Para el testero de la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla Murillo pintó en 1665 está Inmaculada Concepción que acompañaría en el mismo emplazamiento al Sueño del patricio y la Visita al Pontífice. La Inmaculada aparece en una postura característica: en pie, con las manos juntas a la altura del pecho y desplazadas hacia su izquierda, sobre las nubes que hacen un trono y acompañada por un grupo de ángeles y serafines. Viste su tradicional túnica blanca y manto azul y dirige su mirada hacia un grupo de seis fieles que representan a la cristiandad en todas sus edades ya que muestra a un niño, tres adultos y dos ancianos. Al menos dos de los personajes parecen retratos. Se trata de las figuras que aparecen a la izquierda de la composición, identificándose el clérigo que se muestra en primer término como el licenciado Domingo Velázquez Soriano -uno de los principales promotores de las obras en el templo de Santa María la Blanca- mientras que el clérigo más joven que se sitúa tras él podría ser su auxiliar, el bachiller Salvador Rodríguez, cura interino tras la muerte del licenciado. Se especula con la identidad del personaje de espaldas, considerando que se trata de don Manuel Pérez de Guzmán, marqués de Villamanrique y vecino de la iglesia al habitar en la casa contigua al templo. Si esto es así el niño podría ser su hijo, don Melchor Pérez de Guzmán que en aquellos momentos contaba con trece años de edad. Como viene siendo habitual en esta década de madurez, Murillo no abandona el naturalismo de épocas anteriores pero ahora lo suaviza al emplear unas iluminaciones más sutiles que crean unos sensacionales efectos atmosféricos, diluyendo las contornos y creando unas sensaciones aéreas que recuerdan a Velázquez.
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Procedente del Palacio Real de Aranjuez -de donde viene su nombre- tenemos esta Inmaculada pintada por Murillo posiblemente en la última década de su vida debido al alargamiento que manifiesta la figura de María. Murillo utiliza con un planteamiento más barroco, distribuyendo varias diagonales en la composición, ablandando y esfumando las formas. Las manos de la Virgen se cruzan a la altura del pecho y su rostro eleva su mirada al cielo, rodeando la cabeza un haz de luz resplandeciente. El manto azul que viste es de grandes proporciones y se desplega tanto por delante como por detrás de su cuerpo. Los ángeles que aparecen como peana sujetando a María tienen un mayor protagonismo en la composición, llevando en sus manos los diferentes signos marianos: la palma del martirio, los lirios, las rosas, la rama de olivo. La sensación atmosférica que se crea alrededor de las figuras diluye los contornos, obteniendo un resultado de especial devoción y espiritualidad.
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El dogma de la virginidad de María era importantísimo durante la época del Barroco, pues sirvió de bandera en la lucha contra los protestantes. La mejor manera de hacer visible esta pureza la encontró Zurbarán representando a la Virgen bajo el aspecto de una niña. Parece evidente que la niña es una modelo natural y probablemente se trate de su hija Manuela, que en la fecha que se pinta el lienzo tendría unos siete años. La niña aparece muy seria y grave, consciente de su papel, con los bracitos cruzados sobre el pecho. No aparece sobre un paisaje con la letanía como podíamos ver en la Inmaculada de Sigüenza, sino en un fondo dorado, sobre una corte de angelitos que pueden representar a los mil ángeles guardianes que Dios adjudicó a la futura madre de Jesús. El candor de esta imagen alcanzó gran éxito en un momento en que la carrera de Zurbarán estaba en declive. Murillo la hizo suya e interpretó en abundantes ocasiones.
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Cuando Pacheco dictó las normas iconográficas que habían de regir la pintura sevillana consideró que la Virgen "hase de pintar (...) en la flor de la edad, de doce o trece años, hermosísima niña". Murillo siguió las normas del suegro de Velázquez en esta escena, una de las más atractivas de su producción. El rostro adolescente destaca por su belleza y los grandes ojos que dirigen su mirada hacia arriba. La figura muestra una línea ondulante que se remarca con las manos juntas a la altura del pecho pero desplazadas hacia su izquierda. Los querubines que conforman su peana portan los atributos marianos: las azucenas como símbolo de pureza, las rosas de amor, la rama de oliva como símbolo de paz y la palma representando el martirio. Los ángeles aportan mayor dinamismo a la composición, creando una serie de diagonales paralelas con el manto de la Virgen. La sensación atmosférica que Murillo consigue y la rápida pincelada indican la ejecución entre 1660-65, pero debemos indicar que gracias al dibujo la figura no pierde monumentalidad, definiendo claramente los contornos. El colorido vaporoso está tomado de Herrera el Mozo, quien acercó los conocimientos de la pintura flamenca -con Van Dyck y Rubens- y la escuela veneciana a Murillo.Debe su nombre a haber estado registrada en la Casita del Príncipe de El Escorial en 1788, entre los cuadros del príncipe Carlos IV, desde donde pasó a Aranjuez y de allí al Prado en 1819. Durante mucho tiempo se la denominó Inmaculada de la Granja por considerar que procedía de aquel palacio.
