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América, el Nuevo Mundo, constituye un heterogéneo conglomerado en el que se mezclan paisajes, pueblos y gentes. Joven y vieja a la vez, es un grandioso escenario en el que han aparecido múltiples culturas y lenguas, muchas de ellas de considerable antigüedad y de significación universal. América es un continente extendido de norte a sur. Gracias a las diferencias de altitud, se hallan representados todos los climas de la Tierra y todos los paisajes. Las Montañas Rocosas, la Sierra Madre y los Andes, es decir, los sistemas montañosos más importantes, se encuentran en la vertiente del Pacífico. Ello deja extensas llanuras en la vertiente atlántica, donde discurren ríos tan caudalosos como el Mississippi o San Lorenzo, en Norteamérica, y el Orinoco, Amazonas o Paraná-Rió de la Plata, en América del Sur. Ya desde los primeros momentos del contacto con los europeos, la cuestión de los orígenes humanos o culturales de América ha sido objeto de discusiones. La tesis más generalizada admite que hace unos 40.000 años el poblamiento de América se produjo desde Asia, primero a través de un helado estrecho de Bering y luego por mar. Además, se ha sugerido la existencia de contactos a través del Pacífico entre Sudamérica y poblaciones del Extremo Oriente asiático y Oceanía. De los cerca de 40.000 años de historia aislada de los amerindios, lo más importante desde el punto de vista artístico y cultural se ha desarrollado entre el 1500 a.C. y el 1500 d.C. En estos tres milenios, algunas sociedades indígenas evolucionaron desde el nivel de las bandas de cazadores y primeros horticultores hasta los señoríos o jefaturas y los estados. Una multitud de culturas, con grados de desarrollo diferentes, fueron surgiendo a lo largo y ancho del continente. Se ha establecido la existencia ocho áreas culturales principales en la América prehispánica, aunque Mesoamérica y el área andina, junto con la Intermedia, son las dos en que se alcanzaron culturas más complejas. En estas áreas, los estudiosos distinguen tres etapas en el estudio de las grandes culturas indígenas. La primera, llamada Preclásico o Formativo, entre el 1500 a.C. y el 200 d.C., es equivalente al neolítico del Viejo Mundo. Representa el nacimiento de la vida en aldeas, pero también el surgimiento de las primeras grandes civilizaciones, como la Olmeca, en México y la Chavín, en Perú. La etapa clásica abarca casi un milenio, entre el 200 y el 900 ó 1000 d.C. Tanto en Mesoamérica como en el área andina constituye el momento de mayor esplendor artístico y cultural de toda la América precolombina. En Mesoamérica, las áreas de civilización más extraordinarias son tres: la civilización teotihuacana, en el centro de México; la zapoteca, en el Valle de Oaxaca, y la maya, en el sur de México y Guatemala. El clasicismo andino tuvo su desarrollo en varias altas civilizaciones de la región, como son la Mochica y Nazca, en la costa peruana, y Tiahuanaco, en la región del lago Titicaca. El último periodo prehispánico, el Postclásico, abarca en realidad los últimos quinientos años de la historia precolombina. Representa, tras una crisis política y ecológica en torno al año 1000, el renacimiento de formas artísticas pasadas y el establecimiento de pautas políticas nuevas, en las cuales el militarismo y la clase social de los comerciantes representan un peso considerable. En Mesoamérica, las civilizaciones tolteca y maya-tolteca conducirán al desarrollo político de los aztecas. En el área andina, las culturas Wari, Chimú o Ica culminarán en el grandioso imperio Inca. Mayas, incas y aztecas construirán los mayores desarrollos culturales de la América prehispánica. La cultura maya alcanza su esplendor en el periodo Clásico, aunque durante el Postclásico logrará también un altísimo nivel. El área maya comprende los territorios de Yucatán, Belice y Guatemala, además de ciertos sectores de Honduras y El Salvador. Sobre este territorio surgieron ciudades como Palenque, Tikal, Copán, Bonampak, Chichén Itzá o Tulum, que siempre actuaron de manera independiente. Durante el periodo Clásico, esta región es seguramente la que alcanzó un más alto grado de complejidad y brillantez. El clasicismo maya se caracteriza por la aparición de estelas con jeroglíficos, el desarrollo del calendario, la característica falsa bóveda o bóveda por aproximación de hiladas y la introducción de la cerámica polícroma. Los mayas levantaron grandes ciudades en el corazón de las selvas mesoamericanas. Una de las más espectaculares fue la de Chichén Itzá, con el gran templo de Kukulcán presidiendo el recinto ceremonial. La civilización de los incas es el resultado de un prolongado proceso evolutivo de unos 20.000 años en los Andes, que viene a culminar muy poco antes de la llegada de los españoles. Los incas fueron capaces de crear un vasto imperio, que se extendía entre Pasto, Colombia, y el río Maule, en el Chile central, así como entre el Pacífico y la selva amazónica. El dominio de tan gran imperio se realizaba desde el Cuzco. La sociedad inca estaba perfectamente organizada y jerarquizada. Sólo así se entiende que fueran capaces de levantar tan grandes construcciones en un medio tan hostil como el andino. Los mayores esfuerzos de los incas se orientaron hacia el terreno de la arquitectura y la ingeniería. En la cumbre social estaba el Sapa Inca, considerado el Hijo del Sol. Un nutrido grupo de funcionarios constituían la élite del Imperio La tercera y última gran civilización americana es la azteca. El pueblo azteca o mexica fue el último en llegar al valle de México tras una larga peregrinación, procedentes de Aztlán, un lugar indeterminado en el norte. En apenas doscientos años, bajo el dominio de distintos emperadores, los aztecas crearán el Imperio más poderoso de Mesoamérica. México-Tenochtitlan, fundada hacia 1325 y edificada en una isla, estaba atravesada por multitud de calzadas, canales y callejas. Unida a tierra firme por varias calzadas, durante el siglo XV será la ciudad más poderosa, alcanzando quizás los 300.000 habitantes. El populoso mercado de Tlatelolco asombrará a los conquistadores por la variedad de productos que en él se venden. Pero el centro de la vida cotidiana de los mexicas será el recinto ceremonial del Templo Mayor, que llegó a tener unos setenta y ocho edificios. En el Templo Mayor, edificado en sucesivas fases, se llevarán a cabo terribles sacrificios, necesarios para perpetuar la alianza del pueblo azteca con sus dioses. Las altas culturas precolombinas constituyen uno de los logros más importantes desde el punto de vista cultural de todo el planeta. Superado el trauma que supuso el contacto con lo europeo, que dio lugar a una nueva civilización mestiza, las raíces profundas de la América actual están en el esplendoroso y mágico pasado de las culturas prehispánicas.
