El aumento de los precios y las dificultades del tráfico marítimo con las colonias de América habían sido las características de la crisis de los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX. A partir de 1812, la característica económica será la de una brutal depresión, que se manifestó con una caída espectacular de los precios, mientras que continuaron las dificultades del tráfico exterior. A partir de 1812 los precios bajaron de una manera continuada. Si establecemos la base 100 en ese año, el valor índice en 1820 sería de 49,5; en 1830 de 34,2 y en 1833 de 35,6. Los factores de esta deflación pueden reducirse sustancialmente a dos: la Guerra de la Independencia y la emancipación de las colonias de América. En cuanto a la primera, hay que considerar que fue la guerra más catastrófica de toda nuestra Historia Moderna, desde el punto de vista de las pérdidas puramente materiales. Además de que fue una guerra larga que duró casi siete años, se libró en todo el territorio nacional, excepto en Cádiz, que fue la única ciudad que se vio libre del dominio de las tropas napoleónicas, aunque también sufrió los efectos de su artillería. También hay que tener en cuenta que fue una guerra en la que no existió un frente ni una línea de combate definida, sino que fue todo el país el que estuvo en combate todos los días. Podríamos calificarla, por consiguiente, de una guerra total, en el sentido de que en ella participaron militares y civiles sin distinción de categoría o clase. No existieron reglas ni se respetaron las mínimas condiciones que permitiesen un respiro al enemigo. Todo valía, si con ello se conseguía eliminar al contendiente o minar su moral sobre el terreno y eso llevó a que en cada lugar y en cada instante se estuviese en pie de guerra hasta las últimas consecuencias. Se ha llegado a estimar en un millón los muertos que produjo la guerra de la Independencia en España, donde existía una población que no llegaba a los doce millones de habitantes, lo que representa una cifra manifiestamente elevada. Pero además de las víctimas, hay que considerar lo que significó de destrucción material del país: ciudades arrasadas, olivares talados, obras públicas -puentes, caminos y comunicaciones en general- destruidas y fábricas desmanteladas. Cuando terminó la guerra en 1814, España se hallaba prácticamente en ruinas después de tan prolongada y dura confrontación. El otro factor que contribuyó a provocar la deflación fue la emancipación de las colonias de América. El proceso político comenzó cuando se crearon las Juntas al otro lado del océano con el objeto de organizar un poder provisional en tanto el monarca estuviese prisionero de Napoleón. A partir de 1810 aparecen los primeros síntomas independentistas y cuando terminó la guerra ese sentimiento se había generalizado en todo el territorio americano. La independencia se iba a consumar en el momento menos oportuno, puesto que la ruina del país y la confrontación entre absolutistas y liberales iban a desviar la atención de los españoles hacia los problemas del interior y a descuidar la solución de la grave cuestión colonial. Desde el punto de vista económico, las consecuencias de la emancipación de las colonias fueron simétricamente inversas a los que había supuesto su incorporación a la Monarquía durante los últimos años del siglo XV y el siglo XVI. Si las Indias habían convertido a España en una potencia de primer orden en el concierto internacional, su pérdida iba a relegarla a una situación de postración y de marginación respecto a los países más poderosos. La catástrofe económica producida por la emancipación la ha resumido con acierto J.L. Comellas en cuatro puntos: 1) Falta de metal acuñable, pues deja de venir de América el metal precioso que, en mayor o menor cantidad, se había servido para fabricar la moneda circulante en España. Escasea el dinero de una forma brutal. 2) Falta de productos ultramarinos, que constituían una riqueza barata y de extracción fácil y cuyo comercio, además, se hallaba monopolizado por el Estado, que evitaba el tráfico directo de estos productos -café, cacao, azúcar, tabaco, materias tintóreas, etc.- con otras naciones. 3) Falta de mercados de exportación, pues los productos españoles manufacturados dejaron de tener una fácil salida entre los consumidores de las colonias, quienes, a causa de la protección existente sobre este tráfico, no podían abastecerse más que de lo que le llegaba desde España. 4) Falta de las reexportaciones a los países europeos que se realizaban con los excedentes de los productos americanos que no eran consumidos en España, y que eran objeto de demanda en el resto del Viejo Continente. Cuando faltaron estos productos, España tuvo poco que exportar, puesto que lo que producía por sí misma era poco competitivo en los mercados de Europa.
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Las influencias de Ratzel, Kjellen, Mackinder y, en particular, de Haushofer sobre la política nazi suelen exagerarse, incluso en la actualidad. Pero contribuyeron a crear un caldo de cultivo de otro tipo de argumentos más radicales, que son indisociables de las peculiares concepciones racistas del nacionalsocialismo. La carrera política de Hitler se inició relativamente tarde, cuando tenía ya casi treinta años, y, en todo caso, después de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Esta experiencia explica que la política exterior constituyera uno de los pilares de su pensamiento, dominado en un principio por la aspiración a modificar los resultados del derrumbamiento de los sueños imperiales. Este incipiente revisionismo no excluyó nunca, desde sus orígenes, el recurso a la guerra, si bien en el contexto de una política de alianzas dominada por los imperativos de la geografía: alianza con Italia (incluso antes de la llegada de Mussolini al poder) y con Inglaterra contra el enemigo secular en el Oeste: Francia. Ya en 1922, sin embargo, Hitler pensaba en la posibilidad de triturar la Unión Soviética, con ayuda inglesa, a fin de conseguir territorio que poblar con colonos alemanes. De hecho, en algunas de sus manifestaciones más tempranas aflora ya la idea de que en el Este había abundante espacio que ocupar para obtener la producción agrícola que hacía imperativa la expansión demográfica. En la prisión de Landsberg empezó a escribir Mein Kampf. En su primer tomo, aparecido en 1925, Hitler dio con la solución: los alemanes tenían el derecho moral de adquirir territorios ajenos gracias a los cuales cabría atender al crecimiento de la población. Se preconizaba la ocupación territorial frente a otras alternativas de resolver el dilema (control de natalidad, intensificación de la colonización interior, integración en las corrientes comerciales internacionales vía forzamiento de la exportación) y se divisaba en la marcha hacia el Este la continuación de las conquistas de los caballeros teutones de antaño. En el segundo tomo, aparecido algunos meses más tarde, en 1926, Hitler se pronunció claramente por la absoluta necesidad de eliminar la desproporción entre la población alemana y la superficie territorial que ocupaba, contemplada esta última como fuente de alimentación y como plataforma de potencia militar. Tal eliminación no estribaba en restaurar las fronteras de 1914, que le parecían ilógicas, sino en conquistar nuevas tierras al Este, donde el gigante soviético estaba condenado al colapso debido a sus disensiones internas. Estas nociones determinaban la naturaleza de la política exterior tal y como la entendía Hitler: la lucha por la conquista del nuevo espacio vital, y no la rectificación de las fronteras políticas, estaba en la base de la acción exterior del Estado. Pero, ¿para qué? No sólo para asegurar el sustento a la población -creciente, según él-, sino, y sobre todo, para garantizar su