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Nos encontramos ante otra de las escenas en la que Van Gogh recoge la influencia del Puntillismo, alejándose del contenido estrictamente científico de este estilo para tomar la pincelada a base de pequeños puntos obtenidos con ligeros toques de pincel. La luminosidad de la estancia y la alegría del colorido hacen de esta imagen una de las más atractivas del artista en el año 1887, interesándose por las luces de interior como hará más tarde en su estancia en Arles. La rapidez con que trabaja Vincent no le permite detenerse con atención en los detalles, aunque las líneas de las sillas y las mesas estén más definidas, organizando un entramado lineal con el que organiza la composición. Una obra similar a ésta se vendió en el mes de mayo de 1996 por 1.287 millones de pesetas.
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A diferencia del Restaurante Carrel en Arles donde la escena transcurre por la noche, en esta ocasión nos encontramos en el mismo lugar pero en un momento distinto del día, cuando la luz natural ilumina la estancia, obteniendo una mayor frialdad que con las luces nocturnas. La escena es igual pero la alegría cromática y lumínica de su compañera la hacen más atractiva. Al mostrar la variación de un mismo lugar en diferentes momentos, Van Gogh se acerca a Monet y Pissarro interesados en ofrecer las variaciones de un elemento dependiendo de la iluminación empleada.
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Verdadera sinfonía monocromática, compuesta de ocres, blancos y grises, la panorámica de San Odulfo muestra con claridad el carácter casi abstracto de la obra de P. J. Saenredam, compuesta sobre cálculos proporcionales y perspectivos a los que aplicaba su visión del natural. Su rigurosa y matemática arquitectura y su límpida atmósfera espacial son fruto de su proceso diseñador previo, posterior reflexión y precisión ejecutiva final. Y, sin embargo, todos sus cuadros respiran una mágica poesía, nacida del esencialismo geométrico y lumínico de su técnica pictórica.