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acepcion
Forma de matrimonio en la que dos varones se casan cada uno con la hermana o hermanas del otro.
contexto
A pesar de la dificultad en el estudio del intercambio, sobre todo en lo que se refiere a sus aspectos sociológicos, se considera que los intercambios se incrementan como fruto de la gradual consolidación de las nuevas prácticas agrícola-ganaderas y sobre todo por las variaciones sociales que conllevan las nuevas formas de producción, con la progresiva especialización del trabajo. Los avances en la investigación de este campo se deben a la incorporación del análisis de materias primas, a partir de la observación de la composición y distribución espacial de los productos y de la determinación de las áreas de captación y zonas de intercambio. En general, se admite un intercambio de tipo simple basado en el principio de reciprocidad generalizada, aunque para finales del periodo se han sugerido formas más complejas con un principio de redistribución o de reciprocidad restringida que se desarrollará, junto con el proceso de jerarquización, sobre todo en los periodos posteriores. Entre los materiales de los cuales se documenta una circulación, algunos de ellos continuando con las tradiciones de los últimos cazadores-recolectores, destaca la obsidiana. Esta roca de origen volcánico se distribuye como materia prima en forma de láminas o de núcleos pretallados desde los asentamientos primarios de Anatolia, en Oriente, hacia el área de Levante o la zona mesopotámica o, en el caso de Europa, desde las islas del Mediterráneo oriental o central (Melos, Lípari, Cerdeña) a toda la vertiente mediterránea o incluso hacia Europa central. La circulación de la cerámica es problemática debido a una escasez de análisis y, por otra parte, al no poder incidir si su circulación se da como propio objeto o como soporte de otro producto. Las primeras producciones orientales y, en general, una gran parte de las producciones de la mayor parte de los asentamientos, son fabricaciones locales de poca movilidad. No obstante, algunas producciones de mayor calidad tendrán una difusión amplia como se pone de manifiesto en las cerámicas orientales de tipo Halaf. Recientemente se ha propuesto la posibilidad de que las primeras cerámicas del Mediterráneo occidental -producciones cardiales- tengan una circulación como bienes de prestigio. Esta hipótesis necesita, no obstante, un análisis más detallado para su comprobación. A inicios del Neolítico la circulación de materiales e incluso productos parece limitada, si bien posteriormente los intercambios son más voluminosos y atestiguan la existencia de verdaderas redes de intercambios que cubren distancias considerables. Entre los materiales de mayor circulación se halla un conjunto de objetos que constituyen bienes de prestigio y cuya distribución puede llegar a varios cientos de kilómetros. Podríamos citar los colgantes y perlas fabricados en concha, como las típicas conchas spondyle, originarias del mar Negro y que, apreciadas por las poblaciones agrícolas de la cuenca del Danubio, se hallan desde su lugar de origen hasta el Rin; las hachas de jadeíta de los Alpes; las perlas en ámbar balcánico o las perlas de variscita de la citada explotación de Can Tintorer. La distribución de útiles parece más reducida, siendo las hachas uno de los dos objetos de mayor circulación, aunque en distancias que parecen menores. Las modalidades de transporte y de distribución son menos perceptibles en el análisis arqueológico, aunque se han podido establecer las vías fluviales y el mar como ejes de circulación privilegiados. La expansión de las nuevas formas socioeconómicas a través de los valles fluviales del centro de Europa y la circulación de la obsidiana, e incluso la pesca en alta mar, desde la época mesolítica, en las regiones del Mediterráneo oriental, atestiguan una navegación que, por otra parte, permitirá la primera ocupación humana en una gran parte de las islas del Mediterráneo (Chipre, Malta, Creta, Córcega, Cerdeña, Baleares).
