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Es preciso hablar también de las más directas derivaciones en el campo cultural o ideológico de las transformaciones acaecidas en los años sesenta. Martin Luther King habló de la necesidad de un "extremismo creativo" en las protestas de la minoría negra en Estados Unidos. El entrecomillado se puede emplear también para aludir a las producciones culturales del momento que además tuvieron la peculiaridad de difundirse mucho en forma simplificada y por todas partes. La originalidad de este tipo de planteamientos no evitó, sin embargo, que buena parte de ellos resultaran poco duraderos o muy discutibles; de lo que no cabe la menor duda es de que fueron también novedosos y trataron de llegar a las últimas consecuencias a partir de su punto de partida. Marcuse había trabajado para el Gobierno norteamericano, pero acabó hablando del "totalitarismo democrático" de los Estados Unidos: su ideología tenía bastante que ver con lo que deseaban oír estudiantes disconformes, pero su influencia no tardó en desvanecerse. MacLuhan, por su parte, elaboró toda una teoría de los medios de comunicación que descubría la subordinación de las ideas al medio y no al revés. Incluso en los aspectos religiosos se pudo identificar este extremismo creativo al que ya se ha hecho mención: un ejemplo podría ser el libro Honest to God (1963) de John Robinson. En las artes plásticas a fines de los sesenta hubo una explosión de manifestaciones que tenían puntos comunes como, por ejemplo, el gusto por el espectáculo, el interés más por el concepto que por la representación del mismo, el uso de la tecnología o el tono contracultural. Pero, como siempre, el espíritu revolucionario de los sesenta resultó un tanto ficticio: Andy Warhol fue un integrado que se apoyaba en la sociedad norteamericana más establecida y Hockney puede ser definido como un exaltador de la sociedad de consumo. El intelectual más comprometido con los intentos reformadores fue Jean Paul Sartre, apóstol del existencialismo, quien se convirtió en la figura intelectual de la época. Los debates con el conservador Raymond Aron animaron la vida cultural francesa y permitieron tomar partido al público espectador por una u otra opción.
fuente
El Servicio de Inteligencia británico era, en realidad, la conjunción de varios organismos dedicados al espionaje. Tras un periodo de diversificación y confusión, fruto de un organigrama complejo y una dirección indefinida, en 1905 el ministro de la Guerra Lord Haldane reorganiza los servicios de inteligencia británicos, creando la Military Intelligence, a cuyo frente se pone el general Sir James Grierson. Este organismo comprendía, entre otros, al MI 5, para actividades de contraespionaje, y al MI 6, dedicado al espionaje militar. En 1939, la Home Secretary del Ministerio del Interior asume la dirección del MI 5. Por su parte, el MI 6 se convierte en la Special Intelligence Service (SIS), incorporado al Ministerio de Asuntos Exteriores y bajo la dirección de S. Menzies. Desde marzo de 1938 se forma, dentro del SIS, una "sección D", para misiones de sabotaje y organización de actos subversivos. También a partir de 1939 se crea un MIR (Military Intelligence Research) en el seno de la Oficina de Guerra. En julio de 1940, el MIR y la "sección D" del SIS, integrados en la Oficina de Guerra, se unen para formar el SOE -Special Operations Executive-, organismo encargado de la realización de sabotajes y actos de subversión en los países ocupados por el enemigo. Aunque en principio sujeto a la Oficina de Guerra, pronto se convierte en un organismo independiente, bajo la autoridad del Ministry of Economic Warfare. La inteligencia británica incluye, además, otras organizaciones y actividades. El Foreign Office creó una sección de propaganda clandestina llamada Electra House, que a partir de se integrará en el SOE y, finalmente, se convertirá en el PWE -Political Warfare Executive-, encargado de la guerra psicológica y política.
obra
Las ruinas del palacio de Mari (Siria) han proporcionado estatuas de notabilísima calidad plástica. Una de ellas es la de Ebih-il, en la que dicho funcionario aparece en forma sedente, con las manos cruzadas delante del pecho y vestido con el típico faldellín sumerio. En general, el rostro es de gran expresividad, a lo que contribuyen los apliques de lapislázuli en los ojos. La estatua fue dedicada a la diosa Ishtar en cumplimiento de un voto.