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La figura que mejor simboliza la situación del mundo carolingio en desintegración es Hincmar de Reims (806-882): metropolitano de esta importante ciudad desde el 845 (dos años después del Tratado de Verdún), consejero de Carlos el Calvo, defensor de la autoridad del episcopado franco frente a papas y monarcas, educador político y, además, destacado teólogo. En esta última faceta, Hincmar participaría en las grandes disputas de su época manifestándose como un firme defensor de la ortodoxia. a) El predestinacionismo de Gottskalk: Hijo del conde Bernun de Sajonia y oblato en el monasterio de Fulda en su juventud, Gottskalk se consagró en su madurez como un consumado trotamundos y un teólogo relevante. Llevando hasta sus últimos extremos ciertas tesis agustinistas se erigió en defensor de la doble predestinación: Dios ha predestinado de manera incondicionada a un grupo de hombres para la vida eterna y a otros a la irremisible muerte eterna. La muerte de Cristo sólo ha redimido a los elegidos. Estas doctrinas provocaron la formación de dos frentes teológicos. Contra Gottskalk se levantaron su maestro Rabano Mauro, redactor de un "De praesciencia et praedestinatione", Hincmar de Reims, y Escoto Eriúgena, autor de un "De praedestinatione". En la línea de Gottskalk, aunque con muchos matices, se colocaron Servato Lupo, Ratramno de Corbie y Galindo Prudencio, temerosos de que la condena radical del predestinacionismo doble pudiera acarrear también la desautorización de san Agustín. La controversia, así, se fue enmarañando y constituyó objeto de preocupación para varias asambleas conciliares. La de Thuzey en octubre del 860 se pronunció porque Dios no había desprovisto del libre albedrío al hombre ni siquiera después de su caída. La muerte de Gottskalk unos años después acabó por zanjar la polémica. b) Pascasio Radberto y las controversias eucarísticas: Monje primero y luego abad de Corbie, Pascasio Radberto (790-865) dio a luz entre el 831 y el 844 un texto de piedad eucarística bajo el titulo "De Corpore et Sanguine Domine". Sin poner en duda la presencia de Cristo en la eucaristía, Pascasio exponía puntos de vista muy personales en torno a la forma y el modo en que tal presencia se manifestaba en las especies eucarísticas. Cristo, venía a decir, se encuentra con su verdadera carne y sangre que se multiplican por la omnipotencia de Dios en cada consagración. Tal doctrina ha sido definida como realismo craso y frente a la que se levantaron de inmediato otros autores. Rábano Mauro, así, defendió una opción más espiritualista: la carne de Cristo se obtiene mediante la fe. En la polémica acabaron terciando también los propios Gottskalk y Ratramno y, sobre todo, el más singular personaje del Renacimiento carolingio: Escoto Eriúgena. c) Juan Escoto Eriúgena: Los dos gentilicios que acompañan a su nombre de pila indican el origen irlandés del personaje (c. 810-c. 877) aunque no sepamos nada de su familia ni del lugar concreto de su nacimiento. Hacia el 847 le encontramos en la corte de Carlos el Calvo, posiblemente formando parte de la nutrida colonia irlandesa de Laón. Como reputado teólogo se solicitó su opinión en las mas arduas disputas doctrinales del momento aunque, como ocurrió con el tema del predestinacionismo, sus soluciones disgustaron a todos los contendientes. Su notable bagaje de cultura griega le capacitó para emprender traducciones del pseudo Dionisio, Máximo el Confesor y Gregorio de Nisa. Y, sobre todo, le puso en trance de redactar una magna obra: "Periphyseon" o "De divisione naturae". Obra que a los investigadores del siglo XIX les permitió conocer una Edad Media muy distinta de la que hasta entonces se había imaginando. La leyenda sobre Escoto le ha presentado bajo los signos del panteísmo y del naturalismo. Para Escoto, la naturaleza se manifiesta de cuatro formas distintas: la naturaleza que crea y no es creada (Dios como causa suprema de todo), la naturaleza que es creada y crea (las ideas como causas primordiales de todas las cosas), la naturaleza que es creada y no crea (los seres sometidos a la generación de tiempo y lugar) y la naturaleza que no crea y que no es creada (Dios como fin último de todas las cosas). La diversificación de la naturaleza acaba tendiendo a la reunificación. En ese proceso de descenso y ascenso posterior se encuentra el hombre. Su salvación -retorno al Creador- es posible mediante el conocimiento. No se trata, sin embargo, de un conocimiento en el sentido racional de la expresión sino de un conocimiento identificado con la fusión en Dios de toda la naturaleza creada. Los rivales de Escoto pudieron acusarle de estar defendiendo, frente a Gottskalk, una especie de predestinación sólo para la salvación con lo que se ponía en duda la posibilidad de condenación y, consiguientemente, la existencia de un lugar en el que esta tuviera efecto. Los argumentos de Escoto -existencia de tormentos mas espirituales que materiales- no parecieron convincentes a sus contradictores. El autor del "Periphyseon" acabaría anatematizado y como una figura genial pero aislada.
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Los Apalaches por el este y la Gran Cuenca por el oeste delimitan un inmenso territorio de tierras templadas, muy fértiles, denominado por algunos investigadores como Grandes Llanuras. Tradicionalmente, esta fue una región de pastizales que no tenían fin, donde prevaleció el bisonte hasta la etapa de superposición occidental, pero también otros animales de menor tamaño, como venados, conejos y una amplia variedad de roedores. Existe, no obstante, una fuerte variación ecológica de norte a sur y de este a oeste en esta inmensa región. La riqueza alimenticia de estos pastizales, el tamaño del territorio, y la variedad de las comunidades asentadas en ella, hizo que la caza y la recolección de semillas y tubérculos fuera su actividad principal, mientras que la agricultura fue un sistema de subsistencia marginal hasta la llegada de los europeos. Hacia el 900 d. C., la zona se incluyó en la órbita de influencias de la región de los Bosques, iniciándose la construcción de montículos y centros fortificados en las fértiles llanuras, promovida en parte por la expansión del sistema agrícola de la Tradición Mississipeña. Con todo, gran parte de la etapa ha estado definida por comunidades seminómadas, por lo que los restos de su cultura material son muy escasos.
