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Personaje Literato
Poetisa gaditana reconocida que publicó su obra en diferentes periódicos de ámbito nacional entre 1787 y 1796. Nacida en el Cádiz de la Carrera de Indias, en el seno de una familia de comerciantes irlandeses. Contaba veinte años cuando se casó con Esteban Fleming, comerciante de Indias, natural de El Puerto de Santa María. En la década de los sesenta realizó varios viajes a Madrid, donde se introdujo en ambientes literarios e intelectuales. También fue asidua de la tertulia gaditana del científico Jorge Juan, donde, gracias a su talento destacado y a su afición por la lectura, amplió su formación. Pronto sería conocida como la Hija del Sol, sobrenombre con el que firmará sus poemas y con el que sus contemporáneos la designaban en un intento de aglutinar en un solo apelativo la belleza, la inteligencia y la elegancia con la que brillaba en los círculos sociales que frecuentaba. Junto a la fama de su belleza y talento, la acompañó constantemente un matrimonio desgraciado, al que el escándalo de un adulterio puso fin con el enclaustramiento de María Gertrudis en el convento de Santa María (Cádiz). Algunos detalles de la vida de María Gertrudis nos son conocidos gracias a la obra de Fernán Caballero, quien la convirtió en la protagonista de su cuento La Hija del Sol. En él, relata la historia real de una mujer enviada a la Isla de León mientras su marido se ausenta en un viaje de negocios a América. En aquella isla la Hija del Sol se enamoró de un brigadier de guardiamarinas, pero un sueño le advirtió del desenlace funesto del amante. Arrepentida, confesó su culpa a su marido y le pidió permiso para entrar en un convento. Curiosamente la licencia del marido autorizando su decisión se conserva actualmente. María Gertrudis pasó 22 años de su vida en el convento dedicada a escribir. Falleció durante una epidemia de fiebre amarilla en 1801, cuando contaba 56 años. Como en el caso de otras escritoras del siglo XVIII, hay cierta dificultad para el conocimiento de sus obras, que deriva tanto de la inexistencia de ediciones críticas como de las carencias de las que se han hecho. No obstante, las poesías publicadas en el Correo de Madrid, Semanario de Cartagena, Diario de Madrid, Semanario erudito y curiosos de Salamanca y Diario de Barcelona, entre 1787 y 1798, muestran una obra que es reflejo de su experiencia vital. A pesar de una temática característica de la poesía de tertulia -sentimental y de circunstancias- se aprecia en ella la marcada presencia de una interioridad subjetiva de profundas emociones. Refleja facilitad en el verso, consciencia de mujer seductora e identidad como escritora. En cuanto a su formación, parece que dominaba varias lenguas y poseía cierta erudición, aunque ella misma se quejaba en la canción Avisos a una joven que va a salir al mundo, Fenisa a Filena (1795) del "letargo y la ignorante ambición de nuestro sexo", y de una educación femenina que no tenía más norte que hacerse más amable a los ojos del amado.
obra
Puebla presenta en este lienzo el episodio del ultraje que sufrieron las hijas del Cid Campeador por parte de los condes de Carrión tras su matrimonio. Doña Elvira y doña Sol aparecen atadas a un árbol, medio desnudas, en el robledal de Corpes donde fueron mancilladas por sus esposos, que huyen a caballo por un claro del bosque tras cometer su felonía. El tema era una excusa perfecta para que los pintores de historia probaran su habilidad con el desnudo femenino, exhibiendo Puebla su facilidad para la anatomía femenina dentro del más puro academicismo. Una de las jóvenes se encuentra de pie, eleva al cielo su mirada como implorando perdón e intenta cubrir su cuerpo desnudo con un paño. La hermana intenta desatarse mientras yace en el suelo, dejando caer su melena rubia hacia adelante al inclinar su cabeza, destacando su torso desnudo, el manto rojo y el vestido dorado. La precisa técnica dibujística del maestro es el elemento más destacable de la composición, modelando los cuerpos de las damas y ofreciéndonos los detalles y calidades táctiles de las telas, tratando el color en sintonía con Orazio Gentileschi, especialmente la blancura de las carnaciones dotadas de sensualidad e idealismo al acentuar sus formas. El espesor de los árboles ha sido tratado por Puebla con una amplia variedad de matices cromáticos ante los que resaltan los dos desnudos, de clara influencia ingresca. En la derecha sitúa el artista una zona más iluminada al ser un claro del bosque para mostrar la huida y el punto de fuga de la composición. Los críticos no encontraron aceptable esta obra de Puebla, apelando a que faltaba dramatismo, "que se viesen más huellas del bárbaro proceder de los condes" como decía Cañete. El cuadro no fue premiado en la Exposición de 1871 recibiendo Puebla como compensación la cruz sencilla de María Victoria. El Estado adquirió finalmente la obra por 8.000 reales.
obra
Desconocemos la autoría de este retrato de estilo velazqueño, pudiendo tratarse de una obra de Martínez del Mazo, el yerno del maestro sevillano. Sin embargo, sabemos que se trata de un hijo de don Francisco Ramos del Manzano, notable jurisconsulto, catedrático de la Universidad de Salamanca, regente del Consejo de Italia, consejero del de Castilla y nombrado conde de Fuentes en 1678, falleciendo en 1683. En su matrimonio con su prima doña María del Manzano nacieron cuatro hijos varones y dos mujeres. Don Francisco decidió encargar una serie de cuatro retratos: su esposa, un hijo, una hija y él mismo. Lógico sería pensar que se tratase de los primogénitos, Francisco Antonio y María Teresa. La figura aquí representada se recorta sobre un fondo neutro, apareciendo en pie, en una pose ligeramente teatral dotada de cierta arrogancia por la situación de los brazos y la pierna adelantada. Su mirada ligeramente altiva complementa con la postura de su cuerpo, indicando la capacidad del artista para interpretar el carácter de su modelo, de la misma manera que hacía Velázquez. El estilo rápido y abocetado es también característico del maestro, al igual que las tonalidades empleadas, resultando un retrato de indudable atractivo.
