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El concepto y cronología del Siglo de Oro ha sido muy discutido en España. Hoy se sitúa cronológicamente el Siglo de Oro entre 1519 y 1648, aunque los límites finales son borrosos. Defourneaux propone la fecha de 1665 -comienzo del reinado de Carlos II-; otros más convencionalmente establecen la muerte de Calderón (1681) como el punto final. A nosotros nos parece más correcta la fecha de 1648 como el comienzo del declive hispánico; aunque ciertamente la correlación economía-sociedad-cultura dista mucho de ser efectiva. El concepto de Siglo de Oro ha sido, asimismo, polémico. La historiografía italiana llamó Edad de Oro a la época de León X, como había hecho Vasari en el siglo XVI. La historiografía francesa aplicó el concepto de Siglo de Oro o Gran Siglo al de Luis XIV. En España hay que esperar a Feijóo y Mayans para encontrar la glosa de las figuras literarias del siglo XVI. Los escritores españoles de los siglos XVI y XVII no tuvieron conciencia renacentista de estar viviendo edad de oro alguna. Se soñó, desde luego, con encontrar la mítica Edad de Oro en el Nuevo Mundo, pero pronto se vio la ensoñación como una utopía. La idea que más queda reflejada en la literatura española, sobre todo desde comienzos del siglo XVII, es la de desengaño. El Quijote de Cervantes sería el mejor reflejo de este concepto.
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En el tiempo del primer Stonehenge monumental (período III a), los grupos humanos de la región atraviesan por la fase cultural del campaniforme tardío. Las gentes del campaniforme fueron las pioneras de la industria del bronce en Gran Bretaña, y en la mayor parte de las regiones europeas. Su dispersión en oleadas; humanas o tan sólo ideológicas, por todo el Continente es, quizás, la única concesión de la Prehistoria actual al factor del movimiento físico de los pueblos. La enseña de los campaniformes consiste en una clase muy especial de vasija en forma de campana invertida, decorada con incisiones en bandas horizontales repletas de variados motivos geométricos (espigas, triángulos rellenos de trazos oblicuos, rombos, etc.). Son arqueros y guerreros. Sus tumbas individuales contienen placas rectangulares de piedra perforadas, que sirvieron de protección de la muñeca en el uso del arco; puntas de flecha de sílex; hojas de cuchillos y dagas de metal (de cobre, fundamentalmente); hachas de piedra de batalla; y algún objeto pequeño de auténtico bronce. En Gran Bretaña, los porteadores de la cerámica campaniforme dan muestras de un refinamiento especial en la selección de los objetos del ajuar. A sus tumbas llevaron exquisitos ejemplares de sus vajillas, hachas de combate pulidas, de bordes delineados o biselados, botones cónicos de ámbar negro (el azabache), brazaletes de bronce, brazaletes de los de arquero, pero con ribetes de oro, discos (o fáleras) de oro que se coserían a las prendas, pendientes asimismo de oro, etc. La orfebrería del campaniforme se expresa en formulismos muy sencillos: el puntillado, o el repujado practicado desde la parte trasera de la lámina; la decoración de las joyas campaniformes es igualmente sencilla: simples láminas paralelas o hileras de puntos. Los pendientes son particularmente atractivos. Muestra de esta clase de adorno, los ejemplares de Boltby Scar (Yorkshire), del Museo Británico. Se les denomina pendientes en forma de cesto, por su particular modo de doblar la lámina y sujetarse con una fina tira que pende de un lateral. A juzgar por la escogida selección de piezas de ajuar que los campaniformes más ricos llevaron a su propia tumba, se diría que entre ellos latía en ciernes ese espíritu de competencia que embarga a la sociedad de la Edad de Bronce Plena. El vaso campaniforme es, incluso, una pieza de prestigio; especialmente, si ésta no pertenece a la serie común, e imitable, sino que lleva la impronta de una mano artesana de calidad. Símbolos de poder son igualmente las hachas de metal (que hasta llegaron a imitarse en piedra). Las hachas de bronce -coinciden los prehistoriadores- no sólo sirvieron para talar árboles, u otros menesteres parecidos, sino que fueron objetos de regalo apreciadísimos. Por ello, algunas de las hachas son delicadas obras de arte; por ello también la Edad de Bronce produjo tantas hachas; y por ello, en fin, las hachas son símbolos sociales. La sociedad en los últimos campaniformes es una sociedad de cambio. Se encamina hacia un modelo en el que destaca una cúpula social que, presumiblemente, gracias a su activismo en la economía del metal, da muestras de enriquecimiento. Las obras de arte que terminan en sus tumbas así lo hacen creer. En este contexto cultural se sitúa la transformación de Stonehenge. Por encima de todo, el Stonehenge reconvertido es el más llamativo ejemplo de un poder secular, con aires de grandeza, capaz de reunir a consumados arquitectos y a una fuerza humana sin precedentes.