supervivencia, a expensas de las razas inferiores. La política exterior de Hitler no puede comprenderse, en efecto, sin esta vinculación esencial. Lo que la lucha de clases era al marxismo, era para el nacionalsocialismo la lucha entre las razas. En un "tour de force" conceptual que miraba al pasado, la biología se convertía en el valor supremo y determinante de los valores fundamentales de la comunidad nacional. Ya en su primer escrito político, una carta del 16 de septiembre de 1919, Hitler abogaba por la eliminación de los privilegios de que gozaban, según él, los judíos y por la adopción de medidas legales para reducir su influencia. Un crudísimo darwinismo social malamente digerido y la soberbia creencia en la innata superioridad de la raza aria fueron los pilares de la filosofía política, extremadamente burda, de Adolf Hitler. El que luego fue Führer divisaba en la existencia humana una lucha amarga por la supervivencia. Para él los hombres no se diferenciaban de los animales, en la medida en que su conducta estaba condicionada claramente por dos factores básicos, el hambre y el amor. Para mantenerse a sí mismos, los hombres debían satisfacer el primero, y al atender al segundo contribuían a la perpetuación de la especie. Sin embargo, como el espacio a disposición del hombre estaba limitado por la geografía y los confines del planeta, la lucha entre las razas era la consecuencia inevitable de la aspiración del ser humano a colmar sus anhelos. El principal deber de la raza era sobrevivir y propagarse. Esto sólo podía conseguirse gracias a la expansión territorial y a expensas de otros pueblos. La raza de mejor calidad tenía un derecho sagrado a asegurar su supervivencia, y así la historia se convertía en la suma de los esfuerzos en pos de dicha supervivencia a través de la conquista de nuevo espacio vital. La política era, simplemente, el arte de dirigir tal esfuerzo, y el fin de la política exterior consistía en establecer una relación sana y viable entre la población de una nación y su crecimiento, por un lado, y la cantidad y calidad de suelo de que dispone, por otro. En su Segundo libro, continuación lógica de Mein Kampf y que no llegó a publicarse (data de 1928), Hitler conjuntó los elementos esenciales de su pensamiento: su misión histórica estribaba en aniquilar a una raza de escaso valor, los judíos, que obstaculizaban la conquista del espacio a las superiores y que carecían de uno propio que proteger o ampliar. El pueblo judío no puede proceder, por falta de capacidad productiva, a construir un Estado de anclaje territorial. Necesita, como fundamento para existir, del trabajo y de la capacidad creadora de otras naciones. La existencia del judío se convierte, así, en parasitaria dentro de la vida de otros pueblos. Si el suelo (espacio) constituía la base general de la economía que satisface las necesidades de un pueblo merced a los esfuerzos que éste desarrolla, dado que los judíos no tenían suelo propio, se entendía que vivían a costa del de sus anfitriones y gracias a las energías productivas de estos últimos. Eran parásitos y, en consecuencia, dañinos. Hitler reconocía el derecho de otros pueblos a buscar su propio espacio vital, siempre y cuando tuvieran un alto valor racial y no se vieran corrompidos por el parasitismo judío. Dichos pueblos eran rivales naturales del alemán, pero éste podía aliarse con ellos si aspiraban a conquistar espacios en los que Alemania no quería penetrar. Tal era el caso de Italia, con su política expansiva en el Mediterráneo y hacia África; o de Inglaterra, con su proyección ultramarina. Pero el papel histórico de Alemania, del pueblo alemán, era vencer a Francia y luego extenderse en el Este a costa de Rusia, infestada completamente por el judaísmo.
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En efecto, cuando tuvo lugar la ofensiva alemana sobre Francia ya las condiciones iniciales de la guerra se habían modificado en favor del atacante. El clima dominante en el Ejército francés había empeorado por la inactividad y no tenía, hasta el momento, ante los ojos otra cosa que el espectáculo de una sucesión de derrotas. El carácter equilibrado del balance de fuerzas hasta ahora existente se había modificado de manera notoria en contra de los franceses, no sólo porque la superioridad demográfica alemana permitió a este país movilizar más hombres sino porque, además, multiplicaron por dos el número de divisiones acorazadas. Entre los países al margen de la contienda, la impresión de que Alemania iba obteniendo la victoria era también predominante. El inquieto Mussolini empezaba a pensar -y así lo dijo- en la posibilidad de que su país quedara convertido en una especie de Suiza multiplicada por diez, carente de cualquier papel en los foros internacionales. Pero lo que verdaderamente supuso un giro cardinal en la guerra -e incluso en la Historia de la Humanidad- fue la derrota francesa, producto de la voluntad férrea de Hitler y de una serie de circunstancias fortuitas. Desde noviembre de 1939, el Führer había impuesto a sus generales una estrategia tendente a derrotar de forma rápida y expeditiva a Francia. Temía que, de no hacerlo, los aliados vieran modificarse de nuevo a su favor la situación y, sobre todo, tenía una enorme confianza en el procedimiento que le había dado la victoria hasta el momento. Según advirtió a sus generales, la aviación y los carros alemanes habían llegado a su "apogeo técnico" y eso le daba la garantía de poder derrotar a Francia en un plazo corto de tiempo. Sus altos mandos, sin embargo, consideraban demasiado arriesgada la operación y este hecho, junto con el mal tiempo, explica que se dilatara su inicio hasta una treintena de veces. Eso, a su vez, tuvo una ventaja para Hitler y una enorme desventaja para Francia. En el transcurso de esos meses, el plan original que preveía un ataque por la zona menos ondulada de Bélgica fue sustituido -tras ser descubierto este plan por los servicios belgas- por una ofensiva en la zona de Las Ardenas (Plan Manstein), lo que, como veremos, fue decisivo para la victoria. Por el momento, el descubrimiento de los iniciales planes alemanes confirmó a los franceses en lo que siempre había sido su idea respecto de la ofensiva adversaria. Ni siquiera fue una novedad para ellos que, a diferencia de lo sucedido en 1914, la ofensiva se produjera también en Holanda y no sólo en Bélgica. La nueva estrategia bélica de la Wehrmacht determinó un agravamiento en la situación de los aliados, que tuvieron que avanzar en Bélgica y Holanda en el preciso momento en que se producía el ataque alemán, porque, de hecho, fueron metiéndose progresivamente en una trampa sin salida. Lo peor para ellos fue, sin embargo, la incomprensión de la estrategia de la "Guerra relámpago". Aunque De Gaulle hubiera confirmado con lo sucedido en Polonia el papel decisorio que podían tener carros y aviones, los altos mandos franceses estaban muy lejos de haber aprendido nada. Pétain, por ejemplo, seguía siendo partidario de una línea continua de defensa y fortificación. Caso de ofensiva con carros, serían detenidos por los campos minados y por la artillería destinada específicamente contra ellos, al mismo tiempo que se procedería a continuación a contraataques por los flancos. La aviación, según el héroe de Verdún, no podía jugar ningún papel en el desenlace de la batalla. Por si fuera poco, los aliados estuvieron muy desorganizados a lo largo de los días decisivos. En marzo, Daladier había sido sustituido por Reynaud al frente del Gobierno francés pero, aunque el nuevo jefe del ejecutivo había demostrado interés por las nuevas estrategias, por el momento nada cambió. El mando superior francés estuvo en la práctica dividido entre los generales Gamelin, que tenía la suprema responsabilidad, y Georges, que la ejerció en el propio terreno de