Nueve siglos antes, Inglaterra había sufrido su última invasión y, ante la marea alemana, se preparó para resistir. Quizá el mejor ejemplo del espíritu de aquellos días lo expresaba la oratoria de Churchill, primer ministro desde mayo: "Lucharemos en las playas, lucharemos en los lugares de aterrizaje, lucharemos en los campos y las calles, lucharemos en las montañas. Jamás nos rendiremos". El categórico rechazo a cualquier trato con Hitler y a cualquier claudicación coincidió con un deseo de continuar la lucha, apelando a los recursos de las colonias. Sin saberlo, los alemanes que habían iniciado una guerra europea, se vieron en un conflicto mundial para el que no estaban preparados. Hitler y los generales habían planeado una conflagración continental, en el teatro de la expansión alemana del siglo XIX y Primera Guerra Mundial. La actitud inglesa desbordó ese marco y los alemanes se vieron enfrentados al reto de dominar el mundo. Ese era, para ellos, un objetivo imposible. Para los ingleses, un pacto habría supuesto la devolución a Alemania de las colonias perdidas en 1918 y su entrada en el universo colonial que la política imperial no estaba dispuesta a consentir. Pero a corto plazo, la guerra parecía ser sólo europea y los ingleses estaban convencidos de que la invasión se intentaría por vía marítima, que era la más fácil. La flota alemana había salido quebrantada de la campaña escandinava y el Almirantazgo no temía ese reto. Había un buen programa de construcciones aéreas en marcha, y aunque la Aviación era todavía deficitaria, unida a la Marina se mostraba capaz de detener cualquier aventura naval enemiga. Y como los efectivos terrestres eran los trescientos y pico mil soldados evacuados de Francia, con sólo 500 cañones y 200 carros, se complementaron con la Home Guard, una reunión heterogénea de ciudadanos, armados y encuadrados a toda prisa, pero con seriedad. Las fuerzas navales organizaron una Striking Foice de 36 destructores para oponerse a la primera fuerza de invasión, y la Auxiliary Patrol para vigilar directamente las costas, porque la Horne Fleet, la verdadera fuerza de batalla, necesitaba veinticuatro horas para entrar en acción. El peligro no era tan inmediato como parecía. Los alemanes carecían de planes de desembarco y Hitler esperaba que la derrota continental conduciría a los ingleses a pactar. Hasta el 2 de julio de 1940 no ordenó iniciar el estudio de un plan de invasión que se llamó Operación León Marino. Su preparación fue tan ligera que, el 15 del mismo mes, Hitler dispuso que todo estuviera listo para mediados de agosto. El plan preveía dos oleadas sucesivas sobre cuatro playas entre Folkestone y Selsey, con 3.500 embarcaciones de todo tipo que era imposible reunir en tan poco tiempo. Es difícil creer que el meticuloso mando militar alemán creyera seriamente en una operación así improvisada, que más bien parecía un gigantesco gesto teatral de Hitler para atemorizar a los ingleses y obligarles a pactar. Los almirantes alemanes hicieron ver la imposibilidad de cruzar el Canal sin tener superioridad aérea y León Marino se retrasó. Cuando, a mediados de septiembre, se comprobó que el cielo estaba dominado por los ingleses, se pospuso nuevamente. Hitler decidió entonces que lo primordial era invadir Rusia y sólo se lucharía contra Inglaterra mediante submarinos y aviones para destruir su moral y su economía. Al pensamiento estratégico prusiano le era más familiar una campaña continental contra Rusia que la complicada invasión marítima ajena a sus tradiciones. De modo que el objetivo principal pasó a ser el futuro frente del Este. La fecha de León Marino estaba marcada para el 3 de septiembre. Se dilató hasta el 29 y, por fin, fue aplazada indefinidamente. El León Marino se ahogó sin tocar el mar. El 17 de agosto de 1940 Hitler declaró el bloqueo total a Inglaterra, como un recuerdo de la estrategia que ya había fallado en la Primera Guerra Mundial. A principios de septiembre se hundieron buques de todas las marinas beligerantes, mientras Hitler pensaba en un bloqueo con tres procedimientos: la acción submarina, las incursiones de la flota de superficie y el bombardeo con aviones que se adentraran en el mar. El hundimiento, sin previo, aviso del paquebote Athenia con 1.400 pasajeros a bordo hizo recordar el asunto del Lusitania en la guerra anterior. El submarino alemán U-30 lo había torpedeado y 28 pasajeros norteamericanos encontraron la muerte. Ante la protesta diplomática, la Marina alemana negó el hecho. La propaganda de Göebbels llegó a decir que el Almirantazgo inglés había hundido el Athenia para acusar al Reich. En estas primeras escaramuzas los alemanes lograron una baza que habían intentado en vano durante la Primera Guerra Mundial. Scapa Flow era una de las principales bases de la flota inglesa. Situada en las Orcadas, estaba defendida por un completo sistema de minas y redes metálicas Un espía, instalado años atrás en la zona, había descubierto un punto débil en la defensa, cuando una red antisubmarina fue levantada para reparaciones. Guiado por sus noticias, el U-47, mandado por el ober leutenant Prien, penetró en la rada y torpedeó al acorazado Royal Oak y el crucero Repulse, los hundió y abandonó la base entre el desconcierto de las defensas. En el aparato propagandístico del Reich había lugar para la nostalgia. Durante la Primera Guerra Mundial, buques corsarios alemanes atacaron las comunicaciones imperiales inglesas y se intentó recordarlos. Cuando la guerra estalló, el acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee navegaba, con guardiamarinas a bordo, en un viaje de prácticas. Situado en el Atlántico sur, inició una campaña devastadora para el comercio británico que, en dos meses hundió 9 buques y casi 50.000 toneladas. A principios de diciembre necesitó aproximarse a la costa uruguaya en busca de petróleo y suministros, porque sus buques auxiliares estaban controlados por los ingleses. El día 13 tomó contacto con tres cruceros enemigos, Exeter, Achilles y Ajax, y trabó combate. Obligado a refugiarse en Montevideo, con poco combustible y dañado por dos impactos del Exeter, el comandante alemán pidió quince días de asilo para reparar. Por presiones inglesas sólo consiguió uno y prefirió volar el buque, tras salvar a la tripulación, antes que ser capturado. Más tiempo pudo operar el Atlantis, un buque mercante, dotado de cañones, torpedos, minas y hasta un pequeño hidroavión. Había sido preparado expresamente para actuar como corsario, al mando de un marino de guerra y