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El fervor mariano existente en España motivó la realización de un gran número de Inmaculadas, destacando las de Zurbarán, Ribera o el propio Velázquez. Pero será Murillo, con esa gracia especial que tienen sus Vírgenes, quien las inmortalice. La Inmaculada de El Escorial fue pintada en los primeros años de la década de 1660, siguiendo Murillo las normas iconográficas dictadas por Pacheco. La Inmaculada aparece en el centro de la composición; viste túnica blanca, símbolo de pureza, y manto azul, símbolo de eternidad. El rostro adolescente destaca tanto por su belleza y como por los grandes ojos que dirigen su mirada hacia arriba. La figura muestra una línea ondulante que se remarca con las manos, juntas a la altura del pecho pero desplazadas hacia su izquierda. Los querubines que conforman su peana portan los atributos marianos: las azucenas como símbolo de pureza, las rosas de amor, la rama de olivo como símbolo de paz y la palma representando el martirio. Los ángeles aportan mayor dinamismo a la composición, creando una serie de diagonales paralelas con el manto de la Virgen. La sensación atmosférica que Murillo consigue y la rápida pincelada son características de esta etapa, pero debemos indicar que gracias al dibujo la figura no pierde monumentalidad, definiendo claramente los contornos. El colorido vaporoso está tomado de Herrera el Mozo, quien acercó los conocimientos de la pintura flamenca y la escuela veneciana a Murillo. Debe su nombre a haber estado registrada en la Casita del Príncipe de El Escorial en 1788, entre los cuadros del príncipe Carlos IV, desde donde pasó a Aranjuez y de allí al Museo del Prado en 1819.
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Difícilmente podemos encontrar en la historia de la pintura universal imágenes más populares y reproducidas que las Inmaculadas de Murillo. El fervor mariano existente en España motivó la realización de un gran número de Inmaculadas, destacando también las de Zurbarán, Ribera o el propio Velázquez. Pero será Murillo, con esa gracia especial que tienen sus Vírgenes, quien las inmortalice. La conocida como Inmaculada Concepción de Soult debe su nombre a que fue robada por el mariscal Soult durante la Guerra de la Independencia y se la quedó en propiedad. Llegó a Madrid en 1940 gracias a un concierto con el Estado francés. Fue encargada por Don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla, para la iglesia del Hospital de los Venerables Sacerdotes de dicha ciudad, por lo que también se la conoce como la Inmaculada de los Venerables. María viste túnica blanca, símbolo de pureza, y manto azul, símbolo de eternidad, lleva sus manos al pecho y eleva la mirada al cielo. La belleza idealizada de su joven rostro es lo que más llama la atención del espectador. El estatismo de la figura de la Inmaculada contrasta con el movimiento de los querubines que le sirven de peana, en posiciones totalmente escorzadas. La composición se inscribe en un triángulo, cuyo vértice superior es la cabeza de la Virgen; incluso para intensificar ese efecto triangular ha ensanchado la figura de María en su zona baja. La luz dorada que ilumina la escena provoca un marcado efecto atmosférico que diluye los contornos, creando a su vez un fuerte claroscuro que provoca mayor dinamismo, haciendo de ésta la más barroca de sus Inmaculadas.