combate. Cuando las cosas empezaron a ir mal, Gamelin fue sustituido por Weygand y se incorporó al Gabinete a Pétain, hasta entonces embajador en Madrid. Pero entonces no sólo ya era tarde sino que estos nombres no significaban más que la perduración de viejas estrategias que ya estaban derrotadas. Por si fuera poco, hubo lentitud en el traspaso de poderes, desconexión entre aire y tierra y un exceso de optimismo, de modo que cuando se empezó a experimentar la derrota no se quisieron transmitir las peores impresiones, porque parecían excesivas. En cuanto a los británicos, tan sólo unos días antes del comienzo de la ofensiva alemana habían cambiado su Gobierno, que ahora presidía Churchill. Su liderazgo resultaría decisivo para el mantenimiento de Gran Bretaña en la guerra, pero, de momento, se trataba de un personaje que había tenido un pasado errático y podía haberlo concluido por una planificación deficiente de la actuación de la Flota británica en Noruega. A todos estos factores, en fin, hay que sumar otro absolutamente decisivo. Pétain y en general todo el Ejército francés habían considerado Las Ardenas como "impenetrables", en especial para un ataque con carros, de modo que allí donde se produjo la concentración del ataque alemán era donde los franceses habían situado unidades más débiles y menos numerosas. La batalla del río Meuse, que permitió a los alemanes tomar Sedán y desarticular todo el dispositivo adversario, se caracterizó por la brillantez y la rapidez en la ejecución, a cargo del general Guderian. Tras reducir a un tercio el tiempo que los adversarios pensaban que necesitaría para realizar la penetración, se volvió bruscamente hacia la costa, que alcanzó en apenas una semana. De esta manera, quedó establecido en una especie de franja de 250 kilómetros, con una anchura de apenas cuarenta, y todavía prolongaría más el frente cuando ascendió por la costa otro centenar de kilómetros hacia Dunkerque. La maniobra fue espectacular, pero también se entiende la mezcla de entusiasmo y angustia con que la acogió Hitler. En ese momento, una contraofensiva decidida por parte aliada podía haber puesto en peligro absoluto a las mejores tropas alemanas. La metáfora de Churchill parece acertada: la tortuga había hecho sobresalir su cabeza más allá del caparazón y con ello la había puesto en peligro. Hitler era consciente de ello. Por dos veces, a Guderian se le ordenó detener su ofensiva y el general alemán cumplió, aunque con renuencia, estas órdenes. Pero los aliados, que hubieran debido reaccionar con decisión y rapidez, no lo hicieron en absoluto en el preciso momento en que debían (es decir, de forma inmediata) e incluso, si lo hubieran hecho, es posible que fuera ya demasiado tarde porque en el transcurso del ataque los alemanes habían reducido a la nada una veintena de divisiones adversarias de modo que ya tenían una superioridad manifiesta. La ofensiva aliada, de todos modos, ni siquiera se intentó con verdadera decisión y otros acontecimientos se cruzaron con esta difícil situación militar en el momento clave de la batalla. La primera parte de ella estuvo centrada, desde el punto de vista francés, en el ataque alemán sobre Bélgica y Holanda. Lo que llamó la atención a este respecto fue el empleo de unidades paracaidistas, muy reducidas en número pero de alta eficacia. Las tropas aerotransportadas consiguieron, mediante operaciones por sorpresa, la destrucción de las mejores fortalezas defensivas belgas -Eben Emael- o la ocupación del puerto de Rotterdam. Obsesionados por estos hechos, los franceses no se dieron cuenta de que el principal esfuerzo ofensivo se dirigía hacia el Sur y la costa. Luego, cuando ya lo hubieron constatado, la capitulación del Ejército belga, el 18 de mayo, vino a agravar todavía más la situación. Se llegó así al reembarco del ejército expedicionario británico en Dunkerque. De nuevo en este caso, Hitler tendió a moderar la velocidad de actuación de sus unidades, no porque quisiera dar una nueva oportunidad a Gran Bretaña para pactar su salida de la guerra, como sospecharon algunos generales, sino por temor a arriesgar en exceso a sus fuerzas blindadas. La misión de acabar con la bolsa en torno a la ciudad francesa le fue encomendada a la aviación, pero ya en este momento los alemanes empezaron a descubrir que en los británicos tenían unos serios contendientes en el espacio aéreo. En total, unos 375.000 hombres, dos tercios de los cuales eran británicos, atravesaron el Canal en sentido inverso al que habían hecho no hacía tanto tiempo. Habían perdido su equipo y, por tanto, no eran tan decisivos para el sostenimiento de Gran Bretaña pero, en ésta, la salvación de una parte del Ejército propio fue interpretada casi como un milagro. Los franceses, por el contrario, interpretaron tanto el reembarque como la negativa británica a poner en juego la totalidad de su aviación en el continente como una traición. Cuando Churchill, como remedio supremo, propuso la unión entre los dos países, no logró ningún apoyo francés. Todavía Francia intentó mantener una línea de resistencia, pero muy pronto se desmoronó. Los propios alcaldes de pueblo se negaban a que en sus poblaciones se establecieran los puntos de resistencia. Partiendo de esa inicial idea de que su Ejército era el mejor del continente, los franceses acabaron por llegar a la conclusión de que su derrota suponía que Alemania era invencible. Desde la primera semana de junio, los mandos militares pidieron un armisticio que finalmente fue aplicado el 25 de este mes. La culpa del desastre, según la interpretación generalizada entonces, residía en la política de la Tercera República. De ahí al colaboracionismo con el ocupante alemán solamente había un paso y muchos no tardaron en darlo. Quienes atendieron al llamamiento del general De Gaulle para proseguir el combate al lado de Gran Bretaña constituyeron, en el primer momento, una minoría muy reducida. El 3 de julio, la destrucción por parte de los británicos de la flota francesa para evitar su utilización por los alemanes pareció establecer un abismo entre los dos antiguos aliados. La fase final de la batalla de Francia presenció la intervención de Italia en la guerra. Mussolini pensó en este momento que le bastaba tener un millar de muertos para conseguir sentarse en la mesa del vencedor y participar en el reparto del mundo. Su declaración de guerra tuvo, sin embargo, muy poco impacto en la evolución de los acontecimientos militares. La interpretación que hizo Roosevelt, de acuerdo con la cual el Duce habría sido incapaz de dejar de apuñalar por la espalda, parece correcta. Franco fue más cauteloso, pero también se ofreció para participar en el conflicto, porque tenía un apetito de expansión territorial semejante al del dictador italiano. De todos los modos, para comprender que Mussolini lo hiciera es preciso tener muy en cuenta el brusco giro que había dado la Historia de Europa en aquellos días. Una potencia decisiva -la considerada más fuerte desde el punto de vista militar- había sido liquidada, junto a un centenar de divisiones propias, a las que era preciso sumar, aparte de las diez británicas, una treintena de belgas y holandesas, con tan sólo 40.000 muertos del adversario. Alemania dominaba el Continente y para derrotarla tenía que producirse un desembarco de quienes habían sido ya vencidos en el campo de batalla. También había fracasado la expectativa soviética de que todas las potencias se desgastaran en su lucha por la hegemonía. Todas las reivindicaciones contra el poder franco-británico, que mediatizó a Europa y a sus colonias durante tanto tiempo, parecían susceptibles de ser atendidas. La situación de Gran Bretaña era tan preocupante que no puede extrañar que sus responsables políticos decidieran enviar sus reservas de oro a Canadá, al otro lado del Atlántico.
