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Tras el fracaso del proyecto de homologación europeo y de equilibrio con Estados Unidos, el ministro Castiella regresó a sus obsesiones nacionalistas. La política de prestigio con Iberoamérica y los países árabes cobró mayor importancia, sobre todo una vez que el ministro decidió plantear la cuestión gibraltareña en las Naciones Unidas. La internacionalización del problema de Gibraltar exigía resolver los restos de colonialismo español en África. Mientras que el almirante Carrero Blanco consideraba prematura la independencia de la nominalmente, desde 1959, provincia española de Guinea, Castiella era consciente de las implicaciones que la persistencia del colonialismo tenía para las aspiraciones hacia la CEE y Gibraltar. Finalmente, en agosto de 1963, el Gobierno de Franco concedió un régimen de autonomía como primer paso para la independencia plena. Un referéndum estableció un año después el régimen autonómico que reconocía a los guineanos algo que estaba vedado para los españoles: partidos políticos y asamblea representativa. No obstante, Carrero, desde la Presidencia de Gobierno, hizo que se aprobaron planes de desarrollo para Guinea, deseando retrasar al máximo la descolonización exigida por la ONU. A la reticencia de Carrero, se unieron la resistencia de los colonos españoles, el secesionismo de los bubis de la isla de Fernando Poo y las divisiones de los nacionalistas guineanos. Tras varios aplazamientos, en 1967 se reunió una Conferencia Constitucional que preparase la independencia. Al final, el político Macías Nguema consiguió aglutinar a disidentes de varios partidos y hacerse con la presidencia de Guinea en la segunda vuelta electoral frente al candidato oficial prohispano y a los representantes genuinos del nacionalismo del movimiento MONALIGE. El 12 de octubre de 1968, día de la fiesta de la Hispanidad, Guinea Ecuatorial conseguía la independencia. El proceso de descolonización de Guinea fue realizado un tanto precipitadamente, debido a la cuestión de Gibraltar, y de manera muy lesiva para los intereses españoles. En marzo de 1969, los dirigentes del MONALIGE intentaron derribar a Macías contando con el conocimiento y apoyo tácito del Gobierno español. El fracaso del golpe desató una feroz represión que conduciría a una sangrienta dictadura. La situación de los colonos y las tropas españolas se hizo insostenible. El Gobierno de Franco ordenó la evacuación y retiró la ayuda económica a Guinea, dejando sumido en el caos al nuevo país.
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La descolonización del Sureste asiático fue en gran medida una consecuencia de la derrota japonesa, pero también influyó en ella la voluntad expresada previamente por las sociedades indígenas, como fue el caso de India, a quienes las circunstancias vividas durante la guerra les proporcionaron muchos incentivos. En 1945, en esta región del mundo sólo Tailandia era un país independiente, pero a la altura de 1957 habían nacido diez nuevos Estados. La descolonización se llevó a cabo por lo menos parcialmente con intervención de la violencia y no llegó a obtener como resultado una estabilidad total. En la India, los antecedentes del movimiento independentista eran ya antiguos, dado que el Partido del Congreso había sido fundado en 1886; desde hacía más de medio siglo la reivindicación estaba, por tanto, sobre el tapete. Existía, además, un peculiar sistema de diarquía que, si reservaba para los británicos determinadas competencias como las relativas a Hacienda, comunicaciones y orden público, dejaba el resto en manos de autoridades locales, elegidas por un censo equivalente a tan sólo una décima parte de la población. Gracias a este procedimiento, pudo formarse una clase política que nutrió el Partido del Congreso, que ya en 1937 dominaba las asambleas locales. Si la Primera Guerra Mundial había sido importante para India, durante la siguiente adquirió aún mayor conciencia nacional. Para la propia Gran Bretaña, fue también esencial lo que explica que su Ejército allí se multiplicara por diez durante el período bélico. Aunque hubo graves incidentes con centenares de muertos, los británicos pudieron contar con la fidelidad de la mayor parte de los dirigentes indios. En el momento de la máxima expansión japonesa, el jefe del Partido del Congreso, Nehru, pidió la independencia y, al mismo tiempo, la participación del Ejército indio en contra del Eje. Influido por la Fabian Society, Nehru procedía de una familia cosmopolita y su padre estaba muy britanizado. El destino de la India independiente estaría mucho más en sus manos que en las de Gandhi, asesinado en enero de 1948 por un nacionalista hindú que le consideró responsable de la partición del país. Las opiniones de Gandhi, por ejemplo, pudieron ser tenidas en cuenta en lo referente a la secularización de las instituciones, pero ni sus recomendaciones sobre la comunidad campesina ni sobre la ordenación de las labores artesanales indígenas fueron seguidas. Desde el mismo momento de concluir el conflicto, el Gobierno laborista de Attlee fue favorable a la independencia, que hubiera sido mucho más difícil en el caso de que Churchill hubiera seguido en el poder, pero el problema fundamental a la hora de conseguirla fue la misma pluralidad de la sociedad india. Así como el Partido del