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Hemos comentado anteriormente las dificultades que ofrecen las fuentes de la época, o referidas a ella, para su correcto análisis, si bien son absolutamente imprescindibles para acercarse al conocimiento de la misma. No pretendemos aquí hacer un estudio detallado, sino exclusivamente mencionar con qué tipo de fuentes contamos y cuáles son las más relevantes. Cabe hacer una distinción dentro de ellas: - Fuentes literarias: Nos referimos a ellas en sentido amplio y no con el concepto estricto que hoy podamos tener de literatura. En este punto merece la pena hacer dos distinciones, la primera, respecto de los escritores u obras procedentes de Hispania y aquellos de otros lugares del antiguo Imperio; la segunda, respecto de las obras propiamente históricas, frente a las de otros contenidos, teniendo en cuenta que no siempre una obra de contenido histórico se corresponde con el género literario de la historia, la crónica o la biografía, aunque sea lo más frecuente. Disponemos de diversas fuentes, algunas de las cuales iremos citando a lo largo de este volumen. Además de autores antiguos que hablan puntualmente de los pueblos bárbaros, como puede ser Tácito, por mencionar alguno, hay una serie de escritores bien significativos, aunque sus obras abarcan las primeras épocas de migraciones de los pueblos bárbaros y llegan, en todo caso, hasta la época de asentamiento de los visigodos en Aquitania. Entre éstos, están, sin duda, Ammiano Marcelino, el mayor historiador de época bajoimperial, Sidonio Apolinar, tanto con sus cartas como con sus poemas; Claudiano, que escribió, entre otras, De bello Getico, un poema en hexámetros, de tono épico, además de Laudes Stiliconis o un Panegírico sobre el tercer consulado de Honorio, y Jordanes con su Getica. Más directamente relacionadas con la historia de los siglos V al VII son obras históricas de la envergadura de la Historia Francorum de Gregorio de Tours o la Chronica del pseudo Fredegario. De otra parte, es imprescindible contar con todas las referencias a Hispania que existen en la correspondencia y en la obra del papa Gregorio Magno, así como de otros papas como Vigilio y, en general, autores como Venancio Fortunato por ejemplo, o corresponsales más o menos ocasionales, de entre los que destacan los pertenecientes a estamentos eclesiásticos. Entre los autores hispanos se cultivó el género literario de la historia, en diversas variantes y estilos. En el siglo VI destaca tanto Orosio con Historiae adversus paganos, que en sus capítulos finales trata de las cuestiopnes relativas a las migraciones bárbaras, hasta los primeros reyes visigodos asentados en la Gallia; como Hidacio, con su escueta Chronica, cuya probable muerte le hizo interrumpir hacia el 468 y que tiene la particularidad de narrar acontecimientos por él vividos en torno al asentamiento de los suevos en la Gallaecia. Igualmente las Historiae visigothorum, sueborum, vandolorum de Isidoro de Sevilla, su Chronica, así como el De viris ilustribus, de género biográfico. La Crónica isidoriana sería continuada por la Crónica mozárabe y otras ya escritas en época medieval, a las que ahora no nos referiremos. En cuanto a De viris illustribus, sería continuada por escritores como Ildefonso de Toledo. La Historia Wambae regis es una obra centrada en un asunto concreto como la rebelión del dux Paulo en la Narbonense contra el rey Wamba, escrita por Julián de Toledo, con un estilo literario cuajado de elementos retóricos y evocaciones e influjos de autores clásicos. Un género literario surgido del de la historia, o mejor aún, de la biografía, bajo el signo del cristianismo, es la hagiografía. Evidentemente con una consideración de los hechos históricos desde la perspectiva de la intervención divina y, en muchos casos, con fines propagandísticos, es, en cambio, una fuente importante de documentación. En el siglo VII se escribe la anónima Vitas sanctorum patrum Emeretensium, la Vita sancti Aemiliani de Braulio de Zaragoza y la Vita Desiderii del rey Sisebuto, piezas realmente imprescindibles, sobre todo la primera, para un acercamiento a los siglos VI y VII. Además de las obras mencionadas, las diferentes producciones escritas -obras dogmáticas, exegéticas, pastorales, poesía, homilías, sermones, etc.