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El auge de la vida monástica y de las fundaciones de monasterios a lo largo de la Edad Media se basó, entre otros factores, en su completa autosuficiencia económica y productiva. Los monasterios, siguiendo la máxima de San Benito, "deben construirse para satisfacer todas las necesidades, para que así los monjes no deambulen por el mundo, lo cual no es provechoso para sus almas". Los monasterios tenían, pues, todo tipo de instalaciones y edificios para el sostenimiento de la comunidad, así como un buen número de sirvientes. Los monasterios funcionaban al mismo tiempo como colegio, archivo, biblioteca, tesorería y centro artesanal. Poseedores de grandes extensiones de terreno, algunos fueron pioneros en la introducción de técnicas de aprovechamiento agrícola. Las propiedades monacales fueron incrementándose mediante donaciones de los fieles, muchas efectuadas por los reyes de las nacientes monarquías, así como por el patrocinio de un noble. Muchos de sus sirvientes eran campesinos que habían acudido al monasterio en busca de refugio o sustento. Otras donaciones eran entregadas por personas que querían de esta forma expiar sus culpas. Las ayudas económicas al monasterio se completaban, finalmente, con las exenciones de impuestos y la obtención de privilegios. Algunos monasterios, especialmente en Centroeuropa, poseían sus propias flotas mercantes y realizaban un lucrativo comercio. No fueron pocos los monasterios, conventos y abadías que, con el paso del tiempo, llegaron a alcanzar un gran poder económico, estando al frente de toda una extensa región y de sus habitantes. La riqueza de la Iglesia y de algunos de sus representantes, tanto del clero regular como del secular, fue objeto de numerosas críticas, que postulaban una vuelta al cristianismo primitivo, en que la Iglesia se caracterizaba, a imitación de Cristo, por su pobreza. Éstas críticas están en el origen de los numerosos movimientos de reforma.
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El proceso de aristocratización de Castilla y el predominio nobiliario son decisivos en el afianzamiento de la ganadería castellana en cuyo desarrollo intervienen factores de otro tipo: los gastos y la mano de obra que exige son reducidos, comparados con los que precisa la agricultura, y los beneficios inmediatos, por lo que una gran parte del suelo castellano se dedica al pastoreo y las reclamaciones de las ciudades contra los abusos de los pastores a lo largo de los siglos XIV y XV no serán atendidas. Los Reyes Católicos no hacen sino reforzar esta actitud pronobiliaria de los monarcas anteriores porque también la Corona se beneficia de los impuestos cobrados sobre el ganado y sobre el comercio de la lana. La Santa Hermandad garantizará el orden en el reino y, de paso, vigilará el cumplimiento de los privilegios de los ganaderos, de la Mesta, cuyos cargos están confiados en una gran mayoría a miembros de la nobleza. Entre las disposiciones favorables a los ganaderos tomadas por los Reyes Católicos figura la Real Cédula de 1480 que obliga a los campesinos a abandonar las tierras comunales por ellos cultivadas para dedicarlas al pastoreo; la ordenanza de 1489 por la que se rectifica la amplitud de las cañadas o lugares de paso de los ganados; la autorización dada en 1491 por la que se permitía a los pastores cortar los arbustos para alimentar con ellos al ganado, así como a quemar los bosques para convertirlos en tierras de pasto; y sobre todo la ley de arriendo del suelo de 1501 por la que se autorizaba a la Mesta a mantener en arriendo indefinido las tierras que había utilizado anteriormente sin modificar las rentas (a diferencia de lo legislado sobre los mayorazgos) y a pastorear el ganado en las dehesas en las que lo hubieran hecho durante diez años sin protesta oficial de los dueños. La ocupación de los maestrazgos de las órdenes militares por Isabel y Fernando fue sin duda una de las causas de la política proganadera de los reyes, que a través de las órdenes se convierten en los mayores propietarios de ganado y en muchas ocasiones controlan los lugares y derechos de paso. Desde el punto de vista económico, la incorporación más rentable fue la de la Orden de Santiago por cuanto ésta recibía, desde la época del infante Enrique de Aragón, los impuestos de servicio y montazgo cobrados en los lugares de realengo. Analizando las causas profundas que llevaron a los monarcas a esta protección a la ganadería, señala Vicens la crisis financiera de la Corona provocada por la huida de conversos y la expulsión de los judíos, pero en realidad los problemas financieros de la Corona son muy anteriores y también las medidas en favor de la Mesta. La pacificación de Castilla y los acuerdos con los nobles consumían la mayor parte de los ingresos de la Corona y ésta necesitaba disponer de dinero en mano y una de las formas más fáciles consistía en organizar el cobro de impuestos sobre el ganado y sobre la exportación de la lana. La reorganización de la agricultura o la creación de una industria exigían un esfuerzo y una protección fiscal que los monarcas no estaban dispuestos a otorgar porque iban contra su política de atesoramiento de metales, necesaria para la realización de sus grandes proyectos políticos. La ganadería, en cambio, les permitía una recogida rápida de dinero y fue desarrollada a expensas de la agricultura; la Mesta se vinculó a la Corona con la creación del cargo de Presidente del Honrado concejo de la Mesta y su atribución a uno de los miembros del Consejo Real. Las consecuencias de esta política fueron catastróficas a largo plazo para la economía castellana, pero de momento sirvió para llevar a cabo la expansión y para pacificar el reino de acuerdo con los nobles sin los que no era posible gobernar. Los enormes ingresos proporcionados por la lana podían hacer creer a los castellanos que estaban en una situación privilegiada, pero carentes de industria tenían que comprar los artículos manufacturados en el exterior a precios muy superiores a los de la materia prima que exportaban y así la economía castellana entró en un círculo vicioso de difícil o imposible salida: para obtener estos artículos precisaban aumentar continuamente la producción de lana y ésta sólo podía conseguirse a costa de la agricultura que desde comienzos del siglo XVI, arrinconada por la Mesta, comenzó a ser deficitaria, y la industria apenas tuvo desarrollo. La existencia de artesanos como herreros, zapateros, pellejeros y curtidores, alfayates, tejedores y tejeros, o de ordenanzas laborales para algunas villas a fines del siglo XV, no permite hablar de la presencia de una industria fuerte en Castilla, ni siquiera en el campo textil, el de mayor desarrollo; en los demás casos, la producción apenas supera las necesidades del consumo local o regional al que se destina, pues la nobleza ganadera no tiene el menor interés en crear o favorecer una industria de la que no precisa por cuanto la exportación de la lana le permite obtener productos de mejor calidad que los que podrían proporcionar los artesanos de Castilla. Entre las industrias de alguna importancia que podemos mencionar en Castilla y de las que generalmente sólo conocemos la existencia a través de las menciones de cofradías y gremios, figuran las de fabricación de sombreros en Segovia y Toledo, industrias de la piel y del jabón en Sevilla, Carmona y Málaga, cerámica, vidrio y trabajo de la seda en Málaga... Aunque en ningún momento la industria textil castellana estuvo en condiciones de competir con los paños flamencos o italianos de lujo, sabemos que hubo una industria relativamente importante en Zamora, Ávila, Soria, Palencia, Murcia, Baeza, Usagre, Valderas, Alcalá, Oña... y sobre todo en Segovia y Cuenca, que conocemos bastante bien después de los estudios de Ángel García Sanz para la primera y de Paulino Iradiel para la segunda. En Cuenca, ya en el siglo XIII la industria textil ha salido del mercado local y produce para un mercado más amplio, aunque siempre dentro de unas calidades medias. Las crisis del siglo XIV repercutieron directamente sobre esta industria: las alzas de salarios, en el campo y en la ciudad, y la subida de los precios agrícolas permitieron a grandes masas de población acceder al mercado de calidad media y bajo precio, y la producción aumentó considerablemente, imitando en algunos casos los tejidos prestigiados por flamencos y brabanzones. El aumento de la producción textil se observa en el campo: mientras numerosos campesinos renuncian