Busqueda de contenidos

contexto
La evolución del siglo XIX, con ciertos vaivenes, había ido acercando a la mayoría de los países independientes europeos hacia un Estado de derecho más o menos perfecto. Un Estado, por una parte, en el que las decisiones del gobierno y la burocracia tendían a estar sujetas al derecho objetivo y, por tanto, aseguraban la legalidad de las medidas de la autoridad y, por otra, en el que las libertades previamente fijadas dejaban claro cual era el ámbito donde cada individuo podía actuar según su decisión. Lo que caracteriza el régimen ruso, también en esta etapa finisecular, es el deseo de mantener a todo trance el dominio personal y arbitrario del zar sobre todo el Imperio. De este dominio, y en la medida en que el zar lo autorizaba, emanaba la autoridad que recaía sobre los rusos, como sociedad e individualmente. La arbitrariedad del zar se comunicaba a los grados inferiores de la jerarquía burocrática hasta llegar al último. A pesar de la etapa de reformas, que se van a dar en algunos años, lo que predomina sigue siendo esta idea y eso explica los retrocesos del sistema político que sufre Rusia en los años finales del siglo XIX y principios del XX. En las decisiones ilegales de un monarca o un funcionario, un europeo de la época lo que veía era una arbitrariedad. En Rusia, la ley. La arbitrariedad del zar, o de quien él permitía, era la única ley. El barón Nolde lo expresó así: "En realidad, no es la ley la que reina sobre el país, sino el zar sobre la ley". Rusia pudo utilizar del occidente europeo la técnica, el sistema económico, los avances administrativos o hasta las reformas sociales, pero la concepción del derecho y de la ley siguió siendo en Rusia fundamentalmente distinta. Un observador extranjero, el marqués de Custine, lo señalaba en sus escritos sobre la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX refiriéndose a lo que habían intentado los zares desde Pedro I: "gobernar ... según principios orientales y con todos los adelantos de la técnica administrativa europea". Ese Estado se podía mantener, entre otras cosas, por una administración y una policía extensas, numerosas y eficaces. Pese a todos sus errores la burocracia del Estado ruso realizó un trabajo ingente que consiguió abarcar económica y administrativamente la sexta parte de la Tierra, creó orden e introdujo durante el siglo XIX los avances del mundo occidental adaptándolos a Rusia. Un enorme Imperio que se extendía sobre más de 22.000.000 de km2, con una pequeña densidad de población que encuadraba pueblos diversos, los cuales esencialmente se dividían en eslavos (raza predominante que agrupaba a los grandes rusos, ucranianos, bielorrusos y polacos) y la raza amarilla situada en las estepas. Sin tener en cuenta el papel que ejerció la administración rusa, modernizada relativamente en el siglo XIX, no sería fácil comprender el imperio. La Tercera Sección, como era llamada la policía, se integró durante el reinado de Alejandro II en el Ministerio del Interior sin perder sus privilegios. Mantuvo su independencia frente a la justicia y siguió sin tener que dar cuenta de sus actos a nadie. La policía zarista detenía, desterraba y hacía desaparecer a las personas sin dejar huella. Podía condenar a la cárcel durante tres meses sin proceso regular, podía cerrar escuelas, periódicos. Podía, en definitiva, actuar sin ley ni derecho, con impunidad. La policía aterrorizaba a la población pero también era signo evidente del terror personal en que vivieron los zares de finales del siglo XIX. La revolución estaba en todas partes. Alejandro II vivió muchos años en constante temor por su vida y en el miedo a la revolución que veía en los que otros Estados vecinos estaban estableciendo sistemas de gobierno. En 1866, le preocupaba que Bismarck introdujera en Alemania un parlamento que adjetivó de revolucionario. El zar vivía en un mundo espiritual legitimista y absolutista. Sin embargo, no deben subestimarse sus decisivas reformas que, de hecho, cambiaron las condiciones de Rusia. Tras la derrota rusa en la guerra de Crimea (1853-1856), la petición de renovación se convierte en una necesidad. Alejandro II (1855-1881) va a iniciar una política de reformas. En 1858 va a emancipar a los siervos de la Corona (hasta entonces había servidumbre de la gleba) y en 1861 todos los rusos serán legalmente libres. Ésta fue, sin lugar a dudas, la principal y trascendental reforma que le valió el título de Zar libertador, pero no la única. Alejandro II interpretó el poder absoluto con una mayor condescendencia para las libertades fácticas de sus súbditos. Se impulsó la enseñanza y se concedieron derechos de administración autónoma a la Universidad. Se redujo la censura de prensa (1863), aunque ésta siguió sin ser libre. Sólo los periódicos de Moscú y San Petersburgo pudieron cambiar la censura previa por el riesgo al cierre indefinido en caso de violación de las instrucciones. Era una copia del sistema francés de la época. Por otra parte, los periódicos de provincias continuaban sometidos a la censura. El procedimiento judicial se modificó en 1862. El juicio secreto y sólo escrito, se sustituyó por el oral y público, se instituyó el jurado para los casos criminales y se introdujo la posibilidad del recurso. En las zonas rurales, nuevos juzgados sustituyeron a la justicia nobiliaria. De hecho, la justicia obtuvo un prestigio en Rusia inimaginable unos años antes. Sólo el poder del Estado se inmiscuía fundamentalmente en lo que rozaba con la política, hasta que en 1880 para estos casos se volvió a introducir el procedimiento secreto y administrativo. Con la creación del "Semstvo", organismo municipal que sustituyó al poder nobiliario, el zar dio un paso cargado de consecuencias. Tanto en las ciudades como en los pueblos el sistema fue electivo pero la representación de las clases bajas fue mucho menor que la de las clases medias y la nobleza. Su importancia fue decisiva al crear una escuela de políticos y al conceder cierta autonomía en asuntos como obras públicas, enseñanza, sanidad, policía local y otros asuntos propios de los municipios. Desde 1864 a los años anteriores a la Gran Guerra, se crearon por los "Semstvos" unas 50.000 escuelas con 80.000 maestros y 3.000.000 de alumnos. Pronto el poder de los municipios