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La destrucción del segundo templo de Jerusalén conllevó la necesidad de salvaguardar las costumbres y leyes judías para poder ser transmitidas a las siguientes generaciones, así como la de transferir los símbolos del templo a otros aspectos de la vida judía. Yohannan ben Zakkai, fundador de una academia de estudios judíos en Yavneh (Jamnia), comenzó a desarrollar un sistema de leyes y costumbres mediante la discusión sobre la tradición judía y su adaptación a las nuevas circunstancias. Fruto de este trabajo compilador y reformulador fue un amplio corpus de leyes orales sobre múltiples aspectos religiosos y seculares, que fue codificado hacia el año 200 d.C. por el rabí Judá el príncipe en el Mishná. Éste, traducido como "Aquello que se enseña", se divide en seis ordenaciones y 63 tratados. Con el tiempo los mismos textos del Mishná comenzaron a ser discutidos por los rabinos, siendo estas opiniones vertidas en el Talmud (estudio) de Jerusalén (h. 400 d.C.) y el de Babilonia (h. 500 d.C.). Este último acabó por convertirse en el más aceptado. Ambos textos se basan en el mismo Mishná, aunque mantienen opiniones diversas sobre el relato de los debates o Gemara. Los años han hecho que el Talmud haya obtenido el grado de texto sagrado, con un rango que para algunas corrientes es similar al de la Biblia. Las adiciones (Tosafot), comentarios y anotaciones han continuado hasta recientemente.
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Desde 1493, varias bulas papales a cargo de Alejandro VI, Julio II, y León X, en especial la "Universalis Ecclesiae" (1508) concedieron a los reyes de Castilla la autoridad para establecer y organizar la Iglesia en Ultramar, presentar candidatos a las sedes y recaudar y gastar los diezmos eclesiásticos. En 1522 la bula "Omnimoda", de Adriano VI, facultó a los frailes para asumir tareas pastorales y sacramentales, habitualmente en poder del clero secular. La evangelización de las Indias sera, pues, una labor de misioneros impulsada desde la Corona. El primer esfuerzo pacífico por evangelizar a los indios se produjo entre y 1515 y 1519, cuando un pequeño grupo de frailes se estableció en Cumana, en la llamada costa de las perlas. El encuentro resultó en fracaso cuando, en venganza por anteriores abusos cometidos por españoles, mataron a algunos e hicieron huir al resto. Hasta entonces, los clérigos que acompañaron los primeros viajes fueron en calidad de capellanes de los españoles, no con misión doctrinal. Las primeras informaciones que llegaban a la Corona acerca de las barbaridades cometidas alentaron el envío de misioneros, bajo el supuesto de que la evangelización, aparte de ganar almas para la doctrina cristiana, podría apaciguar la violencia de los conquistadores hacia los indios, al fin y al cabo, cristianos como ellos. Desde el primer momento hubo voces, aunque escasas, que se alzaron contra la explotación y los métodos desplegados, como la un colono que remitió cartas a la Corona en 1504 exponiendo un plan a favor de los nativos, tras haber convivido con estos y aprendido su lengua. Hubo otros que, directamente, desertaron y se unieron a las poblaciones indígenas, sin duda atraídos por la liberalidad de costumbres sexuales de algunos pueblos o buscando huir del pago de alguna deuda económica o legal. Lo cierto es que la conquista de los nuevos territorios no se planteó sólo en términos económicos o políticos, sino también espirituales. La llegada de los primeros misioneros se fundamentó en tres elementos. El primero fue la ayuda que, como monarca cristiano, debían proporcionar los reyes de los primeros momentos de la conquista, Fernando el Católico y Carlos I. En cumplimiento de sus obligaciones para con la Iglesia, sufragaron el viaje, el equipamiento y los medios materiales para establecer misiones en territorio americano. En segundo lugar, la receptividad de los conquistadores favoreció su buena acogida, deseosos de dar un barniz de misión doctrinal y aun santa a sus guerras de conquista, al modo de los cruzados. Por último, las