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Junto con las cuevas francesas de Cosquer (Marsella) y Chauvet (valle de L'Ardèche) el complejo de La Garma (Omoño, Cantabria) contiene uno de los mayores descubrimientos de la Prehistoria en las últimas décadas. Contenedor y contenido han permanecido prácticamente sellados durante milenios, permitiendo la conservación en condiciones excepcionales de numerosísimos restos mobiliares de actividad humana y de pinturas y grabados rupestres pertenecientes a varias etapas del Paleolítico Superior. Estas espectaculares evidencias forman parte de un conjunto de cuevas y galerías inicialmente abiertas al exterior y comunicadas entre sí que han llegado hasta nosotros gracias a haber permanecido clausuradas como consecuencia de procesos naturales y humanos De hecho, el descubrimiento de las galerías interiores, en noviembre de 1995, se llevó a cabo durante los trabajos de excavación en dos cavidades (Garma A y B) de dimensiones y apariencia modestas. El acceso desde Garra A hacia el interior, con la posterior cadena de descubrimientos, no tuvo en principio otro propósito que completar la topografía. A lo largo de los últimos tres años, se ha diseñado e iniciado un ambicioso proyecto interdisciplinar de investigación, respaldado por un convenio entre la Universidad de Cantabria y la Consejería de Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria. La Garma es una colina situada en las estribaciones meridionales del macizo de Calobro, muy cerca de la bahía de Santander. Con 186 m de altura, esta suave elevación domina la vega de Omoño que, regada por el Pontones, se extiende al pie de su vertiente meridional, a unos 35 m de altitud. El conjunto de calizas mesozoicas del que forma parte el monte de La Garma presenta una morfología interna y externa típicamente cárstica. En superficie muestra una formación de lapiaz muy desarrollada, con laderas escarpadas y difícilmente transitables (que es lo que significa el topónimo Garma), cubiertas por un denso bosque de encinar cantábrico, mientras en su interior, centenares de miles de años de disolución de la caliza han dado lugar a la excavación de numerosos conductos hipogeos, que se estructuran básicamente en cuatro pisos o niveles subhorizontales, intercomunicados en algunos puntos mediante simas, desplomes de los techos o a través de galerías colgadas en las paredes de otras inferiores. El único sector activo del gran complejo cárstíco que horada este monte, aún por explorar en su totalidad, es el situado en el nivel de su base, por el que discurre la corriente de agua responsable de la formación del sistema de cavidades, hoy un modesto arroyo que aflora por un manantial conocido por el descriptivo nombre de Fuente en Cueva y confluye algunas decenas de metros más adelante con el río Pontones. A escasos metros sobre esa salida, y con una orientación similar, se abre la cueva de Truchiro, una reducidísima cavidad que cuenta con dos bocas y un recorrido lineal de menos de 10 m, finalizado en un angosto tubo. Una decena de metros por encima y algunos más hacia el este, se encuentra la antigua entrada, obturada por un derrumbe, de la que denominaremos Galería Inferior. En ella se localizan las manifestaciones más relevantes del conjunto arqueológico de La Garma. Se trata de una caverna de grandes dimensiones, con varios cientos de metros de recorrido a lo largo de una galería aproximadamente lineal, con secciones amplias y techos que, en ocasiones, alcanzan más de veinte metros de altura. En su extremo más profundo, acaba en un enorme pozo de alto techo y unos veinte metros de profundidad que cae sobre el ya mencionado nivel de base. En su tramo intermedio, allí donde la delineación de la planta experimenta su más importante inflexión, el desplome parcial del techo permite la comunicación, a través de una sima de 13 m de altura, entre este piso y el inmediatamente superior. Éste, que hemos denominado Galería Intermedia, es otra amplia cavidad, de estructura aproximadamente lineal, cuya entrada (asimismo clausurada por un desplome y aún sin localizar) se abriría al suroeste a unos 70 m de altitud. Tiene una longitud de unos ochenta metros y secciones de hasta quince de altura. En su extremo meridional, este nivel enlaza con el más alto hasta ahora conocido en el sistema de La Garma, mediante una oquedad abierta en una de sus paredes siete metros por encima del suelo. Es, en realidad, el brusco final de una pequeña cueva que hemos llamado La Garma A, una cavidad de corto y quebrado trazado que se abre al exterior a través de una angosta entrada orientada al sudoeste, a 84 m de altitud. Trece metros por debajo, y algunos menos hacia el oeste, se encuentra La Garma B, otra cueva de reducidas dimensiones que se estructura en una galería única de unos cuarenta metros de longitud, dispuesta en dirección aproximadamente transversal a la anterior. A las diferentes galerías y accesos, practicables o no, que se han descrito, hay que añadir otras cavidades de menor entidad y posible interés arqueológico. A diferentes alturas, y orientaciones sobre el actual fondo del valle, se abren las cuevas de Peredo, La Corta de Casto I y II y El Mar y la covacha de Valladar. Las particulares características de La Garma han determinado la intensa ocupación humana de este entorno a lo largo de toda la Prehistoria y, de forma más esporádica, en tiempos históricos. Como se verá más adelante, distintos grupos humanos se han servido de esta colina bien para su establecimiento, permanente o temporal, bien para el desarrollo de diferentes actividades relacionadas con la subsistencia o con el ámbito espiritual, aprovechando, principalmente, las oquedades que tan generosamente ofrece. Las cuevas han proporcionado abrigo al hombre desde tiempos inmemoriales, sobre todo en períodos de rigor climático en los que las condiciones eran desfavorables para el asentamiento al aire libre. El medio ambiente templado que hoy existe en estas latitudes no ha sido constante a lo largo de la Historia. Al contrario, ha sufrido fuertes variaciones de ritmo desigual, sujetas a fluctuaciones climáticas de alcance planetario. Los testimonios más impresionantes hallados en el complejo arqueológico de La Garma deben situarse, precisamente, en un contexto de rigurosidad ambiental; se encuentran evidencias de prácticas cotidianas y comportamientos que tuvieron lugar en épocas avanzadas de la última glaciación, que incluyeron las pulsaciones de máximo frío conocidas en el transcurso de ese episodio climático (circa 16.000 a.C.). El paisaje de La Garma sería entonces diferente. En primer lugar, el descenso del nivel del mar más de 100 m por debajo del actual (a causa de la concentración de ingentes masas de hielo en los casquetes glaciales), supuso un alejamiento de la línea de costa de hasta 12 