Lejos del llameante mundo de Rubens o del intimista de Rembrandt, el género rústico flamenco-holandés de temática popular y campesina se inspira en la común tradición pictórica bruegheliana. Este exquisito ejemplo del arte pictórico de Brouwer, posterior a su etapa holandesa y tocado por la lección de Hals, es un documento parlante de la vida crapulosa, una máscara amarga del inframundo de los Países Bajos. La carga social y política de este tipo de pinturas, de pequeño formato, pincelada suelta, denso cromatismo y sintético dibujo, fue intuida por el absolutista Luis XIV, que las tildó de mamarrachadas.
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A los ojos de los teólogos, la iglesia contaba con dos lugares de honor: la cúpula y la concha del ábside, destinada a la Madre de Dios. La cúpula era el cielo, desde donde Cristo Pantocrátor, el Todopoderoso, mira hacia abajo, a veces benigno, a veces, como en Dafni, con la severidad de un juez omnividente, rodeado de la milicia angélica y acompañado, en ocasiones, de los Evangelistas -Tetramorfos- asentados en las pechinas. Así fue entendido por Mesarites, cuando en su descripción de la iglesia de los Santos Apóstoles, a fines del siglo XII, señala que "puede realmente llamarse la cúpula del Cielo, pues en ella brilla el Sol de Justicia, la luz que está por encima de toda luz, el Señor de la Luz. Cristo mismo". El ábside, por su parte, era la cueva de Belén y en ella estaba la Madre de Dios con su Hijo, tal como la vemos en Torcello: aristocrática, de pie y en posición frontal, sostiene al Niño con su brazo izquierdo. El altar era la mesa de la Ultima Cena y cimborrio que lo cubría el Santo Sepulcro. La conexión entre representaciones se produce por medio de una composición original: la Hetimasia; en un tronco vacío, preparado para el Juicio Final, están dispuestos los instrumentos de la Pasión. Es el recuerdo de la primera venida de Cristo al mundo y el anuncio de la segunda. El resto del santuario está dedicado al misterio que se celebra cada día tras las puertas cerradas del iconostasio: la Eucaristía. La escena más notable es la Divina Liturgia: Cristo, servido por los ángeles que llevan los atributos de los diáconos, celebra por sí mismo la liturgia, o da la comunión, bajo las especies del pan y el vino, a los Apóstoles alineados en dos filas a derecha e izquierda del altar. En los muros, cerca del altar, se sitúan los grandes sacerdotes del Antiguo Testamento que prefiguran a Cristo: Abraham, Aarón... en los ábsides laterales se disponen escenas que se relacionan con el sacrificio Divino. La nave central se dedica fundamentalmente a las grandes Fiestas de la Iglesia, en número de siete -en recuerdo de los Días de la Creación-, diez -en razón del Decálogo- o doce -simbolizando a los Apóstoles- resumiendo las enseñanzas del Dogma y completando el ciclo de la historia de la Salvación de la Humanidad. En el nártex pueden contemplarse temas alusivos a la vida de la Virgen, frecuentemente inspirados en los Evangelios Apócrifos. En el tímpano de la puerta que va del nártex a la nave, habitualmente figura la Deesis. Allí, la Virgen y San Juan interceden ante Cristo por los pecados de la Humanidad; a veces se permite la presencia del fundador de la iglesia, humildemente arrodillado. Mártires y santos, profetas u obispos se distribuyen por el resto de las naves de acuerdo con una estricta jerarquía. De estas figuras, las más atractivas eran esos retratos de anacoretas, de larga barba, mejillas hundidas y mirada fija, en los que los monjes se veían reflejados. Finalmente, las representaciones escatológicas y las del Juicio Final se oponían, desde el muro de entrada, a la imagen del Pantocrátor. Hay que matizar, no obstante, que la disposición no era siempre uniforme, pero el Pantocrátor en la cúpula y la Madre