a fabricar paños para su propio consumo al poder adquirirlos a precio y de calidad razonable en el mercado, otros mejoran sus técnicas e intensifican la producción para atender a la creciente demanda. En algunos casos, como en Ágreda y Oña, estos campesinos, agrupados, crearon una auténtica industria con sus gremios, ordenanzas y constituciones; en otros, vendieron primero su producción y más tarde su trabajo a los mercaderes-pañeros urbanos que, en las ciudades, llevaban a cabo los trabajos de acabado. En líneas generales puede aceptarse que en el siglo XV se hallaba extendida la figura del mercader-empresario urbano que, "propietario de la lana o de las fibras textiles, las entrega a los campesinos a fin de que éstos realicen las primeras operaciones de lavado, hilatura e incluso textura; a continuación pasará el producto resultante de estas operaciones a los artesanos urbanos que se ocuparán de las labores de refinación, volviendo de nuevo el producto a los empresarios que dominan su venta y las corrientes de comercialización", según Paulino Iradiel. La utilización de la mano de obra rural, más barata que la urbana, y la difusión del sistema productivo representado por el mercader-empresario tiene importantes efectos: los centros textiles tradicionales, incapaces de resistir la competencia, se ven obligados a alquilar su trabajo al señor de los paños o a especializarse y producir artículos de mayor precio, compensado por una mejor calidad cuya vigilancia será una de las misiones encomendadas a los gremios. Se distingue así, desde el siglo XV, la pañería rural (de baja calidad y precio) predominante en la Meseta Norte, y la urbana. Cada tipo de paños tiene su clientela, y mientras la calidad de los primeros apenas experimenta variaciones (su público cambia poco), los segundos, destinados a una clase acomodada que utiliza el vestido como símbolo de su importancia social, se hallan expuestos a los vaivenes de la moda y a ella tienen que adaptarse para hacer frente a la competencia internacional representada ahora por los tejidos ingleses, por los de las ciudades flamencas de Wervicq y Courtrai, y por los paños teñidos en las ciudades italianas. La defensa frente a los paños extranjeros se hará en un doble frente: se mejora la calidad de los productos castellanos -aunque para ello sea preciso hacer más complejo el proceso técnico de fabricación- y se intenta a través de las Cortes limitar la exportación de lanas de Castilla y reducir la importación de tejidos del exterior a través de Ordenanzas Generales como las promulgadas en 1511, precedidas de numerosas disposiciones tendentes a impulsar el crecimiento de las manufacturas, a rectificar las normas de fabricación poco adecuadas, a conceder franquicias y exenciones fiscales a los obreros especializados que se instalen en el reino... Los orígenes de los gremios y su existencia en Castilla han dado lugar a una copiosa literatura que podemos resumir en las afirmaciones de que éstos, como organizadores de la producción, no existieron, y de que el gremio surgió como una derivación o complemento de las cofradías creadas con fines religiosos y asistenciales. Ninguna de las afirmaciones resiste la confrontación de los documentos conquenses que, por otra parte, no hacen sino corroborar lo que ya sabíamos por documentación relativa a otros lugares. Las pruebas alegadas para negar la existencia de los gremios se reducen a las normas que en el siglo XIII y en época posterior prohíben la formación de cofradías o ayuntamientos malos y toleran solamente las que tienen como finalidad "soterrar muertos y para luminarias o para dar a los pobres", es decir, las cofradías religioso-asistenciales entre las cuales y los gremios los historiadores castellanos han establecido, sin bases suficientes, una clara diferenciación: la cofradía atendería fundamentalmente prescripciones religiosas y benéfico-asistenciales y aparecería ya en el siglo XIII mientras el gremio, caracterizado por dar prioridad y más importancia a la normativa técnico-laboral y de policía, gremial que a las disposiciones religiosas o caritativas no surgiría hasta la época de los Reyes Católicos. Si el gremio se caracteriza por la existencia de una ordenanza laboral y de una autoridad que vele por el cumplimiento de la misma, podemos afirmar que desde comienzos del siglo XV existen gremios en Cuenca y que éstos fueron tolerados y estimulados por la ciudad. En una primera etapa las autoridades municipales se limitaron a reconocer la validez de los ordenamientos gremiales y de sus autoridades y, cuando la industria adquirió suficiente importancia, el municipio intentó disminuir las atribuciones de los gremios e incrementar las de la ciudad, las de los dirigentes urbanos. Aunque las primeras ordenanzas gremiales conservadas, las de los pelaires, son de 1458, éstas aluden a otras "hechas antiguamente" y que sin duda son anteriores a 1428, año desde el que conocemos la existencia de cuatro veedores nombrados anualmente para hacer guardar las ordenanzas "del dicho oficio de peraylía". En estas primeras ordenanzas se observa la existencia de una falta de división en el trabajo (las normas se aplican a todos los oficios relacionados con la industria textil), pero se aprecia ya una tendencia a diferenciar a tintoreros y tejedores, cuyas primeras ordenanzas específicas son, en el estado actual de nuestros conocimientos, de 1432 las de los tintoreros, y de 1462 las de los tejedores. Veinte años más tarde, cardadores, peinadores y carducadores tenían sus propias ordenanzas, lo que prueba suficientemente el grado de especialización alcanzado por la industria textil conquense. Tradicionalmente se ha venido afirmando que el gremio es una creación exclusiva de los artesanos, pero esto equivale a ignorar la complejidad del proceso productivo y su finalidad última: la comercialización de los artículos. El artesano se halla sin duda interesado en mantener un nivel cuantitativo y cualitativo en la producción y en evitar la excesiva competencia, pero igual o mayor interés tiene el mercader, que es el único que se halla en condiciones económicas de controlar el proceso y es, en último lugar, el beneficiado o perjudicado por la menor o mayor calidad de los paños. Entre artesanos y mercaderes se sitúa el municipio, cuyo sello llevan los paños y al que interesa controlar la producción no sólo por los ingresos que ésta proporciona en forma de impuestos sino también porque a través de las ordenanzas gremiales puede influir en el aumento o en la disminución del nivel de vida de los pobladores y en su número. Pero el municipio no siempre es neutral: muchas veces, por no decir siempre, está controlado y por tanto al servicio de los mercaderes. La organización gremial, tal como la conocemos, es por consiguiente el resultado de una combinación de intereses en la que los artesanos defienden la continuidad en el trabajo, lo que lleva a poner controles y cortapisas a la participación de personas no vinculadas al gremio y a limitar su ingreso mediante exámenes; en la que los mercaderes exigen una calidad uniforme que garantice la venta y los beneficios, objetivo al que tienden las minuciosas disposiciones de orden técnico y los controles; y en la que la ciudad defiende sus propios intereses y los de sus dirigentes. Los estatutos de los gremios conquenses responden a este triple juego de intereses. La calidad de los paños y su rentabilidad se hallan aseguradas por las normas que regulan la selección de las materias primas y de los útiles de trabajo y por los controles establecidos en cada una de las fases de la producción. Los artesanos garantizan la continuidad en el trabajo mediante la prohibición de que se establezcan maestros ajenos a la ciudad, la persecución de los intrusos y a través de una clara regulación de las funciones correspondientes a cada oficio. La ciudad por su parte fijó precios y salarios; en todo momento exigió el derecho de controlar, aprobar y modificar los estatutos; en determinadas ocasiones impuso a los mercaderes la obligación de contribuir al bienestar urbano mediante la importación de cantidades de trigo proporcionalmente a los paños vendidos... Como es lógico, el comercio castellano está directamente relacionado con la ganadería; la lana es el principal producto de exportación a partir del siglo XIV, junto con el hierro del País Vasco, y la defensa de este comercio lleva a la intervención en la Guerra de los Cien Años y decide en parte la política exterior de Castilla a lo largo de los siglos XIV y