fue limitado. Los gobernadores podían considerar una ley contraria al Estado y suspender su aplicación. Igualmente el mando de la policía local quedó, de hecho, en sus manos. A pesar de estas importantes modificaciones, o quizás porque se hicieron estas reformas, la oposición no dejó de crecer en Rusia. Había un malestar en la nueva burguesía (especialmente la dedicada a actividades comerciales), que veía la imposibilidad de una vía occidental al liberalismo. La represión zarista a estos grupos hizo que muchos de ellos se integrasen en organizaciones en contra del sistema y otros adoptasen actitudes más radicales. Muchos campesinos se sentían insatisfechos, tanto por la insuficiencia de tierra, como por el pago de los plazos. El descontento tenía además de otros motivos como el aumento de impuestos, el reclutamiento de hombres para la guerra y el mal funcionamiento del "mir". Durante las décadas de 1860 a 1900 estuvo en vanguardia del movimiento revolucionario el grupo de los "populistas" o "narodniki". Con el lema "Tierra y Libertad" querían llevar la reforma agraria al mundo campesino y a todos la democracia del sufragio universal, una Constitución que respetase las libertades y un Parlamento. Muchos de los intelectuales y los profesionales liberales simpatizaron con los populistas o con otros grupos de oposición al zarismo y, en buena parte, actuaron a través de las posibilidades que ofrecían los nuevos poderes municipales. Los "narodniki" se dividieron en su Congreso de Voronech de 1879, entre quienes creían que la evolución del sistema era posible por métodos pacíficos y políticos y quienes creían que la violencia y el terrorismo serían el arma que cambiaría el zarismo. El último grupo, el activista con el nombre "Voluntad del Pueblo", fue el que condenó a muerte al zar Alejandro II. La acción terrorista impresionó al mundo. Fue asesinado en 1881 con una gran explosión de dinamita a su paso. Este acto cerró el paso a la vía evolucionista. La reacción del zarismo fue terrible, cayó como una losa sobre el país. Los revolucionarios, que llevaron una vida de catacumba, en muchos casos fueron deportados a Siberia o huyeron al extranjero. Alejandro III (1881-1894) se encerró en el castillo de Gachina, guardado militarmente día y noche. Aunque murió de muerte natural, vivió preso de pánico durante años y la involución política -pues otras reformas eran ya difíciles de modificar- en gran parte estuvo motivada por el temor al terrorismo. Según sus propias palabras, "tomo el cetro como un autócrata que obedece un mandato divino". El nuevo hombre fuerte del gobierno será el profesor Pebendonosezv, su antiguo tutor. La policía aumentó aún más su capacidad represiva a través de la "Ochrana". Después del asesinato de Alejandro II, la policía alcanzó su máximo. Durante los años ochenta y noventa se formó una densa red de vigilantes e informadores que dominaban la vida pública y privada. En cada casa había un responsable que debía informar a la policía de la vida de cada vecino. Ni una carta, ni una conversación eran ámbito privado. Allí podía llegar, y llegaba, la policía. Rusia se convirtió en un permanente estado de excepción. Se produjo la depuración de las bibliotecas públicas, se volvió a controlar férreamente la prensa y la enseñanza. Las universidades perdieron su autonomía. Una censura especial revisaba toda publicación que entraba por las fronteras. Se limitó el poder municipal: un funcionario de la administración central del Estado, nombrado para vigilar los organismos locales, quedó facultado desde 1889 para nombrar y deponer a los alcaldes de las aldeas. Los "Semstvos" perdieron el derecho a nombrar jueces locales. Este camino fue seguido por el sucesor Nicolás II (1894-1917), con el agravante de intentar una rusificación de los grupos nacionales, lo que provocó revueltas en Finlandia, Polonia, Ucrania y Países Bálticos (1896). El nacionalismo en el Imperio zarista había tenido especial virulencia hasta los años sesenta del siglo XIX y volverá a tenerla durante las primeras décadas del XX. Durante el período 1870-1900, estuvo soterrado y reprimido aunque, de formas diversas, se manifestó especialmente en algunas zonas del Imperio: Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Caucasia, Armenia, Tartaria y Georgia. Nos vamos a detener especialmente en dos de ellas, cuya importancia es mayor en el último tercio del siglo pasado: Polonia y Armenia. Ambos nacionalismos tienen en común que, además de afectar a Rusia, por tratarse de etnias dispersas entre varios Estados, implicarán a Prusia y Austria-Hungría en el caso de Polonia y a Turquía y Persia en el de los armenios. Así como, en expresión de Langer, el reparto de Polonia "ató durante cien años a los tres culpables de aquel crimen", los levantamientos armenios convirtieron en amigos a los enemigos: Turquía y Rusia. En 1870 aún humeaban los rescoldos de la sublevación polaca de 1863. La represión había afectado a todos los sectores de la sociedad, si bien algunos, como el clero, habían sufrido especialmente. Los obispos fueron encarcelados o enviados a Siberia. En 1870 todas las diócesis seguían vacantes y los monasterios clausurados. La rusificación tenía su reflejo más notorio en la prohibición de la lengua polaca en medios oficiales, que incluía la Universidad de Varsovia, y en el intento de imponer el ruso como idioma, como ocurrió en Lituania, Estonia, Letonia y Finlandia. A pesar de las prohibiciones, el idioma nacional -conservado y enseñado en el calor de los hogares- permaneció vivo, convertido no sólo en medio de comunicación, sino en arma política que había que salvaguardar. A principios de los años ochenta, la generación revolucionaria romántica había sido sustituida por una nueva de opositores vinculados a las nuevas clases surgidas de la industrialización. Sus reivindicaciones no eran sólo nacionalistas, sino sociales. El Partido Socialdemócrata de Polonia y Lituania, la Liga General de Trabajadores y el Partido Socialista Polaco fueron las tres organizaciones que, especialmente en la década de los noventa, consiguieron más adhesiones. En el último de ellos, el más importante, militaba José Pilsudski que vinculaba nacionalismo y reforma social y que llevó a cabo su lucha con el apoyo de los polacos de Galitzia. Las