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Vida cotidiana

Desarrollo


En la concepción cristiana la muerte se considera el instante en el que se separan cuerpo y alma. El buen cristiano debe estar preparado en cualquier instante para este momento y las voluntades de los mortales se recogían en los testamentos. Incluso se hace referencia al aumento de la práctica testamentaria desde el siglo XIV lo que motiva cierta "democratización" en esta cuestión. El testamento incluía la voluntad sobre el futuro de los bienes del testador y una referencia a los errores cometidos con los correspondientes deseos de corregirlos. Lo habitual era que se testara cuando la enfermedad llamara a la puerta del protagonista, aunque su redacción podía hacerse en cualquier momento. Los meses de calor, correspondientes al periodo entre abril y octubre, era la época de mayor número de testamentos debido al aumento de las fiebres y las pestes. Podemos afirmar que el testamento se convirtió en el complemento de la confesión. Tras el fallecimiento el finado era envuelto en un sudario de tela blanca y era velado por los familiares antes de ser enterrado. El entierro se realizaba de manera rápida no sólo para evitar contagios y enfermedades sino para alejar el fantasma de la muerte de la familia o el pueblo. La solemnidad caracterizaba el traslado del cadáver desde la casa hasta el lugar de enterramiento. Los familiares, compañeros de oficio y las plañideras -en mayor número cuando el finado era de clase social elevada ya que recibían una gratificación- acompañaban al cadáver.

Durante la trayectoria las campanas de las iglesias tocaban para ahuyentar a los demonios. Cantos, plegarias y llantos eran los sonidos del cortejo durante el viaje. El blanco era el color habitual del duelo, estando el negro reservado para las familias aristocráticas. Cementerios e iglesias eran los lugares de enterramiento. El desarrollo económico de la Baja Edad Media motivó al proliferación de capillas en iglesias y catedrales. Tras el entierro la familia debía ofrecer una comida a los acompañantes. Su objetivo era reconstruir la cohesión de la comunidad. Tras el primer aniversario de la muerte se celebraba una misa con la que se ponía punto final al luto que había guardado la familia. En la Edad Media la muerte nunca fue acompañada de caracteres macabros. Sería en los últimos siglos cuando aparecen aspectos tétricos, motivados sin duda por la difusión de la Peste Negra y las epidemias, hambrunas y devastadoras guerras que sacudieron la Baja Edad Media. En las ciudades se desarrollaría incluso la idea de muerte-espectáculo. Para conseguir la salvación de los difuntos era necesaria la mediación de los clérigos lo que motivaba el encarecimiento de la muerte. La misa era la fórmula de conectar el mundo de los vivos con el de los muertos y ahí también encontramos una evidente diferenciación social ya que los ricos podían ofrecer más misas por sus difuntos al tiempo que tenían más posibilidades de realizar la caridad con los pobres.

La vida terrenal sería considerada en la Edad Media como un mero tránsito hacia la eternidad. El cielo era el destino deseado por todos pero por mucho que el individuo se preparara el camino para la salvación nada estaba asegurado y el infierno constituía un serio peligro tal y como lo describe Dante o lo pinta El Bosco en sus cuadros. "Bajo un cielo sin estrellas, resonaban suspiros, quejas y profundos gemidos (...) Diversas lenguas, horribles blasfemias (...), voces altas y roncas, acompañadas de palmas, producían un tumulto que va rodando siempre por aquel espacio eternamente oscuro". De esta manera nos narra el poeta italiano su visión infernal. El purgatorio sería el lugar intermedio entre cielo e infierno. La idea de este espacio tuvo especial difusión desde el siglo XIV, abriéndose una nueva vía de acceso al cielo en un momento de guerras, hambrunas y pestes. La esperanza en el más allá insuflaba un cierto halo de esperanza a los horrores vividos en este mundo terrenal.

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