Coincidiendo con la primera Guerra Carlista, ingresa en el ejército. Su primer destino fue Cuba y luego intervino en la guerra de Marruecos como secretario de campaña de Leopoldo O'Donnell. A lo largo de estos años estuvo en diversos frentes, al tiempo que fue ascendido en el escalafón militar. Fue subsecretario del Ministerio de Guerra, pero tras ser destituido del poder cambió de bando y se sumó a la revolución de 1868 que provocó la caída de Isabel II. En los años sucesivos continuó ascendiendo, hasta que en 1872 Emilio Castelar le nombró Capitán general de Cuba. Cuando volvió a España en 1874 fue elegido general en jefe del Ejército del Centro y participó en los planes del pronunciamiento dirigido por Arsenio Martínez Campos, con el que pretendía reestablecer a los Borbones en la monarquía. Con Antonio Cánovas del Castillo encabezó el Ministerio de Guerra y en 1875 ocupó la presidencia desde septiembre hasta diciembre. Más tarde, volvió a ejercer en esta misma cartera y en 1876 sería, de nuevo, nombrado capitán general de Cuba. En la década de los ochenta se trasladó a Filipinas, donde permaneció hasta 1885 en calidad de capitán general. Cuando volvió a España, regresó al Ministerio de Guerra en tiempos de la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena y con Práxedes Mateo Sagasta en el poder.
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Durero realizó múltiples retratos en todas las técnicas. Los realizados al óleo tienen todos un formato diminuto, como en este caso, que apenas pasa de los 30 centímetros de alto, lo mismo que las más grandes de sus xilografías. Esto los convierte en pequeños objetos de lujo, apreciados como joyas por sus poseedores. A veces se empleaban como instrumentos para una boda, enviándose los retratos mutuamente los futuros contrayentes.Este joven es un desconocido para nosotros. Durero ha empleado los recursos de la técnica veneciana que había aprendido en sus dos viajes a Italia. A ello añade su maestría en la plasmación de los materiales, como en el caso del cabello, pintado con tal finura que los italianos creían que usaba pinceles de un solo pelo.
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Dentro de los retratos que Alberto Durero realizó en su segunda etapa de madurez, al regreso de Venecia en 1506, este es uno de los menos inexpresivos. Al igual que ocurría en el caso de la Joven Dama, la gama elegida por el autor está reducida a dos colores: el negro y un profundo verde esmeralda. Pero en esta ocasión, Durero ha introducido unos llamativos toques de blanco que contribuyen a destacar el rostro del modelo, en el cuello de la camisa y los ojos. El mismo blanco lo ha usado para plasmar en una elegante caligrafía gótica su nombre, la fecha de realización y su monograma.