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La cultura en el siglo XVII se basa fundamentalmente en el impacto de la Ilustración y las ideas ilustradas. La nueva filosofía eleva la razón a principio rector de las relaciones entre los hombres y entre los hombres y la Naturaleza, e impregnará todos los ámbitos del saber y de la cultura: la ciencia, la educación, el arte, la literatura o la música.. El nuevo despertar de un hombre abierto a la racionalidad chocará con la tradición eclesiástica; las críticas ilustradas a la fe por parte de los ilustrados serán contestadas desde las religiones. Esta apertura del hombre a la cultura y el conocimiento intentará ser llevada por los intelectuales a la generalidad del pueblo, siguiendo la premisa de que la felicidad de los pueblos puede conseguirse mediante el saber y la instrucción generalizadas.
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El ámbito cultural hispanoamericano sobrepasó en variedad al étnico, pues las múltiples culturas indígenas existentes conformaron distintos grados de integración con la española y con elementos africanos. La Corona no propició ninguna política de destrucción de las culturas aborígenes, que realizaron esporádicamente por su cuenta algunos religiosos, considerando determinados aspectos de las mismas como prácticas demoníacas (así, los obispos Zumárraga y Landa hicieron autos de fe con los manuscritos aztecas y mayas), pero sí impuso la españolización de las Indias, obligando a los naturales a vivir en poblados, con arreglo "a policía" y dentro de la moral católica. Era un reflejo de la cultura hispanizante que dominaba en las ciudades, donde se imitaba el modo de vida peninsular en vestido, alimentación, misa, tertulia familiar, merienda, siesta, etc., tal como señalamos anteriormente. El tiempo y las circunstancias medioambientales motivaron pequeñas variaciones de índole regional dentro de la común cultura hispanizante. Ni la cultura de Valdivia era la misma que la de Lima o Quito, ni las de estas ciudades eran iguales que la peninsular. Aspectos esenciales de dicha cultura hispanizante fueron el idioma castellano, la enseñanza y la producción literaria, de los que diremos algunas palabras.
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Si hay civilizaciones y pueblos cuya historia haya despertado la admiración y excitado la imaginación de escritores, filósofos y tratadistas, y aun de gentes simplemente interesadas en el conocimiento de la gran aventura de la humanidad en su búsqueda de formas de cultura y sistemas de organización social, económica y política, uno de ellos es, sin duda, el inca. Desde el momento mismo en que su existencia es dada a conocer por los protagonistas de la empresa de descubrimiento y conquista de las tierras peruanas, se advierte en el mundo occidental una actitud primero de simple curiosidad, y en seguida de profundo interés y viva admiración por cuantas noticias llegan de ese fabuloso mundo del Tahuantinsuyu, el Reino de las Cuatro Regiones. Para los utopistas del siglo XVII y los ilustrados del XVIII, el modelo incaico se mantuvo en esa línea de interés, justificada por la originalidad de sus instituciones, que siguen siendo consideradas como signo diferenciador de un tipo de cultura excepcional, capaces de que Toynbee otorgue a la de los incas un lugar preferente entre sus veintiuna civilizaciones originales. El estado actual del conocimiento sobre la civilización incaica está determinado por la generalización de una postura revisionista que intenta orientar la interpretación de las fuentes tradicionales a la luz de documentos administrativos de los siglos XVI y XVII, cuyos datos permiten a veces comprobar la exactitud de las noticias recogidas por cronistas e historiadores, pero que en otros casos indican la realidad del verdadero funcionamiento de unas instituciones no absolutamente comprendidas por los autores de esas crónicas e historias, demasiado condicionados por su mentalidad europea, ajena a los patrones de comportamiento del hombre indígena americano. No obstante, las consecuencias de esa postura revisionista no nos permiten por el momento establecer de manera definitiva una nueva versión sobre la historia y las instituciones incaicas, que aquí vamos a exponer siguiendo la corriente tradicional, con sólo algunas observaciones respecto a las posibilidades de esa nueva interpretación. Es necesario subrayar, ante todo, el hecho de que el carácter ágrafo de las culturas andinas es la nota determinante de esa inseguridad en su conocimiento ya mencionada. Es cierto que la carencia de escritura estuvo compensada por el vigor de una tradición histórica transmitida directamente sobre la base de relatos, cuya memoria se conservaba a través de un cuerpo de funcionarios estatales, los quipucamayocs, o de una simple tradición oral entre la gente del pueblo.
