Los judíos se sintieron profundamente irritados cuando Calígula pretendió que su estatua estuviera dentro del templo de Jerusalén y por sus aspiraciones a ser considerado divino. Pero sería una simplificación atribuir a un hecho aislado el comportamiento religioso y político de un pueblo. El antirromanismo de amplias capas del pueblo judío tenía raíces más profundas que contaban con actitudes organizadas ya desde el siglo II a.C. Lo mismo que hicieron ante las monarquías helenísticas, los judíos cultos y helenizados fueron partidarios de la colaboración con Roma y no veían contradicción entre el seguimiento de la Ley y su dependencia política. Las capas empobrecidas de la población odiaban por igual a la oligarquía judía que a los romanos. A su vez, frente a las dos tendencias en la interpretación de la Ley, la de los fariseos y saduceos, había otra mucho más rigorista, cuyo grupo más numeroso y significativo estaba constituido por la comunidad del Mar Muerto o de Qumran, bien conocida a través de los escritos de los mismos que se van publicando en los últimos años. Hay coincidencias entre el comportamiento y la doctrina de Jesús en comparación con los contenidos de los escritos de Qumran: la enemistad con los sacerdotes oficiales de los judíos, Jesús expulsando del templo a los mercaderes para que fuera sólo un lugar de oración, etc. En la época de Nerón, las divergencias planteadas por los judíos convertidos al cristianismo venían a complicar las tensiones sociales en Judea. Algunos sectores de los judíos antirromanos, uniendo interpretación rigorista de la Ley y sentimiento nacionalista, se habían organizado en bandas armadas para luchar contra las tropas romanas de ocupación. Tales eran los zelotas a cuyo frente estaba Eliazar, hermano del sumo sacerdote. El dato de la relación familiar es ilustrativo de los múltiples cruces de alianzas que se daban en los momentos de mayor tensión. Los procuradores romanos de Judea durante el gobierno de Nerón no se distinguieron por su finura política en el trato dado a los judíos. El 61 d.C., la guarnición romana fue masacrada. El 66 d.C. fueron confiscados por Roma los tesoros del Templo y la rebelión se extendió a todos los territorios de Judea. Entonces Nerón puso al frente de un numeroso ejército de tres legiones, bien equipadas, a T. Flavio Vespasiano, militar prestigioso y eficaz, quien después sería emperador. De modo sistemático, aldea por aldea y ciudad por ciudad, Vespasiano fue eliminando todos los focos de resistencia. La muerte de Nerón paralizó su obra, que fue completada poco más tarde por su hijo Tito con la toma y destrucción de Jerusalén el año 70 d.C.
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Luis Gil ha subrayado que el siglo XV español, pese a algunas figuras aisladas -Alonso de Cartagena, Fernán Pérez de Guzmán, el marqués de Santillana, Juan de Mena, Juan de Lucena- dista de ser, por su mentalidad y actitud frente a la Antigüedad clásica, el pórtico del Renacimiento español. La perduración de los esquemas medievales es bien visible en las propias Constituciones de la Universidad de Salamanca. La ruptura con el legado de la Antigüedad producida por la invasión árabe en España es incuestionable. La vía del camino de Santiago, la reforma litúrgica que acabó con el rito mozárabe, la ocupación de las principales sedes episcopales castellanas por prelados franceses no fueron estímulos suficientes para conectar con la tradición clásica. Es, desde luego, cierto que los contactos culturales entre la Europa latina y la España arabizada datan del siglo X. La actividad que desarrolló la Escuela de Traductores de Toledo permitió la versión al latín de las grandes obras de los filósofos árabes y buena parte del pensamiento clásico greco-latino había sido traducido y glosado previamente del árabe. Pero el propio método usado en las traducciones -traslación intermedia al romance y excesivo literalismo- convirtió en poco ortodoxas muchas de estas traducciones. Roger Bacon, por ejemplo, criticó ásperamente las traducciones de la obra de Aristóteles que había hecho Escoto, diciendo que si tuviera poder las haría quemar. En cualquier caso, es evidente que las traducciones de las obras árabes no propiciaron un mejor conocimiento del pensamiento clásico -la filosofía escolástica, tan floreciente en Europa en el siglo XIII, debió esperar en España hasta bien entrado el siglo XVI-, ni aproximaron a la sociedad española al conocimiento de las lenguas clásicas, que nunca gozaron de gran predicamento en la cultura española. El latín, hasta Nebrija -que se consideraba con razón el debelador de la barbarie, y el primero en abrir la tienda de lengua latina- e incluso después, no llegó a institucionalizarse plenamente en la Universidad, pese al éxito editorial del Diccionario del propio Nebrija. La lengua griega aún tuvo peor fortuna que el latín. Dejando aparte casos muy aislados (los casos de Ramón Llull y Juan Fernández de Heredia), en los siglos XIII y XIV los contactos de los españoles con la lengua griega fueron mínimos, pese a acontecimientos políticos que aproximaron a ambas culturas (las embajadas a Tamerlán de Enrique III, las peripecias almogávares, etcétera). En el umbral del XVI el conocimiento de la literatura griega seguirá siendo indirecto como en la Edad Media. Las dificultades se acrecentaron conforme avanzaba el siglo, al agriarse la polémica entre lingüistas y teólogos por la batalla entre progresistas y tradicionalistas en la Universidad de París, donde había una nutrida colonia española y portuguesa. El latín fue, ciertamente, en el siglo XVI el vehículo de las grandes especulaciones doctrinales o filosóficas de la información científica y, de hecho, la lengua del pensamiento erasmista. A lo largo del siglo XVI, sin embargo, el latín va a ir degenerándose en la vacua orfebrería ciceroniana o en la trivial curiosidad de los pedantes o aspirantes a cultos. Paralelamente, las lenguas nacionales demuestran su viabilidad literaria, al tiempo que surgen las defensas de estas lenguas (Pietro Bembo, Joao de Barros o Joachim du Bellay). En España estas defensas son precoces. Nebrija, que tanto hizo por la difusión del latín, fue un buen impulsor del castellano en su Gramática castellana (1492). El erasmista Juan de Valdés escribió su Diálogo de la lengua (1535) en defensa también de la lengua castellana, a la que califica de lengua tan noble, tan entera, tan gentil y tan abundante, expresando su admiración por Juan de Mena, Juan de la Encina, Bartolomé Torres Naharro, Diego de Valera, La Celestina, los libros de caballerías, el Marqués de Santillana, Jorge Manrique y los autores del Cancionero General. Unos años más tarde, exactamente en 1582, Dámaso de Frías escribía su Diálogo de las lenguas, donde da por superado el contencioso con el latín y plantea la comparación del castellano con las demás lenguas peninsulares y las lenguas nacionales de los demás países, subrayando su rechazo a la tiranía del italianismo. La batalla latín-lenguas nacionales la liquida fray Luis de León en De los Nombres de Cristo (1585). Fray Luis de León repudia el prejuicio del latín como lengua espiritual, defendiendo el uso del romance en cuestiones teológicas y espirituales; en la lengua vulgar de los primeros lectores fue compuesta la Biblia, destinada a ser pasto de todos ellos; y en su propia lengua vulgar la leían y comentaban los primeros cristianos, pues a las distintas lenguas vulgares se iba traduciendo a medida que el cristianismo se propagaba. En segundo lugar, arremete también contra el prejuicio del latín y de las lenguas clásicas en general como lenguas sabias, basándose en el concepto de lengua madre y de la igualdad original de todas las lenguas, cuyas excelencias y jerarquía sólo dependen de las que sepan darle los que las usan. Conocemos bien la problemática de la castellanización en Cataluña y Valencia. En el uso cotidiano, la difusión del castellano en Cataluña fue desde luego, escasa. Incluso la aristocracia catalana continuaba usando el catalán, como revela la correspondencia entre los Borja y los Requesens. En 1555, el obispo Jubí se dirigía en catalán a San Ignacio de Loyola. En 1621 Pere Gil precisaba que el castellano en Cataluña sólo era conocido en pocas ciudades como Barcelona, Tarragona, Gerona, Tortosa, Lérida, Perpiñán, Vilafranca