El florecimiento alcanzado por Atenas en el siglo XII se verá bruscamente frenado en la centuria siguiente, iniciándose un periodo de larga decadencia. En el contexto de la Cuarta Cruzada, la ciudad será destruida por León de Nauplia, antes de convertirse en un feudo franco en el seno del Imperio Latino de Constaninopla. Los franceses se mantuvieron en la región de Atenas, convertida en ducado, hasta 1311, a pesar de que el Imperio Latino fue derrocado por Miguel Paleólogo cincuenta años antes. El duque de Atenas llamará a los almogávares aragoneses para proteger sus posesiones, pero en 1311 ocuparon el ducado y entraron en Atenas al grito de "Aragón, Aragón". La corona aragonesa controló el ducado hasta 1387, fecha en la que el territorio se convirtió en dominio independiente en manos del señor de Corinto, el florentino Nerio I, miembro de la familia Acciajuoli. El 24 de mayo de 1453 las tropas turcas de Mohamed II conquistaban Constantinopla, capital del Imperio Bizantino. Atenas aguantó aún tres años más y en 1456 el último duque entregaba la ciudad a los turcos. Desde ese momento, la decadencia ateniense alcanzará su momento culminante con la conversión del Partenón primero en mezquita y después en polvorín. El 26 de septiembre de 1687 el general veneciano Francesco Morosini -conquistador del Peloponeso y sitiador de la Acrópolis- no dudó en bombardear el antiguo templo de la diosa Atenea. La violenta explosión provocó casi la destrucción del edificio. Los turcos abandonaron la ciudad y se inició la llamada "Primavera Europea" que apenas duró dos meses, volviendo la región del Ática a depender del Imperio Otomano. La decadencia urbana en estos últimos años de la Edad Media tiene como resultado una drástica reducción de la población, que vivía confinada en el espacio limitado por la muralla romana, concentrándose en las laderas de la Acrópolis. El Ágora se había convertido en un prado donde pastaban las ovejas. La población total de la ciudad no alcanzaría los 10.000 habitantes. El dominio turco de la Hélade provocó una inmensa ola migratoria que llevó a buena parte de su población a Venecia y a Creta, territorio también veneciano, por lo que la cultura italiana y la griega tuvieron un momento de intenso contacto. En Venecia el Campo dei Greci era el lugar elegido por la mayoría de los griegos en su exilio, manteniendo incluso una iglesia bajo el rito ortodoxo, San Giorgio. Durante los cuatro siglos que duró el dominio turco, los dirigentes territoriales fueron excluidos de los órganos de poder y Grecia fue dividida en seis provincias, obligadas al pago de un fuerte tributo. La paz de Passarowitz (1718) consagraría la integración del territorio helénico en el Imperio Otomano, por lo que los deseos independentistas se mantuvieron vivos a lo largo de todo el tiempo de la dominación. En el siglo XVIII se producen las primeras renuncias territoriales del Imperio Otomano, lo que despierta en los griegos las esperanzas de recuperar su ansiada independencia. Los emisarios de Catalina II de Rusia incitaron a la rebelión de las poblaciones balcánicas y el conde Orloff realizó una expedición que acabó en fracaso. En el siglo XIX surgieron numerosas sociedades secretas cuyo objetivo era alcanzar la independencia. La más importante se fundó en Odessa en el año 1814. De nombre "Philiki Eteria", estaba financiada por los comerciantes que vivían en el exilio, participando activamente en la expansión de las ideas revolucionarias y reuniendo los fondos necesarios para la formación de un ejército de liberación. El filohelenismo manifestado por numerosos intelectuales europeos también sirvió de acicate para los rebeldes e incluso influyó en el cambio de opinión de los gobiernos europeos, que en un primer momento eran hostiles al levantamiento. Muchos filohelenos se alistaron junto a los insurrectos en los comités de apoyo a la guerra creados. La Guerra de la Independencia