con todos los medios precisos para hacerse pasar por otros barcos. Desde su base de Noruega iniciaba viajes programados para unos veinte meses, cortando la ruta del cabo de Buena Esperanza. El abastecimiento se hacía mediante submarinos en alta mar, y el Atlantis navegó y cobró 22 presas hasta ser interceptado por los ingleses en septiembre de 1941. La lucha por las comunicaciones marítimas inglesas vino determinada por el estado inicial de ambas flotas. Cuando la guerra estalló, Alemania contaba con 50 submarinos costeros y 65 oceánicos e Inglaterra con 38 submarinos y 66 buques de escolta. Mientras en la Primera Guerra Mundial, la construcción submarina alemana fue lenta, desde 1939 se aceleró. Los ingleses, por su parte, planificaron concienzudamente la defensa. A principios de 1940 se estableció que los buques autónomos y rápidos se desviaran al norte para evitar a los aviones alemanes. Los convoyes se aproximaron a la costa por un canal delimitado y controlado por la Aviación británica. Además se instalaron armas antiaéreas a bordo de los mercantes. La flota alemana de superficie carecía de potencia para intentar un dominio efectivo y la verdadera "batalla del Atlántico" no se inició hasta que, en marzo de 1941, la construcción naval alemana botó gran número de nuevos submarinos que compensaron las pérdidas sufridas hasta entonces. El duelo naval se concretó entre británicos e italianos. Estos contaban con una gran flota compuesta por 8 acorazados, 26 cruceros ligeros, 61 destructores, 120 submarinos y muchas embarcaciones menores. Pero ni su voluntad ni sus medios técnicos podían compararse a los ingleses. Las batallas de Punto Stilo (julio) y Cabo Taulada (noviembre) demostraron, antes de finalizar 1940, que Italia no contaba como potencia naval. En lo sucesivo, sus buques se dedicaron a tareas menores como mantener precariamente las rutas de Sicilia a Libia, y a atacar, con poco éxito, los convoyes de Gibraltar. El verano de 1940 estrenó una denodada lucha en el aire. Su origen no fue un plan previsto, sino la necesidad de preparar la operación León Marino. El Mando alemán pensaba que el dominio del aire era una condición precisa para cualquier operación naval, sobre todo desde que la campaña noruega había demostrado la vulnerabilidad aérea de los grandes barcos. En principio, la Luftwaffe parecía muy superior a la RAF, y el mando alemán actuó confiado.
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La actividad agraria en Inglaterra y Holanda siguió una línea de evolución diferente a la del resto del Continente. En estos países la agricultura registró un proceso de intensificación y especialización, al tiempo que la producción se orientaba hacia el mercado. Los Países Bajos continuaron beneficiándose de las estructuras de economía colonial impuesta sobre el área báltica. La caída de los precios del trigo les permitió abastecerse a bajo costo de grano del Este; mientras tanto, pudieron dedicar sus mejores tierras a la horticultura, al cultivo de plantas industriales o la ganadería intensiva del vacuno, que les permitió producir grandes cantidades de carne, leche y queso. Las Provincias Unidas continuaron ganando terreno al mar. Las superficies desecadas fueron muy extensas durante la primera mitad del siglo, aunque más tarde, en la segunda mitad, el ritmo decayó. Los agricultores flamencos y holandeses lograron desarrollar técnicas avanzadas que dejaron atrás los sistemas tradicionales. La agricultura se intensificó y los barbechos desaparecieron para dejar paso a novedosas técnicas de rotación en las que el cereal alternaba con las leguminosas, las plantas forrajeras y cultivos especializados. Entre éstos hay que contar los cultivos industriales como el lino, el cáñamo, el lúpulo y la rubia, empleados como materia prima en la desarrollada industria textil de la región. También el cultivo del tabaco resultó importante en el norte de los Países Bajos. El modelo agrícola holandés es necesario comprenderlo en el contexto de una economía avanzada en la que el alto índice poblacional, la intensidad de la urbanización, la ausencia de trabas señoriales, el grado de capitalización de la economía y el desarrollo industrial constituyen factores de importancia. Las variables técnicas no resultan, por tanto, autónomas respecto a las de naturaleza socio-económica. En Inglaterra se introdujeron e implantaron las técnicas agrarias experimentadas en los Países Bajos, en buena parte como efecto de las migraciones forzadas por motivos político-religosos. El desarrollo de la agricultura inglesa se basó en las transformaciones profundas de la estructura de la propiedad. La continuación del movimiento de "enclosures", que había sido muy amplio en las Midlands durante el siglo anterior, permitió una intensificación de los cultivos, al imponer límites visibles a las propiedades y al excluir las antiguas servidumbres de uso colectivo (common rights) propias de los "open fields" o campos abiertos. La agricultura en los campos abiertos se basaba en el sistema de barbechos y en el aprovechamiento comunal de los pastos tras la siega de las mieses para una ganadería explotada de forma no intensiva. El progreso del "enclosure", favorecido mediante leyes tras la revolución parlamentaria, exigió como requisito previo la desaparición de los residuos feudales en el ámbito rural y el progreso de las relaciones capitalistas. La concentración y los cerramientos de las propiedades representaron una condición inicial indispensable para el desarrollo agrario inglés. La estructura de la propiedad apareció desde este momento dominada por grandes "landlords" terratenientes que cedían mediante contrato la tierra a arrendatarios para una explotación de tipo comercial. Dichos arrendatarios, a su vez, utilizaban mano de obra asalariada. No hay que minimizar tampoco el papel del Estado como favorecedor del desarrollo agrario. Bajo el patrocinio real, siguiendo también el modelo de los Países Bajos, se inició una vasta tarea de saneamiento de los "fens", que tuvo como resultado la transformación de miles de hectáreas semiinundadas, utilizadas como pastos y como reservas de pesca y caza de aves, en tierras de cultivo intensivo. Por otro lado, las "Corn Laws", dictadas en los años ochenta del siglo, sirvieron para subvencionar y estimular las explotaciones de cereales. Andando el tiempo, Inglaterra se convertiría en un gran exportador de granos, compitiendo con los tradicionales proveedores bálticos en el abastecimiento de los mercados de los Países Bajos.
