Pese a la rápida derrota, una parte considerable del Ejército yugoslavo no se rindió al invasor. La "blitzkrieg" había impedido la entrada en combate de divisiones enteras; muchos de sus hombres se negaban a entregar las armas. Comenzaron a formarse partidas de guerrilleros en las zonas montañosas de Serbia. En la región de Leskovac, cerca de la frontera búlgara, el líder "chetnik" Kosta Pecanac se levantó al frente de un grupo de seguidores. Numerosos contingentes militares se retiraron a las zonas montañosas de Montenegro, donde era muy difícil que los italianos lograsen establecer un control efectivo. En las montañas de Sumadija, al sur de Belgrado, se hizo fuerte un coronel del Ejército real, Draza Mihailovic con un grupo de soldados a los que se agregaron los "chetniks" de la región. Pronto surgieron otros núcleos sometidos a su autoridad, que se vieron engrosados por miles de serbios fugitivos del terror "ustachi". Mihailovic, que estableció su cuartel en la meseta de Ravna Gora, era un fanático partidario de la Gran Serbia y un convencido monárquico. Odiaba a los comunistas y a los croatas, a quienes consideraba culpables de la tragedia yugoslava. Esperaba una pronta recuperación militar aliada y en tanto se producía la derrota del Eje prefería esperar y acumular pertrechos y hombres, dispuesto a no provocar demasiado a los alemanes. Estos habían dejado una guarnición relativamente escasa en el país, ocupados desde junio de 1941 en el ataque a la Unión Soviética. Las primeras acciones de los partisanos obligaron al rápido envío de refuerzos y desataron la cólera de Hitler, quien, en septiembre, ordenó la ejecución de un centenar de civiles por cada soldado alemán que matasen los guerrilleros. La matanza de Kragujevac, el 20 de octubre, en la que perecieron unos cinco mil serbios a manos de los nazis, acabó por convencer al jefe de los "chetniks" de que una resistencia abierta al ocupante acarrearía una terrible carnicería para su pueblo. Muchos de sus seguidores llegaron a la misma conclusión. Puesto que había que esperar sin debilitarse, los "chetniks" comenzaron a buscar aliados. Una primera entrevista entre Mihailovic y el secretario general del Partido Comunista yugoslavo, Josip Broz, alias Tito, en septiembre de 1941, mostró las dificultades de ambos sectores de la guerrilla para llegar a un acuerdo. Más cerca de las posiciones de los "chetniks" estaban, paradójicamente, Nedic y los italianos de Montenegro. Pecanac y su partida trabajaban desde agosto para el jefe de Gobierno serbio y hacían gestos amistosos a los alemanes. Los dirigentes "chetniks" montenegrinos, Djurisic y Stanisic, pactaron con el general italiano Pirzio Biroli sus respectivas zonas de influencia en el protectorado. Mihailovic, que había sido reconocido como jefe por todos los cabecillas "chetniks", se avino a contemporizar con la esperanza de que una no muy lejana victoria aliada liberase a Yugoslavia y restableciese en el trono al rey Pedro. Ante el espectacular desarrollo de la guerrilla titista, los "chetniks" pasaron gradualmente del retraimiento a la colaboración y terminaron ayudando a los ocupantes en su lucha contra los partisanos comunistas. A la vez, desarrollaron una activa política de terror contra las poblaciones croata y bosnia en represalia. por los "progroms" de Pavelic. Conforme avanzaba la guerra, Mihailovic, que había sido reconocido como jefe de la resistencia por soviéticos y británicos y nombrado ministro de la Guerra por el Gobierno real exiliado en Londres, fue quedando cada vez más aislado. La leyenda que hacía de él un patriota yugoslavo y el mejor agente británico en los Balcanes, terminaría derrumbándose estrepitosamente Frente a esta política zigzagueante, los comunistas yugoslavos encarnaron desde el primer momento el espíritu de resistencia y la aspiración de grandes sectores de la población a la reunificación nacional. La inmediata agresión alemana a la URSS libró, además, a Tito y a sus seguidores del nocivo período de inactividad a que el pacto germano-soviético condenó a los comunistas de los países ocupados en el oeste. Tras largos años de persecuciones, el PCY había entrado en una fase de franca recuperación en la primavera de 1940, al convertirse Tito en su secretario general. El croata Broz había insistido en el mantenimiento de la unidad del partido por encima de los