- en la Hispania de la Antigüedad tardía ofrecen un cúmulo de informaciones sobre la época, vida, sociedad, la Iglesia, la educación y otros muy diversos aspectos de notabilísimo interés. Tendremos ocasión de mencionar algunas de ellas al hablar del ambiente cultural más adelante. - Fuentes legislativas: Básicamente las leyes y las actas conciliares. La información que ofrecen es, como puede suponerse, inestimable para múltiples aspectos de la vida pública y privada, así como de la organización del Estado e, incluso, son el reflejo de muchas circunstancias históricas concretas que han dejado huella en las leyes. No referiremos a ellas explícitamente al analizar el aparato legislativo, dentro del capítulo de los instrumentos para el poder. - Fuentes epigráficas y numismáticas: Las inscripciones, en los diversos materiales y soportes, son las otras fuentes escritas con que contamos. Muchas de ellas son funerarias y, con independencia de su valor intrínseco, en ocasiones no ofrecen más que datos sobre personas en cuyo epitafio sólo figura cuándo murieron o qué edad tenían y cuál era su nombre. Pero en otras las informaciones son más precisas y valiosas, tanto a nivel prosopográfico, como histórico. Además de las funerarias, las edilicias contribuyen a un conocimiento mucho mayor sobre los espacios para la población, sobre el desarrollo y la evolución de la propia sociedad. Dentro de las inscripciones cabe hablar de dos grupos bien distintos pero significativos e importantes. El primero, los llamados Tituli metrici, una serie de poemas de métrica cuantitativa o rítmica, generalmente epitafios, escritos en piedra, o a modo de inscripciones funerarias; es decir, en ocasiones se conservan dichas inscripciones, pero en otras sólo se han transmitido literariamente, algunos de los cuales nunca han llegado a ser grabados y sólo se han escrito como obra poética. En muchos de estos tituli encontramos una importante documentación sobre personajes, circunstancias y hechos de la época que nos ocupa. El segundo, son las llamadas pizarras visigodas; una serie de textos escritos sobre soporte de pizarra, como material a mano y barato, frente al pergamino, y cómodo, frente a éste o a las tablillas de cera, que, concentradas básicamente en zonas de Ávila, Salamanca y norte de Cáceres, con algunas excepciones, dan información sobre diversas actividades privadas de carácter económico de la sociedad, fundamentalmente rural, además de la constatación de la aplicación del derecho o del nivel cultural y la educación de los siglos VI y VII, como se podrá ver a lo largo de algunos puntos de la exposición. Evidentemente, la numismática ofrece también unas posibilidades de estudio considerables en cuanto a la circulación monetaria y su valor y, paralelamente, a la época de los reyes y distintos momentos de la acuñación. Las fuentes escritas, como ya se ha dicho antes, junto con las fuentes arqueológicas, son la base y el punto de partida para nuestra -para cualquier- aproximación al estudio de la Antigüedad tardía en Hispania.
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Tal como se ha visto, sólo los alemanes tenían sus carros encuadrados en grandes unidades, capaces de operar en solitario con gran potencia y velocidad y de asaltar todo tipo de obstáculos con la cooperación de los bombarderos en picado. Cuando comenzó la guerra, Alemania disponía de 6 divisiones motorizadas, 4 motorizadas y otras tantas mecanizadas, con un total de 2.400 efectivos. Según describe Priego, "la División blindada alemana (Panzerdivision) estaba integrada por dos Grupos divisionarios de exploración, dos Regimientos de carros, un Regimiento motorizado de cazadores, un Batallón de motoristas, un Regimiento de Artillería, un Grupo de piezas contracarro, un Batallón de Zapadores y un Grupo de Transmisiones, estos últimos también motorizados. El material de carros constaba de tipos ligeros (de cinco a seis toneladas, provistos de ametralladoras), medios (de nueve toneladas, armados también de ametralladoras) y pesados (de unas veinte toneladas, armados de ametralladoras y cañones de 37 a 75 mm.), siendo capaces todos ellos de desarrollar velocidades de 40 a 50 kilómetros por hora en todo terreno". Francia contaba con 7 divisiones motorizadas y 2 mecanizadas, que sumaban 2.285 efectivos. Gran Bretaña disponía tan sólo de 1 división motorizada, con 1.300 efectivos, mientras que Italia podía contar con 1 división acorazada y 2 motorizadas, sumando un total de 1.600 efectivos. De las cifras podría concluirse que la ventaja alemana no era muy grande en cuanto a número de blindados, pero es en la organización, la doctrina y el adiestramiento donde la ventaja del III Reich era inmensa. Y lo fue durante toda la guerra, aunque numéricamente resultara muy rebasado. La superioridad técnica y material de los blindados alemanes sobre los aliados queda expresada en este dato: los norteamericanos estimaban que se necesitaban de 4 a 5 de sus carros para destruir uno de los alemanes. Numéricamente, Berlín estuvo rápidamente en desventaja; ya en 1942 Gran Bretaña fabricó 4.000 blindados más que Alemania. Ese mismo año los EE.UU, construyeron 20.900 más.
