pervivencia de esa institución. Hay testimonios documentales de lo que hoy llamaríamos "manifestaciones" callejeras de mujeres, "cencerradas" y "caceroladas" pidiendo al Rey la abolición de las Leyes, cosa que efectivamente ocurrió, con estas contribuciones femeninas, aunque sobre todo, a causa de la violencia de los conquistadores en Perú. En todo caso, a partir de entonces las encomiendas se concedían por dos vidas: la del titular o la titular -hubo muchas mujeres encomenderas- y la del primer/a heredero/a. Las encomiendas eran una merced real otorgada por méritos de guerra o aportaciones civiles de envergadura. Hubo encomenderas españolas, indias y mestizas desde el principio: Bernardina Heredia, Isabel Moctezuma; Leonor Moctezuma; Águeda de Flores, Guiomar de Guzmán, María de Valverde, Inés Muñoz, Inés Suárez, María Escobar, Ana Suárez, María Sánchez "La Millana", Beatriz Marroquí, Beatriz Santillana, Beatriz Clara Coya, Beatriz Ysasaga, Beatriz Sayrecoya, Catalina Sotomayor, Jordana Mexía, Mayor de Berdugo, Lucía de Montenegro y Florencia de Mora y Sandoval. En otro orden de cosas, hubo mujeres que directamente o una vez viudas fundaron conventos e incluso profesaron como religiosas: casos como los de doña Inés Muñoz, y su nuera María de Chaves, Lucrecia Sansoles y Juana de Cepeda -colaboradora de los Agustinos de Lima- son significativos. Tampoco faltaron mujeres con cargos políticos, que realizaron su gestión con eficacia, solvencia y a veces como en el caso de doña Isabel de Barreto, Adelantada del Mar del Sur, con verdaderas ambición y crueldad. Aldonza Villalobos y su hija Marcela Ortiz de Sandoval Villlalobos fueron gobernadoras de la Isla Margarita, luego la sucesión siguió en la familia pero por línea de varón. Beatriz de la Cueva lo fue por un día de Guatemala; Inés de Bobadilla se encargaba del gobierno de Cuba durante las ausencias de su marido; Isabel de Bobadilla y María Arias de Peñalosa fueron gobernadoras consortes. Doña María de Carvajal, mujer de Jorge Robledo, se llamaba a sí misma -y era conocida en Cauca y Antioquia como- "Señora Mariscal". Como la Corona estableció una doble estructura política, la República de los Indios y la de los Españoles, y mantuvo hasta cierto grado las tradiciones de gobierno indígenas, también hubo mujeres nativas que ejercieron el poder como cacicas -Anacaona, Elvira de Talagante, Timina, María de Tula-, mujeres de caciques -Biriteca- Capullanas en el Valle de Piura: Isabel Temoche, Ana Valterra, María Valterra, María Temoche y Francisca Valterra, y sacerdotisas como Tulima, quien también era cacica. Otro aspecto esencial fueron las gestiones de algunas mujeres indígenas durante la conquista actuando como intérpretes y facilitando pactos que retrasaron -aunque no pudieron evitar- la violencia: es el caso de Malinalli Ténepatl, Catalina de Zamba o Zoratama de Pasca. Consideradas por algunos como traidoras al romper la lealtad de sangre, se contraponen a las figuras de otras mujeres indígenas que no sólo se resistieron sino que pelearon hasta la muerte contra los invasores Gaitana, Zazil Há mujer de Gonzalo Guerrero, Guaicamarintia, Curi Ocllo, Liropeya, María Ylamateuhtli, o Magdalena Mamaguaco Inca, Ñusta educada en el núcleo de resistencia inca de Vilcabamba, en los Andes son algunas de ellas. Muchas otras mujeres hicieron la colonización pero sus nombres no han llegado a través de crónicas y documentos hasta nosotros; no obstante podemos -a través de las que sí han llegado- conocer algunas imágenes de cómo pudieron ser sus dificultades, su empeño por sobrevivir, su capacidad de adaptación, y sus realidades familiares y sociales.
contexto
Al ser heredera la sociedad medieval de las costumbres romanas y germánicas al tiempo que heredera de un sistema de creencias estructurado en Oriente Medio, establece sus bases en el patriarcado. El varón es considerado un "agente activo" mientras que la mujer es el "agente pasivo". Esta es la razón por la que el varón ocuparía un papel preeminente ante la mujer, a pesar de plantear la religión cristiana en sus textos fundamentales la igualdad de los dos sexos ante el pecado y la salvación, dejando de la lado la presunta negación de la existencia de alma en las mujeres. En este marco patriarcal, la vida pública, desde la política a las armas pasando por la cultura o los negocios, está reservada casi exclusivamente al hombre mientras que la mujer está recogida en la vida doméstica. Sin embargo, como bien dice Adeline Rucquoi "en las sociedades tradicionales, en las que la escritura no desempeña el papel fundamental que ahora tiene, la transmisión de la mayor parte de los conocimientos se efectúa precisamente en el marco de la vida privada" por lo que el papel de la mujer no queda mermado. Por eso vamos a conocer en profundidad su papel en la vida familiar, las labores de las mujeres, sus relaciones con la religión o la cultura, los saberes tradicionales o el mundo de la prostitución, una vía de escape en definitiva al régimen tradicional.