intereses de las nacionalidades y se había rodeado de un equipo de jóvenes dirigentes que incluía a serbios como Alexander Rankovib, montenegrinos como Milovan Djilas, croatas como Iván (Lola) Ribar y eslovenos como Edvard Kardelj y Boris Kreigel. En octubre de ese año el grupo se apuntó un notable éxito al organizar clandestinamente en Zagreb el V Congreso del Partido, que dio su apoyo a la línea nacional defendida por su secretario general. La invasión alemana constituyó una sorpresa para los comunistas. Pero éstos, gracias a su experimentado aparato clandestino, evitaron el colapso que afectó a las restantes organizaciones políticas y se situaron en condiciones de actuar coordinadamente en cuantos fragmentos se dividió el país. Pese a las consignas de pasividad emanadas de Moscú, el Comité central aprobó a finales de abril de 1941 una línea política que hacía hincapié en el mantenimiento de la unidad de Yugoslavia y en la preparación de la lucha antifascista. Por aquellas fechas, Tito trasladó su oficina política a Belgrado, a salvo de las pesquisas de los "ustachis". La Operación Barbarroja, iniciada el 22 de junio, permitió por fin a los comunistas yugoslavos lanzarse a la acción. Su líder dio a conocer una proclama dirigida a los trabajadores que comenzaba: "Ha sonado la hora de tomar las armas para defender vuestra libertad contra los agresores fascistas. Cumplid vuestro deber en el combate por la libertad, bajo la dirección del Partido Comunista yugoslavo. La guerra de la Unión Soviética es vuestra guerra, porque la Unión Soviética lucha contra vuestros enemigos. Cumplid con vuestro deber de proletarios. No permitáis que el heroico pueblo soviético vierta en solitario la sangre preciosa de sus jóvenes". El llamamiento encontró un amplio eco en grandes zonas del país. En el mes de julio se produjeron levantamientos en numerosas zonas de Serbia y de Bosnia y en algunos puntos de Croacia, especialmente los habitados por la minoría serbia. En Montenegro, donde el día 13 de julio se había constituido un Gobierno títere del protectorado, la sublevación obligó a los italianos a refugiarse en dos o tres grandes poblaciones. No obstante, los guerrilleros comunistas tuvieron que repartirse las simpatías del campesinado con los "chetniks". A comienzos del otoño los partisanos titistas controlaban un amplio corredor que iba desde el Adriático hasta las proximidades de Belgrado. Mantenían en su poder un ferrocarril y poseían un servicio de correos propio. Ni siquiera en las ciudades se sentían seguros los invasores. Los atentados se multiplicaban. Tito impulsó la creación de un organismo político-militar, el Movimiento de Liberación Popular, a cuyos miembros no se les exigía una militancia política determinada. Del MLP dependían los destacamentos partisanos. El Gran Cuartel General, integrado por los miembros del Politburó del PCY, estaba dirigido por un teniente coronel del Ejército real y Tito había asumido el mando supremo de sus fuerzas. Los guerrilleros se desplazaban con enorme rapidez. Cuando un destacamento atacaba una villa, procedía a cortar las comunicaciones del enemigo y a establecer en ella un Comité del Pueblo que sustituía a las autoridades municipales. Luego, se retiraba antes de que llegasen los alemanes. En agosto, sin embargo, las fuerzas de Tito ocuparon la ciudad de Uzice y se establecieron permanentemente en ella. El líder partisano trasladó allí su Cuartel General y el aparato propagandístico. Una pequeña fábrica de armas existente en la localidad proveía de armamento ligero a los guerrilleros. Tito estaba decidido a liberar su país por las armas. Por dos veces intentó llegar a un acuerdo con Mihailovic. En la primera entrevista, celebrada en septiembre en el pueblo de Struganik, se puso de manifiesto la diferente concepción táctica de los dos hombres. Mientras el "chetnik" prefería esperar, el comunista quería golpear al enemigo siempre que fuera posible. Al mes siguiente, en Brajice, Tito ofreció a su interlocutor la creación de una administración civil común en las zonas liberadas y de un frente político unificado, así como la realización de operaciones militares conjuntas. Tales propuestas fueron rechazadas por el jefe "chetnik". La ruptura entre los dos movimientos de resistencia era definitiva, pese a que Moscú siguió presionando para que los partisanos se