contexto
A la hora de plantear la importancia de las innovaciones tecnológicas, vimos que la existencia del intercambio o comercio era una de las condiciones de infraestructura que hacía posible la existencia de la metalurgia. Hay que destacar que, al igual que ocurría con las técnicas de extracción, la existencia del intercambio era muy antigua, incluso la establecida con el producto de esas extracciones, es decir, rocas silíceas o cristalinas como la obsidiana. Se han hecho estudios acerca de la distribución de estos productos, hachas sobre todo, que se fabricaron con el sílex obtenido en las minas de Krzemionki (Polonia) o el sílex procedente del Grand Presigny, habiéndose detectado a más de 200 kilómetros del origen de la materia prima, en los hábitats lacustres del Jura y del Dauphiné o suizos, en el caso del sílex francés. Ejemplos claros de intercambios a grandes distancias son fáciles de reconocer por el empleo de materias primas que no pueden obtenerse nada más que en lugares determinados, tal es el caso de los adornos realizados sobre concha del Spondylus gaederopus, de cuyo intercambio hay ejemplos en Bulgaria, Rumanía y Yugoslavia. Renfrew señala cómo su origen se había fijado en el mar Negro, pero los estudios isotópicos posteriores han evidenciado un origen Mediterráneo, llegando a sugerir que Sitagroi, asentamiento del norte de Grecia, podría ser uno de los puntos de distribución de anillos y pulseras hechos con esta concha, al haberse encontrado un buen lote de ellas en este lugar. Evidencias de intercambios a mayor o menor escala se encuentran a lo largo de toda la Prehistoria Reciente, aunque no siempre resulta fácil determinar los puntos de origen y la dispersión de las materias primas y las manufacturas, dependiendo del tipo de esas materias y del grado de conocimiento sobre su caracterización y lugares de aparición. Por tanto, suele hablarse de comercio como una asunción apriorística sin que se realicen los estudios pertinentes y se planteen programas de investigación que tiendan a cubrir otros aspectos. Una vez más el recurso a la teoría difusionista, único mecanismo responsable de los cambios tipológicos, tecnológicos y, por tanto, culturales, ha enmascarado la necesidad de este tipo de estudios y de un planteamiento contextualizado del intercambio y su papel en las sociedades que lo practican. En ese sentido, estudios realizados para determinadas áreas, como el de Harrison y Gilman para el sur de la Península Ibérica, revelan que en el tercer milenio existe un intercambio entre el norte de Africa y la zona del sudeste o territorio del grupo de Los Millares, que llevan hasta la necrópolis del asentamiento almeriense materias primas exóticas como marfil y cáscara de huevo de avestruz, mientras que en el norte de Africa encontramos cerámicas campaniformes o útiles de cobre, fruto de un intercambio considerado por los autores de este trabajo como desigual. Otros casos de objetos y materias primas obtenidas por intercambio lo podemos encontrar en la Creta prepalacial, donde se han encontrado objetos de marfil o copas de piedra de procedencia egipcia, lo que, junto al conocimiento y práctica de la metalurgia, demuestran contactos con Oriente anteriores a la etapa Minoica Palacial. Mesopotamia, desde el sexto milenio, ha de importar la mayor parte de las materias primas para sus útiles y herramientas de producción: sílex, piedras duras o cobre nativo, dependiendo de circuitos de intercambio regulares y estables. Con el desarrollo de la civilización urbana estos circuitos llegan a ser fundamentales, de tal forma que se establecen puertos de llegada y distribución del cobre iraní, maderas nobles y piedras preciosas de Siria y los Zagros o del Golfo Pérsico, llegándose en el tercer milenio a detectar productos mesopotámicos, en contrapartida, desde la península de Omán a la frontera irano-afgana o desde el norte de Siria a Egipto. Como se