denuncias crecientes sobre los abusos de los colonos hacia los indios hacían necesaria la presencia de hombres que, bajo la óptica deel momento, pudieran poner orden y sentido en un universo caótico. La primera cuestión a dilucidar era saber si los indios eran o no seres racionales, algo que increiblemente pocos pensaban en los primeros momentos. Uno de los primeros en defender la posición indígena fue el dominico Antonio de Montesinos quien, en 1511, no sólo postuló la humanidad y el carácter racional de los indios, sino además estableció que los españoles no tenían derecho a explotarles ni hacerles servir. Su opinión dio lugar a una controversia, pues se enfrentaba a los intereses económicos de los colonos, si bien como consecuencia se promulgaron las Leyes de Burgos (1512-13), un mal remedio que, aunque limitaba el trabajo forzoso, no pudo evitar el genocidio en las Antillas. Posteriormente el debate se reproducirá con las discusiones entre Las Casas, Sepúlveda y Vitoria. Mientras se dirimían estas cuestiones, lo cierto es que la labor de evangelización continuaba, para lo que paulatinamente fueron embarcando pequeños grupos de frailes dominicos, agustinos y franciscanos, primero hacia Nueva España, a partir de 1523, y después hacia el Perú, desde 1534. El resultado fue un choque de culturas y concepciones del mundo, donde los misioneros no supieron o pudieron comprender mentalidades radicalmente diferentes. La "extirpación de idolatrías", la destrucción de ídolos, la conversión de los paganos, fueron misión evangélica desde los primeros momentos, en las que se distinguieron, por citar sólo a algunos, Mogrovejo o Arriaga. Para un mejor desarrollo de su labor, no obstante, en general se esforzaron en convivir con los indígenas, aprender su lengua y sus costumbres, conocer su historia. De ello algunos nos han dejado impagables documentos que, aunque a veces contienen inexactitudes o exageraciones, está repletos de información valiosísima por su inmediatez y cercanía. La mayoría de los cronistas de Indias provienen del estamento clerical, como Sahagún, Las Casas, Motolinía, Diego de Landa, Pedro Simón, Pedro Aguado, José de Acosta, etc. En México fundaron un colegio, el de Santa Cruz de Tlatelolco, en el que Sahagún y Andrés de Olmos contribuirán a la recuperación de la cultura nativa gracias a su labor de recogida de manuscritos, códices e historia oral, legándonos buena parte de lo que hoy sabemos sobre las antiguas culturas mexicanas. En Perú, algunos siglos más tarde, otro obispo, Martínez Compañón, nos legará un documento de altísimo valor etnohistórico. La redacción de catecismos, gramáticas y libros devocionales en lengua indígena permite tener hoy una riquísima fuente de información sobre lenguas a veces desaparecidas. La labor misional hubo de adaptarse al terreno y a las condiciones de los misionables. Provenientes de una tradición europea y judeo-cristiana en la que el adoctrinamiento y evangelización eran realizados por individuos que se internaban entre los paganos, pronto comprendieron que resultaba más eficaz atraer y agrupar a estos, haciéndolos vivir alrededor de misiones en donde pudieran aprender la religión y cultura dominantes. El máximo exponente de este instrumento serán las reducciones de la Compañía de Jesús, establecidas primero en Brasil desde 1549 y en la América hispana desde 1568, alcanzando su esplendor en las reducciones paraguayas desde 1607. La misión fue también una herramienta de colonización y ocupación de nuevos territorios, demostrando la estrecha alianza del trono y el altar, estableciéndose en zonas fronterizas. El ideal del misionero, personaje educado en la doctrina de una religión expansiva y conocedor de la vida de otros que, antes que él, pasaron sus días en tierra extraña realizando conversiones, es realizar un mundo nuevo acorde a sus creencias, trabajando con "materiales" no contaminados. Se piensa a sí mismo como herramienta de Dios, y a la labor de los europeos como dirigida por los designios divinos, conciencia que aparecerá en la mayoría de las obras que nos dejaron escritas.
