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obra
Durante la estancia de Van Gogh en París estableció contacto con los jóvenes creadores que deseaban avanzar desde el Impresionismo, al que consideraban un estilo ya caduco. Bernard le inculcaría la técnica del cloisonismo que se manifiesta en la utilización de una línea oscura para marcar los contornos mientras que Signac y Seurat se interesarán por el Puntillismo, estilo que recoge Vincent en este bello lienzo al emplear una amplia serie de pequeños puntos con los que organiza la composición. Los colores continúan siendo brillantes pero su aplicación a base de pequeños toques de pincel otorga un aspecto fragmentario a la escena que quizá reste algo de belleza. La influencia de la estampa japonesa se mantiene presente tanto en la temática floral empleada como en el aspecto decorativista de la serie.
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En abril de 1889 Vincent abandona la casa amarilla que había sido dañada por una inundación, afectando a los cuadros y estudios que había dejado allí cuando fue ingresado durante el mes de marzo. Se traslada a dos habitaciones propiedad del doctor Félix Rey y deja sus pocos muebles en la casa de los Ginoux. Las crisis y los desmayos son continuos por lo que desea encontrar un sanatorio donde recuperarse de momento. La noticia del matrimonio de Theo con Johanna Gessina Bonger no ha sido recibida con satisfacción al constituir una amenaza para su única fuente de ingresos. A pesar de este delicado estado de salud, Van Gogh realizará algunos cuadros como éste que contemplamos, recuperando el color característico e interesándose por la luz tomada del natural, recordando al Impresionismo. Los árboles en primer plano, anticipándose al paisaje, se deben a la influencia de la fotografía, recurso muy utilizado por los artistas a fines del XIX. Tras ellos contemplamos un huerto con árboles en flor, recordando a los trabajos elaborados en la primavera anterior, para cerrar la composición con la silueta de la ciudad de Arles al fondo. Las pinceladas vibrantes y vigorosas que caracterizan el estilo de Vincent vuelven a aparecer tras el paréntesis que supuso la relación con Gauguin, destacando los toques espirales inspirados en la estampa japonesa.
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La alegría primaveral será perfectamente captada por Vincent en esta espectacular serie de huertos en flor, bien sea a plena luz del sol como en esta escena que contemplamos o a la caída del día como en Huerto con albaricoqueros. Los colores son resaltados por el efecto de la luz, destacando la viveza del conjunto. El aspecto japonés que se exhibe es debido a la admiración del pintor hacia las estampas orientales aunque en esta serie Vincent sólo se inspiró en la naturaleza que le rodeaba. Esta sería la razón por la que Van Gogh denominaba a Arles su Japón del Sur, ya que encontró en el Mediterráneo ese paraíso perdido que tanto deseaba hallar. La limpieza de la atmósfera será una constante de estos paisajes tomados directamente del natural, en su afán por captar la naturaleza en su mayor realismo.
lugar
Ciudad que alcanzó un gran desarrollo en la Corona de Aragón, se cuenta entre las más antiguas de la península Ibérica. Sus orígenes deben ser buscados en un poblado prerromano, denominado Osca, que con la entrada de las tropas latinas se convirtió en capital de la comarca pirenaica. Durante las guerras sertorianas fue la sede de Sertorio, quien desde aquí desafió al poder de Roma en Hispania. La romanización hizo de Osca una gran ciudad, que contaba con senado y fue titulada como Urbis Victrix en tiempos de Julio César. La invasión musulmana hizo que se convirtiera en una importante posición del norte peninsular, especialmente durante los primeros tiempos. Fueron levantadas grandes murallas desde las cuales los árabes rechazaron el empuje franco. Por aquél entonces la ciudad pasó a denominarse Vechca. Desde los primeros tiempos de la llamada Reconquista cristiana Vechca se convirtió en un objetivo principal. Así, fue sitiada por el rey Sancho Ramírez en 1094, estando gobernada por el rey de Zaragoza Mostaín II. Durante el sitio, el monarca cristiano fue alcanzado por una flecha, falleciendo no sin antes hacer prometer a sus hijos Pedro y Alfonso que no se rendirían sin tomar la plaza, lo que logró Pedro I de Aragón tras la victoria de Alcoraz. A partir de este momento queda incorporada a Aragón. Huesca es entonces capital del reino aragonés, si bien la conquista de Zaragoza por parte de Alfonso I y la expansión de la Reconquista hacia el sur desplaza el centro de gravedad política en esta dirección, lo que hace que