Personaje
Pintor
Jorge Inglés fue uno de los numerosos artistas extranjeros que se afincaron en Castilla a mediados del siglo XV. Ellos contribuyeron a la introducción de la Pintura Flamenca que tiene como resultado el estilo Hispanoflamenco. Jorge Inglés se formó en Flandes en el círculo de Van Eyck, del cual aprende su forma de pintar: pliegues muy quebrados en los ropajes, rostros algo anchos y afeados, abundantes joyas y adornos... Un matiz personal de su pintura fue su marcada preferencia por los fondos de paisaje en vez de rellenarlos con pan de oro, según el gusto español de la época. Buen dibujante, su éxito en España fue grande, entrando al servicio personal del marqués de Santillana, a quien retrató junto con su esposa en el retablo que éste le encargó para el Hospital de Buitrago, en 1455.
obra
Convaleciente tras su estancia en la clínica para desintoxicarse del alcoholismo que padecía, Toulouse-Lautrec decidió trasladarse a Burdeos, embarcando en el puerto de El Havre. En este lugar descubrió una taberna inglesa situada en la rue Général Faidherbe donde trabajaba como camarera, bailarina y animadora una inglesa llamada Miss Dolly. Lautrec quedó absolutamente seducido por el local y la inglesita por lo que pidió a su amigo Joyant lo necesario para pintar, realizando varios retratos de la bailarina: uno en plena actuación y éste de busto que contemplamos donde la seductora sonrisa de la joven y su cabello rubio se convierten en los auténticos protagonistas de la composición. Lautrec ha recuperado la admiración por el color aplicado con largos toques, dejando algo de lado la preponderancia de las líneas para retomar el estilo inicial de trabajos como la Condesa de Toulouse o el retrato de Lily Grenier. La personalidad de la "starlette" será el centro de atención del conjunto, acercando la figura a primer plano y renunciando a cualquier referencia espacial a excepción de una serie de elementos geométricos que parecen anticipar el cubismo.
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Una larga serie de descubridores, contrabandistas, piratas, corsarios y colonizadores frustrados, fueron preparando el asentamiento definitivo de Inglaterra en el Nuevo Continente. Entre sus descubridores más notables destacaron Martín Frobisher y Davis, relacionados con la "Sociedad de Comerciantes Aventureros para el descubrimiento de Tierras nuevas", fundada por Sebastián Gaboto en 1551, después de trasladarse de España a Inglaterra. La Sociedad creyó las fantasías anotadas en el mapa de Nicolás Zeno (1558), realizado sobre relatos reales y ficticios de diversos descubrimientos que apuntaban la posible existencia de un estrecho interoceánico en América septentrional, situado entre un rosario de islas dibujadas al oeste de Irlanda. En busca de dicho paso zarpó de Inglaterra, en 1576, el capitán Frobisher con tres naves. Alcanzó la bahía que lleva su nombre donde tomó posesión, hizo exploraciones y realizó intercambios con los esquimales. Al año siguiente, efectuó otro viaje en el que capturó una familia esquimal y encontró un mineral parecido al oro. Volvió asegurando haber descubierto el Estrecho de Magallanes boreal. A las supuestas minas de oro se envió, en 1578, una expedición de 15 naves. Los colonos pasaron muchas penalidades durante la travesía a causa de los icebergs y confirmaron que el oro de Frobisher era simplemente pirita oscura. Este fracaso apagó durante algún tiempo el entusiasmo por los viajes, hasta que fueron reanudados por John Davis, comisionado por la Sociedad de Comerciantes Aventureros para encontrar el paso. Salió de Portsmouth en 1583 con dos naves, y franqueó el estrecho que lleva su nombre entre Groenlandia y la Tierra de Baffin, alcanzando luego los 66° 40' de latitud norte. En 1586 y 1587 realizó otras dos expediciones. Durante la última de ellas subió hasta los 72° 12` (proximidades de Upernivik). Maestro de los contrabandistas ingleses fue John Hawkins, a quien se debe el hallazgo de varias cosas importantes, como el desabastecimiento de esclavos y de manufacturas europeas en las colonias españolas y la corrupción de sus autoridades. Inició sus correrías en 1562, robando 300 esclavos en Guinea y vendiéndolos en Santo Domingo. En su segundo viaje de 1564 llevó ya cuatro buques, entre ellos uno de la marina real (Jesus of Lubeck), pues Isabel I decidió entrar en el negocio del contrabando poniendo su parte. Hawkins robó otros 400 esclavos en Guinea y los vendió en la isla Margarita y en el puerto de la Borburata, donde perfiló ya su futuro sistema operativo, que fue el siguiente: arribaba a un puerto español y solicitaba a su gobernador permiso para reparar sus navíos averiados y para aprovisionarse de víveres. El gobernador negaba la autorización, naturalmente, y Hawkins le amenazaba con tomar la ciudad, disparando algunos cañones como argumento de convicción. El gobernador cedía y Hawkins le comunicaba entonces que como no tenía dinero en efectivo se veía precisado a vender los negros que transportaba, único elemento de valor con que contaba, para procurarse así lo que necesitaba. Hasta se permitía pagar los derechos reales con más negros. Este procedimiento era a veces puramente formal, pues las autoridades españolas se avenían fácilmente a negociar, una vez que habían salvado su honor. La verdad es que Hawkins vendía los negros a bajo precio, sin posible competencia, ya que los conseguía gratis, robándolos a los traficantes. Eran precios de asalto, como ha dicho el historiador Mota. Hawkins completó su periplo contrabandista en Curazao, Riohacha y Santa Marta, y regresó a Inglaterra. Isabel I le nombró Caballero. El contrabandista escogió como cimera de su escudo la figura de un negro cautivo. De la escuela del maestro Hawkins surgieron muchos discípulos, entre los que destacó John Lowell, que hizo otro viaje con contrabando a la costa venezolana en 1566, llevando un joven aprendiz llamado Francis Drake. Incluso aparecieron competidores franceses, como Jean Bontemps, Pierre de Barca, etc. Peor resultó el tercer viaje de Hawkins realizado en 1567. Tras robar 450 esclavos en Guinea y Senegal, se dirigió al Caribe. Contrabandeó esclavos, hierro, lienzos y otras mercaderías -iba ampliando el negocio- en la isla Margarita, la Borburata, Riohacha y Santa Marta. Sorprendido luego por un huracán, tuvo que buscar un buen puerto para reparar sus naves. Una de ellas, el Jesus of Lubeck, tenía 700 toneladas y sólo podía arreglarse en Veracruz, dado su enorme porte. Se dirigió allí, entrando en el puerto con subterfugios (se hizo pasar por una armada española). A los tres días apareció la flota española, con la que trabó un combate desafortunado, perdiendo todos sus barcos excepto tres: el Minion, en el que logró salvar la vida, el Judith, que mandaba el joven Francis Drake, y un patache. En cuanto a la piratería inglesa, se activó a partir de 1568, año en que la reina Isabel I soltó sus "perros del mar" contra los barcos y posesiones de Felipe II, defensor del Catolicismo y martillo de protestantes. La gran piratería duró veinte años, al cabo de los cuales Inglaterra entró formalmente en guerra con España, situación que transformó a sus "perros del mar" en auténticos corsarios hasta 1604, cuando volvió a firmarse la paz. Muchos fueron los piratas y corsarios afamados de estos años, como Cavendish, Cumberland, Richard Hawkins, Shirley, Parker, etc. El más notable fue sin duda Francis Drake, que constituyó una verdadera pesadilla para las plazas costeras