XV. Mientras Inglaterra mantiene relaciones amistosas con Francia y con Flandes, marinos y mercaderes castellanos necesitan la amistad inglesa para navegar libremente por el Canal de la Mancha y para controlar el transporte del vino de Burdeos; al suspender los ingleses la exportación de lana a Flandes y convertirse la lana en el primer artículo del comercio exportador castellano, nobles (como productores), marinos (como transportistas) y mercaderes están interesados en mantener este activo comercio, pero mientras unos piensan que para ello es preciso romper las alianzas con Inglaterra y unirse a Francia, otros consideran demasiado peligrosa la lucha en el mar contra los ingleses y sostienen la política de neutralidad o de alianza con Inglaterra. La dinastía Trastámara se hace portavoz de quienes se inclinan hacia Francia, punto de vista que coincide con el de la propia dinastía desde el momento en que Inglaterra apoya a los herederos de Pedro I, y los Trastámara convencerán a marinos y mercaderes de que el apoyo a los ingleses desembocaría en la subordinación de la marina castellana a la de Inglaterra mientras que la alianza con la monarquía francesa, carente de flota, dejaría en caso de victoria el comercio atlántico en manos de los castellanos. Esta orientación político-económica se mantiene hasta fines del siglo XV a pesar de los acuerdos que llevaron a la reconciliación de los Trastámara y de los descendientes de Pedro I. El cambio se produjo durante el reinado de los Reyes Católicos al modificarse el equilibrio de fuerzas europeo: Inglaterra había sido vencida por Francia y se hallaba dividida por continuas guerras civiles por lo que no representaba peligro alguno para el comercio castellano mientras que Francia, unificada, amenazaba no sólo el comercio sino también la expansión política de los reinos de Castilla y de Aragón; el sistema de alianzas se invierte por tanto, y Castilla intentará en todo momento formar una liga de ingleses y flamencos contra los franceses, liga que va acompañada de la firma de tratados comerciales y de los consabidos enlaces matrimoniales, uno de los cuales hará posible que Carlos V de Alemania sea rey de España. El primer privilegio obtenido por los castellanos en Flandes es de 1336, pero la organización definitiva de la colonia de mercaderes castellanos no se produjo hasta la intervención abierta de Castilla en la guerra. Los productos que exporta Castilla son la lana y el hierro, a los que se unen los frutos secos, arroz, limones, aceite, vino y, desde el siglo XV, el azúcar obtenido en las islas Canarias. En Flandes se compran paños y telas de lujo principalmente. Las ciudades flamencas no son sólo centros textiles sino también núcleos comerciales a los que llegan productos del Báltico comercializados por la Hansa alemana (pescado y trigo fundamentalmente), artículos elaborados en las ciudades alemanas (objetos de cobre, latón y bronce)... Los marinos y mercaderes castellanos, que ya a fines del siglo XIV habían conseguido de los reyes importantes privilegios proteccionistas (monopolio de la exportación del hierro, obligación para los extranjeros de utilizar naves castellanas para exportar mercancías del reino, obligación de los mercaderes de otros países de comprar en Castilla por valor de los productos extranjeros vendidos...) intentarán en el XV controlar el transporte en el Atlántico y entrarán en guerra abierta con los mercaderes y marinos de la Hansa. Vencedores, los marinos del Cantábrico monopolizan el transporte de la sal de Bourgneuf y del vino de Burdeos a Inglaterra, y su colaboración militar con Francia les proporciona importantes privilegios en las ciudades de Bayona, Burdeos, La Rochela, Nantes, Ruan, Dieppe... Desde el siglo XIII los marinos vascos aparecen en el Mediterráneo como transportistas y corsarios, pero su entrada masiva se produce en el siglo XV y ya no se trata sólo de marinos sino de mercaderes organizados en consulados como los existentes desde 1400 en Barcelona, Mallorca, Menorca o Ibiza. En Mallorca, la presencia de navíos castellanos (vascos, andaluces y gallegos) está atestiguada desde finales del siglo XIII y se mantiene (muchos actúan como corsarios) incluso en épocas de guerra. El número de castellanos afincados en la isla aumenta a fines del siglo XIV, fecha en la que debió crearse el consulado de los castellanos que existió también, desde 1439 al menos, en Marsella. Entre 1403 y 1443 los marinos castellanos aseguran el comercio de Mallorca con el norte de África, con Cerdeña y Sicilia, con Génova, Salerno y Nápoles; para Vicens, estos marinos "al servicio de Génova, le llevarán la sal de Ibiza y el trigo de Sicilia, Apulia y Sevilla. Al servicio de Barcelona, acarrearán hasta la ciudad arenques y seda, pero especialmente cuero andaluz y portugués, lanas y cochinilla", y según Alvaro Santamaría exportan a África "laca, almástica, rubia, gala, cleda, urchilla, regaliz, azafrán, fusteta, antimonio, especiería y pasas; a Italia cera..., lana..., cueros de Granada, de Mallorca y de Lisboa..., tejidos de Mallorca y de Valencia; a Niza quesos, lanas, añinos, cueros, tejidos y sal de Ibiza; a Galicia vino y paños" bruxellats; a Flandes alumbre y grana. Se importa de África cera, nuez moscada, grana, quesos y plumas de avestruz; de Sicilia algodón y trigo; de Flandes rubia, hilo de hierro y de latón y tejidos. El comercio de la lana aparece centralizado en la ciudad de Burgos desde fecha temprana, y los Reyes Católicos se limitaron a dar carácter oficial a esta centralización (recuérdese que fue Burgos quien pidió la reconstrucción de la Hermandad para poner fin a los robos y asaltos a mercaderes) y a conceder a la ciudad el monopolio de la exportación para mejor controlar los ingresos que de ella derivaban. El organismo encargado de organizar este comercio fue el Consulado de Burgos, creado en 1494 y autorizado para organizar las flotas de transporte. Con esta medida se rompía el equilibrio mantenido entre mercaderes y transportistas, que de común acuerdo fijaban por medio de representantes los fletes. En 1489 se llegó a un acuerdo por el que se autorizaba al concejo burgalés la organización de una flota anual a Flandes y se le daba el monopolio de los permisos de exportación a las ciudades de Brujas, Nantes, La Rochela e Inglaterra. Bilbao, convertido en la ciudad más importante del Cantábrico, tendrá la exclusiva en el transporte del hierro y de la tercera parte de la lana exportada desde Burgos. Junto a este comercio internacional y en directa relación con él, se desarrolla un activo comercio interno canalizado a través de las ferias castellanas entre las que sobresale la de Medina del Campo, creada seguramente o al menos impulsada por Fernando de Antequera. En ella se concentra el tráfico de la lana y el comercio del dinero; acuden mercaderes de Sevilla, Burgos, Lisboa, Valencia, Barcelona, irlandeses, flamencos, genoveses, florentinos... Se vende lana y se compran artículos de lujo como "perlas, joyas, sedas, paños, brocados, telas de oro y plata, lienzos, drogas, cerería y especiería y... toda suerte de géneros labrados en Francia, Inglaterra, Milán y Florencia, y frutos de primera mano adquiridos por los negociantes de Portugal y Alejandría que frecuentaban los mares de Levante. Acudían también allí mercaderes y tratantes con ganados mayores y menores y bestias de todas clases domadas y por, domar y todo género de cuatropeazgo, cabezas, manadas y rebaños, carnes muertas, frescas o acecinadas, pescados frescos y salados de mar y de río, vino, vinagre, arrobado y azumbrado, aceite, miel, cera, lino, cáñamo y esparto labrado y por labrar, puertas y ventanas, calado, cueros, sedas, lencería, frazadas, mantas, colchones y colchas, paños, grana..." es decir, según Paz y Espejo, todos los productos existentes en el mercado nacional y extranjero. Este comercio aparece gravado con numerosos impuestos de tránsito (portazgo, pontazgo, recuaje, barcaje...) cobrados por las ciudades y por los señores; impuestos de compraventa entre los que sobresalen alcabalas y sisas que pertenecen generalmente a la Corona. Para favorecer este comercio, los monarcas estimulan la creación o ampliación de caminos y de medios de transporte con el reconocimiento oficial de la cañada de carreteros en 1497... Junto con el comercio a gran escala y a la mejora de los caminos se produce una reactivación de los bancos y aumenta el número de cambistas a partir de mediados del siglo XV y en los principales centros existen bancos controlados por los municipios.
