En el periodo comprendido entre 1905 y 1949 se desarrollan las mayores rupturas de la tradición artística. Es la época de las vanguardias históricas, un periodo en que la creación se abre a nuevos horizontes de una complejidad desconocida. El Salón de Otoño de 1905 dio origen al Fauvismo, un estilo caracterizado por la violencia del color, adquiriendo el cuadro una total autonomía respecto a la realidad exterior. Matisse y Vlaminck serán los creadores más importantes de este movimiento. El expresionismo tendrá su origen en Alemania y está caracterizado por la primacía de lo subjetivo, representando los sentimientos y las pasiones extremas, aludiendo a la angustia, la soledad, la alegría o el amor. Die Brucke, con Kirchner a la cabeza, y Der blaue Reiter serán los grupos más importantes. El cubismo es considerado como una corriente formal desarrollada por Picasso y Braque entre 1907 y 1914. Tomando como punto de partida a Cézanne, redujeron la realidad a formas geométricas elementales empleando tonalidades marrones, grises, pardas y verdes. El collage será una de las principales aportaciones de este movimiento. El salto hacia la abstracción se produjo en algunas vanguardias entre 1910 y 1917, debido a la pretensión de conceder más autonomía a la obra respecto al asunto representado. Una primera variante pude calificarse de lírica, siendo su principal representante Kandinsky, quien emplea manchas de colores. La abstracción geométrica evoluciona desde el cubismo, utilizando figuras geométricas con líneas y planos ortogonales pintados con colores puros. Mondrian y Malevitch son los dos genios de este movimiento. El futurismo surgió en 1909 con el manifiesto del poeta Marinetti. Al considerar agotadas las nociones impuestas por el academicismo, se interesaron por el movimiento y la belleza de las máquinas. La frase"Un automóvil de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia" resume claramente la filosofía del grupo. La ruptura más brusca se produjo con el dadaísmo, movimiento que surge en Zurich en 1917. Los dadístas se interesaron por emplear el azar como medio creativo, provocar el escándalo del público utilizando la ironía y emplear materiales de desecho. Será el punto de partida del último "ismo", el surrealismo, movimiento que busca la libertad personal y colectiva, borrando las fronteras entre lo racional y lo irracional, interesándose por Freud y el mundo de los sueños, creando en numerosas ocasiones de automática e irreflexiva.
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En la actividad económica del último cuarto de siglo cabe distinguir cuatro etapas: una primera de expansión, entre 1875 y mediados de la década siguiente -en contraste con la gran depresión que había comenzado en Europa en 1873 y se prolongaría hasta 1896-; la bonanza en la economía española estaba en función de la recuperación de fuerzas tras la terminación de la guerra carlista, de la estabilidad política, y -en términos estrictamente económicos- de la fuerte demanda exterior de vinos y minerales. La segunda etapa, marcada por la crisis agrícola y pecuaria, abarca la segunda mitad de los años ochenta y los primeros noventa; suponía la versión española de un fenómeno europeo occidental: la pérdida de competitividad de sus productos agrícolas en comparación con los de países nuevos como Rusia o Argentina, a los que la revolución de los transportes había integrado en el comercio mundial. La tercera etapa, entre 1891 y la crisis de fin de siglo, supone una cierta recuperación, al amparo del Arancel de aquel año y de medidas proteccionistas en las colonias. Por último, la guerra de Cuba y la derrota frente a los Estados Unidos crean una coyuntura específica, también en lo económico.