del Caribe. Realizó su primer viaje a América, en 1566, como contrabandista a las órdenes de John Lowell y el segundo, en 1567, bajo el mando del propio Hawkins, salvando el pellejo milagrosamente en el desastre de Veracruz. En 1570 y 1571, hizo algunas expediciones por su cuenta y, en 1572, intentó apoderarse en Panamá de la plata que venía del Perú. Su primer viaje realmente importante fue el de 1577, que culminó con la vuelta al mundo. Se proyectó como una operación de hostigamiento a las plazas españolas del Pacífico. Drake partió con una flotilla de cuatro barcos que fue perdiendo por el camino y llegó al Pacífico con sólo uno, el Pelican, que rebautizó como Golden Hind, en honor al dueño de la embarcación, Mr. Christopher Hatton, cuya cimera era una cierva (hind) saltando. Subió por la costa chilena, sembrando el pánico en las indefensas poblaciones y mercantes. Era la primera vez que un pirata irrumpía en aquellas costas. Drake robó en Arica barras de plata del tamaño de ladrillos, entró en El Callao confundido por un buque español y capturó en la costa quiteña un mercante que se dirigía a Panamá con 13 cofres reales de plata, 80 libras de oro, 26 toneladas de plata sin acuñar y otras joyas y objetos de valor por unos 360.000 pesos. En su ruta hacia Nueva España apresó otros navíos, uno de ellos el mercante Nuestra Señora de la Concepción, que transportaba desde Acapulco a Panamá un valioso cargamento procedente de Filipinas. A bordo del mismo iban dos pilotos del famoso Galeón de Manila, Sánchez Colchero y Martín Aguirre, con un buen conjunto de cartas de navegación para las travesías por el Pacífico. Fueron las primeras que tuvieron los ingleses. Drake decidió entonces continuar su viaje completando la vuelta al mundo, en vez de regresar al Estrecho de Magallanes, donde los españoles le estarían esperando con toda seguridad. Pasó ante Acapulco y subió por la costa mexicana hasta California, donde recaló en una ensenada que llamó la Nueva Albión (quizá San Francisco o Bodega) para reparar su nave y prepararse para la travesía transpacífica. Partió de allí el 23 de julio de 1579, cruzando el Océano y alcanzando las islas Marianas. Desde allí prosiguió la vuelta al mundo. Ancló en Plymouth el 26 de septiembre de 1580, casi tres años después de haber zarpado de dicho puerto, con un botín valorado en 250.000 libras, suma superior al presupuesto anual del Parlamento británico. Isabel I le armó caballero en su propio barco. Drake se convirtió luego en un hombre honorable. Compró la abadía de Buckland por 3.400 libras, en 1581; fue nombrado alcalde de Plymouth y hasta representó a una villa de Cornualles en el Parlamento. En 1586, efectuó una gran expedición al Caribe. Asaltó y saqueó Santo Domingo y Cartagena. Finalmente puso rumbo a Virginia, para ayudar a los colonos de Raleigh. Destruyó San Agustín y volvió a Europa a tiempo para tomar parte en la victoria inglesa contra la Invencible (1588). Al año siguiente, pretendió tomar La Coruña y Lisboa y en 1595 dirigió, junto con John Hawkins, la mayor operación de castigo a las colonias españolas del Caribe. Esta armada, compuesta de 27 barcos y 2.500 hombres, fracasó en su intento de tomar San Juan de Puerto Rico, donde murió Hawkins, y luego en el de apoderarse de Panamá, atravesando el istmo desde Nombre de Dios. Drake enfermó de disentería y murió frente a Portobelo, el 28 de enero de 1596. Otros piratas ingleses que surcaron el Pacífico fueron Cavendish y Richard Hawkins. El primero de ellos dio igualmente la vuelta al mundo (1586-88) y capturó el galeón de Manila. El segundo hostilizó la costa chilena y fue apresado en Atacames en 1594, siendo enviado a España. La gran figura inglesa de los intentos de colonización en la centuria decimosexta fue Walter Raleigh. Corsario, empresario, poeta, músico, cortesano y escritor, fue en realidad el último gran pirata del Renacimiento. Nació en el seno de una familia hidalga y estudió leyes en Oxford, pasando luego a Londres como cortesano, convirtiéndose en favorito de la Reina Virgen. Su interés por América le vino por vía familiar, ya que su hermano de padre, Humphrey Gílbert, había realizado varios viajes a Indias e intentado colonizar en Terranova el año 1582. Raleigh organizó, en 1584, una expedición a América bajo la dirección de los capitanes Arthur Barlow y Philiph Amydas. Llegaron a una isla llamada Roanoka o Roanoke (Carolina del Norte), donde fueron bien recibidos por los indios. Los ingleses volvieron contando maravillas del sitio y Raleigh bautizó el lugar como Virginia, en honor a su soberana, que seguía sin contraer matrimonio. Isabel I correspondió a tal gentileza nombrando Sir a Raleigh, quien puso manos a la tarea de colonizar Virginia. Preparó siete buques con 100 hombres, a las órdenes de Richard Greenville y Raph Lane, y los mandó a Roanoke. Al cabo de unos meses, las relaciones entre los ingleses y los indios eran francamente tirantes. Lane decidió entonces invitar a un banquete a los caciques principales y a los postres quemó la casa donde les dio el ágape, con sus invitados dentro. Los indios empezaron a atacar a los ingleses y la situación se volvió imposible. Afortunadamente, apareció de pronto Francis Drake, que regresaba de una de sus correrías, y los colonos le pidieron que les repatriara a Inglaterra. De este intento colonizador quedaron dos cosas importantes, que fueron el tabaco y las patatas, ambas introducidas por los repatriados. El incansable Raleigh persistió en su proyecto y, en 1587, mandó otro grupo de colonos con John White. Nuevamente arribaron a Roanoke, donde levantaron sus viviendas y permanecieron un tiempo, volviendo luego a su patria. Raleigh se casó entonces con Elizabeth Thockmorton, una dama de honor de Isabel I, lo que indignó a ésta, que mandó encerrar al matrimonio en la Torre de Londres. Logró salir mas tarde, pero no pudo contar ya con el favor real. En 1595, Raleigh se dirigió a la Guayana, pues supo que su gobernador, don Antonio de Berrío, estaba reclutando tropas para buscar El Dorado. El inglés arribó a Trinidad y capturó la ciudad de San José de Oruña, donde estaba Berrío. Le sometió entonces a un intenso interrogatorio sobre el asunto de El Dorado. El Gobernador estaba enloquecido por el mito y le contó todo con pelos y detalles, encantado de encontrar alguien que le escuchara. Raleigh se creyó todas las tonterías que le dijo Berrío, convirtiéndose desde entonces en doradista crónico. Como le pareció que la empresa era demasiado importante, regresó a Londres para buscar los refuerzos adecuados. Allí escribió su famoso libro "Discovery of the large, rich and beautiful Empire of Guaiana, with a relation of the Great and Golden city of Manoa (which the Spaniards call El Dorado)", en el que recogió todos sus datos sobre el mito. En 1616, logró permiso del rey Jacobo I para establecer una colonia en la Guayana. El monarca le prohibió realizar piraterías, ya que había firmado la paz con España. Raleigh salió en 1617 con 14 naves y 2.000 soldados. Se dirigió a San José de Oruña, en la isla Trinidad, desde donde dispuso un plan para apoderarse de Guayana. Su lugarteniente Keymis asaltó Santo Tomé, pero los ingleses no pudieron sostenerse en la plaza a causa de las guerrillas españolas. Tras perder 250 hombres (entre ellos el propio hijo de Raleigh) y algunos meses buscando El Dorado, Keymis regresó fracasado a Trinidad. Raleigh abandonó la empresa y volvió a Inglaterra en 1618. El monarca inglés mandó ahorcarle por pirata.