km. La bahía de Santander no existía y el macizo de La Garma quedaba en una posición considerablemente más interior, algo más alto sobre el valle y enclavado en un paisaje mucho más pelado, con menos árboles -bosquetes de pinos, abedules y otras especies en zonas protegidas y bien orientadas- y amplias zonas de vegetación rala, con herbáceas y brezales. En este paisaje estepario, los distintos accesos al sistema, y espe cialmente la amplia entrada de la Galería Inferior, destacarían llamativamente en la ladera del monte, señoreando desde su posición preeminente el territorio que se extiende a sus pies. Con anterioridad a nuestros ancestros directos, los Homo sapiens sapiens, La Garma fue frecuentada por bandas de cazadores-recolectores del Paleolítico Inferior, de cuyas actividades quedan evidencias en la Garma A y en la Galería Intermedia, incluyendo industria lítica arcaica y abundante fauna. Por lo localizado hasta el presente, estas primeras ocupaciones son probablemente anteriores al Musteriense clásico, y acaso correspondan al último Interglacial, si es que no son algo anteriores. En cualquier caso, de una antigüedad superior a los 70.000 u 80.000 años. Las muestras más espectaculares documentadas hasta el presente en La Garma corresponden al Paleolítico Superior (ca. 36.000-9.500 a.C., en la región cantábrica). Sus testimonios se distribuyen en varias cuevas situadas a distintas alturas sobre la base del valle. En la más alta, La Garma A, las excavaciones en curso han documentado al fondo del vestíbulo una serie de seis niveles que, por las fechas de radiocarbono obtenidas y algunos instrumentos más expresivos (azagayas y un arpón), demuestran la presencia de ocupaciones de prácticamente todas las fases del Magdaleniense (14.500 a 9.500 a.C.) y transición al Aziliense. En la "Galería Intermedia" las evidencias del Paleolítico Superior se reducen hasta el momento a cuatro series de puntuaciones gruesas de color rojo situadas sobre cuatro pilares estalagmíticos. La Galería Inferior debió ser el yacimiento esencial durante el Paleolítico superior de esa zona. Fue el sitio más ocupado, en más ocasiones y durante más tiempo, y en el que se desarrollaron funciones y actividades más variadas y más complejas. Su orientación, amplitud del vestíbulo y menor altura sobre el fondo del valle parecen, en este caso, coherentes con su espectacular registro arqueológico. Cuenta con el conjunto paleolítico más importante, una extensa área de estancia en el largo vestíbulo inicial (I) y otros enclaves en el interior, con estructuras habitacionales y amplios suelos con restos de actividad (III y IV). Las evidencias de aquella época se distribuyen desde su misma entrada hasta el final de la zona accesible del fondo de la cueva, y consisten en utensilios de piedra, hueso y asta, restos de fauna de mamíferos y de moluscos, estructuras artificiales, restos de iluminación, balizamientos y una amplia muestra de manifestaciones artísticas parietales. Salvando las distancias y las diferencias en la información disponible, la boca de esta Galería Inferior de La Garma desempeñaría en este monte un papel de interdependencia y jerarquización similar al de la Cueva de El Castillo (Puente Viesgo) en el Pico del mismo nombre. Son precisamente las pinturas y grabados rupestres los que, por el momento, nos permiten un acercamiento inicial a la cronología de las ocupaciones de esta Galería. Las distintas técnicas presentes, el estilo de las figuras y los mismos temas, relativamente convencionales, muestran numerosos puntos de contacto con lo conocido en otros conjuntos rupestres de la región. Ello permite suponer una sucesión de ocupaciones decorativas a lo largo de unos 15.000 años, desde el periodo Gravetiense (ca. 25.000 a 19.000 a.C.) a momentos avanzados del Magdaleniense (ca. 14.500 a 9.500 a.C.), momento en que debió clausurarse la entrada a esta Galería Inferior. La fauna representada, con abundantes especies extinguidas, o algunos de los huesos y astas locali zados en superficie (al menos de bisonte o uro, caballo, ciervo y reno), hacen referencias a ese último periodo de la era de las glaciaciones en que se desarrolla el Paleolítico Superior. Un periodo especialmente frío, durante el cual la comarca era transitada por las especies salvajes representadas en las paredes de la Galería. Hasta el momento, el total de figuras de animales supera las 60, con un número muy equilibrado de bisontes, caballos y cabras, sobre el que destacan ciervos y ciervas. Además está presente el uro, un carnívoro, un probable megaceros -cérvido gigante ya extinguido, no muy frecuente en los conjuntos parietales cantábricos-, varios cuadrúpedos no identificables y una máscara sumaria completando un relieve natural, muy similar a manifestaciones bien conocidas de Altamira y El Castillo. Como ya se ha adelantado, cabe diferenciar al menos dos o tres etapas de decoración. La más antigua es un amplio conjunto de pinturas en color rojo o marrón-amarillento, acaso de cronología Gravetiense. Entre ellas hemos contabilizado hasta ahora 43 manos en negativo, realizadas con pigmento soplado rojo o amarillo, y que ya en este momento constituyen el tercer conjunto del mundo en número de este tipo de representaciones. Hay, además, un buen número de series de trazos pareados en rojo, puntos -aislados o en grupo-, trazos verticales -bastones o palotes- en diversas composiciones, etcétera. Estas pinturas se sitúan preferentemente en las áreas más interiores de la cavidad, esencialmente las zonas VI a IX, aunque hay algunas en las zonas I, II y IV. Son probablemente posteriores algunos paneles que incorporan figuras animales de estilo figurativo-geométrico (Estilo III en la sistemática de A. Leroi-Gourhan) o signos, todos ellos pintados en rojo (uro, cabras, megacero y bisontes de zona IV, cierva y cuadrúpedos de zona II, cuadrangulares simples del vestíbulo). El estilo y técnica de los animales, o la misma tipología de los signos, son similares a los de conjuntos atribuidos al periodo Solutrense en la región (entre hace 19.000 y 14.500 a.C.). Estas manifestaciones se distribuyen por las zonas medias y anteriores de la Galería, a diferencia de las atribuidas a períodos anteriores. La última época representada en la Galería Inferior es la Magdaleniense (14.500-9.500), y a ella corresponde la mayor parte de las evidencias, habitacionales, industriales y artísticas. En el amplio vestíbulo de la cueva se documenta un extenso yacimiento de ocupación: un área de aproximadamente 535 m2, a lo largo de unos 68 m desde la entrada obturada. Creemos que las ocupaciones prehistóricas que aparecen en superficie corresponden a las fases centrales del desarrollo magdaleniense (entre el 12.500 y el 10.000 a.C.). A ello apuntan el utillaje (que incluye cuatro bastones perforados, espátulas, punzones, azagayas