colocasen a las órdenes de Mihailovic. A mediados del otoño, se intensificaron las operaciones alemanas contra el territorio de la República Popular de Uzice, al tiempo que aumentaban las represalias contra la población civil. Llegaron divisiones de refuerzo desde Francia, Grecia y Rusia y el mando germano emprendió una vigorosa ofensiva con tanques y aviones de bombardeo en un frente de 175 kilómetros. Los partisanos se vieron obligados a pasar a una desesperada defensiva. Para colmo, los "chetniks", que se veían perjudicados en su política de apaciguamiento por la actividad de los comunistas, atacaron Uzice el 1 de noviembre, aunque fueron rechazados. ` A los pocos días cayó Valjevo, llave del dispositivo norte de los partisanos. Un atentado voló la fábrica de armas de Uzice. Cuatro días después, los hombres de Tito -que había sido herido en la explosión-, tuvieron que evacuar la ciudad y dirigirse, acosados por el enemigo, hacia la vecina Bosnia. Tampoco iban mejor las cosas en Montenegro, donde los "chetniks" colaboraban con los italianos. El excesivo celo revolucionario de los comunistas locales, que disgustaba a la población campesina, perjudicaba la actuación militar de los partisanos. A finales de 1941 éstos estaban en franco retroceso y una ofensiva desarrollada por sus enemigos en la primavera de 1942 -la segunda ofensiva, como la llamaron los guerrilleros- hundió prácticamente su poder. Pese a la actividad de Djilas, enviado personal de Tito, el movimiento de resistencia montenegrino tardaría casi dos años en recuperarse.
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Los pueblos indios, pese a la profunda y duradera destrucción provocada por la conquista y pese al intenso proceso de aculturación a que se les somete, conservan cierta capacidad de resistencia y desde el inicio de la colonización expresan su protesta y su rechazo a la dominación colonial. Los mecanismos de defensa fueron variados, desde la resistencia pasiva o la simple huida hasta la rebelión armada, o también la adaptación, siquiera aparente, fórmula escogida, por ejemplo, por los indígenas de la península de Santa Elena (Ecuador), que adoptan muy pronto la lengua y la indumentaria españolas pero mantienen sus costumbres y una relativa independencia en sus pueblos. Pero al margen del rechazo a la integración manifestado por los indios de algunas áreas (norte de México, centro de Chile) que resistieron a la conquista durante mucho tiempo, casi hasta el fin de la época colonial, entre los indios sometidos pocas veces la resistencia llegó a plasmarse en un verdadero movimiento de masas, aunque son frecuentes los motines espontáneos, muy localizados y de corta duración, dirigidos casi siempre contra los corregidores o los curas, como la rebelión de los zendales, en Chiapas (1712) o la de Jacinto Canek en Quisteil, Yucatán (1761). Hay también, sin embargo, verdaderas rebeliones indígenas con fuerte impacto en la vida económica y social de la región en que se producen, como la de Juan Santos Atahualpa en la provincia de Tarma (Perú), a partir de 1742. El caso paradigmático lo proporciona la sublevación de Túpac Amaru, una impresionante conmoción armada que, al coincidir en el tiempo con otros dos grandes levantamientos de masas (Túpac Catari en Bolivia y los comuneros del Socorro en Colombia), puso en serio peligro el sistema colonial español: como años después diría Godoy, fue una "gran borrasca" que barrió toda Suramérica. La rebelión tupamarista reviste una importancia especial por la personalidad de su jefe, por su extensión y su arraigo, pero sobre todo por sus objetivos: supresión de gravámenes y explotación (aduana, alcabalas, repartos forzosos de mercancías), eliminación de formas de trabajo degradantes (mitas, obrajes), ruptura con España y restauración del poder inca bajo nuevas formas, manteniendo la religión católica (coronación de Túpac Amaru como "José I, por la gracia de Dios Inca Rey del Perú..."), y unión de todos los peruanos (los paisanos, sin distinción de razas) en contra de los europeos intrusos. Se trata, pues, de un programa utópico, especialmente en su apelación a la solidaridad y la unidad peruana, incluyendo a los amados criollos, que desde luego no se unieron al movimiento sino que lo combatieron. La rebelión tupamarista comenzó el día 4 de noviembre de 1780, con la detención del corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, que seis días después es ejecutado públicamente en la plaza de Tungasuca. A partir de este momento, y desde su epicentro en la provincia de Tinta, la rebelión se expande con gran rapidez tanto hacia el norte (hasta el Cuzco) como hacia el sur, llegando hasta el lago Titicaca para penetrar finalmente en territorio de la Audiencia de Charcas, hoy Bolivia. Se movilizan decenas de miles de personas, tanto por parte de los rebeldes como de las autoridades coloniales, siendo los principales hechos de armas la batalla de Sangarará (18 de noviembre), el asedio del Cuzco (del 28 de diciembre al 6 de enero de 1781) y la batalla de Tinta (6 de abril), que supone la derrota y captura de Túpac Amaru (por la traición de uno de los suyos) y otros jefes rebeldes. Tras el correspondiente juicio, el visitador José Antonio de Areche dicta la sentencia (15 de mayo) condenando a muerte a José Gabriel, su esposa, su hijo mayor y otros reos, todos los cuales son ejecutados en la plaza del Cuzco el día 18 de mayo de 1781. Comienza entonces la segunda fase del movimiento tupamarista, que será mucho más sangrienta que la primera y se prolongará durante todo el año 1781, bajo el liderazgo de Diego Cristóbal Túpac Amaru (primo hermano de José Gabriel), extendiéndose hasta el norte de Argentina y Chile y enlazando en el altiplano boliviano con la rebelión de Túpac Catari (Julián Apasa Sisa, el más importante caudillo indígena altoperuano, que será ejecutado el 13 de noviembre de 1781). Sucesos notables de esta etapa son la conquista de Sorata y el prolongado y penoso asedio de la ciudad de La Paz. Finalmente, los rebeldes aceptan el indulto general ofrecido por el virrey y el 11 de diciembre de 1781 se firma el tratado de paz, que a comienzos de 1783 será violado por las autoridades coloniales al ordenar, con el pretexto de "nueva sublevación", la detención y posterior ejecución de los principales protagonistas de los sucesos anteriores, incluido Diego Cristóbal el 19 de julio de 1783. Termina así la gran rebelión iniciada en noviembre de 1780, aunque durante mucho tiempo continuará el gran miedo de españoles y criollos ante las masas indígenas, miedo que contribuirá a reforzar el conservadurismo político de los peruanos.
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Hacia las nueve de la mañana del día 29 de diciembre de 1874, en un campo de olivos de las cercanías de Sagunto (Valencia), el general Arsenio Martínez Campos, ante una brigada del Ejército -1.800 hombres- proclamó rey de España al príncipe Alfonso de Borbón. A pesar de que el pronunciamiento de Martínez Campos no respondía a ningún plan en el que estuvieran comprometidos otros mandos destacados, de que él mismo fuera un general con poco prestigio profesional, de la escasa fuerza que controlaba directamente, y de lo secundario del lugar elegido para la proclamación, el golpe tuvo éxito. A ello contribuyeron la aceptación pasiva por la gran mayoría del Ejército, y el escaso apoyo civil que encontró el gobierno presidido por Sagasta. Martínez Campos había actuado sin el conocimiento del jefe político de la causa alfonsina, Antonio Cánovas del Castillo, quien condenó el golpe pero no pudo menos que recoger su fruto: la restauración de los Borbones en el trono de España. Se inicia así una nueva época en la historia de España: la Restauración. La Restauración ha sido una época valorada generalmente, hasta hace poco, de forma muy negativa. Muchos de sus contemporáneos fueron muy críticos con su sistema político, especialmente después del Desastre de 1898. Igualmente contrarias fueron las opiniones dominantes durante la Dictadura de Primo de Rivera y la II República, regímenes que afirmaron su legitimidad frente al sistema al que, sucesivamente, sustituyeron. Lógicamente, la derecha autoritaria o clerical y la izquierda marxista, predominantes durante el franquismo, descalificaron todo el pasado liberal y, con él, la Restauración. Sólo recientemente, a partir de los años 70, y en el marco de la recuperación de la democracia en España, ha comenzado una revisión historiográfica de la época de la Restauración, caracterizada no por la condena global, ni por una justificación acrítica, sino por el propósito de entender cómo fue posible el sistema más estable y duradero de la historia contemporánea de España.