contexto
Aunque los ingleses barrieron el Caribe durante los últimos cuarenta años del siglo XVI, su primer asentamiento en el mismo data del segundo cuarto del siglo XVII y fue la colonia de San Cristóbal, de la que hablamos anteriormente. Expulsados de allí por el almirante Oquendo, se dispersaron por otras islas, como la Barbada y la Tortuga. Algunos volvieron a Saint Kitts y otros se establecieron en la cercana Nevis (1628). Un gran contingente se había instalado en las Barbados el año 1625, adonde arribaron 80 colonos enviados por William Courteen, que se incrementaron pronto con otros, enviados por Lord Carlisle. Eran principalmente colonos contratados por siete años mediante el pago de pasaje. Se plantó caña de azúcar y se importaron esclavos. Hacia 1663, había ya unos 50.000 negros en las Barbados. Algo similar ocurrió en otras islas como San Vicente, Monserrate, Antigua y Santa Lucía. Hacia 1650, se calcula que vivían unos sesenta mil colonos en las islas de Saint-Kitts, Nevis y Barbados. Con todo, la mejor colonia inglesa del Caribe fue Jamaica, conquistada en 1655. Tras la guerra contra Holanda (1652-54), Oliwer Cromwell necesitaba otro conflicto externo capaz de catalizar la acción de los puritanos y se lo sirvió en bandeja, o mejor en libro, Thomas Gage, un dominico que había vivido en las colonias españolas y se había convertido luego al protestantismo. Gage publicó, en 1648, su famosa obra The English Arnerican, en la cual resaltó la debilidad de las ciudades españolas en América. Cromwell le pidió un informe detallado de las colonias del Caribe y encargó a John Milton la justificación moral de la agresión que preparaba. El gran poeta inglés cumplió el mandato el 26 de octubre de 1655, escribiendo el manifiesto titulado "Scriptum domini protectoras contra Hispanos", donde se tocaban los tópicos de las crueldades españolas contra las autoridades civiles y religiosas inglesas y la injustificada pretensión de poseer toda América. Cromwell los repitió en el Parlamento para lanzar la operación Western Design. La armada se envió antes de hacerse la declaración de guerra, como era la costumbre inglesa. La mandaba el almirante William Penn. Robert Venables dirigía la tropa de desembarco. El plan era dirigirse a Cuba, Puerto Rico o la Española, establecer allí un punto de apoyo, y atacar luego Cartagena. Penn tocó en las islas Barbados, Antigua, Nevis y St. Kitts, donde hizo un buen acopio de barcos y filibusteros. Completó así 57 naves y 13.000 hombres, con los que salió para Santo Domingo. El 13 de abril de 1655 se presentó ante dicha ciudad, que se puso en estado de alerta con sus 300 soldados y sus vecinos armados. La flota siguió a Nizao y desembarcó las tropas, que empezaron a asaltar la ciudad el 17 de dicho mes. El 26 de abril sufrieron una espantosa matanza y el 31 decidieron retirarse. Penn puso rumbo a Jamaica. Esta isla estaba más desguarnecida. Su capital, Santiago de la Vega, capituló el 17 de mayo de 1655. Jamaica aumentó pronto su población gracias a la tenacidad de Cromwell en enviar numerosos colonos. En 1658, contaba ya con 4.500 blancos y 1.500 esclavos. El cultivo de la caña fue introducido desde Barbados. A fines del siglo XVII, tenía 75.000 esclavos y unos 8.000 blancos. Jamaica fue sobre todo la cuna del filibusterismo y del contrabando ingleses. Este filibusterismo atravesó dos etapas; una ofensiva, que duró desde 1656 a 1664, y otra de supervivencia, que transcurrió a lo largo del sexenio 1665-1671. Los gobernadores de la isla comprendieron pronto que la caña azucarera no lograría mejorar excesivamente la colonia. La única posibilidad de que se volviera próspera era transformarla en un banco para las presas filibusteras, protegiendo a todo aquel que deseara organizar una operación contra los dominios españoles. En 1657 fue nombrado gobernador Edward Doyley, que se dedicó a otorgar patentes de corso a todo el que se la pedía, con la única condición de que prometiese dar luego al Rey su parte correspondiente del botín. Hizo más: patrocinar directamente algunas de tales empresas. En 1659, envió tres fragatas con 300 hombres bajo el mando de Christopher Myngs, que destruyeron Cumaná y asaltaron Puerto Cabello y Coro. La Corona inglesa decidió relevar a Doyley por Lord Windsor. Debía ser intérprete en Jamaica de la nueva política de paz de la Corona británica (el 10 de septiembre de 1660 se había establecido el cese de hostilidades con España), pero Windsor comprendió que Jamaica sólo sobreviviría si lograba sostenerse como foco filibustero. En 1662, envió a Myngs contra Santiago de Cuba y Campeche, mientras otros filibusteros hacían de las suyas en diversos reinos indianos. A Lord Windsor le sucedió Lyttleton, que actuó igual que su predecesor, y a éste Sir Thomas Modyford (1664), rico propietario de plantaciones en la Barbada, que llegó también con inútiles instrucciones de Londres de evitar el corso contra los españoles. Modyford