Congreso deseaba el mantenimiento de una fuerte unidad, los musulmanes agrupados en una Liga dirigida por Jinnah, no se quisieron convertir en una minoría política y religiosa dentro un país unitario: de ahí la reivindicación de un Pakistán independiente. Entre 1945 y 1946, la Liga obtuvo 439 de los 494 puestos regionales que correspondían a los electores musulmanes. En el verano de 1946, los incidentes entre musulmanes e hindúes fueron agravándose día a día, degenerando en una auténtica guerra civil: en Calcuta, hubo 4.000 muertos, 7.000 en Bihar y 5.000 en el Punjab. En esta situación, como luego harían en Palestina, los británicos tomaron la decisión de retirarse. Fue Lord Mountbatten el encargado de dirigir a la India hacia la independencia, que fue proclamada en agosto de 1947, favoreciendo al mismo tiempo la partición en dos unidades políticas independientes: por un lado, India, como Estado laico y, por otro, Pakistán, formado por una porción occidental, el Punjab, y otra oriental, el Este de Bengala. Pero la delimitación de fronteras comúnmente aceptadas entre ambos Estados resultó por completo imposible sin que la pertenencia de ambos a la Commonwealth sirviera para solucionar el conflicto. Una guerra, abierta entre 1947-48, no sirvió para resolver la disputa especialmente grave en el caso de Cachemira en donde el marajah era hindú pero la población era musulmana. De la guerra, sólo surgió una línea provisional que sería el escenario de posteriores enfrentamientos, pero que en esencia hasta el momento no se ha modificado. No fue ése el único conflicto con el que tuvo que enfrentarse India en los primeros años de su existencia. Entre 1946 y 1951, actuó una persistente guerrilla comunista en el Estado de Hyderabad. India reclamó, además, las pequeñas posesiones costeras francesas y portuguesas, pero no logró hacerse con las primeras hasta 1954 y hubo de esperar a los años sesenta para controlar la Goa portuguesa con el imprescindible recurso a la violencia. India nació oficialmente con la proclamación, en enero de 1950, de una Constitución largamente debatida. Con sus 395 artículos, era una de las más extensas que se habían redactado nunca, pero de hecho 250 de ellos procedían de la Government Act concedida en 1935 por la autoridad colonial. La innovación decisiva fue la introducción del sufragio universal: hasta ese momento, no votaban más que 41 millones de personas, pero ahora lo hicieron 171 millones. India pudo proclamar orgullosamente, por consiguiente, que era "la mayor democracia del mundo". El punto de partida, sin embargo, era muy complicado. A comienzos de los cincuenta, la renta per capita era de tan sólo 54 dólares, la esperanza de vida era de 32 años y el 84% de los indios eran analfabetos; la población urbana era tan sólo el 15% del total. La pluralidad persistía: unos 30 millones de indios eran musulmanes y los sijs formaban una etnia de rasgos escasamente asimilables. Había catorce lenguas admitidas, aunque sólo el hindi tuviera carácter oficial para el conjunto del Estado. Si India persistió como unidad y lo hizo en un régimen democrático, en parte fue por la experiencia adquirida en la etapa colonial y por su propia pluralidad. Pero existió también otro factor importante, nacido del monopolio del poder político ejercido por el Partido del Congreso. Aunque el voto que consiguió durante la etapa posterior a la independencia rondó tan sólo el 45%, tuvo la ventaja de ser un partido plural, capaz de asociarse a otros y se vio beneficiado por un sistema electoral de escrutinio uninominal, como el británico, que de momento mantuvo alejada a la oposición del poder. Bajo la dirección de Nehru, India intentó jugar un creciente papel mundial, situándose a la cabeza del neutralismo y del anticolonialismo. Aunque permaneció en la Commonwealth, rechazó la ayuda norteamericana así como la pertenencia a la red de pactos que la superpotencia occidental iba enhebrando alrededor de la URSS. En marzo de 1947, Nehru reunió una amplia conferencia de representantes de países asiáticos y se convirtió en un portavoz del no alineamiento. A mediados de los años cincuenta, los contactos con los dirigentes indios y soviéticos habían logrado ya producir una profunda irritación en el secretario de Estado norteamericano, Foster Dulles. Pero, al mismo tiempo, no dudó en condenar el ataque de Corea del Norte. También la descolonización se hizo presente en otros países del Sureste asiático. Birmania obtuvo la independencia en 1948, negándose a cualquier vinculación con la Commonwealth, pero muy pronto tuvo que enfrentarse a una guerra civil por la existencia de una activa guerrilla comunista. En Indonesia, el partido nacionalista de Sukarno no había dudado en colaborar durante la guerra con los japoneses, quienes concedieron la independencia en el momento de perder el archipiélago. Aunque Holanda intentó recuperar luego sus antiguas colonias, tolerando la existencia de una Federación en Java mientras que el resto de los territorios serían controlados por ella misma, fracasó en sus propósitos. Una sublevación comunista le dio el pretexto para la intervención pero, a fines de 1949, la presión conjunta de los anglosajones y de las Naciones Unidas le obligaron a abandonar cualquier pretensión de dominio de la región, aunque conservó la porción occidental de Nueva Guinea hasta comienzos de