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Pese a todas sus dificultades, el crecimiento económico de los años anteriores había permitido situar a los países latinoamericanos en un lugar intermedio entre las economías más industrializadas y el resto del mundo en vías de desarrollo. Si bien en muchos casos el modelo de crecimiento económico ya estaba en crisis, o había alcanzado su techo, entre 1960 y 1979 la mayor parte de los países latinoamericanos creció más rápido que los Estados Unidos o los restantes miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). En la década de los 80, el signo de la coyuntura económica cambió radicalmente y se desató la mayor crisis económica que conoció la región. El PIB (Producto Interior Bruto) de América Latina creció en términos reales a una tasa anual del 4,8 por ciento en la década de los 50, al 5,7 en los 60, al 7,4 entre 1970 y 1973 y al 5,1 entre 1974 y 1980. Más allá de las crisis y de las políticas económicas de signo contradictorio que se aplicaron, entre 1960 y 1981 diez países latinoamericanos crecieron a tasas superiores al 2,5 por ciento anual. Era una cifra considerada como el umbral mínimo para garantizar el crecimiento, establecida a principios de los 60 por la Alianza para el Progreso y que muchos observadores, en su momento, estimaron como un porcentaje demasiado ambicioso. Entre esos países estaban Brasil, México y Colombia y junto a ellos encontramos a otros nueve que crecieron menos del 1,6 por ciento del PIB per cápita, como Argentina, Uruguay, Venezuela, Chile y Perú. En el otro extremo se pueden ubicar casos como el de Jamaica, cuyo PIB anual creció un 3,8 por ciento entre 1960 y 1966 y más de un 6 por ciento entre 1966 y 1972, pero que entre 1973 y 1980 vio cómo su PIB se contrajo en casi un 18 por ciento. Las altas tasas de crecimiento no pudieron evitar que la economía latinoamericana, a diferencia de lo que había ocurrido en el pasado, continuara caracterizándose por su escasa participación en el comercio internacional, ya que en el quinquenio 1976-1981 los intercambios de la región sólo representaron el 15 por ciento del total mundial. Los esfuerzos realizados en la industrialización no produjeron avances significativos en lo tocante a la diversificación de las exportaciones y en realidad ocurrió todo lo contrario: las manufacturas apenas se exportaban y las ventas al exterior seguían centrándose en unos pocos productos primarios. A principios de 1980 la mayor parte de las divisas provenientes de las exportaciones tenían su origen en once materias primas. De acuerdo con datos de 1984, México, Venezuela, Ecuador y Trinidad-Tobago recibían más del 40 por ciento de sus exportaciones de petróleo; Colombia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Haití y Honduras obtenían más del 20 por ciento del café. Chile, que ha avanzado mucho en el terreno de la diversificación de sus productos primarios, sigue dependiendo en más del 45 por ciento de sus exportaciones del cobre, lo que es una cifra bastante elevada. El inicio de este período coincide con la Revolución Cubana, que tuvo repercusiones contradictorias sobre la economía del continente. La Revolución fue un motivo de esperanza para quienes veían en el antiimperialismo y el socialismo el camino más rápido y seguro hacia el crecimiento económico, lo que en algunos casos reforzó la aplicación de políticas altamente intervencionistas. Pero la continua y creciente participación del Estado en la economía condujo a la mayor crisis latinoamericana (la de la deuda externa) y acabó con buena parte de los procesos de industrialización sustitutiva y de crecimiento hacia adentro que se habían ensayado. El modelo cubano al socialismo, tuvo en algunas áreas, como educación, salud y vivienda, resultados iniciales que se pueden situar por encima de la media latinoamericana, pero su desempeño macroeconómico fue bastante mediocre, lo que se atribuyó al bloqueo norteamericano y no a la mala gestión de sus autoridades. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la continua e importante ayuda soviética limitó considerablemente los efectos del bloqueo. Pese a sus limitaciones, la experiencia cubana contó con la fuerza necesaria para manifestar las contradicciones y las dificultades de las restantes sociedades latinoamericanas en su búsqueda del crecimiento y el desarrollo. Las distintas opciones ideológicas, como el desarrollismo, el industrialismo, el socialismo, las dictaduras militares o la guerrilla nacionalista o marxista, dispuestas a aplicar algún tipo de política intervencionista no pudieron modificar una realidad que aparecía más refractaria al cambio de lo que los ideólogos y políticos creían. Lo mismo ocurrió con los primeros experimentos neoliberales de principios de la década de los 80, caracterizados más por sus intervenciones monetaristas que por la aplicación de una sistemática política desregularizadora. Había que enfrentarse a una realidad moldeada desde los años 30 y que logró consolidar numerosos intereses creados, capaces de satisfacer a los sectores sociales de mayor peso político. Ni los trabajadores ni los grandes empresarios dedicados a abastecer al Estado querían, más allá de sus posturas declarativas, cambiar las cosas. A principios de la década de 1990, las grandes metas e ilusiones de los 60 se habían cambiado por un mayor eclecticismo. Lo mismo ocurrió con la democracia, que de ser un concepto devaluado y calificada despectivamente de burguesa o formal pasó a ser un valor en sí mismo. Esto se observa en una serie reciente de tratados internacionales que garantizan ayudas al desarrollo, con cláusulas de salvaguarda que vinculan el mantenimiento de préstamos a bajo interés con la pervivencia de los regímenes democráticos, como ocurre con los tratados bilaterales firmados por España con Argentina, Brasil, México y Venezuela o el de Italia con Argentina. El desempeño económico latinoamericano en la década de 1980, con tasas negativas de crecimiento en muchos países, fue desastroso y esos años se denominaron la "década perdida". Sólo el abandono del populismo permitió comenzar a superar esa coyuntura sumamente difícil. Entre 1980 y 1990, la renta per cápita descendió globalmente un 10 por ciento. Entre 1980 y 1989 la tasa de crecimiento real del PIB en Argentina fue de -13,5 por ciento, en Nicaragua de -9,6 por ciento, en Perú de -5,1 por ciento y en Venezuela del -3,8 por ciento. En Brasil, las cifras de crecimiento del PIB per cápita también fueron negativas. El crecimiento demográfico fue más rápido que el de la renta y en casi todos los casos el crecimiento per cápita descendió con respecto al incremento real del PIB. Las tasas de crecimiento de la población estuvieron en el orden de un 2,3 por ciento anual y el número de habitantes pasó de 217 millones en 1960, a 283 en 1970 y 405 en 1985. Sólo en Brasil había 145 millones de personas en 1989, lo que convierte al país en un gran mercado potencial.