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Diversos valles de la costa central forman parte de la cultura Lima: Chancay, Chillón, Rímac y Lurín, los cuales tienen dos desarrollos diferentes definidos en función de dos rasgos de gran personalidad: el Interlooking, o Entrelazado, que duplica en cerámica el tratamiento de los textiles y se define en Playa Grande; y el desarrollo Maranga. Los sitios más tempranos de este período Clásico son Maranga y Trujillo. Maranga es una gran huaca de 15 m de altura y 270 por 100 m en la base. Se trata de una arquitectura ceremonial, que tendrá su máxima expansión en el sitio de Pachacamac; algunas de estas inmensas edificaciones están relacionadas con construcciones administrativas hechas de adobe. En ocasiones, esta arquitectura pública estuvo decorada con murales pintados en los que la figura fundamental es la cabeza de un tigre confeccionado siguiendo patrones textiles y, en consecuencia, de forma hexagonal. En cerámica, el Entrelazado sustituye al blanco sobre rojo. Círculos, cruces, aserrados y la figura de un pez, todo ello confeccionado siguiendo los patrones de la manufactura de los textiles, son las características básicas de este estilo. También se han encontrado tejidos en las áridas tierras desérticas, trabajados tanto lisos como en tapiz. Al final de la etapa se inicia la gran ciudad de Cajamarquilla.
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Para muchos arqueólogos, lo que caracteriza a la civilización maya es el conjunto de los cuatro rasgos culturales siguientes: una escritura jeroglífica que tiene más de setecientos signos diferentes, un procedimiento particular de cubrir los edificios mediante la aproximación de hiladas y el hormigón, un complejo escultórico y ritual que incluye en asociación estelas y altares, y un sistema de medir el tiempo que parte de un punto inicial o "comienzo de era". Es evidente que hay que reconocer además como típicamente maya el estilo artístico que se desarrolló en una región de las tierras bajas tropicales mesoamericanas durante más de mil años, así como ciertos patrones de asentamiento sociales, políticos y religiosos. El territorio cubierto por tales manifestaciones es el de los estados mexicanos actuales de Yucatán, Campeche, Quintana Roo y zonas de Chiapas y Tabasco, con los departamentos guatemaltecos del Petén e Izabal, el noroeste de Honduras y la antigua colonia británica de Belice. Todo él se sitúa por debajo de los 1.000 metros de altitud, tiene altas temperaturas durante todo el año y una abundante vegetación natural que no tolera las heladas. Los tres períodos en que se divide la evolución de la cultura maya son: el Formativo o Preclásico, entre el siglo X a.C. y el siglo III d.C.; el Clásico, entre los siglos III y X d.C.; y el Posclásico, entre el siglo X d.C. y la conquista española. Durante el Formativo, gentes que bajan del altiplano de Guatemala van ocupando las orillas de los grandes ríos y lagos del Petén. Vestigios de sus aldeas han sido identificados en sitios como Altar de Sacrificios y Ceibal, en los ríos de la Pasión y Usumacinta. Estos grupos igualitarios, que cultivan la tierra y poseen cerámica, se extienden poco a poco hacia las selvas interiores fundando nuevos poblados, y en ese momento, pocos siglos antes de la Era cristiana, reciben aportaciones de la cultura de Izapa, cuyo ámbito de expansión llegaba desde la costa del Pacífico de Chiapas hasta el lugar de Kaminaljuyú en los altos. Estimulados por estas influencias, los mayas construyen los primeros templos sobre basamentos piramidales e inician los procesos de diferenciación social que habían de culminar en el período siguiente. Por otra parte, en la fecha maya 8. 