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Entre los años 58-56, César venció a los helvéticos, al suevo Ariovisto, a los belgas... y a varias tribus galas, como vénetos o aquitanos, que se levantaron en medio de aquellas crisis, que parecieron quedar solucionadas en 55 a.C. Pero la pesada mano de la dominación, las requisas y exigencias y la insolencia romana provocaron continuas sublevaciones posteriores, a las que César reaccionó con la aplicación del puro y simple terror. El ejemplar castigo de Acón, un dirigente de los senones, capturado por César y ejecutado según la costumbre romana -tras ser atado a un poste fue azotado con varas y luego decapitado-, consiguió arrinconar los particularismos galos y provocar una sublevación, gestada en secretos conciliábulos de los druidas. El foco principal surgió en la Galia central y recibió un último impulso por la ausencia de César, precipitadamente obligado a regresar a Roma, ante la grave coyuntura política provocada por las luchas de facciones. Los conjurados comprendieron que había que aprovechar el momento antes de que el procónsul volviera a ponerse al frente de sus legiones, confiadas mientras tanto a su lugarteniente Labieno. Fueron los carnutos de la región de Chartres los que dieron la señal del estallido con la matanza, en un día fijado, durante el invierno de 53-52 a.C., de los funcionarios y comerciantes romanos de la ciudad más próxima, Cenabum (Orleans). Pero serían los arvernos, la tribu más populosa del Macizo Central, quienes se erigirían en cabeza de la rebelión bajo la guía de Vercingétorix. Este caudillo, nacido hacia 72 a.C., era hijo de Celtilo, un influyente jefe arverno, poco antes ejecutado por sus compatriotas bajo la acusación de pretender alzarse con la dignidad real. Seguramente Vercingétorix estuvo enrolado como auxiliar en el ejército de César, donde aprendió las tácticas romanas, y también trató de alzarse con el poder, pero fracasó en su propósito ante la oposición conjunta de los otros jefes, entre ellos, su propio tío Gobannicio, que lo expulsaron de la capital, Gergovia (Clermont-Ferrand). Resuelto no obstante a obtener el liderazgo sobre su pueblo, Vercingétorix reclutó en el campo un nutrido grupo de partidarios -vagabundos y facinerosos los llama César- y con ellos regresó para deponer a sus adversarios y proclamarse rey. Inmediatamente se convirtió en alma de la revuelta. La mayor parte de los pueblos entre el Loira y el Garona, así como las tribus atlánticas del noroeste, se le unieron y Vercingétorix les exigió rehenes y soldados sobre todo, de caballería, a los que entrenó concienzudamente y con un extremo rigor: las faltas graves significaban la muerte; las leves, la amputación de las orejas o de un ojo y el regreso a su tribu para servir de ejemplo y advertencia. Con este ejército podía ya poner en marcha su plan: atacar a los romanos en la Galia Narbonense para alejar la guerra de sus tierras del centro del territorio galo; entre tanto, debería aumentar la magnitud de la rebelión atrayendo, de grado o por fuerza, al resto de las tribus galas neutrales o prorromanas. Mientras él mismo conducía parte del ejército hacia territorio de los bitúriges, para liberarlos de la influencia que ejercían sobre ellos lo prorromanos, otro jefe insurrecto, Lucterio, debía lanzarse contra las fronteras de la Narbonense (apuntando directamente a su capital). Hacia allí acudió presuroso César, que con una cadena de fortificaciones impidió la entrada de Lucterio en ese territorio. A continuación, el romano atravesó los Cevennes por desfiladeros cubiertos de nieve para caer de improviso sobre territorio averno. Las esperanzas de Vercingétorix, que creía a salvo a su pueblo, protegido tras la imponente muralla natural, se vinieron abajo, forzándolo a acudir en su defensa. Los rebeldes habían fracasado, pero tampoco César estaba preparado para una campaña inmediata: lo impedía el invierno, que dificultaba transportes y avituallamiento. Los bitúriges habían unido a la confederación y, reforzado por esta adhesión, el caudillo galo se dirigió contra, Gorgobina, una ciudad aliada de los romanos en la confluencia del Loira y el Allier, para obligar a Cesar a alejarse de sus bases si, como esperaba, acudía en socorro de la ciudad. Efectivamente, César hubo de ponerse en marcha sometiendo a su paso la ciudad de Cenabum, que entregó al saqueo en venganza por los ciudadanos romanos asesinados entre sus muros a comienzos de la revuelta, y apareció en territorio de los bitúriges, obligando a Vercingétorix a abandonar el asedio de Gorgovina para acudir en auxilio de sus nuevos aliados.