del Penedés, Cervera, Tárrega, Fraga; y Cisteller aludirá en 1637 a que "Tortosa, Girona, Lérida, a todo tirar, solo ven dos o tres días y bien de passo algún castellano es por milagro..." Incluso en la documentación oficial permaneció vigente el catalán hasta el decreto de Nueva Planta. Todas las actas y constituciones de Cortes se redactaron en catalán; los discursos de "proposició" del rey en las diversas Cortes se leyeron en catalán. Pese a esta vigencia del catalán, es un hecho incontestable la emergencia del castellano. Como ha dicho A. Comas, a lo largo del siglo XV se dibuja un proceso progresivo de bilingüismo en muchos escritores catalanes (Guillem de Torroella, Enric de Villena, Francesc Alegre, Romeu Llul, Narcís Vinyoles, Bernat Fonollar, Joan Ribelles, Francesc Moner, Joan Escriva), el cual culminará con la castellanización prácticamente total de Boscán, Timoneda, Ferrandis de Heredia, Milá, etcétera. La castellanización fue más intensa y precoz en el País Valenciano que en el Principado y las Islas Baleares. A comienzos del siglo XVI el proceso de castellanización estaba bastante desarrollado, como revela la edición del Cancionero General de Hernando del Castillo (1511, 1514), o los elogios al castellano del poeta Vinyoles (1510). La razón quizá haya que verla en la propia debilidad estructural del catalán en el reino de Valencia. No hay que olvidar que, desde la llegada de Jaime I (1238), el país era trilingüe, catalán-castellano-árabe. Mientras que el árabe convivía con el castellano y el catalán, estos dos últimos eran simples vecinos en espacios comarcales monolingües. El catalán era la lengua de la mayoría de los valencianos, pero la vecindad tan próxima del castellano, agravada por la continuas migraciones, restaría fuerza propia a la lengua dominante. Pero, sobre todo, la situación se complica con la represión de las Germanías que va a efectuar la virreina Doña Germana de Foix. Es bien sabido que uno de los primeros documentos oficiales del reino de Valencia redactados en castellano fue precisamente el indulto concedido por Doña Germana a los "perayres" el 23 de diciembre de 1524. No es que, como a veces se ha dicho, la corte del emperador y concretamente Doña Germana tuvieran el decidido propósito de sustituir el catalán por el castellano, imponiendo éste a los perdedores de la revuelta como una pena más que añadir a las múltiples penitencias de la derrota. El proceso, como ha señalado J. Fuster, es mucho más sutil. El agradecimiento de los nobles salvados hacia los vencedores tendrá un corolario lingüístico. La castellanización valenciana será promovida por la aristocracia, tanto en el habla cotidiana como en el uso literario. Lluis Milá y Joan Ferrandis de Heredia, en la corte de los duques de Calabria, representan los hitos más significativos de esta proyección de la aristocracia valenciana hacia la cultura castellana. El catalán va quedando fosilizado como mero testimonio folklórico. Dejando aparte el caso valenciano, la decadencia de la lengua catalana ha sido atribuida generalmente a la castellanización de la monarquía. El acceso de los Trastámaras al trono -Compromiso de Caspe- ha sido considerado como uno de los factores básicos. Riquer, en contraste, piensa que la causa principal hay que vincularla a la desaparición de la Corte de Barcelona, que no volverá hasta el fugaz período 1705-1711 del reinado de Carlos III, el archiduque de Austria. La conversión de la empresa de Italia, catalana al principio, en española, el medievalismo y la vida poco brillante de las Universidades catalanas, el propio carácter intrínseco del humanismo catalán... son factores también invocados por Riquer para justificar la polémica decadencia. Desde luego, la seducción mimética de la lengua del rey en función del castellanocentrismo progresivo de la monarquía es indiscutible. Pons d'Icart decidió publicar en castellano su Libro de las grandezas de la ciudad de Tarragona (1572), redactado en catalán, "no porque tenga yo por mejor lengua ésta (la castellana) que la catalana, ni que otras, mas como sea natural del invectísimo rey Felipe, señor nuestro, está más usada en todos los reinos". Jordi Ventura ha subrayado la incidencia de la Inquisición en el proceso de alienación valenciana a la cultura castellana. A nuestro juicio, sin embargo, hay que minimizar la trascendencia represiva de la Inquisición en el ámbito de la lengua. Atribuir a los inquisidores una beligerancia idiomática superior a la de los obispos que fueron castellanos o al aparato gubernativo de los sucesivos virreyes nos parece arriesgado. Los procesos inquisitoriales antes de mediados del siglo XVI están escritos en catalán. La Inquisición no planteó respecto al idioma ningún casus belli. La castellanización de la Inquisición sólo se impone desde 1560 paralelamente a la castellanización general. La primera recomendación que conocemos de castellanización de los procesos inquisitoriales la expresa el inquisidor de Cataluña, licenciado Gaspar Cervantes, un aragonés, en 1560. La confrontación del catalán con el castellano se va a hacer esencialmente en dos niveles: la enseñanza oral y la imprenta. Sólo en el período 1640-1652, de ruptura política con Castilla y anexión a Francia, los catalanes ganaron la batalla. Significativamente, un acuerdo político de 1641 prohibió la oratoria sagrada en castellano. La rendición de Barcelona a Felipe IV en 1652 acabaría con los intentos de promoción del catalán de la oligarquía catalana más culta. De nuevo, el trasvase de religiosos de las distintas órdenes de una y otra provincia generalizaría los sermones en castellano y haría inviable la catalanización literaria de la burguesía catalana. Los mayores agentes de la castellanización fueron los miembros de las órdenes religiosas. Con un equipo de brillantes oradores en castellano, acapararían los mejores púlpitos de Cataluña. El problema no era nuevo. La reforma de las órdenes religiosas llevada a cabo desde el reinado del Rey Católico había tenido su incidencia lingüística. En 1493 se envió al prior de San Benito de Valladolid a reformar la comunidad benedictina de Montserrat, dejando como superior al primo del Cardenal Cisneros, García Ximénez de Cisneros, quien impuso a la fuerza la reforma de otros tres monasterios catalanes. El monasterio de Pedralbes planteó grandes resistencias a causa de "voler dominar en Barcelona castellans i treure los naturals de la terra". Montserrat se convirtió en sucursal de Valladolid, y no es casualidad que se publicaran en este monasterio, en 1500, los primeros libros en castellano citados en todo el ámbito catalán: el Directorio de las horas canónicas y el Exercitario de la vida espiritual, escritos por el abad Cisneros e impresos por Joan Luchsner. La confrontación de la defensa del uso del catalán y la del castellano en las predicaciones del clero estallará en los concilios eclesiásticos de Tarragona de 1635-1636 y 1636-1637, el primero convocado por el arzobispo de Tarragona, Fray Antonio Pérez, y el segundo por el obispo de Barcelona, García Gil Manrique. El examen de la producción editorial pone en evidencia la ya señalada escalada del castellano, que desde mediados del siglo XVI intenta imponer su hegemonía superando al latín, hasta entonces la lengua dominante. Sólo en el período 1641-1647, en los primeros años de la separación y en plena euforia catalana, se observa cierto grado de catalanización en la producción literaria impresa y manuscrita. En cuanto a sermones impresos en este período, sólo se encuentra uno en castellano; y la edición de los libros de piedad en catalán alcanza asimismo su cota más alta en estos años. Pero, incluso en plena revolución catalana, la hegemonía del castellano en la literatura impresa sigue siendo clara. La ley del mercado se imponía a la propia conciencia nacional. La mayor parte de los panfletos catalanistas escritos en el contexto de la revuelta catalana lo fueron en castellano, desde la Proclamación católica a la Noticia universal de Cataluña, pasando por obras de catalanes tan poco sospechosos de castellanofilia como Gaspar Sala, Martí i Viladamor y Josep Font. La diglosia que posiblemente afectó a las capas cultas catalanas y la importancia del mercado se pusieron múltiples veces en evidencia como razones de la preponderante edición en lengua castellana.