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El protagonismo en el nuevo Estado no fue tanto para los falangistas como para las Fuerzas Armadas, que habían iniciado la rebelión del 18 de julio y habían salido victoriosos. Durante la primera fase de la posguerra, el Ejército jugó un papel más destacado que el partido único, ya que tenían puestos de mayor relevancia. No sólo era el apuntalamiento marcial del Estado, sino que controlaba la represión, dirigía la policía, organizaba -a través de nombramientos en la administración- la reconstrucción nacional y el nuevo programa de industrialización e incluso, aportó muchos de los símbolos y claves ideológicas del Régimen a través de la doctrina del caudillaje militar. En 1939 el cuerpo de oficiales del Ejército español era, en gran medida, una creación de Franco. Aunque los generales de más edad ya eran militares antes de la guerra civil, se había forjado un nuevo grupo corporativo durante una de las más duras experiencias militares, que se sentía unido a su Generalísimo y se identificaba con él. Durante la guerra Franco, muy astutamente, había restado importancia a las condecoraciones y los ascensos, haciendo hincapié en la entrega y el sacrificio, de modo que no era extraño encontrar coroneles al mando de divisiones y generales de brigada al mando de cuerpos enteros. Esto había resultado efectivo y se había centrado la atención en el cumplimiento del deber. Pero después de la guerra hubo numerosos ascensos que llevaron a la restitución de los rangos de teniente general y almirante que había abolido la República. Aunque los sueldos seguían siendo bajos, los oficiales disfrutaban de ciertos privilegios, como el acceso a economatos que tenían más oferta y buenos precios. Esto era un gran contraste en un país en el que empezaba a haber escasez. Los hombres que habían estado alistados tenían preferencia en las cuotas de empleo que acababa de anunciar el Gobierno. En general, los militares estaban satisfechos y seguirían siendo el pilar fundamental del Régimen, con pocos casos de disidencia hasta la muerte de Franco. Estaban orgullosos de su victoria aplastante y del lugar de honor que les correspondía en el nuevo sistema. El Ejército de Tierra había llegado a tener 900.000 miembros al final de la guerra civil. El 24 de enero de 1939 Franco decidió reducir las fuerzas de la posguerra a 24 divisiones formadas por 10 cuerpos, uno por cada uno de los ocho distritos militares que existían en el país y dos para el protectorado de Marruecos. En su momento más bajo, a principios de 1940, las fuerzas del Ejército quedaron reducidas a 230.000 hombres más los 20.000 de las tropas de Marruecos. Pero cuando la Segunda Guerra Mundial se empezó a extender, se fomentó el crecimiento de los escasos recursos del nuevo Estado en la medida de sus posibilidades. Por este motivo, los gastos militares acapararon un 40 por ciento o más del presupuesto del Estado durante casi toda la Segunda Guerra Mundial, bajando a un 34 por ciento en 1945. El cuerpo de oficiales, que estaba compuesto por unos 15.500 hombres en 1940, llegó a tener casi 26.000 en 1945. De modo que el viejo quiste que la República había extirpado temporalmente, volvió a aparecer bajo el nuevo régimen. La mayoría de los oficiales que se incorporaron en estos años habían sido alféreces provisionales en tiempos de guerra; 8.937 obtuvieron un nombramiento permanente.