12. 14. 8. 15, es decir, en el año 292 de nuestra Era, se talla la primera estela de piedra de que tenemos noticia. El ritmo de homogeneización de la cultura de las tierras bajas viene marcado por la extensión que va alcanzando, a partir de ese momento, la costumbre de erigir estelas fechadas y el culto que acompaña a estas esculturas. Hasta el año 435 sólo se encuentran estelas en Tikal, Uaxactun, Balakbal y Uolantun, o lo que es igual, en una región que comprende los alrededores del lago Petén Itzá y el noreste del Petén. La ideología que emana de estos centros focales llega prontamente y es aceptada en el inmenso territorio; hacia finales del siglo V ya hay estelas dedicadas en Toniná, Copán y Oxkintok, desde Chiapas hasta el norte de la península de Yucatán. Políticamente, el área maya se encontraba dividida durante el período Clásico en varios "distritos" de tamaño desigual, pero cada uno bajo el gobierno seguramente absoluto de un señor o Halach Uinic. Hoy en día, después de importantes avances en el desciframiento de la escritura jeroglífica, se han identificado los signos o emblemas de algunos de esos distritos y sabemos los nombres de sus gobernantes. Por ejemplo, el señor Escudo-solar reinaba en la ciudad y distrito de Palenque hacia mediados del siglo VII, y en 671 aproximadamente llegó al poder su sucesor Jaguar-serpiente. Otras listas dinásticas van siendo obtenidas de las inscripciones de Tikal, Quiriguá, Naranjo, Yaxchilán o Piedras Negras, y con ellas los mayas entran en la historia política tradicional. A lo largo de los siglos IX y X, y por razones todavía desconocidas, son abandonados los centros ceremoniales del Petén, Belice y valles del Motagua y Usumacinta. No se vuelven a grabar fechas completas en las estelas, y la civilización, localizada ahora en el norte y la parte media de la península de Yucatán, toma nuevos derroteros. Este último período, el Posclásico, se suele dividir en tres fases: 1. Predominio de Chichén Itzá: Esta vieja ciudad clásica fue ocupada hacia el año 987 por un grupo étnico procedente del sur, de la costa de Tabasco probablemente, que se conoce como Itzá. Algo más tarde, otras gentes, mandadas quizás por un señor de nombre Kukulcán, fundan Mayapán. Todos ellos introducen en tierra maya rasgos culturales toltecas originados en el altiplano de México. Los linajes Itzá, Cocom y Xiú se imponen a las poblaciones preexistentes y modifican de manera sustancial sus costumbres y creencias religiosas. 2. Predominio de Mayapán: Después de algunas intrigas, Hunac Ceel, señor de Mayapán, declara la guerra a Chichén Itzá y, posiblemente con la ayuda de mercenarios mexicanos, destruye la ciudad hacia 1200. El poder del linaje Cocom durará hasta 1441 en que, aliados varios jefes maya-toltecas bajo la dirección de Ah Xupán Xiú, saquean Mayapán y matan al Halach Uinic y a sus hijos. 3. Desintegración: Con la caída de Mayapán desaparece la última poderosa ciudad-estado de Yucatán. Sigue en la mitad norte de la península un tiempo de guerras y desorganización política, durante la cual más de veinte pequeñas provincias se mantienen en conflicto permanente. A pesar de ello, los españoles tardarán casi veinte años (1527-1546) en conquistar y pacificar el territorio. El último reducto maya en las tierras bajas, Tayasal, logrará mantenerse independiente hasta 1697 amparado en la densa selva petenera.