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La elección papal, en 1655, de Alejandro VII Chigi, supuso para Bernini reconquistar su posición de artista oficial, hasta convertirse en amo y señor de la Roma artística. Entre el nuevo papa y el artista se estableció una comunión de ideas aún más intensa e íntima que con Urbano VIII, toda vez que, además de generoso mecenas, también era un hombre de profunda cultura y un experto en arte. Precisamente, las grandes obras en el Vaticano se reanudan con su pontificado.En 1656, Alejandro VII decidió abordar la sistematización de la explanada frontera a la basílica de San Pietro. Durante ese mismo año, convocado por la Congregación de la Fábrica, Bernini redactó un primer proyecto, proponiendo una plaza trapezoidal. Criticada esta traza por no prever un espacio suficientemente amplio, el artista se inclinó por otra circular porticada, para decidirse finalmente, en 1657, por la solución que sería la definitiva: una plaza ovalada, de 340 x 240 m, delimitada por un pórtico arquitrabado, con cuádruple alineamiento de columnas toscanas, cuyo eje transversal es señalado por el obelisco central y las dos fuentes laterales, conectado a dos alas oblicuas divergentes que lo empalman con la fachada de la basílica. Con esta solución dio cumplida y genial respuesta a los problemas litúrgicos, funcionales, psicológicos, óptico-dimensionales, simbólicos, etc., que ya estaban planteados o que surgieron con la misma construcción.En primer lugar, cumple con el objetivo funcional y litúrgico de ser un espacio capaz de acoger grandes multitudes de fieles, reunidos para recibir la bendición papal, dada simbólicamente a todo el mundo (urbi et orbe) en determinadas solemnidades sacras, y de dejar perfectamente visible la Loggia della Benedizione desde cualquier lugar de la plaza. En segundo lugar, para responder a la voluntad papal, simbólicamente con su forma se expresa la universalidad de la ceremonia y, por ende, de la Iglesia que tiende sus brazos hacia los fieles, o como el propio Bernini dijo "que abraza a los católicos para reforzar su creencia, a los herejes para reunirlos con la Iglesia, y a los ateos para iluminarles con la verdadera fe". En tercer lugar, al preceder al complejo sagrado, hace de solemne y grandioso recinto de acceso a la iglesia más importante de la Cristiandad, recuperando así las perdidas estructura, forma y función del antiguo cuadripórtico, o paradisus, de la antigua basílica paleocristiana, declarando con ello la continuidad entre la religión primitiva y la moderna Roma papal. En cuarto lugar, consigue alejar y proporcionar la fachada de Maderno y restablecer la hegemonía formal y simbólica a la cúpula de Michelangelo, al interponer entre la plaza elíptica y el edificio basilical el espacio trapezoidal limitado por los brazos rectilíneos divergentes, o piazza retta, a lo que en parte vino obligado por razones topográficas. Y, en quinto lugar, el espacio al aire libre y transitable de la plaza con su pórtico sirve de enlace espectacular entre el templo y la ciudad, como implícitamente lo dicen las palabras del cotejo que el propio Bernini estableció entre su Columnata y los brazos de la Iglesia.Es más, Bernini llegó a proyectar un tercer brazo porticado de la Columnata, que debía haber cerrado el óvalo, completando el perímetro elíptico de la plaza. De esta forma, se hubiese alcanzado con un golpe de vista el desarrollo total del óvalo y advertido mejor la compleja dinamicidad de las fugas de las columnas evitando el punto de vista central, y favorecido las visuales oblicuas que potencian la plena visión de la cúpula con respecto a la fachada. Más adelante decidió retranquearlo para formar una pequeña ante-plaza que, opuesta a la piazza retta, hiciera las veces de vestíbulo a la piazza obliqua.Aun cuando de ninguna de las dos maneras se llegó a construir, si se accedía a la plaza desde las estrechas calles del Borgo, que se correspondían más o menos con las entradas proyectadas por Bernini, el efecto de sorpresa dramática provocado por la exultante dilatación de la plaza no sólo estaba asegurado, sino que aumentaba a la vista de la majestuosidad de la amplia extensión. La genial idea berniniana fue sacrificada de un modo irremediable, al eliminar los efectos graduados de sorpresa y de suspensión escenográfica, degradando su perspectiva, con la destrucción de la spina del Borgo (las casas entre los Borgos, el Vecchio y el Nuovo) y la apertura de la vía de la Conciliazione (1936-50, por las fechas se ve que los incultos responsables de tan brutal desaguisado estuvieron bien acompañados).Al mismo tiempo que trabajaba en la urbanización de la plaza, Bernini afrontó la ejecución de la extraordinaria Cátedra (1657-66), sistematizando por fin el ábside de San Pietro, otro de los problemas siempre pospuestos. Con su acostumbrada fantasía inventiva, habilidad técnica y capacidad teatral, ideó una gran máquina fantasmagórica, de bronce, mármoles y estuco, que contiene el trono ígneo de San Pedro, sostenido por cuatro padres de la Iglesia, delante de un luminoso y espectacular rompimiento de gloria con ángeles en torno al Espíritu Santo. Asumiendo el complejo programa simbólico, tendente a exaltar la infalibilidad y la primacía del papa, la Cátedra aparece, visualmente, unida al Baldaquino, entre cuyas columnas se ve desde lejos como si de una milagrosa aparición se tratara.Coetáneamente, Bernini abordó su última gran empresa vaticana: la Scala Regia 1663-66), realizada bajo el estímulo de la dificultad, su genial solución de ilusionismo perspectivo es una evidente referencia a la Galería erigida en el palacio Spada (1635) por Borromini, al que Bernini parece referirse de continuo cuando hace arquitectura. En el arranque de la escalera, al fondo del vano de acceso desde el atrio de la Basílica, y en ángulo recto respecto a ella, colocó la monumental estatua ecuestre de Constantino (1662-68) que, ambientada teatralmente delante de una gran cortina de estuco, se presenta como una aparición. Tipológicamente, retoma la solución de Tacca (Monumento a Felipe IV (1634-40), en Madrid), pero resolviéndola con más dramático dinamismo y mayor sentido plástico. El mismo esquema lo seguirá en su Monumento ecuestre a Luis XIV (hacia 1667-77), radicalmente rehecho y arrinconado en los jardines de Versalles, clara evidencia de los resultados de su viaje a París (1665).Parecido desaire, contrario al recibimiento y al trato recibido durante su viaje a Francia, fue el que sufrirían sus proyectos para la ampliación del palacio del Louvre, criticados por el ministro Colbert y por el ambiente cortesano. La autonomía de Bernini y la fastuosidad romana, que cuidó los aspectos representativos del edificio pero no los funcionales, no eran conciliables con los módulos arquitectónicos propios del Clasicismo francés, ni con las exigencias del control académico y del circunspecto centralismo administrativo de Luis XIV.