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La paz entre Egipto e Israel no sólo no liquidó el conflicto iniciado en 1948 sino que en cierto sentido lo agravó. De la cuestión palestina no se había tratado más que en un intercambio de cartas que pronto se demostró incapaz de resolver nada. Fue el testimonio de la desgana de Sadat por seguir haciendo depender los intereses propios de las reivindicaciones palestinas. Pero los israelíes no hicieron nada por avanzar en solucionar el problema. En 1977 por vez primera ganó las elecciones el Partido religioso Likud, en gran parte por la corrupción laborista ligada a su larga permanencia en el poder pero también por la creciente inmigración de judíos procedentes del mundo árabe y más confrontados con él. El líder del Likud, Menahen Beguin, que había participado en atentados terroristas contra los británicos, pronto dejó claro su propósito de, en la práctica, incorporar Gaza y Cisjordania al Estado de Israel. Por otro lado, fue aumentando la distancia entre los dirigentes políticos israelíes y el contexto internacional. A fines de 1974, Arafat intervino por vez primera en la ONU en defensa de la instauración del Estado palestino; ya no se hablaba, por tanto, tan sólo de la cuestión de los refugiados. Los Estados Unidos se decían ya partidarios de una patria palestina que incluyera Cisjordania y Jordania. La Comunidad Europea llegó a más pidiendo que al proceso de paz se incorporara la OLP; en 1980 Austria e Italia la reconocieron desde el punto de vista diplomático. Mientras tanto, perduraba el terrorismo propiciado por esta organización y Menahen Beguin, tras firmar la paz con Egipto, como para compensar cesiones anteriores, trasladó la capital de Israel a Jerusalén (1980), se anexionó el Golán (1981) y fomentó la colonización judía en los territorios ocupados, en parte por razones estratégicas pero también con un propósito de ampliación de la tierra reclamada de forma permanente. En esta tarea jugó un protagonismo muy importante su ministro de Agricultura Ariel Sharon. Pero lo más grave desde el punto de vista del derramamiento de sangre durante este período fue, sin duda, el estallido de una auténtica guerra civil en el Líbano. Éste había sido en el pasado un modelo de convivencia intercultural gracias a un sistema complicado de equilibrios político-constitucionales. La presidencia, por ejemplo, quedaba reservada a un cristiano maronita, mientras que el primer ministro debía ser un musulmán sunita. De esta manera, se podía mantener una apariencia de Estado democrático occidentalizado cuando la población musulmana, sin duda, hubiera preferido la vinculación con Siria que, por otra parte, estaba justificada desde el punto de vista histórico, pues ya se había producido durante la colonización francesa. Pero dos cambios decisivos hicieron inviable este Estado, considerado antes como un oasis de paz en una región del mundo frecuentemente convulsa. En primer lugar, el peso demográfico creciente de la población musulmana parecía quitar justificación al predominio o, al menos, al poder compartido con los cristianos. Pero, sobre todo, en 1968-1969 y más aún en 1970, cuando los palestinos fueron expulsados de Jordania, su implantación en el Líbano supuso la creación de un Estado dentro del Estado con los campos de refugiados convertidos a menudo en fortalezas desde las que actuaban las guerrillas de castigo a los israelíes. Éstos llegaron a decir que los palestinos disponían de 80 tanques en el Sur del Líbano y otros tantos lanzadores de misiles. En abril de 1975, tras un desfile de las fuerzas palestinas por las calles de Beirut dotadas incluso de armas pesadas, tuvo lugar el asesinato de un líder musulmán por parte de las "Falanges" cristianas y desde este momento ya resultó inviable un Estado que acabó por disolverse en una serie de comunidades autónomas que combatían entre sí. A partir de 1976 las potencias vecinas intervinieron mediante actos de fuerza para defender sus intereses o para intentar una paz precaria. Lo hizo Siria a partir de 1976 para ejercer un papel de árbitro, pero también para testimoniar su pretensión hegemónica en el seno del mundo musulmán. La ambigüedad de esta actuación se aprecia también en que si, por un lado, una misión de esta intervención era procurar moderar el entusiasmo revolucionario de los palestinos, también los sirios contribuyeron a facilitar la expansión de la influencia integrista iraní. Por su parte, Israel, que había llevado a cabo operaciones de castigo en el Sur del Líbano en junio de 1982, realizó una operación militar -"Paz en Galilea"- que afirmó querer desalojar al adversario palestino. Pero aunque ésos eran los objetivos declarados, pronto se ampliaron pretendiendo establecer un poder fuerte en Líbano. Hasta 80.000 israelíes intervinieron con unos 1.300 tanques; sufrieron más de un centenar de muertos y consiguieron un éxito espectacular, pero a cambio de no pocos inconvenientes. Después de prometer que la operación no tendría más que un carácter limitado, llegaron hasta Beirut y se enfrentaron con la aviación siria, a la que redujeron a la impotencia. Pronto la operación provocó la profunda desunión en la propia opinión pública israelí. Israel logró el abandono del Líbano por la OLP pero no la reconstrucción de este Estado: a los pocos meses fue asesinado Bechir Gemayel, el dirigente de las milicias cristianas, que debía cumplir esta misión. En septiembre de 1982 los "falangistas" libaneses asaltaron dos campos de refugiados palestinos cercanos a Beirut en Sabra y Shatila produciendo una auténtica carnicería. Un informe independiente de origen israelí culpó a su propio Ejército -Sharon incluido- de, al menos, no haber tomado más medidas oportunas para evitar que un suceso así, previsible, tuviera lugar. 400.000 israelíes -más del 10% de la población de este país- se habían manifestado en protesta por lo sucedido. Finalmente, las tropas israelíes se retiraron aun conservando una franja de protección en el Sur del Líbano; en el ínterin sus relaciones con el aliado norteamericano habían empeorado mucho. Tampoco la intervención de una fuerza internacional resolvió la cuestión. Formada por contingentes de cuatro países occidentales acabó siendo víctima de atentados por parte de grupos terroristas -como el de octubre de 1983, que costó casi trescientos muertos entre norteamericanos y franceses- mientras que la presencia siria, que los apoyaba o al menos tenía alguna conexión con ellos, seguía siendo predominante en el interior. En definitiva, la irresolución del conflicto palestino había tenido como consecuencia el traslado de la crisis a un país vecino que había sido ejemplo de convivencia. Líbano no se recuperaría de esa situación sino mucho tiempo después, cuando empezó a encauzarse la situación en el conjunto de Oriente Medio.