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En efecto, un total cercano a los 23,5 millones de personas emigraron a Estados Unidos entre 1881 y 1920, en su mayoría procedentes, a diferencia de migraciones anteriores, de la Europa del Este (con un alto porcentaje de judíos) y del sur de Italia: en 1907, por ejemplo, llegaron 286.000 italianos y 339.000 centroeuropeos; y en 1913, 291.000 rusos y bálticos. La población total del país pasó de 23,2 millones en 1850 a 76 millones en 1900 y a 107 millones en 1920. El porcentaje de población foránea de los estados de Nueva Inglaterra (Maine, Massachussets, Connecticut, etcétera) suponía en 1920 el 61 por 100 y en la región del Atlántico medio (Nueva York, New Jersey, Pennsylvania), el 54 por 100. En ese año vivían en Estados Unidos casi 1,7 millones de alemanes, 1,6 millones de italianos, 1,4 millones de rusos, 1,1 millones de polacos, 1 millón de irlandeses, otro millón de escandinavos y cifras muy altas de ingleses, canadienses, austríacos y húngaros. También en contraste con lo sucedido hasta entonces, la nueva inmigración fue básicamente una inmigración urbana, esto es, se estableció preferentemente en ciudades en expansión y en los grandes enclaves industriales (Nueva York, Chicago, Pittsburgh, Milwaukee, Detroit, etc). El porcentaje de la población urbana, que en 1850 era del 12 por 100, se había elevado en 1900 al 39,7 por 100 y llegó al 51,2 por 100 en 1920. En cifras absolutas, la población urbana creció de unos 14 millones en 1880 a casi 42 millones en 1910. En 1880, sólo había 15 ciudades de más de 50.000 habitantes; en 1910, sumaban ya 59. La primera gran épica literaria y artística del país, la conquista del Oeste, fue una épica rural; la segunda, la épica negra del crimen y del gansterismo, elaborada en los años veinte y treinta del XX, sería una épica urbana. La población de las diez mayores ciudades del país (Nueva York, Chicago, Filadelfia, St. Louis, Boston, Cleveland, Baltimore, Pittsburgh, Detroit y Buffalo) se triplicó entre los años citados. Los Ángeles pasó de 11.183 habitantes en 1880 a 319.198 en 1910; Chicago, de 503.185 a 2.185.283; Nueva York, que en 1800 tenía 60.000 habitantes y en 1860 un millón, alcanzó los 3,5 millones en 1900 y 5,6 millones en 1920. Chicago, ciudad casi inexistente antes de 1840, se transformó en un importante nudo de comunicaciones, gran mercado de cereales y ciudad industrial y de servicios: en 1893, fue ya sede de una gran Exposición Universal. En 1885 se construyó el primer rascacielos, obra de William Le Baron Jenney, y entre ese año y 1895, se construyeron otros 21, varios de ellos debidos al genio de Louis Sullivan. Nueva York, puerto de llegada de los inmigrantes (Ellis Island), capital financiera (Wall Street) y comercial del país, fue electrificada desde la década de 1880 y contó desde pronto con excelentes periódicos, museos (Museo Metropolitano, 1880), universidades, una espléndida Biblioteca Pública (1895), construcciones singulares como el puente de Brooklyn (1883), o la Estatua de la Libertad (1886, o las grandes estaciones del ferrocarril), transportes modernos (metro desde 1904) y, como Chicago, con espectaculares rascacielos (Flatiron, 1902; Edificio Woo1worth, 1913). Nueva York era, además, el centro de la vida intelectual y política de Estados Unidos y la encarnación del nuevo dinamismo norteamericano. De ser una ciudad predominantemente irlandesa y de perfil bajo, se había transformado en una ciudad italiana y judía (en 1900, la mitad de su población había nacido en Europa; la minoría negra era todavía escasa, unas 60.000 personas, y lo siguió siendo hasta la década de 1920); y su perfil urbano estaba dominado por rascacielos cada vez más impresionantes (Edificio Chrysler, 1930; Empire State, 1931; Centro Rockefeller, 1930-40). Nueva York y Chicago desplazaron a Boston como centros de la vida norteamericana. Theodore Dreyser, Frank Norris y Upton Sinclair hicieron de Chicago el escenario de tres de las mejores novelas de la época: Sister Carrie (1900), El pozo (1903) y La jungla (1906), respectivamente. A Hazard of New Fortunes (1890), de William D. Howells, Maggie (1893), de Stephen Crane, El gran Gatsby (1925), de Scott Fitzgerald y Manhattan Transfer (1925), de John Dos Passos, se desarrollaban en Nueva York. El periodismo de ideas de sus ensayistas y críticos (Herbert Croly, Van Wyck Brooks, H. L. Mencken, Randolph Bourne, Waldo Frank, Lewis Mumford) hizo de Nueva York la principal fuente de debates y reflexión sobre la sociedad y la cultura americanas. Greenwich Village, la especie de pequeña aldea situada en torno a la plaza de Washington, se transformó desde principios de siglo en el Montmartre neoyorquino, el