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La costa próxima a la desembocadura del Río de la Plata, descubierta por Solís y quizá anteriormente por Amerigo Vespucci, recobró un interés inusitado a raíz del viaje de Magallanes, como ruta hacia el Estrecho. Por ella desfiló la flota de Loaysa y, tras ella, vino Sebastián Gaboto rumbo a la Especiería en 1526. Gaboto encontró en Pernambuco un tripulante de la expedición de Solís que le informó de la riqueza existente en el Río de la Plata. Luego halló en la isla de Santa Catalina un desertor de Loaysa que le confirmó el mito: había un poderoso señor blanco, que vivía en una sierra de Plata hacia el interior. Se trataba de un reflejo del país inca. Gaboto abandonó el objetivo de la Especiería y se dedicó a explorar el Río de la Plata. Desembarcó en su margen oriental y en un puerto que llamó San Lázaro (1527). Tras una descubierta poco afortunada por el río Uruguay siguió al Paraná, que remontó hasta la confluencia del Carcañá. Allí fundó Sancti Spiritus (9 de junio de 1527), construyó un bergantín y salió con 130 hombres hacia la Sierra de la Plata. Remontó el río Paraguay hasta el Bermejo y desde aquí regresó hacia Sancti Spiritus, ya que le llegaron noticias de que otros españoles estaban descubriendo en el Plata. Los encontró de camino y se trataba de la expedición de Diego García de Moguer. Antiguo compañero de Solís había capitulado un viaje de rescate a la parte meridional del Atlántico. Penetró en el Plata y encontró a Gaboto a mediados de 1528. Tras discutir ambos sobre sus derechos, acordaron unir sus fuerzas. Mandaron construir siete bergantines para navegar por el río y enviaron varias exploraciones al interior. Una de éstas, mandada por Francisco César, volvió contando unas historias fantásticas sobre la riqueza de un país en el que había hasta ovejas (lamas). El relato daría origen a la leyenda de los Césares. Gaboto y García del Puerto salieron finalmente en los bergantines y descubrieron hasta el río Pilcomayo, hallando muchas dificultades. Vueltos a Sancti Spiritus, encontraron asolado el pueblo por un ataque indígena. En 1529, García del Puerto volvió a España y al año siguiente lo hizo Gaboto. La renuncia del Emperador a las Molucas motivó un olvido temporal del territorio platense hasta la conquista del Perú, que hizo renacer los viejos mitos. En 1533 se hicieron las tres gobernaciones del cono sur, anteriormente citadas. La comprendida entre los paralelos 25 y 36, llamada Nueva Andalucía, correspondió a don Pedro de Mendoza. Este embarcó 1.050 hombres en 11 navíos y llegó al Río de la Plata a principios de 1536. Buscó un buen fondeadero. Junto a él, en lo que hoy es Riachuelo, fundó Nuestra Señora de Santa María del Buen Aire el 2 o 3 de febrero del mismo año. Desde allí, salió el Teniente de Gobernador Juan de Ayolas para remontar el Paraná. En un lugar apropiado, cerca de la laguna Coronda, estableció el poblado de Corpus Christi. Dejó una guarnición y regresó a Buenos Aires, donde la situación era desesperada, pues se hacía frente a un cerco de los indios querandíes. Mendoza, que estaba mortalmente enfermo de sífilis, dispuso el traslado a Corpus Christi, dejando una pequeña guarnición en Buenos Aires. Remontó el Paraná, erigiendo otra fortaleza cerca de Corpus Christi, llamada