estalló en 1821, iniciándose la ofensiva primero desde los países del norte y después desde el Peloponeso. Las tropas estaban compuestas por soldados irregulares armatolos y kleftas, progresando en un primer momento de manera muy rápida. En los territorios reconquistados se constituían gobiernos locales. La respuesta del sultán turco ante la guerra en Grecia fue contundente. Envió a sus 10.000 mejores hombres contra la isla de Quíos, organizando una auténtica masacre: más de 20.000 personas fallecieron y las mujeres y los niños que sobrevivieron a la matanza fueron convertidos en esclavos. La opinión pública internacional se conmovió ante tan trágico suceso y los independentistas recibieron nuevos apoyos. Lord Byron desembarcó en 1823 en Missolonghi. Sin embargo, las divergencias entre los patriotas llevaron durante dos años a conflictos internos que paralizaron la liberación definitiva. Además, desde 1826 el sultán contraatacó y recuperó Missolonghi y la Acrópolis ateniense. El apoyo europeo será crucial para la independencia griega ya que las flotas rusa, inglesa y francesa derrotarán a los turcoegipcios en Navarino, el 27 de octubre de 1827. La II Asamblea nacional nombraba a Giovanni Capo d'Istria primer gobernador de Grecia y en 1829 por el tratado de Adrianópolis se reconocía la autonomía de Grecia, confirmada al año siguiente con la firma del Protocolo de Londres. La Asamblea había promulgado una Constitución en 1827 pero Capo d'Istria se negó a aplicarla, lo que provocó intensas tensiones que llevaron a su asesinato, el 9 de octubre de 1831. Grecia quedaba sumida en el caos y los aliados imponían un monarca.
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Las causas de la decadencia de Monte Albán son desconocidas. Es muy posible que comenzara de manera paralela a la ocurrida en Teotihuacan; por otra parte, durante el Clásico Tardío existían en la cuenca central otros sitios importantes como Cuilapan, Zaachila, Mitla o Lambityeco que estaban preparados para tomar el relevo de poder que había centralizado durante tantos años Monte Albán. Además, los estados mixtecos venían ejerciendo fuertes presiones sobre las poblaciones del valle de Oaxaca. Todas estas causas pudieron confluir en su decadencia, pero también es cierto que Monte Albán fue fundada como la capital de una confederación de jefaturas y en su mismo origen pudo llevar el germen de su destrucción; en el sentido de que esos mismos poderes locales y territoriales pudieron colaborar en su colapso.
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A partir del 830 d.C. comienza un periodo de desintegración de los viejos patrones que habían alcanzado su punto culminante hacia el 650 d.C., iniciándose un proceso de deterioro mediante el cual todos los centros del sur decaen antes del 900 d.C.; justo cuando la civilización clásica estaba en su máximo apogeo. Las causas de tal decadencia son complejas y no están definidas del todo; un hecho claro es que en un corto espacio temporal la cultura de la elite desapareció, abandonándose los edificios públicos y cesando la manufactura de productos de lujo y la erección de estelas con escritura jeroglífica. Al mismo tiempo, se produjo una dramática despoblación del sur de las tierras bajas. Este fenómeno no ocurrió en el norte sino hasta 150 años más tarde. El exceso de población, el agotamiento de las tierras fértiles, la malnutrición, la competición militar por los territorios para ampliar la producción en un sistema que tendía hacia el desequilibrio ecológico, la quiebra de las relaciones comerciales y la mayor distancia social entre una élite cada vez más numerosa y falta de soluciones y una clase campesina cada vez más explotada, y presiones de sociedades del exterior con nuevas ideas acerca de la explotación de las riquezas y de la guerra, se combinaron en este desastre de la civilización clásica del sur de las tierras bajas mayas.