barrio de la bohemia cultural asociado a los nombres del novelista Dreyser, del dramaturgo O'Neill, de la revista de izquierda The Masses (1911-18) y de Alfred Stieglitz, el artista que desde principios de siglo más hizo por introducir las vanguardias y el arte moderno europeos en Estados Unidos, esfuerzos que culminaron en el polémico Armory Show (1913), la exposición que revolucionó Nueva York: escritores europeos como Mayakovsky, García Lorca o Paul Morand quedaron fascinados por la ciudad. El auge de las ciudades y la inmigración masiva de europeos que habían transformado a Estados Unidos en un crisol de pueblos y razas (en un "melting pot", según el título de la obra de Israel Zangwill, de 1906) fueron posibles por la excepcional capacidad de crecimiento de la economía norteamericana. País mayoritariamente agrario todavía en 1880, Estados Unidos era en 1914 el primer país industrial del mundo. Las razones y factores de ese despegue económico fueron varios y diversos. Las tasas de crecimiento de la población fueron muy superiores a los de cualquier otro país. Gracias al aflujo de inmigrantes, la población, como acabamos de ver, se quintuplicó entre 1850 y 1920. El fin de la guerra civil (1864) y la conquista del Oeste permitieron triplicar la superficie cultivada. La agricultura norteamericana fue desde pronto, desde los años 1850-60, un sector comparativamente modernizado, de alta productividad y muy mecanizado, merced a la introducción de innovaciones como sembradoras, cosechadoras, trilladoras, segadoras, arados mecánicos y similares. El desarrollo de los transportes (primero, canales; luego, ferrocarriles) redujo notablemente sus costes y amplió decisivamente el propio mercado interno. El uso masivo de fertilizantes permitió aumentar espectacularmente los rendimientos por unidad de superficie. Por su producción de algodón, maíz y trigo, Estados Unidos eran desde la década de 1880 el primer productor agrícola del mundo (y había conquistado los principales mercados mundiales de esos productos). La construcción de ferrocarriles -que produjo los primeros grandes magnates del capitalismo americano, los Vanderbilt, Jay Gould, James J. Hill, Jill Fisk y otros- fue igualmente decisiva. Por las dimensiones geográficas del país, la extensión de la red alcanzó cifras colosales: pasó de unos 63.000 kilómetros en 1865 -todos al este del Mississippi- a cerca de 360.000 en 1900, cifra superior a la de toda Europa. En 1869, se completaron los dos primeros ferrocarriles transcontinentales, el Union Pacific y el Central Pacific, que enlazaron la costa atlántica con los estados del Pacífico; para 1883, se construyeron otros tres, el Northern Pacific, el Southern Pacific (de Nueva Orleans a San Francisco) y el Santa Fe, a través de territorio apache y navajo. El Oeste quedó así abierto a la inmigración europea. Los puntos terminales y los enlaces de líneas se transformaron en pocos años en grandes ciudades (Seattle, Portland, Oakland, Kansas City). La construcción del ferrocarril, en la que se emplearon miles de trabajadores (irlandeses, negros, alemanes, chinos, etc), tuvo dimensiones épicas y dramáticas. Conllevó la destrucción de la cultura de las tribus indias, basadas en la caza del búfalo, y su sustitución por una economía ganadera y una "nueva cultura de la frontera", centrada en las figuras del cowboy, de los ranchos y de los mineros. Las "guerras indias" tuvieron especial intensidad entre 1860 y 1887: en junio de 1876, por ejemplo, tuvo lugar la aniquilación del teniente general Custer y sus hombres por Sitting Bull y Crazy Horse en la batalla de Little Big Horn: La rendición del jefe apache Gerónimo en septiembre de 1886 y la aprobación en 1887 por el Congreso de una ley que autorizaba la creación de "reservas" para las distintas tribus puso fin a la resistencia india (aunque todavía habría graves incidentes: unos 300 indios, entre ellos Sitting Bull, fueron masacrados por tropas del Ejército a finales de diciembre de 1890 en la localidad de Wounded Knee, cuando los escoltaban a una reserva). En 1860, pudo haber habido unos 340.000 indios; en 1910, sólo quedaban 220.000. El ferrocarril fue, además, factor principal de la industrialización, particularmente del desarrollo de la siderurgia y de la minería, favorecidas por los abundantes recursos naturales del país. La existencia de mineral de hierro en las regiones de los lagos Michigan y Superior hizo de Chicago, Cleveland, Gary, Toledo, Detroit y Milwaukee grandes centros siderúrgicos. El carbón de los Apalaches propició el desarrollo de Pittsburgh y Birmingham; las grandes reservas de hierro y cobre, el de los enclaves industriales de Colorado. El desarrollo de aquellos sectores