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Las vicisitudes del reino, su desarrollo económico y la preponderancia de la nobleza se reflejan claramente en la marcha de las finanzas reales, según ha demostrado Miguel Ángel Ladero al que seguimos en este breve resumen. La decadencia de las ciudades, la pérdida de su importancia política, de su autonomía, a lo largo del siglo XIV y el afianzamiento del poder monárquico se observan en el estancamiento o pérdida de importancia económica de los antiguos impuestos de carácter local debidos al señor feudal o al rey en los lugares de realengo: yantares, fonsaderas, moneda forera... y en la aparición de otros nuevos de carácter general, es decir, cobrables en todo el reino: alcabalas, diezmos de aduana, servicio y montazgo de los ganados, tercias reales... cuya forma de recaudación se modifica igualmente a pesar de las continuas protestas de los concejos; éstos insisten en que el cobro sea realizado por las autoridades o por delegados del municipio, y el monarca, cuyas necesidades superan el ámbito local, prefiere arrendarlos, aunque esto aumente las cantidades que deben pagar los súbditos, porque necesita puntualidad en el cobro y saber en cada momento de qué ingresos dispone. El nuevo sistema fiscal se organiza entre 1338 y 1406, y la monarquía no es el único beneficiado: la nobleza, colaboradora política del monarca, recibe en pago de sus servicios exenciones y participación en los impuestos, lo que se traduce en una disminución de los ingresos ordinarios de la Corona, compensada con un aumento de los impuestos extraordinarios fácilmente concedidos por unas Cortes cada vez mejor controladas. La debilidad de la monarquía en el siglo XV, debida en parte a la cesión de sus ingresos a los nobles, permite la usurpación por la nobleza de las rentas al tiempo que aumentan las mercedes y concesiones a la aristocracia. No es casual que el período 1463-1474, caracterizado por la anarquía política y el predominio de la nobleza sobre el rey, sea también el período de menores ingresos de la monarquía. Los Reyes Católicos heredan esta doble situación y se verán obligados a llevar simultáneamente una doble política: sometimiento de la nobleza y saneamiento de la Hacienda para llevar a cabo su política exterior y también para hacer posible que los nobles perciban de hecho las rentas que les han sido asignadas. La contradicción entre estas dos posturas será resuelta mediante la ayuda forzada de las ciudades y de las Cortes, que pierden las escasas atribuciones que habían conservado o recuperado en los momentos de debilidad monárquica. Los impuestos extraordinarios concedidos en Cortes aumentan hasta 1476 y si desaparecen a partir de esta fecha es sólo para ser mejor cobrados por medios indirectos sin consultar a las Cortes, es decir, sin necesidad de reunir a las ciudades que, por separado, son mucho más fácilmente manejables. La Hermandad servirá para recaudar el dinero que necesiten los reyes; los servicios serán sustituidos por las contribuciones de cada ciudad para el sostenimiento de la Hermandad y ésta se halla no al servicio de las ciudades, que apenas intervienen en su dirección, sino de los reyes. La organización de la Hacienda sufre profundas modificaciones impuestas por el paso de un régimen personal de origen feudal a un régimen estatal moderno. Incluso de los cambios de denominación de los oficiales pueden extraerse algunas conclusiones: el almojarife, cargo de origen islámico y vinculado tradicionalmente a los judíos, es sustituido por el tesorero a partir del siglo XIV, desde el momento en que adquiere importancia la política antijudía; el mayordomo mayor o jefe económico de la casa del monarca se convierte en un cargo honorífico reservado a los nobles y suficientemente remunerado pero vacío de contenido por cuanto sus funciones son realizadas por organismos complejos como la Contaduría Mayor, que controla ingresos y gastos, rentas y derechos y se halla dividida en oficios u oficinas de rentas, de relaciones (cancillería de Hacienda) y de extraordinarios, para los ingresos, y en oficinas de sueldo, tierras y tenencias para los gastos de carácter militar, de quitaciones para los de tipo civil, y de mercedes, para los gastos. Los tesoreros son oficialmente los encargados de recibir el dinero, pero en la práctica la mayor parte de los ingresos se arrienda a particulares que los hacen cobrar por recaudadores directamente dependientes de ellos o que a su vez los subarriendan; en otras ocasiones se procede al encabezamiento, es decir, a la distribución por cabezas o vecinos dentro de cada concejo. La fiscalización de los ingresos la realiza la Contaduría Mayor de Cuentas. Los ingresos ordinarios son generalmente de tipo indirecto y entre ellos predominan los comerciales: alcabalas, sobre el comercio interior, y derechos de aduana que reciben nombres diversos en cada una de las fronteras (diezmos y aduanas en la frontera con Navarra y con Aragón-Valencia; diezmo y medio diezmo en Granada; diezmos de la mar en el Cantábrico y en Galicia; almojarifazgos en Andalucía...) Tras los impuestos comerciales siguen en importancia los ganaderos: servicio y montazgo, que incluyen la entrega de un número determinado de cabezas de ganado o su equivalente en dinero por cada millar, y el pago de los derechos de pasto en tierras de realengo; las regalías o derechos reservados en exclusiva al rey incluyen la explotación de minas y salinas, el derecho de acuñación de moneda, el quinto del botín, participación en los tesoros ocultos, derechos de cancillería y de justicia... Por último, figuran entre los ingresos ordinarios los procedentes de tributos feudales como yantares, posadas, fonsaderas, martiniegas e infurciones. De gran valor son las tercias reales equivalentes a los dos novenos del valor de los diezmos eclesiásticos concedidos por la Iglesia con carácter temporal (generalmente para ayuda en la guerra contra los musulmanes) y convertidos de hecho en un ingreso normal de la Corona. Los ingresos extraordinarios proceden de concesiones eclesiásticas como el subsidio de cruzada y la décima de sus ingresos que pagan los clérigos para atender a los gastos de la guerra granadina; otros ingresos eclesiásticos proceden de la renta de las sedes y cargos vacantes, que son administrados por el rey, del patronato sobre algunas iglesias, de las confiscaciones realizadas por la Inquisición a partir de 1480, de prestaciones personales o militares, supervivencia de la época feudal, del impuesto especial pagado por judíos y