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César dividió el ejército en dos cuerpos. Uno de ellos, al mando de Labieno, marcharía hacia el norte contra senones y parisios; el otro, dirigido por el propio César, atacaría la Arvernia con seis legiones. En este frente, las operaciones se iban a desarrollar en torno a la capital, Gergovia, donde Vercingétorix se hizo fuerte, apoyado en las casi inexpugnables condiciones de la plaza, que hicieron considerar al romano la dificultad de su asedio. Obligado por las inquietantes noticias procedentes del país de los eduos, en trance de unirse a Vercingétorix, César abandonó la dirección del sitio para acudir contra los posibles rebeldes y su ausencia fue aprovechada por los galos para poner en serias dificultades a los sitiadores. A su regreso, César intentó un audaz golpe de mano, que fracasó estrepitosamente. El mito de la invencibilidad de César quedaba en entredicho y los eduos abandonaron su bando. Los almacenes romanos de Noviodunum fueron asaltados, los rehenes liberados y César se vio obligado a un repliegue hasta reunirse con el cuerpo de ejército de Labieno, que había conseguido reducir a los parisios. La campaña de Gergovia había fortalecido la posición de Vercingétorix. Una asamblea general de representantes de la Galia, celebrada en Bribacte, volvió a reelegirle como caudillo federal, a pesar de la oposición de los eduos, aspirantes también a la dirección de la guerra. Con él, triunfó su vieja estrategia de reducir al hambre a los invasores, impidiéndoles la posibilidad de abastecimiento sin dejarse atraer a un enfrentamiento decisivo. Por su parte, César decidió trasladar el teatro de la guerra hacia el sur, a territorio secuano, para, sin abandonar la ofensiva, tener posibilidad de acudir en defensa de la provincia Narbonense, a la que Vercingétorix estaba intentando, en vano, sublevar. El ejército romano se puso en marcha; a la altura de Dijon, Vercingétorix, contra su acostumbrada táctica, dio la orden de atacar, confiado en su superior caballería. Si el factor sorpresa pareció darle en principio la razón, las medidas tomadas precedentemente por César de reforzar su ejército con caballería germánica, volvieron la suerte a favor de los romanos.
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La prolongada guerra de posiciones había agotado a Italia, pero también a Grecia, por lo que ésta se hallaba totalmente debilitada en el momento de ser atacada una vez concluida la ocupación de Yugoslavia. El tipo de guerra de movimientos que utilizaba la Wehrmacht sería capaz de destruir con gran rapidez el sistema defensivo heleno. De ésta, la denominada Línea Metaxas constituía el elemento más destacado. Construida en la línea fronteriza con Bulgaria entre los años 1938 y 1940 a imitación de la Maginot, era considerada por el Alto Mando como inexpugnable. Con ello se olvidaba que el año anterior la que la había servido de modelo había sido traspasada apenas sin dificultad. El primer objetivo de los alemanes al lanzar su ataque fue la capital del norte, Salónica. Para acceder a ella era preciso superar la Linea Metaxas, por lo que los atacantes optaron por repetir la operación que les había ofrecido tan buenos resultados en Francia. Rodearon así el obstáculo, tomaron a éste por la espalda y continuaron su camino. El general von Boehme dirigía aquí una división acorazada y tres divisiones de infantería. En esta línea, el enfrentamiento decisivo tuvo lugar en el paso de Strumitza, donde la dura resistencia opuesta por los griegos fue arrollada finalmente gracias al ametrallamiento de los Stuka y la acción de los lanzallamas. En Salónica, ya directamente amenazada, las fuerzas británicas organizan la evacuación, mientras que el general Tsolakoglu decidía solicitar la rendición y entregar las armas de los combatientes. Refugiados en el monte Olimpo, los ingleses resistirán el tiempo suficiente para erigir una línea defensiva más al sur, sobre el paso de las Termópilas. El día 18, el primer ministro Koryzis puso fin a su vida tras haber sido acusado por el rey Jorge II de ineptitud en las circunstancias presentes; le sucedió en el cargo Manuel Tsouderos. Mientras, se firmaba en Yanina el armisticio con el atacante, por el cual dieciséis divisiones griegas abandonaban la lucha; éste debió repetirse el 24 en Salónica, ahora con 1a presencia de las fuerzas armadas italianas. De esta forma, cesaba la lucha para más de ciento cuarenta mil combatientes griegos. La víspera, 23 de abril, la familia real y el Gobierno habían marchado a Creta con el fin de organizar desde allí la resistencia. El 25, los paracaidistas alemanes atravesaban el canal de Corinto y penetraban en el Peloponeso. Sin embargo, no lograrían impedir el embarque de un total de 50.732 soldados británicos, neozelandeses y australianos. Ocupado ya todo el país, los alemanes nombran el día 30 al general Tsolakolu para el cargo de primer ministro. El Reich había empleado en la campaña un total de veinticuatro divisiones, de las que perdió un tercio de sus integrantes, es decir, 1.684 muertos y 3.752 heridos. Por su parte, los griegos aportaban las siguientes bajas: 15.700 muertos y desaparecidos tras seis meses de guerra, y 218.000 prisioneros en poder del enemigo. Finalmente, Inglaterra también había pagado un alto precio por su participación activa en la lucha: 12.712 muertos, heridos o desaparecidos, de los cuales 9.000 eran prisioneros. Tras su ocupación, el territorio griego será a su vez desmembrado entre Alemania, que ocupaba la zona centro-norte, la mayor parte de Creta y la frontera con Turquía; Italia, que pasó a dominar la mayor parte del país; y Bulgaria, que accedía al mar Egeo a costa del derrotado vecino. El teórico triunfador, Mussolini, había perdido en los meses de campaña un total de 13.755 muertos, 50.874 heridos y 25.067 desaparecidos, de ellos la mayor parte también eliminada.