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No es el propósito de este trabajo pasar revista a todas las novedades artísticas que supuso para Hispania la incorporación al Imperio Romano, entre otras cosas porque sería tanto como hablar de todo el arte romano, y no tendrían cabida en estas pocas páginas. Pero merece la pena dedicar, como final, una atención específica a la arquitectura, por su importancia en Roma, y por las peculiaridades que sus manifestaciones adquieren en Hispania, debido a una compleja serie de fenómenos.Todos los tratadistas están de acuerdo en que la arquitectura tuvo en Roma una importancia excepcional, no sólo por comparación con las otras artes -como la escultura y la pintura- en las que la deuda con Grecia era enorme e insuperable, sino en términos absolutos. Roma dio la más alta medida de su capacidad creativa, en lo artístico y en lo tecnológico, y abrió una etapa nueva en la historia de la arquitectura, con el desarrollo de la concepción occidental del espacio arquitectónico, dicho en palabras del gran especialista Sigfried Giedion. Si Grecia revolucionó la escultura, Roma hizo otro tanto con la arquitectura, basada en lo esencial en una audaz concepción del espacio interior, modelado con las enormes posibilidades que se imprimió a las cubriciones con arcos y bóvedas. Baste como ejemplo de ello un edificio emblemático como el Panteón de Roma, creación de época adrianea, considerado una de las cumbres de la arquitectura de todas las épocas. Al servicio de su insuperable ambición arquitectónica puso Roma una tecnología revolucionaria, basada en el empleo de materiales nuevos, como el hormigón -el opus caementicium- y el ladrillo, que se añaden a la gran experiencia heredada, representada por el uso de la piedra, en diferentes tipos de paramentos, y de otros materiales. En Hispania, la combinación de una tradición prerromana bastante pobre en general en el terreno de la gran arquitectura, con la excepcionalidad de la arquitectura romana, hace que la romanización en este terreno tenga medidas superlativas. Las culturas ibéricas, en efecto, tuvieron una modesta arquitectura, y en las etapas prerromanas casi sólo cabe buscar en Hispania creaciones de alguna notoriedad en el ámbito de las colonias griegas y en el mundo púnico; aquí, sobre todo, en las fases últimas y en las zonas especialmente afectadas por la dominación de los Barca. La arquitectura defensiva de Carmona, en la Puerta de Sevilla, cuyo bastión central es reconocido como púnico helenístico tras los trabajos de Alfonso Jiménez, advierte acerca de un posible gran desarrollo puntual de la arquitectura helenística antes de la romanización. Quizá Cartagena guarde algún testimonio de lo que debió de ser una gran ciudad, con importantes edificios religiosos y palaciegos, de lo que dejan constancia los autores antiguos que describen Cartago Nova. Pero al margen de ello, la romanización se presenta como un flujo extraordinario de novedades arquitectónicas. Como en el resto del Imperio, en Hispania tuvieron amplio campo de acción los fenómenos que desencadenaron la particular carrera arquitectónica que se desarrolló en el seno de la civilización romana. Muy sintética y simplificadamente, puede explicarse de la siguiente manera el origen de aquellos fenómenos: Roma se consolidó como una gran potencia en Italia cuando todavía era una modesta ciudad, en su organización urbanística y en su arquitectura, modestia que se hacía tanto más evidente -e hiriente a los ojos de las oligarquías romanas- cuanto más intensos fueron los contactos con las florecientes y hermosas ciudades griegas del sur de Italia y de Sicilia, sobre las que Roma, además, ejercía su dominio. En los dirigentes de Roma arraigó una obsesión: la de equiparar su ciudad con las griegas, y una de las preocupaciones, de las obligaciones principales de los líderes romanos, pasó a ser la de construir, la de dignificar la apariencia de Roma sufragando obras públicas. Es el fenómeno del evergetismo, referido a la condición de evergeta -protector- de la ciudad, consustancial a todo personaje principal, a todo cargo público. Como lógico corolario, una de las mejores formas de garantizarse la popularidad y el éxito político era la de quedar asociado a una construcción importante. Escribe Bernard Andreae que ya en el siglo II a. C., las grandes familias de la nobleza habían comprendido la fuerza propagandística incomparable que emanaba de los grandes edificios. Pocos ejemplos tan apropiados de esta idea como una enorme inscripción, con letras de bronce, que unos ascendientes de Trajano hicieron poner al pie del escenario del teatro de Itálica, en recuerdo de las obras y las esculturas que costearon para el teatro mismo. Así se consolidó la trayectoria política de una familia que colocaría nada menos que en el mismo trono del Imperio a uno de sus miembros. Cargada la arquitectura de significación política e ideológica, su proyección en las provincias quedaría marcada por ello, convertida en una más de las vías de propaganda de Roma. En Hispania se percibe una tendencia común a los ambientes provincianos a imprimir cierto gigantismo a los monumentos, en razón de las cualidades ideológicas con que Roma los revestía. Algunas obras de ingeniería, como los puentes o los acueductos, adquieren en Hispania la inusitada dimensión que tienen, por ejemplo, el puente de Alcántara o los acueductos de Segovia o de Mérida.Todo se comprende mejor al leer la insistencia de Estrabón en enaltecer las obras públicas romanas frente a las inertes construcciones griegas, o las recomendaciones de Plinio el Viejo a Trajano para que construyera un acueducto en Nicomedia, haciéndole ver que tanto la utilidad de la obra como su belleza serían dignísimas de su reinado. O bastaría, para lo que comento, recordar la inscripción que fue grabada en el templito que preside el mencionado puente de Alcántara, que entre otras cosas, decía: "El puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lácer, famoso por su divino arte. El mismo levantó este templo a los divinos Romúleos y a César -los emperadores muertos y el reinante, que era Trajano-. Tanto por lo uno como por lo otro su obra es acreedora del favor celestial. Quien ha erigido este enorme puente, con su vasta mole, rindió honor y satisfacción a los dioses". Todo se combina para que ciertos edificios de provincias alcancen magnitudes excepcionales. Hispania proporciona magníficos ejemplos en edificios oficiales o públicos como los enormes foros de Tarraco, o el foro de Valeria (Cuenca), una sencilla ciudad del interior donde sorprende encontrar ingentes obras de aterrazamiento y la construcción de uno de los ninfeos con fachada monumental más grandes del Imperio. Y lo mismo puede verse en el ámbito de la arquitectura privada, de forma que en Iulipa (Zalamea de la Serena, Badajoz), se encuentra el más grande distylo sepulcral conocido en el Imperio, una tumba de prestigio consistente en un alto basamento coronado por dos gigantescas columnas. Pero además de estos rasgos de provincianismo o de localismo de carácter genérico, la arquitectura romana de Hispania muestra caracteres propios por los enormes imperativos técnicos y de disponibilidad de materiales inherentes a la arquitectura. Por una parte, la dureza y escasa calidad para la labra de detalles de muchas de las rocas disponibles en España, como el granito, la diorita, ciertas calizas, y otras, obligaron a construir con formas sobrias, en las que predominan los elementos