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La noción de Plateresco como un estilo con identidad propia y fruto de una peculiar, castiza y primera asimilación de lo renacentista en el ámbito y gusto hispánico está hoy prácticamente desterrada, al margen de la equivocidad de un término que por su misma naturaleza resulta sin embargo insustituible. Cuando en 1677 Ortiz de Zúñiga se refiere en sus "Anales eclesiásticos de la Ciudad de Sevilla" a dos obras arquitectónicas tan significativas como las Casas Consistoriales y la catedralicia capilla de los Reyes, destacando las fantasías y labores que los artífices llaman plateresco, estaba lejos de acuñar un concepto nuevo. Son los propios artistas, al menos del ámbito hispalense, quienes ya en el siglo XVI hablan de fantasías, follajes y targatas platerescas en referencia a unos motivos ornamentales de inspiración italiana, trabajos con cierta profusión y con apariencia de formas repujadas. De otro lado, la comparación entre obras de arquitectura o mazonería y de platería está en numerosos autores, de Lope de Vega a fray Jerónimo de Sigüenza, pasando por Cristóbal de Villalón, pero ni tiene connotaciones estilísticas ni es exclusiva de lo español -sirva también la referencia de Filarete-, y en modo alguno implica una primacía o una subordinación entre unas y otra. Esta fue en época renacentista la contraria a la que parece significada en el vocablo; el mismo Juan Arfe afirma que su padre introdujo la arquitectura en la orfebrería. Cosa distinta es que la afinidad de la talla menuda con el trabajo de los orfebres diera lugar a una expresión tan plástica como equívoca. Pero lo usual es que la relación se establezca sólo en términos ponderativos y metafóricos, como ocurre en la Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente (Valladolid, 1529) de Cristóbal de Villalón, quien resalta la belleza de algunas catedrales góticas como la de León, de la cual dicen que maravillosos artífices en plata no pueden más fabricar, lo que se entiende como alusivo a la perfección en el acabado -Sigüenza habla en el mismo sentido del monasterio de El Escorial- y acaso con relación a su preciosismo o virtuosismo formal, sin un valor estilístico. La existencia de un Arte Plateresco y el sentido y la naturaleza de la primera arquitectura española del Renacimiento han sido particularmente debatidas y reconducidas en los últimos años por Rosenthal, Bury, Cloulas, Sebastián, Marías o Nieto, con especial análisis de los aspectos filológicos. El término, especialmente afortunado para Menéndez Pelayo o Camón, es hoy puesto en entredicho o calificado de inadecuado, tanto por lo que tiene de restrictivo -al presumir una singularidad nacionalista respecto del arte renacentista de otros puntos de Europa (Rosenthal)- como por supuestamente peyorativo (S. Sebastián) y, sobre todo, por definir un estilo arquitectónico con paradigmas no arquitectónicos (Marías). Atrás quedan las tempranas y muy críticas interpretaciones de Ponz y de Ceán Bermúdez, principal responsable este último del concepto de arquitectura plateresca como expresión del estilo clásico en la primera fase de su restauración, pródiga en ornamentos y pobre en lo estructural, unido a la idea de fusión estilística. Luego vendrían las apreciaciones de Caveda sobre el peso una influencia oriental inexistente en otros países (1849), que vino a dar al plateresco un controvertido marchamo de pintoresquismo al que no es ajena una parte de la historiografía francesa y que constituye lo que John Bury denomina la falacia mudéjar. Pero la más radical estimación de la especificidad del Plateresco corresponde al profesor Kubler, para quien el término reviste caracteres idiosincráticos, amén de otorgarle una dimensión integradora que hizo extensiva a aspectos estructurales y urbanísticos, nada acordes con su verdadera naturaleza. Mientras, en Camón (1945) no faltan consideraciones sobre su raíz gótica y sentido adjetivo afincado en lo decorativo y comparaciones con lo lombardo, junto a los tópicos de su singularidad y casticismo y estimaciones sobre su condición de estilo en la acepción más integral. Las limitaciones del Plateresco estriban sin embargo en la inexistencia de un lenguaje arquitectónico propio que lo defina como un auténtico estilo, por lo que tiende a verse como un problema de indeterminación estilística en el epílogo del Gótico. Desdeñada la expresión prerrenacimiento, que parece entrañar un valor anticipativo -difícilmente podría admitirse lo plateresco como antesala de lo renacentista-, se ha abierto paso y consolidado la no menos ambigua de protorrenacimiento, que debe entenderse sin carácter de germinalidad o potencialidad, con sentido de forma primeriza e indocta del Renacimiento. La aplicación restrictiva a la más temprana arquitectura de cierta influencia italiana realizada en España (S. Sebastián) es problemática, pues conviene precisar que son pocos los elementos objetivos para la distinción entre Plateresco y Protorrenacimiento, y es difícil trazar líneas divisorias. Pero el concepto de plateresco sigue siendo plenamente válido, atendiendo al uso primigenio del término, con referencia a un estilo ornamental (Lozoya), nunca a un sistema arquitectónico, y como común denominador de una tendencia protorrenacentista que es dispersa suma de experiencias o propuestas sin mayor unidad. Y sentado que se trata de una impostura y que corresponde a una arquitectura aún no renacentista, por subsistir estructuras y conceptos góticos, tampoco es satisfactoria la pretendidamente esclarecedora denominación de gótico plateresco, a partir de la terminología adoptada por D. Bayón para lo que Durliat llamara estilo Isabel y como aglutinante de lo uno y lo otro (Marías), pues si conceptualmente existe una continuidad, el repertorio ornamental empleado es bien distinto, y no existe constancia del uso del vocablo para las fantasías decorativas medievales. Pero no puede dejar de considerarse una inequívoca aunque constreñida voluntad de estilo (renacentista) por parte de arquitectos y comitentes. Así, la demanda de obras al romano es creciente desde los primeros años del siglo XVI, aunque se entienda por ello apenas un sistema de molduración y ornamentación, con criterio reductor y falso, y aunque las grandes obras continuaron erigiéndose con pautas plenamente góticas. Pero aun en la vehemente apología de lo moderno (gótico) frente a lo antiguo (clásico) que hace Cristóbal de Villalón en su "Ingeniosa comparación" -donde se anteponen obras tan dispares como los colegios de San Pablo y de Santa Cruz, en Valladolid, el sepulcro de Cisneros o la Universidad de Alcalá, a las pirámides de Egipto o al templo de Apolo en Delfos- lo que se expresa, lejos de toda clarividencia sobre la naturaleza de lo plateresco, no es la prevalencia de lo gótico sobre lo clásico sino la estimación de lo nuevo sobre lo viejo, que es a la par la de lo propio sobre lo ajeno. El problema de la distorsionada interpretación que la arquitectura renacentista alcanza en España en las primeras décadas del siglo XVI es el del limitadísimo conocimiento de las claves y el ser de la arquitectura clásica por nuestros artistas. Digna de tener en cuenta es la amarga crítica de Ambrosio de Morales en 1575 a los italianos, como responsables de la lentitud del Renacimiento fuera de Italia, porque poseyendo un amplio conocimiento