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Los reyes de Akkad, siguiendo la tradición comenzada por los gobernantes sumerios, concentraron en sus manos toda la economía, dado el centralismo político del Imperio. Su expansionismo guerrero tuvo como uno de sus fines principales el obtener botines de guerra, así como asegurar para Mesopotamia el abastecimiento de materias primas de las que carecía. Los reyes acadios fueron los grandes propietarios de la tierra, que era incorporada ya mediante conquista ya mediante compra. En este caso se conoce la adquisición de Manishtushu de numerosos campos a cambio de 150 kg de plata y varios regalos. Posteriormente las tierras eran entregadas a funcionarios y jefes militares. Las ciudades tuvieron un régimen económico autárquico, complementado con la llegada de productos y botines obtenidos mediante la guerra o el tributo. Cereal, madera, metales, sal, pescado seco, carne o manufacturas eran los bienes que recibían las ciudades como tributo. Los reyes de la III dinastía de Ur -excepto la ciudad de Lagash, que función como ciudad-templo, más que como ciudad-Estado- controlaron también la economía y la propiedad de la tierra. En sus manos estará el satisfacer las necesidades de los templos, nombrar a sus dignatarios o inspeccionar sus riquezas. También estará en manos de los reyes establecer la cantidad que deben tributar los administradores de territorios y provincias.
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El estudio de la economía azteca es difícil por lo limitado de las fuentes que permiten cuantificar o medir de algún modo las distintas fuerzas que jugaban papel determinante en la producción. Así, por ejemplo, si hay hasta ahora enormes divergencias en los cálculos sobre el número de habitantes en el México prehispánico, habrá que reconocer que no será fácil precisar cuál era, en las distintas ciudades, pueblos, aldeas y regiones, la cantidad de personas dedicadas a tal o cual forma de actividad productiva. Recordemos en este contexto que, entre los cálculos expresados sobre la población del área central (actuales estados de México, Hidalgo, Puebla, Tlaxcala, Querétaro, Guanajuato, Michoacán, Colima, Jalisco, Guerrero y Veracruz), en tanto que unos hablan de sólo tres o cuatro millones de individuos, otros elevan la cifra hasta más allá de los veinte millones. Disponemos, en cambio, de mayor número de testimonios que permiten conocer las principales formas de especialización de quienes integraban la fuerza humana de trabajo. En primer lugar, sabemos que existía una distribución de actividades en función del sexo. Así, al hombre correspondían las importantes tareas agrícolas y la mayor parte de las formas de producción artesanal. A la mujer, en cambio, tocaban los quehaceres del hogar, algunos nada fáciles como la transformación del maíz en masa para las tortillas, lo que presuponía largas horas de trabajo en la piedra de moler. Hilar y tejer eran asimismo ocupaciones que competían a la mujer. Conocemos también especializaciones tales como las que correspondían a quienes se ocupaban en trabajos extractivos (pescadores, recolectores, mineros y otros). Asimismo muestran los testimonios la existencia de grupos dedicados a la construcción (albañiles, canteros, carpinteros, pintores), a las industrias manufactureras (alfareros, canasteros, productores de esteras, sandalias, curtidores, etcétera). Mencionaremos el amplio campo de la especialización artesanal, la de quienes producían objetos de índole utilitaria y de consumo general como papel, instrumentos líticos y de madera, canoas, etcétera, y la de aquellos que elaboraban artículos de lujo o suntuarios, principalmente para los miembros de la nobleza y el culto religioso. Entre estos últimos había orfebres, artífices de la pluma, escultores, los que elaboraban los códices y los gematistas. Debemos insistir, sin embargo, en que, a la par que había estas especializaciones, la gran mayoría de los macehualtin o gente del pueblo, dedicaba buena porción de su tiempo a la labranza de la tierra. Precisamente los productos que de ella obtenía le permitían en alto grado su subsistencia, la familiar y la comunitaria, al igual que el pago de los tributos que correspondían al supremo gobernante, al culto religioso y a otros propósitos ligados con la administración pública.