no fue promotor de empresas de piratería, pero dejó hacer a los piratas. En esta época brillaron personajes como Bartholomeu Portugués y Rock "el Brasileño". Desde 1665 a 1671, Jamaica auspició ya una piratería indiscriminada contra los españoles, holandeses y franceses. En el primero de dichos años, Inglaterra declaró la guerra a Holanda y la Isla se vio enfrentada a sus colonias en América. Modyford no contaba con ayuda real para la guerra intercolonial y echó mano de los filibusteros, a los que dio patentes de corso. Así, requirió los servicios del experimentado Edward Mansfield, almirante de los Hermanos de la Costa, para que dirigiera una gran expedición hacia Cuba y Centroamérica, de la que resultó la conquista de Santa Catalina. En enero de 1666, Francia declaró la guerra a Inglaterra y Modyford se encontró frente a los aliados franceses y holandeses. Comprendiendo su debilidad, quiso atraerse a su bando a los filibusteros de la Tortuga y Santo Domingo. Estos le dijeron que se movían por intereses económicos, y no políticos. Modyford les ofreció entonces patentes de corso para atacar buques y plazas españolas con tal de que le ayudaran. Esto generalizó la piratería en todo el Caribe. Los ingleses, con sus corsarios y filibusteros contra los demás países: Francia, Holanda y España. Fue una época dorada con grandes y pequeñas figuras: Mansvelt, el Olonés y Morgan fueron los verdaderos maestros. El primero de ellos, por su intento de construir una tercera base filibustera en el Caribe, concretamente en la isla de Providencia, que podría haber tenido consecuencias catastróficas para las poblaciones españolas de Centroamérica y Tierra Firme. El segundo, porque logró grandes éxitos en los ataques terrestres (en los que habían fracasado Drake y Cumberland, entre otros). Morgan, el tercero de ellos, porque fue el más alto exponente del oficio, logrando con el asalto a Panamá mayor gloria que ninguno de sus compañeros. En 1670, después de una larga carrera de pirata, Morgan tomó Portobelo, cruzó el istmo y asaltó la ciudad de Panamá, donde se apoderó de la plata que iba a ser enviada a España. Saqueó e incendió la ciudad, que abandonó el 24 de febrero de 1671, llevando consigo 175 mulas cargadas de oro y plata y joyas, amén de unos 600 prisioneros. Carlos II le recompensó nombrándole Caballero y Teniente de Gobernador en Jamaica. El asalto a Panamá, en 1671, marcó el momento de máximo apogeo del filibusterismo inglés, que entró en decadencia a partir de entonces. Inglaterra estaba volcada hacia la colonización en América y el filibusterismo era ya un compañero peligroso del que había que desprenderse con rapidez, antes de que se convirtiera en un peligro para las ciudades portuarias de Norteamérica. Lo difícil era la forma de hacerlo, después de haber prestado tantos servicios a la Corona. El viraje se inició el mismo 1671. Se prohibió a los gobernadores de la Isla otorgar nuevas patentes de corso y se dio una amnistía a los que habían pirateado hasta entonces, ofreciéndoles la alternativa de convertirse en colonos o ingresar en la Royal Navy. Los filibusteros rechazaron ambas ofertas y huyeron en desbandada a las colonias del rey francés, donde siguieron sus actividades tradicionales. Sir Thomas Lynch, el nuevo gobernador a quien le tocó cumplir los nuevos mandatos de Londres, tuvo que ahorcar algunos filibusteros, asentar otros como colonos, y darles a unos terceros el aliciente de cortar palo en Belice. Fue relevado por Lord Carlisle en enero de 1674, pero como éste tardó cuatro años en integrarse a su puesto, se nombró entre tanto un gobernador interino, Lord Vaugham, que llegó a Jamaica a mediados de 1675 y tuvo que actuar con Morgan bajo sus órdenes. Según Vaugham, su lugarteniente era excesivamente benevolente con los piratas y vivía como uno de ellos, ya que casi siempre estaba en las tabernas bebiendo y jugando, cosas que en su opinión deshonraban el oficio que le había dado. El arribo de Carlisle acentuó la represión al filibusterismo y los piratas huyeron del Caribe hacia las costas norteamericanas, al Pacífico e incluso al Viejo Mundo. Al cumplir Carlisle su mandato, quedó como Gobernador interino Henry Morgan, que ejerció esta vez su oficio con gran energía, colgando a varios de sus antiguos colegas. Nada modificó el siguiente gobernador Sir Thomas Lynch, fallecido en agosto de 1684, ni su sucesor el teniente de gobernador Hender Molesworth. El balance de la piratería inglesa durante el último cuarto de siglo lo hizo por entonces el Marqués de Barinas en 1685, anotando que durante el reinado de Carlos II de Inglaterra (1660-1685) España había perdido 60 millones de coronas, cómputo que sólo abarcaba la destrucción de pueblos y ciudades, sin la pérdida de más de 250 buques mercantes y frágatas. Era, en realidad, el balance de la piratería auspiciada desde Jamaica, una isla que desde entonces vivió plácidamente de las plantaciones y del contrabando.