mudéjares, de préstamos a corto o largo plazo y, sobre todo, de los servicios votados en Cortes. Entre mediados del siglo XIV y los primeros años del XV los ingresos de la Corona se triplican, pero a partir de 1406, año de la muerte de Enrique III, los ingresos descienden a la par que el poder monárquico; experimentan un alza considerable en 1429 tras la derrota de los infantes de Aragón y el triunfo de Alvaro de Luna, descienden en los años siguientes para subir de nuevo tras la segunda derrota de los infantes en 1445 y a partir de este momento la caída de los ingresos se acentúa hasta el punto de que en 1474, al comenzar el reinado de los Reyes Católicos, la Corona recibía un cuarenta por ciento menos que en 1429; las cifras absolutas de 1429 no serán alcanzadas hasta 1494 después de que se hubieran incorporado a la Corona los bienes de las órdenes militares, tierras y derechos granadinos y bienes confiscados por la Inquisición. Este descenso de los ingresos se explica por el gran número de personas exentas del pago de algunos impuestos y, sobre todo, por las concesiones hechas a los nobles a lo largo del siglo, y por las usurpaciones realizadas por éstos durante las épocas de claro predominio nobiliario. De hecho, sabemos que las concesiones hechas o arrancadas por la nobleza y el aumento de las exenciones, generalizadas al convertir en hidalgos a quienes acudiesen a la guerra con determinadas armas o tuviesen cuantías previamente fijadas, llevaron a la bancarrota de la Hacienda con grave perjuicio para la Corona, para las Cortes y ciudades que tienen que aumentar el valor de los subsidios, y para los nobles, que no pueden convertir en realidad por falta de ingresos de la monarquía las concesiones de rentas y salarios. Ya en el siglo XIII el problema era visible para las Cortes, que ordenaron en diversas ocasiones hacer inventarios de los sueldos nobiliarios y de los ingresos y gastos de los reyes para equilibrarlos. A lo largo del XIV las Cortes y los propios monarcas intentaron reducir las mercedes, pero sólo en 1480 se llegará a un acuerdo por el que los nobles aceptan una disminución de sus sueldos y rentas teóricas a cambio de que la Corona pague real y efectivamente. Los gastos ordinarios incluyen el pago de las concesiones y mercedes a la nobleza, a la Iglesia o a particulares (ascendían al veintiséis por ciento del total en 1429 y al treinta y cinco en época de los Reyes Católicos), el pago de los salarios de los servidores personales del monarca, de los oficiales del reino, de la gente de armas, de las tierras (su valor en dinero) y acostamientos concedidos a los nobles a cambio de servicios militares, de los gastos de sostenimiento de fortalezas y castillos... Entre los gastos extraordinarios figuran los mantenimientos o ayudas otorgadas a los miembros de la familia real, a algunos nobles con carácter temporal, a los miembros del séquito del rey para que puedan vivir de acuerdo con su categoría social, la celebración de nacimientos, bodas y funerales, los gastos de guerras y embajadas...
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Los diversos gobiernos practicaron una política de fomento de la economía hispana. Para conseguir la felicidad material de los súbditos y resituar a España en el concierto internacional, era preciso aumentar las fuerzas productivas de la Monarquía. Política exterior e interior eran en realidad dos caras de la misma moneda. Una buena posición entre las potencias europeas salvaguardaba las colonias americanas facilitando la capacidad de comerciar y el desarrollo económico del país. Un país con mayores posibilidades de producir y comerciar podía generar mayores recursos para la hacienda pública susceptibles de ser invertidos en los barcos, los ejércitos y los diplomáticos que debían asegurar la presencia internacional. La economía se convirtió, pues, en una pieza básica del programa de reformas que bastantes políticos e intelectuales españoles abanderaron. Pero si los objetivos eran fáciles de trazar, los medios para conseguirlos resultaron complejos y difíciles de articular. Para defender las colonias americanas era menester construir una potente flota, para mantener los dominios italianos era preciso dotar adecuadamente al ejército. Ahora bien, con recursos escasos en una hacienda siempre deficitaria y con un sistema fiscal que ya no podía exigir más a los pecheros, los recursos destinados a las fuerzas armadas dejaban de invertirse en la creación o mejora de la infraestructura material y del fomento económico interior. La solución a esta disyuntiva no era fácil, dado que los cambios debían hacerse sin alterar esencialmente la estructura social ni el edificio político absolutista que sostenía a la Monarquía. En este dilema, las autoridades reformistas optaron casi siempre por la vía de lo cuantitativo y no de lo cualitativo, de buscar el crecimiento rápido de las variables económicas sin atender demasiado a las formas del desarrollo, por la solución técnica antes que por la política. Casi siempre lo más importante fue obtener rápidamente recursos suficientes para seguir manteniendo la maquinaria del Estado y para hacer frente a los dictados de la política exterior con América como telón de fondo. Y más que inversión real y efectiva de dinero contante y sonante para el fomento económico (el escaso numerario se dedicó a la política exterior, lo que no dejaba de ser una inversión indirecta en la economía), los gobiernos reformistas confiaron en la posibilidad de transformación gradual de la economía española a través de la promulgación de leyes (decretos, cédulas, órdenes). Leyes justas y precisas amparadas por el rey y ejecutadas prestamente por un cuerpo político y un cuerpo burocrático que debía perfeccionarse. Esta práctica legalista significaba que para los gobernantes del siglo lo correcto y pertinente era que la sociedad accionase sus recursos y que el Estado se limitase a regularlos bajo la sabia batuta de la razón aplicada. La realidad mostró con toda crudeza su mayor complejidad. La economía española no obedecía a esquemas mecanicistas que creían poder poner en funcionamiento unos mundos estamentales y corporativos que resultaban en la práctica cuasi inmutables. Con todo, no puede negarse que los diferentes equipos ministeriales pusieron una gran pasión en la tarea de incentivar la economía española para ponerla al día respecto a lo que estaba sucediendo en otros países europeos (Holanda, Inglaterra o Francia) y que algunos logros deben ser destacados, sobre todo por sus consecuencias de futuro.