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A lo largo de cinco siglos, la capital hitita fue desarrollándose y modelando sus edificios y su arte. Pero habida cuenta de la naturaleza del terreno, las técnicas de construcción y la inexistencia de documentos de fundación o ladrillos estampillados, tal y como señala K. Bittel con ocasión de una comunicación presentada a la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de París (1983), los primeros estudios tipológicos estilísticos y cronológicos fueron extraordinariamente difíciles. Hoy, sin embargo, tenemos una imagen bastante ajustada del arte arquitectónico de la nación hitita y, en especial, del último período, el de su madurez. Vamos a detenernos en lo que considero sus creaciones más significativas. Desde los inicios del Estado hitita, el roquedal inaccesible de Büyükkale estuvo ocupado por la ciudadela fortificada y el palacio real de los príncipes de Hatti. En él vivían, hacían escribir sus cartas y desde allí se ponían en campaña. Pero las dificultades propias de la arqueología hitita hacen que lo que conocemos hoy sea tan sólo el palacio de los últimos cincuenta años, aquél que habitaron Tudhaliya IV -el Rey del Universo como se llegó a titular- y Suppiluliuma II, el último rey de Hatti. El palacio-ciudadela estaba cercado por una gran muralla que coronaba en óvalo la cota militar más alta de la pendiente. Tres puertas fortificadas, unas veintidós torres avanzadas y gruesos muros de piedra hacían del palacio real hitita el conjunto palatino mejor defendido de la época en todo el Oriente. Hasta las experiencias urartias del I milenio no volveremos a encontrar nada parecido. Las puertas del complejo parecen haber sido las dos abiertas al Sur, las cuales culminaban una rampa de fuerte pendiente. Por ellas se accedía a sendos espacios abiertos que antecedían a los patios inferior y medio. No deja de ser significativo que el conjunto, en su aparente desarrollo, presente de hecho tres patios escalonados y porticados con pilares cuadrados que conducen, como escribe K. Bittel, de la zona de recepción -patio inferior- a la de honor -patio medio con los edificios A y D- y finalmente a la parte privada de la casa -patio superior-. Entre todos los edificios que un día llenaron la colina, de los que apenas sí quedan hoy los cimientos y parte de los zócalos, conviene destacar al curioso edificio A que, en palabras de E. Akurgal, es la más antigua biblioteca específicamente construida para tal fin. Constaba de un largo vestíbulo sostenido por cinco pilares, cuatro habitaciones alargadas cuyo techo era soportado por dobles filas de pies derechos asentados en basas de caliza y, a la izquierda, por una escalera lateral que comunicaba con el piso superior. Según R. Naumann, los edificios B y C, situados en el rincón norte del patio inferior, debieron servir como alojamiento del cuerpo de guardia y como santuario a una divinidad ignorada respectivamente. K. Bittel, por su parte, destaca los edificios E y F, erigidos en zonas despejadas y vinculados probablemente con la vida cotidiana de la familia real. Desde sus pisos altos debía dominarse una maravillosa perspectiva sobre toda la ciudad. En el campo de la teoría arquitectónica, sin embargo, el edificio E serviría de base a la hipótesis del origen hitita para el bit hilani. El bit hilani fue un pequeño palacio formado por un pórtico y salas alargadas, muy propio de la Siria del I milenio. Según K. Bittel, el origen hitita de dicho trazado encontraría confirmación en su reconstrucción del edificio E. Su teoría fue severa y, en mi opinión, correctamente contestada por A. Frankfort en su estudio monográfico sobre el particular (1952), con argumentos muy plausibles, adscribiendo sus verdaderos orígenes a la Siria del Bronce Medio. E. Akurgal estimaba que si bien no imposible, lo cierto era que el estado de las ruinas no permitía matizar los elementos decisivos. Tras otros juicios diversos, J. Margueron ha considerado confirmada la primera hipótesis -sin fundamento según creo- por su hallazgo de Emar que, como el de K. Bittel, entiendo se ha reconstruido de un modo forzado. En lo que sí están todos de acuerdo es en destacar el papel principal jugado por el gran edificio D, dotado de dos plantas, numerosos ventanales y una entrada monumental desde el patio medio. Se trata de un cuadrado de 40 x 50 m según K. Bittel -39 x 48 m según E. Akurgal-, el mayor edificio por tanto de la ciudadela. Su planta baja, donde se hallaron numerosas bullae, sirvió como almacén. En los muros de sus largas estancias apoyaban los veinte pilares cuadrados de la sala superior. Esta gran sala, por la supuesta altura de sus pilares y su clara iluminación, debió ser el salón del trono y de audiencias oficiales del gran rey. Su magnífica arquitectura parece, en opinión de K. Bittel, un lejano antecedente de las salas reales de Urartu y las apadanas persas. E. Akurgal destaca también el edificio G, abierto al patio inferior. Sus ortostatos de granito y caliza, la decoración de sus muros, el pórtico integrado y las grandes salas con pilar sugieren otra construcción de especial relieve cuyo destino se relaciona, acaso, con el estanque situado entre este edificio y la muralla. Tras el complejo real, los edificios más importantes de cualquier ciudad antigua eran los templos de los dioses. Y Hattusa no era ninguna excepción. Esbozadas ya las características esenciales del plano-tipo del templo hitita, creo que bastará centrarnos en uno, el principal -dedicado probablemente al Dios de las Tormentas y a la Diosa Solar de Arinna-, pues éste compendia y mejora lo que los seis restantes conocidos -descartando por su fuerte vinculación siria, los hallados en Emar- aportan hasta hoy. El gran templo I, rodeado acaso por el muro de un amplio témenos que compartía sectores de las primitivas murallas de la ciudad baja, es el mayor complejo religioso hitita conocido. Dejando aparte el conjunto situado al suroeste de la gran vía central; dedicado a almacén y otras dependencias, el templo en sí se edificó sobre una plataforma de piedra de 137 x 100 m. Con su principal acceso situado al noroeste, rodeado por un anillo de largas habitaciones de dos plantas dedicadas a archivos -en los que se encontraron documentos valiosos, como tratados internacionales- y almacenes -con enormes tinajas semejantes a las halladas en Creta y Micenas-, y aislado por un pavimento de enormes losas de piedra, se levantaba el verdadero templo. La puerta, cuyo umbral forma todavía un gigantesco monolito, daba acceso por un pequeño