Buena Esperanza, y mandó otra avanzadilla con Ayolas para descubrir arriba del río Paraguay. Después de esto, volvió a Buenos Aires y embarcó rumbo a España, donde deseaba morir (falleció en la travesía el año 1537). Antes de partir, dispuso que Juan Salazar de Espinosa siguiera a Ayolas con una armadilla y que Ruiz Galán quedase como jefe de la guarnición de Buenos Aires. La expedición de Ayolas subió por el Paraguay hasta un puerto que llamó de la Candelaria. Allí dejó los bergantines y una pequeña fuerza bajo el mando del lugarteniente Martínez de Irala y se adentró en el Chaco con 130 hombres. Llegó hasta los contrafuertes andinos, tierras de los indios Charcas, donde hizo un copioso botín con el que regresó a Candelaria. No había rastro de Irala, que había abandonado el lugar. Los indios Payaguaes invitaron a Ayolas a una comida y le dieron muerte, junto con sus compañeros. Era abril de 1538. Martínez de Irala había permanecido en la Candelaria hasta que llegó a dicha población Juan Salazar de Espinosa. Reunidos, buscaron a Ayolas. Finalmente, Salazar bajó el río Paraguay y fundó en sus márgenes el fuerte de la Asunción (15 de agosto de 1537), base de la futura capital paraguaya. Prosiguió después a Buenos Aires, donde explicó a Ruiz Galán que el Teniente de Gobernador Ayolas había desaparecido. Surgieron disputas sobre a quién le correspondía el mando y el asunto se dilucidó en una reunión celebrada en Asunción, en la que participaron Martínez de Irala, Salazar de Espinosa y Ruiz Galán. El primero de ellos había acudido allí a carenar sus naves y quedó como Gobernador interino, en ausencia de Ayolas. Martínez de Irala siguió buscando a su antiguo jefe hasta que le confirmaron su muerte. Ordenó entonces despoblar Buenos Aires y concentrar las tropas en Asunción, lugar más cercano a la Sierra de la Plata. Cuando se estaba realizando dicha operación (1541) arribó a Buenos Aires el segundo Adelantado del territorio: Alvar Núñez Cabeza de Vaca. El nuevo Gobernador aprobó lo hecho por Irala, y Asunción pasó a convertirse en la verdadera capital del Río de la Plata. Poco después, se estableció la comunicación con el Alto Perú. Una expedición, mandada por el capitán Diego de Rojas, fue enviada desde Cuzco por el visitador Vaca de Castro con tal propósito. Rojas partió de la antigua capital inca en 1543. Siguiendo una de las calzadas del Incario llegó a Charcas (Bolivia). De aquí bajó a la puna de Jujuy y luego a Tucumán. Una flecha envenenada acabó con su vida en Salavina. El mando pasó a Francisco de Mendoza, que condujo la hueste hasta Sancti Spiritus. Desde aquí regresó luego a Cuzco. Cabeza de Vaca emprendió una campaña, para conquistar el occidente paraguayo, que no pudo concluir. El 25 de abril de 1544 surgió en Asunción la rebelión de los vecinos contra su gobierno. El Adelantado fue depuesto y enviado a España, donde tuvo que hacer frente a un largo pleito. Martínez de Irala volvió a ostentar el mando y preparó entonces la expedición a Charcas. Salió del Paraguay en enero de 1548. Atravesó el Chaco y alcanzó su objetivo. Una vez allí, Irala envió informes a Lagasca con Ñuño de Chaves. Durante la espera, estalló un nuevo motín que depuso a Irala, regresando todos a Asunción (1548). Irala fue luego repuesto y nombrado Gobernador en 1555.