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Este rápido vuelco de la situación tiene, en el arte ateniense, un efecto inmediato: al ser prácticamente nulos los talleres beocios (si excluimos la divertida y caricaturesca escuela cerámica del Cabireo de Tebas, al fin y al cabo anecdótica), y al haber quedado asfixiadas durante décadas las escuelas peloponésicas (en Argos, Naucides y otros broncistas apenas mantienen el lejano prestigio de sus talleres), resulta que el ambiente ático es el mejor preparado para rehacerse y responder a las demandas de toda Grecia. Más lejos existen, sí, las limitadas escuelas escultóricas de Asia Menor, con una obra tan importante, pero tan aislada, como el Monumento de las Nereidas de Jantos, y también trabajan los talleres cerámicos del sur de Italia y Sicilia, pero se trata de fenómenos regionales, sin capacidad de proyección externa, y, al fin y al cabo, herederos de los maestros áticos de fines del siglo V. En Atenas, por tanto, a medida que avanza la década 380-370 a. C., los talleres van saliendo de su letargo. Una nueva burguesía comerciante se desarrolla al amparo de la evolución económica y se plantea necesidades de tipo cultural. Ya no se trata, como en la época de Pericles, de una clase galvanizada por el nacionalismo y el culto al Estado y a la pólis: protestará siempre por los elevados impuestos, tenderá a aislarse y a prescindir de las asambleas políticas, y descubrirá el gusto por la casa, por la vida doméstica y por un fenómeno nuevo que entonces se esboza: la literatura escrita, la lectura individualizada, la cultura personal. Poco a poco, junto al arte pagado con dinero público y a los exvotos expuestos en los santuarios, empezará a desarrollarse el arte privado, el adorno de jardines, la colección particular de pintura... Pero incluso antes de que esto se difunda, ya la sociedad ateniense se interesa por lo íntimo, por la nueva sensibilidad de lo inmediato y de los sentimientos individuales.
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De todos modos, la época de Cambises, que, por una parte, representa un período expansivo, es también, por otra, un período de convulsiones internas, posiblemente porque los nuevos contactos con pueblos que sostienen relaciones de cambio y tienen acceso a las mercancías que se mueven por todo el Mediterráneo pudieron afectar a las estructuras internas de poder y crear reacciones positivas y negativas. En el episodio que llevó a la revuelta contra Cambises están implicadas las relaciones familiares de la dinastía reinante, pues el usurpador, según Heródoto, trataba de presentarse como Esmerdis, hermano de Cambises, a quien éste había mandado eliminar. El usurpador era, por otro lado, un mago, de la casta sacerdotal de los medos, en lo que puede haber implicaciones, tanto de carácter territorial y étnico, signo de supervivencia de la primitiva rivalidad entre medos y persas, no superada, como otras que afectaron directamente a la forma de poder y a la capacidad de influencia de la casta sacerdotal, en un tipo de enfrentamiento, frecuente en el Próximo Oriente, entre el poder regio y los sacerdotes, que constituyen en otras ocasiones las dos caras del ejercicio del control por las armas y la ideología, tendentes a la colaboración y las alianzas. Los magos suprimieron el tributo y el reclutamiento y destruyeron lugares de culto, señal de que, de alguna manera, representaban fuerzas insatisfechas con las tendencias dominantes en el imperio, cuyas conquistas afirman el sistema tributario y fortalecen los signos del poder divino, modo de consolidar a su vez ese poder conquistador. Parecería, sin embargo, que esta mecánica tendiera a crear rechazos en sectores no bien determinados. La inscripción de Behistún se refiere a revueltas coincidentes con la usurpación en distintos lugares del imperio, lo que lleva a pensar que la rebelión de Esmerdis pudo tener su fundamento en un movimiento centrifugo. La revuelta tuvo, sin embargo, un éxito efímero, pues la configuración imperial y el expansionismo habían dado la fuerza suficiente al rey y a la nobleza colaboradora para que, manejando los hijos del sistema organizativo, la aristocracia pudiera restablecer la unidad y acabar con la rebelión. Heródoto habla de siete nobles persas como los protagonistas de la acción restauradora. Uno de ellos, Darío, se vinculaba genealógicamente a la familia de los Aqueménidas y, en las inscripciones citadas, se atribuye el mérito principal en el aplastamiento de todas las acciones que resonaran a lo largo del territorio imperial. Según Heródoto, tras la victoria, los nobles persas se planteaban el problema de cuál pudiera ser el régimen adecuado para la nueva situación creada y participan tres en el debate, a favor de la democracia, de la oligarquía y de la monarquía. A pesar de que el debate contiene todas las características para considerarlo dentro de un género propio de la Grecia o, mas bien, de la Atenas de la época, puede resultar igualmente significativo de la situación persa misma, que se debate entre las formas de organizar políticamente un imperio en crecimiento, dentro del que surgen problemas como resultado de la integración de realidades sociales y económicas tan sumamente diferentes entre sí.