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El éxito de la fórmula canovista fue también consecuencia de la debilidad de los grupos políticos que, por sus principios, eran opuestos a la misma: republicanos y carlistas. Ambos colectivos, tras sus fracasos políticos y militares, bastante tuvieron con enfrentarse al problema de la supervivencia, en un sistema que comenzó por declararles fuera de la ley. Impotencia, sensación de derrota y situación de clandestinidad también eran compartidas por el movimiento obrero, de carácter anarquista, que había sobrevivido a la disolución de la I Internacional, y que había experimentado una fuerte represión durante todo el año 1874, a raíz del golpe de Estado de Pavía. Por otra parte, la organización obrera marxista era minúscula. El gran partido republicano del sexenio democrático, el Federal, comenzó a desintegrarse a raíz de la intervención del general Pavía en el Congreso, el 3 de enero de 1874. Castelar se apartó explícitamente del mismo, renegando del federalismo. Dentro del partido, Pi y Margall, Figueras y Salmerón se hallaban enfrentados por cuestiones tácticas, ideológicas y personales. Al margen del mismo, Ruiz Zorrilla, desde su regreso a España, trató inútilmente de recomponer la unidad sobre nuevas bases. Alejados del poder, los republicanos se encontraban seriamente debilitados cuando se produjo la Restauración. La represión sobre los derechos de reunión, asociación y libertad de expresión que, de forma selectiva, fue ejercida durante los primeros años del nuevo régimen, acentuó todavía más la debilidad de los republicanos. Ruiz Zorrilla fue expulsado de España, a comienzos de 1875, tras mantener una reunión con 25 generales, estableciendo su residencia en París. Igualmente Salmerón abandonó el país, después de ser apartado de su cátedra en la Universidad madrileña, como consecuencia de la política del ministro Orovio, fijando también su residencia en la capital francesa. Entre ambos se inició entonces una colaboración en favor de la república unitaria, que habría de durar diez años, que se concretó en la fundación de un efímero partido reformista. Entre quienes permanecieron en España, prevaleció la tesis del retraimiento en las primeras elecciones legislativas celebradas en 1876, con excepción de Castelar -que, con apoyo del gobierno, obtuvo una de las actas de Barcelona- y algunos más que se presentaron a título personal, llegando a reunir seis actas de diputado. A pesar de todo, todavía en 1877, Cánovas afirmaba que la monarquía pendía de un hilo y trató, infructuosamente, de suscribir un acuerdo con Alemania que fortaleciera la situación española frente a la amenaza revolucionaria, que consideraba gravísima si obtenía el suficiente apoyo de la Francia republicana. Desde el exilio, Ruiz Zorrilla pretendía derrocar la monarquía mediante un pronunciamiento militar. Confiaba en llegar a comprometer a un número importante de jefes militares en España y a contar con una ayuda sustancial de los republicanos franceses, pero ninguna de las dos cosas se produjo en la medida necesaria para obtener el triunfo. En la actividad revolucionaria de los republicanos durante la Restauración cabe distinguir dos períodos de contenido y significación diferente: 1) hasta 1878, en que, retraídos en su mayoría de la vida política legal, llevaron a cabo una intensa labor subversiva -de carácter civil, al mismo tiempo que de propaganda entre los militares-; dicha acción no llegó a cuajar en ninguna demostración importante de fuerza por falta de unidad en la dirección y, sobre todo, por falta de apoyo en los altos mandos del Ejército; 2) a partir de 1879, a pesar de que fue entonces cuando tuvieron lugar las sublevaciones más destacadas -las de agosto de 1883, con intervención de parte de las guarniciones de Badajoz, Santo Domingo de la Calzada y la Seo de Urgel, y la del brigadier Villacampa, en Madrid, en 1886- su importancia fue realmente mucho menor, porque carecían prácticamente de todo respaldo civil, en un sistema político estable. En círculos diplomáticos estas sublevaciones fueron consideradas empresas que perseguían objetivos particulares -de promoción militar, de política exterior o de enriquecimiento en la Bolsa- más que políticos. En efecto, conforme la monarquía alfonsina se fue asentando, vencidas las guerras carlista y colonial, los republicanos comenzaron a abandonar el retraimiento. En 1879, con ocasión de las segundas elecciones generales, Castelar y Martos, al frente de los partidos posibilista y progresista, firmaron una coalición electoral con el partido constitucional de Sagasta -lo que da idea, por otra parte, de que el régimen estaba lejos del amplio consenso que lograría más tarde- llegando a conseguir los republicanos 16 actas de diputado. En 1880, Cristino Martos -que, en febrero de 1873, había dirigido a los radicales que se integraron en la I República- fue el promotor del partido democrático progresista, al que pretendía convertir en la gran organización republicana unitaria.