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La Ciencia, el Arte y la Literatura integran en realidad la cultura maya, aunque sus conocimientos prácticos de agricultura y de gobierno forman, indudablemente, parte también del acervo cultural maya. Manuel Ballesteros afirma que los mayas son uno de los pueblos más originales en la historia de la Humanidad y que han mantenido con mayor constancia y continuidad la fidelidad a sus patrones culturales. Como sabemos por su historia, la cultura maya se forma precisamente en el lugar donde va a desarrollar todo su devenir como pueblo o, dicho en otras palabras, los mayas que llegan a los altos de Guatemala y que después se instalan en el Petén, en Honduras, Belice y Yucatán -amén de la influencia ejercida en las tierras vecinas- no trajeron consigo la cultura y las formas de vida que les serán propias, sino que las fueron formando todas ellas por obra de la agricultura del maíz y las hortalizas, del clima y de los elementos circundantes, colonizando tierras boscosas o yermas, disputándole a la selva el terreno para la milpa. ¿Cuánto tiempo necesita una cultura para formarse? Esta pregunta puede ser contestada de un modo o de otro, teniendo en cuenta las circunstancias. Si el pueblo que forma una cultura está influido por otros que poseen niveles superiores, el proceso puede ser muy rápido, pero si ha de echar los cimientos y construir todo el edificio de una civilización por sí mismo, sin apenas préstamos de otros pueblos, el proceso es necesariamente más largo y sus raíces se hunden en el lentísimo movimiento de superación de formas, desde las recolectoras a las plantadoras rudimentarias, pasando de ellas a las agrícolas intensivas. Viene esta pregunta para considerar la antigüedad de la cultura maya, pivotando sobre una fecha que conocemos: 317 después de Jesucristo. Es la fecha que aparece en la llamada Plaqueta de Leyden, que procede probablemente de Tikal o de Piedras Negras. En ella aparece un sacerdote oficiando, subido sobre las espaldas de un servidor: lleva una breve inscripción jeroglífica que contiene la fecha indicada. ¿Qué nos dice esta descripción arqueológica? Que en 317 -siglo IV de nuestra era, contemporáneo de las primeras invasiones bárbaras sobre el Imperio Romano- estaban ya hechos y maduros los siguientes elementos: el sacerdocio (Religión), la escritura y el conocimiento matemático, el calendario (Astronomía) y el Arte. Pueblo que fabrica su propia cultura y organiza su sociedad, precisa al menos de cuatro siglos para ellos. Por lo dicho, y sabiendo que el último baluarte independiente maya se rinde a los españoles en 1697, vemos que la cultura maya, fiel a sus fórmulas artísticas y sociales, religiosas y científicas -con sus altos y sus bajos-, dura dieciocho siglos. Todo el pueblo maya participó de una misma cultura, con sus variantes regionales, claro está, pero los depositarios y organizadores de la cultura fueron los miembros de la elite sacerdotal. Podría decirse que la cultura maya es una cultura esencialmente intelectual, sometida en sus formas más altas -las que vamos a estudiar aquí: Ciencia, Arte y Literatura- a la poderosa cohesión e influencia del clero. Sobre una base económica rural se monta una de las más refinadas culturas de la Humanidad, que mantiene su unidad y la continuidad de sus logros en virtud de la solidaridad sacerdotal. A poco que meditemos sobre las características de la cultura maya hemos de asombrarnos, lógicamente, que en Copan (Honduras) y en Palenque (Chiapas, México), separadas ambas ciudades por cientos de kilómetros y de llanuras y selvas, se usara del mismo calendario y se adorara a los mismos dioses, siendo su arte similar. Este milagro de unificación se debe sin duda a los "concilios" sacerdotales, reunidos para confrontar resultados científicos, corregir la cuenta de los años y otros aspectos similares, ya que todo el panteón religioso es una "fabricación" puramente sacerdotal. En alguno de los altares de Copán ha quedado la comprobación gráfica de estas reuniones sacerdotales.