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La decisión del cardenal Richelieu de enfrentarse abiertamente con España perseguía dos objetivos esenciales: alejar de sus fronteras a un peligroso enemigo y contribuir, al mismo tiempo, a obstaculizar la creación de una monarquía Habsburgo en Alemania, para lo cual necesitaba privar al Emperador de la ayuda española. En este ambicioso proyecto contó siempre con el apoyo de Holanda y de Suecia, que perseguían los mismos objetivos. Los planes de Richelieu, sin embargo, no contemplaban la capacidad de resistencia de los Habsburgo, pues en Alemania el avance sueco fue frenado, y en los Países Bajos la campaña franco-holandesa de 1635-1636 constituyó un completo fracaso, ya que el ejército español, después de rechazar una invasión de los franceses, se adentra seguidamente en su territorio, ocupando en 1636 la ciudad de Corbie, a ochenta kilómetros de París. Sin embargo, a partir de 1637 la situación se invierte para las armas españolas: en este año se pierde Breda a manos de los holandeses y en 1639 una flota de guerra que transportaba provisiones y tropas desde España a los Países Bajos es interceptada por la armada de Holanda y casi totalmente destruida en la decisiva batalla de las Dunas, destino que conocerá también la flota enviada a recuperar Pernambuco. Las cosas fueron peores para el Emperador en los años siguientes. En 1636, los franceses ocupan Breisach y otras plazas desde las cuales poder penetrar en Alemania, impidiendo así que se pudiera producir otro Nördlingen, en tanto que los suecos logran hacer retroceder al ejército imperial hasta Silesia, y en el frente occidental ocupan Alsacia y atacan el Franco Condado. Esta ofensiva se recrudece en los años 1640 a 1643, perdiendo Fernando II batalla tras batalla, lo que provoca el pavor de los electores alemanes, entre quienes empieza a brotar un movimiento favorable a la paz, al precio que sea. España tampoco sale bien parada en estos años. La sublevación de los catalanes y de los portugueses en 1640 obliga a Felipe IV a desviar su atención del norte de Europa, sufriendo en consecuencia pérdidas territoriales en este frente (Arrás y la mayor parte del Artois en 1640) y la decisiva derrota de los tercios de Flandes en Rocroi en 1643, batalla que acabó con la posibilidad de organizar una nueva invasión de Francia desde los Países Bajos. Además, con Tréveris, Alsacia y Lorena en poder de Francia, y con los holandeses dominando Limburgo, el Canal de la Mancha y el Mar del Norte, Madrid carecía de las vías de comunicación precisas para enviar refuerzos a los Países Bajos e impedir el progreso de los ejércitos francés y holandés, que conquistan Gravelinas en 1644, Hulst en 1645 y Dunkerque, el principal puerto español en Flandes, en 1646. Por otra parte, en la Península Ibérica, el avance francés, al socaire de la revuelta de los catalanes, alcanza Salces y Perpignan (1642), llegando hasta Lérida, que es conquistada en 1643, mientras su marina derrota a las galeras españolas en el Mediterráneo, frente al puerto de Cartagena en 1643, si bien la presencia de Felipe IV al mando del ejército insufla nuevo vigor a los soldados y se recupera definitivamente Lérida en 1644. En Italia los franceses obtienen posiciones cada vez más sólidas en el Piamonte y Monferrato, aunque no logran asestar un duro golpe a las guarniciones de Lombardía. Además, las rebeliones de Sicilia y de Nápoles en 1647, que ponen en peligro la conservación de estos reinos, no serán aprovechadas por Mazarino, en parte por no hallarse preparado para actuar en la zona y también porque la estabilidad del frente catalán permite a Madrid enviar en 1648 una expedición a las órdenes de Juan José de Austria que en breves jornadas consigue restaurar la autoridad de la Corona. Desde 1642 el cansancio de la guerra se manifiesta en toda Europa, y la contienda civil inglesa, iniciada en ese mismo año, hace reflexionar a muchos gobernantes sobre la necesidad de alcanzar una solución pacífica a un conflicto que se estaba prolongando demasiado tiempo. Sin embargo, no será hasta 1648 cuando todas las potencias implicadas, tanto en la guerra de Holanda como en la guerra de Alemania, signen el cese de las hostilidades, una vez superadas sus diferencias y la oposición de Francia, que deseaba retrasar la firma de la paz hasta haber derrotado a España. Con la Paz de Westfalia concluyen los litigios confesionales en Alemania, tolerándose en cada Estado el culto privado de las minorías religiosas que existían antes de 1624, pero también el poder del Emperador, pues los electores salen fortalecidos, sobre todo los de Sajonia y Brandemburgo, que amplían sus territorios, mientras Suecia y Francia se afianzan en Alemania: la primera, ocupando parte de la Pomerania; la segunda, apoderándose de Alsacia y del control de los corredores que unían las posesiones españolas de Italia y los Países Bajos. Por otra parte, en el Tratado de Münster, suscrito entre Madrid y La Haya, Felipe IV reconoce la soberanía e independencia de las Provincias Unidas, admite el cierre permanente de la navegación por el Escalda, excepto bajo licencia holandesa, otorga amplios territorios en el norte de Brabante y permite la imposición de derechos aduaneros por Holanda en los puertos de Flandes. En lo que Madrid no cedió fue en autorizar el libre comercio con sus posesiones americanas, como lo exigían la Compañía de las Indias Orientales y la Compañía de las Indias Occidentales, aunque se avino en admitir las conquistas holandesas en territorios de la Corona de Portugal, ahondando así más todavía la fisura abierta entre el reino lusitano y el monarca español.
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Si, desde un principio, los aliados habían dado por supuesto que el primer enemigo a batir era Alemania, la rapidez y la espectacularidad de la ofensiva japonesa habían obligado a la contraofensiva en el Extremo Oriente. La guerra del Pacífico, muy popular en los Estados Unidos, en parte por motivos que no estaban exentos de causas criticables -un poso de racismo- estaba ya a la altura del verano de 1944 en condiciones de ser ganada por los aliados. La superioridad en aviación naval de los japoneses había desaparecido definitivamente después de la última batalla en el mar de Filipinas, en la que perdieron algunos de sus mejores portaaviones. En esos momentos, se pudo ya decir que el combate se había convertido en puro y simple "tiro de pichón" de unos aviadores inexpertos que apenas si podían ser sustituidos. Japón era ya consciente de que había elegido un perímetro defensivo demasiado amplio para poder cubrirlo. Sus esperanzas radicaban en que los alemanes fueran generosos con sus descubrimientos científicos y de carácter bélico, o en que fuera posible una gestión de mediación a través de China, que había sido derrotada recientemente, o con la URSS, que permanecía neutral en la Guerra del Pacífico. Esas esperanzas fueron siempre remotas y acabaron quedando en nada. Los norteamericanos habían tenido la opción de atacar en dirección hacia Formosa, pero el hecho de que no hubiera sido posible traer tropas desde Europa y la derrota misma de China les hizo optar por un ataque en dirección hacia Leyte. El desembarco tuvo lugar en la segunda quincena de octubre de 1944 y provocó una inmediata batalla naval y aérea, en la que participaron más buques que en ninguna otra de toda la guerra, unos