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Mientras el frente islámico del siglo XIII se debatía en luchas internas de varias familias musulmanas por heredar y resucitar lo que quedaba de al-Andalus, dos potencias cristianas en la Península Ibérica se disputaban las influencias y los derechos de conquista sobre los reinos surgidos de la atomización musulmana, porque significaban cuantiosos ingresos generados por el pago de las parias y por el botín logrado en las razias. Por un lado, la Corona de Aragón, formada a finales del siglo XII por la unión del reino de Aragón y el condado de Barcelona y, por el otro, el reino castellano-leonés, unificado en la persona de Fernando III el Santo en el año 1230.La Corona de Aragón y el reino de Castilla -a éste le faltaban setenta y nueve años para unirse a León- se habían repartido las zonas de influencia en el tratado de Tudillén ya en el año 1151, que, aunque no fue respetado en todas sus cláusulas, mostraba una tendencia, confirmada en el tratado de Cazorla (1179), y que tomó cuerpo en el siglo XIII: catalanes y aragoneses se reservaban las tierras de los reinos musulmanes de Valencia, Denia y Murcia mientras que Castilla se quedaba con la posibilidad de expandirse hacia el sur, hacia la Andalucía Bética, con una salida hacia el Mediterráneo. Según el tratado de Cazorla, pactado entre Alfonso II de Aragón y Alfonso VIII de Castilla, el primero renunciaba a sus derechos en la conquista de los territorios situados más allá del puerto de Biar, o sea al reino de Murcia, y conservaba sus derechos sobre Valencia, Játiva y Denia, mientras que Castilla se adjudicaba el derecho de controlar el reino murciano además de la Andalucía occidental. Hubo que esperar hasta el año 1244, para que Jaime I de Aragón y el infante Alfonso de Castilla (futuro Alfonso X el Sabio), en el tratado de Almizra, acordaran definitivamente los límites entre sus dos reinos.Los elementos que favorecieron el avance cristiano contra lo que quedaba de al-Andalus fueron varios y comenzaron a fraguarse a partir del siglo X. Por un lado, el crecimiento demográfico, en auge en toda Europa, permitió mantener los territorios conquistados por la fuerza de las armas gracias al asentamiento de nuevos pobladores, a quienes se les entregaban parcelas de pequeño tamaño (heredad) a cambio de la obligación de residir en ellas y pagar los correspondientes pechos. Como medida de atracción adicional, se concedían fueros a las diversas localidades.Por otro, el avance técnico que experimentaron las artes de la guerra puso en manos de los cristianos los medios adecuados para enfrentarse con las densas poblaciones andalusíes, protegidas por ciudades amuralladas que podían resistir largos asedios. Los ejércitos comenzaron a usar la caballería pesada en lugar de la ligera; se introdujeron los estribos, las espuelas y las herraduras; se modificó el sistema de tiro de los animales y se perfeccionaron las saetas, las ballestas y los castillos de madera para atacar las ciudades cercadas.El nacimiento de la ideología de la Reconquista jugó también un papel importante. La pugna con el Islam hizo surgir, primero desde más allá de los Pirineos (el concilio de Letrán de año 1215) y luego desde el interior la conciencia de que los monarcas cristianos de la Península Ibérica eran herederos de los visigodos y de que, como tales, tenían derecho a gobernar sobre el conjunto de las tierras de Hispania.Aparte de estos factores sociales, militares e ideológicos, las conquistas del siglo XIII tuvieron otro móvil fundamental a escala económica. El cobro de las parias de los pequeños reinos musulmanes, que minaba cada vez más a los musulmanes, reforzaba la economía cristiana y constituía un elemento básico en la financiación y movilización de toda la maquinaria bélica que se puso a disposición de los monarcas cristianos para desarrollar las campañas de conquista. Hay que señalar, además, que el nacimiento de las órdenes militares en la segunda mitad del siglo XII favoreció la acción bélica, el mantenimiento del espíritu de cruzada y la posterior repoblación de las tierras andalusíes. En la zona castellano-leonesa destacaron las órdenes de Calatrava, Santiago y Alcántara y en la Corona de Aragón, las del Hospital, del Temple y del Santo Sepulcro.Una movilización casi generalizada en la Península Ibérica anunciaba, en el primer tercio del siglo XIII, el gran avance cristiano: Sancho II de Portugal había ocupado Elvas en 1226; Alfonso IX de León había conquistado Cáceres (1227) y Badajoz (1230) y las tropas de Pedro II de Aragón habían ocupado Ademuz y Castielfabib (al norte de la actual Valencia) en 1210 y Ubeda (1212) antes de su derrota y muerte en la batalla de Muret. Así que, con las zonas de influencia establecidas -Valencia y las islas Baleares por un lado y Andalucía Occidental y Murcia por otro- y un ambiente de entendimiento raramente conseguido antes, los reyes de las dos grandes potencias peninsulares, Fernando III de Castilla y León y Jaime I de Aragón se dispusieron a preparar las dos grandes oleadas conquistadoras cristianas, cada una con distintas motivaciones de arranque, y simultanearon sus acciones bélicas frente a un mismo enemigo. A finales del siglo XIII, sus empresas bélicas pondrán término a seis siglos de extensa presencia islámica en la Península Ibérica, reduciéndola al reino nazarí de Granada.