de la Antigüedad lo habían usado siempre para ellos sin revelarlo y transmitirlo suficientemente a los demás ("Las Antigüedades de España". Alcalá de Henares, 1575). Y en un panorama profesional como el español, con numerosos artistas analfabetos y escasas y tardías traducciones de los grandes tratados, es comprensible que lo asimilado sean las formas ornamentales y que un maestro de la categoría de Rodrigo Gil de Hontañón (Compendio de arquitectura y simetría de los Templos) exponga una visión errónea de la arquitectura clásica y valore los órdenes como parte decorativa y subsidiaria. El general desconocimiento de Vitruvio y de los escritos de Alberti malamente podía ser subsanado por el voluntarioso y aún sesgado empeño de Diego de Sagredo, cuyas muy divulgadas "Medidas del Romano" (Toledo, 1526) rehuyen planteamientos de tipo estructural y ofrecen una imagen de la arquitectura como suma de molduras romanas, absolutamente alejada de toda noción de belleza engendrada en la proporción de las partes y el todo, poniendo el énfasis en la caracterización de la arquitectura más que en sus principios. Es erróneo entender sin embargo que esta inflexión ornamental sea patrimonio de lo español. Ya en Italia habían surgido soluciones dialectales que cifraban su carácter renacentista en un profuso y caprichoso revestimiento de los muros, como ocurre sobre todo en lo lombardo. A falta del bagaje teórico necesario para un mejor discernimiento, es lógico que esta arquitectura híbrida y de falsas credenciales clásicas tuviera mayor predicamento en Europa que el rigor de lo toscano, lo mismo en Francia (Caen, Rouen, Toulouse) que en tierras alemanas (Heidelberg), en España o en el último manuelino portugués, en parte también por razones geográficas. Son muchos los entalladores franceses -de los Picard o Guillén Colás a Jamete- que contribuyeron en su itinerancia a difundir aquí un dilatado repertorio de grutescos, soportes abalaustrados, motivos a candelieri, medallas-tondo y demás adornos que son la base de lo que Camón denomina segundo plateresco. Esta conexión con lo francés y lo lombardo es suficiente para arrinconar la idea de un casticismo estilístico, pues tampoco el usual e indiscutible componente mudéjar constituye una constante absoluta de nuestro Plateresco. Por otro lado, y a pesar de la temprana traducción del librito de Sagredo al francés, no puede hablarse de arte plateresco en el país vecino según lo han entendido diversos autores (Dieulafoy, Duprat, Durliat, Camón, Tollon), aduciendo una influencia en la arquitectura civil meridional más que cuestionable. Pues, aun respondiendo todas estas creaciones a un mismo criterio, el término sólo es válido en propiedad en los límites de la irradiación de nuestra arquitectura, en la que se origina. Tampoco parece claro, pese a las estimaciones de Bury, que la desaforada libertad exornativa del plateresco tenga que ver con la idea de licencia ornamental inherente al orden corintio y al compuesto, que en su más clara formulación había de esperar hasta Serlio y que también dista de explicar el decorativismo persistente en una ya más avanzada arquitectura, superadora de goticismos, que tiende a englobarse bajo la denominación de estilo ornamentado. Sin embargo es indudable que los artífices de lo plateresco creían que en sus adornadas formas imitaban la arquitectura de los romanos (Rosenthal, Cloulas), con la mirada puesta en la magnificencia de las creaciones cuatrocentistas y desde una profunda incertidumbre estilística.
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El 10 de marzo de 1826 había fallecido sin designar sucesor el rey de Portugal, Juan VI. La familia real portuguesa había huido a Brasil a raíz de la invasión de la Península por parte de las tropas napoleónicas y no regresó hasta 1820. El rey Juan VI había dejado como virrey de Brasil a su hijo mayor don Pedro. Durante su ausencia, Portugal se había dado una Constitución, que fue aceptada por el rey a su regreso, aunque no por la reina, Carlota Joaquina, hermana del monarca español y de su mismo talante político absolutista. En 1822, Brasil se declaró independiente y don Pedro fue proclamado emperador, por lo que, de acuerdo con la Constitución portuguesa, perdía sus derechos a suceder a su padre en Portugal. Los restantes hijos del rey, don Miguel, la princesa de Beira y la infanta Francisca, mujer del infante español Carlos María Isidro, eran partidarios de la Monarquía absoluta y enemigos de la Constitución. Esa actitud era compartida por los realistas portugueses, que habían puesto sus esperanzas en don Miguel, un joven impetuoso que en 1823 se había puesto a la cabeza de una insurrección militar para conseguir que su padre aboliese la Constitución. Poco antes de morir Juan VI había nombrado a una regencia presidida por la infanta Isabel María, la cual reconoció como heredero al emperador don Pedro. Este hizo elaborar una nueva Constitución y el 2 de mayo renunció a la corona en favor de su hija María de la Gloria, que sólo tenía entonces siete años. El gobierno español, que a la sazón presidía el duque del Infantado, temía que los acontecimientos de Portugal tuviesen una directa repercusión sobre la política española y que los liberales aprovechasen la circunstancia para sacar ventaja de ella. No ha de olvidarse que los constitucionales españoles habían sido bien acogidos en Portugal y podían ahora utilizarla como base para intentar algún movimiento revolucionario desde aquel país. Sin embargo, fueron más los realistas portugueses perseguidos los que atravesaron la frontera para buscar refugio en España. El gobierno español se vio obligado a establecer depósitos de refugiados en Salamanca, Toro, Palencia y algunas otras ciudades cercanas al vecino país. González Salmón tuvo que enfrentarse al problema creado por la sucesión portuguesa. El nuevo Secretario de Estado procedía del campo de la diplomacia, donde había desarrollado una amplia experiencia en las embajadas de París, Sajonia y Rusia. En la decisión que llevó a su nombramiento debió estar presente esta circunstancia, en unos momentos en que era necesario un gran tacto en las relaciones internacionales para encarar la cuestión de Portugal. En el seno del gobierno español, Calomarde era el único que se decantaba claramente por las aspiraciones del pretendiente don Miguel, pues tanto López Ballesteros, como Zambrano, Salazar y el mismo González Salmón eran más transigentes en cuanto al control de los realistas que se refugiaban en España. Sin embargo, la ayuda a los emigrados portugueses se produjo y desde este lado de la frontera se prepararon acciones de apoyo a los miguelistas, que desencadenaron una ofensiva a finales de noviembre de 1826. La jura de la Constitución por parte de don Miguel, que se hallaba en Viena, junto con la presión de Inglaterra y Francia, impusieron una mayor prudencia a la política portuguesa del gobierno español. Al cabo de unos años, la cuestión se resolvería con la proclamación de don Miguel como rey constitucional de Portugal en 1828 y con la derrota por parte de éste de las tropas que apoyaban a María de la Gloria. El gobierno de Fernando VII veía cómo la situación en el país vecino tomaba unos derroteros que satisfacía sus deseos y eso le permitió dedicar su atención a otro problema que había surgido en Cataluña con la sublevación de los agraviados.