obra
Esta tabla se interpretó en un primer momento como el Hijo Pródigo, que tras haber dilapidado la herencia de su padre cayó en la pobreza, sufrió terribles humillaciones y terminó por regresar a la casa paterna donde fue recibido con gran alborozo y restituido en su puesto. La interpretación se realizó sobre todo a partir del abandono de la casa llena de pecados: la pareja que se besa en la puerta, el labriego que orina en la esquina... y los cerdos que hay en el exterior (el último trabajo del hijo pródigo fue criar a una piara, y comía y dormía con los cerdos). Sin embargo, se ha analizado el vestido y los objetos del personaje principal y se ha llegado a la conclusión de que se trata de un buhonero. Es un vendedor ambulante, uno de los oficios más desprestigiados de la Europa medieval. Su talla moral era la de un canalla, lo cual invalida la posibilidad de identificarlo con el hijo pródigo. Otras interpretaciones han querido ver el tránsito del cristiano en el mundo, dejando atrás los vicios y placeres, pero aquí más bien parece que el perro que guarda la casa le gruñe para alejarlo a él, que constituye la verdadera amenaza para los habitantes.
obra
Tras hacer vida disoluta con las cortesanas y gastar toda su fortuna, el hijo pródigo es expulsado por las prostitutas. El joven, pobremente vestido, es echado del burdel por dos cortesanas armadas de escoba y atizador, mientras que un hombre se dirige a él con la espada desenvainada y una alcahueta le increpa desde el quicio de la mancebía. Un perro persigue al muchacho cuyo gesto contrasta con episodios anteriores. La escena es contemplada por un mujer desde una ventana. Murillo ha sabido resolver a la perfección la cuarta escena de la serie, cargando las tintas en la sensación de violencia que se crea a través de los gestos de los personajes. Las figuras se encadenan a través de una diagonal, recordando las composiciones de Rubens, reafirmándose así Murillo en su barroquismo. Siguiendo el esquema de Callot, los personajes se recortan sobre elementos arquitectónicos, abriéndose a un indefinido paisaje en la zona derecha de la composición. Al igual que en toda la serie, Murillo nos presenta una imagen de la vida cotidiana en la Sevilla del siglo XVII, empleando ricas y jugosas pinceladas y una técnica vaporosa para acrecentar la sensación de realidad que manifiesta el conjunto, consiguiendo la sensación de movimiento y la atmósfera de la misma manera que Velázquez. El hijo pródigo apacentando puercos continúa la serie.
obra
Tras abandonar el hogar el hijo pródigo inicia su vida disoluta realizando un banquete acompañado de cortesanas y músicos. Esta sería el tercer episodio de la serie y Murillo presenta la escena como si de una imagen de la vida cotidiana se tratara, reforzándose con la figura del perro que sale bajo los manteles. Las figuras se sientan a la mesa lujosamente vestidas y dos sirvientes llevan los manjares a la mesa. Los personajes se recortan sobre una estructura arquitectónica mientras que la zona de la derecha se abre para dejar ver un pórtico. En primer plano contemplamos al músico que toca el laúd y dirige su mirada al grupo central. La honestidad y el comedimiento caracterizan la composición, contrastando con las voluptuosas representaciones que hacen los holandeses de esta escena. Sólo el gesto del hijo pródigo pasando la mano por el hombro de la cortesana rompe con la honestidad general. La expresividad de los rostros es uno de los grandes logros de Murillo, que ha interpretado los modelos de Callot para obtener una obra de gran belleza, cuyo boceto conserva el Museo del Prado). Las ricas y jugosas pinceladas y la técnica vaporosa acrecientan la sensación de realidad que manifiesta el conjunto, consiguiendo la sensación de movimiento y la atmósfera de la misma manera que Velázquez. El Hijo pródigo expulsado por las cortesanas es el siguiente episodio de la serie
obra
Para la realización de las seis obras que forman la serie del Hijo pródigo Murillo utilizó las estampas grabadas por el francés Jacques Callot, recreándolas con absoluta originalidad. Como texto en el que basarse utilizaría el Evangelio según San Lucas (cap. XV, 11) donde se narra la parábola del hijo pródigo. Esta imagen que contemplamos es la que inicia la serie y en ella observamos como el joven recoge la parte que le corresponde de su herencia, mientras que el padre se la entrega sentado tras una mesa. Los dos hermanos contemplan la escena y muestran la tristeza que les produce la actitud del tercero, apreciándose en sus gestos contenidos que contrastan con la energía del joven guardando el dinero en la bolsa. El episodio se produce en un interior donde reina una suave penumbra que contrasta con el potente foco de la izquierda, elemento lumínico que permite iluminar los rostros de los protagonistas de la composición. Los personajes están ataviados a la moda del siglo XVII y Murillo ha representado la escena como si se tratara de un asunto de la vida cotidiana. La continuación de la historia se representa en el Hijo pródigo abandona el hogar. Existe en el Museo del Prado un boceto de esta escena.
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acepcion
Persona que por su sangre es de una clase noble y distinguida.
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