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Con la llegada de los pueblos indoeuropeos a Grecia y Asia Menor, en torno al año 2000, se produce un cambio generalizado en estas áreas geográficas. Durante algunos siglos, este territorio presenciará el advenimiento de nuevas gentes y el lento desarrollo de su cultura, en un período que se ha comparado con la posterior Edad Oscura, cuando sean los dorios los nuevos señores de Grecia. Esta etapa comprende todo el Heládico Medio, entre 2000 y 1600, y en ella se forja la primera cultura propiamente dicha, aunque ello sucede de un modo casi anónimo. Los restos arqueológicos son de una pobreza desesperante y muestran el proceso de adaptación de los aqueos, pueblo nómada dedicado a la ganadería en las llanuras esteparias de allende los Balcanes, a la agricultura mediterránea y al comercio marítimo dominado por Creta, entonces inmersa en su período de los Primeros Palacios. Los nuevos pobladores se establecieron por casi todas las regiones de Grecia y la costa egea de Anatolia, concentrados sobre todo en aquellos lugares que ya contaban con un amplio desarrollo en el Bronce Antiguo, tales como Troya, Eutresis y Orcómenos en Beocia, Lema y Tirinto en la Argólida, y Malti en Mesenia, entre otros. La llegada de estos pueblos indoeuropeos es lenta y casi inapreciable en la mayoría de las ocasiones. En Troya V, cuyo fin se sitúa hacia 1900, tan sólo se comienza a notar la presencia de la cerámica miniana, característica de estos pueblos (así llamada por hallarse primero en Orcómenos, donde reinó el homérico Minias) y nada más. El paso de Troya V a la gran ciudad amurallada que es el nivel VI, se realizó sin traumas, no hay ningún tipo de destrucción. Los movimientos de gentes de un lado hacia otro eran cosa común en los tiempos antiguos y no siempre respondían al prototipo de invasiones bárbaras, sembrando muerte y desolación a su paso. La penetración indoeuropea en Grecia no parece ser precisamente de este último tipo pues, en la mayor parte de los sitios en que se documenta, la presencia de estas nuevas gentes ha dejado huellas casi imperceptibles, de extrema pobreza en los primeros momentos. Los aqueos invasores adquirieron el control de estas zonas y aportaron la doma del caballo, el carro de guerra, las espadas largas de bronce, una cerámica muy típica y poco más. Organizados en familias con un lazo de parentesco bien establecido, la unidad social más importante es el poblado, presidido por un príncipe-guerrero y estratificado en tres clases, al modo indoeuropeo: guerreros, sacerdotes y campesinos. Una vez establecidos en los diversos lugares de Grecia, el sedentarismo hará adquirir a los nuevos pobladores las técnicas artesanales que dominaban los antiguos habitantes, más avanzados que ellos. A fines del Heládico Medio y comienzos del Reciente, cuando allá en Creta los minoicos han construido sus Segundos Palacios, los aqueos demuestran su capacidad organizadora y se empiezan a ver los que serán los reinos aqueos descritos en la "Iliada", encabezados por las ciudades de Iolkos en Tesalia, Tebas, Orcómenos y Gla en Beocia, Atenas en el Atica, y en su mayor parte concentrados en el Peloponeso: Micenas, Tirinto, Argos, Lerna y Asine, en la Argólida, Pilos en Mesenia, y algún que otro resto de la predecesora de Esparta en Laconia. Además de estas ciudades, protegidas ya en el Heládico Reciente II por poderosas murallas, existen multitud de aldeas y villas nobiliarias o granjas dispersas en el paisaje griego, de las que en muchos casos quedan tan sólo sus tumbas o los depósitos votivos en ciertos santuarios. Entre estas residencias hay que citar la fortaleza de Midea (actual Dendra, en la Argólida) o las tumbas halladas en Dendra y Prosimna (Argólida), Vafio (Laconia), Kakóvatos (Elida), Peristeria (Mesenia), Espata (Atica) etc. Es el período del Heládico Reciente el de apogeo de esta civilización, denominada micénica por Schliemann, a partir de sus excavaciones en el Círculo A de tumbas de la más importante ciudad aquea, Micenas. Por ello, cada una de las tres etapas del Heládico Reciente es llamada también Micénico Antiguo (1.600-1.500), Medio (1.500-1.380) y Reciente (1.380-1.100), respectivamente. En las formas de las aldeas y ciudades, así como la construcción de los edificios, el Heládico Medio es un puente entre el período anterior, del que conserva abundantes características y el Heládico Reciente, muchas de cuyas novedades se advierten ya en esta etapa. El hábitat era disperso, con alguna que otra fortificación y sin rastro de construcciones palaciegas. Aunque la casa en mégaron es conocida, se muestra cierta preferencia por la casa ovalada o larga con remate en ábside. Los escasos recintos principescos conocidos (Asine en la Argólida, Malti en Mesenia) son muy modestos así como las obras de fortificación (Brauron en el Atica, Malti o Egina). La aldea de Malti es, hasta hoy, la mejor excavada y la más idónea para hacernos una idea de lo que fue el hábitat del Heládico Medio. Al abrigo de una gran roca y presidiendo un valle estratégico, paso obligado de la parte oriental a la occidental del Peloponeso, se extiende una aldea de planta elíptica, de 138 m de longitud. Las casas son algo irregulares, de extensión similar y construidas de adobe sobre zócalos de piedra, con dos o tres