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La ofensiva que lanzó la oposición inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial tenía tres aspectos fundamentales: la organización de un maquis armado o guerrillas para atacar puestos de la policía en zonas rurales y robar bancos en las ciudades, la reanudación de la actividad huelguística en las zonas industriales y la reanudación de actividades organizadas por los grupos políticos clandestinos. Los tres tipos de actividad tuvieron su punto culminante en los años 1946-47. Los comunistas habían tomado la iniciativa en el aspecto guerrillero y la CNT no llegó a su fuerza operativa máxima hasta 1947, cuando llevaron a cabo sus actividades más importantes en Cataluña. Después de 1949 las actividades de ambos grupos se redujeron rápidamente. Los comunistas abandonaron la guerrilla por completo en 1952 y los anarquistas siguieron llevando a cabo acciones esporádicas y de escasa relevancia hasta 1963. El éxito del Régimen para acabar con estas acciones tiene varias explicaciones. La mayoría de las funciones policiales las realizaba la Guardia Civil -una organización paramilitar- pero también se utilizó a los efectos a un número considerable de las fuerzas del Ejército. El enorme despliegue que se hizo de estas fuerzas para combatir contra los insurgentes hizo que fuera posible tener controladas prácticamente todas las zonas rurales sin apenas perturbar la vida de los civiles. Además, muchas de las zonas montañosas y de bosque, tan propicias para la guerrilla, estaban habitadas por granjeros conservadores y católicos que no estaban dispuestos a dar cobijo ni apoyo a los rebeldes. Existían algunos santuarios para éstos en el sur de Francia, pero las autoridades francesas terminaron por reducirlos considerablemente. La actividad huelguística de 1946-47 tuvo lugar sobre todo en las provincias vascas y en Cataluña, y llegó a su punto máximo con un paro industrial que empezó en Vizcaya el 1 de mayo de 1947. El sistema sindical del Estado se colapsó en esta provincia y, durante al menos tres días, 60.000 trabajadores dejaron su trabajo. La policía y los patronos tomaron medidas represivas para poner fin a la huelga. Había informes de que se detuvo a unos 7.000 trabajadores y que se echó a otros 14.000 de sus puestos de trabajo, aunque quizá estas cifras sean algo exageradas. La dureza de las medidas logró su objetivo. Sin apoyo político efectivo en el resto del país, ni un atisbo de ruptura en la unidad interna del Régimen y sus mecanismos de represión, la disidencia empezó a decaer después de 1947. La represión armada era fundamentalmente función de la Guardia Civil y de la policía, pero la persecución jurídica de los disidentes políticos era cosa de los tribunales militares de cada provincia. Toda la legislación referente a esto, se recapituló en la nueva Ley de Represión del Bandidaje y Terrorismo anunciada el 17 de abril de 1947. Varios miles de prisioneros de izquierdas siguieron detenidos y hubo alguna ejecución más, aunque por lo general, sólo de convictos por delitos de sangre. De vez en cuando moría un militante de izquierdas por las palizas de la policía. Los activistas monárquicos recibían un tratamiento mucho más cuidadoso, como si se les considerara una especie de oposición semilegal, aunque se detuvo incluso a Generales de División y se les envió a un exilio interior. Una de las opositoras más enérgicas, la joven Luisa María Narváez, duquesa de Valencia, fue condenada varias veces, por lo que estuvo un total de 22 meses en la cárcel. El éxito de Franco en el referéndum de 1947, que convertía el Estado en una monarquía, aceleró la división entre los grupos de la oposición. En julio, el Partido Socialista abandonó el Gobierno republicano en el exilio e intentaron establecer algún tipo de acuerdo con los monárquicos. La retirada de otros partidos dejó al Gobierno republicano en una situación precaria. Pero la entente socialista-monárquica fue ineficaz y se hundió al poco tiempo. El Régimen se sentía lo suficientemente seguro para llevar a cabo los primeros juicios públicos de personas de la oposición -14 estudiantes- en Madrid ese verano. La oposición armada todavía tenía capacidad de acción y en varias ocasiones en 1948-49 hubo tiroteos en las calles de Barcelona por los guerrilleros anarquistas, pero estos brotes rebeldes eran cada vez más débiles. Un decreto del 7 de abril de 1948 puso fin al estado de guerra que había existido desde principios de la Guerra Civil 12 años antes. Pero toda ofensa política, de la magnitud que fuera, siguió juzgándose en los tribunales militares. En noviembre el Gobierno decidió llevar a cabo una reforma que había anunciado tres años antes; celebró las primeras elecciones municipales corporativas indirectas. Un proceso tan controlado no acarreaba ningún riesgo, sin embargo en un comunicado a Franco el Ministro de Exteriores se lamentaba de la chapuza del primer anuncio que, según dijo, pone al descubierto el carácter limitado de la notación.