y abundantes industrias líticas), moluscos marinos como el bígaro Littorina littorea y la lapa Patella vulgata, de tamaño grande, que es habitual en fases frías de la última glaciación. Entre los testimonios superficiales de este área destaca un recinto acaso interpretable como los restos de una cabaña: una estructura de planta oval delimitada por bloques y situada junto ala pared izquierda de la cueva. De igual forma, se han localizado otras estructuras de habitación en el interior de la cueva, en las zonas III y IV. Se trata de recintos con muretes de piedra seca adosadas alas paredes de la galería. En ellas y en los alrededores son extremadamente abundantes los restos industriales-documentándose algunas obras de arte mobiliar y un buen número de azagayas de asta- y tecnológicos -varios fragmentos de astas de reno con recortes-, de comida, etcétera. En la zona IV, se han podido diferenciar cuatro espacios habilitados a lo largo del lateral izquierdo de la galería principal. Al menos tres de ellos están delimitados por muretes de piedra, que debieron servir para sujetar un cierre a base de postes y mamparas de piel, ramas u otros materiales, con pequeños espacios libres para la entrada. Es asombrosa la cantidad de instrumental y restos de comida dispersos por el suelo -con una inusual concentración de mandíbulas de caballo- o, en ocasiones, encajados en las hendiduras de pilares estalagmíticos -que en algún caso están pintados de rojo- o entre las piedras de los muretes. Se aprecian aquí utensilios como buriles, lascas, agujas, colgantes realizados sobre Littorina y sobre canino de carnívoro, así como una espléndida espátula sobre costilla, decorada con una figura de cabra. Lo más asombroso, sin embargo, ha sido la localización de un buen número de animales grabados o pintados en el techo inclinado de esta zona. Es decir, situados sobre las estructuras habitacionales, lo que podría indicar que muchas de las representaciones se realizaron desde el interior de estos espacios. La misma complejidad y diversidad del instrumental dejado en esas estructuras habla de la variedad de funciones llevadas a cabo allí, que no se restringieron al arte rupestre. Ésta fue una actividad más, pero acaso no el eje o razón última de esas penetraciones al interior de la cueva. Las figuras de estilo magdaleniense (o IV de la serie de Leroi-Gourhan) se distribuyen esencialmente por paneles anteriores de la cavidad (en zonas I, III y IV), en los que a veces se superponen a otras estilísticamente más antiguas, aunque éstas últimas tienden a concentrarse en tramos profundos. Además, parecen en íntima conexión con los espacios habilitados y con áreas con muchos restos de actividad sobre el suelo. Por el contrario, estos restos faltan en casi todas las zonas con paneles de Estilos II o III. Es obra de los artistas magdalenienses gran número de grabados y de pinturas en negro como técnicas principales, con trazos de contorno o también con rellenos en el interior del cuerpo. Entre los primeros han sido localizadas varias las cabezas de cierva con trazos estriados en barbilla y pecho. Estas figuras conforman un motivo bien datado en el Magdaleniense Inferior y, acaso, en fases inmediatamente posteriores. Entre las pinturas son frecuentes los caballos y bisontes, así como algunas cabras, o máscaras. A partir del 10.000 a.C., con el inicio del período Holoceno, se produce a escala planetaria una rápida suavización de las condiciones ambientales. En La Garma se notan rápidamente esos cambios: el incremento en la humedad ambiental da lugar a la formación de costras estalagmíticas en los vestíbulos de La Garma A y La Garma 8, y la superficie del monte se cubre de una densa vegetación arbórea, dominada por especies típicas de clima templado, hasta adquirir un aspecto similar al actual. Sin embargo, la modificación ambiental más radical, y la que se reflejó de forma más clara en los yacimientos de La Garma fue el movimiento de la línea de costa. Al fundirse las enormes masas de hielo que cubrían gran parte de los continentes por el incremento de las temperaturas se produjo una nueva subida de más de 60 m en el nivel de los océanos, que acercó la línea de costa unos 6 km a La Garma, hasta los 5 km de distancia actuales, y dio lugar a la formación de la cercana bahía de Santander, cuyos ricos recursos podrían ser fácilmente aprovechados desde esa zona. Los indicios de esta época, conocida como Mesolítico, se concentran en La Garma A, donde se constata la presencia humana entre 6.500 y 5.700 a.C., durante el llamado óptimo Climático -un período en el que las temperaturas medias eran ligeramente más elevadas que las actuales-, y en la cercana cueva del Mar. Consisten en un tipo de depósito muy característico de esta época: los concheros, grandes acumulaciones de cáscaras de moluscos marinos (fundamentalmente lapas, caracoles de mar, almejas, mejillones y algunas ostras), mezcladas con huesos y carbones, que llegan a obturar la entrada de las mismas, como casi sucedió en La Garma A, cuyo pasillo de acceso quedó prácticamente colmatado. A lo largo del V milenio a.C., llegan a la región cantábrica dos novedades fundamenta les: la agricultura y la ganadería, que se integran paulatinamente en el sistema económico de las sociedades indígenas, las cuales todavía dependerán en gran medida de los recursos silvestres, que siguen desempeñando un papel fundamental hasta el III milenio. En La Garma A aún no se han podido estudiar en detalle estos cambios, de los que parece haber algunos indicios en el vestíbulo donde, por encima del conchero mesolítico, quedan restos de ocupaciones todavía ricas en moluscos marinos que incorporan una novedad: la cerámica, que en la Península Ibérica suele ser aproximadamente coetánea de la economía productiva. Poco después del 3.000 a.C., se produce un cambio radical en el uso de La Garma: de lugar de habitación a necrópolis. La estructura funeraria más antigua, datada a comienzos del III milenio a.C., durante el Calcolítico, es una fosa de poca profundidad abierta en la segunda sala de La Garma A, en cuyo interior se depositaron, desarticulados, los huesos de diversos individuos. Particular interés tiene el rico ajuar funerario que los acompañaba: algunas cerámicas, diversas puntas de flecha talladas con retoque plano invasor, y un extraordinario puñal de sílex. La pieza más notable es, sin duda esta última, un arma de 11 cm de longitud, con dos muescas laterales para encajar un mango de madera, finamente tallada en toda su superficie. Parece probable que este puñal fuera importado, pues el tipo de sílex empleado no es local, y no se conocen objetos similares en la región, ni tan siquiera en el Norte peninsular. Hay que llegar a los poblados y necrópolis calcolíticos de la Extremadura portuguesa y de Almería para encontrar piezas comparables. Sin