arquitectónicos masivos, poco articulados o trabajados, como parece probar el apego a las molduras de "cyma reversa" y otros elementos de configuración parecida. Pudo ser una tendencia obligada que terminó por constituir una nota deliberada de estilo, de lo que vuelve a ser un buen ejemplo la sobria arquitectura empleada en el conjunto que compone el puente de Alcántara, con el arco y el templete. Aparte de esta problemática tendencia, sí es claro que en Hispania no pudieron utilizarse los mismos tipos de paramentos y de materiales que en Roma. Aquí y en su entorno inmediato, por ejemplo, la epidermis de las obras de hormigón, el opus caementicium, se fue organizando mediante diferentes tipos de aparejos que contribuían a aumentar la solidez del edificio, y a facilitar el aporte y la colocación de los materiales mediante su fabricación en serie. Así, la forma más natural y menos resistente, la del opus incertum, fue siendo sustituida por paramentos regulares perfectamente ensamblados, primero del llamado opus reticulatum, que se impuso en el siglo I a. C. y en el I d. C y es abundantísimo en Roma o en ciudades como Pompeya; desde época de Augusto fue siendo sustituido con ventaja por paramentos de ladrillo, el opus testaceum, en uso a partir de Augusto y abundante sobre todo desde los Julio Claudios. En Hispania, sin embargo, el opus reticulatum es excepcional, y aparte de alguna esporádica aparición en Ampurias o en Gades, el único edificio hispano construido con reticulatum que se conoce es la llamada Torre Ciega de Cartagena, un monumento funerario construido a fines de la República o en época de Augusto, según el reciente estudio que le ha dedicado Lorenzo Abad. El opus testaceum, por su parte, es de uso relativamente escaso y tardío en nuestra Península. En ciudades como Tarraco, pese a su importancia y al desarrollo del ingente programa constructivo de los foros y del circo, realizados en el siglo I d. C., el ladrillo no se empleó, y está prácticamente ausente en muchas otras ciudades hispanas. Donde está documentado con mayor abundancia, por ejemplo en Itálica o en Mérida, su uso parece que no es anterior a la época de los Flavios y empezó a divulgarse, sobre todo, con Trajano y Adriano. Se va comprobando que en Hispania, los paramentos más usados, junto al opus quadratum -obra de sillares- fueron el opus incertum, que ensambla piedras irregulares (abunda, por ejemplo, en Mérida), y la mampostería de piedras menudas y forma prismática, alineadas en hiladas o bandas bastante regulares, de donde el nombre de opus vittatum con que se lo denomina. De éstas y otras facetas de las particularidades constructivas de la Hispania romana, venimos ocupándonos hace unos años, para tratar de determinar los rasgos que caracterizan a la arquitectura hispanorromana. Se desprenden no pocas peculiaridades, en los materiales, en los ritmos de penetración de las corrientes y modas romanas, y también notas específicas derivadas de tradiciones locales o llegadas por diferentes cauces, como se comprueba en la metrología, a menudo distinta de la romana, según estudios recientes de Lourdes Roldán.
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La ciudad de Granada fue conquistada a los musulmanes por los Reyes Católicos en 1492, siendo empujado al exilio su último rey, Boabdil. Isabel y Fernando asediaron la ciudad desde lo que hoy es la población de Santa Fe, consiguiendo que sus habitantes se rindieran el 2 de enero de 1492. En gran medida la población local musulmana permaneció en Granada, aunque se asentaron en ella también conquistadores -que reclamaban participar de los beneficios de la conquista-, funcionarios civiles y eclesiásticos -que debían imponer un nuevo patrón cultural, esta vez cristiano-, y gentes con origen y objetivos diversos, atraídos por las noticias que llegaban acerca de las riquezas de la ciudad y el reino. Granada se fue transformando poco a poco, convertida por los Reyes Católicos en una de sus más preciadas posesiones -no en vano el símbolo de la Granada fue incorporado a su escudo-. Fruto del dominio cristiano surgieron diversos edificios a lo largo y ancho de la ciudad, como su Catedral, el Monasterio de la Cartuja o el Hospital Real, entre otros muchos. Hasta Granada llegó Cristóbal Colón en busca del apoyo de los monarcas para la realización de su periplo ultramarino. Al principio las relaciones entre conquistadores y conquistados fueron relativamente respetuosas, conforme a lo estipulado en el tratado de capitulación. Sin embargo, los cristianos no tardaron en imponer cada vez normas más restrictivas y excluyentes hacia los musulmanes, lo que no era lógicamente bien recibido por éstos. En 1499 el cardenal Cisneros impuso el bautismo obligatorio para todos los pobladores, lo que provocó una serie de revueltas y motines y la huída de parte de los sublevados a las agrestes Alpujarras. La situación de coexistencia entre cristianos y musulmanes, no sin ciertos episodios problemáticos, se mantuvo hasta los reinados de Juana la Loca y de Carlos I -quien residió en Granada en su viaje de bodas con la Emperatriz Isabel de Portugal-, aunque paulatinamente las libertades de los conquistados se iban viendo reducidas. Sin embargo, ya con Felipe II en el trono se impuso la prohibición a los musulmanes de vestir sus ropas tradicionales, de utilizar su idioma y de mantener sus costumbres. El resultado fue un motín que, iniciado en el Albaicín en la noche de Navidad de 1568, se extendió a las Alpujarras, prolongándose en el tiempo hasta que fue reprimido a sangre y fuego por don Juan de Austria en 1571. Los supervivientes se vieron obligados a vivir fuera de la región, que fue repoblada por cristianos de otras partes de España. Este hecho motivó el inicio de una larga decadencia para la ciudad, al ser los musulmanes el principal motor de la riqueza de Granada y su territorio adyacente. Los años siguientes fueron de relativa calma, aprovechados por la ciudad para prosperar económicamente. La seda cultivada en las Alpujarras, famosa por su calidad tanto en el orbe cristiano como en el musulmán, atrajo a numerosos mercaderes a Granada. Los genoveses, los más activos de su tiempo, levantaron algunos palacios, como el de la Casa de los Pisas, en la parte baja del Albaicín y actualmente dedicado a museo de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. La prosperidad económica tuvo su correspondiente reflejo en el ámbito cultural. La Universidad, fundada por Carlos I en 1526 junto a la sede de la antigua Madrasa musulmana, permitió a la ciudad convertirse en una de los centros culturales más activos de la Península. La efervescencia del momento favoreció la llegada a Granada de los influjos del Renacimiento italiano, que se plasmaron en la construcción, hacia 1542, del Palacio de Carlos V, una edificación de sencillas proporciones y planta cuadrada sobre la que se impone un patio circular. También por estas fechas comienzan los trabajos de construcción de la Catedral, inicialmente en estilo gótico y después renacentista. El gran director de estos trabajos fue Siloé, aunque en el posterior periodo barroco alguno de sus principales arquitectos fueron Alonso Cano y Francisco Hurtado, este último autor también del sagrario del Monasterio de La Cartuja. Junto a la Catedral, en la Capilla Real, se hallan enterrados los Reyes Católicos. El diseño del proyecto urbanístico de la ciudad de Granada, bajo la ideología de la Contrarreforma, fue obra del arzobispo Pedro de Castro y Quiñones.