los años sesenta. También en Indochina lo sucedido durante la guerra resultó de importancia decisiva para el proceso descolonizador. En marzo de 1945, liquidada la presencia francesa por los japoneses, fue proclamada la República de Vietnam. La Francia gaullista no dudó, sin embargo, un momento en enviar una fuerza expedicionaria dirigida por el general Leclerc para restablecer su influencia; su propósito no era ahora volver a restablecer la antigua colonia, sino que ésta quedara convertida en un Estado independiente pero dentro de la Unión Francesa. Pero para ello era imprescindible empezar por reconquistarla. Las operaciones bélicas, sin embargo, no fueron nada sencillas. En marzo de 1946, se llegó a un acuerdo en Indochina entre los beligerantes y, en septiembre, Ho Chi Minh, el líder vietnamita, y el Gobierno francés firmaron en Fontainebleau un tratado de ratificación. Pero ninguno de los contendientes estaba dispuesto a respetarlo en la práctica. Al final de este mismo año, tras una serie de matanzas de franceses, había estallado ya una guerra que habría de durar ocho años. Francia intentó en junio de 1948 la creación de un Estado vietnamita al que prometió la independencia total, bajo la fórmula monárquica del emperador Bao Dai, pero que nunca tuvo la menor oportunidad de ser aceptado por el adversario. A partir del estallido de la Guerra de Corea, la de Indochina se convirtió en otro punto más de conflicto entre las superpotencias. En enero de 1950, Ho Chi Minh consiguió el reconocimiento por parte de soviéticos y chinos. Logró, además, en este mismo año importantes victorias militares, pero el Ejército francés, mandado por el general De Lattre de Tassigny y apoyado por los norteamericanos, pareció ser capaz de conseguir enderezar la situación. Pero las dificultades militares francesas acabaron por agravarse con el transcurso del tiempo. El alto mando francés tomó la decisión de convertir Dien Bien Phu en una especie de base de resistencia, destinada a proteger el camino hacia Laos y formada por una sólida guarnición muy bien dotada de medios. Su misión sería imponerse progresivamente sobre el hostil medio rural. Sin embargo, sus 11.000 hombres se vieron rodeados por los 50.000 del general Giap sin que les cupiera otra posibilidad de recibir auxilio que el que pudiera llegar por avión. En marzo de 1954, la base fue atacada por los vietnamitas, en un momento en que se debatían en Ginebra, a la vez, el armisticio en Corea y la paz en Vietnam. A comienzos de mayo, la posición cayó en manos del enemigo y con ello se desvanecieron las posibilidades de que Francia pudiera seguir desempeñando un papel decisor en esta parte del mundo. Ya para entonces, la mayor parte de la financiación de la guerra había quedado en manos de los norteamericanos. Al acuerdo de armisticio no se llegó hasta julio de 1954. De acuerdo con él, Vietnam quedó dividido en dos por el paralelo 17: mientras en el Norte dominaban los comunistas, en el Sur ese papel le correspondía a los nacionalistas de Ngo Dinh Diem, que pronto se desembarazó del emperador Bao Dai, mientras que la influencia francesa se desvanecía sustituida por la norteamericana. Como en el caso de Alemania y de Corea, un nuevo país había quedado dividido como consecuencia de la guerra fría. Lo sucedido testimonió en todo caso que en el Extremo Oriente había un nuevo poder político con el que era imprescindible contar. China, en efecto, había dotado de medios militares a los vietnamitas y había acabado convenciéndoles de que limitaran su esfera de dominio al paralelo 17. Francia, por su parte, había acudido a esta guerra con nula convicción y sin perspectivas de futuro. Aunque hasta 1950 el Gobierno no se manifestó dispuesto al abandono, un año antes sólo un quinto de la población estaba a favor del mantenimiento de una Indochina francesa. La guerra, en cierta forma, permaneció oculta a la vista de la población, a pesar de las protestas de los comunistas: tan sólo 70.000 franceses combatieron en ella; de ellos, 19.000 murieron, junto a una cifra tres o cuatro veces superior de soldados coloniales. Así quedó presagiado lo que habría de ser el fin del Imperio francés en años sucesivos.
Personaje Político
Hija de Enrique IV de Francia y de María de Médicis. Reina de España (1621-1644) por su boda con Felipe IV. Murió joven sin dejar descendencia para la corona española. sería la segunda mujer de Felipe IV, Mariana de Austria, quien dejaría a Carlos II como sucesor del trono. Isabel destacó siempre por su belleza, su elevado nivel intelectual y una noble personalidad que le granjeó el cariño del pueblo. Durante la guerra de Cataluña, Isabel ostentó la regencia de la Monarquía española, mostrándose partidaria, junto con el duque de Nochera, y en contra del Conde-Duque de Olivares, de una retirada honrosa. De su matrimonio tuvo siete hijos. Sólo dos llegaron a la adolescencia: María Teresa, que llegó a ser esposa de su sobrino Luis XIV de Francia, y Baltasar Carlos, que se convirtió en la gran esperanza de la Monarquía hispánica, al mostrar gran inteligencia y voluntad en las labores de gobierno, pero murió con diecisiete años ostentando el título de príncipe de Asturias. Su marido, el rey Felipe IV, le fue infiel en múltiples ocasiones; muestra de ello fue el considerable número de hijos bastardos que nacieron fuera del lecho conyugal.