clases medias nacionalistas se organizaron políticamente en el Partido Nacional Demócrata, fundado en 1897, liderado por Juan Poplawski y Román Dmowski. Ambos, huyendo de la represión, hubieron de refugiarse en la Galitzia austríaca. Los armenios eran cristianos orientales con un patriarca propio, el gregoriano, que administraba muchos aspectos de la vida de la comunidad: matrimonio, familia, enseñanza, beneficencia y todo aquello relacionado con la cultura nacional. Su situación era muy parecida a los pueblos cristianos griegos de los Balcanes. Después del Congreso de Berlín de 1878, los territorios de Kars y Ardahan, habitados por armenios, habían sido anexionados a Rusia. Mientras vivió Alejandro II, los armenios disfrutaron de una libertad cultural y religiosa que no se modificó hasta 1883, bajo el gobierno de Pobedonoszev, en el reinado del zar Alejandro III. Otros armenios habitaban en Persia y en Turquía. Estos últimos, en número aproximado de 1.500.000 vivían mezclados con los kurdos o en ciudades. Como en el caso de Polonia, el nacionalismo adquirió una nueva cara cuando, en los años noventa, los estudiantes armenios, bajo la influencia de los círculos rusos, empezaron a fundir el ideal nacional con las ideas socialistas y revolucionarias. En 1890 se fundó la Federación Revolucionaria Armenia, cuyo programa hablaba de "independencia política y económica". El levantamiento de 1894 en la región de Sassun fue ahogado con sangre. Miles de armenios murieron asesinados. Las potencias occidentales quisieron conseguir la sumisión de los turcos para resolver el problema armenio, a lo que los rusos se opusieron por las implicaciones que tendría para su propia zona armenia. De esa manera, se dio la paradoja de que Rusia acudió en ayuda de Turquía para defenderlos de sus enemigos internos que le amenazaban igualmente a ella. Al tiempo, hay desórdenes en las zonas rurales y en las ciudades en las que ha ido creciendo la industria. La industrialización creó una clase obrera, no muy numerosa aún, que se encontraba concentrada en algunos puntos (San Petersburgo, Bakú y Moscú) e insatisfecha por la explotación de que era objeto, como consecuencia del interés del capital extranjero de obtener rápidos beneficios. Las huelgas de la década de los noventa tuvieron un carácter más profesional que político. La imagen del proletariado como portador de la ideología revolucionaria tal como la alimentaban los teóricos marxistas tardó en llegar. Esta imagen no encajaba con la decoración de las paredes de las viviendas obreras, llenas de iconos y retratos del zar. El primer congreso clandestino de los socialdemócratas tuvo lugar en Minsk, ya al filo del siglo XX, en 1898. La represión, de momento, era más eficaz que la organización obrera y la dirección de los socialdemócratas estaba en la cárcel o en el exilio. La movilización proletaria y política, dirigida por los diversos sectores socialdemócratas, es un fenómeno en Rusia más propio del siglo XX que del siglo XIX. Hasta que estalló la guerra contra Japón no había ocurrido nada en Rusia -nada grave, se entiende-: el descontento de los campesinos, la oposición de los nacionalistas, la irritación de los intelectuales y de los liberales eran endémicas. Pero la fuerza de la costumbre y la inercia política dominaban la vida de la sociedad. Las frecuentes agitaciones campesinas mostraban una tendencia decreciente: en 1902 hubo 340 conflictos con los campesinos, 141 en 1903 y sólo 91 en 1904. Viva y perceptible era sólo la agitación política en las universidades, donde el ejército tuvo que intervenir varias veces. Los grupos políticos de oposición al zarismo seguían actuando en la clandestinidad y la represión policial, dirigida entonces por el ministro del Interior Plehve, que el 28 de julio de 1904 sufrió un atentado de muerte, seguía funcionando también con eficacia. El nuevo ministro (príncipe Sviatopolk-Mirski) puso fin a la política de pura represión y no ocultó al zar que el perseverar en los métodos absolutistas llevaba implícito un peligro de revolución. La guerra ruso japonesa (1904-1905) con la derrota rusa, la menor posibilidad de represión en el interior, las circunstancias coyunturales (que sé suman al malestar general) como malas cosechas, la actuación de los grupos revolucionarios en las masas... Todo ello provoca la revolución de 1905. Las explicaciones económicas y sociales han puesto de relieve algunos de los factores originales de la historia de la Rusia zarista de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Pero éstas no arrumbaban las interpretaciones políticas y de los cambios o permanencias de las mentalidades. Seton-Watson habla de una modernización parcial de Rusia: existen unos cambios económicos, que se pueden denominar de desarrollo, considerados los índices de producción globalmente. Asimismo, hay una transformación evidente de ciertos elementos clave de la sociedad, como es la emancipación de los siervos y la pérdida de parte del poder de la nobleza. Se produce un cambio en la estructura del ejército en comparación de aquel que fue derrotado en la guerra de Crimea. Aumenta el nivel de instrucción de muchos rusos a través, fundamentalmente, de las escuelas parroquiales, se constata a partir de la revolución de 1905 una tímida reforma política a través de la Duma especialmente, sin que satisfaga a casi nadie. En resumen, se puede observar un proceso original de cambio, real en algunos aspectos y casi inexistente en otros, lo cual produce un desajuste notorio. Como señala Trotski, al responder al sociólogo historiador Pokrovski, la debilidad de la burguesía (que las transformaciones que hemos analizado apenas fomentó) fue lo que convirtió a Rusia en negocio para los capitales extranjeros y obligó al Estado a convertirse en superempresario. Por otra parte, como dice Seton-Watson, al tiempo de las transformaciones no se acomete una modernización global del Estado, entre otras cosas el paso de una autocracia a una democracia constitucional auténtica. La clave de las revoluciones del siglo XX debe buscarse en la paradoja de un país, como Rusia, que sólo cambia en algunos aspectos. La revolución que terminó con el zarismo para establecer una nueva autocracia, demostró que la modernización no podía acometerse sólo en ciertos campos.