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Bajo el gobierno de los Borbones se desarrollan en Granada los barrios extramuros de la Magdalena y de San Antón, así como se construyen también monasterios e iglesias. Además, los nuevos aires racionalistas que provienen de Francia se plasman en Ordenanzas que intentan transformar y ordenar el interior de la ciudad, haciéndola más habitable e higiénica. La invasión de España por parte de Napoleón afecta también a Granada. La ciudad es gobernada entonces por Sebastiani, entre enero de 1810 y septiembre de 1812, un periodo caracterizado por la severa y violenta represión empleada por las tropas francesas. Según parece, una de las disposiciones del gobernante galo fue demoler un viejo edificio de piedra situado en el centro de la ciudad, cuyos materiales fueron usados para reparar un vetusto puente de madera sobre el Genil, que fue pintado de verde. El puente, aún hoy en uso, se conoce como el Puente Verde. Además, algunos monumentos fueron expoliados y destruidos. Pero la invasión napoleónica no trajo consigo sólo violencia y represión, sino que con ella arribaron a España nuevos aires ilustrados. En apenas dos años fueron levantados paseos y nuevos edificios, que intentan hacer de Granada una ciudad moderna, más racional y mejor acondicionada. La vuelta de los Borbones al trono español en la persona de Fernando VII conllevó el retorno del absolutismo y el inicio de un periodo de convulsión política y social. La cruenta represión que lleva a cabo el monarca intenta abortar cualquier atisbo de apertura política y así, en 1831, es ejecutada en Granada Mariana Pineda por bordar en una bandera las consignas liberales: ley, libertad e igualdad. Las luchas entre liberales y absolutistas son constantes, y se traducen en frecuentes desórdenes y tumultos. Las décadas siguientes no serán menos problemáticas. Con Isabel II, la ciudad de Granada se proclama liberal, mientras que, en 1873, durante la I República, los federalistas formarán el efímero Cantón de Granada. A finales del siglo XIX la ciudad, como buena parte del resto de España, comienza una lenta pero progresiva remodelación. Las capitales españolas ven desaparecer sus viejos, abigarrados e insanos cascos históricos en favor de grandes avenidas y nuevas infraestructuras. En Granada, gran parte de la zona baja del Albaicín es demolida para permitir la construcción de su principal arteria, la Gran Vía, que daría acceso a la estación de ferrocarril y permitiría la creación de empleo. Este ambiente de crecimiento urbanístico está facilitado por la bonanza económica que originan el cultivo de la remolacha y la industria azucarera. Durante la Guerra Civil (1936-39) Granada permanece ocupada por las tropas de Franco. La represión militar es durísima y el Albaicín es bombardeado. A comienzos de la Guerra, uno de los granadinos más internacionales, el poeta García Lorca, es arrestado y ejecutado. Los años de la posguerra son duros y la ciudad parece estar dominada por el mismo aire gris y mortecino que el resto del país. A pesar de ello, prosigue el proceso de modernización urbana que, no obstante, acaba con zonas y edificios históricos, como el barrio de la Manigua. También por estas fechas se abre la calle dedicada a Ángel Ganivet, escritor y pensador de la Generación del 98. El desarrollismo especulador de la década de los 60 del pasado siglo hace que surjan con fuerza nuevos entornos urbanos, en el Camino de Ronda y en los nuevos barrios periféricos del Zaidín, Chana, Polígono de Cartuja y de Almanjayar. Abandonada la idea de cualquier preservación del pasado, la ciudad vieja continúa siendo destruida a golpe de excavadora y piqueta, perdiéndose numerosos edificios de alto valor histórico y artístico. A pesar de ello, Granada sabe mantener un sabor propio, en el que se fusionan las viejas formas con las nuevas, lo tradicional con lo moderno. Sus gentes, herederas de una larga tradición cultural en la que se mezclan elementos de las cultura islámica y cristiana, recogen el impagable patrimonio intelectual que aportan un sinnúmero de granadinos famosos o personajes relacionas con Granada en los campos de las artes y la cultura. Por citar algunos nombres, entre los árabes hay filósofos como Ibn Bayya; filólogos como Ibn Hayyan o musicólogos como Ibn al-Haddad. También relucen poetas y literatos como Abu Ya'Far y Ahmad b. Habra. Entre los cristianos, brillan con luz propia el místico Fray Luis de Granada; poetas y escritores como Mira de Amescua, Pedro Soto de Rojas, José Antonio Porcel, Pedro Antonio de Alarcón, el ya citado Federico García Lorca, Luis Rosales o Francisco Ayala; artistas como Alonso Cano, Pedro de Mena, Juan de Sevilla Romero, José y Diego de Mora, José Risueño, José María López Mezquita, José Guerrero; o los filósofos Francisco Suárez y el también citado Ángel Ganivet. Figuras históricas granadinas de gran importancia son el militar don Álvaro de Bazán; el historiador Luis Mármol Carvajal; los conquistadores del Nuevo Mundo Pedro de Mendoza, Gonzalo Jiménez de Quesada y Francisco Fernández de Córdoba; el virrey de Nueva España Antonio de Mendoza; el misionero Luis de Valdivia o el diplomático Diego Hurtado de Mendoza. Más cercanas en el tiempo nos resultan las figuras de los políticos Francisco Martínez de la Rosa y Cristino Martos, del torero Frascuelo o de Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia por su matrimonio con Napoleón