obra
En los años finales de la década de 1820 Turner visitó la desembocadura del Sena, tomando numerosos bocetos a lápiz que servirían para ejecutar una pequeña acuarela que sería la base de este lienzo que contemplamos. Le llamó especialmente la atención las olas que pasaban con tanta velocidad por la arena movediza que resultaban peligrosas para los pescadores, en línea con su habitual admiración por los fenómenos naturales. El maestro londinense nos presenta en la derecha una ola con dos crestas, equilibrando la composición con las gaviotas de la zona izquierda de la composición. El efecto del agua fundiéndose con las nubes será otro de los favoritos del pintor al igual que la iluminación dorada que envuelve las construcciones de Quille-bouef, dotadas de un espectacular efecto atmosférico. El empleo del color amarillo -preferido de Turner- no fue muy admitido por la crítica cuando la obra fue presentada pero el conjunto recibió los elegios de la prensa.
contexto
Durante los años sesenta la causa de la monarquía sufrió unos avatares decisivos. En 1960 se produjo un nuevo encuentro entre Franco y don Juan de Borbón en la finca de Las Cabezas (Cáceres). Para ese momento las expectativas en un inmediato cambio de régimen habían prácticamente desaparecido. En la primavera de 1962, don Juan Carlos de Borbón se casó con la princesa Sofía de Grecia en Atenas, estableciéndose a partir de entonces en el palacio de La Zarzuela en Madrid. Tras el Coloquio de Munich, Gil Robles se vio obligado a abandonar el consejo privado de don Juan de Borbón. Unos años después, en 1966, el dimisionario embajador en París, José María de Areilza, sustituía al historiador Pabón al frente de la causa del pretendiente. El conde de Motrico constituyó un secretariado político que permitió un gran activismo y una definitiva orientación liberal a la causa monárquica. La verdad era que a esas alturas el giro hacia la oposición democrática de don Juan Borbón venía a configurar una especie de alternativa liberal de reserva para la monarquía debido a las ya escasas posibilidades de suceder a Franco. En efecto, por ejemplo, en noviembre de 1965 Manuel Fraga había hecho unas declaraciones que adelantaba la posibilidad de que don Juan Carlos fuera nombrado sucesor de Franco, saltándose la natural línea dinástica. Para entonces el almirante Carrero y el ministro López Rodó preparaban la llamada Operación Salmón, debido a la lentitud con que se gestaba la iniciativa sucesoria del mismo modo que la pesca del pez citado. Debido al envejecimiento de Franco, se trataba de dar un paso más para atar la salida monárquica del régimen. No bastaba con que las leyes de Principios del Movimiento (1958) y Orgánica del Estado (1966) hubiesen confirmado la condición de España como reino, o que hubiese previsto un Consejo de Regencia, sino que era preferible la designación de un sucesor de la Jefatura del Estado en vida de Franco. La indecisión del Generalísimo tuvo su fin a principios de 1968. Acontecimientos como que don Juan Carlos cumpliera treinta años o que se produjera el nacimiento de don Felipe de Borbón, ocasión que reunió a la viuda de Alfonso XIII y a don Juan en Madrid, tuvieron su importancia en el ánimo de Franco. No obstante, todavía durante la primavera de 1969 el vicepresidente Carrero y el ministro de Gobernación, Camilo Alonso Vega, presionaron sobre Franco para que resolviera la cuestión. Hasta fecha muy tardía no se comunicó la decisión de Franco a don Juan Carlos, mientras que don Juan únicamente recibió una notificación por escrito. Don Juan decidió disolver su secretariado político, aunque se mantuvo en una posición de reserva, sin renunciar a sus legítimos derechos dinásticos. El 22 de julio de 1969, Franco pronunció un discurso ante el Pleno de las Cortes, preparado por el ministro Silva Muñoz, que insistía en que la decisión sucesoria suponía la instauración de una nueva monarquía del Movimiento y no la restauración de la monarquía liberal. Don Juan Carlos era nombrado sucesor bajo el título, sugerido por López Rodó, de Príncipe de España. Al día siguiente, don Juan Carlos aceptaba oficialmente el ofrecimiento, jurando ante las Cortes fidelidad a Franco y a los principios del Movimiento. El discurso posterior del Príncipe de España no aludió expresamente a su padre y a la legitimidad dinástica sino que aceptaba la legitimidad procedente del régimen franquista. Pese a las veleidades de Solís hacia otros candidatos como don Alfonso de Borbón, la disciplina del Régimen y la lealtad a Franco se impusieron entre los mayoritarios 150 procuradores sindicales. La propuesta sucesoria sólo recibió 19 votos negativos y 9 abstenciones en el pleno de las Cortes. La resolución de la cuestión sucesoria fue, sin duda, una victoria del almirante Carrero, dado su personal empeño, para quien, de este modo, se llegaba a la culminación de la obra iniciada con el referéndum de 1947. A juicio del almirante, España se convertía así en un Estado de Derecho con un régimen que había añadido a la legitimidad de la victoria, la de la paz y la prosperidad.