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La aprobación de los polémicos artículos 26 y 27 de la Constitución abrió el camino a una serie de leyes y decretos con los que la izquierda gobernante buscaba imponer las pautas para la secularización legal del Estado. Aunque la oposición católica tachó estas medidas de legislación sectaria, lo cierto es que eran básicas en el programa reformista y venían dictadas por el carácter laico del régimen. Producida la separación entre la Iglesia y el Estado, era preciso que éste asumiera aquellas funciones administrativas y sociales que la Iglesia se había arrogado tradicionalmente en razón de su propia identificación con el Estado monárquico. Otra cosa es que esto hubiera debido hacerse con mayor tacto, o con ánimo menos propicio a la revancha. La inclusión de medidas manifiestamente anticlericales en el texto constitucional y los apasionados debates que ello originó dieron una dimensión excesiva a un problema que debía haberse relegado a una regulación legal posterior y más específica. La reforma religiosa, enmarcada en el plano más amplio de las relaciones Iglesia Estado, se centró básicamente en cuatro puntos: secularización de los usos sociales; control estatal sobre las actividades de las asociaciones religiosas; reversión al patrimonio nacional de una parte de los bienes eclesiásticos; y eliminación de la influencia del clero en el sistema educativo. Las principales medidas legales fueron: a) El decreto de disolución de la Compañía de Jesús, de 23 de enero de 1932. El Gobierno se limitó a dar de baja a la Compañía como asociación con personalidad jurídica en España, a disolver sus comunidades y a nacionalizar parte de sus bienes, especialmente colegios y residencias, que pasaron a ser administradas por un Patronato. Contra lo que se ha dicho a veces, no se trató de una nueva expulsión de los jesuitas. Los miembros de la Compañía pudieron seguir ejerciendo su ministerio en el país, pero sin vinculación a una Orden que por su disciplina y capacidad y por su cuarto voto especial de obediencia al Papa era considerada por los republicanos como altamente nociva para los intereses nacionales. b) El Decreto de secularización de los cementerios, firmado el 30 de enero de 1932, establecía la propiedad municipal de las necrópolis -hasta entonces muchas de ellas administradas por iglesias parroquiales o cofradías sacramentales, que en adelante deberían ser comunes para todas las confesiones, y se unificaba los enterramientos civiles y religiosos. Los entierros católicos, como manifestaciones públicas de culto, serían regulados por las autoridades locales, que podrían prohibirlos o gravarlos con impuestos. La aplicación de esta medida y de otras parecidas -como la retirada de Crucifijos de las aulas escolares, la supresión del Cuerpo Eclesiástico del Ejército, o la anulación de los honores militares al Santísimo Sacramento a su paso por las calles- buscaban adecuar al carácter laico del Estado ciertos usos tradicionales, que servían al clero para reforzar su poder moral sobre la sociedad, pero ofendieron a los católicos, acostumbrados a la protección oficial de su culto. c) La Ley de Divorcio, de 2 de febrero de 1932. También aquí se trataba de que el Estado asumiera una competencia civil que le atribuía la Constitución, la disolución del contrato matrimonial, que hasta entonces constituía un abusivo monopolio del clero católico. Pero el divorcio, combatido por la Iglesia y mal visto por la mayoría de la población, socialmente conservadora, fue un recurso poco utilizado: en sus dos primeros años de aplicación sólo se presentaron 7.059 demandas y se dictaron unas 3.500 sentencias favorables, lo que arrojaría un porcentaje ínfimo de 0,09 divorcios anuales por cada mil habitantes. d) La Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, aprobada por las Cortes el 2 de junio de 1933, y reglamentada por un Decreto de 27 de julio. Desarrollaba los preceptos constitucionales acerca del control estatal sobre todas las confesiones pero, como era inevitable, afectaba especialmente a los intereses de la Iglesia católica: regulación de las órdenes y congregaciones religiosas, que deberían inscribirse en un Registro especial del Ministerio de Justicia, y reglamentación del culto público; supresión de los subsidios oficiales y nacionalización de parte del patrimonio eclesiástico, templos, seminarios, monasterios y demás lugares destinados al culto religioso, aunque la Iglesia podría seguir utilizándolos a tal fin; atribución al Estado de la potestad de vetar los nombramientos de jerarquías religiosas que considerase inadecuados, etc. Atacaba además la base del sistema educativo católico al decretar el cierre de los centros de enseñanza de la Iglesia, con excepción de los seminarios. Los legisladores, excesivamente apresurados en este punto, fijaron el 31 de diciembre de ese año como fecha tope para el cese de las actividades docentes de los religiosos. La Iglesia católica poseía 295 centros de Segunda Enseñanza, con 20.684 alumnos y 4.965 de Enseñanza Primaria, donde estudiaban 352.004 escolares. El Gobierno confiaba en levantar en pocos meses 7.000 escuelas públicas y 20 institutos nacionales de Bachillerato, que paliasen los efectos del cierre inmediato de los centros religiosos, sobre todo en el medio rural, y seguir luego creando escuelas a un ritmo de 4.000 por año. En la Enseñanza Media, la sustitución se realizó sin grandes problemas, pero no sucedió lo mismo con la Primaria. Aunque se improvisaron unos 10.000 maestros mediante cursillos especiales, fueron muchos los Ayuntamientos que por falta de voluntad o de medios no abrieron nuevas escuelas, lo que originó una considerable incertidumbre en numerosas familias. Por fin, cuando se aproximaba el término del plazo legal para el cierre de los centros religiosos, se produjo la derrota electoral de la izquierda, y los nuevos gobernantes radicales suspendieron la aplicación de la Ley de Congregaciones, lo que permitió a la Iglesia mantener abiertos sus establecimientos docentes. La respuesta de los medios católicos a este cúmulo de medidas secularizadoras fue progresivamente intolerante, sobre todo en lo que afectaba a los privilegios jurídicos y económicos del clero y a su ámbito educativo. La mayor oposición se produjo ante la Ley de Congregaciones, que reforzó la posición del sector más combativo del clero en unos momentos en que la coalición gubernamental estaba en crisis y la derecha política en pleno ascenso. La carta episcopal de 25 de mayo de 1933, encabezada por el cardenal Vidal i Barraquer, condenaba todas las ingerencias y restricciones con que "esta ley de agresiva excepción pone a la Iglesia bajo el dominio del poder civil", y llamaba a la movilización política de los católicos contra todo lo que "amenazara a los derechos integrales de la Iglesia". El propio papa Pío XI dedicó la encíclica Dilectísima Nobis (3 de junio) a "condenar el espíritu anticristiano del régimen español", afirmando que la Ley de Congregaciones "nunca podrá ser invocada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia" y animando a la unión de los católicos contra la República: "ante la amenaza de daños tan enormes, recomendamos vivamente a los católicos de España que, dejando a un lado recriminaciones y lamentos y subordinando al bien común de la patria y de la religión todo otro ideal, se unan todos, disciplinados, para la defensa de la fe y para alejar los peligros que amenazan a la misma sociedad civil". Estas y otras manifestaciones de ruptura, así como las incendiarias prédicas de los diputados derechistas en las Cortes, acentuaron en los católicos un reflejo de persecución y dotaron a la actividad antirreformista de la oposición conservadora de un cierto aire de cruzada, hasta el punto de ser la movilización religiosa del electorado una de las causas de la recuperación de la derecha no republicana en las elecciones de noviembre de 1933.