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En 1493 moría Federico III, pero desde 1486 su hijo Maximiliano había asumido la dirección del Gobierno imperial. Ya como nuevo emperador, aunque formalmente no lo era al no ser coronado por el Papa, teniendo pues que contentarse con el título de rey de romanos, Maximiliano I (1493-1519) protagonizaría una ambiciosa política exterior que le llevaría a generar fuertes tensiones con varias Monarquías europeas, sobre todo con la francesa por la disputa de la herencia borgoñona, además de continuar los roces con el Papado. Hombre de transición entre dos épocas, en él se dieron algunos típicos valores medievales de caballerosidad, afán de cruzada y belicosidad, junto a otros rasgos de modernidad que hicieron fortalecer su posición en la balanza del poder de la Europa central al afianzar sus dominios territoriales con el mantenimiento, tras la lucha contra Francia, de las prósperas zonas de los Países Bajos, Luxemburgo y el Franco Condado y el desarrollo de la ya mencionada política matrimonial, favorecedora de alianzas y pactos favorables a sus pretensiones de dominio. Mucho más preocupado que su padre por los asuntos del Imperio, intentó revivir la vieja idea de un destino común que uniera a sus componentes, de recuperar la significación perdida de teórico poder universal, aunque la realidad se encargaría pronto de contradecir sus deseos. Necesitado de recursos económicos que financiasen sus planes intervencionistas fuera del suelo germánico, especialmente interesado en su política antifrancesa respecto a Italia, Maximiliano tuvo que buscar apoyo en la Dieta reunida en Worms (1495). Sería precisamente en esta reunión de los órganos representativos de la institución imperial donde se decidiría la creación del Alto Tribunal de justicia que intentaría garantizar la también aceptada paz interior que pretendía acabar con las luchas particulares dentro del Imperio. Asimismo se aprobó el otro punto importante de la necesaria reforma constitucional, a saber, la creación de un impuesto general cuyo importe se destinaría a cubrir los gastos de guerra, decisión más teórica que operativa dado que casi no pudo ser puesta en ejecución. Las dificultades por las que atravesaba la tradicional concepción del Imperio se pusieron nuevamente de manifiesto al lograr los cantones suizos, tras su levantamiento, la independencia. Al año siguiente, en la Dieta de Augsburgo de 1500, se tomaría el acuerdo de instituir un Consejo de Regencia que vendría a ser una especie de órgano central del gobierno imperial, presidido por el emperador, con poderes legislativos para todo el ámbito del Imperio; pero de nuevo fue un cuerpo que nació muerto, pues en un par de años desaparecería, siendo disuelto en 1502. Algún tiempo después, ya durante el mandato carolino, se intentaría revivirlo en 1521. Por todo ello, a pesar de la necesidad de cambios constitucionales, de los deseos de aglutinar las fuerzas dispersas, de concentrar de alguna manera el gobierno imperial, casi nada pudo conseguirse. El Imperio continuaría siendo una entidad política muy fragmentada, dividida en múltiples poderes autónomos, desprovista de eficaces instituciones gubernamentales. Pero el balance final no sería por completo de fracaso. Maximiliano recibiría ciertas satisfacciones en relación con sus territorios patrimoniales y con su política dinástica (su sucesor se convertiría en el dueño de una buena parte de Europa), que compensarían algo sus abortados deseos imperiales y también su desastroso intervencionismo italiano, puesto de manifiesto en los últimos años de su reinado cuando, con el precedente del fracasado sitio de Padua en 1509, tuvo que retroceder bastante humillado a su querida Austria, una vez que la invasión que llevó a cabo del Milanesado en 1516 se vino abajo estrepitosamente por falta de recursos económicos y de adecuados contingentes militares.
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Las dificultades y limitaciones del reino de Jerusalén, hacían difícil reconstruir lo perdido en 1187, sobre todo porque el impulso de cruzada en Occidente se diluía ya en otros objetivos y no despertaba el entusiasmo de un siglo atrás en lo referente a la peregrinación armada a los Santos Lugares, aunque todavía era capaz de despertar emociones colectivas muy fuertes que se manifestaron en la misma Europa más que en expediciones a Ultramar. No obstante, los motivos de prestigio eclesiástico y político pesaban mucho y utilizaron aquellos resortes de movilización colectiva para intentar la recuperación de Jerusalén. En 1190, el emperador Federico I y los reyes Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra encabezaron expediciones con diverso resultado. La imperial, por vía terrestre, se deshizo al morir accidentalmente su jefe en Asia Menor (junio de 1190). Los cruzados ingleses y franceses acudieron por vía marítima en auxilio de Guido de Lusignan, que había cercado Acre en agosto de 1189 pare recuperar, al menos, un buen puerto de desembarco, y había sido rodeado a su vez por Saladino. De paso, Ricardo I arrebató Chipre a los bizantinos y constituyó la isla en reino, que cedería al mismo Guido de Lusignan, privado del titulo de rey de Jerusalén por Conrado de Montferrato. En abril de 1191, la llegada de los dos reyes con sus tropas determinó la retirada de Saladino y la conquista de Acre. En el año y medio siguiente, Ricardo I Corazón de León continuó