desprende de lo dicho, existen redes de intercambio desde el tercer milenio que abarcan a zonas muy diferentes, pero, por las propias limitaciones del registro arqueológico, sólo los productos o materias primas intercambiados que dejan huella en el registro disponible permiten esa valoración, sin que puedan evaluarse otros tipos de productos intercambiados. Se puede valorar que esas redes de intercambio afectan a amplias regiones de la Europa templada o mediterránea y amplias zonas del Oriente Próximo, pero esos intercambios se realizan en contextos sociales muy diferentes. En Europa los productos intercambiados se cifran en materias primas líticas: sílex, obsidiana y piedras duras; metales: cobre y oro, y adornos: marfil, ámbar, cáscara de huevo de avestruz, conchas, etc., siempre objetos manufacturados y de dudosa utilidad como herramientas implicadas en los procesos de producción de bienes subsistenciales. Pero hay que plantearse que otro tipo de productos pudieran acompañar a éstos: tejidos, ciertas bebidas, líquidos, etc. Esta situación plantea una doble opción, por un lado, la posibilidad de que el registro refleje el nivel real de intercambio, con una representación ajustada de bienes intercambiados, lo que avalaría a los que ven en este intercambio una manera de reflejar el comercio destinado a ser el indicador del prestigio de unas élites locales, que necesitan expresar su posición social mediante la exhibición de los símbolos de ese estatus. Ello podría estar sustentado en la amortización de esos objetos en las sepulturas de los individuos o grupos que detentan esa posición de privilegio. Por otro lado, se plantea que la evidencia de un intercambio de este tipo de productos sea sólo lo que nos ha quedado en el registro arqueológico de un comercio mucho más amplio, que implique bienes relacionados con la subsistencia y la reproducción social, como alimentos o mujeres. Este tipo de intercambio estaría conectado con una red local, entre comunidades de poca amplitud demográfica, destinada a amortiguar los riesgos inherentes a una economía agropecuaria expuesta a malas cosechas o ciclos cambiantes, y a la necesidad de matrimonios exogámicos que conllevan la aportación de dotes de productos no subsistenciales que aseguran la reciprocidad de los intercambios y las alianzas. Ello permitiría que la circulación de productos entre comunidades vecinas pudieran alcanzar, en movimientos cortos pero a lo largo de un dilatado tiempo, largas distancias, como las comentadas en la distribución de hachas o largas hojas de sílex o las hachas perforadas, llamadas de combate, ampliamente documentadas en el norte y centro de Europa. Esto ha sido propuesto para zonas como el sudeste de la Península Ibérica o la Grecia continental, donde la existencia de unas supuestas condiciones extremas medioambientales o topográficas hacía inevitable estas redes de intercambio como seguro ante los riesgos de una economía poco diversificada. Esta interpretación quedaría mermada para aquellas áreas donde las condiciones medioambientales, topográficas o la disponibilidad de tierras no fueran un elemento de riesgo para la práctica de una economía agropecuaria y que, sin embargo, poseen evidencias de intercambios similares. Las propuestas de explicación tendrán una mayor relación con la estructura y relaciones de los grupos humanos implicados, según tendremos ocasión de analizar. Durante el segundo milenio, la extensión del uso del bronce obligaba, en el abastecimiento del cobre y metales aleados y en especial el estaño, a garantizar la seguridad y continuidad de rutas de aprovisionamiento. La existencia de esas rutas se ha visto reforzada por la aparición de otros objetos fabricados en materias primas de acceso especialmente restringido: marfil, oro, ámbar o la fabricación de objetos mediante técnicas muy específicas: fayenza o loza (mayólica), pero la verdadera razón de la existencia del