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La fase Metepec (650-750 d.C.) fue un tiempo de cambio e intranquilidad política, en que la población de la cuenca de México ya no se concentra de manera total en Teotihuacan, sino que surgen nuevos asentamientos que se estratifican desde poblados a pequeños centros como Azcapotzalco, evidenciando una paulatina descentralización del estado. Este acontecimiento es también un fenómeno interno, a juzgar por las figurillas hechas a molde que representan divinidades o guerreros indicativos de que el ritual ya no se llevó a cabo de manera exclusiva en los templos, sino que se desintegró en los conjuntos multifamiliares. Al mismo tiempo se denota un poder económico más disminuido y la pérdida de contactos entre Teotihuacan y muchos centros de Mesoamérica. Coincide esta situación con profundos cambios políticos y económicos en este Area Cultural, con centros muy expansionistas y agresivos como los de las tierras bajas mayas o, más tarde, Xochicalco, Cacaxtla y otros. La decadencia de la ciudad no fue abrupta, sino lenta, y culminó con la destrucción por medio del fuego de sus templos y edificos públicos más relevantes a lo largo de la Calzada de los Muertos y de la Ciudadela, hecho que coincidió con el abandono de la ciudad, que pasó a tener unos 25.000 habitantes.
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Tampoco sorprenderá demasiado que la década de los setenta, tiempo del obispado pacense del inquisitorial y dogmático Diego de Simancas (1569-1578), fuera la de la decadencia, la vejez, el taller, los encargos de retablos lejanos (1572, el de San Felices de los Gallegos, Salamanca; 1575, el hoy en San Salvador de Elvas, en Portugal; 1580, los retablos de las Capillas Santillán y Ovando en la iglesia conventual de San Benito de los caballeros militares de la cacereña Alcántara), y algunas deudas documentadas, a las que se sumarían actividades de compraventa de solares y tierras de labor; sería también ésta la década de la ausencia de encargos -no digamos mecenazgo- episcopales; el donante de la Crucifixión del Museo de Valencia no puede ser el nuevo obispo, fiscal inquisitorial del mismísimo arzobispo Carranza, don Diego de Simancas (1569-1578) -como se ha solido afirmar- si comparamos su retrato con el del retablo del Espíritu Santo, de la Capilla de la familia de los Simancas, que pintara Pablo de Céspedes en la catedral de Córdoba. Los tiempos habían cambiado desde los años cincuenta, acentuándose desde la conclusión del Concilio de Trento, en 1563, el control de las prácticas religiosas en busca de las más estrictas de las observancias de la ortodoxia, impuesta por la autoridad eclesiástica romana y, en segundo lugar, local. El ambiente de apertura y permisividad a las novedades se había cerrado paulatinamente en Extremadura, como en otros lugares, y las acusaciones de la década de los setenta de ser herejes alumbrados los evangelistas, los erasmistas o los modernos, no dejan lugar a dudas al respecto. El estricto canonista don Diego de Simancas, férreo fiscal y escritor prolífico de tratados contra los herejes, sería en definitiva el más conspicuo representante de esta tendencia de la contrarreforma eclesiástica española, que buscaba instaurar de nuevo la uniformidad más total en las prácticas, siempre comunitarias y públicas, y la ortodoxia más absoluta en la vida religiosa y en la moral de los fieles cristianos. También, como era de suponer, se incrementó el control de la imaginería, como parte importante en la práctica de una religión católica que se distinguía precisamente de la protestante por su defensa del valor tanto de las imágenes sagradas como de las reliquias, y la forma de ellas resultaría también condicionada. Lógicamente, la realidad negativa de la circunstancia y la biografía del Divino comenzaría a compensarse con la mitificación; habría sido llamado Morales por Felipe II para pintar en el monasterio de El Escorial, en imprecisa fecha, en la compañía de los famosos Juan Fernández de Navarrete el Mudo, del