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El asunto de la conversión al paganismo o de la apostasía de Juliano se ha desorbitado bastante. Algunos estudiosos mantienen que no fue sinceramente cristiano nunca, en gran parte por rechazo hacia Constancio y su religión (Martha). Otros autores le atribuyen unas fuertes convicciones cristianas durante sus primeros años, de modo que su ruptura con el cristianismo habría sido el resultado de una crisis religiosa (Bidez, Festugière). También se ha intentado explicar su apostasía por la mala formación teológica recibida, atribuyéndola al hecho de ser arrianos los preceptores a los que Constancio lo había encomendado (Allard, Riciotti). En el fondo de muchos estudios se percibe el interés por comprender esta extraña decisión de Juliano. En nuestra opinión, nada tiene de extraño que Juliano o cualquier otro contemporáneo suyo educado en un ambiente cristiano, pudiera posteriormente hacerse pagano. El cristianismo no era aún una religión totalmente implantada en Oriente y, menos aún, en Occidente. Desde la época en que se produjo claramente el acercamiento de Constantino a la Iglesia, hasta el momento en que Juliano se convirtió al paganismo, apenas habrían pasado treinta años. Durante este período el paganismo pudo ser oficialmente relegado, pero era muy poco tiempo para desarraigar una religión de siglos. Pese a su actitud política de defensa del tradicionalismo romano, Juliano es sobre todo un oriental, un helenista, tanto en el aspecto cultural como en el religioso. Sus reflexiones religiosas -de las que sus obras nos informan abundantemente- se inspiraron directamente en los "Libros Herméticos", compendio del paganismo neoplatónico tardío, aunque los autores que han estudiado profundamente las obras religiosas de Juliano coinciden en que hay en ellas elementos filosóficos que son aportaciones del propio Juliano. De sus obras se desprende que las relaciones entre el Dios Supremo y el Sol son similares a las que contemplaban los cristianos de su tiempo entre Dios Padre e Hijo. El Dios Supremo ha creado a Helios (Sol) con su propia substancia, por tanto Helios es semejante y consubstancial al Dios Creador. Helios es un demiurgo o mediador entre el Dios Creador y la creación. Así, es Helios quien ha orientado la colonización griega, a través de su oráculo en Delfos, y la fundación de Roma con su esplendor también son obra suya. Helios es generalmente identificado con Apolo y, a veces, con Mithra, Marte, Serapis y Júpiter, aunque tal vez se trate de diferentes manifestaciones del Sol. Uno de los rasgos de la religiosidad de Juliano que más pábulo ha dado a los ataques verbales de los cristianos fue seguramente su afición a los cultos mágicos. Esta afición pudo deberse a la influencia que sobre Juliano tuvieron Prisco y, sobre todo, Máximo de Éfeso. Este extraño personaje que, probablemente con razón, ha sido presentado como uno de los mayores charlatanes de todos los tiempos, inició a Juliano, en torno al 352, en no se sabe qué misterios de Hécate (según Piganiol) o de Mithra (según Bidez) en el interior de una gruta atestada de fantasmas. La actitud de Juliano respecto al cristianismo fue inicialmente de tolerancia. En realidad se limitó a proclamar la libertad de culto ofrecido a los dioses paganos, anulando las disposiciones de Constancio sobre la prohibición de sacrificar a los dioses y abriendo los antiguos templos clausurados. Más aún, sabemos por Amiano que Juliano reunió en su palacio de Constantinopla a los jefes de las dos iglesias divididas (arriano y católico) y les exhortó a que solventaran sus querellas y se reconciliaran. Pese a las pretensiones de tolerancia de Juliano, pronto se comprobó que el deseo de venganza de los paganos por las humillaciones sufridas y la intransigencia de los cristianos no iban a hacer viable una convivencia sin problemas. Así, se sucedió una serie de arreglos de cuentas y desórdenes graves: el obispo arriano Jorge fue muerto en Alejandría con otros dos funcionarios cristianos. Sabemos de un obispo de Aretusa que destruyó un templo pagano y fue condenado a reconstruirlo; como se negara a hacerlo fue entregado a la población, que le castigó con dureza. Como era previsible, la Iglesia perdió muchas de las ventajas que había logrado de Constantino y Constancio: se suprimió la jurisdicción episcopal en materia de delitos civiles, se restituyó a las curias de las ciudades a los curiales que habían escapado de ellas para hacerse clérigos y cesaron las generosidades económicas que se habían iniciado con Constantino. En junio del 362 Juliano promulgó la famosa ley de enseñanza, en virtud de la cual los profesores de gramática, retórica y filosofía serían en adelante nombrados por el poder central, previa propuesta de los municipios que atestiguaran la moralidad del candidato. Esta ley siguió en vigor bajo los sucesores de Juliano, con la diferencia de que los candidatos en vez de ser preferiblemente paganos, serían cristianos. Juliano explica en una carta las razones que le habían impulsado a tomar tal decisión: "Homero, Hesíodo, Demóstenes, Heródoto, Tucídides... ¿es que no creían que los dioses eran los guías de toda educación? Yo encuentro absurdo que el que comente sus obras desprecie a los dioses que ellos honraron. No obstante, y por absurda que me parezca esa inconsecuencia, no exijo de los educadores de la juventud que cambien de opinión, sino que les dejo elegir: o que dejan de enseñar lo que no toman en serio o bien, si quieren continuar sus lecciones, que prediquen primero con el ejemplo...". Es verdad que, a partir de esta fecha, la actitud de Juliano hacia los cristianos se tornó menos benevolente. Un ejemplo característico de estas agrias relaciones es el castigo que aplico a Cesarea de Capadocia, donde los templos paganos habían sido destruidos. Como represalia, Juliano la borró de la lista de ciudades y le devolvió su antiguo nombre de Mazaca. Además, enroló en el ejército a los clérigos de esta ciudad y le impuso una multa de 300 libras de oro. Sócrates dice que excluyó a los cristianos de la guardia pretoriana y del gobierno de las provincias ya que su propia ley, decía, les prohibía usar la espada. Gregorio de Nazianzo afirma que Juliano persiguió a los cristianos -idea que se ha propalado entre algunos historiadores contemporáneos-. Excepto la opinión de Gregorio, que además era un encarnizado enemigo de Juliano y nada imparcial, no poseemos ninguna otra noticia. Incluso otro escritor cristiano, nada sospechoso de simpatías por Juliano, Sócrates, lo confirma: "Juliano rechazó la crueldad de la época de Diocleciano, sin dejar por ello de perseguirnos; pero yo llamo persecución al hecho de inquietar de alguna manera a las gentes de paz". Si hemos de creer a Libanio, algunas de estas gentes de paz habrían sido autores del complot que acabó con la vida del emperador. En los veinte meses que duró el gobierno de Juliano se puso de manifiesto la imposibilidad de convivencia pacífica entre estas dos religiones. Después de la muerte de Juliano no volvió a haber ningún otro emperador pagano, por lo que su efímero mandato fue la última oportunidad del paganismo; un paganismo que, por otra parte, no había logrado fortalecerse suficientemente, pues el proyecto de Juliano de reorganizar el clero pagano -tal vez la tarea más necesaria- inspirándose en opinión de Labriolle en la organización eclesiástica, no pudo llevarse a cabo antes de la muerte del emperador.