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Hacia finales de 1654 Valdés había regresado, como se dijo, a Córdoba donde contaba sin duda con cierto prestigio, pues sólo unos meses después, en febrero de 1655, logró un importante trabajo, el gran retablo de los Carmelitas Calzados, aún en su lugar. Con ello comenzaba a superar la mera clientela conventual, pues el contratante que lo financiaba era don Pedro Gómez de Cárdenas, noble edil cordobés, caballero de Calatrava y patrono del templo. Las pinturas, realizadas en más de tres años reflejan dos eventos transcendentales en la secuencia del artista: su traslado definitivo a Sevilla en 1656 y, por consiguiente, el influjo de Herrera y del nuevo barroco visto allí. Esto justifica el dispar estilo de los cuadros, pues contrasta la factura todavía prieta y claroscurista de los hechos residiendo en Córdoba (Bustos de Santas) con la más dinámica, ligera y colorista, decididamente barroca de los fechados ya en 1658 en Sevilla (Elías sobre el carro de fuego, Elías y Eliseo en el desierto). La representación aquí de sendas Cabezas cortadas del Bautista y San Pablo interesa mucho por ser en Valdés las primeras de un tema que, sin razón, se ha creído original creación suya, lo que resulta un tópico a tenor de una Cabeza cortada de mártir, anterior y firmada por Herrera el Viejo (Prado), a quien sí podría corresponder tal invención. Una vez afincado en Sevilla, al igual que Murillo pero con diferente rumbo, encontró en Herrera el Mozo la clave para canalizar su fuerte carácter artístico hacia una manera muy personal de pintar, basada en una técnica de gran libertad y rico colorido. Gracias a ella salvaba los repetidos descuidos de dibujo, las frecuentes deformaciones de sus figuras y su peculiar desinterés por la estética, frente al uso de gestos y actitudes exagerados. Tras la marcha de Zurbarán en 1658, coprotagonizaría con Murillo, aunque siempre en un puesto secundario, los encargos de esa época. Con él participó en la fundación de la Academia, de la que llegó a ser Presidente. En cambio tuvo una clientela mucho menos variada, al ser predominantemente eclesiástica y ello dio por lógica un cariz en general religioso a su producción. Esta tampoco presenta, al analizarla globalmente, la continua calidad homogénea de la de Murillo, pues pese a sus aptitudes Valdés no siempre pintó con igual perfección, presentando altibajos e incluso incorrecciones según el poder, preparación y dinero del cliente como ha señalado Serrera, siendo ésta la causa de su menor prestigio en la posteridad. Los trabajos para ámbitos conventuales siguieron siendo en primer lugar una actividad primordial en Valdés, pues a ellos dedicó buena parte de su madurez. Así en 1656, recién instalado en Sevilla contrató un ciclo de cuadros para el monasterio local de San Jerónimo de Buenavista, sobre la vida del Santo titular y los Venerables de la Orden, disperso hoy entre varios museos. El despliegue de maestría de esta serie, de agitadas composiciones con tipos filiformes hechos de pura luz (Tentaciones y Flagelación del Santo) y con fuerte caracterización (Venerables), dio paso enseguida a notorias desigualdades determinadas sin duda por el origen y finalidad de otros encargos. El contraste ya se aprecia al comparar las excelentes obras pintadas para la Catedral durante la segunda mitad de esa década y comienzos de la siguiente (Desposorios de la Virgen, 1657, San Lázaro y sus hermanas, 1657-9, Liberación de San Pedro, 1659?60, San Ildefonso, 1661, San Lorenzo, 1663) con otras de fecha próxima. Tales son las de los retablos de la iglesia sevillana de San Benito de Calatrava, hoy en la de la Magdalena, de hacia 1659-60, promovidas por don Luis Federighi, caballero calatravo y alguacil mayor, donde convive la elegancia de los asuntos principales (Calvario e Inmaculada) con las incorrecciones (San Miguel) y hasta feísmo (San Antonio) de algunos tipos. Las diferencias de calidad crecen cuando se cotejan buenos cuadros sueltos de esos mismos años, 1660-1, quizá hechos para particulares entendidos frente a conjuntos destinados a comunidades religiosas. Sólo así se entiende que algunos cuidadosísimos, vibrantes y plenamente autógrafos (Alegorías de La Salvación, York, Museo y de La Vanidad, Hartford, Atheneum, Inmaculada con donantes, Londres, Galería Nacional) sean de cronología próxima a otros de suma desmaña y en parte debidos al taller como la muy torpe serie de los jesuitas sevillanos sobre la Vida de San Ignacio (Sevilla, Museo), de 1660-4. En este último año, como Murillo antes, en un viaje a Madrid reforzó el ímpetu y la perfección de su barroquismo, tras conocer las colecciones reales y a pintores de corte afines en la libertad de estilo, pues con ello se relacionan cuadros como la Asunción de 1665-9 (Washington, Galería), y otro más arrebatado del mismo tema hecho como pareja de una Inmaculada hacia 1670-2 para San Agustín de Sevilla (ídem, Museo). Esos primeros años de la década de los setenta constituyeron por una parte el momento de la polarización de Valdés hacia trabajos decorativos y por otra el de sus encargos más famosos. En 1671, para festejar la canonización de San Fernando, se le confió diseñar y disponer las suntuosas decoraciones efímeras de la catedral de Sevilla así como los grabados del libro conmemorativo del acontecimiento. Todo resultó a satisfacción general y con ello evidenciaba una versatilidad que se demostraría mucho mayor al realizar entre ese mismo año y el siguiente sus pinturas para la Hermandad de la Santa Caridad, convocado