III. Pero no sólo por sus hijos es Granada conocida, sino también por la atracción que desde hace mucho tiempo ha ejercido sobre viajeros y curiosos. La belleza de la Alhambra, el pintoresquismo de sus calles y plazoletas, la naturalidad de sus gentes, la existencia de una exuberante vegetación tropical a los mismos pies de las cumbres alpinas de Sierra Nevada,... son razones que han movido a muchos aventureros y caminantes a desplazarse hasta Granada y reflejar con su pluma o pincel cuanto sus ojos estaban viendo. Desde Ibn Batuta hasta Bill Clinton, la magia de la Granada nazarí no ha dejado de asombrar a todos aquellos que han tenido la suerte de contemplarla. En el siglo XVI visitan Granada el médico austriaco Jeronimo Munzer -quien instala en la ciudad la primera imprenta-; el ilustrador Christoph Weiditz o el embajador veneciano Andrea Navagiero, entre otros. En los dos siglos siguientes, viajeros franceses, ingleses, italianos y alemanes abrirán la puerta para la llegada en el siglo XIX de grandes artistas románticos, que recalan en Granada buscando exotismo y misterio. Así, llegan a Granada escritores como el norteamericano Washington Irving -autor de unos famosísimos "Cuentos de la Alhambra"-; o los franceses Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Chateaubriand y Teophile Gautier. Pero no sólo a escritores, también la luz y los paisajes de Granada atraen a pintores como los ingleses David Roberts y Lewis; o los franceses Girault de Prangey, Vivian y Doré. De momento, los últimos de esta larga lista son Gerald Brenan e Ian Gibson, aunque a buen seguro aún habrá de ampliarse más en los años venideros. Y es que, como rezan los conocidos versos de Francisco Alarcón de Icaza, "...no hay en la vida nada/ como la pena de ser/ ciego en Granada".
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Elvira es el nombre dado por los musulmanes a la antigua ciudad romana de Iliberris. Desde la entrada de los musulmanes en Hispania, Elvira-Iliberris y los enclaves cercanos de Qastilla y Garnata comenzaron, especialmente a partir del siglo XI, cuando se instalaron en ella los ziríes, a constituir una gran ciudad, capital de un virreinato dependiente de Córdoba, hasta la disgregación del califato omeya, en que pasó a ser centro de uno de los reinos de taifas, el de Granada, creado en el año 1013. Mucho más tarde, por allí pasaron también almorávides y almohades y, en 1241, Muhammad I, el fundador de la dinastía nazarí, se asiente en Elvira para organizar su propio reino. A partir de entonces, el reino de Granada va adquiriendo mayor importancia. La caída de la otrora esplendorosa capital de los omeyas, Córdoba, y el avance general de la reconquista cristiana hacen que Granada y su territorio se conviertan en el último reducto musulmán en la península Ibérica. La Granada de época nazarita, que así se llama la última dinastía musulmana reinante, ha atraído desde siempre la atención de muchos curiosos, que veían en ella y sus monumentos un lugar paradisíaco, emplazada en un lugar de excepcional belleza -dominando una fértil vega, con las blancas cumbres de Sierra Nevada a su espalda- donde sus pobladores se daban a una vida de ocio, cultivando a un tiempo el lujo, el refinamiento y la erudición. Esta visión, ya presente en textos de contemporáneos, se vio continuada por la labor de viajeros y aventureros románticos, que recreaban en sus obras una Granada embriagadoramente sensual y misteriosa. Si ya el cosmopolita Ibn Batuta decía hace ocho siglos que Granada "no tiene semejante en todo el Universo", mucho más tarde románticos como Víctor Hugo siguieron considerándola "la más hermosa". Y, sin duda, centro y origen de este orientalismo ideal fue la Alhambra, el palacio de los reyes de Granada, una residencia pensada para el disfrute de los sentidos. El ya mencionado Muhammad I fue uno de los impulsores de la construcción de la Alhambra, cuando decidió levantar su residencia oficial junto a una vieja fortaleza existente desde hacía varios siglos. Monarcas posteriores como Abu I-Hayyay Yusuf I y su hijo y sucesor Muhammad V fueron los responsables de la mayor parte del magnífico conjunto que actualmente se conoce, incluido el Patio de los Leones. El resultado fue excelente y aún hoy pueden apreciarse la exuberancia de sus jardines, la mezcla justa de barroquismo y sencillez de las construcciones, la belleza inconmensurable de un conjunto sabiamente integrado en el entorno. Además, los arquitectos musulmanes se encargan de hacer de Granada una de las ciudades más importantes de su tiempo. Todavía hoy, Granada reúne uno de los conjuntos de arquitectura islámica más notables de España, con restos de murallas, puertas, mezquitas, casas, palacios, baños, infraestructuras, etc. Muy cerca de la Alhambra se encuentran tres áreas urbanas que ya en época islámica funcionaban de manera autónoma, casi como ciudades en sí mismas. Se trata del Albaicín, la Medina y la Rabad al-Fajjarin, conjuntos de especial significación. Restos todavía visibles de la época califal son el Corral del Carbón -un grupo de viviendas levantadas en torno a un patio común-, los preciosos baños árabes del Bañuelo o el campanario de la iglesia de San José -un antiguo alminar de época zirí, con sillería de gran factura-. Asimismo, quedan muestras de construcciones públicas, como algunas puertas en ángulo. Granada era una gran ciudad en el siglo XV, rodeada por murallas y con un número indeterminado