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En las provincias del Imperio, lo más corriente será la fusión de las sencillas trazas locales, a veces pobremente construidas, con una espléndida decoración relacionada estrechamente con Constantinopla. La iglesia de la Virgen del Monte Sinaí ofrece un buen ejemplo de ello. Fue construida dentro de un recinto monástico y contenía lo que se suponía era la zarza ardiente descrita en el Exodo y antetipo de la Virgen María, por lo que le fue dedicada la iglesia. La nave tiene todavía las vigas originales, talladas en relieve y con las inscripciones dedicatorias de Justiniano, Teodora y el gobernador. Como en Constantinopla, los muros están decorados con paneles de mármol, mientras los mosaicos ocupan el arco triunfal y el ábside. Allí se extiende un conjunto relevante, donde brilla especialmente la escena de la Transfiguración. Sobre un fondo plateado, Cristo se eleva dentro de una mandorla azul entre Moisés y Elías; a sus pies están representados los tres apóstoles, postrados o elevando sus brazos. Treinta medallones con los profetas, apóstoles y evangelistas, junto con los retratos de los fundadores del convento, forman una aureola en torno a la escena mencionada, la principal. Más arriba, dos ángeles sostienen una cruz encerrada en un círculo. Por último, a ambos lados de la ventana, dos paneles recogen episodios de la vida de Moisés relacionados con el emplazamiento del monasterio: Moisés aflojando las tiras de sus sandalias y Moisés recibiendo las Tablas de la Ley. Se trata de un programa iconográfico en proceso de formalización, individualizado, que hace gala de un estilo riguroso y austero que induce a la reverencia ante la proximidad de Dios. Una obra maestra, que contrasta claramente con los capiteles, de modesta ejecución local, o los pilares rechonchos y toscos. El convento fue concebido como un recinto fortificado para proteger a los monjes de las incursiones de las tribus vecinas; dentro de su núcleo trapezoidal se ubicó la iglesia, de planta basilical y con torres en la fachada occidental. Resulta curioso, que el objeto principal de culto, la zarza ardiente, se dejase crecer tras el ábside de la basílica, sin recibir ningún tipo de encuadre arquitectónico. El mismo contraste entre construcción local y decoración importada caracteriza a las iglesias construidas o completadas en Rávena e Istria después de la reconquista bizantina el año 540. Teodorico había estado durante diez años en Constantinopla, pero su proyecto más ambicioso, la iglesia palatina de San Apolinar Nuevo, fue construida de acuerdo con el tipo de planta basilical, revestida de mármoles a la manera romana y capiteles presumiblemente importados de Constantinopla. Cabría suponer, que con el advenimiento del dominio directo de Bizancio, se produciría un influjo más directo de los supuestos técnicos y tipológicos característicos de lo bizantino, y hasta cierto punto éste fue el caso, como puede verse en la iglesia de San Vital. Pero si se observan los ejemplos posteriores, San Vital no fue sino una excepción en Rávena, siendo la basílica italiana la norma. San Apolinar in Classe, consagrada el año 549 por el arzobispo Maximiano, lo expresa muy bien. Sin embargo, estas iglesias nos ayudan a comprender, mejor que en ningún otro caso, el carácter de la pintura monumental bizantina en la época de Justiniano.
