Una vez superada la confrontación entre tradición y modernidad, las décadas centrales del siglo se caracterizan por el desarrollo que alcanzó el tema de la imagen religiosa y por la formulación de la polémica establecida entre los que pretendían dotar a la misma de un contenido clasicista, a la manera italiana, y los partidarios de otras opciones que, por sus planteamientos dramáticos y emocionales, enlazaban con el modelo nórdico de filiación flamenca. En este sentido, las opiniones recogidas por Francisco de Holanda en su "Tractado de pintura antigua" resumen ejemplarmente estas posiciones. En el primer "Diálogo", ante la afirmación de Vittoria Colonna de que la pintura flamenca era más devota que la italiana, Miguel Angel, uno de sus interlocutores, respondía: "La pintura de Flandes satisfará, señora, generalmente a cualquier devoto más que ninguna de Italia, la qual no le hará llorar una sola lágrima, y la de Flandes, muchas", para apostillar de seguido, que la pintura flamenca, a pesar de ser agradable para los devotos piadosos, era engañosa ya que estaba hecha "sin razón en el arte, sin simetria, ni proporción". Como ya ha señalado F. Checa, este breve párrafo nos pone en antecedentes sobre las causas fundamentales que caracterizan la difusión de la imagen religiosa en España. Por una parte, el hecho de que la pintura flamenca y la estética nórdica constituyan una alternativa claramente diferenciada respecto al modelo clasicista italiano; de otra, que el sentido emocional, que por su función persuasiva va a asumir la imagen religiosa, se orientará más a potenciar el sentimiento que a cultivar la razón, en un deliberado intento de que las artes plásticas no sólo trataran de convencer, sino de conmover a los fieles devotos. Tanto es así, que en España no sólo las alternativas emocionales adquieren un carácter más relevante que en el resto de los países de Europa, sino que, incluso, los artistas más vinculados a los modelos formales italianos desarrollaron gran cantidad de mecanismos dramáticos y expresivos para dotar a sus obras de un contenido básicamente emocional. Como ya indicamos, en el campo de la arquitectura religiosa, la crisis ideológica y religiosa que afectó a la sociedad española del siglo XVI se tradujo generalmente en una radicalización de posturas dirigidas a establecer un sistema que sirviera de estilo oficial a la Iglesia. Por la misma causa, la polémica desarrollada en torno al problema del uso de la imagen religiosa -complemento indispensable en los espacios sagrados- alcanzó también el carácter de una respuesta afirmativa y radical. A pesar del arraigo en España del pensamiento erasmista durante la época del emperador Carlos V, las reflexiones que habían hecho Erasmo de Rotterdam y sus seguidores españoles sobre el uso desmedido del ornato y la imagen religiosa en el interior de los templos -opuestos al sentir piadoso del cristianismo primitivo y motivo de distracción de la mayoría de los fieles- quedaron como testimonios aislados, alejados de la práctica diaria. Las opiniones sobre el tema de Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas del emperador, recogidas de forma directa en su "Diálogo de las cosas ocurridas en Roma", o de Alejo de Venegas, por acudir sólo a dos de los ejemplos más significativos, no tuvieron correspondencia alguna con el debate práctico sobre el uso y abuso de las imágenes a través de las artes plásticas y suntuarias. La Iglesia española, como institución, se adscribió sin reservas al empleo de las imágenes como medio de explicación e interpretación de las verdades de la Fe. La imagen, asociada a la palabra de los predicadores, fue el instrumento más idóneo asiduamente utilizado por el clero en la defensa de la ideología de la Iglesia. La imagen religiosa, que por su ubicación permitía una percepción constante y colectiva, adquiere, por tanto, un valor de primer orden como instrumento de persuasión, en la medida en que sirve de modelo y contribuye a conmover al fiel, afianzándole en sus creencias y orientándole a obrar en consecuencia. No obstante, las imágenes devocionales corrían el riesgo de convertirse en objetos de superstición alejados de su uso concreto, pero la Iglesia no quiso, ni pudo, ni supo prescindir de ellas. De ahí que gran parte de la actividad artística de este período estuviera dirigida a llevar a sus últimas consecuencias sus posibilidades operativas. Como consecuencia de esto, durante todo el siglo XVI asistimos en España a un uso desproporcionado de imágenes sagradas, máxime si relacionamos su desarrollo con el operado en el campo de la imagen profana que hemos asociado a la corte y a los círculos ciudadanos más en contacto con las corrientes del humanismo internacional. Es más, por sus propias características y sus funciones específicas la imagen religiosa se vio condicionada a