duda tan excepcional hallazgo, notable por su hechura, la calidad de la materia prima y del trabajo empleado en su elaboración, y totalmente distinto a las manufacturas locales, no pudo ser un objeto corriente. Más que una mera arma destinada a un fin utilitario debió de ser un objeto de lujo, expresión material de la riqueza y del relieve social de su poseedor, en un momento en el que está comenzando a desarrollarse en toda Europa la desigualdad social. Durante la Edad del Bronce, el uso de las cuevas de la ladera de La Garma como lugares sepulcrales se hace muy frecuente. Tanto en La Garma A como en La Garma B, El Truchiro y la cueva de Peredo se encuentran depósitos sepulcrales datados a fines del III milenio a.C. y a lo largo de la primera mitad del II. Se trata de enterramientos múltiples, desarticulados, en los que los cadáveres están acompañados de cerámicas lisas y de algunos objetos de sílex y, más raramente, de metal, como una interesante punta de cobre de La Garma B. Por lo general, los restos aparecen muy cerca de la superficie, lo que sugiere que, al igual que en muchos otros yacimientos de Cantabria y el País Vasco, los cadáveres se depositaban directamente en el suelo. En un momento indeterminado después del 1.500 a.C., se abandonan esas cavidades, la mayor parte de ellas de forma definitiva. Sin embargo, siglos más tarde, los grupos humanos vuelven a la zona, pero no a depositar sus muertos, sino a asentarse en ella de forma permanente. En la cima de la colina, a unos 180 m de altitud, en el lugar conocido como Alto de la Garma, se establece un poblado de la Edad del Hierro, un castro de unos 18.000 m2, con una línea de fortificación en torno a la cima del monte. Esta defensa tendría, según se ha observado hasta ahora, una base de piedra, sobre la que tal vez se alzara una empalizada de madera. Algunos indicios -como la existencia de una reconstrucción de las fortificaciones- hacen pensar en un empleo muy prolongado de este poblado, cuya cronología no se conoce todavía con precisión, pero que probablemente abarque varios siglos del tramo central del I milenio. Lo que parece indudable es que el castro del Alto de la Garma fue abandonado antes de la conquista del territorio cántabro por los romanos. De hecho, ni en el castro, ni en ningún lugar de La Garma y sus alrededores se han encontrado, por ahora, restos arqueológicos atribuibles a la época romana. Sin embargo, los cántabros prerromanos no fueron los últimos grupos del pasado en dejar su impronta en este monte. Hacia los siglos VIII o IX d.C., se documenta la presencia de personas en diversos lugares de la zona, como demuestra la aparición de vasija de cerámica de esa época en el vestíbulo de La Garma A o en la cercana covacha de Valladar. Sin embargo, algunos hombres se aventuraron mucho más adentro. En la Galería Intermedia y en la Inferior se han encontrado numerosos carbones procedentes de teas y hogueras que han podido ser datados por carbono 14 en este momento, señalando el rastro de aquellos remotos exploradores. Pero lo más notable es la presencia en la Galería Inferior de los esqueletos de cuatro varones jóvenes. En algún caso (dos que se han hallado junto a la propia sima de acceso a la Galería) cabe plantearse si podrían ser personas muertas en un accidente. Sin embargo, en los dos esqueletos más completos, depositados en una amplia sala con una indudable intención escenográfica, y rodeados de fragmentos de estalagmitas rotas, el carácter funerario parece fuera de toda duda. Las dataciones obtenidas hasta ahora sitúan estos restos en la época en que la comarca donde se localiza La Garma, Trasmiera, estaba integrada políticamente en el Reino de Asturias. Sin embargo, algunos de los objetos que acompañan a los cadáveres apuntan a una tradición cultural más antigua, de raigambre visigótica. Las actividades funerarias que parecen documentarse en La Garma difícilmente pueden relacionarse con la ortodoxia cristiana, en un momento en que en la región eran ya bastante frecuentes los cementerios junto a las iglesias. Resulta muy sugerente pensar en la posibilidad de que los indicios arqueológicos medievales de La Garma reflejen la pervivencia de ritos paganos en una región que, como la mayor parte del Norte peninsular, estaba cristianizada de forma aún muy superficial en aquellos siglos oscuros de los comienzos de la Reconquista.
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Una obra, la Trinidad angélica de Rublev, expresa fehacientemente la madurez que había alcanzado este arte en el siglo XV, el siglo de oro ruso de la pintura de iconos.Siguiendo el texto del "Génesis" y la tradición iconográfica bizantina, la Trinidad era representada bajo la forma de tres ángeles recibidos en la mesa de Abraham en Mambré. Aquí, sin embargo, el pintor ha prescindido de la figura del Patriarca y de su esposa, Sara, reduciendo, en consecuencia, el símbolo a sus elementos esenciales.Los tres ángeles, sosteniendo un largo cetro entre sus manos, están sentados alrededor de una mesa baja sobre la que se sitúa una copa. Su cabeza pensativa está aureolada por un nimbo de oro. Sus ojos tienen una expresión misteriosa y sus grandes alas plegadas, hacen pensar en pájaros posados un instante sobre la tierra esperando remontar el vuelo.Los tres mensajeros se parecen como hermanos porque simbolizan un Dios único bajo una triple encarnación. Da la impresión de que los místicos visitantes no son criaturas de carne y hueso, sino seres del más allá, espíritus puros.El paisaje mismo está en consonancia con este misterio. La encina verde de Mambré, con el tronco bajo y nudoso, y el propio peñasco sobre la que se asienta, se orientan en el sentido de los ángeles. La composición elegida tampoco es casual, pues de acuerdo con la iconografía cristiana, el círculo es el símbolo del cielo, de la serenidad, del deseo de unidad.El color, por último, contribuye a lograr una integración de los elementos puestos en juego, alcanzando una feliz armonía entre las manchas y los espacios intermedios, entre las figuras del plano anterior -más densas- y los objetos lejanos -más aéreos-, entre éstos y el fondo, dando como resultado una plena sensación de unidad.Este icono destaca por la sencillez monumental de la composición y el trazo majestuoso de las túnicas, pero sobre todo por su delicadeza espiritual. Se trata de una extraordinaria obra maestra, reflejo de un arte idealizado y místico. Nada más etéreo que esta visión, verdadera pintura del alma, que reconcilia al hombre con el mundo, con su destino; provoca no sólo respeto, reverencia, adoración, sino también entusiasmo, fascinación y amor, hasta casi superar el profundo significado teológico, y amortigua el temor reverencial de Dios. En definitiva, permite a los fieles enlazar lo visible inmediato con lo conceptuado como invisible.