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Para empezar a hablar de la economía hispana durante el período de los Austrias Mayores quizá sería bueno hacer algunas observaciones sobre la percepción social de las categorías económicas. El Cuento de las esmeraldas y los quinientos ducados que, al parecer, se hizo muy popular a mediados del siglo nos servirá de punto de partida. Procedente de Indias, un pasajero llegó a Sevilla con una espléndida esmeralda que hizo tasar a un platero, para valerse del precio o de su estimación, es decir, para venderla o para comprar con ella: El platero le dijo que valía quinientos ducados. El pasajero sacó otra mejor que la primera en toda perfección y dijo: qué valdrán ambas. El platero dijo: valen ambas quinientos ducados. Sacó el dueño otra igual a la perfección de ambas y dijo: qué valen todas. Volvió el platero a darles precio a todas, dijo: quinientos ducados. Sacó una caja el pasajero llena de esmeraldas, todas muy grandes de perfecto color y varias figuras, y dijo al platero: qué valdrán todas. El platero dijo que todas valdrán quinientos ducados. Parece difícil explicar mejor cuál es la forma en que oferta y demanda entran en relación a la hora de determinar el valor de una mercancía. Sin duda, la sociedad española del XVI percibió con enorme claridad la acción de las variables económicas tanto en su dimensión estructural como coyuntural. En primerísimo lugar, se observó ese incremento continuo de los precios -relativamente mayor en la primera mitad del siglo que en la segunda- que, más tarde, acabaríamos conociendo como la revolución de los precios. La explicación habitual (teoría cuantitativa) de este fenómeno, que fue general a toda Europa, pasaría por la llegada masiva de metales preciosos (oro y plata) procedentes de las Indias, aunque los precios ya habían iniciado su alza continental antes de que empezase el envío de remesas de metales a España y en un movimiento que parece haber tenido que ver con la expansión demográfica tardomedieval. En una economía monetarizada como ya era la europea en el XVI, la puesta en circulación de una gran cantidad de medios de pago como eran los metales, que permitía sostener una demanda creciente de más y mejores bienes para los que disponían de un nivel de renta o salario suficientes, no pudo ser seguida por un incremento similar en la oferta de lo que se producía, porque tanto el volumen de la producción como la productividad eran muy bajos. Por tanto, si había una demanda efectiva creciente y la oferta no aumentaba al mismo ritmo, el precio de los bienes se disparaba. Por otra parte, los metales también eran considerados una mercadería, en palabras de Martín de Azpilicueta, y estaban, por tanto, sujetos a la leyes generales que rigen la transacción: de la escasez de un bien resulta su encarecimiento, de su abundancia su abaratamiento. Con el dinero habría sucedido algo parecido a lo que le aconteció al pasajero del cuento con sus esmeraldas: con una sola y extraordinaria podía comprar por valor de 500 ducados, pero, cuando fue añadiendo otras más, el valor adquisitivo de cada pieza se fue reduciendo progresivamente, hasta no poder comprar con una caja llena de esmeraldas más que lo que hubiera podido adquirir con una sola. En suma, allí donde hubiera más dinero, éste valdría menos y los precios se elevarían y, viceversa, donde los precios eran menores habría un menor volumen de metales en circulación. De toda Europa, fue en España donde los efectos de esa fase de la revolución de los precios se habrían hecho notar antes y en mayor medida, dada la afluencia continua de remesas indianas, bien a Sevilla, bien a otros puntos a través del contrabando. Los viajeros extranjeros insistían en lo caro que les resultaba vivir en las ciudades españolas, donde tenían que comprarlo todo. Por ejemplo, en 1526, Johannes Dantiscus escribía a su lejana Polonia que había tenido que protegerse de los fríos granadinos con "pieles de oveja, que están más caras aquí de lo que se venden las de zorro entre nosotros". El mismo embajador apuntaba, en una carta de 1524, una idea generalmente compartida en el exterior: "la mayoría de nuestra gente cree que aquí se vive con grandes lujos". La vinculación internacional de la Monarquía Hispánica con la riqueza tenía que ver con la evidente abundancia de metales arribados -la plata acabará desplazando al oro-; el continuo drenaje de éstos más allá de las fronteras como resultado de la creciente importación de productos, aunque las cantidades acumuladas en el interior deberían ser consideradas al alza; y la virtual capacidad de endeudarse "ad infinitum" con los grandes hombres de negocios europeos que parecían tener Carlos I o Felipe II para mantener su reiterada política internacional. Para el grabador de emblemas Philippe Galle, la idea de riqueza no podía simbolizarse mejor que como una matrona que, bajo el lema Pecunia, está coronada y rodeada de monedas que no son otra cosa que acuñaciones de plata castellanas. Menos serenidad muestra el autor de la Satyre Menippée cuando, para criticar el apoyo económico que Felipe II prestaba a la Liga francesa, inventó un nuevo taumaturgo para el calendario católico: Santo Doblón de las Indias, y a él le dedicó los versos siguientes: "Tal y como ayer yo aquí decía los impresores de París mal hacían porque en el nuevo calendario no ponían ese santo patrón de la cofradía de la Liga. El, que de tan noble familia procedía, desde las minas de Indias aquí venía, enviado por el Rey de Castilla a Francia para pagar cristianos de falsía". Si fuera de la Monarquía la imagen de lo hispánico pasaba por la consideración de sus riquezas, hasta juzgarla unas Nuevas Indias de Europa, en expresión del contador Luis de Mercado, dentro de ella la conciencia de una autonomía de lo económico fue generalizándose. Por más que se insista en pintar a la sociedad española del XVI pendiente de puntos de honor y, no se sabe muy bien cómo, desentendida del vil metal, la autopercepción de la riqueza material como una variable social en sí misma a la que hay que encontrarle un lugar en la jerarquía estamental parece haber sido innegable. Que la rentabilidad dineraria ha irrumpido con fuerza en los hábitos mentales de los españoles sale a relucir incluso en la construcción de analogías que, para la expresión de cualquier otro concepto, recurren a sus medios e instrumentos como término de comparación. Por ejemplo, la privanza cerca del rey fue uno de los grandes objetivos de la lucha política cortesana y, claro está, no puede dudarse de que tan egregia posición no se creyese reservada para que la disfrutasen sólo los órdenes privilegiados. Pero, para ejemplificar qué es la privanza, en una obra de don Bartolomé de Villalba y Estañá, Doncel de Jérica, podemos topar con un símil como el siguiente: "Porque juro tan al quitar es la privanza, que es violario y no de por vida". ¿Qué hace un caballero doncel jugando tan acertadamente con los conceptos de "al quitar", "de por vida" y "violario" -renta sólo anual- para explicar lo pasajera que es la gloria de los privados? ¿No debería estar hablando de la Fortuna clásica y heroica en vez de la fortuna que proporcionan los títulos de deuda? Nobles que quieren negociar con pastel para teñir los paños segovianos; señores jurisdiccionales que atraen hacia sus tierras a vasallos de realengo; arrendadores que pujan en subastas para quedarse con los diezmos de un obispado y cabildos que los conceden al mejor postor; regidores que saben cómo sanear su hacienda con bienes de propios y comunes; son muchas las estrategias forjadas sobre la percepción consciente de lo económico, que aparecen, por ejemplo, detrás de mayorazgos, juros al quitar, censos, enlaces matrimoniales o la pretensión de un oficio dentro de la casa real. Lo menos que podría decirse es que las nociones de crédito y rentabilidad están muy presentes en estas estrategias, aunque, claro está, su definición resultaría muy distinta a la actual. Obsérvese que en los ejemplos que acabamos de recordar también se juega con otros conceptos como vínculo, monopolio, señorío, exención fiscal personal, amortización de tierras... Y es que, lejos de haber supuesto la anulación de toda voluntad de negocio, el privilegio y sus medios pudieron convertirse en un instrumento para el logro tanto de rentabilidad como de crédito. Cabría, pues, considerar la existencia de una economía de estados que corriera pareja a la sociedad política de estados. De esta manera, sería posible acabar conciliando desigualdad estamental con mentalidad mercantil, dos conceptos que, con frecuencia, se presentan como de todo punto antitéticos porque, sin duda, lo serán en las economías industriales constituidas, en buena medida, gracias al desmantelamiento del Antiguo Régimen. Si una mentalidad mercantil es aquella que opera para obtener la máxima rentabilidad posible en cada momento, ni los llamados grupos burgueses habrían traicionado sus intereses por buscar el ennoblecimiento práctico en el siglo XVI, ni la nobleza habría sido siempre ese ocioso estamento antiproductivo. Todo esto, claro es, a la luz de las condiciones entonces imperantes, con una estructura económica caracterizada por escasa productividad, demanda débil e inelástica, desigual distribución de rentas, bajo nivel de salarios reales, alta dependencia de la agricultura extensiva, corto volumen de capital fijo, fuentes de energía limitadas o marcos de organización dominados por gremios y formas señoriales. En esas circunstancias, hacerse desigual, es decir, privilegiado, podía ser el requisito necesario para lograr la máxima rentabilidad posible.