video
En 1519, Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba, primera posesión española en América, decide organizar una expedición exploratoria de las costas del golfo de México. Se forma así una expedición bajo el mando de Hernán Cortés, que recorrerá la isla de Cuba para recabar provisiones y enrolar nuevos hombres. Finalmente de Carenas, la actual Habana, parten el 10 de febrero de ese año 11 navíos, 508 soldados, 110 marineros y 16 caballos. El primer contacto con tierra firme se produce en la isla de Cozumel, donde ya recibe noticia de la existencia de un reino poderoso y rico. De Cozumel parte Cortés reconociendo la costa del golfo de México y tocando puntos como Mérida, Campeche o Puerto Deseado. En el lugar en que después se funda la ciudad de Santa María de la Victoria tiene lugar la primera gran batalla entre españoles e indígenas. En San Juan de Ulúa se agregó a la expedición Malitzin, doña Marina, amante de Cortés e intérprete del grupo. En el mes de julio, Cortés funda la ciudad de Villa Rica de la Vera Cruz. El siguiente punto de la expedición será Cempoala, donde se le unirá la población local, enfrentada al poder azteca. Cortés y su hueste se encaminan entonces hacia Xalapa y Tlaxcala, donde nuevos guerreros pasan a engrosar sus filas. El emperador azteca, Moctezuma, decide enfrentarse al invasor en Cholula, donde la población prepara una emboscada. Sin embargo, Cortés se adelanta y ataca primero, realizando una gran matanza. El camino hacia la capital del Imperio azteca o mexica, Tenochtitlan, queda expedito, entrando en ella el 18 de noviembre de 1519. Con su caída, que se producirá algo más tarde, comienza la conquista del resto del territorio y pueblos indígenas.
video
Durante siglos, la ruta de la seda fue una vía de conexión de los mundos occidental y oriental. La seda, conocida únicamente en China, pronto fue demandada por los extranjeros, lo que originó un activo intercambio comercial. La ruta de la seda clásica contaba con diferentes caminos y trazados que, partiendo de Chang-an, atravesaban el corredor de Gansu hacia los oasis de Dunhuang. Desde aquí, el camino proseguía hasta la ciudad-oasis de Kashgar. Más adelante se bifurcaba. Un camino norte llevaba por la meseta de Pamir y Samarcanda hasta Mashad. La ruta del sur rodeaba el desierto de Gobi por Bactra y Herat hasta concluir en Mashad. Ya unidos, los dos caminos continuaban atravesando Asia Central y Persia, llegando a la cuenca mediterránea por Ctesifonte y Palmira. Alejandría, en el sur, y Bizancio, en el Norte, eran sus puntos terminales. Cuando se divulgó el secreto de la fabricación de la seda, el comercio de ésta fue reemplazado por el de cerámica y especias. La ruta de la seda hizo llegar al mundo mediterráneo innovaciones como la brújula, el papel, la pólvora o la porcelana.
contexto
Durante siglos, la ruta de la seda fue una vía de conexión de los mundos occidental y oriental. La seda, conocida únicamente en China, pronto fue demandada por los extranjeros, lo que originó un activo intercambio comercial. La ruta de la seda clásica contaba con diferentes caminos y trazados que, partiendo de Chang-an, atravesaban el corredor de Gansu hacia los oasis de Dunhuang. Desde aquí, el camino proseguía hasta la ciudad-oasis de Kashgar. Más adelante se bifurcaba. Un camino norte llevaba por la meseta de Pamir y Samarcanda hasta Mashad. La ruta del sur rodeaba el desierto de Gobi por Bactra y Herat hasta concluir en Mashad. Ya unidos, los dos caminos continuaban atravesando Asia Central y Persia, llegando a la cuenca mediterránea por Ctesifonte y Palmira. Alejandría, en el sur, y Bizancio, en el Norte, eran sus puntos terminales. Cuando se divulgó el secreto de la fabricación de la seda, el comercio de ésta fue reemplazado por el de cerámica y especias. La ruta de la seda hizo llegar al mundo mediterráneo innovaciones como la brújula, el papel, la pólvora o la porcelana.
contexto
La aportación de estos grandes maestros -Rodrigo Gil de Hontañón y Alonso de Covarrubias- no quedó reducida exclusivamente a los efectos derivados de su propia obra, sino que se manifiesta, de manera singular, en la influencia que ejercieron en la labor de otros arquitectos que, como Hernán González de Lara, colaborador de Covarrubias en el Hospital de Afuera, pasaron de una concepción espacial y unas soluciones técnicas bastantes conservadoras a utilizar más adelante un lenguaje pleno de referencias clásicas. Por su temprana implantación, el clasicismo andaluz merece una especial atención dentro de este apartado. Como ya indicábamos cuando nos referíamos al mecenazgo de la familia Mendoza, Andalucía fue la zona de la Península donde antes se adoptaron las soluciones aportadas por el Renacimiento italiano. A ello contribuyeron definitivamente, aunque por diferentes razones, la construcción de la catedral de Granada y la del Palacio de Carlos V en la Alhambra. Cuando en 1527 el emperador encomendó a Machuca la edificación del palacio imperial, la arquitectura andaluza se orientaba hacia soluciones modernas, pero ornamentadas, como las adoptadas el mismo año por Diego de Riaño en las Casas Consistoriales de Sevilla. Fueron, por tanto, las soluciones ensayadas en la catedral y palacio granadinos las que hicieron posible la introducción definitiva del clasicismo en Andalucía como en el resto de España. Ya nos referimos al papel fundamental que la obra de Machuca tuvo en los ambientes artísticos andaluces y en el propio círculo de la corte, pero el hecho más determinante en el proceso de asimilación del clasicismo en Andalucía fue la llegada de Silóe a Granada para encargarse de la realización de dos grandes obras proyectadas con anterioridad: la iglesia del convento de San Jerónimo, panteón de la familia de don Gonzalo Fernández de Córdoba, levantada parcialmente por Jacobo Florentin conforme a un proyecto gótico, y la catedral de Granada, proyectada por Enrique Egas con una planta semejante a la del modelo de la Catedral Primada, elegida posteriormente por Carlos V para que sirviera de panteón regio a la dinastía reinante. Ya por entonces Silóe había aplicado en sus primeras obras castellanas la lección aprendida en Italia de la arquitectura bramantesca, organizando