de Dios en el ábside eran elementos fijos. Los santos principales aparecían siempre, pero no necesariamente en el mismo lugar, y los santos menores variaban según los intereses locales y las preferencias devocionales del fundador del edificio. Pero el esquema general y su significado eran aceptados en todas partes. El edificio de la iglesia y toda su decoración formaban una unidad con la liturgia. Ninguna de las partes podía considerarse aisladamente. Se trataba, en consecuencia, de un programa cristiano cuidadosamente establecido y deliberadamente elegido. Las imágenes que decoran estos edificios tienen por objeto representar, cada una en su lugar, a los habitantes del reino de Dios. Y como éste no comprende la Tierra y el género humano más que desde la Encarnación, que renueva místicamente cada misa celebrada por los hombres, la historia de la Encarnación, es decir, un ciclo de imágenes evangélicas se añade a continuación con el objeto de recordar el retorno de la Humanidad a la unión con Dios y su derecho, en adelante, a un lugar en el Universo que representa cada iglesia. Esta imagen fue captada en el poema descriptivo que Constantino Rodhio dedicó a la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, entrado el siglo X: "El artífice ha dispuesto piadosamente que la cúpula central pueda ser elevada y reine sobre las otras como si fuera a ser destinada al gran trono de Dios, y a proteger su preciosa imagen que ha sido dibujada en medio de la famosa iglesia... en medio del suntuoso techo, permanece una representación de Cristo como si fuera el Sol, una maravilla excediendo a todas las maravillas; a continuación, como la luna, aquélla de la inmaculada Virgen y, como las estrellas, aquéllas de los sabios apóstoles. El espacio interno completo ha sido cubierto con una mezcla de oro y vidrio, de modo que forma el cupulado techo y surge por encima de los hundidos arcos, bajo el revestimiento de mármoles de colores y la segunda cornisa. Están representadas aquí las acciones y venerables formas que cuentan la baja del Logos, y su presencia entre nosotros los mortales". La teoría tenía sus efectos prácticos. Por eso había que elegir el medio técnico digno de los temas a desarrollar. Y así como la vista era el primero de los sentidos, la luz era el primero de los elementos. La vista necesitaba luz, y la luz para los bizantinos quería decir color y el color definía las formas. Esto daba supremacía al arte pictórico. Pero aunque la pintura al fresco se practicó durante todo el período, aquéllos que se lo pudieron permitir optaron por el mosaico. El katholikon de Hosios Lukas; la Nea Moni de la isla de Quíos, fundada por el emperador Constantino IX Monómaco a mediados del siglo XI; iglesia de la Koimesis de Nicea -la iglesia monacal renovada tras el terremoto acaecido el año 1056-; el monasterio de Dafni, cerca de Atenas, reconstruido hacia 1100 y el monasterio del Pantocrátor de Constantinopla -hoy Zeyrek Camii- fundado entre los años 1118 y 1134 para que sirviera de mausoleo a la dinastía de los Comneno, así lo reflejan. La decoración de estas obras se distingue por la limpieza de la composición, por los grandes espacios vacíos juiciosamente dispuestos alrededor de las figuras y por la transformación de las propias figuras en el eje y módulo de toda la representación. Las imágenes, al estar concebidas como un espejo en el cual se refleja el mundo inteligible, han de evitar todo aquello que recuerde la tierra como tal: la tercera dimensión, la perspectiva, los adornos perturbadores y los países evocadores de lo lejano. Incluso a veces se prescinde por completo del paisaje, para que no haya nada que rompa la unidad del fondo de oro. Las proporciones, los ritmos, los equilibrios que definen una composición pintada, son efectivamente determinados de esta manera.