Personaje
Pintor
Jean Auguste Dominique Ingres nació el 20 de agosto de 1780 en la ciudad francesa de Montauban. Su ligazón con la ciudad se mantuvo a lo largo de toda la vida del pintor, quien donó importante parte de su obra al ayuntamiento, recibió honores de sus conciudadanos y finalmente disfrutó en ella de su propio museo, el Museo Ingres de Montauban. Ingres era hijo del pintor Joseph Ingres, miembro de la Academia de Bellas Artes de Toulouse. Toulouse era la ciudad más importante cerca de Montauban y allí es donde el padre se llevó enseguida al pequeño para formarle como artista. Dos fueron las disciplinas en las que el padre inició al joven Ingres, y en ambas destacó como un experto, sin abandonar jamás su práctica: música y pintura. En música, el violín era su instrumento favorito y su destreza alcanzó el nivel de virtuosismo. Dio numerosos conciertos, pero normalmente para círculos muy reducidos y en fiestas particulares de sus amigos. Respecto a la pintura, el dibujo era sin duda la guía y la herramienta preferida por el artista, hasta el punto de aconsejar al joven Degas, quien le admiraba: "Trace líneas, joven, muchas líneas, de memoria o al natural, así podrá llegar a ser un buen artista". En ambas ramas del arte Ingres poseía dos mentores o modelos a los que trataba de emular; en la música, Mozart representaba para él la más alta cota de la creación, mientras que en pintura Rafael fue siempre el modelo a seguir, no sólo en lo que se refiere a la práctica de la pintura, sino en su propia biografía que, dicho sea de paso, el pintor francés conocía a través de deformaciones novelescas. Sin embargo, a Ingres siempre le fascinó la vida amorosa de Rafael, en especial la relación mantenida con la bella Fornarina, su amante y modelo de gran parte de sus cuadros. La propia vida de Ingres se inició dentro de una línea de indefinición amorosa, que no le impidió llegar a un matrimonio estable y duradero que casi acabó con su carrera cuando la esposa murió.Ingres se formó, pues, siguiendo la dirección marcadas por su padre, quien le trazó un ordenado plan de estudios en Toulouse. Primero se lo encargó al pintor Pierre Vigan, de quien aprendería el valor del dibujo, una noción que ya nunca abandonaría en su carrera. Tras él pasó a las manos de Joseph Roques, pintor bastante exitoso. Fue Roques el que inculcó a Ingres la devoción por Rafael; por último, el remate de su formación en Toulouse corrió a cargo de Jean Briant, que ejerció menor influencia sobre el aprendiz. Tras esta etapa, en la que aprovechó todo lo que pudo la vida de provincias, Ingres se trasladó a París, la capital del arte neoclásico, ingresando en el taller de David hacia el año 1797. Se mantuvo allí hasta 1801, tras un desagradable incidente con su maestro. David era el pintor más famoso de Francia. Era el intérprete del régimen napoleónico, como antes lo había sido de la revolución; sus lienzos provocaban auténticas conmociones sociales en las exposiciones del Salón Oficial y él mismo formaba parte del jurado que premiaba cada año las obras presentadas al Salón. La relación con Ingres no fue cordial, aunque tampoco significó enemistad. Ingres aprendió de él la forma de componer un lienzo y la grandiosidad de la pintura de historia, el género que Ingres deseaba practicar. También tomó de David la manera de organizar un taller de pintura y trasladó el método a su propio taller cuando llegó el momento de abrirlo, primero en Florencia y luego en París. Sin embargo, Ingres no propició el ambiente ruidoso y colectivo que reinaba en el taller de David, donde los grupos de jóvenes pintores tomaban partido por diferentes opciones pictóricas y organizaban apasionados debates. Por el contrario, Ingres ejerció una disciplina paternalista sobre sus discípulos, y al que se apartaba de su método le acusaba de descarriado e insolente. El incidente que marcó la separación de Ingres respecto de su maestro David tuvo lugar en 1800, cuando Ingres se presentó por primera vez al Salón Oficial con cinco pinturas. Una de sus obras quedó en segundo lugar por el voto en contra de su maestro, algo que Ingres jamás perdonó a David. Al año siguiente, Ingres se presentó de nuevo y consiguió el primer premio, que le proporcionaba además una beca para estudiar en la Escuela de Francia en Roma, situada nada menos que en la bellísima Villa Médici. Las circunstancias económicas del consulado napoleónico hicieron que se retuvieran las becas de ese año por lo que Ingres no pudo hacerla efectiva hasta 1806.De camino a Roma se detuvo en Florencia para visitar a su amigo, el escultor Lorenzo Bartolini, de quien hizo un bonito retrato de juventud. Visitó las iglesias de la zona, decoradas al fresco durante el Quattrocento, y se afianzó su admiración hacia la pintura de los primitivos italianos: Botticelli, Mantegna, Masaccio o Piero. Durante su estancia en Roma participó en conciertos, estudió ruinas y hallazgos arqueológicos y se buscó una clientela particular que le encargó numerosos retratos. La caída de los Bonaparte en Italia determinó la huida de los aristócratas que le proporcionaban trabajo. En 1812 recibió el encargo de decorar el Palacio de Monte Cavallo, pero finalmente tuvo que marchar de Roma y se instaló en Florencia, donde abriría su propio taller, ya en 1819. Mientras tanto, Ingres había seguido enviando obras a los Salones Oficiales de París: la crítica no las había acogido muy bien, pese al academicismo formal de sus obras. La razón solía estar en ciertas violaciones de la composición, la anatomía, etc. Tan sólo Baudelaire apreciaba el valor de Ingres, que en sus lienzos introducía ya temas y enfoques que anticipaban el sentimiento romántico, pero no desde posiciones de la pasión o el sentimiento, sino desde una evolución lógica del propio Neoclasicismo.Su apariencia formal y su trasfondo romántico hicieron a Ingres navegar siempre entre dos corrientes, rechazado y adorado a un tiempo por ambos bandos. Por fin, en el Salón de 1824 Ingres triunfó con El Voto de Luis XIII, exaltación de la monarquía y los valores tradicionales. Se expuso frente a La Matanza de Quíos, de Delacroix. Ambos representaban dos posturas enfrentadas, la reaccionaria y la revolucionaria, la académica y la pasional, el dibujo frente al color empastado. La oposición entre ambos pintores se haría ya simbólica de una época. Ingres siempre había ansiado el éxito en París, por lo que el triunfo del año 24 le animó a cerrar inmediatamente su taller florentino y a trasladarse a la capital francesa. En 1826 se le encargó nada menos que la decoración de algunos techos del Palacio del Louvre, ya convertido en museo nacional. Este hecho marca una serie de hitos triunfales en su carrera: fue nombrado vicepresidente de la Escuela de Bellas Artes de París para inmediatamente después hacerle Presidente, en el año 1833. En 1834 se le encomendó la dirección de la Escuela de Francia en Roma, donde él mismo había sido becado. Allí ejerció hasta el año 1841, cuando vuelve a París atraído por el clamor social que reclamaba la presencia del pintor, que había acumulado éxitos y famas como intérprete del régimen de poder oficial.Su