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Así como los mitos de los orígenes cósmicos y del hombre aparecen ligados con Teotihuacan, la actuación del sabio sacerdote Quetzalcóatl está vinculada con el esplendor de Tula y los toltecas (siglos X-XI d.C.). Derivando probablemente su nombre del dios Quetzalcóatl que, como se ha visto, simbolizó la sabiduría del supremo dios dual, el Quetzalcóatl sacerdote parece haber dado principio a una nueva concepción religiosa de elevado espiritualismo. El cuadro del reinado de Quetzalcóatl es la descripción de una vida de abundancia y riqueza en todos los órdenes. Los toltecas habían recibido del sacerdote Quetzalcóatl su sabiduría y el conjunto de todas las artes. El sacerdote habitaba en sus palacios de diversos colores, orientados hacia los cuatro rumbos del universo. Allí llevaba una forma de vida que lo acercaba a la divinidad. Vivía en abstinencia y castidad. Pero, sobre todo, estaba consagrado a la meditación y a la búsqueda de nuevas formas de acercarse a la divinidad. Se afirma que Quetzalcóatl en su meditación, "moteotía", "buscaba un dios para sí". En otras palabras, se esforzaba por percibir cuál era la naturaleza del supremo dios dual, al que con frecuencia designaba como único dios: "Y se refiere, se dice, que Quetzalcóatl invocaba hacia su dios, a alguien que mora en el interior del cielo, a La del faldellín de estrellas, a Aquel que hace brillar a las cosas; Señora de nuestra carne, Señor de nuestra carne; La que está vestida de negro, El que está vestido de rojo; La que sostiene a la tierra, El que la cubre de algodón. Y hacia allá dirigía sus voces, así se sabía: hacia el lugar de la Dualidad..." Mostrando luego que el sacerdote Quetzalcóatl había derivado su propio nombre del dios Quetzalcóatl, símbolo de la sabiduría del supremo principio dual, se afirma en un antiguo himno que los toltecas: "Sólo un dios tenían, lo tenían por único dios lo invocaban, le hacían súplicas, su nombre era Quetzalcóatl. El guardián de su dios, su sacerdote, su nombre era también Quetzalcóatl... El les decía, les inculcaba: Ese dios único. Quetzalcóatl es su nombre. Nada exige, sino serpientes, sino mariposas que vosotros debéis ofrecerle, que vosotros debéis sacrificarle". Refieren los textos indígenas que, en medio del esplendor tolteca, se presentaron un día en Tula tres hechiceros, obradores de portentos. Para algunos, su venida tenía como fin persuadir a Quetzalcóatl de que introdujera el rito de los sacrificios humanos: "Cuando vivió allí Quetzalcóatl, muchas veces los hechiceros quisieron engañarlo, para que hiciera sacrificios humanos, para que sacrificara hombres. Pero él nunca quiso, porque mucho amaba a su pueblo que eran los toltecas. Su sacrificio era sólo de serpientes, pájaros, mariposas, que él sacrificaba. Y se dice, se refiere, que con esto disgustó a los hechiceros, de manera que éstos empezaron a escarnecerlo, a burlarse de él. Decían los hechiceros que querían afligir a Quetzalcóatl, para que éste al fin se fuera, como en verdad sucedió. En el año 1-Caña murió Quetzalcóatl. Se dice en verdad que se fue a morir allá, a la Tierra del Color Negro y Rojo". En esa misteriosa Tierra del Color Negro y Rojo, situada hacia el Oriente, por el rumbo de las costas del golfo de México, desapareció Quetzalcóatl. Según una versión, se embarcó en una balsa hecha de serpientes. Según otra, se arrojó en una hoguera inmensa para salir de ella convertido en astro. De cualquier forma, el héroe cultural se apartó en busca de la región de la sabiduría. El dios y el sacerdote, confundidos muchas veces en el pensamiento indígena, siguieron simbolizando en todos los tiempos lo más elevado del espiritualismo en el México anterior a la conquista.
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El culto al emperador constituye uno de los pilares del sistema de creencias japonés. Fue la región japonesa de Izumo la que contribuyó de manera significativa a la mitología sintoísta, en particular a la instalación del dominio de Jimmu Tenno, el primer emperador japonés, y del linaje imperial. Según el relato mítico, tras ser Susano, señor del mar, expulsado del cielo, descendió a la "llanura de juncos", es decir, la Tierra, donde salvó a una hermosa doncella de las garras de un dragón. Susano halló una espada fabulosa, Kusanagi, en una de sus ocho colas y se la dio a su hermana, la diosa Amaterasu, como gesto de paz. Luego se casó con la doncella, levantó un palacio cerca de Izumo y engendró una dinastía de deidades poderosas que llegaron a dominar la Tierra. El mayor de todos ellos fue Okuninushi, el "Gran señor del país". Amaterasu se alarmó por el poder que había alcanzado Okuninushi, por lo que envió a su nieto Honinigi a restaurar su soberanía en la Tierra. Finalmente se llegó a un acuerdo: los vástagos terrenales de Amaterasu, comenzando por el descendiente de Honinigi, Jimmu Tenno, gobernarían la Tierra en calidad de emperadores, mientras que Okuninushi sería el guardián divino perpetuo del país. La figura del emperador fue objeto de especial veneración a partir de entonces, aunque, en la práctica política, su papel fue meramente simbólico durante la Edad Media japonesa, hasta el periodo Meiji, en el que pasó a desempeñar un papel destacado en la dirección del país.