solo las operaciones militares -Felipe II regresó a Francia profundamente enemistado con él-, recobró casi todas las plazas costeras hasta Jaffa y derrotó a los musulmanes en la batalla campal de Arsuf, pero no pudo entrar en Jerusalén. Por el contrario, la tregua de cinco años acordada con Salah al-Din y la garantía de libre acceso de los peregrinos a Jerusalén y de respeto al culto cristiano en la ciudad, iniciaron una época nueva en las relaciones con el Islam. En los años inmediatos, la muerte de Salah al-Din y la disgregación del poder ayyubí entre sus sucesores, por una parte, y por otra la ausencia de grandes expediciones europeas -la más importante fue la alemana de 1197- contribuyeron a mantener una situación de mayor calma manifestada en treguas sucesivas. Además, la cuarta cruzada abandonó sus proyectos originales para atacar Constantinopla. La debilidad del disminuido reino de Jerusalén, con capital en Acre, explica por si sola la reconstrucción del reino armenio de Cilicia desde 1198 y su dominio sobre Antioquia a partir de 1216. Al año siguiente concluyó la tregua con los ayyubíes y se reavivó el proyecto, que había inspirado inicialmente la cruzada de 1202-1204, de atacar el delta del Nilo con el fin de apoderarse de Damieta y Alejandría. La cruzada de 1217-1221, encabezada por Andrés II de Hungría y el duque Leopoldo de Austria, consiguió tomar Damieta a finales de 1219 pero en el verano de 1221 los cruzados fueron totalmente derrotados cuando intentaron avanzar sobre El Cairo. Jerusalén, con sus murallas derruidas, era prácticamente una ciudad abierta y bastante accesible pare los peregrinos. Federico II aprovecharía aquella circunstancia cuando al fin se puso al frente de una nueva expedición en 1228, a pesar de estar en aquel momento excomulgado. Aunque no contó con el apoyo de los principales señores de Tierra Santa -Bohemundo de Trípoli, Juan de Ibelin, señor de Beirut-, consiguió una tregua por diez años con el sultán egipcio al-Kamil que ponía en sus manos Jerusalén, Nazaret y Belén con un pasillo de acceso desde Gaza, lo que garantizaba la práctica de la peregrinación pacífica. Federico II se coronó rey de Jerusalén, contra la voluntad de los nobles dueños de otras plazas de Tierra Santa y, desde Sicilia, mantuvo la situación varios años, ayudado por las flotas de Pisa, ciudad afecta siempre al partido imperial. Diez años después, en 1239, el fin de la tregua estimuló el envío de algunas expediciones como la de Teobaldo IV, conde de Champagne, que conquistó Ascalón y el castillo de Beaufort, o la de Ricardo de Cornwall, hermano del rey inglés Enrique III, que aseguró mediante nuevas treguas el dominio de Jerusalén. Pero, tras el retorno a Europa de aquellos refuerzos, los nobles locales cometieron el error de tomar partido en las luchas que enfrentaban entre sí a los últimos ayyubíes después de la separación entre Egipto y Siria: su apoyo a Damasco fue fatal porque los egipcios recobraron el control de Jerusalén en 1244 y conquistaron Ascalón, punto de enlace estratégico, en 1247. Dadas las circunstancias, el objetivo de la nueva cruzada, que encabezó Luis IX de Francia, en 1249, buscó de nuevo la conquista del delta del Nilo. El fracaso de 1221 se repitió: después de tomar Damieta, los cruzados fueron cercados en su avance hacia El Cairo y sólo recuperaron la libertad mediante elevados rescates. Ni siquiera el cambio de dominio en Egipto, donde los ayyubíes fueron sustituidos por el régimen mameluco desde 1250, parecía aliviar la situación, y Luis IX tampoco consiguió establecer comunicación suficiente con los mongoles pare conocer si sus avances y triunfos en territorio musulmán hacían de ellos aliados potenciales A partir de entonces, las circunstancias evolucionaron desfavorablemente a pesar de la unión de los reinos de Chipre y Jerusalén en la persona de Hugo II de Lusiñan desde 1254. Los mongoles fueron vencidos por los mamelucos en la batalla de Ain Yalut, en Palestina, septiembre de 1260, y no mostraron mayor interés por Siria, que pasó a manos de sus rivales, mientras que en 1261 desaparecía el débil Imperio latino de Constantinopla. Los sultanes mamelucos pudieron llevar a cabo una guerra de desgaste contra el ya disminuido reino de Jerusalén, que recibia escasa ayuda exterior: Baibars conquistó Haifa, Cesarea y Arsuf en 1265, Safed, en Galilea, en 1266, Jaffa y Antioquia en 1268 y el Krak de los Caballeros en 1271. Sólo la llegada de una expedición al mando de Eduardo, heredero del trono inglés, y el apoyo que consiguió de los mongoles de Iraq, detuvo la ofensiva y obligó a aceptar a los mamelucos una tregua por diez años en 1272. La precariedad de la situación se agudizó tras el fracaso del II Concilio de Lyon en el empeño de aunar esfuerzos pare una nueva expedición. En 1276, el rey de Jerusalén trasladó su residencia habitual de Acre a Chipre. Desde 1282, concluida la tregua y también alejado el peligro de la expedición que preparaba Carlos de Anjou, cuyo objetivo era tanto Constantinopla como la defensa del Levante latino, los mamelucos consumaron la conquista: Trípoli cayó en 1289 y Acre en mayo de 1291. Los europeos quedaban reducidos a las islas -Chipre y Rodas- y al dominio del mar, en manos de Venecia y Génova, pero la defensa de aquellas posiciones y de las rutas marítimas en la Edad Media tardía sólo de manera muy indirecta fue heredera de la época de las cruzadas y del espíritu que las había originado.