La nobleza española acogió con entusiasmo las nuevas formas artísticas del Renacimiento. La dependencia del arte italiano, al principio muy fuerte, dio paso poco a poco a un estilo renacentista netamente español, expresivo hasta el manierismo en el caso de la escultura. Con este estilo se sigue realzando en las tumbas y capillas funerarias la fe del difunto y su prestigio. En el Museo Arqueológico Nacional se conserva un alto relieve de la Virgen rodeada de ángeles, esculpida en alabastro por Felipe Vigarny hacia 1550, para la capilla funeraria del obispo Alonso de Castilla. Ésta se hallaba en el monasterio de Santo Domingo el Real de Madrid, no lejos de los sepulcros de Pedro I el Cruel y su nieta Doña Constanza. Tanto la concepción de la figura como su desarrollo técnico muestran la profunda comprensión de los precedentes clásicos por parte del autor, quien pasó gran parte de su etapa de formación en Italia. Pero el sistema de proporciones, la estilización de la figura y la armonía de los volúmenes y de la actitud que caracterizan al clasicismo renacentista están puestos al servicio del mensaje trascendental de la imagen religiosa.
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El escultor vallisoletano Pedro de Sierra procede de una familia de artistas. Trabajará con el grupo de escultores franceses de La Granja de San Ildefonso, asimilando su estilo influencias foráneas, como se pone de manifiesto en esta obra, inmersa en la estética rococó imperante en la Francia del siglo XVIII. La pieza presidía la sillería de coro del convento de San Francisco de Valladolid.
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Pacheco será el encargado de imponer las normas iconográficas en la Sevilla del siglo XVII debido a su excelente relación con el cabildo catedralicio gracias a su Academia Literaria, tertulia en la que participaban los más notables personajes sevillanos de su tiempo, que se reunían en su casa. La figura de la Inmaculada la repitió insistentemente durante unos quince años (1621-1635) existiendo apenas variaciones. Ésta que contemplamos aparece sola, sin el característico acompañamiento de querubines, apoyada sobre una media luna - aludiendo al triunfo sobre el Islam -, con túnica blanca (pureza) y manto azul (de eternidad). Sobre su cabeza porta una elegante corona dorada y doce estrellas rodean su bella efigie. Es representada casi como una niña, rubia, con la mirada baja y las manos juntas a la altura del pecho - siguiendo la visión de santa Brígida de Suecia -, envuelto su cuerpo en una aureola dorada que indica lo sobrenatural. Rodeada de nubes, en la zona baja podemos contemplar una ciudad - podría tratarse de una vista idealizada de Sevilla - abierta al mar donde navega una carabela. La dureza de la figura es característica de la obra de Pacheco, apreciándose una importante influencia de la pintura flamenca y ciertos rasgos manieristas. Los colores son intensos, especialmente el azul, creando un extraño efecto, casi místico, a través de la luz.
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Al haber sido ejecutada al mismo tiempo que la Inmaculada Langon, sus características son prácticamente las mismas. Lo único que distingue a ésta es su rostro, más agraciado y sonriente, así como los níveos brazos abiertos hacia Dios en lugar de recogidos en absorta oración. La Inmaculada Langon es una imagen de meditación mientras que la de Budapest es una imagen triunfal.
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Maella realiza en esta Inmaculada una síntesis entre los usos pictóricos del Siglo de Oro, es decir, del pleno Barroco Español, y los nuevos dictados estilísticos del Neoclasicismo, importados por el pintor de Carlos III, Antonio Rafael Mengs. El modelo que emplea para la Inmaculada es exactamente el mismo que habían empleado los artistas del siglo XVII, cien años antes. Recuerda en su composición las Inmaculadas deMurillo, de Velázquez, incluso alguna de Zurbarán. Sobre este modelo, agitado en movimiento, espléndido en color, Maella aplica los dictados de Mengs y su academicismo, sujetando la libertad de color y pincelada de los barrocos aldibujo estricto del maestro alemán.
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Alonso Cano realizó esta Inmaculada Concepción según los postulados de la estética barroca sevillana. El tema de la Inmaculada pone de manifiesto la inocencia y la virginidad de María al concebir a Jesús. Para destacar esta idea, la joven María suele representarse con una serie de características que el fiel conocía e identificaba. Eran, por ejemplo, la túnica blanca con el manto azul, las doce estrellas que coronan su cabeza, la media luna sobre la cual se apoya, etc. Estos rasgos fueron establecidos, especialmente, a través de escritos como los de Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez, que luego otros pintores ejecutaban en sus obras. Cano ha utilizado para esta pintura sus dotes de escultor, puesto que la imagen tiene un aspecto muy tridimensional, con correctos volumen y sombreado, como si fuera una escultura de bulto redondo.
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Zurbarán varió escasamente una imagen que le había proporcionado fama y dinero, como es la Inmaculada Concepción. Mantuvo tanto la fisionomía como el ambiente, y apenas se diferencia de otras Inmaculadas a las cuales remitimos al lector.
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A lo largo de toda su carrera Gutiérrez de la Vega sintió una especial admiración por la pintura de Murillo como podemos comprobar en esta Inmaculada de clara concepción murillesca no sólo por la disposición de las figuras o el rostro infantil de la Virgen sino hasta en los rostros de los querubines o la colocación de los símbolos marianos, repitiendo el estilo vaporoso y el celaje y la luz dorada.