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La base económica del Tahuantinsuyu estaba constituida por la explotación de los recursos naturales, cuyo producto se destinaba al mantenimiento de la población, tendiendo a conseguir además excedentes que, rigurosamente administrados, servían como base para atender a las necesidades de un Estado militarista cuya infraestructura requería constantemente el esfuerzo de una energía humana que, a su vez, necesitaba de esos excedentes para asegurar el perfecto funcionamiento del sistema. La fuerza de trabajo, el medio de producción, era la masa de Hatun runa, cuyo esfuerzo perfectamente reglamentado como tributo que se debía al Estado fue suficiente para soportar esas necesidades crecientes de un Imperio en constante expansión. El sistema de la división tripartita de esas tierras exigía la reglamentación de los sistemas de trabajo que las ponían en explotación. Para las del pueblo era fundamental garantizar la equidad en el reparto de las parcelas y su adjudicación a cada familia. La unidad de cultivo para ellas era el tupu, de extensión variable según la calidad del terreno. El tupu, para Louis Baudin, no se ajustaba a unas medias fijas; era "simplemente el lote de tierra necesario para el mantenimiento de un matrimonio sin hijos". El reparto del suelo era solamente en usufructo y se efectuaba periódicamente, cuidando de que cada familia tuviera acceso, dada la diferente calidad de ésta, a tierra de donde se pudieran obtener todos los alimentos necesarios para su sustento. Los lotes no podían ser cambiados ni, por supuesto, vendidos. Una vez repartido el suelo cultivable, la comunidad atendía a su puesta en explotación mediante el sistema del ayni, trabajo comunitario que se regía mediante un sistema de reciprocidad, que comprendía básicamente las actividades agrícolas, aunque también implicaba la construcción de la casa de cada nueva pareja. Este sistema de reciprocidad local, el ayni, implicaba la obligación para el dueño de la parcela que trabajaba toda la comunidad de alimentar a todos los que colaboraban con él mientras duraba el trabajo. Con esta reglamentación del ayni y con el acceso a los recursos de la tierra y a los medios de producción representados por el trabajo de todos sus miembros, las comunidades, como las familias, tenían asegurada su autosuficiencia económica.
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La economía maya gira en torno a la explotación de los recursos del bosque tropical húmedo para cubrir las necesidades de una sociedad compleja y estratificada. El modo de producción en su conjunto viene definido por las relaciones económicas entre el campesinado y el grupo dirigente. Tales relaciones se traducen en pautas de comportamiento social y en la ideología que las enmarca. Podemos afirmar, con palabras de Pedro Carrasco, que la base de la economía era una estructura de dominación derivada de la existencia de dos estamentos fundamentales, los nobles, que formaban como personal de gobierno la clase dominante, que controlaba los medios materiales de producción, y los plebeyos, que eran la clase trabajadora dependiente política y económicamente de la nobleza. La primacía del factor político en la organización de la economía se ve en que es éste el que explica los procesos de producción y distribución. Es indudable que la economía de Mesoamérica era preindustrial, es decir, que la rama más importante de la producción era la agricultura, de la que se obtenían no solamente alimentos, sino materias primas para muchas artesanías. El medio de producción básico es, en consecuencia, la tierra, y tanto la tierra como la fuerza de trabajo estaban controladas por el organismo político. Los recursos de las tierras bajas pueden dividirse en vegetales, animales y minerales. Entre los primeros el más importante era el maíz, al que siguen los tubérculos, el chile, las calabazas, los frijoles, el cacao, la vainilla, el ramón o árbol del pan, los zapotes, etc., todos ellos de consumo directo e inmediato; y como plantas destinadas principalmente al intercambio o que debían sufrir procesos de transformación, el copal, caucho, algodón, tabaco, achiote y otras semillas colorantes, madera y hojas de varias especies de palmas, y la corteza del ficus. Los animales que se cazaban o pescaban con destino a la alimentación o para aprovechar sus pieles, huesos, dientes y grasa, eran venados, armadillos, pájaros de rico plumaje, jaguares, iguanas, y en los ríos, lagos y costas de los mares, una gran variedad de peces, moluscos y crustáceos. Entre los recursos minerales citaremos la piedra caliza, el pedernal, las arcillas y algunas piedras duras.
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Son numerosos los textos que nos han permitido estudiar las pautas principales de la economía entre los sumerios. Estos nos indican que las actividades de subsistencia estuvieron controladas en principio por los templos, durante la etapa protohistórica y parte de la dinástica. Más tarde, el centro de la vida económica fue el palacio, una característica que continuó durante las etapas acadia y neosumeria. Desde el templo, los en de cada ciudad controlaban no sólo las funciones religiosas y civiles, sino también las productivas: régimen de regadíos, repartos de tierras, racionamiento de alimentos, artesanado, comercio, impuestos. La justificación de este sistema estaba en el hecho de que se consideraba a los dioses los propietarios de todo lo creado, tanto bienes como personas, de ahí que se considerase al templo su administrador. El en debía ocuparse de la realización de las obras públicas para el sostenimiento de la ciudad, como la construcción y ampliación de canales, por ejemplo. A cambio, podía disponer de todas las tierras de cultivo.
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Francia era, a finales del siglo XVIII, un país eminentemente agrícola. La agricultura francesa experimentó una lenta progresión debido esencialmente al aumento de la extensión de las tierras roturadas y a la introducción de nuevos cultivos, como el maíz y la patata. Sin embargo, se publicaron muchos tratados a lo largo de la centuria, mediante los que se intentaba difundir nuevas técnicas y modernos procedimientos para aumentar los rendimientos de la tierra. El Estado, incluso, intervino para fomentar la producción y estimular la aplicación de estos cambios. Pero estas innovaciones no tuvieron un gran alcance porque la población rural no estaba preparada para ponerlas en práctica debido a la presión de las rentas señoriales y eclesiásticas que tenía que soportar y también a su ignorancia. Además, existía suficiente suelo agrícola en Francia como para aumentar la producción simplemente mediante el aumento de la superficie cultivada, sin necesidad de modernizar la agricultura.La industria en Francia era todavía muy arcaica a finales del Antiguo Régimen. La producción industrial estaba en manos de los campesinos al menos en un 50 por 100. Fabricaban a escala local para el autoconsumo todo tipo de productos, como el pan, los aperos de labranza, la cestería, etc. En las ciudades, la producción correspondía a los gremios. Pero estas corporaciones constituían un freno para la industria, ya que la rigidez de sus reglamentos impedía que los artesanos más capacitados aumentasen la producción más allá de lo establecido por las ordenanzas, y que la iniciativa de los más inquietos sirviese para introducir nuevas técnicas que redundasen en beneficio de la calidad de los productos.Sin embargo, existía también una industria dispersa que se hallaba controlada por comerciantes-empresarios que utilizaban la mano de obra rural. Los campesinos complementaban así sus escasos ingresos en la agricultura con esta actividad que les permitía aumentar sus recursos sin abandonar su casa. En la industria textil era donde se empleaba con más frecuencia este procedimiento, de tal forma que había regiones enteras, como las de Bretaña y el Languedoc, que tenían una importante producción. En esta época se crearon algunas fábricas de tejidos de algodón, como la de Oberkampf en Jouyen-Josas, pero todavía constituían una excepción.También comenzaron a aparecer algunas fábricas siderúrgicas, como la de Le Creusot, creada en 1785, pero puede decirse que, en su conjunto, la economía francesa era todavía precapitalista y no se había producido una verdadera "revolución industrial".En cuanto al comercio, sí experimentó un crecimiento