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Una vez que el capitán conquistador obtenía su capitulación y reunía el dinero necesario para la puesta en marcha de la operación, abría el enrolamiento de voluntarios. Acudían muchos o pocos en consonancia con la fama del capitán, de los bulos existentes sobre la riqueza de la tierra conquistable (algunos lugares tenían fama de malditos, como Chile) y de la situación de pobreza que se vivía en el lugar donde se hacía la leva. Después del levantamiento de los comuneros, abundaban los castellanos dispuestos a poner un mar entre ellos y el Emperador. El paisanazgo jugaba, asimismo, un papel importante. Algunas huestes estuvieron integradas en su mayoría por gentes de pocos pueblos, de una comarca o de una provincia, siendo frecuente que muchos de sus integrantes estuvieran relacionados por parentesco. Teóricamente ninguno de los soldados eran moro, judío, hereje, etc., pero en la práctica esto era imposible de evitar, sobre todo cuando se completaban banderas. También se incorporaban algunos religiosos y funcionarios reales. Un elemento poco conocido de las huestes conquistadoras son las soldaderas, que se han silenciado por un extraño pudor, y de las que hay bastantes referencias. Hay que tener en cuenta que la hueste indiana era continuación de la medieval, aunque fuera diferente de la mesnada señorial. Era frecuente que la hueste se reclutara en España y se completara en Indias. La escala en América se aprovechaba muchas veces para desertar, pues los enrolados preferían probar suerte como pobladores antes que seguir hacia su incierto destino. También se reclutaron muchas huestes en Indias, sobre todo en las islas, donde se vivía una gran crisis económica a fines del primer cuarto del siglo XVI. Los capitanes conquistadores preferían los hombres aclimatados al medio americano. Casi nunca se dio el caso de que una hueste hubiera sido formada íntegramente en la Península, como ocurrió con las de Mendoza y Narváez, que partieron para el Río de la Plata y la Florida. Tras el viaje marítimo correspondiente y la escala antillana, se llegaba a la antesala del objetivo previsto, donde solía hacerse el alarde. Este era un recuento y revista de la fuerza combativa disponible. Podía verse entonces la impresionante anarquía de vestido y armamento de los conquistadores. Cada soldado se ponía encima lo que le parecía e iba armado como podía. Proliferaban toda clase de jubones y calzas, así como cascos, cotas, morriones, celadas, rodelas, alguna cota de malla y muchos acolchados de algodón contra las flechas. De las armaduras se tomaban sólo algunas piezas de la parte superior del cuerpo. Abundaban las armas blancas como espadas, picas, lanzas y ballestas, aunque también había algunos mosquetes, arcabuces y falconetes. La artillería solía ser escasa y muy ligera. Constituía una de las grandes armas contra los indios, junto con los caballos y los perros. Los caballos iban protegidos con pecheras y llevaban petrales de cascabeles para infundir temor a los naturales. Daban derecho a una parte del botín, como dijimos. En cuanto a los perros, los hubo muy famosos por su agresividad hacia los indios, a lo que les habían acostumbrado sus amos. Tal fue el caso de Becerrillo, perteneciente a Ponce de León, que ganaba una parte y media del botín, y su hijo Leoncico, propiedad de Balboa, llegó a cobrar hasta dos partes, según testimonió Fernández de Oviedo: "E yo vi un hijo suyo (de Becerrillo) en la Tierrafirme, llamado Leoncico, el cual era del adelantado Vasco Núñez de Balboa, e ganaba asimismo una parte, e a veces dos, como los buenos hombres de guerra, se las pagaba el dicho Adelantado en oro y en esclavos. E como testigo de vista sé que le valió en veces más de quinientos castellanos que le ganó en partes que le dieron en las entradas". En el alarde podían verse también otros conquistadores frecuentemente silenciados, que son los propios indios. Convertidos en aliados por la fuerza de las circunstancias (habían sido vencidos), o por su odio hacia un enemigo común, integraban unidades de combate a veces muy considerables (los