asumir de manera reiterativa determinados mecanismos, recursos técnicos y desarrollos temáticos de marcado carácter tradicional. El auge experimentado en este período por la rejería, la platería y las vidrieras es un ejemplo elocuente de este fenómeno. Las series de vidrieras de las nuevas catedrales de Segovia, Salamanca y Granada aparecen relacionadas entre sí, tanto por los recursos técnicos utilizados, como por sus respectivos programas iconográficos. Con independencia del formato, dimensiones y autores de estos ciclos, en ambos casos el tema de la Redención del Género Humano constituye el elemento exegético del programa, en clara oposición a las tesis mantenidas por el cristianismo reformado. Sin embargo, la interpretación del dogma de fe no se estableció desde unos planteamientos humanistas, sino que en líneas generales se recurrió a una concepción típicamente escolástica, como lo demuestran las mismas fuentes en que se inspiraron estos ciclos -"Speculum Humanae Salvationis", "Biblia pauperum", etc.- y los recursos compositivos utilizados. Pero, por el contrario, los ciclos de vidrieras de las catedrales españolas del Renacimiento jugaron un papel esencial en la introducción de la imagen religiosa del Manierismo en España, sobre todo a partir de los años cuarenta con la llegada de vidrieros flamencos como Pierres de Chiberri, Carlos de Brujas y Teodoro de Holanda, que, según V. Nieto, plantearon un concepto manierista de la imagen religiosa basado en una técnica más libre y en unos criterios figurativos más expresivos. Especial interés tiene en este sentido el ciclo de la Capilla Mayor de la catedral de Granada realizado por Juan del Campo y Teodoro de Holanda. Así, en la Matanza de los Inocentes y en la Santa Cena, realizadas por este último, el nerviosismo y expresividad del dibujo contribuyen a definir una figuración estilizada y menuda que, subrayada por un color híbrido y desleído, manifiesta en conjunto la sensibilidad manierista del vidriero flamenco.
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En general, la multiplicación de los centros urbanos, de mayor o menor rango según las zonas en las que se ubicaban y la naturaleza de su base social, promovió los intercambios de carácter local o comarcal, pero sólo en áreas privilegiadas como Italia, en donde la continuidad comercial se mantuvo en el transcurso de la alta a la plena Edad Media, se ofreció desde el siglo XI un panorama de artesanía y producción industrial desarrollada que abasteció el comercio internacional. Luego, a este potencial económico se incorporaron algunas regiones del Occidente y Norte de Europa, entre el Loira y Flandes, más las ciudades portuarias de la Hansa a lo largo de los siglos XII y XIII. Los textiles en general y algunas especialidades de sus elaborados en particular alimentaron una actividad productiva que generó riqueza en los puntos en los que se concentró un sector potente que dominó el mercado nacional e internacional: ciudades pañeras en el noroeste de Europa (Brujas, Ypres, Gante, Arras, Maestricht, Aquisgrán), centros sederos italianos y de otros elaborados repartidos por áreas cruzadas por rutas destacadas del comercio y con una infraestructura de servicios adecuada. Sólo en ciudades con un soporte económico y social pujante se pudo llegar a este desarrollismo, pues las nuevas técnicas de fabricación de paños de buena calidad y potencial demanda requerirán una serie de operaciones encadenadas desde el baqueteo y cardado de la lana hasta el tintado y apresto. Lo cual exigió una mano de obra especializada y una renovación permanente de los métodos de trabajo, sobre todo cuando en el siglo XIII se introdujo el telar horizontal y el batan -que recoge en su celebre "álbum" Villard de Honnecourt-. Pero dicha industrialización tampoco hubiese sido posible sin una capitalización de las industrias que soportaban una producción continua de calidad. De ahí que las grandes ciudades productoras crearon su propio sistema de regularización gremial por un lado, para la defensa de los operarios inmiscuidos en las diversas operaciones pañeras, y por otro una aportación de capital mercantil por parte de quienes se asociaban para mantener una industria en cabeza o se hipotecaban para poder aumentar el negocio cuando la demanda así lo permitía. Esta situación, evidentemente, ni fue generalizada ni tampoco mantenida ininterrumpidamente, pero en aquellas zonas en las que un centro potente de la producción se mantuvo desde el principio del desarrollo sin apenas altibajos, el foco inductor activó otras zonas o regiones no industrializadas pero que proporcionaban materias primas, mano de obra y capital inversor. La lana, los tintes y mordientes y otras fibras vegetales (lino y cáñamo) generaron en sus lugares de origen un movimiento económico menor que sirvió para estimular la