trescientos. Resultaba inevitable que tuviera lugar, puesto que, con el ataque, los norteamericanos ponían en cuestión la simple posibilidad de que los japoneses mantuvieran el contacto con sus posesiones, que les proporcionaban materias primas fundamentales. La batalla fue decisiva y en ella la superioridad aérea norteamericana jugó un papel fundamental. Ya antes de que las diferentes flotas japonesas se concentraran sobre las Filipinas, los norteamericanos habían logrado una manifiesta superioridad aérea, causando cinco veces más bajas que las padecidas por ellos. En el momento decisivo, disponían de ocho veces más portaaviones que el adversario. En tonelaje naval, los japoneses perdieron diez veces más que los norteamericanos. Mal informados y con unos planes demasiado complicados, fueron, pues, derrotados de forma que resultó ya totalmente irreversible. Pero eso no significó que de forma inmediata la isla de Leyte fuera conquistada, sino que resultó necesaria una larga guerra de trincheras que acabó con la decepción de los vencedores norteamericanos, que ni siquiera pudieron instalar campos de aviación capaces de llegar hasta Japón debido a la orografía de la isla. Prosiguió entonces la reconquista de las islas Filipinas, para cumplir el propósito del general MacArthur que, al abandonarlas en 1942, había anunciado su retorno. Consistió en un conjunto de operaciones de desembarco (una cincuentena), seguido de otras operaciones, muchas largas y cruentas. En enero de 1945, se produjo el desembarco en Luzón, que fue seguido por el ataque a Manila. La barbarie de los defensores japoneses produjo un elevado número de muertos entre la población civil y también entre los norteamericanos, hasta el punto que el caso de la capital filipina puede compararse con el de Varsovia en cuanto a grado de destrucción. Los sucesivos desembarcos en el resto de las islas Filipinas y en Borneo, donde la lucha se prolongó hasta septiembre de 1945, han sido muy criticados por parte de los historiadores, que consideran que estas operaciones no tuvieron otro resultado que el de multiplicar el número de bajas sin ser resolutivas. MacArthur, al mismo tiempo, apoyó como nuevas autoridades civiles a antiguos colaboracionistas con los japoneses. Para el desenlace de la guerra en el Pacífico, resultó mucho más decisiva la línea de avance en la zona central de este océano, emprendida por el almirante Nimitz. El primer paso consistió en la conquista, durante los meses de febrero y marzo de 1945, de Iwo Jima, un islote a medio camino entre las Marianas y Japón que tuvo utilidad como base aérea de bombardeo de la metrópoli, imposible de realizar desde las Filipinas. En Iwo Jima, los norteamericanos, que la habían considerado como una presa fácil, comprobaron cómo la cercanía al Japón endurecía los combates de un modo espectacular. Encerrados en un sistema defensivo de túneles, que hacían relativamente inútiles los bombardeos artillero y aéreo, los japoneses resistieron hasta el final. Los norteamericanos tuvieron 7.000 muertos, mientras que de la guarnición japonesa -unos 20.000 soldados- apenas si sobrevivieron unos 200. La estrategia nipona consistía, por tanto, en tratar de causar al adversario tal número de bajas que les obligara a plantearse la posibilidad de un pacto lo más beneficioso posible para sus intereses. Para ello, utilizaron procedimientos que eran en realidad una combinación entre la obstinación y la patente impotencia. El envío de casi diez mil globos incendiarios desde Japón, empujados por el viento hasta las costas de California, resultó más bien el testimonio de lo segundo. No se llegaron a llevar a cabo operaciones suicidas sobre la costa californiana pero, en cambio, el empleo sistemático de ataques suicidas en la batalla naval se convirtió en un peligro real para los norteamericanos. El término "kamikaze" hace alusión al "viento divino" que hacía siglos había dispersado una flota invasora procedente del continente. Ahora, los japoneses llegaron a la conclusión de que sus aviadores, inexpertos y en manifiesta inferioridad de condiciones materiales, resultaban mucho más efectivos intentando el impacto directo sobre el adversario. De hecho, uno de cada cinco de los 2.500 ataques suicidas -que no sólo eran aéreos sino también marítimos- produjo destrucciones graves al adversario. Empleado este sistema desde fines de 1944, se generalizó por parte de los japoneses cuando, a partir de abril siguiente, los norteamericanos trataron de tomar la isla de Okinawa. Tokio, sin embargo, mantuvo una reserva de 5.000 aparatos suicidas, destinados a enfrentarse con quienes quisieran desembarcar en el archipiélago nipón. Mucho más extensa que Iwo Jima, Okinawa equidista de Formosa, de China y de Japón, por lo desde ella se puede amenazar en esas tres direcciones. A diferencia de lo sucedido en otras ocasiones, los japoneses esperaban el ataque adversario, para el que se habían preparado concienzudamente, mientras que los norteamericanos descubrirían tardíamente la magnitud de los medios del adversario. En total, se emplearon más de un millar de barcos y 400.000 hombres contra una guarnición de unos 80.000 que fue aniquilada, pero tras producir un número de bajas semejante al causado por el invasor. Los ataques suicidas tuvieron como consecuencia el hundimiento de tres portaaviones y una treintena de barcos norteamericanos. Incluso los japoneses emplearon en una acción suicida la principal unidad de guerra naval que les quedaba, destinada a hundirse irremisiblemente ante una Aviación norteamericana que había dado la vuelta por completo a la situación inicial de la guerra. Mientras se combatía en Okinawa, la guerra en Birmania adquirió un aspecto cada vez más favorable a los aliados. Tras una ofensiva desde el Norte, se consiguió el desmoronamiento del frente central japonés y, finalmente, una operación anfibia concluyó con la toma de Rangún, la capital birmana. Por primera vez, se decidió el licenciamiento de los soldados británicos que llevaban más de tres años en el frente del Extremo Oriente. Esta medida, sin embargo, hace pensar en que ya se consideraba que la guerra podía concluir en un plazo corto de tiempo. Chandra Bose, el líder de la independencia india, murió en accidente cuando intentaba trasladar su fidelidad desde Japón a la URSS. La situación de Japón se había convertido ya en dramática. En mucho mayor grado que Alemania sus únicas y limitadas esperanzas a la hora de entrar en la guerra consistían en obtener una rápida victoria. Ahora tenía liquidada ya su Flota mercante. En tan sólo el mes de octubre de 1944, los submarinos norteamericanos hundieron la vigésima parte de su tonelaje. Además, el bombardeo estratégico empezaba a tener su efecto. Había comenzado a fines de 1944 pero, en ese momento, los aviones norteamericanos B-29, al volar muy alto, aunque no eran accesibles a los cazas adversarios, tuvieron un efecto escaso. La conquista de Iwo Jima acercó los objetivos y favoreció la frecuencia de los bombardeos pero además se optó, ya con la superioridad aérea conseguida, por bombardear a más baja altura utilizando de forma sistemática bombas incendiarias. Los resultados fueron devastadores: en tan sólo dos días de bombardeo sobre Tokio murieron entre 80.000 y 100.000 personas, con sólo un 2% de pérdidas en los aviones utilizados. En total, los muertos japoneses causados por los bombardeos fueron unos 300.000. A