considerable a lo largo de la centuria, hasta el punto de que se multiplicó por cinco y superó al comercio de Gran Bretaña. Los puertos de Nantes y de Burdeos en el Atlántico alcanzaron un importante desarrollo y se convirtieron en dinamizadores de la economía industrial por cuanto espolearon la fabricación de productos para la exportación y al mismo tiempo facilitaron en sus alrededores la transformación de los productos coloniales que venían del otro lado del océano.Sin embargo, la situación económica de Francia no cesó de empeorar desde los inicios del reinado de Luis XVI. La industria textil se vio afectada negativamente por una disminución de las importaciones de algodón; la tremenda sequía del año 1785, diezmó el ganado lanar y la producción lanera se redujo sensiblemente; la crisis de la producción vitícola, por ultimo, dejó maltrechas las economías de los agricultores de la mitad meridional del país. Pero, sobre todo, tuvo unos efectos muy negativos sobre la economía la disminución del comercio con las Antillas, desde el momento en que la guerra de América había abierto aquellos puertos a otros países neutrales, terminando así con el monopolio que Francia había mantenido con ellos. Esa situación repercutió en los puertos franceses del Atlántico, que vieron disminuir considerablemente las cifras del tráfico marítimo. Se creía, no obstante, que esa disminución del comercio antillano se vería compensada con el incremento del tráfico con los Estados Unidos, con los que se firmó un tratado de comercio mediante el que se reducían recíprocamente las tarifas aduaneras. Pero una vez terminada la guerra, los Estados Unidos dirigieron de nuevo su comercio hacia Inglaterra. A pesar de todo, en 1786, Francia firmó un tratado de comercio con Gran Bretaña, aunque sus resultados no fueron muy productivos. Por el contrario, Francia se vio invadida por productos industriales británicos, sobre todo productos textiles, que hacían la competencia a los franceses, mientras que las exportaciones francesas -la seda, sobre todo- no se vieron muy incrementadas.Así pues, en vísperas de la Revolución, se quebró esa prosperidad industrial y comercial que había tenido una evolución favorable desde comienzos del siglo XVIII. Y lo mismo puede decirse de la situación de la agricultura, pues las condiciones meteorológicas de los años 1787 y 1788 fueron realmente malas y las cosechas lo acusaron. Si a esto se une el hecho de que las medidas tomadas por el gobierno en 1787 para liberar la exportación de granos, dejó vacíos los graneros y produjo una inmediata elevación de los precios, se entenderá el drástico aumento del coste de la vida que afectó, sobre todo, a las clases más desfavorecidas.De esta forma se desencadenó todo el mecanismo típico de las crisis del Antiguo Régimen: la masa, desprovista de medios de subsistencia, deja de comprar productos manufacturados; las industrias, ante la falta de demanda, se ven obligadas a echar a la calle a los trabajadores, que a su vez, no tienen otro recurso que dedicarse a la mendicidad. El número de indigentes en las ciudades se ve incrementado con los campesinos que acuden a los centros urbanos en busca de los establecimientos de caridad, o con la esperanza de poder encontrar unos medios de vida que no les ofrece el campo.
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Para aquel que conozca el proceso metalográfico que exige la fabricación de objetos de hierro no ha de producirle sino sorpresa el que éstos reemplazaran a los de bronce a fines de la Prehistoria europea. Cuando al término del II milenio, y en los primeros decenios del primero a. C. se hubo alcanzado un gran dominio en la fundición (a molde y a la cera perdida) y aleación del cobre y del estaño, se inaugura, oficialmente, una era presidida por una tecnología metalúrgica sumamente compleja, y de resultados, inicialmente, más deficientes que los conseguidos en la metalurgia del bronce. El hierro se encuentra en yacimientos de hematita y magnetita, muy abundantes en la superficie de la tierra. También lo hace en forma de meteoro. Entra en lo posible que el hombre antiguo conociera este metal mucho antes de la edad en la que se le atribuye su uso, y le otorgase cualidades mágicas. Existen objetos, si bien pocos, de hierro meteórico datables en el V y IV milenio a. C. Pero estos ejemplos son del todo marginales a los de hierro auténtico como metal industrial. Para comprender la magnitud del problema planteado, y no satisfactoriamente resuelto en los estudios dedicados a esta crucial etapa de la historia del Viejo Continente, nos excusarán aquellos lectores familiarizados con la tecnología del metal que recordemos aquí los principios básicos exigidos para la producción de hierro. Sólo a temperaturas que sobrepasen los 1.537 grados, el hierro se funde. Los primeros herreros, pues, necesitaron aumentar considerablemente el grado de combustión de los broncistas, quienes, a lo sumo, elevaron el horno a 1.200 grados. El metal ferruginoso salido de esta combustión es una masa esponjosa mezclada con un considerable componente de escoria que permanece viscosa por debajo de los 1.177 grados. El artesano del hierro ha de volver a calentar el metal, y extraer la escoria mediante martillado. El hierro que emerge entonces no es del todo puro, por lo que, de nuevo, ha de ser calentado y martillado hasta eliminar la escoria por completo. Aun así, este material de hierro es mucho más frágil y blando que el bronce. Difícilmente, pues, pudieron considerarse prácticos los utensilios de construcción o los agrícolas (picos, hachas, azadas y hoces) hechos con semejante metal. Esta clase de hierro es incompatible con la fundición de objetos con moldes de arcilla, de piedra o de cera, puesto que no se derrite por debajo de la ya mencionada temperatura de 1.537 grados. En consecuencia, a pesar del esfuerzo realizado en la extracción del hierro, su fundidor no pudo aspirar a nada parecido a una obra de arte, sacada con los ya rutinarios métodos del broncista. Sólo el accidental conocimiento de una aleación, el hierro carbonizado, pudo salvar a este metal de tan desfavorable posición con respecto al bronce. Al recalentar la materia prima del hierro en un fuego mantenido a base de carbón, aquélla terminó afectada tanto por el carbón orgánico como por el monóxido de carbono que produce la combustión, con el resultado de transformarse en un hierro carbonizado. El nuevo hierro es, pues, acero, y mucho más resistente y duro que el bronce. No todos los inconvenientes del hierro están resueltos al alcanzar el proceso de su manufactura esta fase. El hierro carbonizado, a la salida de la forja, es quebradizo. Es necesario enfriarlo por el medio más rápido posible: sumergiéndolo en agua. Este invento era conocido en Grecia en tiempos de Homero. En el libro IX de "La Odisea" se menciona como algo realmente extraordinario este procedimiento de forma casi literal. Odiseo y sus hombres han quedado atrapados en la cueva del gigante Polifemo, y tratan de emborracharle. Deciden entonces cegarle con un tronco de olivo candente, y el texto de la aventura viene a decir así: "Como cuando un hombre que trabaja en una fragua sumerge en agua fría un hacha grande o una azada y se produce un silbido fulminante, que es la manera de endurecer al hierro, así chisporroteaba el ojo del Cíclope al tropezar con el tronco de olivo". Por extraño que parezca, el hierro, efectivamente, se endurece al contacto con el agua, cuando la experiencia común haría creer lo contrario. Todavía en este punto el hierro no está libre de problemas. Al apagarlo con aquel procedimiento brusco, el acero tiende a resquebrajarse, con lo cual ha de templarse a continuación, a una temperatura y durante un tiempo muy medido. No es de esperar que el metalúrgico de la Antigüedad adquiriera y utilizara, conscientemente, este último perfeccionamiento de la elaboración del hierro. Hay constancia, no obstante, de que en el Próximo Oriente, hacia el siglo IV a. C., se había llegado a alcanzar una manera rústica de atemperar el hierro, recubriendo el objeto manufacturado con arcilla, calentándolo y sumergiéndolo en agua sucesivamente. Pero el invento, y de forma limitada, llegó tarde y desde muy lejos a Europa. Un largo camino de experiencia tecnológica se recorrió desde que hicieran su aparición, allí por el 1200 a. C., en los confines del Próximo Oriente (Fenicia, Chipre, y ciertos puntos de Grecia) los primeros objetos de hierro carbonizado.