contexto
1910 es la fecha en que la mujer española pudo matricularse de modo oficial y sin pedir permiso a las autoridades, en la Educación Superior. Pero desde 1872 se estaban produciendo esfuerzos concretos de mujeres concretas para estudiar en la Universidad. Se trataba de conquistas pequeñas, pero constantes, de chicas muy jóvenes empeñadas por propia voluntad en realizar estudios superiores, entendiendo que esa aspiración constituía un paso natural en su desarrollo como personas. Primero se abrieron para ellas las puertas del Bachillerato, y después las de la Universidad. Gráfico
contexto
Hasta ahora se ha venido tratando de las honras por una reina y las lamentaciones por su pérdida, ejemplificadas en el poema de Calderón y Villoslada, pero llegados a este punto cabe plantearse cuál fuel el papel de las mujeres en este tipo de celebraciones. La participación de las féminas en las honras celebradas en Burgos quedaba restringida a su asistencia a los oficios litúrgicos, oficio de vísperas, misa de honras y sermón, ya que el silencio documental parece excluir su presencia formando parte de los cortejos en las procesiones cívico-religiosas que tenían lugar durante las honras fúnebres reales. Signo propio de una sociedad estamental era el lugar reservado a las "damas principales" en el templo catedralicio, acorde a su rango y condición. Pero a pesar de sus vínculos con los miembros de los grupos dominantes de la ciudad -política, social y económicamente- tenían reservado un papel secundario en estas manifestaciones de exaltación de la monarquía, aunque desde un puesto más destacado que el resto de la sociedad presente en el homenaje y despedida de sus soberanos. No estaban representadas como grupo dentro del esquema del tejido social urbano que conformaba el cortejo de honras, aunque se viesen identificadas con alguno de ellos, como mujer, hermana, madre, etc, de los participantes destacados. Gráfico Se ha podido constatar que la participación de la mujer en las honras reales presenta notables diferencias de unas ciudades a otras. En Salamanca, como en Burgos, debían asistir a los actos litúrgicos, algo que para algunos hombres, caso del autor de la relación de las honras salmantinas de la reina Isabel de Borbón, Luis Félix de Lancina y Ulloa (46) no era conveniente. Recurría a la antigüedad clásica para fundamentar su argumentación, a la tradición romana que prohibía tajantemente la asistencia de sus nobles matronas a las celebraciones fúnebres. Además, la observación le había hecho caer en la cuenta de que los "sobradamente embarazosos trajes de algunas damas", eran poco recomendables para asistir a estos actos junto a la multitud apiñada en el templo, por el riesgo que corrían los tejidos y las damas que los llevaban, sometidas a empujones y apreturas poco convenientes a su condición, "a la reverencia de su ser". En Barcelona sí debían participar en el acompañamiento y disponían de una gradería para las damas y señoras, de la que se les privó en las honras de la reina Mariana de Austria al suprimir dicho acompañamiento (47). En las honras de la ciudad de Lima (48) por Felipe III, para evitar que el espacio catedralicio fuese invadido por el "común", el arzobispo amenazó con pena de excomunión mayor, especialmente dirigida a las mujeres que estaban totalmente excluidas de la celebración. En cambio desde mediados del siglo XVII las esposas y otras mujeres de sus familias acompañaban a las primeras autoridades en el momento de recibir el pésame de las instituciones civiles, religiosas y militares (49) . Dependiendo de la condición social de la mujer, del grupo al que perteneciese, podía tener un papel participativo mayor dentro del mundo femenino, pero en líneas generales parece que estuvo relegada a un segundo plano en este tipo de celebraciones.
contexto
La América virreinal durante los siglos XVII y XVIII experimentó la consolidación de la colonización española. Las instituciones castellanas se trasplantaron con éxito al Nuevo Mundo y los territorios se fueron poblando de ciudades y municipios que atraían también a la población indígena. La vida urbana, desarrollada durante estos siglos, fue conformando la familia criolla, ámbito en el que se movió la mujer por derecho propio. Españolas, criollas, indias, mestizas, mulatas, libertas y esclavas fueron, por regla general, las protagonistas de la vida doméstica también porque, con frecuencia, acabaron asumiendo la dirección de la familia por la ausencia del hombre. A finales del siglo XVIII se observa un alto porcentaje de hogares con mujeres como cabezas de familia, sobre todo en las ciudades. Gráfico