internacional El Greco, de los italianos Luca Cambiaso, Federico Zuccaro y Pellegrino Tibaldi; buen vasallo de su señor, habría aparecido rodeado de gran fasto y servido más devotamente al monarca, aunque no haya quedado ni rastro artístico ni documental de su comparecencia en el monasterio jerónimo, y habría partido recompensado en lo material y con el favor personal del Rey. Sería finalmente la década que se cerrara con el hallazgo del artista, por parte de un Felipe II camino de su nuevo reino de Portugal en el verano de 1580, muy viejo y muy pobre, necesitado de la ayuda económica del monarca coleccionista y protector de las artes, en imagen casi romántica que nos ha transmitido el biógrafo del siglo XVIII Antonio Acisclo Palomino; situación y visita ante la que habría reaccionado Morales con el gracejo del artesano añoso y despierto que redondearía la visión mítica de un artista: "Muy viejo estáis, Morales", habría dicho el rey, para recibir la contestación modesta del pintor: "Sí señor, muy viejo, y muy pobre". El monarca le habría asignado entonces de las arcas de la ciudad doscientos ducados para comer..., ante lo que habría replicado el artista: "Señor ¿y para cenar?", para que Felipe II le hubiera otorgado, comprensivo, otros ciento. Pero al margen de la diferencia de calidades en los productos de una y otra década, justificada por el diverso medio en el que plasmaban las imágenes para la meditación privada o la enseñanza y el rezo públicos, la estructura narrativa de los retablos no podía cuadrar con el más característico estilo de Morales, como no convenía a su arte la visión desde lejos. Aparecen ahora los fondos de paisajes y ruinas, con cielos bajos, pero en construcciones en las que el espacio no interesa y la representación de los escorzos de las figuras falla; las figuras se acartonan y enrigidecen, los gestos se endurecen, los rostros se estereotipan, los modelos -de Alejo Fernández a Alberto Durero, Martin Schongauer, Rafael de Urbino o los más modernos de Hendrik Golzius se multiplican y, a tenor de los grabados en que se inspiran, se nos presentan como composiciones absolutamente anticuadas o por contra sometidas a una puesta al día. A pesar de las novedades de última hora y fresca tinta de estampa, el arte de Morales seguiría hasta el fin de sus días fiel, y anclado en la tradición de su propio saber, a ciertas fórmulas que le eran propias, aunque su mano temblorosa le impidiera cada vez más dar aquel toque final sutil a sus tablas, que hacía que el cabello de sus figuras asemejara hilos de oro mecidos por un soplo de aire. Quizá la producción masiva de historias para retablos fuera también una salida ante la decadencia física, artesanal y artística del ya envejecido maestro. No podía ser de otra manera el fenómeno terminal y retablístico si el cliente del retablo de Higuera la Real exigía una y otra vez, a tenor de los propios documentos, que las figuras fueran de la mayor altura que pudiera caber, conforme al dicho tablero, despreocupándose de exigir otro tipo de requisitos. No obstante, algunos rasgos moralescos lógicamente se mantienen: la irrenunciable aunque innecesaria descripción del pormenor, la belleza y dulzura de los rostros de María, la elegancia de algunos movimientos femeninos, la brutal fealdad de los sayones, el patetismo exacerbado de los Crucificados. Allí también permanecieron porque en ellos radicaba el éxito de Morales, viejo y nuevo, ingenuo y culto, siempre piadoso y excelente artesano de un amplio taller, que pudo sobrevivirle y proseguir una ruta inercial gracias, más que a sus propios hijos Jerónimo y Cristóbal de Morales, a su principal discípulo, colaborador y seguidor, Alonso González, pero un éxito que se basó sobre todo en el medio renovado de la tabla o el tríptico de devoción privada, como atestiguan el hecho de que todavía en 1591 salieran cuadros de Badajoz, camino de Avila o Sevilla, las innumerables copias de sus obras, y su fortuna artística, viva hasta mediados del siglo XVIII entre los coleccionistas de pintura y piedad.