tlaxcaltecas, por ejemplo, en la conquista de México). También era corriente que las huestes fueran acompañadas de numerosos indios porteadores llamados "tamemes". Este servilismo se puso de moda a partir de la conquista de México, cuando los totonacas se brindaron generosamente a hacer tal oficio, lo que sorprendió a los castellanos, que lo tomaron ya luego por costumbre, dada la comodidad que representaba. Junto a los tamemes debían figurar las soldaderas españolas y las mujeres indígenas que, por fuerza o por agrado, seguían a sus parejas. El soldado Bernal Díaz rescató del anonimato en su crónica, algunas de estas soldaderas que participaron en la conquista de México, con las que se improvisó un gran baile al rendir la capital azteca: "Primeramente la vieja María de Estrada, que después casó con Pedro Sánchez Farfán, y Francisca de Orgaz, que casó con un hidalgo que se decía Juan González de León; la Bermuda, que casó con Olmos de Portillo, el de México; otra señora mujer del capitán Portillo, que murió en los bergantines, y ésta por estar viuda no la sacaron a la fiesta, e una fulana. Gómez, mujer que fue de Benito de Vergel, y otra señora que se decía la Bermuda, y otra señora hermosa que casó con un Hernán Marín, que ya no me acuerdo el nombre de pila, que se vino a vivir a Guajaca, y otra vieja que se decía Isabel Rodríguez, mujer que en aquella ocasión era de un fulano de Guadalupe, y otra mujer algo anciana que se decía Mari Hernández, mujer que fue de Juan de Cáceres el Rico". Para estas mujeres, de la misma extracción humilde que los conquistadores, la conquista les brindaba la posibilidad de convertirse en señoras de la floreciente colonia asentada sobre la tierra conquistada. Dada la escasez de mujeres españolas existente en Indias, puede decirse que era más fácil que una soldadera se convirtiera en señora de un encomendero que un conquistador lograra su sueño de llegar a ser un encomendero. En cuanto al capítulo de las relaciones entre las indias y los conquistadores, está pendiente de un buen estudio y esconde un maravilloso arcano de relaciones humanas. Rumiñaui llegó a tildar de prostitutas a las quiteñas que deseaban quedarse para recibir a los españoles, y Bernal nos habla de conmovedores relatos de amor entre soldados e indias. Finalmente las huestes iban acompañadas de los ganados, bovino si se podía, y frecuentemente porcino. Constituían la despensa ambulante de aquel improvisado ejército. Tras el alarde correspondiente, la hueste se internaba hacia su objetivo, llevando en vanguardia los baquianos o expertos conocedores de la tierra y los lenguas o intérpretes, que solían ir junto al Capitán, y el religioso, si lo había. Una vez dentro del territorio de conquista, se erigía a veces una población para que sirviera de base de aprovisionamiento o de posible retirada. Algunas conquistas necesitaron refuerzos constantes, como las del Perú o México. Estas ciudades, en realidad campamentos militares (Villa Rica, San Miguel, etc.), solían trasladarse luego a sitios más idóneos. Lo característico de las compañas conquistadoras no fue, sin embargo, su aproximación gradual mediante bases de operación, sino su penetración hasta el corazón del territorio enemigo. Eran huestes autónomas que vivían meses o años a costa de los naturales, sin el menor contacto con sus bases de partida. En algunos casos se dividían para aumentar su eficacia o se reunían en un punto ignoto, atraídas por los mitos, como ocurrió en Bogotá o en Quito. En cuanto a la táctica militar, consistía en sorprender al enemigo, obligándole a rendirse. El ideal era conquistar sin tener que combatir, pero raramente se lograba. Cortés, por ejemplo, hacía exhibiciones de artillería y caballería ante los aztecas con ánimo de amedrentarles. Lo mismo hizo Gonzalo Pizarro ante Atahualpa. Los indios solían asustarse de los cañonazos, de los caballos y de los arcabuzazos, pero difícilmente eludían el combate, ya que defendían su libertad y su tierra. Los españoles buscaban batallas frontales, de tipo europeo, en las que podían jugar todos sus recursos armados. Especialmente importante era