unas estructuras clásicas y monumentales de filiación clasicista que destacaban sobre cualquier consideración de carácter ornamental. Debido a su carácter funerario, Silóe se propuso en ambas obras granadinas dotar de una significación especial al presbiterio, consiguiendo centralizar su espacio. No obstante, debido al estado de la construcción de los respectivos proyectos en el momento en que se hizo cargo de ellos, condicionó de manera diferente el resultado final de ambos encargos. El avanzado estado de las obras de San Jerónimo obligó a Silóe a adoptar en el crucero una bóveda de crucería encasetonada sobre trompas-nichos, cuando lo que realmente pedía el proyecto era una cúpula sobre trompas, utilizando bóvedas de cañón con casetones en los brazos del crucero y en el antepresbiterio. No sabemos a ciencia cierta si estas soluciones estaban ya previstas en el proyecto del italiano Jacobo Florentin; lo que sí es seguro es la participación de Silóe en la confección de su complejo programa ornamental, que en esencia, y en clave alegórica, trata de ensalzar las virtudes, la fama y las glorias del Gran Capitán, de su mujer y de sus antepasados en un claro intento de transmitir la imagen de un héroe guerrero desde una óptica típicamente clasicista. Por el contrario, el carácter incipiente del proyecto catedralicio le permitió actuar sin reservas introduciendo notables modificaciones respecto a lo proyectado en un principio, alterando sustancialmente su disposición inicial, consiguiendo así uno de los edificios más importantes de nuestro Renacimiento. Como ya señalara Rosenthal, Silóe transformó la girola primitiva en una gran rotonda cubierta por una cúpula monumental, referencia directa a los monumentos funerarios imperiales de la antigüedad romana. La articulación de este espacio centralizado, donde se instaló un completo programa iconográfico de vidrieras, se convierte de una forma inequívoca en el elemento más significativo del templo; espacio que ha sido explicado como referencia clasicista del Santo Sepulcro de Jerusalén, a modo de imagen de la victoria imperial sobre herejes e infieles y como restitución simbólica del lugar sagrado por excelencia en el Orbe Cristiano. Por otra parte, la solución adoptada para los alzados, en lo referente a los elementos sustentantes de gran altura, constituyen una reelaboración a escala monumental de la utilizada por Brunelleschi en las basílicas florentinas o la empleada por Bernardo Rossellino en la catedral de Pienza. Los pilares, con columnas corintias apoyadas sobre pedestales, elevan sobre su capitel un trozo de entablamento sobre el que descansa un pilar de pequeñas proporciones, lo que realza considerablemente su altura, sin alterar por ello el sistema de proporciones del orden clásico. El acierto de esta solución se proyecta directamente sobre la disposición de alzados de las catedrales andaluzas de Málaga y Guadix, y en algunos edificios religiosos del Nuevo Mundo. Las catedrales de Guadalajara (México) y de Lima y Cuzco en el Perú, constituyen los ejemplos más importantes del territorio americano donde quedan reflejadas estas soluciones. De todas las portadas de la catedral sólo se terminaron en vida de Silóe las del Ecce Homo y la de la Sacristía, y únicamente se habían levantado los primeros cuerpos de las de San Jerónimo y del Perdón, que da entrada al crucero por el lado opuesto a la Capilla Real y se comporta como un verdadero arco triunfal. Su composición se basa en un vano de medio punto flanqueado por columnas pareadas sobre pedestales, en cuyos intercolumnios se colocan nichos avenerados, que recuerda a la empleada en el cuerpo bajo de la torre de Santa María del Campo, en la que se han enfatizado los ornamentos, constituyendo uno de los modelos de portada más imitada en la zona de Andalucía. Años más tarde, Silóe tuvo la oportunidad de dar las trazas y condiciones para la iglesia de El Salvador, de Ubeda, destinada a ser capilla funeraria de la familia de don Francisco de los Cobos, secretario particular del emperador Carlos V. Sin los condicionantes de los edificios precedentes, este edificio de nueva planta -emulación del panteón regio de Granada- responde a una disposición armónica y proporcionada, basada en una amplia nave salón de tres tramos con capillas entre los contrafuertes, a la que se asocia una capilla mayor de planta circular cubierta con una cúpula de media naranja. Se articulan sus alzados con un orden monumental de medias columnas corintias sobre pedestales, que en todo el perímetro interior del edificio sustentan un entablamento coronado por una balaustrada. Su portada principal, construida como el resto del edificio por Andrés de Vandelvira, reitera el modelo establecido por Silóe en la catedral de Granada y, en consonancia con el sentido funerario de la capilla y con el carácter clásico del edificio, presenta un programa iconográfico que basado en temas cristianos, mitológicos y en una exégesis de la "Divina Comedia" alude al concepto humanista de la inmortalidad como triunfo sobre la muerte. La estela de Silóe en Andalucía no queda reducida exclusivamente a estos novedosos proyectos, sino que se extiende a un sinnúmero de edificios civiles y religiosos que, como las parroquiales de Huelma, Iznalloz, Moclín e Illora, suponen la adopción sin reservas de las soluciones del maestro andaluz en este proceso de decantación clasicista operado en las tierras del sur. En este sentido, es sintomática la transformación operada en la obra de la mayoría de arquitectos andaluces que, como Diego de Riaño o Martín de Gainza, habían iniciado su carrera con la construcción de edificios donde primaban los planteamientos decorativos. A estos principios responden las soluciones adoptadas por Diego de Riaño en las Casas Consistoriales de Sevilla, de los que se fue alejando en las obras realizadas en la catedral hispalense, después de ser nombrado para el cargo de maestro mayor. La Sacristía de los Cálices y, sobre todo, la Sacristía Mayor de la catedral son dos buenos exponentes de este proceso. En este último ejemplo, su planta de cruz griega cubierta con cúpula sobre pechinas, las bóvedas de abanico que cubren los reducidos brazos y, en definitiva, el