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Diversas leyendas de finales del siglo IX, recogidas en textos escritos, citan de manera reiterada la existencia de Tollan Xicocotitlán como un centro mítico de gran importancia para los pueblos del centro y el norte de México. Estas narraciones sugieren que los toltecas llegan a la cuenca de México desde la frontera noroeste de Mesoamérica por migraciones de grupos chichimecas y de habla nahuatl; allí conviven con comunidades nonoalcas de la Costa del Golfo, con otomíes y otros pueblos de la frontera septentrional y con descendientes de Teotihuacan. Estos grupos, conducidos por dirigentes como Mixcoatl y Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl, que tienen sus propios patronos y cultos, confluyen en la cuenca de México y fundan Tula. Los documentos no identifican con claridad el centro, de ahí que muchos grandes sitios se pretendan identificar con Tollan (lugar de cañas), incluidos Teotihuacan, Cholula (Tollan Chollolan) y la propia Tula. Estos grupos compiten entre sí por controlar la ciudad, de manera que la facción de Quetzalcoatl, que había dirigido la vida del centro y la había hecho compleja, rivaliza con otra protegida por Tezcatlipoca, el señor de la Noche, contencioso que culmina con la expulsión de Quetzalcoatl de Tula en el año 987 de nuestra Era. La capital tolteca continúa ocupada hasta que Huemac decide su traspaso a Chapultepec en 1165. Desde entonces, Tula se transforma en un lugar mítico y de culto, al que se trasladaron los líderes de las principales ciudades del Postclásico para refrendar su poder.
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Los documentos escritos afirman que el pueblo azteca procede de Aztlan o Aztatlan, lugar de garzas, también lugar de blancura, un sitio localizado en un territorio árido al norte de México, seguramente dominado por Tula en el momento de la migración. Los aztecas salen de este lugar alentados por su dios Huitzilopochtli, tal vez motivado por la debilidad que manifiesta Tula en los momentos finales de su historia como capital del centro de México. En 1165 pasan por esta ciudad, destruyéndola y enterrando alguno de sus monumentos más notorios, y se instalan en varios sitios de la cuenca, en un acercamiento paulatino al lago Texcoco.Allí, se hacen tributarios del señor de Culhuacan, asentándose en Tizipan. Pero pronto entran en conflicto con sus ocupantes y tienen que iniciar una nueva migración hasta instalarse en un islote del lago como tributarios del señor Azcapotzalco. El mito y una profecía tribal sancionan la elección de este lugar. Huitzilopochtli les había comunicado que la migración azteca habría de terminar en un pequeña isla en que vieran un águila con una serpiente en la boca posada sobre un nopal. Allí deberían fundar su ciudad, que con el tiempo habría de transformarse en la capital de un inmenso Imperio, en el centro del universo. Esto sucede en 1325, en que fundan Tenochtitlan.Azteca es un término utilizado para designar a los siete pueblos que, según los relatos míticos contenidos en la tradición oral, salieron de Aztlan; mexica es el último grupo en llegar a la cuenca, y el que obtiene la mayor relevancia en la historia de Tenochtitlan.Poco después de su instalación en la isla se enfrentaron a los tecpanecas de Azcapotzalco, formando durante el reinado de Izcoatl la Triple Alianza con Texcoco y Tlacopan en 1431. Este rey tuvo un corto pero interesante reinado: se valió de dos grandes personajes, Tlacaelel, que ocupó el cargo de cihuacoatl o consejero real, que quemó los antiguos libros y reescribió la historia mexica entroncándola con las prestigiosas ciudades de Tula y Teotihuacan, y Nezahuacoyotl, que codificó la Ley Texcocana y trazó los principales diques y canales de chinampas, campos de cultivo levantados sobre el lago que aseguraron el abastecimiento agrícola y posibilitaron el gran desarrollo de la ciudad.Durante los reinados de Motecuhzoma Ilhuicamina (1440-1468) y de Axayacatl (1469-1481), el Estado mexica se expandió más allá de las fronteras del valle central. Tizoc (1481-1486) y Ahuizotl ampliaron los límites del Imperio, y sobre todo este último dio un gran impulso a la construcción del Templo Mayor de Tenochtitlan. En 1502 Motecuhzoma Xocoyotzin (1502-1519) ocupó el trono mexica y recibió las primeras noticias sobre las casas flotantes ocupadas por hombres blancos y barbados que habían llegado por mar desde el oriente, y que anunciaban la conquista, que no habría de producirse hasta el 13 de agosto de 1521 por las tropas de Hernán Cortés, durante el mandato de Cuauhtemoc.