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Paralelamente al teórico reinado de Carlos II, y con muy distinto sino, se fue desarrollando en el país vecino el largo mandato de Pedro de Portugal. Primero, como regente desde 1667, año en el que su hermano Alfonso VI (1656-1683), que había sido a su vez el sucesor de su padre, Juan IV de Braganza, el protagonista de la restauración tras la larga guerra contra España, fue apartado del trono y alejado del país dado su desequilibrio personal y su incapacidad política para actuar como gobernante; luego, tras la muerte de Alfonso, con el título real de Pedro II (1683-1706). Su figura afirmaría, por un lado, el linaje de los Braganza como dinastía real, y por otro, potenciaría de nuevo el Estado portugués en busca de recuperar el pasado esplendor, ya definitivamente perdido. Si bien Pedro II pudo conseguir ciertos logros en su política interior de corte absolutista, robusteciendo el aparato gubernativo y menoscabando los poderes de los organismos representativos (las Cortes dejarían de convocarse desde 1697), ayudado en su tarea por los acontecimientos favorables que venían desde Brasil y por el importante aporte económico que supuso para las arcas portuguesas el posterior descubrimiento de las minas de oro brasileñas, no pudo impedir sin embargo caer finalmente bajo la tutela de los ingleses, hasta el punto de que, a partir de los años iniciales del siglo XVIII, Portugal pasó a convertirse en una especie de apéndice, económico y político, de Inglaterra y en una avanzadilla del poderío inglés en el occidente atlántico, perdiendo así de nuevo una buena parte de la autonomía que había logrado recuperar medio siglo antes a raíz de su separación de la Monarquía hispana. De este modo, a la desde entonces no querida dominación española vino a sustituirla otra, la inglesa, no menos ávida de aprovecharse de lo que quedaba del ya muy mermado poderío comercial portugués.
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Sea cual fuere la interpretación que se le quiera dar al Manifiesto de los Persas, lo cierto es que Fernando debió encontrar en él lo que buscaba para tomar la decisión de restablecer con todas sus consecuencias la Monarquía absoluta. De ahí, que el 4 de mayo firmase un decreto en el que, aun manifestando su rechazo de cualquier política de despotismo y de abuso de poder, anulaba todas las reformas aprobadas por las Cortes, incluida naturalmente la Constitución. A partir de ese momento se desató una acción contra los liberales que no siempre era achacable a una política represora organizada desde el poder, sino que muchas veces era producto de arrebatos radicales de personas incontroladas que actuaban en la impunidad, o incluso de venganzas personales de gente que había sufrido algún agravio durante la ausencia del Rey. Los excesos de unos y otros se reproducirían en cada cambio de situación. Esta vez, el golpe de Estado del 4 de mayo desató una caza de liberales y la destrucción de todos los signos que hiciesen referencia a las reformas. En muchas ciudades fueron borradas o destruidas las placas que daban nombre a las Plazas de la Constitución, que volvieron a denominarse Plazas Mayores. Las Cortes fueron disueltas por el recién nombrado Capitán General de Castilla la Nueva y Gobernador de Madrid, Francisco Eguía y algunos diputados a Cortes fueron arrestados, así como muchos reformistas. Entre ellos, Argüelles, Calatrava, Muñoz Torrero y Quintana, mientras que otros tuvieron que marchar al exilio para escapar a estas persecuciones, como el conde de Toreno. Este exilio liberal de la primera restauración se unió a la expatriación de los afrancesados que tuvieron que salir de España a raíz de la derrota napoleónica. Pero la salida de éstos respondía no sólo a las medidas que las autoridades -incluso antes del regreso de Fernando VII- habían emitido contra ellos, sino al odio que les profesaba la mayor parte de la población. Por eso, ante el peligro que corrían si optaban por quedarse, prefirieron emigrar a Francia a la espera de que un cambio de situación les permitiese volver a su país. Según Artola, el número de expatriados que se establecieron en Francia se calcula alrededor de 12.000 familias. Para su sustento tuvieron que depender en su mayor parte de los subsidios que para ellos decretó el gobierno francés, subsidios que disminuyeron considerablemente cuando fue restaurada en Francia la monarquía de Luis XVIII. El 5 de mayo, el rey Fernando VII dejó Valencia para marchar a Madrid, donde entró solemnemente el día 13 de ese mes. Los detalles del recibimiento que le depararon los madrileños fueron recogidos por Mesonero Romanos, quien nos ha dejado ilustrativas referencias del entusiasmo que se desbordó por ese motivo. Basten como muestra unos versos que se publicaron en el Diario de Madrid y que reproduce Mesonero: "España triste por su Rey ausente En horrores de fuego, sangre y llanto Sufrió seis años el mayor quebranto, Pues no hay historia que un igual nos cuente. ¡Oh vil Napoleón! ¡Voraz serpiente! ¡Oh fiero monstruo de infernal espanto! El móvil eres de trastorno tanto, Y el orbe entero tus rigores siente. El hispano valor y su constancia, Por Religión y Patria peleando, Humillaron ¡tirano! tu arrogancia. Dios a tan justa causa prosperando, Libró del cautiverio de la Francia A nuestro amado Rey. ¡Viva Fernando!"