de puertas. En su interior, siguiendo a Caro Baroja en "Los moriscos del Reino de Granada", vivía una población "abigarrada, heterogénea, desconfiada". Organizada en barrios, muchas de sus calles eran oscuras y muy estrechas, pues las casas se arracimaban y juntaban hasta casi cerrar el paso. Algunas de ellas, además, estaban en práctico abandono "ante la indiferencia de una clase rica avarienta y una plebe angustiada por la carestía de los víveres, lo desmesurado de los impuestos y la estrechez del ámbito familiar", continúa Caro, siguiendo a Ibn al Jatib. Ciertamente la vida no debió resultar fácil en la Granada nazarita, pues la presión continua del enemigo castellano hacía a su población estar sometida al pago de tributos y a frecuentes incursiones de las tropas castellanas para capturar ganado y otros botines de guerra. Además, convertida en el último reducto musulmán, debieron llegar a ella multitud de gentes musulmanas expulsados de sus tierras por la reconquista, como las que se asentaron en el Albaicín hacia 1227, huyendo de las tomas de Baeza y Úbeda por Fernando III. Algunos autores calculan para este periodo una población cercana a los 50.000 habitantes, una cifra nada desdeñable.
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Elvira es el nombre dado por los musulmanes a la antigua ciudad romana de Iliberris. Desde la entrada de los musulmanes en Hispania, Elvira-Iliberris y los enclaves cercanos de Qastilla y Garnata comenzaron, especialmente a partir del siglo XI, cuando se instalaron en ella los ziríes, a constituir una gran ciudad, capital de un virreinato dependiente de Córdoba, hasta la disgregación del califato omeya, en que pasó a ser centro de uno de los reinos de taifas. Por Granada pasaron también almorávides y almohades y, en 1241, Muhammad I funda en Elvira y su territorio su propio reino. A partir de entonces, el reino de Granada va adquiriendo mayor importancia. La caída de la otrora esplendorosa capital de los omeyas, Córdoba, y el avance general de la reconquista cristiana hacen que Granada y su territorio se conviertan en el último reducto musulmán en la península Ibérica. La Granada de época nazarita, que así se llama la última dinastía reinante, ha atraído la atención de muchos curiosos, que veían en ella y sus monumentos un lugar paradisíaco, emplazada en un lugar de excepcional belleza -dominando una fértil vega, con Sierra Nevada a su espalda- donde sus pobladores se daban a una vida de ocio, cultivando a un tiempo el lujo, el refinamiento y la erudición. Esta visión, ya presente en textos de contemporáneos, se vio continuada por la labor de viajeros y aventureros románticos, que recreaban en sus obras una Granada embriagadoramente sensual y misteriosa. Y, sin duda, centro y origen de este orientalismo fue la Alhambra, el palacio de los reyes de Granada, una residencia pensada para el disfrute de los sentidos. Granada era una gran ciudad en el siglo XV, rodeada por murallas y con un número indeterminado de puertas. En su interior, siguiendo a Caro Baroja en "Los moriscos del Reino de Granada", vivía una población "abigarrada, heterogénea, desconfiada". Organizada en barrios, muchas de sus calles eran oscuras y muy estrechas, pues las casas se arracimaban y juntaban hasta casi cerrar los pasos. Algunas de ellas, además, estaban en práctico abandono "ante la indiferencia de una clase rica avarienta y una plebe angustiada por la carestía de los víveres, lo desmesurado de los impuestos y la estrechez del ámbito familiar", continúa Caro, siguiendo a Ibn al Jatib. Ciertamente la vida no debió resultar fácil en la Granada nazarita, pues la presión continua del enemigo castellano la hacía estar sometida al pago de tributos y a frecuentes incursiones de las tropas castellanas para capturar ganado y otros botines de guerra. Además, convertida en el último reducto musulmán, debieron llegar a ella multitud de pobladores expulsado por la reconquista, como los que se asentaron en el Albaicín hacia 1227, huyendo de las tomas de Baeza y Úbeda por Fernando III. Algunos autores calculan una población cercana a los 50.000 habitantes. La ciudad de Granada fue conquistada por los Reyes Católicos en 1492, siendo empujado al exilio su último rey, Boabdil. En gran medida la población local musulmana permaneció en Granada, aunque se asentaron también conquistadores -que reclamaban participar de los beneficios de la conquista-, funcionarios civiles y eclesiásticos -que debían imponer un nuevo patrón cultural, esta vez cristiano-, y gentes con origen y objetivos diversos, atraídos por las noticias que llegaban acerca de las riquezas de la ciudad y el reino. La ciudad se fue transformando poco a poco, convertida por los Reyes Católicos en una de sus más preciadas posesiones -no en vano el símbolo de la Granada fue incorporado a su escudo. Fruto del dominio cristiano surgieron diversos edificios a lo largo y ancho de la ciudad, como su Catedral, el Monasterio de la Cartuja o el Hospital Real, entre otros muchos. La situación de coexistencia entre cristianos y musulmanes, no sin ciertos episodios problemáticos, se mantuvo hasta el reinado de Carlos I. Sin embargo, ya con Felipe II en el trono, la rebelión de los moriscos de las Alpujarras hizo que fuera decretada su expulsión, lo que motivó el inicio de una larga decadencia para la ciudad, al ser éste elemento étnico el principal motor de la riqueza de Granada y su territorio adyacente.