intercambio se ha buscado en la necesidad de establecer rutas que justifiquen la presencia de objetos y materias primas en contextos diferentes a sus áreas-fuente o talleres. La asunción de la existencia de rutas ha permitido probar la realidad del comercio considerado como el motor fundamental, que explica, por ejemplo, la pretendida influencia del Egeo durante el segundo milenio en toda la Europa bárbara y, en consecuencia, el desarrollo de las complejidades sociales, visibles en las ricas tumbas individuales bajo túmulo que caracterizan a Europa central y atlántica. El modelo de un desarrollo social sustentado en el intercambio de productos, fruto de la especialización artesanal, tiene distintas versiones: una, unida al mecanismo difusionista de la extensión de los avances tecnológicos, defendida por Childe, frente a los modelos invasionistas que pretendían hacer llegar toda innovación tecnológica o tipológica a través de movimientos de pueblos o de élites militares que se superponen a sociedades más atrasadas. Otro modelo de carácter funcional sostenido, entre otros, por Renfrew, otorga al comercio el papel de satisfacer necesidades sociales no económicas, postura retomada por la escuela de Cambridge en su vertiente de la arqueología simbólica y estructural, según Martínez Navarrete. Otras posturas consideran el comercio como un mecanismo de amortiguación de los riesgos que emplean las sociedades agrarias, en una versión adaptativa del intercambio ante la diversidad ecológica, adoptada por Sherratt y Mathers. Este modelo explicativo ha sido empleado por Halstead y O'Shea para la sociedad cretense del periodo palacial. Ese intercambio afecta tanto a productos alimenticios, producidos excedentariamente, como a los no alimenticios y duraderos, almacenados y manipulados por las elites dirigentes. Una última postura da un valor político al intercambio, de forma que, junto a la especialización artesanal, son los mecanismos que emplean las elites para fomentar y mantener desigualdades sociales y desarrollar sistemas de control intra y extracomunal, en términos de Gilman. Así pues, el valor otorgado al intercambio adquiere una gran importancia para explicar los procesos sociales del segundo milenio. Pero la misma existencia del intercambio no debe ser asumida de forma apriorística, debiendo ser demostrada de forma clara, desde la perspectiva de cada área y de las sociedades que lo promueven o utilizan, como sostiene Martínez Navarrete. Las pruebas del intercambio del segundo milenio se han basado en la comprobación de la movilidad de productos metálicos, ámbar y fayenza, aunque debieron entrar en juego otros productos: comestibles, esclavos, mujeres, tejidos, sal, etc. Una vez asumida la realidad del comercio, a veces sin constatación, los estudios en Europa se han centrado en establecer cuáles son las rutas que llevaron el estaño de Cornualles al Egeo, el ámbar báltico a casi toda Europa central, Egeo y Europa atlántica o la fayenza egipcia al Egeo y al resto de Europa. Para el estaño de Cornualles se han propuesto dos rutas: una fluvial-marítima, desde Bretaña-Cornualles a las bocas del Loira o Garona, y remontándolos, conectar con el Mediterráneo a través del Sena-Ródano; otra ruta terrestre: subiendo el Rin hacia un puerto del Adriático o por el Danubio medio hasta Europa central. Estas rutas están definidas por los hallazgos de fayenza para las fluviales-marítimas y de ámbar para las terrestres. En la actualidad, el progreso de las fechaciones radiocarbónicas y el recurso a otras teorías explicativas sobre los cambios culturales han modificado el marco de referencia del sentido de los intercambios, pasándose a analizar los supuestos productos intercambiados por separado y las circunstancias de las sociedades implicadas en las redes. El cambio más significativo afecta al papel jugado por el Egeo en redes supuestamente paneuropeas, de forma que hoy se considera