habitaciones. En el centro del poblado existió un complejo más extenso, de varias salas mayores: es la residencia principesca. Las habitaciones son predominantemente rectangulares, aunque también las hay absidadas. Entre 1900 y 1700, en el Heládico Medio Il, la acrópolis del Malti fue rodeada por una muralla, de 2 a 3 metros de espesor, construida con piedras pequeñas sin tallar. Las cinco puertas que se abren en la muralla son estrechas aberturas que cortan el muro, seguidas en algún caso por un pasadizo angosto. En el interior, multitud de casas se adosan a la muralla, unas al lado de otras y adaptadas al contorno del muro y de la colina. El conjunto es de un aspecto mucho más primitivo y precario que las aldeas del Heládico Antiguo. Los enterramientos de esta época son de inhumación, muchos de ellos se realizaron en el suelo de las casas o tras las paredes. En posición fetal, el cuerpo se depositaba en el interior de una vasija o pitos y éste en una fosa, o bien directamente dentro de una cista formada por lajas de piedra y luego cubierta por un pequeño túmulo de tierra. Así se han documentado en diversos yacimientos, tales como Drajmani (Fócida), Afidna (Atica) o en la isla de Leucade. Los ajuares que acompañaban al difunto son inexistentes al principio y muy escasos después: pequeños ídolos de arcilla, armas de bronce y algún que otro adorno de oro, sin comparación posible con la calidad de trabajo del período anterior. Tan sólo la cerámica es más significativa, denominada miniana, de color gris mate y de tacto jabonoso adopta formas características pero poco variadas: copa de pie alto, vasos abiertos de grandes asas verticales y los pitos (pithoi). Las tumbas de fosa generalmente se agrupaban en pequeños cementerios limitados por piedras hincadas, adoptando una planta redondeada; es el precedente de los círculos de tumbas del Micénico Antiguo y se han encontrado en diversos lugares: Hagios Ioannis cerca de Pilos, en Samikon o en Malti, ambos en Mesenia, y en otros yacimientos de Corintia y el Atica.
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Con la llegada de los pueblos indoeuropeos a Grecia y Asia Menor, en torno al año 2000 a.C., se produce un cambio generalizado en estas áreas geográficas. Durante algunos siglos, este territorio presenciará el advenimiento de nuevas gentes y el lento desarrollo de su cultura, en un período que se ha comparado con la posterior Edad Oscura, cuando sean los dorios los nuevos señores de Grecia. Esta etapa comprende todo el Heládico Medio, entre 2000 y 1600, y en ella se forja la primera cultura propiamente dicha, aunque ello sucede de un modo casi anónimo. Los restos arqueológicos son de una pobreza desesperante y muestran el proceso de adaptación de los aqueos, pueblo nómada dedicado a la ganadería en las llanuras esteparias de allende los Balcanes, a la agricultura mediterránea y al comercio marítimo dominado por Creta, entonces inmersa en su período de los Primeros Palacios. Los nuevos pobladores se establecieron por casi todas las regiones de Grecia y la costa egea de Anatolia, concentrados sobre todo en aquellos lugares que ya contaban con un amplio desarrollo en el Bronce Antiguo, tales como Troya, Eutresis y Orcómenos en Beocia, Lema y Tirinto en la Argólida, y Malti en Mesenia, entre otros. La llegada de estos pueblos indoeuropeos es lenta y casi inapreciable en la mayoría de las ocasiones. En Troya V, cuyo fin se sitúa hacia 1900, tan sólo se comienza a notar la presencia de la cerámica miniana, característica de estos pueblos (así llamada por hallarse primero en Orcómenos, donde reinó el homérico Minias) y nada más. El paso de Troya V a la gran ciudad amurallada que es el nivel VI se realizó sin traumas, no hay ningún tipo de destrucción. Los movimientos de gentes de un lado hacia otro eran cosa común en los tiempos antiguos y no siempre respondían al prototipo de invasiones bárbaras, sembrando muerte y desolación a su paso. La penetración indoeuropea en Grecia no parece ser precisamente de este último tipo pues, en la mayor parte de los sitios en que se documenta, la presencia de estas nuevas gentes ha dejado huellas casi imperceptibles, de extrema pobreza en los primeros momentos. Los aqueos invasores adquirieron el control de estas zonas y aportaron la doma del caballo, el carro de guerra, las espadas largas de bronce, una cerámica muy típica y poco más. Organizados en familias con un lazo de parentesco bien establecido, la unidad social más importante es el poblado, presidido por un príncipe-guerrero y estratificado en tres clases, al modo indoeuropeo: guerreros, sacerdotes y campesinos. Una vez establecidos en los diversos lugares de Grecia, el sedentarismo