fue extraordinario. La producción de carbón se elevó de 29,9 millones de toneladas en 1870 a 244,7 millones en 1900 y a 517,1 millones en 1913; la de acero -pronto controlada por Andrew Carnegie (1835-1919), un emigrante escocés pobre que había hecho su fortuna en los ferrocarriles-, de 70.000 toneladas en 1870 a 4.350.000 toneladas en 1890 y a 31 millones de toneladas en 1913. El dinamismo norteamericano debió mucho también -además de a los factores hasta ahora mencionados: población, agricultura, transportes, recursos naturales- a la capacidad de innovación tecnológica del país, cuyas aplicaciones prácticas provocaron una verdadera revolución permanente que cambió de raíz la vida social y la organización del trabajo. La rotativa, armas (Colt, Remington, Winchester), la máquina de coser, destiladoras, desnatadoras, el ascensor, el coche-cama (George M. Pullman, 1864), la máquina de escribir, el celuloide, la lavadora, la leche condensada, el tractor de gasolina (1892), el teléfono (Alexander G. Bell, 1876), el fonógrafo, el micrófono, las bombillas incandescentes (los tres, patentados por Thomas Edison), el ventilador eléctrico, las cajas registradoras, las calculadoras, el papel carbón, la sacarina, el papel-película (George Eastman, 1885), la bakelita, el cristal pyrex, la linotipia (Ottmar Mergenthaler, 1886) y la ametralladora fueron, entre otros muchos productos, invenciones norteamericanas de los años 1860-1914. Estados Unidos estuvo a la cabeza de la segunda revolución industrial. En ciertas industrias del sector químico como aluminio, plomo, zinc o cobre, superaron pronto a Alemania. Con 758 plantas de producción de acero, minas de hierro y carbón, flota mercante y ferrocarriles propios, la U. S. Steel Corporation, creada en 1901 por fusión de las fábricas de Carnegie con otras siderurgias, era la primera empresa mundial del sector. En 1870, un agente comercial de Cleveland, John D. Rockefeller (1839-1937), había creado con otros socios una empresa para el refinado del petróleo, la Standard Oil Co.; en 1879, controlaba el 90-95 por 100 del petróleo producido en Estados Unidos. Luego, fue adquiriendo empresas menores, nuevos pozos (en Ohio, Texas, Nueva Jersey, California y otros estados), líneas ferroviarias, barcos, oleoductos, grupos financieros. En la década de 1880, Estados Unidos dominaba los mercados europeos de petróleo; hacia 1890, la Standard Oil era probablemente la organización industrial más fuerte del mundo. En 1881, se iluminó ya por electricidad una ciudad, Aurora (Illinois), la primera en el mundo en hacerlo. Al año siguiente, Edison construyó la primera central eléctrica (en Nueva York). En 1885, se instalaron los primeros tranvías eléctricos (en Baltimore). Un emigrante croata, Nikola Tesla, patentó el motor eléctrico y distintos tipos de condensadores, dínamos y lámparas. En 1886, George Westinghouse diseñó un transformador comercial que permitió el uso de la corriente alterna. Poco después (1892), Westinghouse, Edison y el grupo financiero de la Banca Morgan crearon General Electric que pronto se hizo con buena parte del creciente mercado industrial y doméstico relacionado con las aplicaciones de la electricidad. A fin de siglo, se construyeron en las cataratas del Niágara gigantescas centrales hidroeléctricas. Luego se levantaron otras en numerosos puntos del país. En 1912, el total de caballos de vapor producidos por electricidad se elevaba a 12 millones; había ya unos 72.000 kilómetros de ferrocarriles y tranvías electrificados. En la década de 1880, la bicicleta se había convertido en el más popular medio de transporte del país. En 1893, los hermanos Duryea, de Springfield (Illinois), produjeron el primer automóvil norteamericano. Henry Ford (1863-1945) construyó el primero de los suyos, en Detroit, en junio de 1896 y en 1903 creó la Ford Motor Company. En 1910 existían ya unas 60 empresas de producción de automóviles. Varias de las más importantes -Buick, Cadillac y Oldsmobile- se fusionaron por iniciativa de William C. Durant en General Motors (1908), la primera empresa mundial hasta que en 1913 fue desplazada por la Ford gracias al éxito de su Modelo T (1908), el coche más popular del mundo. En 1915, el parque de automóviles llegaba a los 2,5 millones. La producción norteamericana (medio millón de coches al año) excedía con mucho a la europea. Apuntaba ya otra industria que con el tiempo sería importantísima. En diciembre de 1903, como ya quedó dicho, los hermanos Orville y Wilbur Wright lograron por vez primera hacer volar un aeroplano (en Kitty Hawk, Carolina del Norte). Finalmente, la banca tuvo también un papel esencial, sobre todo en la consolidación de "pools", "holdings" y "trusts", esto