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La cuestión de la capitalidad, en cualquier caso, no desaparecería del horizonte político y continuó preocupando a los italianos, ya que todos eran conscientes que no se llegaría a ningún cambio sustancial de la situación sin el acuerdo de las potencias y, muy especialmente, de la Francia de Napoleón III, que tenía que aplacar las críticas que le dirigían los católicos franceses por una política contraria a los intereses del Papa. Una intentona de Garibaldi ("Roma, o morte"), a finales de agosto de 1862, tuvo que ser abortada por las tropas italianas en Aspromonte. La Convención franco-italiana de septiembre de 1864, sólo sirvió para que los italianos trasladasen la capital a Florencia, después de haber ofrecido garantías de que los Estados Pontificios serían respetados, pero la cuestión seguía abierta. La indefinición en cuanto a la retirada de la guarnición francesa en Roma era una permanente demostración de la necesidad de contar con el beneplácito de las grandes potencias, mientras que la presencia de los austriacos en Venecia continuaba siendo un agravio para el nuevo Estado.
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<p>Altamira es un hito fundamental de los orígenes del arte, supone la culminación de un estilo artístico forjado durante milenios. La llamada Sala de Polícromos de la Cueva de Altamira es uno de los lugares más importantes de la prehistoria mundial. El arte que alberga no sólo constituye uno de los testimonios artísticos más antiguos de la humanidad y la primera manifestación de arte rupestre paleolítico que se descubrió en todo el planeta, sino, además, la obra cumbre de un pintor genial. La Sala de Polícromos fue durante el Paleolítico Superior un santuario cuyo ambiente oscuro necesitó luz artificial para realizar las pinturas. Los artistas se iluminaron con lámparas alimentadas con grasa animal. En esta sala de la cueva aparecen manifestaciones artísticas de diversos momentos del Paleolítico Superior. Se distinguen varias superposiciones que denotan que su realización se llevó a cabo en diversas etapas. Las representaciones comprenden una amplia variedad de temas del arte paleolítico: animales, signos y antropomorfos. El conjunto de pinturas más antiguo corresponde al periodo Solutrense, entre 18.500 y 16.500 años. Son grandes figuras de caballos pintados en rojo o negro, manos pintadas en positivo y en negativo, y numerosos signos grabados. Al conjunto de pinturas del periodo Magdaleniense, en torno a 14.500 años, corresponden los bisontes polícromos, representados en diferentes posturas y actitudes. Forman parte también de este conjunto dos caballos, una cierva y una impresionante cabeza de uro o toro del Paleolítico ya extinguido. También se conservan gran cantidad de grabados, entre los que destaca la figura completa de un impresionante ciervo en actitud de bramar y algunas cabezas de cápridos y cérvidos de gran belleza. Los antropomorfos muestran convenciones habituales en este tipo de representaciones, como la actitud "orante", con las manos levantadas ante la cara, y cabezas que recuerdan la forma de los pájaros. El pintor se ha servido de diversos procedimientos para elaborar su arte. Los colores se han conseguido a partir del carbón vegetal, arcillas y tierras naturales (óxidos de hierro y manganeso), disueltos en agua. La técnica de ejecución asombra por su modernidad e inteligencia: primero se graba con buril el contorno de los animales que después resalta con lápices de carbón vegetal, raspándose y sombreándose si es preciso. El colorante de ocre se reserva para el interior, aplicado directamente con la mano o con aerógrafos de hueso, expresando la anatomía del animal y destacando algunos detalles peculiares al administrar las distintas tonalidades. Algunas zonas se modelan a través del raspado, el lavado y la frotación de los colores. El pintor selecciona los rasgos esenciales que identifican la especie, aprovecha las formas y protuberancias naturales de la cueva para encajar sus figuras, adquiriendo así, algunas de ellas, volumen y relieve. El arte de Altamira alcanza en el Gran Techo todo su apogeo, pero también en otras galerias de la gruta se conservan manifestaciones rupestres interesantes y menos conocidas. La última de ellas recibe el nombre de "Cola de Caballo". Alberga representaciones pintadas y grabadas de animales (caballos, ciervos, bisontes), signos reticulados y máscaras. La interpretación del arte rupestre cuaternario sigue siendo objeto de vivas polémicas. Han sido formuladas varias teorías para interpretar este arte: el arte ornamental, la magia propiciatoria, la mentalidad totémica, el chamanismo. En cualquier caso, la mayoría de los investigadores piensan que el arte rupestre paleolítico formó parte del mundo espiritual y religioso de sus autores, que respondía a unas creencias y que, por tanto, las cuevas decoradas fueron santuarios en los que el hombre plasmó una concepción del mundo que se perdió en el tiempo.</p>
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En el Paleolítico Superior, hace entre 18.000 y 14.000 años, la Cueva de Altamira estuvo habitada por poblaciones de Homo sapiens sapiens. La cueva se encuentra situada en la parte alta de una de las suaves colinas que rodean el valle donde se asienta actualmente Santillana del Mar, en Cantabria. La entrada de la cueva tenía una amplia boca de 20 metros de ancho y seis de alto, que daba acceso a un vestíbulo de unos 200 metros cuadrados. Este espacio era el lugar de habitación, estando iluminado por la luz del día. Aquí se realizaba la vida en torno a hogares, siendo un lugar lleno de actividad y objetos de uso cotidiano. Sus pobladores vivían de la caza, la pesca, la recolección y el marisqueo. Vestían prendas muy diversas confeccionadas con pieles de animales, que les protegían del clima frío. Su indumentaria no se diferenciaba sustancialmente de la actual: pantalones, casacas, capuchas, chubasqueros, botas... Sus prendas se adornaban con colgantes y objetos de hueso, conchas o dientes. Para su labor diaria, disponían de numerosos instrumentos en sílex, hueso y asta, especializados para cada uso como cuchillos, raspadores, punzones, arpones, azagayas, agujas, buriles, etc. El fuego de los hogares les proporcionaba luz y calor, les servía para ahuyentar las fieras y cocinar alimentos. Se iluminaban también con lámparas de tuétano: en un recipiente el tuétano servía como combustible y fibra vegetal como mecha. El interior de la Cueva no estaba habitado. La cueva en total tiene un recorrido complejo de 270 metros y un trazado irregular a través de varias salas, todas ellas con pinturas y grabados paleolíticos. Se distinguen en ella cuatro partes: el Vestíbulo, la Sala de Polícromos, la Hoya y la Cola de Caballo. De todas las áreas, la Sala de Polícromoses la más llamativa, por albergar una de las mejores colecciones de arte rupestre del mundo. Esta sala fue considerada por Breuil la Capilla Sixtina del Arte Paleolítico y donde se localizan los famosos bisontes. En esta sala se conservan bisontes, caballos, ciervos, manos, antropomorfos y signos, pintados y grabados, de los periodos solutrense y magdaleniense. Las pinturas y grabados están situados en el techo de la sala, cuya altura oscila entre 0,70 y 2 metros. Para confeccionarlos, primero se grababan y dibujaban con carbón el contorno exterior y algunos detalles anatómicos. A continuación, se aplicaba el color rojizo de relleno. Sobre esta masa cromática, se realizaban raspados para separar planos y dar relieve a la anatomía. El empleo del relieve natural y la textura de la piedra ayudan a dar realismo a la figura. Mucho se ha elucubrado acerca del sentido de las pinturas. Los especialistas consideran que son manifestaciones de alto valor simbólico, pudiendo servir como figuras totémicas, elementos propiciatorios o ritos de fecundidad, entre otras teorías. Actualmente se piensa que, al tratarse de una manifestación cultural tan extendida en el tiempo y el espacio, es difícil hacer una sola lectura sobre el sentido y significado de estas figuras.