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En el tema de la ciudad las "Ordenanzas", si bien reflejan influencias de tratados manejados en la Europa del XVI que remiten a modelos clásicos -siendo el de Vitruvio el más reiteradamente citado en ese sentido- codifican ante todo una experiencia que pudo, cuando menos, tanto como la teoría. Por poner un ejemplo de ello, en la recomendación de que carnicerías, pescaderías, tenerías, etc., que causaban suciedad y malos olores se alejaran del centro de la población, coincidían lo que aconsejaba la experiencia y recomendaban los tratados de urbanismo del Renacimiento, sin olvidar que éstos fueron a su vez el resultado de una reflexión sobre la ciudad basada en la experiencia.Sin embargo, no siempre hubo coincidencia entre teoría, norma y realidad. En concreto, para la plaza se indicaban en las "Ordenanzas" unas medidas que daban para el largo una vez y media el ancho de dicha plaza, por ser ésa la mejor proporción "para las fiestas de a cavallo y cualesquiera otras que se hayan de hazer". Con esto se estaba siguiendo casi literalmente lo que Vitruvio había escrito en su libro V, que aconsejaba también esa medida por ser la más cómoda para los espectáculos, pero rarísima vez, se encuentra una plaza rectangular en las ciudades hispanoamericanas, pues suelen ser cuadradas por lo lógico que resultaba tirar entonces, a partir del espacio de la plaza, las líneas de la cuadrícula para las manzanas. Además, salvo en casos de grandes plazas, como la de Puebla, en las que las fuentes no entorpecían el desarrollo de espectáculos públicos, lo frecuente fue que tanto la fuente como la picota o rollo entorpecieran de algún modo esa finalidad de la plaza como escenario para las fiestas que se establecían en las "Ordenanzas" del año 1573. Una síntesis de lo que fue la plaza en la ciudad hispánica se puede ver en el plano de Tlaxcala de 1585, en el que además de los edificios de gobierno, soportales y fuente aparece la picota, compañera siempre de la fundación de una ciudad.Otra muestra de cómo las famosas "Ordenanzas" no fueron seguidas exactamente es que, a pesar de que en ellas se indicaba la conveniencia de que la iglesia Mayor no estuviera en la plaza sino en lugar más aislado de edificios para que así se pudiera apreciar su grandeza (lo cual puede recordar algunas apreciaciones de Francesco di Giorgio Martini), lo cierto es que fue la plaza Mayor su lugar natural, aun cuando su fachada principal diera en algunos casos a una plaza secundaria.También en las "Ordenanzas" de 1573 se indicaba que "toda la plaça a la redonda y las quatro calles prinçipales que dellas salen tengan portales porque son de mucha comodidad para los tratantes que aquí suelen concurrir", pero los soportales rara vez definieron todo el espacio de una plaza y sus calles adyacentes, aunque sí son característicos de toda plaza Mayor hispánica, que ocupen uno, dos, tres o sus cuatro lados. Tal como ha apuntado Bonet, si bien los soportales se pueden relacionar con una tradición urbana proveniente de la antigua Roma, no es menos cierto que en España quedan ejemplos famosos de calles medievales con soportales y que los pórticos de algunas iglesias medievales -que sirvieron de lugar de reunión de los concejos- podrían ponerse en relación con los soportales de los cabildos que, en América, tuvieron también su lugar en la plaza Mayor.El que en las "Ordenanzas" se indique que la plaza no debía ser un espacio cerrado al resto de la ciudad mediante unos soportales continuos, sino abierto interrumpiendo éstos en las bocacalles, relaciona estas "Ordenanzas" con proyectos de plazas españolas. Por otra parte, la regularidad geométrica de estas plazas con soportales sí supuso una novedad, a la que fue incorporada la tradición de los soportales. Este tipo de plaza en