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<p>1.La Granada romana.&nbsp;</p><p>2.La Granada nazarí.&nbsp;</p><p>3.La Alhambra y el Generalife.&nbsp;</p><p>La magia de la Alhambra.&nbsp;</p><p>La Alhambra actual y la Alhambra nazarí.&nbsp;</p><p>Focos de luz sobre la Alhambra.&nbsp;</p><p>La Alhambra antes de los nazaríes.&nbsp;</p><p>La Alhambra militar del sultán Muhammad I.&nbsp;</p><p>El Generalife, jardín del Paraíso.&nbsp;</p><p>La Alhambra del sultán Yusuf I.&nbsp;</p><p>La Alhambra del sultán Muhammad V.&nbsp;</p><p>4.La Granada cristiana.&nbsp;</p><p>5.La Granada moderna y contemporánea.</p>
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"Granada, quieta y fina, ceñida por sus sierras y definitivamente anclada, busca a sí misma sus horizontes, se recrea en sus pequeñas joyas". Estas palabras de Federico García Lorca definen perfectamente una de las ciudades más universales de España. Entre la Sierra y la Vega, surcada por los ríos Genil y Darro, Granada fue el último reducto musulmán en la Península Ibérica. Muhammad ibn Yusuf fundó el reino nazarí en el siglo XIII, instalando en Granada su capital. En las centurias siguientes, el reino alcanza su máximo apogeo. Será en este momento cuando se construya la Alhambra, maravilloso conjunto situado sobre una colina, dominando la ciudad y rodeado de frondosos bosques. En la parte más elevada de la colina se levanta la Alcazaba, recinto militar con forma de barco. Consta de dos ámbitos: uno exterior, a modo de barbacana y otro interior, más elevado, fortificado por altas torres. El corazón del conjunto está formado por los Palacios Nazaríes, organizados alrededor de dos espacios: los palacios de Comares y de los Leones. El Palacio de Comares estaba dedicado a la vida pública y al gobierno. En uno de sus extremos se ubica la famosa Torre de Comares, y en el otro una galería con siete arcos, que sirve de pórtico a la Sala de la Barca. El centro está ocupado por el Patio de los Arrayanes, un espacio de planta rectangular con una gran alberca en el centro. El Palacio de los Leones se dispone en dirección este-oeste, ordenándose sus dependencias en torno a un patio rectangular. El patio está constituido por un auténtico bosque de 124 columnas con capiteles diferentes, ubicándose en el centro la famosa fuente. Los doce leones en rueda que soportan la taza son reaprovechados y pertenecen al siglo XI. La taza está decorada con un poema en el que se pone de manifiesto su significado, considerándose el agua como un don del sultán que se derrama sobre sus leales súbditos. El Partal es el conjunto palatino más antiguo de los conservados en la Alhambra. Responde a la tipología de palacio sin patio y está formado por un pabellón íntimamente relacionado con la alberca y los jardines. El Generalife fue construido por Muhammad II. Situado a las afueras de la Alhambra y al pie de una colina, su función era la de residencia de descanso de los sultanes. El palacio, emplazado en medio de la zona de huertas, se distribuye en dos terrazas. En el interior destaca el famoso patio de la Acequia. Granada aún conserva el embrujo y el encanto musulmán en el barrio del Albaicín. Corazón de la urbe nazarí, está constituido por un tejido de estrechas calles y quebradas cuestas, salpicado de casas moriscas y de sus famosos cármenes, casas con jardín que servían de residencia a las clases poderosas. En este barrio encontramos numerosas muestras del pasado nazarí. Quizá la más interesante sea el palacio de Daralhorra, residencia palatina construida en la segunda mitad del siglo XV; fue ocupada por Fátima, la madre de Boabdil. La puerta de Elvira era el principal acceso de entrada a la ciudad; construida en el siglo XIV, su gran arco de herradura daba paso a una estructura defensiva a base de patios y puestos de guardia. En el Bañuelo, una construcción del siglo XI, se nos permite observar las salas abovedadas que conformaban los antiguos baños árabes. Fuera del Albaicín también encontramos muestras del legado nazarí. El Corral del Carbón es la única alhóndiga conservada de las tres que existían en la ciudad. La fachada, constituida por un arco de herradura apuntado, da paso a un sencillo patio con una fuente en el centro y rodeado por tres pisos de galerías. La Alcaicería era el antiguo zoco de la seda, hoy convertido en mercado de souvenirs. Sus estrechas calles desembocan en la Plaza de Bibarrambla, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, donde se situaban las carnicerías y pescaderías nazaríes. En la calle Oficios se levantaba la Madraza, casa de estudios árabes fundada en el siglo XIV. De ella sólo se conserva el mihrab, al que se accede por un espectacular arco de herradura. El 2 de enero de 1492 los Reyes Católicos recibían las llaves de la ciudad de manos de Boabdil, el último rey nazarí. Granada pasaba a formar parte de Castilla, finalizando así los ocho siglos de Reconquista. Los monarcas decidirán ser enterrados en la recién conquistada villa. Por esta razón se construyó la Capilla Real, un edificio de estilo gótico finalizado por Enrique Egas en 1517. Los sepulcros de los Reyes fueron ejecutados en mármol de Carrara por Domenico Fancelli. En la Capilla también están enterrados la reina Juana y su esposo Felipe, siendo Bartolomé Ordóñez el responsable del diseño de los sarcófagos. La propia Isabel se encargará de promover la construcción de la Catedral, ocupando el espacio de la mezquita aljama. Las trazas fueron dadas por Enrique Egas a principios del siglo XVI, en estilo gótico, aunque la construcción fue dirigida por Diego de Silóe, siguiendo el nuevo lenguaje renacentista. Se trata de un amplio espacio configurado por cinco naves, separadas por pilares de orden corintio, apoyados en altos plintos. La cabecera se estructura como un gran espacio central