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Durante su largo reinado (1252-84), e incluso en su época de infante, Alfonso X se ocupó de promover numerosas traducciones del árabe al castellano y luego al latín. Obras de autores griegos, como el "Tetrabiblos" de Ptolomeo, obras islámicas (el "Libro de los Juicios de las Estrellas" de Alí Ben Ragel o la "Escala de Mahoma"), llegando en sus traducciones a la cultura hindú ("Calila e Dimna" y el "Libro de los Juegos de Ajedrez, Dados y Tablas") aunque a través de intermediarios musulmanes, y el mundo hebreo (traducción de la Biblia). Un numeroso equipo de especialistas colaboró en las traducciones (hebreos, árabes, cristianos: castellanos, italianos, etcétera) y también, seguramente, en obras que señalan al Rey como autor, diferenciándose claramente de aquellas, aunque en ocasiones don Alfonso ejerciera más como coordinador y como promotor editorial que como autor en sentido estricto, al menos de la totalidad de lo escrito. La cultura promovida por el rey Sabio ha llegado a nosotros en códices muy notables por sus pinturas, por su música (Cantigas de Santa María), además de por sus valores literarios, tanto en poesía como en prosa. Pero a la hora de hacer un balance sobre la misma nos interesa ante todo acercarnos al marco de pensamiento en que se inserta. Toda la obra cultural alfonsí se puede inscribir en un contexto sapiencial y astrológico, aunque para ello hemos de comprender el lugar central que la astrología ocupaba en la ciencia medieval. La astrología alfonsí descansa en un concepto del universo teñido de neoplatonismo -cuyos orígenes se encuentran en la época helenística y es básicamente una renovación de la ciencia de la Antigüedad transmitida por los musulmanes- que considera al hombre como uno más, aunque superior, en la cadena de seres de la naturaleza (minerales, vegetales y animales) que reciben todas sus cualidades de los cielos y de sus astros (constelaciones y planetas). El macrocosmos tiene su reflejo en el microcosmos y existe una continua interrelación entre los diferentes seres. Una ley de simpatía universal rige todas estas relaciones y los influjos de los seres celestiales son definitivos para las criaturas terrenales. Poseer el máximo conocimiento de los astros permite al sabio modificar la influencia de los seres celestiales: es la magia a la que se hacen abiertas alusiones en diferentes obras alfonsíes. Al hombre, el elemento superior en la naturaleza, es a quien dedicó el Rey su obra. Y ello a pesar de estar inserto en un neoplatonismo cristianizado en el que Dios es el motor supremo que, a través de sus ángeles, imprime sus propiedades a constelaciones y planetas. Por eso la obra alfonsí se ocupa de la historia y el derecho ("General Estoria", "Estoria de España", "Siete Partidas"...), tiene caracteres psicológicos y medicinales (tipos de caracteres humanos según el momento de su nacimiento, propiedades medicinales y curativas de las piedras). Incluso la "Biblia", que fue traducida al romance por iniciativa del Rey, es interpretada en un sentido literal como una recopilación histórica que permite conocer el pasado de la humanidad, junto a otras fuentes históricas de la Antigüedad clásica, del Islam y también medievales cristianas. Al ocuparse de las ciencias de la naturaleza su obra permaneció totalmente ajena, según Muñoz Sendino, "a los problemas filosóficos-teológicos que por los años de su reinado llegaban al ápice más alto alcanzado en la Edad Media... por... talentos como el de Santo Tomás de Aquino". Por ello el rey Sabio fundó en Sevilla unas escuelas generales basadas en las ciencias de la naturaleza y su fracaso -tras una vida lánguida desaparecen en el siglo XIV- hay que verlo como resultado de un clero y de unos sucesores que prefirieron inspirarse en las ideas de la Universidad de París, centrada en la Metafísica y en la Teología. La cultura alfonsí es en gran parte laica -aunque no atea- y los poemas en gallego dedicados a la Virgen -Cantigas de Santa María- reflejan una religión profundamente humanizada, dirigida sobre todo a la sensibilidad e incluso a la sensualidad del lector y descuidando el dogma. Es la religión de los franciscanos, que va a impregnar el arte bajomedieval, frente a las preocupaciones dogmáticas de los dominicos, fundadores de la Inquisición en el siglo XIII. La cultura promovida por el rey Sabio, aunque no guarda relación con la parisina, figura en la vanguardia de su tiempo y su modernidad justifica su larga repercusión, hasta el siglo XVI, en ambiente cortesanos y no eclesiásticos. Don Alfonso fue en parte continuador de la tarea de Federico II Staufen, aunque como conocedor de la astrología llegó más lejos (remontándose con mayor seguridad hasta las fuentes griegas y orientales) por haber estado en contacto, tras la conquista de Andalucía (Sevilla en 1248 por su padre Fernando III), con lo más avanzado de la ciencia islámica. Su repercusión fue mayor, existiendo diversas copias de los siglos XIV y XVI tanto del "Libro de las Figuras de las Estrellas Fijas" (dentro de los "Libros del Saber de Astrología"), como del Lapidario y del "Picatrix" . Alfonso X fue acusado de haber creado una nueva religión -y la osadía y la novedad de la iconografía de las "Cantigas" parecen reflejarlo- y de haber gobernado con un absolutismo extremo, en contra de los intereses de la Iglesia. Será ésta la que, unida al descontento de nobles y ciudades, provoque la usurpación del trono regio por su hijo Sancho, que prácticamente destronó a su padre al frente de los conjurados. La obra alfonsí y su represión parecen reflejar una de las grandes luchas por el poder habidas en la Europa medieval. Era el enfrentamiento entre los güelfos (cultura eclesiástica, el poder procede de Dios quien lo transmite a los soberanos a través del Papado) y de los gibelinos (cultura laica, el poder procede de Dios, que lo transmite directamente al monarca). Se ha escrito sobre los antecedentes en la "Escala de Mahoma" de la concepción cosmológica de la "Divina Comedia" de Dante. Hoy está fuera de duda que la cultura italiana del Trecento y del Quattrocento quedó notablemente impactada por los textos e iconografía de los manuscritos alfonsíes. La cultura alfonsí está teñida de hermetismo y como tal, se escribió para pequeños círculos de sabios, y no para el pueblo llano. El pensamiento hermético se muestra en aspectos filosóficos, religiosos, morales y científicos. En las miniaturas del códice rico de las Cantigas (Escorial, 1.1. 1) vemos al pueblo llano como protagonista de numerosos milagros, pero con mucha frecuencia aparece representado el rey don Alfonso, rodeado de un círculo de cortesanos, y alejado del pueblo. Los sabios antiguos son mencionados en diferentes textos como transmisores de la verdad y de la ciencia, y las miniaturas que los representan son antecesoras de los retratos de sabios de algunas pinturas del Renacimiento. El propio don Alfonso aspiraba a ser un sabio, no un científico, sino en el sentido del francés sage, y no savant. Lo mismo que al difundir la ciencia emulaba a Salomón, el rey Sabio por excelencia del antiguo Testamento, al componer sus cantares a María se inspiraba en el mismo Salomón, autor del "Cantar de los Cantares", poema de amor que se intercala en el Antiguo Testamento y en el que los Padres de la Iglesia habían creído ver la imagen de los amores de Cristo y la Iglesia. La heterodoxia de las imágenes en que el rey Sabio se representa como rey trovador, en el códice rico de las "Cantigas" (Escorial, T.I.1.) se une al renacimiento de la astrología pagana en el Lapidario y a otros manuscritos astrológicos alfonsíes. Con el conocimiento de las formas e imágenes de las constelaciones y planetas, que se copiarán en numerosos manuscritos de los siglos XIII al XVI, y el de las piedras y minerales se podían fabricar talismanes mágicos efectuando entalles en las piedras, haciendo sortijas y acompañándose de recitaciones y conjuros (libro "Picatrix"). Pero también con el conocimiento de las constelaciones o figuras de las estrellas se podría construir un mapa del cielo, y siendo estas estrellas fijas en sus posiciones en el mismo (a diferencia de los planetas) servían como referencia en las navegaciones transoceánicas. De aquí la importancia de las "Tablas Alfonsinas", de las que se hicieron numerosas copias impresas -todas ellas carentes de imágenes- en la historia de la ciencia.