espacio central así generado, responden a un concepto clásico de la arquitectura, que no logra ocultar la amplitud y profusión del repertorio ornamental utilizado. Colaborador y sucesor de Riaño en la catedral de Sevilla, Martín de Gainza continuó en la dirección de estas obras a la muerte de su maestro, iniciando más adelante otros proyectos, que como la Capilla Real de la catedral o el Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, fueron terminados a su muerte por Hernán Ruiz el joven. Adiestrado en el círculo de Silóe en Granada, este último arquitecto tuvo una mejor formación clásica, como así se manifestó en sus inquietudes teóricas -fue autor de un útil "Manuscrito de arquitectura", destinado para uso propio y de sus colaboradores- y en las soluciones adoptadas en un numeroso grupo de edificios en Córdoba y Sevilla, entre los que destacan sus dos más famosas obras en la catedral hispalense: el cuerpo de campanas de la Giralda, rematado por el giraldillo -alegoría del triunfo de la Fe- fundido por Bartolomé Morel, y la Sala Capitular de la catedral, que supone una adaptación a las necesidades del momento de los planteamientos iniciales de Diego de Riaño. En esta última, en respuesta a su disposición elíptica, fuertemente iluminada por la linterna de la cúpula, se genera un espacio opuesto al del pasillo que le sirve de acceso, produciendo un efecto de ambigüedad y artificiosidad típicamente manierista. De 1579 data el programa iconográfico del Cabildo, establecido por el canónigo Francisco Pacheco y desarrollado mediante las pinturas de Pablo de Céspedes y los relieves de Juan Bautista Vázquez, Diego de Velasco y Marcos Cabrera. Mucho más clasicista resulta el estilo de Andrés de Vandelvira (1509-1575), cuyos planteamientos alcanzaron una gran resonancia en Andalucía, proyectándose, incluso, hacia determinadas zonas de Castilla y Levante a través de un numeroso grupo de obras entre las que destacan, además de las de Ubeda, Baeza y Jaén, las realizadas en su villa natal de Alcaraz y en otras poblaciones de la comarca como Villacarrillo, Mancha Real, Hellín y Sabiote. A pesar de la dependencia que mantuvo respecto a las soluciones constructivas de Silóe, ya desde sus primeras obras Vandelvira se nos muestra como un gran arquitecto dotado de una extraordinaria personalidad. Como ya hemos indicado, en la iglesia del Salvador de Ubeda, construida por el maestro, se produce una experiencia más orientada a definir en España una tipología humanística del edificio religioso, en consonancia con las llevadas a cabo en los ambientes europeos más renovadores. En este sentido, sus diseños para la sacristía del mismo edificio vienen a completar el programa iniciado en tiempos de Silóe. De planta rectangular, siguiendo la disposición tradicional de este tipo de espacios, sus alzados se ordenan con arcos hornacinas entre los soportes, sobre los que apoyan cariátides y guerreros tenantes en los que descansa el entablamento del que parten unas bóvedas vaídas de sobrio trazado, que dan al conjunto un aspecto armoniosamente clásico. Completa este espacio litúrgico un programa iconográfico -sabios, sibilas, videntes y profetas- de carácter humanístico, a modo de anuncio de la llegada de El Salvador, realizado en gran parte por el escultor Esteban Jamete. También responden a sus trazas otros edificios de la ciudad de Ubeda, como el Hospital de Santiago -cuya iglesia responde a un original espacio abovedado- y los palacios de Vázquez de Molina y Vela de los Cobos, donde el arquitecto da muestra de la depuración de su estilo en dos soluciones tipológicas muy diferentes. Pero fue en la construcción de la Catedral de Jaén donde Vandelvira se enfrentó por primera vez a la complejidad de un proyecto de estas características. En este caso, donde utilizó para los soportes una solución similar, pero más sencilla, que la adoptada por Silóe en la Catedral de Granada, tuvo que organizar su interior como un amplio y diáfano salón de fiestas. La veneración en el templo del Santo Rostro requería un espacio adecuado para la realización de ceremonias litúrgicas de tipo procesional relacionadas con el culto de tan venerada reliquia. De ahí que el arquitecto concibiera el cerramiento de los muros como una galería continua a lo largo de todo el perímetro del templo, articulándolos con tramos sucesivos con grandes balcones al interior. También debemos a Vandelvira la disposición de planta salón del templo, sus proporciones y, en definitiva, la idea general del conjunto que, como la Catedral de Granada, tanta influencia tuvieron en la construcción de catedrales en Andalucía y en América. El singular dominio de la tectónica clásica, la diafanidad y luminosidad del espacio y la acertada solución de los alzados convierten a la catedral jienense en una de las mejores creaciones del Renacimiento andaluz y en la más afortunada experiencia en la obra de su autor. La pieza más conseguida del conjunto catedralicio es, sin duda, la Sacristía, donde unos cuantos elementos arquitectónicos fueron suficientes para transformar una modesta planta rectangular en un verdadero espacio manierista. La articulación de los elementos constructivos, netamente clásicos, la ausencia absoluta de decoración -reducida exclusivamente al diseño de las piezas que coronan los capiteles, las cartelas de los testeros y las ménsulas con carátulas del friso-, así como el novedoso tratamiento de los muros y hornacinas logran transformar una disposición de carácter tradicional en un espacio radicalmente moderno donde las facultades y el genio de Vandelvira alcanzan sus cotas más elevadas. A partir de entonces, su estilo se fue decantando hacia soluciones manieristas de gran simplicidad constructiva, como las ya referidas en la sacristía de la catedral jienense o las desarrolladas a partir de los años sesenta en otros edificios como el Palacio de Vázquez de Molina en Ubeda. El acierto de estas soluciones claramente manieristas, reutilizadas en parte por Hernán Ruiz el joven y codificadas en los escritos teóricos de su hijo Alonso de Vandelvira, fueron los factores que mejor contribuyeron a la difusión de la arquitectura de Andrés de Vandelvira en toda Andalucía y en otras regiones limítrofes.