diferencia de lo sucedido en Alemania, en este caso se consiguió la paralización de entre el 60 y el 85% de la producción industrial. Por su parte, los japoneses habitualmente ejecutaban a los pilotos norteamericanos que caían en sus manos. Esto suponía una voluntad de resistencia que los aliados tuvieron muy presente. Su planificación de guerra suponía tratar de recuperar Singapur y, sobre todo, desembarcar en el archipiélago japonés. En este último punto, las perspectivas de los aliados eran muy sombrías, a pesar de su abrumadora superioridad. Se calculaba que, a pesar de emplear seis veces más efectivos que en Normandía, la operación resultaría mucho más costosa. La proyección de las bajas padecidas en Iwo Jima u Okinawa indicaba que podía producirse un millón de muertos propios. Las operaciones no podrían concluir sino a fines de 1946, con una duración de, al menos, un año y medio. Desde esa óptica se entiende que los norteamericanos insistieran en la intervención soviética durante la reunión de Potsdam, llevada a cabo en las dos últimas semanas de julio de 1945. Se entiende, también, la utilización de la bomba atómica. Este proyecto, en el que colaboraron británicos y norteamericanos manteniendo reserva respecto de él con los soviéticos (que, sin embargo, lo conocieron gracias a su espionaje), concluyó con el éxito de los segundos merced a los muchos recursos empleados. Desde un principio se imaginó su utilización a modo de explosivo de gran potencia y sin una estrategia nueva y diferente. El 15 de julio de 1945 se llevó a cabo la primera experiencia en el desierto de Nuevo México. Los dirigentes políticos no se plantearon problemas morales respecto a la nueva arma que, para ellos, no representaba un cambio sustancial respecto al bombardeo de grandes ciudades llevado a cabo sobre Alemania y el propio Japón. Una razón complementaria para su uso consiste en que los aliados sabían que existía un sector del Gobierno nipón dispuesto a negociar. Verdad es que se podía haber esperado al posible efecto de la intervención soviética en la guerra, pues todavía había tiempo hasta que se pudieran llevar a cabo los desembarcos. Algunos científicos sugirieron la posibilidad de hacer una exhibición de la eficacia de la bomba sin lanzarla sobre una ciudad. Pero, como ya se ha dicho, esos problemas morales ni siquiera se plantearon a fondo: tras el lanzamiento, el 85% de los norteamericanos pensaron que había sido una decisión acertada. En los primeros días de agosto, fue lanzada una primera bomba en Hiroshima y una segunda en Nagasaki. En la primera ciudad, produjo unos 70.000 muertos, una quinta parte de la población, a los que hubo que sumar parecida cifra de heridos y la destrucción de cuatro de cada cinco edificios. La mortandad fue menor en Nagasaki, por ser el terreno más ondulado. Los norteamericanos ya no disponían de más bombas atómicas, pero inmediatamente arreciaron en sus peticiones de rendición que incluían una cierta garantía respecto a la permanencia del emperador como si tuvieran más. En ese momento quienes, en Estados Unidos, deseaban una victoria absoluta sobre los japoneses eran 9 contra 1. La decisión de rendirse fue muy debatida y difícil de tomar para los dirigentes japoneses, cuyos códigos morales estaban en la antítesis de esa posibilidad. El 9 de agosto, en un comité estratégico destinado a debatir la cuestión, se llegó a un empate que resolvió finalmente el voto del emperador. Aun así, hubo una conspiración militar contra el propósito que supuso la muerte de un general y el suicidio del ministro de la Guerra, datos todos ellos que hacen pensar que la rendición no habría tenido lugar de no haberse empleado la bomba atómica. El 15 de agosto se anunció la capitulación. Los soviéticos habían iniciado su ofensiva en Manchuria cuando se lanzaron las bombas y la siguieron hasta fines de mes. El acto de la rendición se hizo efectivo en la bahía de Tokio sobre el acorazado Missouri. La Guerra Mundial había durado seis años y dos días.
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Se ha dicho que las reformas de septiembre dieron paso a lo que se llamó el Imperio parlamentario, como consecuencia de las amplias atribuciones que empezaron a disfrutar las Cámaras. El punto de arranque de este nuevo periodo cabe situarlo en el encargo que Napoleón hizo a Emile Ollivier, en los últimos días de 1869, para que formase un Gobierno "homogéneo que representase fielmente la mayoría del Cuerpo legislativo". Ollivier, un republicano moderado, había sido atraído a la órbita del régimen desde enero de 1867, a partir de unas conversaciones secretas que mantuvo con el emperador. El resultado del encargo que le hizo Napoleón fue la formación del Gobierno de 2 de enero de 1870, organizado en torno al Tercer Partido, pero en el que el emperador mantenía un gran nivel de autonomía en la dirección de los asuntos militares y de política internacional. Ollivier, en todo caso, trató de consolidar el avance político conseguido con la aprobación de un senado-consulto, de 20 de abril que, con sus 44 artículos, ha merecido el nombre de Constitución de 1870, ya que revisa profundamente la de 1852. El Senado pierde la capacidad de revisar la Constitución (que pertenece al pueblo) y se transforma en una verdadera Cámara alta. La responsabilidad ministerial es aludida en términos algo confusos, pero todo parecía indicar que se avanzaría en ese sentido. En todo caso, la posibilidad de una apelación directa del emperador a los ciudadanos, a través del plebiscito, se mantenía y Napoleón decidió utilizarla para respaldar sus últimas reformas políticas. El celebrado el 8 de mayo de 1870, a pesar de un engañoso enunciado que obligó a las oposiciones a pedir el voto negativo, se saldó con un gran triunfo del sistema. Siete millones trescientos cincuenta mil votos favorables, frente a más de 1.500.000 en contra, y casi 2.000.000 abstenciones, hicieron exclamar al emperador: "He recuperado mis cifras". Napoleón podía pensar que el Imperio había recobrado todo su prestigio y las oposiciones tuvieron motivos para desmoralizarse. Sin embargo, la euforia imperial duró poco y la misma autonomía del emperador en cuestiones de política internacional iba a llevarle a provocar la caída del Imperio. Las negociaciones para presentar un candidato al trono de España, vacante desde el derrocamiento de Isabel II, llevaron a Napoleón a poner todo su interés en bloquear un posible candidato alemán de la casa de Hohenzollern, cosa que había conseguido a comienzos del mes de julio. Pero su afán de obtener mayores garantías para el futuro fue la ocasión de una respuesta despectiva de la cancillería alemana (telegrama de Ems) que hirió los sentimientos franceses y llevó a la declaración de guerra del 19 de julio. El conflicto fue tan corto como nefasto para las tropas francesas, comandadas por el mismo emperador. El intento de socorrer a las tropas del general Bazaine, sitiado en Metz, se saldó con un rotundo fracaso en Sedan (1 de septiembre), en donde fue hecho prisionero un ejército de 100.000 hombres, con el emperador al frente. Tres días después los republicanos de París invaden la Asamblea, en la que deliberaba el Cuerpo legislativo, y se dirigen al Ayuntamiento para proclamar la República. La emperatriz, que había quedado al frente del Gobierno, huye y se proclama un Gobierno de Defensa Nacional, bajo la presidencia del general Trochu.