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La cuantificación de fuerzas militares enfrentadas es relativamente problemática, y mucho más evaluar su verdadero alcance al tener que conjugarlo con la calidad del personal y del material. Es normal que cada bando trate de aminorar su aportación y exagerar la del enemigo para realizar su victoria o disculpar su derrota. Argumento que también es aplicable a las pérdidas, cuando se disminuyen las propias y se engrandecen las contrarias. Los datos aplicables ahora pueden variar según las fuentes. Los que vamos a utilizar son los comúnmente aceptados. Las fuerzas acumuladas para la invasión eran 154 divisiones que sumaban en conjunto 3.350 tanques y 2.000 aviones. A estas fuerzas germanas hay que añadir las tropas aliadas: 29 divisiones (16 finlandesas, 13 rumanas) y 16 brigadas (tres finlandesas, nueve rumanas y cuatro húngaras). Los ejércitos de invasión incluían 19 divisiones blindadas y 13 motorizadas. Enfrente disponían los soviéticos del 54 por 100 de su potencial militar humano, con 170 divisiones alineadas en tres escalones: el primero comprendía 56 divisiones y dos brigadas en una profundidad de 50 kilómetros; el segundo, ente 50 y 100 kilómetros de frontera, albergaba la totalidad de las divisiones blindadas, el tercero distante entre 150 y 400 kilómetros, concentraba las reservas. Era un frente de 3.375 kilómetros, del Ártico al mar Negro. La historiografía soviética sigue insistiendo en la superioridad numérica de los alemanes, especialmente en material pesado, exagerando la contribución de los satélites. Esto es desmentido por los estudios occidentales, que adjudican al Ejército Rojo una fuerza equivalente, si no superior, en infantería y decisivamente superior en tanques y aviones. El erudito John Erickson, comparando fuentes de ambos lados, estima la superioridad rusa en el frente de siete a uno en tanques y de cinco a uno en aviones, contraste que pierde todo significado comprobando lo anticuado del Ejercito soviético, sobrecogedor a veces. Aparte la experiencia y la calidad, los alemanes iban a mostrase físicamente superiores a lo largo de los ejes de su ataque, a lo que hay que añadir la sorpresa. Dato curioso es que Hitler dejó 46 divisiones para cubrir la costa atlántica (además de dos en Libia y siete en los Balcanes) ante unos ingleses que apenas podían llevar a cabo acciones de comando, a diferencia de las campañas de Polonia y Francia, en las que dejó un mínimo de cobertura en la retaguardia. Por su parte la URSS, como consecuencia de su pacto con el III Reich y su ulterior desarrollo, adelantó sus fronteras entre 200 y 350 kilómetros, incorporando 463.000 kilómetros cuadrados y 23 millones de habitantes. Luego, en vez de mantener la vieja línea defensiva, línea Stalin, procedió a desmantelarla sin llegar a acabar la nueva por razones de tiempo.