video
La Ruta del Califato es una aventura para el espíritu. De Córdoba a Granada, pasando por tierras de Jaén, nos adentramos en dos vuelcos de la historia, dos momentos irrepetibles, dos siglos de oro. Córdoba es, como no podía ser de otro modo, nuestro punto de partida. La ciudad asombra al viajero por la monumentalidad de su mezquita. Explosión de color, volúmenes y luces, un bosque de columnas y arcos sobrecoge a quien tiene la fortuna de adentrarse en su interior. Córdoba es la gran ciudad califal omeya, la urbe de las maravillas, glosada por poetas de Oriente y Occidente. Muy cerca de Córdoba se levantó la ciudad de Madinat al-Zahra, capital califal durante apenas una centuria. Salones, palacios y jardines debieron sorprender a quienes tuvieron la fortuna de visitarlos en todo su apogeo. Una larga vida de siglos como ruinas abandonadas no empaña la belleza de estas piedras, testigos mudos de un esplendoroso pasado. Dejando atrás Córdoba, la ruta se divide en dos ramales, aunque ambos confluirán, más adelante, en la majestuosa villa de Alcalá la Real. El primer ramal sigue la cuenca del río Guadajoz. Espejo, y especialmente Castro del Río, beben de sus aguas. El castillo de Espejo preside la villa. Dos bellas iglesias góticas fueron construidas por los cristianos sobre los derribos de las viejas mezquitas musulmanas. Huertas, frutales y un ajedrezado de espigas dan la bienvenida al viajero antes de entrar en Castro del Río. Villa de origen romano, sus murallas y castillo protegen un conglomerado de calles y plazuelas, salpicadas de antiguas iglesias. La siguiente etapa nos lleva hasta Baena, con su paisaje de campiña, estación intermedia antes de emprender el camino hacia Luque y Zuheros, en las estribaciones de las Sierras Subbéticas. Olores de aceite recién prensado seducen el sentido del viajero que se encuentra en Baena, extasiado ante la contemplación de sus numerosos monumentos. Villa de orígenes remotos, Luque está enclavada en un escarpado terreno. Tierra fronteriza, su castillo roquero fue testigo de numerosas disputas. Zuheros surge a finales del siglo IX, cuando los musulmanes fundaron la enriscada villa. El viajero no puede pasar por alto una visita a la Cueva de los Murciélagos, importante yacimiento neolítico. La ruta se interna en la campiña de Jaén penetrando por el puerto de Alcaudete. Más adelante, entre sierras cada vez más espesas, el camino llega hasta Castillo de Locubín. Una tierra feraz y una posición estratégica han marcado la historia de Alcaudete. Merece la pena pararse y contemplar las iglesias de Santa María y de San Pedro, las más importantes de la localidad. Castillo de Locubín se rodea de una muralla de elevadas crestas y un ejército de olivos que le dan vida. Córdoba es el punto de partida del segundo ramal de la ruta, el que nos lleva hasta Fernán Núñez y Montemayor. El paisaje se nos muestra repleto de viñedos y olivares. Preside la villa de Fernán Núñez el Palacio Ducal, uno de los edificios más singulares de la arquitectura civil cordobesa. El nombre de Montemayor lo dice todo: un enclave estratégico que domina la campiña. Nuestra siguiente etapa nos conduce hasta Montilla, Aguilar de la Frontera y Lucena. Montilla tomó en época medieval su típico aspecto de villa-fortaleza de frontera. Excelentes caldos seducen el paladar del viajero. La plaza de San José, de curiosa forma octogonal, es el centro de la vida cotidiana en Aguilar de la Frontera. Desde su altura, la Torre del Reloj mide el tiempo de la existencia diaria. Lucena es el resultado de la sabia mezcla de tres culturas: cristiana, judaica y musulmana. El principal testigo de la huella andalusí es el castillo del Moral, que señala el corazón del primitivo núcleo urbano. Tras dejar Lucena, se suceden Cabra y Carcabuey. Y más allá está Priego, en medio de un circo montañoso que sombrea su huerta. Arrullada por arboledas y manantiales descansa Cabra, una de las poblaciones más antiguas de la comarca. El castillo, la plaza Vieja, la iglesia de la Asunción... son monumentos que justifican por sí solos la visita. Carcabuey es un pueblo pequeño en tamaño pero grande en patrimonio. Su caserío vive al pie de un castillo de origen musulmán, enriscado en un monte. Capital del barroco cordobés, Priego guarda auténticas joyas artísticas como el Sagrario de la Asunción, la Aurora y la Fuente del Rey. Alcalá la Real es el punto en el que confluyen los dos ramales de la Ruta. Populosa ciudad y fortaleza, es la llave del histórico camino entre Córdoba y Granada. La majestuosa fortaleza de la Mota corona el cerro que domina la población. Ya en tierras de Granada, el camino nos lleva hasta Pinos Puente, Moclín y Colomera. Pinos Puente, en plena vega granadina, debe su nombre al puente de época califal que salva el río Cubillas. Es éste un lugar idóneo para el disfrute de la naturaleza. Moclin ofrece una de las estampas medievales más sorprendentes de Andalucía. Su origen corre paralelo al nacimiento del reino nazarí de Granada. Calles estrechas y empinadas dibujan el paisaje urbano de Colomera, situada en la ladera de un cerro coronado por la iglesia renacentista de la Encarnación. Güevéjar, Cogollos Vega, Alfacar y Víznar son los últimos pueblos que encontramos antes de llegar a Granada. Güevéjar simboliza la resistencia de un pueblo a los reveses de la naturaleza. En 1884 un terremoto acabó con todo su caserío, por lo que sus habitantes decidieron trasladarse a la zona que ahora ocupa el pueblo. Cogollos Vega recorta su perfil blanco bajo un picacho de aspecto alpujarreño. Su carácter serrano se afianza al recorrer sus calles. La limpieza de las aguas de Alfacar hizo de este lugar uno de los favoritos para el solaz de los monarcas granadinos. Víznar, un pueblo que nació al conjuro del agua, remonta sus orígenes a la Edad Media. La de Aynadamar es la mayor acequia trazada en época andalusí. Tras pasar por sierras, campiñas y vegas, la ruta llega a su fin en Granada. Granada es el ensueño, la atracción de unos palacios nazaríes levantados en medio de un vergel. La recompensa está clara: la contemplación de la Alhambra justifica por sí misma una y mil travesías. Los palacios nazaríes parecen flotar sobre las aguas de los estanques, quizás evocando el paraíso prometido. Jardines y torreones permiten la ensoñación de cuentos lejanos. Pero Granada no es sólo la Alhambra. Nadie mejor que uno de sus hijos más queridos, Lorca, para describirla: "Granada es una ciudad para la contemplación y la fantasía, donde el enamorado escribe mejor que en ninguna otra parte el nombre de su amor en el suelo. Las horas son allí más largas y sabrosas que en ninguna otra ciudad de España. Tiene crepúsculos complicados, de luces constantemente inéditas, que parece no terminarán nunca". Hemos acabado nuestro recorrido. Es momento de recapitular, de recrearnos en nuestras propias impresiones sobre lo vivido. Siguiendo la Ruta del Califato hemos podido disfrutar de mil atractivos distintos. Nos ha permitido soñar y encontrarnos con un pasado esplendoroso. Nada nos ha dejado indiferentes. En definitiva, nos hemos hecho un poco más sabios.