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El origen del pueblo azteca es un misterio para la investigación, pues se oculta en narraciones míticas y semilegendarias de dificil comprobación. La tradición remite a Aztlan, al noroeste de México, del que debieron salir otros grupos seminómadas que ocuparon también la cuenca de México. De este "Lugar de Cañas" los mexica, uno de los grupos principales del tronco azteca, salieron tutelados por su dios Huitzilopochtli. En su peregrinar pasaron por varios lugares como Coatepec y Ecatepec, hasta que llegados al valle de México iniciaron una etapa de guerras y competiciones por conseguir un territorio propio; de esta forma, consiguieron permanecer una larga temporada en Chapultepec. Más tarde se emparentaron mediante matrimonios con los señores de Culhuacan, de ahí su nombre de culhua-mexica. Pronto tuvieron que salir de Culhuacan e iniciar un nuevo camino hasta que encontraran un águila subida en un nopal devorando una serpiente según exigía el mito desde su salida de Aztlan, cosa que ocurrió en 1.325 en un pequeño islote del lago Texcoco, que por aquel entonces pertenecía a Azcapotzalco. Con el tiempo lograron emparentarse con la nobleza de esta ciudad hasta la época en que se independizaron e iniciaron la construcción de un gran imperio.
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Puede afirmarse con seguridad que del pueblo azteca sólo tenemos certeza histórica de los hechos de un siglo antes de la llegada de Cortés y sus hombres a las costas del golfo en donde hoy está situada Veracruz. Todo lo anterior se debate entre las nieblas del mito y las certezas objetivas de la arqueología. Parece como si los pueblos del Anahuac (el lugar donde hay agua = lagunas) se empeñaran voluntariamente en cruzar las pistas que ha de seguir el investigador para averiguar de dónde vinieron, por dónde entraron y cuándo sucedió todo esto. Mezclan su propia historia de tribu con la de los otros pueblos con ellos emparentados lingüísticamente. Ellos se llamaron a sí mismos nahua, porque hablaban el nahuatl, pero cuando narran su propia historia se dan varios nombres, siendo el principal el de mexica, como pueblo, o el de azteca "hombres de Aztlán", lugar o provincia a la que pertenecieron cuando eran parte del Imperio tolteca y como estirpe los tenochcas o seguidores del caudillo Tenoch. Pero también narran que en un tiempo fueron chichimecas o pueblos cazadores, lo que hace referencia a su etapa de emigrantes. También se dieron el nombre -pero por presunción de pertenecer a una estirpe ennoblecida- de culhúas, haciendo referencia, como se verá, a Culhuacán. De esta intrincada maraña de nombres, que hacen memoria de etapas de su peregrinar y establecimiento, no se podría salir sin la esclarecedora ayuda de la lingüística. Veamos cómo. Los lingüistas no son historiadores, sino que éstos sacan sus conclusiones de las informaciones que aquéllos les dan. Los lingüistas han establecido, después del estudio minucioso de todos los dialectos e idiomas desde México hacia el norte, que la lengua nahua tiene parentesco con indígenas muy septentrionales, estableciendo así la gran familia yute-azteca, integrada por gran número de lenguas. Los ute o payute estaban situados en la zona del gran Lago Salado, junto al desierto de Utah. Grupos emigrantes de esta zona se fueron desplazando hacia el suroeste, para emprender luego la ruta suroeste-sur-este, dejando grupos de dialectos emparentados. Emigración lenta, de siglos, en que van cazando o aprendiendo rudimentariamente prácticas agrícolas, pero sin perder las lenguas originales, más o menos diversificadas en dialectos. Hay, pues, un flujo, quizá desde el siglo VIII de la era cristiana, de pueblos que buscan zonas más benignas. En este estado emigratorio todos son chichimecas, cazadores y depredadores. La derivación general hacia el sur produce diversas oleadas, la más importante antes de los atzecas es la que después se denominará tolteca, no por su procedencia, sino porque fundan la ciudad de Tollan, desde la cual, levantando templos a su dios Quetzalcoatl ("serpiente emplumada" o "de plumas"), unifican todas las tierras, desde el actual norte de México hasta la zona central de las múltiples lagunas, o Anahuac). Pero estas primeras oleadas ya eran nahuas y el hecho de que se den diversos nombres a cada una de las tribus emigrantes no quita que todos fueran étnicamente hermanos y hablaran una misma lengua, o dialectos derivados de ella. Esto explica que las tradiciones emigratorias, que luego los aztecas atribuyen a ellos solos, sean en realidad comunes a todos los invasores o bárbaros del norte. El origen, pues, de los aztecas está íntimamente ligado con el de las emigraciones de pueblos nahua y vecinos desde las sequedades del desierto de Utah hasta la meseta y valle de México. El que los aztecas llegaran a ser un pueblo importante, una verdadera nación y un imperio, dificulta discriminar qué es lo que corresponde concretamente a ellos. Lo dificulta porque para servir -ante los propios miembros de la comunidad- a la gloria del Imperio, los sacerdotes, que impartirían sus enseñanzas en los calmecaque, o escuelas, y redactaban los libros pictográficos, incorporaron todas las tradiciones comunes exclusivamente a su aventura nacional. Pese a ello, los investigadores han podido ir reconstruyendo las líneas generales de su historia. Dos puntos esenciales tiene el relato de la emigración hasta su llegada al valle de México: Chicomoztoc y Aztlán. El primero como punto de partida y el segundo como lugar de donde toman el nombre de azteca (Az (tlan) tecatl = hombre de Aztlan, perdiendo el tlan al añadirle la terminación patronímica) y toman contacto con agricultores, aprendiendo a trabajar la tierra. Precisar cronológicamente todos estos datos creemos, sinceramente, que será casi imposible, pero no así establecer una muy probable interpretación. Bandas vagantes de cazadores van derivando desde los desiertos nórdicos hacia el suroeste, y llegan a la región de acantilados rocosos de Nuevo México y, a semejanza de otros pueblos pariente suyos, se instalan en cuevas viviendo una existencia troglodítica, que deja huella en su memoria tribal: siete u ocho grupos -tribus- con diversos nombres según las varias tradiciones (Acolhuas, Culhúas, Chalcas, Tepanecas, Tletepozcas, Talhuicas), que seguramente responden a sus patronímicos posteriores, se asientan allí, e inician nuevas aventuras hacia el sur-este. Estas siete cuevas son