como algo antes Murillo por Mañara. Al sutil ingenio y agudo entender pictórico de este último se debe que el artista realizara para la iglesia las magistrales Postrimerías de la caducidad de la vida (In Ictu Oculi) y la igualdad ante la muerte (Finis Gloriae Mundi), que completaban el programa ideado por aquél. La ejecución de las mismas es depurada, muy realista y tan tétrica que marcó negativamente su fama. Con todo, los encargos importantes de los años siguientes fueron en su mayoría lienzos enormes pero de diferente bondad para otras ciudades andaluzas (Porciúncula, 1672, Cabra, Capuchinos; San Fernando, 1673-4, Jaén, Catedral; Sagrada Familia, 16735, Baeza, Catedral) e incluso para América (Serie de San Ignacio, Lima, San Pedro). En cambio, en su actividad sevillana, aunque algunos aún fueron de caballete como El retablo del arzobispo Spínola (1673, hoy disperso), se impusieron las grandes pinturas murales muy coloristas en la década de los ochenta. Así, en la Caridad prosiguió con decoraciones en la iglesia (1678-82, Santos limosneros, Evangelistas y ángeles) a la vez que con el penetrante retrato de Mañara (1681) para el Hospital, concluyendo su labor con el enorme e irregular lienzo de la Exaltación de la Santa Cruz del mismo templo (1684). Análogas ornamentaciones parietales desplegó en la iglesia conventual de San Clemente y la de los Venerables desde 1681 y 1686 respectivamente, ayudado cada vez más por su hijo Lucas, dejando sobre todo en la sacristía de la última un postrer y magnífico efecto de cuadratura (El Triunfo de la Cruz) parangonable sólo con los madrileños coetáneos. Valdés por su genio desmesurado y singular apenas tuvo discípulos, salvo su hijo Lucas. Pero es tradición que también se adiestraron con él Arteaga y Torres. Por ello su apasionamiento quedó sin continuidad, mientras triunfaban el orden y la belleza de lo murillesco.
obra
En 1931 Salvador Dalí realizaba una de sus obras más conocidas en todo el mundo, La persistencia de la memoria. No sólo por el aspecto de esos objetos sino porque llevaban a una interpretación metafísica: la única certeza del hombre moderno, el reloj, también es su mayor esclavitud. Al derretir los relojes que aparecían en dicho cuadro, Dalí se rebelaba contra esa inmensa convención humana -seguramente, la mayor de todas- que es el tiempo. Veinte años más tarde retoma ese argumento aunque ya adopta otro punto de vista. En el cuadro de 1931 los componentes oníricos, derivados del inconsciente, eran prioritarios y declaraban el trabajo de Dalí con el grupo surrealista. En cambio, en la obra que podemos contemplar, la investigación es de otro orden. En primer lugar, sus intuiciones acerca de la estructura del átomo y el redescubrimiento de la forma cúbica dominan la representación. Las nuevas claves para interpretar el mundo debían estar presentes, pensaba Dalí, en la pintura. En un proceso de constante transformación esas formas rectilíneas acaban por convertirse en cuernos de rinoceronte, precisamente el elemento que dominará su producción en los años inmediatos. Algunos de los elementos del mítico cuadro de 1931 se mantienen: los relojes blandos, la línea del mar que se convierte en una fina superficie; el paisaje rocoso de Cadaqués, etc. También aparece el autorretrato del artista, tan deformado que llega a lo caricaturesco; es un retrato de formas cada vez más líquidas, menos reconocibles. En cierto modo, los avances científicos que se estaban produciendo en esos momentos habían pretendido revelar el sentido último de la realidad. Dalí, en cambio, opina que esas nuevas fórmulas confirman sus teorías acerca de diversos niveles de lo real.
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Ciertamente, tanto las sentencias del Tribunal de Nüremberg como el procedimiento procesal empleado merecían la desaprobación del pueblo alemán, aunque no es menos cierto que cundió cierto alivio ante el agobio de la liquidación de una de las deudas de guerra más penosas. Un país destruido por la contienda obligaba de nuevo a su población a pagar con su vida, con su trabajo y sacrificio la recuperación de su patria a través del dominio impuesto por las potencias de ocupación. Los tres objetivos prioritarios que conforman el plan conjunto de ocupación alemana por parte de los vencedores era, como ya se ha indicado, la desmilitarización. Las dos primeras eran interpretadas por los ocupantes como "conditio sine qua non" para la última, aunque la manera de entender el proceso y la misma definición del objetivo provocaba diferencias que resultaron insalvables a la hora de pactar un Tratado de Paz. Las posiciones antagónicas de los aliados con respecto al problema alemán también afectaban a la interpretación del proceso desnazificador. Para los rusos debía proseguirse la desnazificación mediante una postura intervención política estrecha a partir de una reconstrucción industrial que sirviese ante todo para el pago de las reparaciones. Americanos e ingleses, por el contrario, se inclinaban por una interrupción definitiva de las depuraciones como primer paso para la celebración de unas elecciones libres y la formación de un Gobierno provisional en el que todas las tendencias del pueblo se hallasen representadas. De esta forma -interpretaban- la reconstrucción económica de país sería al mismo tiempo base de estabilidad para la democracia y muro de contención tanto para la ideología como para la potencia soviética. La desnazificación, por tanto, teóricamente se presentaba como un proceso de reeducación que permitiera borrar las