es, en la creación por fusión y concentración de empresas de grandes corporaciones o consorcios, una evolución, producto de la durísima competencia por los mercados, que terminó por caracterizar a la economía norteamericana. La Casa Morgan de Nueva York -creada por John Pierpoint Morgan (1837-1913), hijo de un banquero enriquecido en la bolsa de Londres- adquirió participación creciente y decisiva en numerosas empresas ferroviarias, en la U.S. Steel, en la American Telephone and Telegraph Co. -la empresa surgida en torno a Alexander G. Bell que monopolizaba las comunicaciones telefónicas-, en General Electric, en la International Harvester Company, la gran empresa de maquinaria agrícola, y en varios de los principales bancos del país (Chase Manhattan, Hanover, etc). Otros bancos -Kuhn, Loeb y Cía; Lee, Higginson y Cía; Kidder, Peabody y Cía- tuvieron también parte principal en la inversión industrial. Pese a "pánicos" financieros (1873,1893) y a graves crisis coyunturales (1893-96), la economía norteamericana creció entre 1870 y 1913 a una tasa media anual del 4,3 por 100, cifra que casi doblaba las de Alemania y Gran Bretaña. En 1913, producía ya el 35,8 por 100 de toda la producción manufacturera del mundo, tanto como Alemania, Gran Bretaña y Francia juntas, y el valor de su comercio exterior, que se había cuadruplicado desde 1875, sólo era superado por Gran Bretaña y Alemania. Como dijo en 1889 el Presidente del Congreso Tom Reed, Estados Unidos era el país del "billón de dólares" (de hecho, la riqueza nacional se estimaba en 1890 en torno a los 65 billones de dólares; se había duplicado en sólo una década). El éxito norteamericano fue ante todo el éxito de la iniciativa privada, el triunfo de un espíritu empresarial que hacía de la maximización de beneficios y de la lucha por los mercados -siempre implacable y muy a menudo, fraudulenta- los valores esenciales para una sociedad abierta, competitiva y dinámica como ninguna. El papel del gobierno se limitó a la política arancelaria -por lo general, muy proteccionista- y a aprobar la legislación que más pudiera favorecer a los intereses empresariales e incluso, a no aplicar la que pudiera perjudicarles, como la legislación contra los monopolios. Significativamente, ni siquiera hubo banco central hasta 1913, año en que se creó el Banco de la Reserva Federal. El enorme contraste entre la mediocridad e inoperancia del liderazgo político de los años 1876-1900 -representado por los Presidentes Hayes, Garfield, Cleveland, Harrison, McKinley- y la fuerza y capacidad creadoras de industriales y banqueros de la misma época (los Carnegie, Rockefeller, Morgan, Henry Clay Frisk, magnate del carbón, Andrew W. Mellon, del aluminio, Henry Ford, James B. Duke, Cyrus Hall McCormick) era revelador. Se estimaba que en 1880 había en el país unos cien millonarios; en 1916, podía haber ya unos 40.000.
contexto
Para 1850 había unos 5.000 mexicanos en Texas, 60.000 en Nuevo México, 1.000 en Arizona y 8.000 en California. Hasta 1911 una extensa frontera de más de 2.000 millas y no vigilada, las dificultades políticas y la crisis económica en México y necesidad de mano de obra en USA explican la progresiva aparición de una emigración no regulada, a veces incluso diaria, de jornaleros trabajan en un país y viven en el otro. En ese periodo los dos destinos principales eran California y Texas. Las conmociones revolucionarias en México y por contraposición el desarrollismo de los Estados Unidos a lo largo de los Roaring Twenties originaron entre 1910-1929 una emigración en masa, si bien en 1917 se revisaron estas leyes, prohibiendo la entrada de analfabetos a Estados Unidos, y en 1924 -para proteger y preservar la cultura, los valores y creencias norteamericanos- se dictó el Acta Jonson-Reed, que estableció un sistema de cuotas limitando la inmigración, y se creó la Patrulla Fronteriza. La corriente inmigratoria se vio cortada radicalmente debido al crack del 29 y la posterior Gran Depresión. Los propios anglos se vieron obligados a un éxodo desde las "cuencas de polvo", como Oklahoma, a Estados donde parecía posible sobrevivir, como California. Ante las cifras de desempleo, la dificultad para los subsidios y las quiebras bancarias, El Servicio de Inmigración localizó a miles de mexicanos, no todos ilegales -espaldas mojadas o alambristas- y se les obligó a abandonar Estados Unidos. Si en 1930 había 690.000 residentes mexicanos en 1940 solo quedaban 377.000. La recuperación vino con la II Guerra Mundial y el Programa Bracero, y después durante los años 50 con la consolidación de USA como potencia mundial y las dificultades en México: si las cifras legales señalan hasta 293.469 entradas, el número de ilegales -1 