obra
En el vestíbulo -llamado l´Antisala- de la Libreria Marciana en Venecia pintó Tiziano esta tela octogonal representando a la Sabiduría. El edificio fue iniciado por Jacopo Sansovino en 1537 y finalizado en 1591 por Vincenzo Scamozzi. Sería descrito por Palladio en 1570 como "el edifico más ricamente decorado que jamás se había sido construido desde la Antigüedad". En el techo de la Sala Grande habían trabajado algunos de los mejores pintores manieristas -Salviati o Veronés entre ellos-, elaborando un programa iconográfico en el que se evocaba la "supremacía del saber humano en las disciplinas activas". Tiziano se reserva el vestíbulo para realizar su imagen, en la que representa a una figura femenina sentada sobre las nubes, sujetando con su mano izquierda un largo rollo mientras que con la derecha sostiene un espejo, ayudada por un amorcillo, en el que se mira el rostro. La elegante figura de la Sabiduría viste un traje blanco casi transparente, que permite contemplar sus senos, cubriendo sus piernas con un pesado manto rojo. Absorta ante su propia imagen, se nos muestra de perfil, recordando a las estatuas de la antigüedad. La alternancia de luces y sombras, la disposición escorzada de la figura, el ritmo compositivo empleado, la pincelada rápida y empastada aplicada y la economía cromática serán elementos identificativos del estilo de Tiziano en la década de 1560.
contexto
Por una parte, en la cerámica mochica, una de las fuentes de conocimiento más interesantes, la abundancia de elementos eróticos permiten hacer una análisis de cuál era el papel femenino en la vida doméstica de estos pueblos. Y es el estudio de las representaciones en cerámica el que dio pistas a los etnohistoriadores para entrever la presencia femenina como protagonista en algunos eventos de carácter ritual. La "ceremonia del sacrificio", según las representaciones encontradas, era uno de los ritos más sagrados de esta cultura. En ella aparecían soldados derrotados que eran hechos prisioneros y luego sacrificados; la sangre de esos guerreros era entregada a una sacerdotisa. Y serán los trabajos realizados por Luis Jaime Castillo en la tumba conocida como de la sacerdotisa de San José de Moro (La Libertad, Perú), a partir de los años noventa del siglo XX, los que aportan luces nuevas a la etnohistoria andina. Después del descubrimiento de la tumba del Señor de Sipán, la de la sacerdotisa se convierte en nueva fuente de información que permite desvelar antiguos secretos encerrados bajo las pirámides de adobe. Según las conclusiones de este arqueólogo, tras años de trabajo, podemos afirmar que en el mundo moche se produce una evolución desde un estadio de cacicazgo al de organización estatal. Y en esta evolución, asegura Castillo, encontramos un cambio en el papel de la mujer, que se va incrementando como protagonista en actividades rituales. El estudio iconográfico de las representaciones y la propia tumba de las dos mujeres que conocemos como sacerdotisas de San José de Moro permiten sostener estas afirmaciones en pruebas bastante sólidas. Los restos de la tumba de la Sacerdotisa de San José de Moro se hallaron en 1997, y suponen una revolución para nuestros conocimientos de esta cultura. La mujer enterrada corresponde a la etapa Moche Final (100-800 dC). Lo interesante es que estos restos fueron pronto asociados a las representaciones de esta mujer en la llamada "ceremonia del sacrificio", lo que permitió a los investigadores completar su conocimiento acerca de la mujer enterrada y sus funciones en la vida religiosa de los mochica. Gráfico El hallazgo de la tumba permitió identificar a la mujer enterrada con aquella sacerdotisa de la ceremonia, a quien se entregaba la sangre de los sacrificados. Los restos hallados corresponden a una mujer de unos cuarenta años. Tenía que formar parte de la elite, puesto que a sus pies se hallaron los cuerpos de otras cuatro mujeres pertenecientes a su séquito. Junto a los restos humanos había objetos de cobre, máscaras. Piedras, un tocado y la copa ceremonial, además de diversas ofrendas. Aunque son pocos los entierros de mujeres de élite, no por ello deja este de ser un ejemplo de cómo las mujeres en el mundo andino podían vincularse con grupos de élite, ya sea desde el punto de vista político o desde el religioso. En cualquier caso, por un motivo que aún desconocemos, el Valle de Jequetepeque acoge varios entierros femeninos suntuosos, lo que indica la importancia que en este lugar llegó a adquirir la mujer.
obra
Rembrandt representa la escena como un asunto de la vida cotidiana, sin marcar el acento en lo sagrado del tema, al no colocar ningún signo de divinidad. El estilo del artista es el característico de las obras realizadas a los pocos años de instalarse en Amsterdam. La luz es la gran protagonista, iluminando las figuras de María y el Niño Jesús y dejando el resto del espacio en penumbra, acentuando así los contrastes entre zonas de luz y zonas de sombra. La parte iluminada está más detallada, observándose perfectamente las calidades de las telas y las transparencias de la toga que viste María, así como las sábanas de la cuna reforzando el naturalismo de la composición. Al ser un cuadro grande que se ve desde lejos, Rembrandt ha acentuado aún más su detallismo de estas fechas. En las zonas en semipenumbra también se aprecian los objetos, destacando los útiles de trabajo de José al fondo, pero realizados de manera mucho más rápida y menos esmerada. Siguiendo la filosofía de Caravaggio de representar a los seres divinos de verdad, de carne y hueso, Rembrandt nos presenta una escena muy cálida, muy humana, acentuada por el gesto de tapar los pies al Niño para que no tenga frío, por tener la Virgen un pecho al descubierto ya que acaba de alimentar al pequeño o la mirada de ternura de José que es más joven que de costumbre y poco a poco se va a integrar en la escena. El colorido es algo monótono, utilizando gamas oscuras que se alegran con el rojo y el blanco, pero que dan cierto aire de melancolía a la composición.
obra
El acento dominante en esta escena es sin duda la serenidad y la alegría. La familia de José y María está disfrutando de una apacible tarde primaveral. San Juanito acompaña a su primo, que recibe ofrendas de flores por parte de angelotes desnudos. Santa Ana también está con la Virgen, y una segunda figura femenina, vestida de blanco, está junto a José. El paisaje del fondo es nítido y perfectamente trazado, al estilo italiano. La misteriosa visitante de blanco podría ser una alegoría de la Iglesia o tal vez de la castidad, el atributo de María.