vestíbulo al patio central. En su rincón noroeste, un pabellón para las abluciones rituales y al fondo, tras un pórtico de cinco pilares, las cellae de los dioses y distintas habitaciones relacionadas. Según K. Bittel, la construcción del templo sobre una plataforma, las gigantescas piedras utilizadas en muchos sectores del zócalo y los umbrales, coronado todo por altos muros enlucidos, debió dar cuerpo a un conjunto no menos impresionante que el constituido por el palacio real. Al hablar de la arquitectura religiosa, forzoso es detenerse en el santuario de Yazilikaya, situado extramuros, a 2 km al noroeste. Nos hallamos ante un temprano ejemplo de integración entre naturaleza y arquitectura que aprovecha, de un modo maravilloso, las condiciones del lugar, las creencias y los misterios rituales inmersos en un programa. Es un templo y acaso, simultáneamente, el columbario de las cenizas del rey Tudhaliya que, según veremos, aparece representado dos veces. Una doble entrada conducía a un patio desde el que, por un acceso lateral, se penetraba en el espacio rocoso y las gargantas con dioses esculpidos en relieve. La arquitectura es, en buena medida, la misma de los demás templos, aunque la comunión con la naturaleza y las rocas -en la esencia del pensamiento religioso de los hititas- presta a Yazilikaya un valor sin paralelo conocido. A la gran época de la arquitectura hitita corresponde también el estado final del más perfecto conjunto fortificado de la historia de Anatolia, las murallas de Hattusa. El complejo defensivo de la capital hitita cumplía ya, miles de años antes, los efectos que Karl von Clausewitz exigiría en las plazas fuertes: la protección eficaz del lugar con todo lo que en él se contiene y la capacidad de influir decisivamente en el exterior situado más allá del alcance de sus muros. El recinto primero estuvo formado por la ciudadela y los muros de la ciudad inferior. Su sistema de construcción será a través de poderosos bloques de piedra como basamento de una gruesa muralla almenada de adobe. Cada 30 m más o menos se levantaban fuertes torres. Especialmente fortificadas aparecían las puertas, cerradas por dobles hojas recubiertas de bronce. Bajo los muros de la ciudad inferior, nueve corredores construidos con piedras debieron servir para recoger con rapidez y en su caso a las tropas propias desplegadas ante los muros, o para organizar salidas contra los atacantes. Según K. Bittel, la gran ampliación al sur, posterior al 1400 y que llevó las defensas meridionales a casi un kilómetro de distancia, si bien mantuvo la técnica habitual, cambió en cierto modo algo de la concepción primitiva. El punto más fuerte de la ampliación que hizo doble el recinto amurallado, se apoyaba en un gran terraplén y glacis coronado por la puerta de las esfinges. Se trata del célebre Yerkapi, un gigantesco glacis empedrado, con fuerte pendiente, dotado con dos grandes escaleras laterales y recorrido por debajo por el gran pasadizo de la poterna. La práctica de campo sigue aportando novedades importantes a la hititología. Dos de ellas, el palacio de Masathöyük y la ciudad de Astata, merecen un comentario. En fechas no muy lejanas, en el limes hitita que cubría el norte contra las eternas invasiones de los pueblos pónticos, Tahsin Özgüç descubrió un palacio provincial destruido, violentamente, en torno al 1400. Este dato es muy importante, porque indica que el proyecto respondería a la fase anterior al último estado del conjunto real de Büyükkale. Si ello es así, el valor del palacio hallado en Masathöyük, ya de por sí enorme por sus archivos y el papel desempeñado, se realza aún más desde el punto de vista arquitectónico. Como es habitual, los arqueólogos turcos encontraron sólo la parte baja de los zócalos y cimientos en piedra de un sector del edificio, levantado con la tradicional combinación de aquélla con el adobe y la madera. Lo documentado se limita a los lados Norte y Este de un patio porticado -carácter que se afirma así como una tradición propia de la arquitectura hitita- de 41 x 36 m, y al que como en Büyükkale, se abren salas que no parecen responder a un proyecto unitario. Unas sirvieron como archivo -el mayor y único archivo específicamente hitita hallado fuera de la ciudad, pues el de Emar es mixto-, otras como almacén y el resto como habitación. Sus muros interiores presentaban un revoco cremoso o blancuzco y, en algunos lugares, una elemental decoración geométrica pintada en rojo. Mucho más lejos, al otro lado de Taurus, la fortuna llevó al hallazgo de un lugar que nos ha permitido conocer, según vimos, la capacidad de los arquitectos hititas para realizar un proyecto urbano global que precisaba, además, la solución de graves problemas estructurales. No vamos pues a volver sobre ello, pero sí referirnos a la arquitectura palacial. Porque J. Margueron ha defendido en su descubrimiento la confirmación del origen hitita del bit hilani. En efecto, en el punto más septentrional y alto de la colina, los investigadores franceses encontraron los restos de un pequeño palacio y sus archivos, con cerca de mil números de inventario. La planta que J. Margueron propone en sus comunicaciones es ciertamente la de un bit hilani, aunque la existencia de un pórtico de columnas, como el propio autor admite, sea indemostrable. Los argumentos esgrimidos, en fin, tampoco parecen justificar una reconstrucción en la línea por él sugerida. No obstante, la técnica de construcción de palacios, el aprovechamiento del relleno y su situación casi como nido de águilas, es puramente hitita. Como sugiere J. G. Macqueen, es inevitable que cuando comparamos el arte hitita con el producido en la misma época por sus vecinos -y en especial con las obras de Amarna o la pinturas de Creta- se produzca una cierta desilusión. Porque no parece ajustado que de la gran potencia anatólica, cuyas raíces se hunden en tan larga y rica tradición, apenas si queden obras de naturaleza semejante. Verdad es que las características de la arquitectura hitita y la evolución sufrida por las ruinas de sus ciudades tras el 1200 a. C. explican de algún modo la parquedad del legado de su cultura natural. Y no menos cierto es que el altorrelieve de la puerta del rey en Hattusa o los rytha de plata conservadas en la colección N. Schimmel, en nada desmerecen del mejor arte contemporáneo. Puede que sólo la mala fortuna nos esté distorsionando lo que acaso fue una realidad restringida, eso sí, pero no menos auténtica: la madurez final del arte de la antigua Anatolia. Y no pocos indicios parecen avalarlo así.