siete bocas, y de ahí la denominación de Chicome (siete) oztoc (bocas). Año probable de esta aparición de bandas cazadoras en esta región, el 1168, si hacemos caso a la cronología de las fuentes indígenas recogidas por los españoles. Pero les han precedido otros nahua (los toltecas), que habían absorbido toda la sabiduría agrícola de las poblaciones establecidas desde casi los comienzos de la era cristiana en la meseta de México -los teotihuacanos y otros pueblos- y organizado una dominación total sobre tribus y aldeas de muy diverso origen, incluidos los indígenas anteriores. Parece, según la opinión muy respetable de Paul Kirchhoff, que algunos de los nuevos invasores pudieron ser dominados por los toltecas y se asentaron en diversos lugares. Entre ellos, los que luego se llamarían azteca. Se colocaron, como pueblo belicoso, en el centro de una laguna, en un islote central. Este lugar fue Aztlán, de donde toman nombre, como se ha dicho. La idea de Krickeberg y otros de que Aztlán no existió nunca y que era proyección hacia el pasado de la situación insular de la insular México-Tenochtitlan en medio de la laguna de Texcoco, resulta falsa ante esta acertada hipótesis. Cuando Tollan, la capital del Imperio tolteca, cae ante el empuje de los nuevos chichimecas o tribus bárbaras del norte, los habitantes de Aztlán se suman a ellos y entran en el valle de México hacia 1215. Aquí comienza la historia de los mexicas en la tierra a la que iban a dar nombre.
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Las primeras fases de construcción de la mezquita son el principal y casi único título de gloria de la dinastía en la época del emirato, y que la cultura de aquella época se reducía prácticamente a las ciencias jurídico-religiosas, a una poesía poco original y a unos ensayos de crónicas y tradiciones, todo siempre bajo la dependencia de Oriente. En la época califal, en cambio, surgió una cultura más variada y dinámica en la que empezó a florecer una producción literaria, histórica y científica que se había liberado de las influencias orientales. Se desarrollaron también artes suntuosos -como el tejido, los marfiles y los bronces- y otros más corrientes como la cerámica. La imitación de Oriente no desapareció y se cita al respecto la obra de uno de los primeros y más conocidos hombres de letras andalusíes del siglo X, Ibn Abd Rabbihi. Nacido en el 860 y muerto en el 939, era el panegirista oficial de la dinastía marwaní. Fue el autor de uno de los tratados de adab más famosos titulado al Iqd alfarid (Collar único). Se le considera compilador de los grandes autores orientales, dotado de talento literario, que prestó poca atención a las realidades de su tiempo y de su país. Se lamentaba Levi-Provencal diciendo: "Qué mina documental hubiera sido su obra para la España marwaní si se hubiera preocupado por interesar un poco más a sus lectores". Con razón el célebre visir buyí de la segunda mitad del X, al-Sahib b. Abbad, después de haber encontrado el libro de Abd Rabbihi y haberlo leído buscando en vano información sobre España, exclamó: "No es más que nuestra mercancía que nos están devolviendo aquí". Este juicio, tal vez severo, no corresponde claramente a las normas de los contemporáneos que hicieron del Iqd uno de los principales instrumentos de cultura en el sistema educativo de los andalusíes, precisamente porque condensaba brillantemente toda la sabiduría oriental. Anwar G. Chejne dice con más indulgencia que "a pesar de su dependencia de los autores orientales en la forma y el contenido, Ibn Abd Rabbihi muestra gran inventiva en la disposición de la obra, escribiéndola como un todo continuo, lo cual consigue empezando cada libro con una introducción relacionada con el anterior. El Iqd tiene también la virtud de ser la obra de adab más completa, conteniendo algo de cada tema, y su escogida selección justifica que el autor la titule Collar único".
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Mientras en el Próximo Oriente y en el Egeo se desarrollan las culturas neolíticas, en ciertas zonas del Cáucaso, ricas en minerales metalíferos, se produce tempranamente la revolución metalúrgica. Si el Neolítico supuso una gran transformación económica, ésta se basó en la imitación de la Naturaleza mediante la reproducción del ciclo normal de los seres vivos, tanto vegetales (agricultura) como animales (ganadería). Sin embargo, la metalurgia es un producto puro de la invención humana, es un acto de transformación de la materia, desconocido hasta entonces y de enormes consecuencias de aceleración del proceso histórico. El dominio de esta técnica, muy especializada y constituida a base de experimentación (suma de éxitos y fracasos), transmitida oralmente dentro de castas de artesanos, tuvo una enorme repercusión en todos los ámbitos de la vida: aumento de la rentabilidad agrícola (debido a la mayor capacidad de tala de bosques y mayor profundidad en la roturación de los suelos con el arado provisto de un rejón metálico); mejora de las comunicaciones (con carros más ligeros, ruedas con ejes metálicos y radios; barcos realizados con tablas aserradas y unidas mediante clavos a una gran estructura y su consecuencia en navegaciones de largo alcance) o, como no podía ser menos, en las técnicas de la guerra, acelerando la carrera del armamento en un proceso que llega hasta nuestros días. El inicio de esta nueva técnica presupone el aprovechamiento de metales nativos, oro y cobre en un principio, ya en épocas neolíticas. La metalurgia, como proceso de transformación de menas metalíferas, transforma la economía neolítica y provoca la demanda de útiles fabricados en nuevos materiales, todo ello en fechas aún discutidas, pero en todo caso anteriores al VII milenio. En Çatal Hüyük (Anatolia), el cobre y el plomo aparecen en su estrato IX, fechado hacia 6350 a. C., si bien el período de los primeros metales, denominado Calcolítico, no se generaliza en Anatolia hasta mediados del VI milenio, después de unos niveles de destrucción en varios yacimientos, como por ejemplo Hacilar. Durante los dos milenios siguientes, la metalurgia se desarrolla y extiende hacia las zonas de los altos valles del Tigris y el Eúfrates, y hacia el oeste, a las costas de Siria y hasta Chipre, que pronto se revelará como una verdadera isla metálica por su riqueza en cobre, palabra que, en las lenguas romances, proviene precisamente del griego "kypros" o del latino"cyprium aes", nombres con que se conocía a esta isla y a su metal típico.