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El proceso poblacional que siguió a la exploración y conquista es la base de la configuración del sistema económico colonial, en el que se articulan factores como el trabajo, la tierra, la producción agrícola, minera e industrial y su comercialización, y, de otro lado, las exigencias fiscales y la capacidad industrial de la metrópoli. Entre España y las Indias se establecen unas relaciones que han sido calificadas de interdependientes, pero cuyo más claro resultado fue la dependencia económica americana. En 1794 uno de los máximos representantes de la administración colonial, el conde de Revillagigedo, virrey de Nueva España, expresaba así la verdadera naturaleza de las relaciones entre España y América: "No debe perderse de vista que esto es una colonia que debe depender de su matriz, España, y debe corresponder a ella con algunas utilidades por los beneficios que recibe de su protección, así se necesita gran tino para combinar esta dependencia y que se haga mutuo y recíproco el interés, lo cual cesaría en el momento que no se necesitara aquí de las manufacturas europeas y sus frutos". De ahí que la economía colonial se concrete en: una gran minería de metales preciosos, unas buenas agricultura y ganadería, una industria deplorable y un monopolio comercial que sintetiza todo. La explotación económica de las Indias será causa y efecto del desarrollo de un sistema económico que se ha llamado mercantilismo y que puede definirse como el conjunto de medidas de política económica aplicadas durante los siglos XVI al XVIII para conseguir, mediante la intervención del Estado, la acumulación de metales preciosos y una balanza comercial favorable. El mercantilismo no existió como sistema o doctrina orgánica (incluso no tuvo nombre hasta 1776, cuando Adam Smith lo bautizó así porque ponía su acento en el comercio) sino como una serie de medidas prácticas íntimamente relacionadas con la revolución comercial de la época y la creación de los grandes Estados nacionales absolutistas. La idea clave es que la verdadera riqueza consiste en la posesión de oro y plata (numerario), pero no por un mero atesoramiento, sino por ser fuente de riqueza mediante una inversión adecuada. Los países no productores de dichos metales sólo pueden obtenerlos mediante un excedente continuo de las exportaciones sobre las importaciones o bien mediante la obtención de colonias que proporcionen esos metales o sean un mercado exclusivo para los productos manufacturados de la metrópoli. Se formula así el llamado Pacto colonial, consistente en la explotación de las colonias en beneficio exclusivo de la metrópoli, lo que implica el proteccionismo de las manufacturas nacionales y la exclusividad o monopolio del comercio con las colonias. El marco teórico del mercantilismo establece que las colonias deben aportar suficientes ingresos fiscales como para pagar todos los gastos de su propia administración y defensa y enviar un excedente a la metrópoli, así como abastecerla de materias primas que una vez procesadas en sus fábricas se exportarían a otros países, incluidas las propias colonias. La plata americana llegó a la metrópoli, pero sólo condujo a un proceso inflacionario y no a estimular la producción, convirtiéndose España en el principal cliente de los países mercantilistas europeos. Es decir, América cumplió su parte del pacto colonial; falló, sin embargo, la otra parte, pues la metrópoli fue incapaz de articular una política industrial eficaz en una situación de impuestos altos, consumo también alto, ruinosos conflictos internacionales y, posiblemente, falta de talento empresarial (J. Fisher). El mercantilismo español del siglo XVIII (reflejado en textos como Theórica y práctica de comercio y de marina de Jerónimo de Ustáriz, el Proyecto económico de Bernardo Ward o el Nuevo Sistema Económico para la América, atribuido al ministro José del Campillo) defenderá la aplicación en España de las medidas asociadas al mercantilismo de Francia, Inglaterra y Holanda, consistentes en promover la industria nacional eliminando las tarifas e impuestos interiores, liberalizar el comercio indiano -sin renunciar a la exclusividad- y aumentar la demanda colonial de manufacturas españolas, incluso por la vía de mejorar la situación de mestizos e indios para aumentar su capacidad adquisitiva. Tal será el sentido de las reformas borbónicas, que suponen un intento de aplicar rigurosas prácticas mercantilistas cuando ya este sistema está dando paso en Europa a la revolución industrial y la era del capitalismo.