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Las guerras Los reyes de México tenían continua guerra con los de Tlaxcallan, Pánuco, Michuacan, Tecoantepec y otros para ejercitarse en las armas, y para, como ellos dicen, tener esclavos que sacrificar a los dioses y cebar a los soldados; pero la causa más cierta era porque ni les querían obedecer ni recibir sus dioses; pues el estilo por donde crecieron todos los mexicanos en señoría fue por dar a otros sus dioses y religión, y si no les recibían rogándoles con ellos, les hacían guerra hasta sujetarlos e introducir su religión y ritos. Movían también guerra cuando les mataban sus embajadores y mercaderes; pero no la hacían sin antes dar parte al pueblo, y aun dicen que entraban en la consulta mujeres viejas, que, como vivían más que los hombres, se acordaban de cómo se habían hecho las guerras pasadas. Determinada, pues, la guerra, enviaba el rey mensajeros a los enemigos a pedir las cosas robadas, y tomar alguna satisfacción de los muertos, o requerir que pusiesen entre sus dioses al de México, y también porque no dijesen que los cogían desapercibidos y a traición. Entonces los enemigos que se sentían poderosos a resistir, respondían que aguardarían en el campo con las armas en mano; y si no, reunían muy buenos plumajes, tejuelos de oro y plata, piedras y otras cosas de precio y se las enviaban, y pedían perdón, y a Vitcilopuchtli, para ponerlo y tener igual de sus dioses provinciales. Tomaban a los que hacían esto por amigos, y les imponían algunos tributos; a los que se defendían, si los vencían, los tenían por esclavos, que llamaban ellos, y les eran muy pecheros. Al soldado que revelaba lo que su señor o capitán quería hacer, lo castigaban como a traidor, y con gran crudeza; pues le cortaban entrambos brazos, las narices, las orejas, o las manos por junto al codo y los pies por los tobillos; en fin, lo mataban y repartían por barrios, o por escuadrones si era en los ejércitos, para que llegase a conocimiento de todos; y hacían esclavos a los hijos y parientes, y a los que habían sido sabedores de la traición. Los que andaban en guerra no bebían vino que emborrachase, sino el que hacían de cacao, maíz y semillas. Se emplazaban unos enemigos a los otros para la batalla, la cual siempre era campal, y se daba entre términos. Llaman quiahtlale al espacio y lugar que dejan yermo entre raya y raya de cada provincia para pelear, y es como sagrado. Juntas las huestes, hacia señal el rey de México de arremeter al enemigo, con una caracola que suena como corneta; el señor de Tezcuco, con un atabalejo que llevaba echado al hombro, y otros señores, con huesos de pescados que chiflan mucho como caramillos; al recoger hacían otro tanto. Si el estandarte real caía en tierra, todos huían. Los tlaxcaltecas tiraban una saeta; si sacaban sangre al enemigo, tenían por muy cierto que vencerían la batalla y si no, creían que les iría muy mal; aunque, como eran valientes, no dejaban de pelear. Tenían por reliquias dos flechas que dicen que fueron de los primeros pobladores de aquella ciudad, que habían sido hombres victoriosos. Las llevaban siempre a la guerra los capitanes generales, y tiraban con ellas o con una de ellas a los enemigos para tomar agüero, o para encender a los suyos a la batalla; unos dicen que las echaban con traílla, para que no se perdiesen; otros que sin ella, para que su gente, al arremeter en seguida, no diese lugar a los contrarios a que la cogiesen y rompiesen. Daban gritos, que los ponían en el cielo cuando acometían; otros aullaban, y otros silbaban de tal suerte, que ponían espanto a quien no estaba hecho a semejante gritería. Los de tierra de Teouacan tiraban de una vez dos, tres y cuatro flechas; todos en general llevaban aseguradas al brazo las espadas; huían para revolver de nuevo y con mayor ímpetu; preferían cautivar que matar enemigos; jamás soltaban a ninguno, ni tampoco lo rescataban, aunque fuese capitán. El que prendía señor o capitán contrario, era muy galardonado y estimado; quien soltaba o daba a otro el cautivo que prendía en batalla, moría por justicia, por ser ley que cada uno sacrificase sus prisioneros; el que hurtaba o quitaba por fuerza algún preso en guerra, moría también, porque robaban cosa sagrada y la honra, y, como ellos dicen, el esfuerzo ajeno. Mataban a los que hurtaban las armas del señor y capitán general o los atavíos de guerra; porque lo tenían por señal de ser vencidos. No querían, o no podían, los hijos de señores, siendo mancebos, llevar plumajes, vestidos ricos, ni ponerse collares ni joyas de oro, hasta haber hecho alguna valentía o hazaña en la guerra, matado o prendido a algún enemigo. Saludaban antes al cautivo que a quien le cautivó, y toda la tierra le daba el parabién al tal caballero, como si triunfara. De allí en adelante se ataviaba ricamente de oro, pluma y mantas de color o pintadas; se ponía en la cabeza ricos y vistosos plumajes, atados a los cabellos de la coronilla con correas coloradas de tigre; que todo era señal de valiente.
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Es cierto que no faltan noticias minuciosas, e incluso una sospechosa abundancia de datos, que hacen referencia a tiempos remotos, en los que cuatro edades o eras se sucedieron con sus diferentes humanidades. Pero como decíamos, hasta el reinado de Viracocha, o mejor, de Pachacuti, no se puede hablar de una historia real de cada uno de los soberanos incas. Sabemos que hasta este momento el pueblo conquistador del Cuzco se vio envuelto en luchas con sus vecinos y que la ampliación de su territorio se debió en parte al éxito en esas luchas, pero que jugó un papel importante la política de alianzas con algunos de esos pueblos, sellada en ocasiones con el establecimiento de vínculos familiares mediante la unión con hijas de los curaca o señores de pequeños Estados limítrofes con el área cuzqueña. La larga guerra con los chancas, que podría haber supuesto el fin del pueblo inca, y que desembocó en el ataque a la ciudad del Cuzco en los últimos años del reinado de Viracocha, supuso sin embargo el comienzo de su supremacía gracias a la valerosa intervención de Pachacuti, que no sólo repelió la agresión, sino que consiguió subyugar al pueblo chanca e incluso utilizarlo como auxiliar en sus propias campañas. Pero los chancas eran aliados peligrosos y el temor de que sus éxitos militares, aún bajo bandera inca, los animaran a la aventura de recobrar su poderío, indujo a Pachacuti a dar a uno de sus hermanos y generales, Capac Yupanqui, la orden de exterminio total del grupo. Pero éste, advertido del peligro y capitaneado por su jefe Ancohuallu, consiguió huir adentrándose en la zona de la selva oriental. El general Capac Yupanqui pagó con su vida el fracaso de la misión encomendada por el soberano, aunque, en realidad, desde su huida al pueblo chanca no volvió jamás a representar una amenaza para la expansión inca. Las campañas de Pachacuti llevaron esta expansión hasta el territorio de los aymaraes de la zona del Collao, junto al lago Titicaca, donde floreciera la civilización de Tiahuanaco, cuna de tradiciones que hablan precisamente del origen del pueblo inca. Desde el altiplano a la costa del Pacífico la soberanía de los incas fue reconocida sin excepción. Hacia el Norte, Cajamarca representó la frontera más extrema del Imperio de Pachacuti. La obra de este gran Inca, sin embargo, no se limitó exclusivamente a la simple conquista de nuevos territorios; su labor como legislador y organizador sentó las bases para la consolidación y sucesivo engrandecimiento del Imperio. Tupac Inca