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Mientras en el Próximo Oriente y en el Egeo se desarrollan las culturas neolíticas, en ciertas zonas del Cáucaso, ricas en minerales metalíferos, se produce tempranamente la revolución metalúrgica. Si el Neolítico supuso una gran transformación económica, ésta se basó en la imitación de la Naturaleza mediante la reproducción del ciclo normal de los seres vivos, tanto vegetales (agricultura) como animales (ganadería). Sin embargo, la metalurgia es un producto puro de la invención humana, es un acto de transformación de la materia, desconocido hasta entonces y de enormes consecuencias de aceleración del proceso histórico. El dominio de esta técnica, muy especializada y constituida a partir de experimentación (suma de éxitos y fracasos), transmitida oralmente dentro de castas de artesanos, tuvo una enorme repercusión en todos los ámbitos de la vida: aumento de la rentabilidad agrícola (debido a la mayor capacidad de tala de bosques y mayor profundidad en la roturación de los suelos con el arado provisto de un rejón metálico); mejora de las comunicaciones (con carros más ligeros, ruedas con ejes metálicos y radios; barcos realizados con tablas aserradas y unidas mediante clavos a una gran estructura y su consecuencia en navegaciones de largo alcance) o, como no podía ser menos, en las técnicas de la guerra, acelerando la carrera del armamento en un proceso que llega hasta nuestros días. El inicio de esta nueva técnica presupone el aprovechamiento de metales nativos, oro y cobre en un principio, ya en épocas neolíticas. La metalurgia, como proceso de transformación de menas metalíferas, transforma la economía neolítica y provoca la demanda de útiles fabricados en nuevos materiales, todo ello en fechas aún discutidas, pero en todo caso anteriores al VII milenio. En Çatal Hüyük (Anatolia), el cobre y el plomo aparecen en su estrato IX, fechado hacia 6350 a.C., si bien el período de los primeros metales, denominado Calcolítico, no se generaliza en Anatolia hasta mediados del VI milenio, después de unos niveles de destrucción en varios yacimientos, como por ejemplo Hacilar. Durante los dos milenios siguientes, la metalurgia se desarrolla y extiende hacia las zonas de los altos valles del Tigris y el Éufrates, y hacia el oeste, a las costas de Siria y hasta Chipre, que pronto se revelará como una verdadera isla metálica por su riqueza en cobre, palabra que, en las lenguas romances, proviene precisamente del griego "kypros" o del latino "cyprium aes", nombres con que se conocía a esta isla y a su metal típico. A la vez que a Chipre, la llegada de la metalurgia a la zona costera del Egeo se produce entre 3500 y 3200 a.C., fecha en que se funda la ciudad de Troya, situada en el extremo occidental de Anatolia, en una posición inmejorable para controlar las vías de comunicación entre Asia y Europa, o entre los mares Egeo y el Ponto, a través del estrecho de los Dardanelos. La excelencia de su situación queda demostrada por los grandes niveles, correspondientes a otras tantas ciudades que se edificaron y reconstruyeron, una sobre otra, durante unos 3.000 años. En la etapa calcolítica, como en los dos períodos siguientes, Troya no puede ser considerada como una ciudad, pues apenas pasaba de los 80 a 100 metros de diámetro. Más bien constituía una fortaleza, al modo de sus contemporáneas en Grecia, Dímini y otras estaciones. La duración de Troya I fue larga, hasta 2800-2600, fecha en que da paso a Troya II y a la Edad del Bronce, en una transición paulatina y sin sobresaltos, como resultado de su evolución interna. A lo largo del III milenio, como permiten deducir los materiales arqueológicos exhumados por Schliemann y sus sucesores, Troya se colocó a la cabeza de todas las poblaciones del Egeo, actuando como intermediaria entre las culturas metalúrgicas de Anatolia y las aldeas de Grecia continental y las Cícladas. Entre 2400 y 2300, una violenta destrucción acabó con Troya II, debida probablemente a la llegada de nuevos pobladores. El inicio de la edad de los metales en el Egeo, con esta primera etapa del Calcolítico, produjo una importante regionalización en tres grandes áreas: las islas, encabezadas por las centrales Cícladas, Creta, como un territorio que rápidamente desarrollará una fuerte civilización, y la Grecia continental, algo más atrasada respecto a las zonas anteriores. Así comienzan los períodos, contemporáneos unos de otros, denominados respectivamente Cicládico, Minoico y Heládico; las subdivisiones cronológicas de los mismos coinciden grosso modo, décadas arriba o abajo.
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En el valle de Oaxaca se produce un fenómeno muy similar al sucedido en otros sitios de Mesoamérica durante el Clásico, que está definido por la complejidad cultural generalizada, el aumento de los centros urbanos y la nucleación de la población en torno a las grandes ciudades, ante las expectativas económicas y de promoción social que ofrecen densidades urbanas. Monte Albán es el asentamiento que cataliza estos fenómenos en el valle de Oaxaca, concentrando alrededor de 17.000 individuos a inicios del Clásico y llegando a los 24.000 habitantes en el Clásico Tardío.Para organizar esta afluencia de emigrantes, los dirigentes de la ciudad hubieron de disponer de un sistema de terrazas que literalmente cubrieron toda la pequeña colina en la que se instala el centro ceremonial y otras elevaciones circundantes; en estas terrazas se situaban chozas de forma rectangular organizadas en torno a patios, rasgo que subsiste aún en la actualidad en diversas áreas mesoamericanas de alto porcentaje indígena. En ellas vivieron los campesinos y artesanos que abastecieron de alimentos y productos artesanales a la ciudad.Ante las expectativas de riqueza y desarrollo, la capital zapoteca alcanzó los seis kilómetros cuadrados de extensión, ocupados por edificios públicos y residenciales, en especial en el este y el sur de la Plaza Principal.