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Para la oligarquía resultó verdaderamente más perjudicial el hecho de enajenarse la voluntad de los miembros de la propia clase que pretendía restaurar en el poder. La oligarquía, decía Platón, produce la violencia dentro de la propia clase. De este modo, comienza a agruparse un sector de los exiliados, encabezados por Trasibulo y Ánito, que se manifiestan defensores del sistema hoplítico. Varias de las ciudades aliadas de los espartanos les prestaron ayuda, lo que indicaba cómo la radicalización de posturas subsiguiente a la guerra permitió paralelamente la desintegración de la coherencia de cada bando. Los grupos más extremados de Atenas necesitan el apoyo espartano, pero los aliados de Esparta no se identifican con esos grupos en el momento de definirse en relación con la política interior ateniense. Están dispuestos a admitir la inclusión de tres mil en la ciudadanía activa, pero Terámenes ataca el esquematismo, en la idea de que todos los buenos deben integrarse con pleno derecho. Critias utiliza el apoyo de bandas armadas representantes de los grupos secretos aristocráticos que se convirtieron en su verdadero apoyo. Terámenes parecía próximo a una figura como la de Sócrates, que se quejaba de la violencia de los Treinta, pero Critias critica sus contradicciones, sobre la base de que no es posible la oligarquía sin tiranía. Terámenes, por su parte, tampoco admitía la democracia en la que tenían parte los que necesitan una dracma, es decir, los que reciben el misthós, los thetes. La restauración democrática vino de la mano de Trasibulo y sus colaboradores, que pasaron de Tebas a File y luego al Pireo, donde se sitúan en Muniquia. Los Tres Mil deponen a los Treinta y nombran a los Diez para negociar. Los Treinta se refugiaron en Eleusis hasta el ano 401-400. La resistencia se hizo más difícil cuando entre los propios espartanos surgieron diferencias que enfrentaban a Lisandro y a Pausanias, este último contrario a apoyar el régimen tiránico que había recibido la ayuda del primero. Trasibulo se presenta como abanderado del discurso de la concordia, lo que llevó a que posteriormente se declarara la amnistía, unida a la restauración datada en el año ático 403-02, el del arcontado de Euclides, específicamente alabada por Aristóteles como moderada. Algunas medidas pueden ser significativas, como la instauración de los nomótetas, encargados de redactar leyes, que se encontrarían por encima de cualquier decreto que hubiera sido votado en la asamblea. También se plantearon reformas sobre el estatuto de la ciudadanía, algunas tendentes a la ampliación, incluyendo metecos y esclavos por méritos de guerra, otras tendentes a la reducción, como la de Formisio, del grupo de Terámenes, que pretende que se reduzca a los que tienen tierras, pero que fue rechazada. Su aprobación habría significado, según Dionisio de Halicarnaso, la exclusión de cinco mil ciudadanos, lo que quiere decir que la medida no se refería al estatuto del hoplita, sino que admitía como ciudadano a propietarios de pequeñas parcelas de los que se incluían entre los thetes. El síntoma más significativo de que los conflictos continuaron fue la condena de Sócrates, el año 399, donde siguen presentes los efectos de los anteriores enfrentamientos, como el de Terámenes con Critias, pero también el proceso de las Arginusas y las actuaciones conflictivas de Alcibíades y Critias, de cuya formación se acusaba a Sócrates. La presencia entre los acusadores de Ánito, participante en el proceso de restauración, enemigo de los sofistas, admirador despreciado de Alcibíades, es uno de los síntomas, en definitiva, de la pervivencia de la conflictividad interior en la ciudad.