Yupanqui, todavía en vida de su padre y mientras éste se dedicaba a esa tarea de organización del Imperio y a la reestructuración y embellecimiento de su capital, que causaría el asombro y la admiración de los conquistadores españoles, fue el artífice del ensanchamiento territorial del Tahuantinsuyu. Sus campañas lo llevaron hasta las tierras de los señores del Norte, del reino de Quito, en la zona de la Sierra, y del señor de Chimú, en la Costa. Desde Chimú no le fue difícil a su regreso al Cuzco subyugar a todos los señoríos costeños hasta Pachacamac, en las cercanías de la actual ciudad de Lima, el gran santuario preincaico a cuyo culto, que respetó, superpuso la estructura y organización de la religión estatal. Una leyenda recogida en fuentes relativamente tardías, del último cuarto del siglo XVI, relata la fantástica expedición marítima que llevó a Tupac Inca Yupanqui desde la costa norte del Perú actual a unas lejanas islas del Pacífico, las misteriosas Aguachumbi y Nina Chumbi, que no ha sido posible identificar y que para algunos son las islas Galápagos, mientras para otros pueden ser nada menos que el archipiélago Salomón, descubierto precisamente por el cronista que recoge por primera vez esta leyenda: Pedro Sarmiento de Gamboa. Sin embargo, no es fácil aceptar la veracidad de este viaje, llevado a cabo por un pueblo que indudablemente no tuvo aptitudes marineras y que difícilmente pudo afrontar y superar las dificultades de una navegación de ida y vuelta por el Pacífico. Sí fue un hecho consumado en cambio, ya durante su propio reinado, la expansión del Tahuantinsuyu que Tupac Inca Yupanqui llevó hasta las tierras chilenas imponiendo su autoridad a todos sus habitantes hasta el valle del río Maule. El último gran Inca, Huayna Capac, no amplió demasiado las fronteras, pero su labor fue dura y difícil al tener que consolidar la soberanía incaica en regiones vastas y lejanas, en las que sus belicosos habitantes intentaron sacudirse el yugo del centralismo cuzqueño con constantes rebeliones que absorbieron, sobre todo en el Norte, el tiempo, la energía y los recursos de este soberano, cuyo reinado se desenvolvió en una situación de crisis permanente. A su muerte, en 1530, dejaba el orden incaico establecido y respetado desde el sur de Chile, donde él mismo dirigió la empresa de reorganización administrativa, hasta las tierras del sur de la actual Colombia, fijando la frontera en el río Ancasmayo y redondeando las fronteras del Imperio hasta la zona oriental de la actual República del Ecuador. La leyenda de una unión de Huayna Capac con una princesa quiteña, de la que naciera el príncipe Atau Huallpa, razón por la que el soberano decidió a su muerte dividir el Imperio entre éste y su hijo Huascar, carece de fundamento. Ni Atau Huallpa fue de estirpe quiteña, sino hijo de una mujer del Cuzco, ni el Inca pensó en dividir su reino. Sin embargo, la crisis sucesoria y las guerras civiles entre ambos hermanos son sucesos absolutamente históricos, cuyo desenlace y consecuencias alcanzaron a conocer los conquistadores de Cajamarca. A pesar de ello no se debe caer en el tópico de una conquista fácil y rápida del Tahuantinsuyu por los españoles. La resistencia inca; aunque no bien coordinada, por el odio y las rencillas entre los cuzqueños y los invasores de Quito fue feroz y tenaz. Es cierto que después del proceso a que fue sometido Atau Huallpa por los españoles y que culminó con la condena a muerte del príncipe, todo hacía presumir una voluntad de cooperación con los conquistadores por parte del sector de la aristocracia inca que había sufrido las consecuencias de la dura represión que sobre ellos hicieron pesar los generales de Quito; también lo es que Pizarro reconoció a uno de los hijos de Huayna Capac, Manco II, como legítimo soberano inca. Pero las continuas presiones de los españoles establecidos en la que fue capital del Imperio, sobre él y sobre los restos de las elites cuzqueñas, ya muy mermadas por las masacres de que habían sido objeto tras la victoria de Atau Huallpa, fueron el motivo de una rebelión organizada que cristalizó en 1535 con el cerco y asedio a la ciudad del Cuzco que estuvo a punto de aniquilar a los españoles. La decisiva intervención de otro de los hijos de Huayna Capac, Paullu, cuyos intereses eran contrapuestos a los de Manco y que lo llevaron a buscar la alianza de las huestes de Almagro, a las que había acompañado en su expedición a Chile, de donde regresaron en el momento en que la situación era critica para los sitiados, hizo fracasar la ofensiva indígena. Sin embargo, la resistencia continuó en la zona montañosa de Villcabamba, a donde Manco se retiró con su gente y sólo en 1572 quedó sometido definitivamente el territorio controlado por sus hijos, que siguieron considerándose Incas, cuando fue capturado el último de ellos, el joven e infortunado Tupac Amaru. La ejecución de su sentencia y condena a muerte dictada por el virrey don Francisco de Toledo fue presenciada en la plaza de Armas del Cuzco por una sobrecogida multitud de indígenas que prorrumpió en un general lamento al ver rodar la cabeza del nieto de Huayna Capac. Esto suponía el fin definitivo de la Historia de los incas.
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El desarrollo de las guerras civiles de fines de la república romana había condicionado la progresiva anexión territorial de la Península Ibérica hasta el punto de que el extremo noroccidental de la Provincia Citerior, ubicado al norte del Duero, permanece ajeno al ordenamiento provincial romano y tan sólo es objeto de actividades puntuales vinculadas a la depredación que practican los gobernadores provinciales en busca de botín o al reclutamiento de mercenarios. Concretamente, la zona no anexionada comprende el territorio correspondiente a los galaicos, que se extiende entre los cursos del Duero y del Miño-Sil, a los astures con centro en Asturica (Astorga), y a los cántabros que ocupan, junto a otros pueblos, la franja costera del Mar Cantábrico. La sumisión de estos pueblos se realiza mediante diversas operaciones militares que se proyectan en el período comprendido entre el 29 y el 19 a.C.; la explicación clásica del desencadenamiento de las guerras, presente especialmente en Floro y también en Casio Dión, insiste, como forma de justificarla, en la visión tradicional romana de la guerra defensiva; concretamente, en esta perspectiva el inicio de las actividades viene condicionado por las razzias que realizan los cántabros en el territorio de los vacceos, turmódigos y autrigones; el propio Casio Dión afirma que los cántabros pretendían una ampliación de su territorio mediante la anexión del correspondiente a estos pueblos. En esta perspectiva, la intervención romana se justifica por la necesaria defensa de los aliados, que constituyen uno de los elementos esenciales que conforman el discurso de la guerra justa (bellum iuxtum), que posee una amplia teorización en los pensadores latinos, entre las que destaca la realizada por Cicerón. La incoherencia de semejante explicación se observa en las propias indicaciones históricas de la tradición clásica que, como ocurre con Casio Dión, documentan claramente que las actividades militares romanas se proyectan tanto contra los depredadores cántabros como hacia sus víctimas, los vacceos. En realidad, el sometimiento de los galaicos, astures y cántabros posee condicionantes tanto políticos como económicos; los primeros se encuentran vinculados a la necesaria consolidación de los poderes personales del princeps, que tiene en las victorias militares frente a los