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Dentro de los países de la Corona, Aragón es el que posee una agricultura tradicional y un sector ganadero más sólidos. Su estructura de cultivos experimentó, según J. A. Sesma, a quien seguimos en lo tocante a Aragón, algunas modificaciones durante el siglo XIV: básicamente se produjo un descenso relativo de la producción cerealística, una intensificación del cultivo del olivo y la vid y una potenciación del lino, el cáñamo y el azafrán. El trigo aragonés era suficiente para cubrir las necesidades del reino y alimentar un rico comercio de exportación hacia Cataluña y también el sur de Francia superior a los 15.000 cahices anuales. El aceite aragonés era muy apreciado en Navarra, Cantabria y el sur de Francia hacia donde afluían los excedentes en cantidad superior a las 100.000 arrobas anuales. Los cultivos de azafrán, introducidos por los musulmanes en el Bajo Ebro, se extendieron durante la segunda mitad del siglo XIV bajo el estímulo de la demanda del mercado centroeuropeo y del sur de Francia, canalizada por mercaderes aragoneses, catalanes, saboyanos y alemanes. La cabaña aragonesa de ganado lanar, favorecida quizá por el incremento de la superficie de pastos a raíz del abandono de tierras de cultivo por las mortandades, superó ampliamente el millón de cabezas a finales del siglo XIV y duplicó esta cifra a mediados del XV. Cabe distinguir tres zonas ganaderas en Aragón: 1) Zaragoza y su término, con el 30 por ciento de los efectivos aproximadamente y el control de la Casa de Ganaderos de Zaragoza, que desde comienzos del siglo XIII obtuvo licencias de pasto por la cuenca del Ebro y las tierras del Somontano Ibérico, y en 1459, de acuerdo con las autoridades zaragozanas, convirtió en dehesa parte de los montes comunes del término de Zaragoza (J. A. Sesma); 2) el Bajo Aragón, con las comunidades de Teruel, Daroca y Albarracín, que poseían más del 40 por ciento de las cabezas de ganado del reino y enviaban sus ganados a los pastos de verano del Maestrazgo y hacían las invernadas en el llano de San Mateo, y 3) la zona norte, la más atrasada, que agrupaba cerca del 30 por ciento de los ganados, y practicaba desde antiguo un sistema de trashumancia que enlazaba los valles pirenaicos (pastos de verano) con las tierras de invernada de la Litera y las Cinco Villas. No hace falta decir que Aragón era autosuficiente y exportador de carne de ovino, aunque habría que añadir que importaba ganado vacuno y porcino. Cataluña, a causa del crecimiento de la población durante la plena Edad Media, antes de las epidemias, y de la orientación de una parte de la agricultura hacia los cultivos especulativos e industriales de exportación, fue, como Mallorca, desde el siglo XIV, un país deficitario en cereales, sobre todo trigo, que habitualmente se importó de Aragón, Languedoc, Provenza, Castilla, Cerdeña y Sicilia, y a veces también de la península italiana y el norte de Africa. Barcelona era el principal centro consumidor, y el aprovisionamiento y venta del cereal una de las grandes preocupaciones de los magistrados municipales, que intervenían activamente en este tráfico. El trigo aragonés, especialmente apreciado por los barceloneses, llegaba por la ruta fluvial del Ebro, vía Tortosa, y desde aquí por mar hasta Barcelona, con lo que resultaba especialmente vulnerable al asalto de los piratas. Para defenderlo de sus ataques y de los impuestos de Tortosa, y garantizar mejor el abastecimiento, las autoridades barcelonesas compraron castillos y baronías de la zona del Ebro como Flix, la Palma y Mora. El trigo sardo, siciliano e italiano era bien aceptado en Valencia y Mallorca (ampliamente deficitaria de cereal en esta época) pero menos en Barcelona, donde se temían los problemas de suministro