producción o recolección, por el tirón que la demanda desde los centros productores de elaborados se mantenía. No obstante, la industria no textil, de mucho menor calado y menos inversión, más extendida y no tan concentrada por todo el continente, potenció el mercado local, regional o nacional, y mantuvo asimismo una continua producción e infraestructura que permitió agilizar la economía mucho más que en aquellas otras ciudades de base exclusivamente agraria, de carácter predominantemente administrativo o de dominio señorial. La industria metalúrgica, alimentaria, de utillaje y elementos de uso doméstico y cotidiano puede señalarse en este terreno, con sus derivaciones y ramificaciones comerciales. La ciudad potenciada en la industria lo fue también en el comercio, y sin embargo hubo asimismo ciudades no productoras que sobrevivieron y promocionaron gracias al comercio predominantemente. Por ejemplo, a partir del despegue comercial del siglo XI, en torno al Mediterráneo, el Mar del Norte y el Báltico, surgieron y crecieron núcleos comerciales que aprovecharon su ubicación en rutas habituales del intercambio. Como sucedió igualmente con las rutas rusas orientales que conectaban con los bizantinos y musulmanes, la ruta del Danubio, la del Rin o las de la España cristiana o musulmana. En estas ciudades mercantiles también se produjo un tirón del entorno hacia ellas como puntos de arranque desde aldeas o villas de una producción campesina y artesanal que introducía sus productos naturales o manufacturados en los mercados y ferias próximas, estimulando la producción y la renovación tecnológica del utillaje necesario para elaborados competitivos. Las rutas del Mar del Norte y del Báltico comerciaban con el pescado, los metales, las pieles, sal, vino y pañería en general, con focos de atracción especial en las ciudades hanseáticas (como Colonia, Lübeck, Hamburgo o Brujas); conectando el continente con Inglaterra y saltando a Escandinavia como prolongación de rutas e intercambios insulares y peninsulares. Otras ciudades centroeuropeas crecieron igualmente al estar situadas en vías comerciales importantes: como las renanas de Dusseldorf, Duisburgo o la propia Colonia; o las de Westfalia, como Dortmund, Münster, Paderborn, Magdeburgo o la misma Lübeck. Otras rutas, como la oriental, denominada "de los varegos a los griegos", fue declinando poco a poco cuando Bizancio entró en crisis y el Islam en retroceso. Las Cruzadas de los siglos XII y XIII significaron el contrapunto negativo para esta ruta que tanta importancia había tenido en los siglos X-XI, originando también sobre ella una serie de puntos urbano-mercantiles que bajo la jurisdicción de algunos príncipes promovieron ciudades como Moscú, Nóvgorod, etc. Declive que fue en favor de la ruta danubiana, donde ciudades como Augsburgo, Ulm, Ratisbona, Viena, Salzburgo, Praga o Buda lograron primero un auge comercial que arrastró después un potencial artesanal destacado. Acaso fue la ruta del Rin, con su prolongación hacia el Ródano para conectarse con el sur e Italia, y su intersección con las ferias de Champaña, la que mantuvo un equilibrio notable entre producción propia, importación desde el entorno y exportación lucrativa hacia otros lugares de Europa. Allí, sobre esa ruta, se potenciaron Estrasburgo, Maguncia, de nuevo Colonia, Bonn, Coblenza, Bingen, Remagen o, en el valle del Ródano, Lyon. La disponibilidad de recursos propios y exportables (sal, vino, trigo) y la conexión con pequeñas ciudades del entorno hicieron de estas concentraciones urbanas, focos de economía próspera y recursos ingentes. Muy por encima de este movimiento continental europeo, la península itálica y el Mediterráneo capitalizaron el gran comercio levantino, con Génova en el Tirreno y Venecia en el Adriático, aunque las rutas septentrionales en el XIII llegaron a adquirir un potencial semejante en muchos aspectos. Algunas rutas fluviales (Sena, Loira, Ebro, Guadalquivir a partir del XIII) completan el panorama de ubicación de ciudades con una función económica al margen de la mera explotación de la tierra, con una diversidad de funciones (artesano-productivas, mercantiles y comerciales, financieras y bancarias), una especialización laboral, una división del trabajo, una concentración de capitales y negocios, una gremialización y una aristocracia del dinero y el crédito que no tiene casi nada que ver con las ciudades más desarrolladas de la Antigüedad, porque la virtualidad del nuevo sistema urbano surgido en Europa a partir del siglo XI fue fundamentalmente económica, menos señorial y mucho menos administrativa que entonces.
acepcion
Extendido entre pueblos de Sudán, Sudamérica y Oceanía, se trata de una protección externa e interna para el pene, hecha con diferentes materiales como conchas, bambú, fibras, etc. Protegía contra las fuerzas del mal.