hará adquirir a los nuevos pobladores las técnicas artesanales que dominaban los antiguos habitantes, más avanzados que ellos. A fines del Heládico Medio y comienzos del Reciente, cuando allá en Creta los minoicos han construido sus Segundos Palacios, los aqueos demuestran su capacidad organizadora y se empiezan a ver los que serán los reinos aqueos descritos en la "Iliada", encabezados por las ciudades de Iolkos en Tesalia, Tebas, Orcómenos y Gla en Beocia, Atenas en el Ática, y en su mayor parte concentrados en el Peloponeso: Micenas, Tirinto, Argos, Lerna y Asine, en la Argólida, Pilos en Mesenia, y algún que otro resto de la predecesora de Esparta en Laconia. Además de estas ciudades, protegidas ya en el Heládico Reciente II por poderosas murallas, existen multitud de aldeas y villas nobiliarias o granjas dispersas en el paisaje griego, de las que en muchos casos quedan tan sólo sus tumbas o los depósitos votivos en ciertos santuarios. Entre estas residencias hay que citar la fortaleza de Midea (actual Dendra, en la Argólida) o las tumbas halladas en Dendra y Prosimna (Argólida), Vafio (Laconia), Kakóvatos (Elida), Peristeria (Mesenia), Espata (Ática) etc. Es el período del Heládico Reciente el de apogeo de esta civilización, denominada micénica por Schliemann, a partir de sus excavaciones en el Círculo A de tumbas de la más importante ciudad aquea, Micenas. Por ello, cada una de las tres etapas del Heládico Reciente es llamada también Micénico Antiguo (1600-1500), Medio (1500-1380) y Reciente (1380-1100), respectivamente. En las formas de las aldeas y ciudades, así como la construcción de los edificios, el Heládico Medio es un puente entre el período anterior, del que conservan abundantes características, y el Heládico Reciente, muchas de cuyas novedades se advierten ya en esta etapa. El hábitat era disperso, con alguna que otra fortificación y sin rastro de construcciones palaciegas. Aunque la casa en mégaron es conocida, se muestra cierta preferencia por la casa ovalada o larga con remate en ábside. Los escasos recintos principescos conocidos (Asine en la Argólida, Malti en Mesenia) son muy modestos, así como las obras de fortificación (Brauron en el Ática, Malti o Egina). La aldea de Malti es, hasta hoy, la mejor excavada y la más idónea para hacernos una idea de lo que fue el hábitat del Heládico Medio. Al abrigo de una gran roca y presidiendo un valle estratégico, paso obligado de la parte oriental a la occidental del Peloponeso, se extiende una aldea de planta elíptica, de 138 m de longitud. Las casas son algo irregulares, de extensión similar y construidas de adobe sobre zócalos de piedra, con dos o tres habitaciones. En el centro del poblado existió un complejo más extenso, de varias salas mayores: es la residencia principesca. Las habitaciones son predominantemente rectangulares, aunque también las hay absidadas. Entre 1900 y 1700, en el Heládico Medio II, la acrópolis del Malti fue rodeada por una muralla, de 2-3 metros de espesor, construida con piedras pequeñas sin tallar. Las cinco puertas que se abren en la muralla son estrechas aberturas que cortan el muro, seguidas en algún caso por un pasadizo angosto. En el interior, multitud de casas se adosan a la muralla, unas al lado de otras y adaptadas al contorno del muro y de la colina. El conjunto es de un aspecto mucho más primitivo y precario que las aldeas del Heládico Antiguo. Los enterramientos de esta época son de inhumación; muchos de ellos se realizaron en el suelo de las casas o tras las paredes. En posición fetal, el cuerpo se depositaba en el interior de una vasija o pitos y éste en una fosa, o bien directamente dentro de una cista formada por lajas de piedra y luego cubierta por un pequeño túmulo de tierra. Así se han documentado en diversos yacimientos, tales como Drajmani (Fócida), Afidna (Ática) o en la isla de Leucade. Los ajuares que acompañaban al difunto son inexistentes al principio y muy escasos después: pequeños ídolos de arcilla, armas de bronce y algún que otro adorno de oro, sin comparación posible con la calidad de trabajo del período anterior. Tan sólo la cerámica es más significativa, denominada miniana, de color gris mate y de tacto jabonoso adopta formas características pero poco variadas: copa de pie alto, vasos abiertos de grandes asas verticales y los pitos (pithoi). Las tumbas de fosa generalmente se agrupaban en pequeños cementerios limitados por piedras hincadas, adoptando una planta redondeada; es el precedente de los círculos de tumbas del Micénico Antiguo y se han encontrado en diversos lugares: Hagios Ioannis cerca de Pilos, en Samikon o en Malti, ambos en Mesenia, y en otros yacimientos de Corintia y el Ática.