cubierto por cúpula. Cuando Alonso Cano proyectó la fachada principal en 1667, la concibió como un monumental arco de triunfo. Molduras y pilastras proporcionan al conjunto un intenso ritmo lineal, acentuado por los contrastes luminosos. Granada quedaría salpicada de iglesias y conventos que también ocuparían los espacios dejados por las antiguas mezquitas. La iglesia de Santa Ana fue proyectada por Diego de Siloé en 1537, destacando su clasicista portada y su esbelta torre mudéjar. La dedicada a San Juan de los Reyes fue construida en el siglo XVI, siguiendo el estilo mudéjar y conservando el alminar del siglo XIII. En la Carrera del Darro se encuentra la iglesia de los santos Pedro y Pablo. En su fachada se abren dos hornacinas y entre dos pares de columnas corintias aparecen las imágenes de los santos titulares. Uno de los templos más ricos de la ciudad es el dedicado a los santos Justo y Pastor; comenzada en 1575, es una de las iglesias más suntuosas de Granada. En 1496 se comenzó la construcción del monasterio de San Jerónimo, siguiendo el estilo gótico; en la primera mitad del siglo XVI Jácopo Florentino y Diego de Silóe continúan las obras, dentro de las pautas del nuevo lenguaje renacentista. La iglesia de Santa María de la Alhambra fue diseñada por Juan de Herrera en el siglo XVI y construida sobre las ruinas de la que fue gran mezquita real. En el Albaicín también encontramos importantes iglesias como San Nicolás, erigida sobre una mezquita, con un aljibe nazarí anexo a su fachada; San Bartolomé, templo con un imponente alminar transformado en campanario, o San Miguel el Bajo, construido entre 1528-56 en estilo mudéjar. Junto al mencionado Albaicín, otro de los barrios granadinos más populares es el Sacromonte, situado en la ladera de una colina, excavándose las casas en la misma pendiente de la montaña. El Sacromonte está presidido por la Abadía; construida en el siglo XVII, fue consagrada como colegiata dedicada a San Cecilio. Tras la catedral, quizá el edificio religioso más impresionante de Granada sea la Cartuja. La iglesia es de una sola nave y tras el presbiterio se encuentra el Sagrario, realizado en el primer cuarto del siglo XVIII por Francisco Hurtado Izquierdo. La sacristía es iniciada en 1713 por un desconocido maestro. La envoltura ornamental de este lugar es la más recargada del Barroco español. Pero durante los siglos XVI al XVIII no sólo se levantan fundaciones religiosas. Los edificios civiles también crecen por doquier, compitiendo en belleza y espectacularidad entre sí. El más monumental de todos es el Palacio de Carlos V, anexo a los palacios nazaríes. Proyectado por Pedro Machuca, eligió una planta cuadrangular con un patio circular, tomando como referentes las ideas renacentistas italianas. El espacio ajardinado del Campo del Triunfo está dominado por el Hospital Real. Enrique Egas será el encargado de las trazas, repitiendo el esquema típico de los hospitales de la época. La Casa del Castril, con su llamativa portada plateresca, es la sede del Museo Arqueológico Provincial. Uno de los edificios más originales de la ciudad es la Casa de los Tiros, palacio construido en la primera mitad del siglo XVI siguiendo los cánones renacentistas. Su nombre procede de los mosquetes que adornan su fachada. Abandonamos Granada con pena, pero retomamos a su hijo más ilustre, Lorca, para encontrar la mejor definición: "una ciudad para la contemplación y la fantasía, donde el enamorado escribe mejor que en ninguna otra parte el nombre de su amor en el suelo. Las horas son allí más largas y sabrosas que en ninguna otra ciudad de España. Tiene crepúsculos complicados de luces constantemente inéditas que parece no terminarán nunca".
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Pequeño asentamiento poblado desde finales de la Edad del Bronce, cuya ubicación habría que buscarla en el barrio del Albaicín, según la profesora Orfila Pons es en los siglos previos a la llegada de los romanos cuando se constata la presencia de un poblado amurallado, algunos de cuyos restos han sido encontrados mediante prospecciones arqueológicas. La ocupación romana comienza en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, en la que Roma y Cartago contienden por lograr la hegemonía en el Mediterráneo occidental, con la Península Ibérica como campo principal de batalla. Así, hacia el 218 a.C., llegaría un contingente de soldados romanos a la ibérica Iliberris (Granada), para contrarrestar el dominio cartaginés sobre el área. A pesar de ello, no es sino hasta el siglo II a.C. cuando esta población se incluye de manera definitiva en el mundo romano, creando una ciudad propia contigua al "oppidum" ibérico, esquema de ciudad doble indígena-colonial muy repetido en otros lugares. La ciudad romana, llamada Florentia Iliberritana, debió de beneficiarse de un doble interés, económico y estratégico. El primero vendría dado por la presencia de oro en los cauces del Darro y el Genil; el segundo, por su excelente ubicación en el conjunto de la región andaluza oriental. Estos condicionantes hicieron que, aunque ciudad de importancia menor en el conjunto de la Hispania romana, Iliberris conociera un apreciable desarrollo demográfico y urbanístico, hasta alcanzar el rango de municipium, lo que suponía, de hecho, disponer de una infraestructura suficiente y un cierto grado de complejidad administrativa. Continuando con el proceso, entre los siglos I y III d.C. la Iliberris romana conoce su mayor esplendor, siendo menos documentada su evolución a partir de este momento. Así, para algunos autores la ciudad, como el resto del Imperio, entra en una profunda decadencia, mientras que para otros, el hecho de que en ella se celebrase el importantísimo Concilio de Elvira en el siglo IV habla precisamente de su relevancia como ciudad hispana.