obra
El 6 de marzo de 1568 Navarrete es nombrado pintor del rey. Desde ese momento su salud empezará a resentirse, aquejada de problemas estomacales. En 1571 envió cuatro lienzos a El Escorial entre los que se encuentra el Martirio de Santiago, su obra más significativa. El padre Sigüenza considera que lo más importante de esta obra es la verosimilitud, "la actitud y movimiento es, quando passa el cuchillo por la garganta del Apóstol, con tanta propiedad y naturaleza, que jurarán los que le vieren que comienza a expirar". En este sentido, Navarrete confiere al cuadro piadoso el realismo, la dignidad y la sobriedad que exigía la Iglesia española de la Contrarreforma. Así, el santo aparece en primer plano junto a su verdugo, arrodillado, abriendo las manos en actitud de admitir el martirio. El verdugo exhibe su potente anatomía tomada de Miguel Ángel. Al fondo podemos advertir un fondo de lucha, envolviendo el conjunto una sensación atmosférica tomada de la escuela veneciana, especialmente de Tintoretto.
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Wilson se desesperaba, pues todo el debate contravenía su doctrina y lanzaba una iniciativa: "Dejemos que se expresen los interesados". Aunque París y Londres aceptaron en principio, declinaron enseguida formar parte de la comisión de encuesta, pensando que cualquiera que fueran sus conclusiones, serían contraproducentes para sus intereses. Wilson siguió adelante y, en junio de 1919, llegaba al puerto de Jaffa la comisión dirigida por los norteamericanos Henry King y Charles Crane. En tres meses recorrieron 36 ciudades de las actuales Siria, Israel, Territorios Ocupados y la mitad oeste de Jordania. Se entrevistaron con representantes de todo tipo de comunidades religiosas, étnicas, nacionalistas y aceptaron, para su posterior estudio, 1.873 peticiones e informes. Sus conclusiones fueron demoledoras para los intereses británicos, franceses y judíos. El rechazo del sionismo era unánime, la presencia británica, inaceptable; la colonización francesa sólo era plausible para los cristianos libaneses; la mayoría musulmana deseaba la independencia y, mientras esto no fuera posible, pretendía un mandato norteamericano. Ahmad el Shuqueiri, un líder palestino que llegaría a secretario general de la Liga Árabe, recodaba años después los "sentimientos, ideas y pensamientos" de su círculo político en aquella época: "América tenía excelente reputación, ocupaba en el corazón de las gentes el sitio de Gran Bretaña, pero más grande y más alto y nadie dudaba sobre la conveniencia de aceptar el mandato americano, porque el pueblo americano es un pueblo democrático que apoya la libertad de los pueblos y no acepta componendas, sino la justicia y la libertad". De poco valdrían las conclusiones de la Comisión. Fue depositado en la Secretaría de Estado, mientras el presidente Wilson libraba una desesperada batalla política por la ratificación del Tratado de Versalles, que no lo fue porque muchos veían en él "un atentado a la soberanía e identidad de EEUU". Por tanto la posibilidad de que Washington hubiera podido desempeñar el mandato de Palestina quedaba arrumbada. Wilson, quizás por sus ideas sionistas, quizás por no echar más leña al fuego, ordenó que se archivara la encuesta, que no vería la luz hasta agosto de 1922, bajo la presidencia aislacionista de Warren G. Harding. Para entonces era ya sólo un documento histórico: al margen de sus conclusiones, Francia y Gran Bretaña ya habían alcanzado un acuerdo.
obra
Turner realizará a lo largo de su carrera bastantes cuadros de temática histórica en los que el paisaje siempre estará presente como el principal protagonista. Tormenta de nieve en los Alpes, Dido contemplando Cartago o este imagen que contemplamos son excelentes muestras de su historicismo. Las influencias de Claudio de Lorena, Poussin y Piranesi se muestran clarmanete en estos excelentes trabajos. En el caso de las plagas que cayeron sobre la tierra de Egipto, el maestro británico se interesa por los cielos nubosos y la luz que proyectan. En esta escena la zona de la derecha está iluminada por un espléndido sol mientras que la izquierda se encuentra totalmente encapotada y muy oscurecida. Turner se muestra interesado por lo pictórico, por lo que resulta más agradable a la pintura, mostrándonos una imagen muy romántica con sus pequeñas figuras en primer plano para otorgar mayor realismo a la composición. La vista de la ciudad egipcia está realizada con una excelente perspectiva, una buena muestra de los 17 años que estuvo el maestro británico como profesor de perspectiva en la Royal Academy de Londres.