legal representa 4 ilegales- empezó a ser alarmante para el mundo anglo. Un programa en particular fue puesto en acción, llamado "Operación Espalda Mojada", que trató de detectar y deportar a mexicanos que vivieran a lo largo de la frontera estadounidense. En cuatro años (1950-54) fueron devueltos a México tres millones; pero en los 60 volvió a haber cuatro millones de ilegales. El Departamento de Trabajo empezó a establecer sus medidas: determinando que las Oficinas de Empleo Estatales impidieran el desplazamiento laboral de ciudadanos o inmigrantes legales por los ilegales. Una década después en 1965, el Acta de Reforma de Inmigración se pone en acción permitiendo la entrada de gente de otros países, sin importar la raza, su origen étnico o su identidad cultural pero con una política de cuotas que entró en vigor en el 68: 120.000 entradas anuales del "hemisferio occidental". De poco sirvió. La Administración Carter prestó atención a esta cuestión, penalizando la contratación de ilegales. En 1987 la Ley Simpson-Rodino concedió la legitimidad a los ilegales que pudieran demostrar que habían llegado antes del 1 de enero de 1982, a través de cualquier documento. Pero los Espaldas Mojadas no guardan sus rastros para defenderse, y la Ley dejó al descubierto a unos cinco millones de ilegales, de ellos, el 55% eran chicanos, es decir, hispanos de origen mexicano. La Reforma Migratoria y el Acta de Control y Reforma Migratoria (MYRCA) de 1986, se estableció con el fin de identificar a aquellas personas que dieran empleo a indocumentados (básicamente a mexicanos y para ofrecer una amnistía para éstos: casi 3 millones de indocumentados solicitaron su residencia legal. Más de 2.5 millones eran latinos, y de éstos 2.3 millones mexicanos, según el Servicio de Inmigración y Naturalización de EE.UU. La ley de inmigración de 1992 aumentó considerablemente el número total de entradas, de 270.000 a 675.000. Concedía prioridad a la cualificación profesional sobre el reagrupamiento familiar. Las autoridades norteamericanas, inspiradas en la legislación canadiense, reservaron 10.000 entradas a inversores comprometidos a invertir un mínimo de un millón de dólares en la economía norteamericana. Esta ley es el resultado de prácticas de presión desde el mundo de los negocios y ciertas minorías: considera la inmigración como refuerzo para la economía norteamericana y medio para regular el mercado del trabajo. Las leyes de 1986 y 1992 han sido el eje de una movilización contra la inmigración ilegal, sobre todo en California. 1994 fue el año culminante del éxodo de los llamados "balseros" cubanos, que se lanzaban al mar rumbo a Estados Unidos en precarias balsas de fabricación casera. Unos 30.000 fueron rescatados y enviados a bases navales norteamericanas en Guantánamo y Panamá. En 1995 se les permitió vivir en Estados Unidos. Estadísticamente, sólo uno de cada cinco "balseros" que zarparon de Cuba consiguió llegar con vida a EE.UU. El 13 de julio de 1994 naves de la Armada Cubana hundieron un navío en el que varias familias huían hacia la Florida. Murieron más de 40 personas, entre ellas varios menores de edad. Gráfico En 1996, en su campaña de reelección, Bill Clinton planteó limitar la inmigración ilegal para poder ganar votos en California y Texas. Durante su mandato se reforzó la patrulla fronteriza, se instalaron sensores a lo largo de la frontera, y 40 millas de valla de 14 pies-más de cuatro metros-de altura para prevenir el flujo de inmigrantes indocumentados. También se dictó en el 96 una de las actas más rigurosas y severas, la Reforma de Inmigrantes Ilegales y el Acta de Responsabilidad Migratoria, con el fin de frenar la inmigración ilegal, específicamente en lugares fronterizos de Estados Unidos. El sentimiento anti-migratorio estadounidense aumentó. El Acta Patriota de Estados Unidos, también conocida como Fortalecimiento y Unificación de Estados Unidos a través de la provisión de herramientas adecuadas requeridas, para interceptar y obstruir el terrorismo, fue puesta en marcha después de la tragedia del 11 de septiembre de 2001. Pero la expansión de los hispanos o hispanics era imparable. En el 2006 se debatió una nueva reforma ante los 12 millones de indocumentados, de los cuales unos ocho millones son de origen latino. Dejando cuestiones políticas a un lado, lo que es indiscutible es que el rápido crecimiento demográfico por altas tasas de natalidad, la emigración, y la promoción formativa, cultural, profesional y social de los hispanos, una gran y pujante minoría -con algunos puntos débiles, eso sí- parece estar cambiando, dinamizando y enriqueciendo el mundo anglo. Son más de 45 millones de personas biculturales y orgullosas de su raza.