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La pared estrecha de la sala que albergaba el Friso Beethoven estaba ocupada por Las fuerzas hostiles contra las que debía luchar el caballero armado del Anhelo de felicidad. El catálogo de la XIV Exposición de la Secession describe así la escena: "El gigante Tifeo, contra el que hasta los dioses lucharon siempre en vano; sus hijas, las tres gorgonas. La enfermedad, la locura, la muerte. La sensualidad y la lascivia, la incontinencia. La tristeza lacerante. Los anhelos y las esperanzas de la humanidad vuelan sobre ellos". En efecto, el gigante Tifeo con rasgos de simio ocupa buena parte de la composición. Es la única figura "masculina" de la escena; a su lado observamos a las tres gorgonas desnudas y cubiertos sus cabellos con serpientes. Sobre ellas se situarían la Enfermedad, la Locura y la Muerte, simbolizadas como caras femeninas deformadas. En la zona de la derecha encontramos a la Lujuria -interpretada como una "femme fatale" que dirige su sensual mirada al espectador-, la Impudicia y la Incontinencia, representada ésta como una obesa mujer, con el torso desnudo, cubriéndose las caderas y las piernas con una rica falda de color azul y adornos dorados. Un poco apartada se sitúa la figura de la tristeza lacerante, una mujer de largo cabello negro, cubierta con velos del mismo color.Será esta parte del Friso la que coseche más críticas por parte de la prensa y del público. Un periódico de Viena calificó la pintura de pornográfica y consideró que este trabajo era "apropiado para algunos locales subterráneos en los que se celebran orgías paganas, pero no para salas a las que los artistas se atreven a invitar a señoras honorables y a inocentes jovencitas". Las figuras femeninas desnudas provocaron diversas reacciones, recuperando el ambiente de enfrentamiento que se vivió con Medicina. Como bien dice Mariam Bisanz-Prakken "la visión utópica que Beethoven proclamaba en su Novena Sinfonía, la confraternidad universal de la humanidad liberada de sus sufrimientos, se oponía al caos y la perversidad de la moderna civilización y a las obligaciones impuestas desde arriba (Estado, Iglesia)... Con las fuerzas enemigas, Klimt pensaba también en aquellas fuerzas que entorpecían su propio desarrollo como artista".Estilísticamente, nos encontramos con una significativa renuncia de Klimt a la pintura naturalista, haciendo uso de un estilo gráfico tendente a la bidimensionalidad. Las líneas sinuosas, tan habituales en el Art-Nouveau, se adueñan del conjunto mientras que el decorativismo habitual en la pintura del maestro vienés -presente en este caso a través del oro- también es otro elemento digno de mención. El anhelo de felicidad encuentra su culminación en la poesía supone el momento definitivo de la temática que encierra el Friso.
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La política de César en Hispania se caracterizó por la creación y promoción de ciudades, en particular, de la provincia Ulterior. Fundó nueve colonias, cuatro municipios de derecho romano, siete de derecho latino y cinco núcleos llevan el título de oppidum civium romanorum. Se documentan así mismo 26 ciudades denominadas con un cognomen indicativo de la concesión de derecho de ciudadanía, aunque se desconoce el tipo de estatus alcanzado. Son apelativos relacionados con la gens Iulia o cognomina propios de ciudadanos de colonias cesarianas. De la mayoría de estos enclaves, para cuya relación concreta remitimos al estudio reciente de A. Marín Díaz, apenas se puede decir nada sobre su urbanismo fundacional, si bien casi todos ellos llegan posteriormente a definirse como ciudades romanas integrales entre Augusto y los Flavios. Tal sería el caso de las colonias de Cartago Nova, Hispalis (Sevilla), Tarraco, Itálica, Urso (Osuna), etc. Estudios recientes de J. M. Campos sobre Híspalis permiten hoy día vislumbrar los rasgos urbanísticos de este asentamiento en época republicana. La ciudad se configuró al estilo romano en la segunda mitad del siglo II a. C. Presentaba planta rectangular circundada de muralla, con dos calles principales (cardo y decumanus maximus) de las que se originaban otras secundarias. El Foro se ubicaba en el cruce de las calles principales donde se han localizado los restos de un templo en la calle Mármoles (que fue reconstruido más adelante en tiempos de Adriano) y otras edificaciones datadas en el siglo II a. C. que perduraron hasta el siglo I a. C. y quizá alguna podría corresponder a una basílica. La ciudad republicana quedó enmascarada por la de época imperial, momento éste en que se levanta otro foro en la zona de la Alfalfa. También se ha podido documentar el trazado de Baetulo (Badalona). Las investigaciones de Guitart indican que, en torno al año 100 a. C., se fundó una ciudad de planta rectangular y traza ortogonal, con manzanas cuadradas separadas por calles de unos 5 m de ancho y con el foro situado en la parte central del hábitat. No obstante y como sucede en la mayoría de los casos, los restos más relevantes coresponden ya a la fase imperial de Baetulo hasta época flavia. De las colonias triunvirales, es decir, posteriores a los idus de marzo del año 44 a. C., cabe citar la Colonia Victris Iulia Lepida (Velilla del Ebro, Zaragoza) fundada por Lépido sobre un oppidum ilergete, y Norba Caesarina (Cáceres) fundada por Norbano Flaco. Las excavaciones de M. Beltrán en la Colonia Lépida, que adoptó después el topónimo indígena de Celsa, ponen de relieve la enorme importancia de este enclave tardorrepublicano que entrará en recesión al fundar Caesaraugusta y se abandonará en época claudia. De su urbanismo se han documentado una serie de calles con varias insulae pero nada sabemos de la estructura de las áreas públicas de la ciudad. Antonio Marín Díaz considera plausible que otras ciudades romanas, como Calagurris (Calahorra) y Saguntum (Sagunto), adquirieran en este periodo triunviral el carácter de "municipium civium romanorum". Excavaciones recientes en Saguntum dirigidas por C. Aranegui, permiten comprender en la actualidad la reordenación urbana que sufrió la ibérica Arse, aliada de Roma. La fase antigua de la ciudad, ubicada en la Plaza de Armas del Castell saguntino, presentaba un foro presidido por un templo capitolino de triple cella, que será respetado en el momento de la reestructuración augustea.