que el desarrollo de la sociedad minoica y micénica está mucho menos relacionado con sus conexiones externas que con sus condiciones internas, por tanto el comercio no juega un papel tan destacado, ni sus huellas en las relaciones de intercambio europeas son tan importantes. En el propio contexto arqueológico minoico no se aprecian las influencias de una red tan extensa y lejana de intercambios. Aunque en este periodo son frecuentes los productos y materias primas que podrían haber llegado por vía comercial, ahora la dirección primada en las relaciones suprarregionales indica un componente oriental muy determinado, entre las propias islas orientales mediterráneas y la península Anatólica. Metales (oro, cobre, plata, plomo), marfil, fayenza y piedras (obsidiana, lapislázuli, etc.) están relacionadas con Egipto, Mesopotamia, Anatolia, Chipre e islas egeas. Sin embargo, el estaño y el ámbar plantean otros problemas diferentes, dadas las posibilidades de origen. Para el estaño, la situación es aún confusa y se sigue buscando su origen hacia Occidente, con más posibilidades para la fachada atlántica, aunque no existen pruebas irrefutables de ese intercambio, incluso en la posterior época micénica. Las conexiones occidentales, bien probadas por la presencia de cerámicas, vidrios, objetos metálicos o marfil en Sicilia, islas Eolias y la península italiana, no tienen relación con la explotación del estaño italiano, ya que la propia metalurgia itálica no produce el bronce hasta el primer milenio, por lo que se relaciona más este intercambio con la obsidiana y una posible conexión con el ámbar báltico, sugerida pero no probada. El ámbar tendría una mejor conexión por vía continental, dado su origen comprobado en el Báltico, y las relaciones establecidas con Europa central, Alemania y sur de Escandinavia que hacen llegar a sus élites o aristocracias guerreras espadas, carros, navajas, etc., de origen egeo, según recoge Kristiansen. Esta situación se prolonga a lo largo de la etapa micénica, aunque se ha venido considerando que es durante ésta cuando Grecia influye con mayor fuerza en el desarrollo de casi todas las sociedades europeas; sin embargo, los productos y materias primas foráneos son más escasos, dando la sensación de que el Mediterráneo oriental y las ciudades-estado egeas están más volcadas en sus propias relaciones y en otras de menor alcance, circunscritas a las orillas del Mediterráneo central y oriental, aunque lleguen algunos productos más lejanos. Las relaciones con el Mediterráneo occidental, Península Ibérica, islas Baleares y sur de Francia están por probar, a pesar de la discutida presencia de algunos fragmentos cerámicos micénicos en contextos del sur de la Península, lo que, por su lado, no alteraría esta situación dada su escasez y la poca huella micénica de otro tipo en los grupos peninsulares contemporáneos. Ante esta nueva situación sobre el papel minoico-micénico en el desarrollo de intercambios europeos, cabría plantearse que son varios círculos los que se desarrollan, en forma de redes de menor alcance y más independientes unos de otros. El círculo atlántico, con distribución de metales, loza o mayó1ica de posible invención escocesa, como sugiere Renfrew, joyería de oro y ámbar, obtenido por conexiones noreuropeas, afecta a las islas Británicas, Bretaña francesa, Países Bajos, costas atlánticas francesa, española y portuguesa, y será el precedente del intenso contacto comercial de finales del segundo milenio y comienzos del primero, que se ha definido como Bronce Final Atlántico. Europa central, a través de los grupos de Unetice y Túmulos, se relaciona con los grupos de Europa septentrional y con el Egeo, como hemos visto, y con Europa occidental, quedando al margen la mayor parte de la Península Ibérica -incluido el sureste, asiento de El Argar- el sur de Francia y el norte de Italia, así como las islas mediterráneas más occidentales.