contexto
Si en lo político, los cambios a partir del siglo XIII son acusados, en el ámbito religioso también lo son. El siglo XII coincide con la eclosión de la reforma cisterciense conducida por san Bernardo de Claraval. El éxito fue extraordinario y lo avala el ingente número de Casas fundadas en un periodo relativo de años. Su prestigio como orden reformada colaboró al favor de los fieles, y su particular ideario, junto a su experiencia en la roturación y puesta en cultivo de nuevas tierras, fue decisivo en la abundancia de asentamientos en zonas de nueva colonización. Con el siglo XIII sin embargo, hace su aparición un nuevo género de órdenes religiosas, y parte de la ascendencia que los cistercienses han tenido sobre la sociedad se desvía hacia éstas.Los franciscanos, cuya orden es aprobada en 1209, y los dominicos, que ven aceptada la suya en 1216, van a convertirse en los artífices de una nueva oferta religiosa. Se instalan en las ciudades, los primeros para poder llevar la prédica a un mayor número de almas, especialmente en aquellas zonas contaminadas por la herejía; los segundos para que su práctica de las virtudes evangélicas (la pobreza y la penitencia) sirva de modelo. El ideario rigorista propugnado por el fundador de esta última (san Francisco de Asís) será, no obstante, rápidamente abandonado, no sin controversias dentro de la orden y, de la mano de los conventuales, se va a evolucionar hacia postulados mucho menos combativos. Es significativa, en este sentido, la erección de la iglesia de la Santa Croce en Florencia según unas pautas monumentales que no hubieran convencido en absoluto a Francisco.El periodo del gótico inicial coincide con la gran época de los contactos Oriente-Occidente. La primera Cruzada data de 1095 y es la única de todas a la que se reconoce como auténtica movilización de la Cristiandad, y exenta de los intereses bastardos que caracterizan las siguientes. Tras ella se suceden otras siete (1146, 1187, 1201, 1217, 1229, 1248, 1270). Todas ellas favorecieron no sólo el conocimiento de Oriente por parte de los occidentales, sino la llegada de objetos preciosos como botín de guerra, que fueron embajadores de un refinamiento de costumbres desconocido. También el comercio contribuyó a estos contactos, y cabe añadir que especialmente en la Baja Edad Media, porque es el momento en que se registra un número mayor de asentamientos coloniales en el Norte de Africa, Bizancio, etc.Esta actividad comercial, al igual que los oficios mecánicos, estrechamente ligada al mundo urbano, ha recibido un nuevo impulso a partir de finales del siglo XII tras su legitimación definitiva en base al concepto aristotélico del "bien común", con lo cual la práctica totalidad de los oficios urbanos adquiere una sanción moral de la que carecían. Las ciudades se convierten en centros económicos (en Italia también en centros políticos) y en importantes focos culturales de la mano de las Escuelas catedralicias primero, de las Universidades después. No puede olvidarse entre las primeras a Chartres, ni entre las segundas a Bolonia, centrada en el campo jurídico, ni las de Montpellier o Salerno, éstas reputadas en el ámbito de la medicina, al igual que lo son las de París y Toulouse en el de la Teología.La aparición de una cultura laica es en parte consecuencia de esta secularización del saber, pero también resultado del gusto que desarrolla por entonces un público heterogéneo. Es incontestable el éxito de los trovadores y de la literatura cortés en el ambiente todavía feudal de finales del siglo XII pero a partir de este fenómeno quedarán sentadas las bases del gusto literario entre los distintos estamentos sociales del siglo siguiente. El libro como objeto suntuario y de uso personal surge en el paso del siglo XII al XIII. Entonces todavía prevalece el de carácter devocional ("Salterios", sobre todo), pero más adelante, junto a otras modalidades dentro de este mismo género (el "Libro de Horas", por ejemplo), se empiezan a producir y a ilustrar abundantemente novelas, recopilaciones poéticas, "materia de Bretaña", etc. Los inventarios de ciertas bibliotecas privadas, sean reales, nobiliarias, eclesiásticas o jurídicas revelan esta nueva realidad. Junto a ellos ocupa un lugar especial el libro jurídico que en ciertos centros como el boloñés es abordado también como objeto de lujo.