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Ya se indicó en su momento cómo los intradoses acogían las genealogías de Jesús según Mateo y Lucas en un orden que, respectivamente, iba de norte a sur y de sur a norte de la sala capitular, hasta encontrarse las dos. La voluntad de representar las dos versiones es clara por parte del autor, por cuanto los setenta espacios reservados bien se cubrirían con Lucas y aún sobrarían cinco ascendientes. La justificación se encuentra en el distinto significado que se dio a una y otra versión que, además, está reflejado en las características formales de los representados. En este sentido, cabe recordar que Mateo comienza por Abraham, el viejo patriarca que primero recibió las promesas mesiánicas, siendo incontestable la disparidad de criterio con Lucas hasta llegar a David en lectura inversa. Siempre se ha justificado esta falta de acuerdo en el hecho de que la genealogía de Mateo representaba la profética, la real, es decir, la legal y dinástica. De ahí que los reyes reflejados en esta serie de Sijena, como David y Salomón, lo hagan como tales y con todos los atributos de su condición. La genealogía de Lucas, por el contrario, representa la que va de hijos a padres en una sucesión natural hasta el mismo Adán, lo que viene a significar toda la humanidad bajo esta condición, de ahí que David en esta serie se muestre como un personaje veterotestamentario, cubierto con una túnica y despojado de su condición de monarca para resaltar la de hombre al margen de cualquier valor dinástico. Así pues, de este modo se justifica la presencia de las dos genealogías a través de las cuales se abarca lo legal y natural abrazando las dos versiones del Nuevo Testamento, hecho que no resulta frecuente, pues se opta por una u otra serie. En este sentido cabe recordar, entre otros, un manuscrito del Trinity College (53, fol. 7 v.°) de hacia 1140 y procedente de la abadía de Winchcombe, en cuya inicial L se deja ver a Mateo escribiendo y rodeado por una serie de retratos bajo arcos en los que los reyes aparecen como tales. Es significativo, por otro lado, cómo la fórmula de representación de bustos en Sijena no es inhabitual, pues el códice anterior es básicamente lo mismo, como también la Biblia Merseburg (Domstiftsbib. Cod. 1, fol. 9 v°) de hacia 1200 y procedencia centroeuropea, siendo infrecuentes sin embargo las figuras de los hijos acompañando a los padres.
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Ya quedó señalado que en los intradoses de los cinco arcos se representan los bustos de setenta antepasados de Cristo y que significan en toda la narración de la sala el punto de unión entre el Antiguo y Nuevo Testamentos. En el primer arco del norte se inician las genealogías según el evangelista Mateo (1, 1-17), que parte de Abraham y que alcanza hasta 40 el número de predecesores, si bien en Sijena son 28 los acompañados de sus hijos y el término "autem genuit" de acuerdo con el texto evangélico. En el primer arco del muro sur se inicia la genealogía de Jesús según Lucas (3, 23-38), que ya en el Evangelio parte del mismo Cristo y alcanza a Adán, es decir, a la inversa que Mateo y hasta el primer hombre. De los 75 del texto bíblico se pintan 33 en solitario y con el término "qui fuit" junto a su nombre. Como ya se apuntó, una serie y otra corren desde el norte y el sur hasta confluir en las arcadas centrales.