contexto
Para concluir este panorama del esmalte románico en España y en la perspectiva de intercambios artísticos e influencias mutuas, hay que situar dos magníficas Tapas de EvangeLario. Tradicionalmente se supone que formaron pareja, aunque hoy se encuentren en distintos museos; una en el Instituto Valencia de Don Juan, de Madrid, y la otra, en el Museo de Cluny, de París. Ambas son de las mismas dimensiones, de cobre cincelado y dorado. El esmalte se aplica mediante el procedimiento del excavado, parcialmente alveolado. La primera presenta como tema una Crucifixión Cósmica. La cruz, de extremos ensanchados y crucero circular, está recorrida por un follaje florido en tallos contrapuestos y fragmenta simétricamente la composición. Es el Árbol de la Vida al que está clavado el cuerpo de Cristo. En la parte superior destaca el anagrama IHS:NAZAR,/ENVS:REX:IVDEOR (rum). La figura de Cristo está trabajada como un vaciado escultórico. Cincelada y esmaltada se aplica sobre la plancha de base. Con cuatro clavos, apoya los pies en un subpedaneo a modo de ménsula. Su cuerpo, de gran rigidez, se cubre con un perizonium, sujeto por un broche. La cabeza, ligeramente inclinada hacia la derecha, resalta sobre un nimbo crucífero en intensos azul y rojo. En la parte inferior, a ambos lados se sitúan la Virgen y San Juan. Apoyan sus rostros en la mano en señal de aflicción. Sus cabezas, aplicadas, destacan sobre un nimbo verde con puntos en azul oscuro, en el caso de la Virgen, y azul verdoso puntuado en blanco, para San Juan. En ambos es notoria la superposición de vestidos. En la parte superior, encerrados en sendos medallones laureados, surgen, de medio cuerpo, las personificaciones del sol y la luna. Elevan sus brazos velados como si de alas se tratase. Sus cabezas, aplicadas, destacan sobre sus nimbos coronados por la esfera radiante y el creciente lunar. En el reverso de la placa un ensayo de buril dibuja dos letras A unidas a una especie de cadenilla, sobre cuya forma volveremos más adelante. Las figuras, de canon alargado y rostros ovales, destacan su colorido sobre un fondo en reserva liso. La superposición en la vestimenta, la decoración de puntos a modo de besantes, algunos colores como el verde intenso o la característica ausencia de amarillo, la relacionan con el taller de Silos. El tratamiento de la figura principal, en bulto y esmaltada, estaría vinculado al ámbito lemosín. La segunda placa, que se encuentra en el Museo de Cluny (París), incluye la representación de la Majestad de Cristo, encerrado en una mandorla a modo de guirnalda perlada a ambos lados. Está sentado sobre el arco iris, mientras sus pies apoyan en un subpedaneo, con la mano derecha bendice en tanto en la izquierda sujeta un libro que apoya contra su rodilla. Su cuerpo se oculta por una serie de vestidos superpuestos de brillantes colores: turquesa, azul oscuro y verde esmeralda, orlados de besantes, de modo análogo a las figuras de la Urna de Santo Domingo de Silos. La cabeza, aplicada, con un tratamiento más suelto del cabello y especialmente de la barba, en rizos y mechones, acentúa la majestuosidad de la figura. Destaca sobre un nimbo crucífero verde y rojo gemado simulando rubíes y zafiros. A ambos lados se sitúan el alfa y omega como suspendidas de una especie de cadenita. Aunque por este detalle el alfa se ha puesto en relación con la A que aparece en el reverso de la placa anterior, para confirmar la proximidad de ambas, hay que tener en cuenta que es la forma habitual de plasmarlas. De modo similar se puede contemplar en el Cristo en Majestad de la Urna de Silos o en la Majestad de la Virgen del Frontal de Aralar, por sólo citar algunos ejemplos. Asimismo, con cadenitas colgaban de los brazos de las cruces. En los cuatro ángulos aparecen los símbolos de los evangelistas con el cuerpo esmaltado y las cabezas en relieve. El ángel, de San Mateo, levanta el libro en sus manos veladas y el águila, de San Juan, sujeta el rollo entre sus patas. En la parte inferior, el león de San Marcos y el toro, de San Lucas, mantienen el libro en sus patas delanteras mientras sus alas se proyectan hacia arriba y sus cabezas giran hacia el Señor. La figura central nos traslada a esa visión sobrenatural del Todopoderoso. Sus formas ampulosas, su severidad al mismo tiempo que su expresividad y el tratamiento de su cabeza, le aproximan a obras escultóricas como el Cristo que preside la iglesia de Santiago de Carrión de los Condes. La decoración perlada de los encuadramientos y el motivo laureado de medallones y mandorla son similares en ambas encuadernaciones. Esta mezcla de elementos que hemos observado casi constantemente en las obras analizadas es el exponente, una vez más, de la internacionalización de formas que se produjo durante la época románica.