enemigos del imperio uno de sus elementos propagandísticos fundamentales: en tal sentido, tras la finalización de las guerras civiles, Augusto emprende una serie de acciones militares que tienden a la pacificación del imperio mediante la sumisión de pueblos ubicados dentro de sus fronteras; tal ocurre concretamente con las acciones militares que se emprenden en los Alpes Marítimos en los años 16-14 a.C., o contra los retios y vindélicos en el Tirol septentrional en los años 16-15 a.C. El objetivo de tales actividades militares se centra en la conformación del Imperio dentro de determinadas fronteras, que Augusto aconseja no sobrepasar en el futuro, como un espacio completamente anexionado y pacificado. En esta perspectiva, la conquista de los territorios septentrionales de Hispania completa la integración de la Península y su victoria le proporciona el correspondiente prestigio personal. Los condicionantes económicos están constituidos, ante todo, por los propios beneficios que la acción militar genera directamente mediante la actividad depredatoria materializada en el correspondiente botín de guerra, en el que se integran los prisioneros que serán objeto de la venta como esclavos; pero, también se materializan en las posibilidades económicas que ofrece tras la conquista la explotación del territorio conquistado. En este aspecto, se debe de tener en cuenta la riqueza minera de los yacimientos del norte, que serán puestos en explotación inmediatamente después de la anexión, proporcionando importantes ingresos al fisco imperial, que se constatan en las referencias de la tradición literaria que cuantifican en 20.000 libras romanas los beneficios reportados por las explotaciones auríferas de la zona. El desarrollo de las operaciones militares se inicia mediante una serie de actividades de carácter puntual que ocupan los años 29-27 a.C.; concretamente, en el año 29 a.C. el legado de Augusto Statilio Tauro realiza una expedición militar contra los vacceos, cántabros y astures, que le permiten, tras la correspondiente victoria, el título de imperator. La trascendencia de semejantes éxitos militares debe considerarse como irrelevante, ya que en el año 28 a.C. se constatan nuevas intervenciones dirigidas por Calvisio Sabino, que le permiten celebrar el triunfo en Roma; este mismo carácter poseen las actividades militares que en el 27 a.C. dirige el procónsul Sexto Apuleyo, que también le permite la celebración del correspondiente triunfo. El desarrollo de las operaciones militares adquiere un carácter más sistemático a partir del 27 a.C., con la presencia de Augusto en Hispania. Concretamente, tras su estancia en el 27 a.C. en Tarraco, donde efectúa la correspondiente programación y reorganización de Hispania, se comienza a partir del 26 a.C. el desarrollo de las operaciones militares en dos frentes; el que opera contra los cántabros (Bellum Cantabricum) lo dirige personalmente Augusto conjuntamente con su legado Antistio; el centro de operaciones se establece en Segisama (Sasamón, Burgos). La penetración hacia el norte se efectúa por el río Pisuerga y en Vellica, actual Monte Cildá en las proximidades de Mave (Palencia), se obtiene la primera victoria frente a los cántabros. Con posterioridad, el avance continúa en dirección a Reinosa con el objetivo de conquistar los enclaves donde se habían refugiado los contigentes indígenas; de esta forma, se obtienen los triunfos de Aracillum (Aradillos, Santander) y de Mons Vindius, ubicable en la zona de los Picos de Europa, Pico Tres Mares o Peña Labra. De forma paralela a las operaciones terrestres, se produce la intervención de la flota romana que, procedente de Aquitania, desembarca en la costa cantábrica en Portus Blendium (Suances) o en Portuss Victoriae Iuliobrigensium (Santander). Las consecuentes operaciones sorprenden a los indígenas por la retaguardia y permiten la finalización de la guerra contra los cántabros. El segundo frente está constituido por las operaciones militares de apoyo que el legado de la Lusitania Publio Carisio realiza contra los astures (Bellum Asturum); las actividades militares se inician con el ataque de los astures al campamento romano, ubicado en la orilla del río Astura (Esla), que fracasa por el apoyo que le prestan los brigaencini a las legiones romanas. Con posterioridad, Carisio evita la confluencia de los astures y cántabros mediante la victoria de Lancia, en las proximidades de Villasabariego (León), lo que le permite el control de la llanura y avanzar hacia Mons Medulius, en la confluencia del Cabrera con el Sil, donde se produce la derrota definitiva de los astures que allí se habían refugiado. Tras la victoria, P. Carisio procede a la fundación de Emerita Augusta (Mérida), cuyas monedas fundacionales conmemoran el triunfo obtenido mediante la representación de las armas de los vencidos y de los nombres de las legiones que participan en las operaciones militares. Las operaciones sistemáticas de los años 26 y 25 a.C. condicionaron el desarrollo ulterior de la guerra; no obstante, en los años posteriores a la marcha de Augusto de Hispania se producen de nuevo determinados conflictos, que en el 24 a.C. son dirigidos por el legado de la Tarraconense, Lucio Elio Lamia, y en el 22 a.C. por el legado de la misma provincia, C. Furnio. La reactivación de las operaciones militares se produce en los años posteriores como consecuencia del regreso de los prisioneros de guerra que habían sido vendidos como esclavos en la Galia. Para poner fin a la resistencia, Augusto envía a Hispania a Marco Agripa, que realiza una serie de operaciones sistemáticas que provocan la devastación de la región mediante la destrucción del hábitat castreño y la ejecución generalizada de los prisioneros.
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<p>Conflicto de plena actualidad, su origen se remonta sin embargo a muchas décadas atrás. Los territorios que componen Palestina son el foco de un contencioso largamente larvado entre judíos y árabes. La creación del Estado de Israel en 1948 supone el detonante de una serie trágica de enfrentamientos.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>ÉPOCA&nbsp;</p><p>1.Los orígenes del conflicto.&nbsp;</p><p>Los estallidos de violencia.</p><p>La creación del Estado de Israel.&nbsp;</p><p>La primera Guerra árabe-israelí.&nbsp;</p><p>2.El conflicto palestino-israelí.&nbsp;</p><p>Los acuerdos de Camp David.</p><p>La cuestión palestina.&nbsp;</p><p>3.El papel de Ariel Sharon.</p><p>Un militar afortunado.&nbsp;</p><p>Matanza en Sabra y Chatila.&nbsp;</p><p>El enemigo de la paz.</p><p>La provocación.</p><p>La condena de Sharon.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>BATALLAS&nbsp;</p><p>1.Encadenados a una promesa.</p><p>De Herzl a Balfour.</p><p>Gracias a Balfour y Hitler.</p><p>De asediados a conquistadores.</p><p>El palo y la zanahoria.&nbsp;</p><p>2.Hacia el Estado de Israel.</p><p>La emigración a Palestina.</p><p>Protestas árabes.</p><p>Embrión de terrorismo.&nbsp;</p><p>Proyectos de partición.&nbsp;</p><p>Stern contra todos.</p><p>El Hotel King David.&nbsp;</p><p>Limpieza étnica.&nbsp;</p><p>3.El reparto del botín.</p><p>La piel del oso.&nbsp;</p><p>Los ingleses juegan y ganan.</p><p>La decepción de Wilson.</p><p>Menos tierra y más petróleo.&nbsp;</p><p>El petróleo no se toca.&nbsp;</p><p>Doctrina para todo.&nbsp;</p><p>4.Israel-Palestina, los muros.</p><p>Nace el ejército judío.&nbsp;</p><p>La razón de las pistolas.</p><p>El muro de Sharon.&nbsp;</p><p>Ruina económica y humana.&nbsp;</p><p>5.Operación Paz en Galilea.</p><p>La Guerra de los Seis Días.</p>