ligazón con la Corona y los estratos oficiales se afianzó con un encargo de 1842: el heredero de Luis Felipe había muerto y se le pidió que trazara los diseños para las vidrieras de la capilla funeraria del príncipe. En 1849 murió su primera esposa, Madeleine Chapelle, lo cual le sumió en una etapa de casi inactividad, hasta que en 1852, a los 72 años, contrajo segundas nupcias con una mujer de 43, Delphine Ramel. En 1855 tuvo lugar la Exposición Universal de París y en ella se organizó la primera exposición retrospectiva del pintor, a la cual pudo acudir, ya muy anciano. Ingres murió a los ochenta y siete años, en Montauban. Enfermó tras una cena en casa de sus amigos y pocos días después, el 14 de febrero de 1867, fallecía.La obra de Ingres a lo largo de toda su vida se divide en cinco grandes temas. El más abundante fue el retrato, en el que alcanzó enorme habilidad. Todos los grandes personajes del siglo XIX francés fueron retratados por él, así como las personas más íntimas del pintor. Su método de trabajo resulta sorprendente pero al mismo tiempo de gran efectividad. Su pasión por el dibujo le hacía tomar innumerables bocetos del modelo y siempre lo hacía sobre desnudos; después pasaba a vestirlos minuciosamente con estudios de plegados en los vestidos, que algunos críticos enjuiciaron como goticistas y, por lo tanto, arcaicos. En ese sentido se puede mencionar el retrato de la Princesa de Broglie que, confrontado con el estudio previo, en donde la noble dama aparece totalmente desnuda, no puede por menos que chocar. Este modo de trabajar le aseguraba al pintor una correcta concepción anatómica de la figura. Su rigor dibujístico contrasta en este terreno de perfección con el segundo tema de sus obras, el desnudo, recordado por su sensualidad y exotismo. Dada la mentalidad puritana de su época, el pintor los ambientaba en baños turcos, escenas míticas, etc., de modo que la aparición del cuerpo femenino desnudo estuviera justificado por el contexto. Pero esto no pasaba de ser una mera excusa para que el artista realizara una y otra vez el mismo tema, que le obsesionaba, emblematizado por la Bañista de Valpinçon. Esta figura femenina de espaldas aparece repetida en numerosos lienzos del artista: en ella no existe corrección anatómica sino pura deformación por un fin estético. El artista ablanda los huesos para que los miembros de las figuras obtengan un aspecto sinuoso. Los cuellos se alargan en vertiginosas curvas de placer. La maravillosa espalda de la bañista está "construida" a partir de tres espaldas diferentes, encajadas, para alargarla y engrandecer su presencia.Este modo de reconstruir la figura conceptualmente para obtener un objeto bello y decorativo tendrá sus consecuencias en la pintura contemporánea. Picasso declaraba haber aprendido de Ingres el modo de descomponer y recomponer a su gusto el cuerpo humano. Este tratamiento heterodoxo del cuerpo fue algo que jamás comprendió la crítica del siglo XIX, que tachó a Ingres de pintor excéntrico. Ingres se muestra mucho más convencional y "aceptable" en sus pinturas de tema religioso. La pintura religiosa alcanzó una honda revalorización en el siglo XIX, cuando la Restauración de la monarquía y el puritanismo moral trajeron de nuevo devociones olvidadas. Ingres adaptó a sus cuadros religiosos los modelos aprendidos de Rafael, e incluso trasladó casi literalmente determinadas madonnas del italiano a sus propias vírgenes. Fue un soplo de calidad insuflado a un género que había caído en el aspecto de estampa popular blanda y sin valor artístico. Como punto de curiosidad mencionaremos que, al igual que en el resto de su obra, Ingres también trazaba los bocetos de sus cuadros religiosos con las figuras de santos y vírgenes completamente desnudos, vistiéndolas después. Los dos últimos temas que trató Ingres fueron la pintura de historia y la de mitología. Por sus rasgos formales, ambos temas están muy relacionados; se trata de cuadros de enorme formato, con muchas figuras y moraleja incluida, al gusto del Neoclasicismo.Ingres deseaba ser recordado como un pintor de historia, pues consideraba a éste como el género más digno de la pintura. Curiosamente, sus peores composiciones son sus cuadros de historia. En ellos trata el llamado "género trovador": recupera el gusto por la Edad Media, por el aspecto primitivo de la pintura, así como se ocupa del origen de la monarquía y de las instituciones tradicionales. Sus obras son serviles y centradas en lo meramente anecdótico, sin la grandeza que mostraron los grandes neoclásicos como su propio maestro, David. Aparte del relato de hechos históricos hizo referencias a la literatura medieval y renacentista, como en los lienzos que dedicó a la desgraciada historia de Paolo y Francesca, o los que tienen como motivo los amores de Rafael y la Fornarina.Los lienzos dedicados a mitología tienen las mismas características formales de sus pinturas de historia. Son composiciones pretenciosas, pero en las que la belleza del tema hace perdonar los desmanes sentimentales de la interpretación. Entre los lienzos dedicados a la mitología se incluyen también cuadros dedicados a estrenos teatrales del momento que le impactaron, como la ópera Antíoco y Estratónice. En estos lienzos, que para él significaban su más alta realización como pintor, hacía un profundo estudio previo, que podía alcanzar los 300 ó 500 dibujos preparatorios. El rigor histórico era también una característica de Ingres. Los objetos de la época y los adornos eran copiados de apuntes que Ingres tomaba de sus visitas a yacimientos arqueológicos, así como de su importante colección de vasos etruscos y griegos.La trascendencia de Ingres en el siglo XIX se puede establecer en dos vías: formal y de contenido. En el aspecto formal, los pintores a los que influyó fueron en primer lugar sus discípulos: Flandrin y Lehman entre otros. Federico de Madrazo y Rosales, españoles ambos, también adaptaron su modo de pintar en el eclecticismo español. José de Madrazo incluso llegó a conocer al maestro francés, a quien admiraba profundamente. Por último, en la generación siguiente, Puvis de Chavannes y Gustave Moreau asumieron de Ingres su estilo lineal y depurado. La transmisión del contenido se llevó a cabo en la pintura romántica de género trovadoresco, en especial con influencias sobre los pintores nazarenos, los prerrafaelitas y los simbolistas, entre los que se cuenta el mencionado Moreau. Aparte de ellos, el impresionista Degas también admiraba la solidez dibujística de Ingres y se animó a visitarle y pedirle consejo. Mas allá del siglo XIX, en la década de 1920 se produjo en el arte de vanguardias una llamada "vuelta al orden", a la línea, al clasicismo de la figura y el tema, en la cual la pintura de Ingres tomó un gran peso específico, hasta el punto de servir de referencia al Picasso clasicista de estos años, Gino Severini o Salvador Dalí.
Personaje
Político
Era la hija del rey de Austrasia, Sigeberto, y contrajo matrimonio con Hermenegildo. Ingunda, durante el reinado de Leovigildo, se encargó de la conversión al cristianismo de su marido, lo que provocó un conflicto de graves consecuencias.