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Una tercera fase de la guerra es la que coincidió con la campaña de Rusia del Emperador. Con la derrota de la Grande Armée, las tropas hispanoinglesas pasaron a la ofensiva. La batalla de Arapiles (22 de julio de 1812) en la que las tropas de Marmont fueron derrotadas por las de Wellington, fue la consecuencia de la nueva situación. La amenaza sobre la ruta de Madrid fue suficiente para que los franceses se apresurasen a abandonar Andalucía y para que el rey José abandonase la capital y se retirase hacia Valencia. Todavía se produjo el contraataque de las tropas francesas desde el Ebro y desde Levante, que consiguió restablecer a José en Madrid. Sin embargo, la gran ofensiva final, emprendida en mayo de 1813 empujó al ejército de Napoleón hacia los Pirineos, cuya retirada fue jalonada por las derrotas de Vitoria, el 21 de junio, y la de San Marcial, el 31 de agosto. El tratado de Valençay, firmado el 11 de diciembre de 1813, dejaba a España libre de la presencia extranjera y restablecía la normalidad después de varios años de una guerra en la que todos los españoles se habían visto implicados. Parte importante en la derrota napoleónica tuvieron las tropas inglesas comandadas por Arthur Wellesley, duque de Wellington. Inglaterra había sido durante siglos la tradicional rival de España en el Atlántico. La derrota de Trafalgar estaba todavía muy reciente en la mente de los españoles, y sin embargo el peligro napoleónico hizo que el enemigo de ayer se transformase en el heroico aliado del momento. La alianza se formalizó a comienzos de 1809, pero si al principio la colaboración se llevó a cabo con gran entusiasmo, en el curso de la guerra se iría apagando por la mutua desconfianza que mostrarían ambos aliados. Los políticos españoles se sentían disgustados con frecuencia por la crítica que hacían los ingleses a la forma de llevar la guerra, y éstos, por su parte, no acababan de entender la falta de rigor y de disciplina de los combatientes españoles. Además, la intervención inglesa ocultaba en realidad unos propósitos poco confesables de carácter puramente económico, como era el de hacer desaparecer la incipiente y débil industria española, que si acaso prosperaba podría hacer peligrar en el futuro las exportaciones inglesas de paños y algodones, que tenía en España un mercado prometedor. De hecho, los soldados británicos llevaron a cabo durante la guerra operaciones de destrucción que afectaban claramente los intereses económicos españoles. Tal fue el caso del desmantelamiento de las fábricas de textiles de Segovia y Avila, cuya producción podría constituir una competencia seria para las exportaciones británicas cuando terminase el conflicto. También a los ingleses les interesaba comerciar libremente con América, aunque esto no significase que apoyasen directamente los movimientos de independencia; es más, Inglaterra se ofreció como mediadora para resolver el conflicto entre las colonias y la metrópoli. En cuanto a la ayuda inglesa en material de guerra y dinero, Lovett adopta una postura intermedia entre los historiadores que la han exagerado hasta puntos poco admisibles, como Napier y Southey, y los que la han minimizado, como Gómez Arteche o el mismo Canga Argüelles. La cifra de 200.000 rifles y de 7.725.000 duros, parece que son los más ajustados a la realidad. Algunos historiadores ingleses han considerado que la contribución militar británica a la victoria final fue decisiva. Por el contrario, la mayor parte de los historiadores españoles han valorado la resistencia nativa como el elemento esencial de la derrota napoleónica, restando importancia a la acción de las tropas de Wellington. Sin embargo, resulta difícil, incluso hoy día, determinar con precisión qué porcentaje tuvo una y otra circunstancia en el resultado final de la guerra, puesto que, además, habría que tener en cuenta otro factor importante en el desarrollo de los acontecimientos, cual fue la necesidad que tuvo el Emperador de sacar tropas de la Península para dedicarlas a atender la campaña de Rusia. En definitiva, la Guerra de la Independencia fue un dramático telón de fondo que mantuvo a todo el país en una permanente situación anómala a lo largo de seis años, en el transcurso de los cuales su trayectoria histórica daría un giro de enorme trascendencia. Nada de lo que ocurrió en España en los años sucesivos hubiese sido igual sin el profundo trauma que causó la guerra, la cual sirvió además para acelerar un proceso de cambio profundo y para afirmar con rotundidad la voluntad de los españoles de defender por encima de cualquier consideración su libertad nacional.
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La noche antes de que la expedición partiera fueron mutilados las hermas de la ciudad, bustos sobre basas portadoras de símbolos sexuales colocadas en cruces de calles y lugares específicos, representación del traslado al centro urbano de la simbología reproductora de la tierra y, por tanto, de la historia de la ciudad misma. Ello por tanto tuvo que despertar una viva indignación en los ciudadanos, escandalizados por el sacrilegio hacia la representación de su propia identidad, en ambiente democrático. Por otro lado, en el momento crítico vivido, crece la superstición y el miedo a los peligros que pudieran estar fraguándose en torno a una expedición de por sí conflictiva. Así, surgieron las preguntas sobre si los causantes eran los mismos que querían evitar que la expedición se llevara a cabo. Por otro lado, a esta superstición se unió la procedente de otra acción que se atribuía a Alcibíades y a algunos jóvenes de la aristocracia. Se decía que habían celebrado una parodia de los misterios de Eleusis, cuyos contenidos estaban absolutamente vedados y no podían revelarse a los no iniciados, con lo que la violación se hacía doble. El conjunto se interpretó como una conspiración contra la democracia, en un momento en que se acusaba a Alcibíades de posible aspirante a la tiranía. En las comedias de Aristófanes se equipara su deseo irrefrenable de acción a la posible aspiración al ejercicio de la tiranía. De momento, el miedo a que la expedición fuera suspendida trajo como reacción en el demos la decisión de acelerar la marcha de la flota, a cuya partida acompañaron grandes manifestaciones de entusiasmo popular. Alcibíades y la expedición se convierten en el eje de las tensiones del demos. Desde el principio, en la expedición surgieron diferencias con motivo de los distintos planes defendidos por cada uno de los estrategos. Nicias sólo pretendía conseguir la protección de Segesta, mientras que Alcibíades y Lámaco planeaban el ataque a Siracusa. Sin embargo, la mayor complicación procede de que entonces llegara a la flota la llamada que ahora hacía el pueblo ateniense para que regresara a someterse a juicio. Las tensiones, con los thetes mayoritariamente en la flota, se habían resuelto en ese sentido. Por su parte, los siracusanos piden ayuda a Corinto y Esparta, pero en ello interviene Alcibíades, que ha escapado y buscado refugio en Esparta, donde, según Tucídides, pronunció un significativo discurso. Según Alcibíades, Atenas pretende dominar el mundo, por lo que recomienda colaborar a ponerle freno. En lo que a él personalmente respecta, dice que sólo se ha manifestado como demócrata por conveniencia, porque, en una ciudad como Atenas, ése era el único medio de hacer carrera política para los jóvenes de la aristocracia. Aunque expresado de modo cínico, refleja la verdad de ciertos individuos de la mencionada aristocracia. Alcibíades proponía la invasión del Ática, pero pretendía que se hiciera con más profundidad, con la ocupación y fortificación de Decelia, para poder llegar a paralizar la explotación de las minas de Laurio. Era mucho más ambicioso que el plan de Arquidamo. Las defecciones que se esperaban más la falta de recursos, podrían traer consigo el final de Atenas. En el año 413, de hecho, se produjo la derrota ateniense en Sicilia, con la esclavización de buena parte del ejército y la muerte de Nicias y Demóstenes, estratego que había ido en una segunda expedición.