a causa de las guerras marítimas entre genoveses y barceloneses (como sucedió en 1333) y de la irregularidad de las cosechas sardas. Con el comercio del trigo se cometieron abusos y enriquecimiento ilícito, y las carestías produjeron situaciones de gran tensión que las autoridades intentaron atajar con la venta del cereal a bajo precio, lo que agravó el endeudamiento de la ciudad. Cataluña, según C. Carrére, renunció a la autarquía cerealística durante el siglo XIII o a comienzos del XIV, cuando los mercaderes barceloneses persuadieron a señores y campesinos de que era más rentable cultivar plantas industriales y comerciales, como el azafrán, que cereales. Durante más de un siglo el azafrán, producto cotizado en los mercados europeos, proporcionó las divisas necesarias para comprar trigo y materia prima para su industria. Pero, con ello, las bases económicas del país se habían hecho muy vulnerables. Cuando hacia 1450, en plena crisis, se perdieron mercados exteriores, fue todo el sistema económico y social el que resultó dañado. En contraste con la producción cerealística, Cataluña producía vino, aceite y fruta seca suficiente para sus necesidades y para la exportación. Las carencias volvían a notarse en el sector ganadero, del que también fue crónicamente deficitario el reino de Mallorca. El aprovisionamiento cárnico fue una de las grandes preocupaciones de los gobiernos de las ciudades, sobre todo de Barcelona. Mientras Cataluña era autosuficiente en carne porcina y aves de corral, resultaba deficitaria en carne de ovino, que era menester importar de Aragón, y queso de oveja que se compraba en las Baleares, Sicilia y Cerdeña. La miel, edulcorante tradicional, procedía de las comarcas más meridionales del Principado y de la tierras del norte del reino de Valencia, donde también se producía y exportaba azúcar de caña. Cataluña era también un país deficitario en pescado, lo que obligaba a comprarlo seco y salado de Sicilia, Málaga y Flandes, transportado en este caso por castellanos y portugueses. Como es lógico, también a Aragón llegaba el pescado del exterior, en este caso del Cantábrico, por la ruta de Navarra. La situación en el reino de Valencia era distinta. Aunque también había déficit frumentario, los valencianos poseían una agricultura próspera y variada, que con frecuencia les permitía compensar la carencia de unos productos con la abundancia de otros: la penuria de trigo, por ejemplo, a veces se combatía con arroz. Mientras las Baleares y el Principado, carentes de una base agrícola firme, dependían de los márgenes de beneficios de su comercio exterior para comprar alimentos, la producción del agro valenciano los años buenos (los de tres cosechas, decía Eiximenis) cubría la demanda interior, y tenía sobrante para exportar (sobre todo arroz y azúcar). Sería esta mayor riqueza agrícola, unida al flujo constante de inmigrantes, lo que explicaría que Valencia superara pronto la crisis bajomedieval e incluso iniciara un período de prosperidad, mientras Mallorca y Cataluña seguían hundidas en la crisis. El punto débil de la agricultura valenciana era el déficit de trigo (la única región excedentaria era la de Orihuela), producto que los agricultores postergaban porque lo consideraban menos rentable que las hortalizas, el arroz, los cítricos, la caña de azúcar y las plantas industriales. Los magistrados de la ciudad de Valencia compartían con los de Barcelona una similar preocupación por el aprovisionamiento de trigo que, según las necesidades y la situación del mercado, podían importar de Sicilia, Nápoles, Berbería, Francia y Aragón. El reino de Valencia era probablemente más ganadero que Cataluña. Mediante acuerdos, sus ganados pastaban en tierras aragonesas de Albarracín y en castellanas de Murcia y Cartagena.