consecuencias nefastas de la educación y de la cultura nacionalsocialistas tanto sobre las personas como sobre las instituciones alemanas. Dominaba así la idea y el sentido de futuro sobre la preocupación del castigo y el hundimiento. Ello exigía, naturalmente, una política doble, una vez resueltas las diferencias entre los vencedores: la que realizaran los vencedores, una política aliada de castigo para los responsables de la guerra y de las atrocidades nazis, bien a título individual o colectivo: el Gobierno del Reich, grupos criminales, el Estado Mayor, las SA, las SS y la Gestapo, la disolución de la Wehrmacht, la prohibición del partido nacional-socialista y la que tanto los vencedores como aquellos alemanes que habían mantenido su antinazismo a lo largo del período, frecuentemente con peligro de sus propias vidas, pensaban ineludible pare la urgente y trascendental necesidad de una democratización de la sociedad. En esta segunda gestión, más proclive, repetimos, desde el punto de vista teórico, a la educación que al castigo o ajuste de cuentas se sucedieron las acciones más complejas y a veces contradictorias. La primera necesidad partía de la urgencia de contar con hombres competentes para la gestión administrativa de la zona, y éstos con frecuencia, por convicción o por exigencia vital, habían colaborado con el régimen nazi. Por otra parte, al menos en el sector occidental, se pensó en la desnazificación como una etapa breve, un importante, pero rápido paso hacia la normalidad, que contrastaba en la práctica con una de las directrices de los aliados occidentales recién victoriosos: Alemania no será ocupada con fines liberadores, sino como nación enemiga y derrotada. Por todo ello el proceso desnazificador debe ser contemplado como un problema complejo, de más exigencia y dureza a lo largo de 1945 y 1946, variable según los vencedores que lo instrumentan, de rigor desigual según el entorno concreto y de acuerdo con la capacidad de objetivación de aquellos alemanes que fueron señalados por los aliados como responsables político-administrativos del mismo proceso. Americanos y británicos enfrentaron el asunto de forma lenta, pero metódica. Precisamente en la zona ocupada por los ingleses al terminar en 1948 el proceso de desnazificación se habían examinado más de dos millones de casos. Rusos y franceses, por el contrario, desde sus conocidas políticas opuestas, se concentraron en los grandes culpables, olvidando de modo general la preocupación o castigo para los menos significativos. Stalin, por ejemplo, que en principio desconfiaba de los alemanes, estuvo dispuesto a dar oportunidad, sin contar con su pasado, a hombres dispuestos a cumplir estrictamente las instrucciones. En general puede concluirse que la purga y control alemanes fueron más duraderos y drásticos. Llevó mucho tiempo encontrar a algunos criminales de guerra y todavía más localizar testigos supervivientes que aportasen la evidencia precisa en los juicios. En el caso concreto del juicio a los responsables del campo de concentración de Auschwitz, uno de los más importantes por su dureza y por su simbología, el juicio sólo pudo dar comienzo en 1963. La dificultad, como Grosser recuerda, estribaba también y ello es muy importante, en el nuevo papel exigido tanto a la administración de justicia como a la misma policía. Muy pocos podían considerarse limpios de una colaboración con el nazismo, y, aunque en algunos casos provocó la mayor dureza como forma de justificación de un pasado, de forma general generaba posturas y fallos suaves y de escasa pena. Al menos en Austria, donde el nazismo había arraigado y se hallaba bastante extendido, de unos 10.000 juicios solamente 35 acabaron en pena de muerte. La desnazificación, finalmente, se hallaba condicionada por la opinión pública internacional. La demanda de una política justiciera, de exigencia de castigo ejemplar y, lo que es peor, la consideración de todos los alemanes como culpables en el mismo instante de la derrota recibió nuevos impulsos en los países aliados cuando se tuvo conciencia del horror de los campos de exterminio descubiertos en las últimas semanas de la guerra. Y el problema crecía, porque, aunque responsables directos, criminales de guerra estrictos eran de hecho pocos, el partido nazi alemán había llegado a contar con ocho millones de miembros; incluía a la mayoría de altos funcionarios y a la élite de los negocios y el mundo intelectual. ¿Cómo responder, cómo conjuntar una política de castigo y la urgencia de una colaboración que evitase el estancamiento de las instituciones? Las tareas de reeducación y de ordenación legal de la nueva sociedad superaban el papel de los ejércitos vencedores, para los que la pura desnazificación era insuficiente. El proceso desnazificador logró sólo un moderado éxito. Se acumularon anomalías, se interpretaron las posturas vencedoras exclusivamente como venganza, se notaban las excesivas diferencias de dureza y control entre el funcionario menor duramente castigado y su superior, que apenas quedaba señalado con una simbólica multa; se daba el contraste habitual entre el responsable desaparecido y emigrado a unos países y el escarmiento ejemplar en medios de convivencia más reducidos donde el momento pudo aprovecharse como solución a enfrentamientos y revanchas familiares y locales. Con todo, y una vez superados los primeros momentos de exaltación victoriosa y de humillación por la derrota, la desanzificación debía dar paso al proceso reeducador. Los aliados pronto se dieron cuenta de que gobernar y organizar