combatir en un terreno despejado, donde pudieran maniobrar los caballos. El éxito solía estar casi siempre de su parte, salvo si se trataba de un enemigo demasiado numeroso, de un medio hostil, como la selva o los Andes, o de un paso forzoso de un río, un desfiladero, etc. A partir de la conquista de México, los españoles emplearon la fórmula de apoderarse del jefe enemigo, pues comprobaron que esto desmoronaba la resistencia indígena. Lo hicieron en Otumba, en Cajamarca y en Tunja. El procedimiento fue inútil en regiones tribales regidas por cacicazgos. Uno de los aspectos más importantes de la conquista fue el enorme dinamismo de las partidas de conquistadores. Infinidad de huestes se movieron con pasmosa celeridad sobre el desconocido mapa americano, buscando mitos. Esto se debió, en parte, al hecho de que algunas plataformas de conquista se sobresaturaron de hombres. Tal ocurrió en Santa María la Antigua del Darién, una población construida por Balboa para albergar unos doscientos vecinos, a la que llegó Pedrarias con más de dos mil hombres. Como no había forma de alimentarlos se inventaban toda clase de entradas conquistadoras, ya que así podían comer los soldados a costa de los indios. Lo mismo ocurrió en Santa Marta, Cartagena, Buenos Aires, etc. Otras veces, el problema surgía a raíz de la conquista de un territorio. No había encomiendas para todos y los conquistadores sin oficio se convertían en un verdadero problema para la colonia. Los Gobernadores inventaban conquistas a territorios lejanos para drenar su jurisdicción de indeseables. Las expediciones del Virrey Mendoza al norte de México o las de Lagasca a Chile y el suroriente peruano, entraron en esta consideración. Finalmente, hemos de considerar el agotamiento de las posibilidades económicas de algunas colonias, como las grandes islas antillanas, que lanzaban al exterior sus excedentes humanos para paliar la situación crítica en que se hallaban. La Española fue el ejemplo más representativo, pero lo mismo ocurrió con Cuba y Puerto Rico. La empresa conquistadora se clausuraba cuando había logrado su objetivo. Venía entonces el reparto del botín y la desmovilización. Se celebraba una gran fiesta en la que todos los compañeros comían y bebían hasta la saciedad (por lo regular bebidas indígenas) para resarcirse de los días de hambre y sed, mientras se rememoraban las acciones pasadas. A veces, incluso se hacía una parodia de una gran fiesta señorial, como ocurrió en México, donde los soldados bailaron con las soldaderas encima de las mesas. Luego cada uno tiraba para donde podía. Si había tenido suerte, a vivir de su encomienda o de su cargo. Muchos dilapidaban en el juego lo que habían ganado con tanto esfuerzo, convirtiéndose en vagos y maleantes de las ciudades que habían ayudado a fundar. Los menos, buscaban algún sitio tranquilo donde vivir. Los más, otra nueva empresa de conquista. Era volver a empezar.
obra
Seneb vivió en tiempos de la VI Dinastía. Su acusada deformidad física, sus piernas y sus brazos extremadamente cortos, no han sido obstáculo para que Seneb triunfase en la vida: su tumba y su biografía ponen de manifiesto que no sólo ha alcanzado honores y riquezas sin cuento, sino que ha casado con una mujer de la aristocracia y ha tenido de ella hijos sanos y normales. El grupo representa a los esposos sentados en un banco prismático, como es de rigor en los grupos familiares, él con las piernas cruzadas sobre el asiento, como los escribas, para disimular, en lo que cabe, la cortedad de estos miembros, y ella en la postura normal, con los pies en el suelo, y el brazo derecho echado sobre la espalda de su marido, como era costumbre. Los dos hijos, que habitualmente se ponen uno a cada lado de sus padres, ocupan aquí el lugar que hubiera correspondido a las piernas de Seneb, de haber podido éste apoyar los pies en el suelo. El grupo impresiona vivamente al espectador por muchas cosas: por el semblante grave y enérgico de Seneb, reflejo seguro del carácter que explica su éxito en la vida; por la ingenuidad y la complacida sonrisa de la esposa; por el candor y la natural timidez de los niños.