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La economía hispanoamericana es casi más difícil de definir que su sociedad. Los indígenas practicaron su sistema ancestral de producción de modo asiático, los plantadores el capitalista con esclavos y los encomenderos el sistema feudal tributario, pero entre uno y otro se dieron toda clase de fórmulas intermedias. Equiparando dicha economía a su sociedad podría decirse que era tan mestiza como aquella. De aquí el fracaso de calificarla de una u otra manera. En términos generales podría decirse que funcionaba cierta economía de mercado, pero de mercado precario, ya que realmente no existía apenas mercado de nada: ni de capitales, ni de trabajo, ni de tierras, ni de comercio, ni de libre competencia. Los capitales fueron siempre escasos (no así los patrimonios de tierras) y el dinero (acaparado por la Península) circulaba con cuentagotas. El trabajo era obligatorio para el 85,5% de su población, como vimos, quedando un porcentaje muy pequeño (había que descontar la población española) para libre contratación. El mercado de tierras era aun más utópico, pues la Corona las había repartido tras la conquista, quedando muy pocas en el mercado de compra-venta. El comercio estaba monopolizado por Sevilla y estaba lleno de restricciones (Guayaquil no podía exportar a México, Buenos Aires a Brasil, etc.). Hasta la producción estaba coaccionada, pues la Corona prohibió o restringió que se plantara vid, morera o se produjeran paños para evitar la competencia con la metrópoli. No es, como vemos, una imagen ideal de economía de mercado.
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El imperio de Ghana, uno de los reinos africanos más poderosos de su tiempo, basaba su economía, por un lado, en la agricultura y la ganadería de las que vivían la mayor parte de la población, y por otro, en el comercio transahariano y las actividades artesanales. Desde el siglo VIII hasta el siglo XII el imperio de Ghana fue una especie de meta comercial a la que la gente iba a hacer fortuna en busca sobre todo de oro que después servía para acuñar los dinares de las dinastías islámicas del Africa mediterránea. Por otro lado el comercio de la sal y su monopolio por los reyes de Ghana fue la otra de las bases económicas de este imperio que controlaba su comercio con los países negros del Sur. Después del oro y la sal, Ghana proporcionaba al comercio transahariano esclavos, marfil y goma, y recibía a su vez del Norte, cobre, trigo y productos de lujo como perlas y vestidos. En la época de su máximo esplendor Ghana llegó a contar, según las fuentes árabes, con un ejército de 200.000 hombres de los cuales 40.000 eran arqueros. Pero todas estas estructuras no pudieron contener el empuje de los almorávides que en 1076 ocuparon la capital, rompiendo la unidad del imperio que a partir de entonces quedó seccionado en un Norte musulmán controlado por los almorávides y un Sur soninke en donde se habían refugiado los no musulmanes y que a su vez debido a sus riquezas auríferas fue conquistado por los reyes de Sosso, hasta que en el siglo XIII pasó a formar parte del imperio de Malí.
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La economía del reino de Malí estuvo dominada por el comercio transahariano y la demanda de oro por parte de las grandes ciudades musulmanas del norte de África. Las rutas eran las principales vías de intercambio de los productos sudaneses (exportación de oro y esclavos e importación de sal y cobre), la más occidental era la más tradicional y siguió en el siglo XIV siendo la principal pasando por Sijilmasa-Thegaza-Oualata; la ruta más oriental que iba de Ouargla-Touat-Tombuctú-Gao creció en importancia a finales del siglo XIV, sobre todo después de la peregrinación de Kanku Musa a La Meca. Los reyes de Malí y la aristocracia mandinga gastaron enormes sumas en la importación de caballos y vestidos de lujo, así como de productos alimentarios típicos del mundo magrebí, como higos, dátiles y trigo. El comercio costero creció considerablemente con la llegada de los portugueses a Gambia, los cuales se encontraron con unos comerciantes mandingos muy expertos que vendían plumas de avestruz, marfil, oro y esclavos, y a los que era muy difícil engañar. A pesar de las enormes ganancias comerciales, monopolizadas por una minoría, la mayor parte de la población siguió siendo campesina, dedicándose al cultivo de mijo, sorgo, arroz y algodón, o al pastoreo de vacas, cabras, mulas y caballos. La sociedad del imperio Malí tuvo una estratificación mucho más compleja y diferenciada que la de Ghana. La aristocracia mandinga formada por las grandes familias dirigía las diferentes provincias del imperio, era objeto de una especial atención por parte de los mansas que la halagaba continuamente con valiosos presentes. Esta clase social fue la que más fácilmente se islamizó y de la que surgieron los jueces o cadíes expertos en el conocimiento coránico, si bien para la gran mayoría de la nobleza la islamización no fue más que superficial. Las wangaras fueron los comerciantes que se enriquecieron con el casi monopolio de las transacciones y recibieron también la influencia de la religión islámica; mientras que las clases más bajas de la sociedad, los campesinos libres y los "nyamakalas" (grupo heterogéneo en el que se encontraban desde los artesanos y hechiceros hasta los esclavos), continuaron siendo animistas.