los servicios esenciales para la reconstrucción de la vida en Alemania exigía servirse de especialistas y administradores que no podían ser otros que los anteriores a la guerra, los cuales necesariamente debieron colaborar con el nazismo, algunos hasta en puestos de relevancia. Se hizo igualmente necesario el surgimiento de la vida cultural alemana destruida durante años por la más severa censura. Aquí volvía a chocar la exigencia de desnazificación y la necesidad de personal apto para reconstruir escuelas, colegios, sociedades culturales, etcétera, para lo que no bastaban los pocos elementos improvisados existentes. Poco a poco en las zonas occidentales se abren escuelas, y algunas universidades renuevan sus tareas, siendo preferidos los estudios de medicina y otras profesiones más útiles y urgentes para la reconstrucción. Se publican periódicos bajo la censura de las autoridades militares, que también imprimen los propios desde el principio de la ocupación. Aparecen algunos libros, aunque no se admite la importación de los extranjeros. Desde luego, uno de los medios más utlizados para la educación fueron las conferencias por radio y, a los pocos meses, la apertura de teatros y cines. Dentro de este renacimiento posbélico el papel de la Iglesia ocupa un lugar preferente, sobre todo porque volcó su esfuerzo, aparte de la práctica de la beneficencia más arriba señalada, en la educación y dirección de la niñez y juventud. Al año de la capitulación, desde la primavera de 1946, comienza a notarse una transformación global en la vida alemana. Comienza a recobrarse la población y, pese a que el país continuaba sin fronteras, tanto estadística como fehacientemente, se va notando cómo la vida económica y las condiciones de existencia empiezan una reanimación creciente.
obra
Con frecuencia Turner utilizará historias mitológicas para darle más fuerza a sus paisajes que son los verdaderos protagonistas de las composiciones, obligando a la historia a pasar a un aspecto secundario tal y como hacían Claudio de Lorena y Poussin, dos de los maestros clásicos más admirados por el londinense. Hero era la sacerdotisa de Afrodita y, según cuenta la leyenda, Leandro se enamoró de ella. Todas las noches el joven cruzaba el Helesponto a nado guiando por la antorcha que Hero encendía en lo alto de la torre. El día en que Leandro se ahogo en las aguas tempestuosas, Hero se arrojó al mar. Quizá por el trágico final, el papel protagonista de la composición sea para el mar embravecido que contemplamos en la zona de la derecha, realizado con colores oscuros. A la izquierda de la escena podemos observar las clásicas construcciones del templo de Afrodita, mientras que en primer plano se despiden los amantes. Como siempre, Turner se preocupa por representar los efectos atmosféricos, interesándose por el movimiento de las nubes y la luz de la luna reflejada en el Helesponto. Los reflejos de las diferentes luces en el agua serán de gran satisfacción para el maestro como también podemos observar en El incendio desde el puente de Waterloo. Los juegos de luces y sombras también son destacables en este sensacional trabajo.
contexto
Negándose a considerar la posibilidad de una pérdida del control de los acontecimientos, la actividad de Mussolini al día siguiente de la reunión del Gran Consejo, el domingo 25 de julio, fue totalmente normal. A esas horas de la mañana la conjura de sus antiguos fieles, situada dentro del sistema, ya ha sido superada por la otra, desde fuera, decididos a su destitución.Todos los planes tácticos preparados están en pleno vigor a la hora -poco antes de las cinco de la tarde- en que Mussolini accede a Villa Savbia para despachar con el monarca asuntos de mero trámite.El rey, tras haber aprobado tácitamente los planes para la detención de su primer ministro, únicamente ha puesto como condición que sean llevados a efecto fuera del recinto de su residencia. Hasta el fin, trata de guardar unas formas que a nadie pueden engañar.No existe testimonio directo de la entrevista mantenida por los antiguos asociados. En ella, Víctor Manuel pide la dimisión a Mussolini y éste, completamente estupefacto, se la presenta.Tanto monárquicos como fascistas, en busca de justificaciones a sus respectivas posiciones, han aportado supuestas versiones del hecho. Pero ninguna de ellas cuenta con suficientes elementos de credibilidad para ser tomada en consideración como documento histórico fiable. Lo mismo puede afirmarse de los relatos originados acerca de la reunión de la víspera en el Gran Consejo.A la salida de la residencia real, Mussolini es detenido por fuerzas de los carabineros y conducido, sin resistencia alguna, a un cuartel del cuerpo situado en la barriada romana. El fascismo en el poder se ha derrumbado en su punto más débil.Al caer la noche, una población ignorante todavía de estos hechos se recoge en sus viviendas, mientras las calles se oscurecen y vacían debido al toque de queda obligado por los bombardeos aéreos. A las 22,45, el locutor de la emisora oficial de radio anuncia la aceptación por el rey de la dimisión de Mussolini de todos los cargos que hasta entonces ocupaba.Notificado al mismo tiempo el nombramiento de Badoglio para suceder al ya ex Duce, el mariscal se dirige a sus compatriotas y les anuncia el mantenimiento de los compromisos y la continuación de la guerra.Es una burda forma de ganar tiempo previendo la temida reacción de Hitler. Pero, por el momento, a los triunfantes conspiradores no se les presenta otra solución mejor. De hecho, la maniobra no engañará a nadie.