Interior de una prisión es - junto a Corral de locos - una de las escenas más dramáticas entre las pintadas por Goya durante la convalecencia de su enfermedad en 1792. Posiblemente visitó en alguna ocasión una institución penitenciaria, mostrándonos el pésimo estado en el que se encontraban los reclusos, dentro de la ideología ilustrada de humanizar la Justicia. Bajo un amplio arco se sitúan los presos atados con cadenas y grilletes; tumbados, sentados o de pie esperan el paso del tiempo y la finalización de su reclusión. Una fuerte luz blanca domina el fondo de la composición, contrastando con las tinieblas de primer plano. La pintura ha sido aplicada con toques quebrados, interesándose por las sensaciones y los ambientes más que por detalles o expresiones.
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Las iluminaciones nocturnas también serán del agrado de los impresionistas. Degas tendrá una especial atracción hacia las luces de gas al igual que su continuador, Toulouse-Lautrec. Monet no renuncia a este tipo de luz artificial y experimenta en alguna ocasión como en este interior, realizado durante su estancia en la costa normanda junto a su familia. Fruto de esta estancia serán escenas de carácter intimista como El almuerzo en las que se pone de manifiesto la vida burguesa. El centro de la composición es la lámpara que permite contemplar la mesa donde se deposita el servicio de café, apreciándose los reflejos en la madera. De espaldas está Camille mientras que frente a ella y cosiendo se encuentra una doncella. El pintor contempla la escena apoyado en la chimenea que está encendida y se convierte en un segundo foco de luz. El resto de la estancia queda en penumbra. Las tonalidades oscuras están en sintonía con el momento nocturno, creando cierto contraste con la pantalla, las tazas o la tela que borda la mujer. La escena recuerda obras de Manet realizadas en esta época, sin renunciar al realismo de la vida cotidiana que manifestaba también Courbet en sus trabajos. De esta manera renuncia a experiencias lumínicas o cromáticas vinculadas con el Impresionismo aunque pronto retomará estas prácticas -véase La urraca-.
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El pintor catalán había pasado por el fauvismo y el cubismo, y que fue a París en 1920. Allí conoció a André Masson, vecino suyo en el taller de la rue Blomet, y con él entró en el círculo de los poetas que pronto serían surrealistas: Leiris, Desnos, Artaud...; un círculo que le interesaba mucho más que el de los pintores. Presente en la primera exposición surrealista, había hecho otra unos meses antes en la galería Pierre, presentada por Péret, que fue un acontecimiento. Miró es el primero que pone imágenes al surrealismo, el primero en encontrar un vocabulario surrealista, pero absolutamente personal: "Cuando me coloco delante de un lienzo no sé nunca lo que voy a hacer; y yo soy el primer sorprendido de ver lo que sale".
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Si en sus inicios el arte del flamenco Brouwer conformó su estilo e inspiró sus temas, renovándose después al contacto con el claroscuro de Rembrandt, sus moralistas escenas populares, no exentas de acentos satíricos, acabaron depurando tanto su contenido y refinando tanto su técnica, que se aproximaron, es el caso, al pintoresquismo de Steen y Metsu. El efecto caricaturesco de sus regocijos moralizantes se atenuó y perdió vitalidad su fresco humor, hasta anularse, su truculencia. Sin duda, los éxitos financieros, la tendencia a la ostentación de su rica clientela y su matrimonio con una mujer de clase superior, influyeron.