contexto
El comercio marítimo conoció en el siglo XVII un período de expansión, coincidiendo con la época de mayor auge del mercantilismo. La idea de una crisis comercial que afectó a las principales áreas y a las más significadas rutas del sistema mundial de intercambios (idea que durante mucho tiempo ha constituido un lugar común en la historiografía) apenas se sostiene hoy día. Ya Hobsbawm advirtió que, más que de crisis, hay que hablar de una transferencia de hegemonías. A lo largo del tiempo se había ido verificando una basculación progresiva del centro de gravedad del comercio internacional desde el Mediterráneo hacia el Atlántico Norte. En el siglo XVII el Mediterráneo selló su proceso de decadencia y se transformó en un ámbito cerrado, con predominio de los intercambios interiores. Por su lado, las antiguas potencias marítimas ibéricas, Portugal y España, atravesaban por serias dificultades. Mientras tanto, los Países Bajos e Inglaterra tomaban el relevo y se constituían en el centro de la tela de araña del comercio mundial. Estos países iniciaron una penetración agresiva en las áreas coloniales, repartiéndose los despojos del imperio portugués en Asia y disputando a España áreas de influencia económica en América. Otros países, como Francia, aunque en menor grado, se sumaron a la tendencia. Las compañías por acciones privilegiadas constituyeron para las nuevas potencias marítimas el instrumento por excelencia del comercio colonial, cuyos beneficios para el desarrollo capitalista de sus respectivas economías fueron cuantiosos. Pero el proteccionismo a ultranza de los intereses nacionales provocó serios choques, que llegaron en ocasiones a la guerra abierta; cada vez más, las disputas políticas tuvieron un trasfondo de clara naturaleza económica.
termino
acepcion
Espacio vacio entre dos columnas, generalmente sujeto a módulo.
contexto
A pesar de haber sido reconocido por las potencias occidentales, el Gobierno de Nikolajczyk no obtendría similar tratamiento por parte de Moscú. En el mes de mayo de 1943, Stalin habría organizado la División Kosciusko, formada a base de internados polacos y soviéticos de este origen. Una vez producido el dramático episodio de la sublevación de Varsovia, el panorama político de Polonia quedaba clarificado de forma bastante concreta. Por una parte, había quienes apoyaban la restauración de las formas preexistentes a la invasión. Por otra, se manifestaba la existencia de los que sostenían la necesidad de imponer reformas en profundidad, llegando incluso a las de carácter colectivista imitadas de la vecina Unión Soviética. El Gobierno de Nikolajozyk se vería presionado por las potencias anglosajonas para que accediese a un acuerdo con Moscú respecto a las debatidas fronteras orientales de su país. Sin embargo, Stalin no parecía dispuesto en modo alguno a tratar con estos autotitulados depositarios de la soberanía nacional. Sobre todo, a partir del momento en que el Ejército Rojo había cruzado la Línea Curzon y la multiplicación de los grupos resistentes no hacia más que facilitar la impune actuación de los soviéticos. El día primero de enero de 1944, Moscú había impulsado la formación de un denominados Consejo Nacional del Interior opuesto al Gobierno exiliado en Londres. Tras el cruce la frontera común, el día 22 de julio de 1944, en la ciudad de Lublin se había formado el ya citado Comité de Liberación Nacional. Este, como representante del Consejo Nacional, pretendía ahora erigirse en supremo árbitro de la vida nacional. Reconocido de forma automática por Moscú, el Comité de Lublin se autoproclamó exclusiva fuente de poder legal, y fue presidido por el socialista Osubka Morawski. Una de las primeras medidas adoptadas por este Gobierno fue la confiscación de todas las propiedades agrícolas mayores de cincuenta hectáreas. Esta declaración, que mostraba por si misma la inclinación ideológica del Comité, iba dirigida a obtener el beneplácito de la mayoritaria población campesina desposeída. De hecho, había sido automáticamente aplicada sobre la totalidad de las regiones de las que iban siendo expulsados los alemanes. Para entonces había quedado demostrado que el frustrado levantamiento de la capital había roto de manera definitiva toda posibilidad de entendimiento entre Moscú y los exiliados de Londres. Sin embargo, el dictador soviético mostraba su voluntad de no abandonar sus designios en este sentido. Así, cuando el Ejército Rojo ocupó la castigada capital polaca el Comité de Lublin se instaló en ella erigiéndose en único Gobierno legal del país. Pocas semanas después, durante la Conferencia de Yalta, los aliados occidentales admitirían la ordenación fronteriza propuesta por Stalin. A cambio, éste prometía la inmediata entrega de territorios del Oeste procentes de la desmembración de Alemania.