Huesca sea relegada a un segundo plano en beneficio de Zaragoza. No obstante, en Huesca se celebran Cortes del reino en tres ocasiones. La Edad media deja en Huesca numerosos restos y monumentos. En el mismo sitio en el que se levantaba la mezquita musulmana Jaime I comenzó a erigir su catedral gótica a finales el siglo XIII. En el siglo XIV fue dotada con un Estudio General y Universidad Literaria, centros de gran prestigio y únicos estudios superiores con que contó Aragón en los siglos siguientes. Conocida también es la ermita de San Jorge, en un promontorio que domina la llanura en la que se libró la batalla de Alcoraz entre Pedro I y las tropas musulmanas. Es preciso destacar también las iglesias de San Lorenzo, patrono local, Santa María de Salas, la de San Miguel o Las Miguelas y la de de San Pedro el Viejo, entre otras muchas joyas medievales. Un episodio famoso relacionado con la localidad es el llamado de "la campana de Huesca". Según este relato, el rey Ramiro II hubo de enfrentarse a la oposición de un grupo de nobles. Con la excusa de que iba a mandar fundir una gran campana, los mandó llamar para que comparecieran ante él en el antiguo palacio de los reyes de Aragón, al que fueron llegando de uno en uno. Al momento, iban siendo decapitados y sus cabezas puestas en círculo sobre el suelo. Por último, cuando fue asesinado el líder opositor, su cabeza fue colgada de una cuerda que pendía sobre el centro del círculo, a modo de badajo, con lo que el rey apodado El Monje se deshizo de toda oposición.
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Pueblo de encalada figura, sobresale entre huertas, arboledas y campos. El origen de Huétor-Tájar es doble. Por un lado, Huétor hunde sus raíces en un núcleo romano de nombre Vecis Farentina, es decir, tierra fértil, población de cierta importancia, pues llegó a acuñar moneda. Siglos mas tarde Vecis paso a ser el arabizado Wata, una alquería musulmana que contaba con atalaya defensiva. El otro polo, Tájar, tienen su origen en Quariyat Tayara, alquería al este de Loja con torre, castillo y fortaleza, poblada por un linaje descendiente de los árabes sirios que llegaron en el siglo VIII. A finales del siglo XV ambos núcleos se unieron en uno solo. Durante la guerra de Granada la localidad fue por dos veces destruida, en 1482 y 1483, hasta caer en manos castellanas en 1486, tras rendirse Loja. Su primer alcaide fue don Álvaro de Luna, quien recibió el señorío de esta "alcaria o lugar de moros", con cuyos pobladores estableció una capitulación de vecindad. La herencia musulmana dejó en la población y su término un sabio aprovechamiento agrícola basado en el uso inteligente del agua, con un sistema de riegos que en buena medida ha permanecido en uso hasta la actualidad. El señorío de Huétor-Tájar pasó con el tiempo a los condes de Montijo, contra quienes los vecinos se rebelaron a finales del siglo XVIII. Los antiguos cultivos árabes, como la morera, han sido sustituidos por el espárrago, producto que da justa fama a la localidad.
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La composición que Salvador Dalí utiliza para este cuadro es bastante diferente a la de cuadros del mismo periodo. Si lo más habitual es que presente la escena con un fondo de paisaje muy amplio, de horizontes limpios, en este cuadro no sucede así. Como podemos apreciar, su reflexión es de otro tipo. En efecto, en el extremo derecho sí existe una mención a ese paisaje costero de Cadaqués, donde las rocas están perfectamente dibujadas y sombreadas. Pero esas rocas sólo ocupan un pequeño porcentaje respecto al resto del cuadro. En éste se impone de forma rotunda una estructura en ángulo recto, que puede recordar bien a escalones bien a un edificio de perfil moderno. Sobre el primer escalón se dispone un plato con dos huevos fritos. Un tercero está a punto de caer, pero aún permanece colgado de una cuerda que no sale de ninguna parte, que surge del cielo. La apariencia de los huevos fritos es casi natural, mimética y realizada con el mayor detalle posible. En la pared cuelga un objeto -similar a un paraguas rojo- y un reloj de cadena cuya silueta empieza a derretirse. Como sabemos, el triunfo de esta peculiar iconografía del reloj blando acabada de instaurarse con una obra como La persistencia de la memoria (1931). En la parte superior de esa estructura se abre, a modo de ventana, una habitación interior. En una perfecta aplicación de los principios de la perspectiva lineal tradicional se puede apreciar cómo dos figuras, un adulto y un niño, están asomadas a una ventana. Una escena que, con alguna variación, había repetido Salvador Dalí en cuadros de mediados de los años 20.