obra
Habituados como estamos a las delicadas imágenes de ballet, carreras de caballos o representaciones de ópera, esta desconcertante escena pintada por Degas hacia 1868-69 resulta impactante. El lienzo permaneció durante más de cuarenta años en el taller del pintor y a él se refería como "mi pintura de género", pudiendo estar destinada al mercado inglés, un mercado en el que las temáticas de este tipo gozaban de una interesante acogida. Los especialistas han buscado referencias literarias para esta obra, refiriéndose a novelas de Zola o Duranty como fuente más directa. Se ha apuntado a "Therese Raquin" del primero, obra en la que Thérese y su amante asesinan al marido, relacionado esta composición con el capítulo en el que la nueva pareja pasan su primera noche de bodas, un año después del parricidio. Hofmann (1991) considera que no debemos buscar fuentes literarias para esta escena sino que estaríamos ante una "allégorie réelle". En la zona derecha de la composición nos encontramos a un hombre de pie, en una desafiante postura, con las piernas separadas y una penetrante mirada que sugiere su estado de tensión. De espaldas, con la combinación blanca resbalando sobre su hombro izquierdo y posiblemente llorando, se halla la mujer, en una postura con la que parece esconder su vergüenza. Junto a la cama, tirado en el suelo, podemos observar un corsé, mientras que en la mesa reluce un collar junto a un costurero abierto. En estos objetos han querido ver los expertos el mensaje de la obra: cómo la joven ha vendido su honra por una joya pero en el momento de entregarla se ha arrepentido, apareciendo el miedo y la culpa, lo que la lleva a dar la espalda al hombre. Si éste es el tema de la escena enlazaría con los asuntos recogidos en algunos cuadros de los Pre-rafaelitas como Hunt o Rossetti, pinturas de género con grandes dosis de enigma a las que tan aficionado era el público inglés. Degas representa la escena en un reducido espacio, consiguiendo aportar una mayor carga emotiva y dramática al asunto. Las diagonales organizan la composición -la cama, la alfombra, incluso la mirada del hombre sobre la mujer- recordando las escenas de los maestros del Louvre a los que Degas admiraba. También encontramos curiosos contrastes como la cama intacta frente al desorden de las ropas; el espejo absorbiendo los reflejos que emite la chimenea; el hombre vestido y la mujer semidesnuda; las tonalidades oscuras de él y las claras de ella. Las tonalidades rojizas ocupan un papel determinante en el conjunto: las rosas que decoran la pared, simbolizando posiblemente la pasión; el rojo de la luz de la chimenea, el forro de seda de la maleta. Pero será la luz la auténtica protagonista, consiguiendo gracias a los efectos lumínicos aumentar la violencia de la escena, especialmente gracias a colocar al hombre en una zona de penumbra mientras que la mujer tiene la espalda iluminada por la lámpara que observamos en la mesa. Esta violencia lumínica y contextual ha sido la responsable del subtítulo de la obra: Violación, título que recibió en 1912 y que posiblemente no fuera el sugerido por Degas.
obra
Ingres plasmó cada detalle de su vida en Roma. Probablemente a este período corresponda esta pequeña acuarela que reproduce el interior de un saloncito. Parece estar realizado en la década 1810-1820, por lo que podría tratarse de la propia vivienda de Ingres en la capital italiana.