España había culminado con la reconstrucción de la plaza Mayor de Valladolid en 1561 y los proyectos de regularización de la plaza Mayor de Madrid emprendidos ya en el reinado de Felipe II. El que en América primaran quizás razones de carácter funcional para el diseño geométrico de las plazas mayores no nos impide considerar todo ello como fruto de una época que utilizó la geometría para ordenar el espacio del hombre.Según las "Ordenanzas", además de la plaza Mayor había que hacer otras menores para la iglesia Mayor (que ya vimos que sin embargo pasó a ubicarse en la plaza Mayor), parroquias y monasterios, pero así se había hecho en Quito con anterioridad a esta fecha, pues en una relación anónima del mismo año 1573 se decía que tenía tres plazas cuadradas, una delante de la iglesia Mayor, otra delante del monasterio de San Francisco y otra delante del de Santo Domingo. Es éste un ejemplo que de nuevo nos lleva a concluir que estas famosas "Ordenanzas" del año 1573, tantas veces consideradas un punto de partida, fueron más un punto de llegada que reguló toda una experiencia urbana previa que había tenido en las Indias un campo de experimentación único desde los años veinte del siglo XVI. Para confirmarlo basta recordar que en Nueva España se habían fundado antes de 1574 treinta ciudades y villas. La pervivencia de la normativa dada en estas "Ordenanzas" -que se detecta incluso en la fundación de ciudades en Florida y California en el siglo XVIII- y el hecho de que, por ejemplo, Buenos Aires se hiciera siguiendo esas normas justifica no obstante su indudable interés para la historia del urbanismo.Si los repartos de solares a que anteriormente aludimos establecieron ya una jerarquización de espacios en la ciudad, en la que el espacio se valoraba en función de su proximidad a la plaza Mayor, cuando se trató de adjudicar los lugares a las distintas instituciones también fue la plaza Mayor el referente urbano. La plaza fue en cierto modo un espacio regulador de la ciudad: en función de la proximidad a ella se inició una cierta zonificación y cuando las ciudades crecieron fueron las calles próximas a la plaza las que conservaron su trazado regular. Así sucedía en Quito en el siglo XVIII, de la que Jorge Juan y Antonio de Ulloa escribieron en 1738 que a tres o cuatro cuadras de la plaza empezaba "la imperfección de subidas y bajadas". En Mérida (Yucatán) esa singularidad urbana del centro de la ciudad en torno a la plaza se materializó a fines del siglo XVII con ocho arcos en las ocho calles que llegaban a la plaza para marcar así los límites de la zona central de la ciudad.El indio peruano Waman Puma (Guamán Poma) de Ayala envió en 1615 a Felipe III un manuscrito titulado "Nueva crónica y Buen gobierno" que no llegó a publicarse. En él representa mediante la imagen una gran cantidad de ciudades que tienen un común denominador: todos los edificios se ordenan en función de una plaza central en la que se ubica la iglesia principal y en torno a la cual se agrupan los edificios de los que se destacan las cúpulas y torres de las iglesias. Si bien puede recordar alguna de las imágenes del libro de Pedro de Medina sobre las ciudades españolas, el protagonismo que adquiere la plaza es único y refleja la realidad de las ciudades hispanoamericanas en el siglo XVI.
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La contemplación humanista del mundo antiguo y su legado arquitectural y plástico determinará fundamentalmente el estudio científico de sus reglas y formas estéticas. No sólo se observan las características de las fábricas romanas, sino que se las compara con el "Tratado de Arquitectura" de Vitruvio y se discuten las diferencias que desde Alberti se contraponen en el análisis teórico y su medición empírica. Se establecen y ponderan las proporciones de la arquitectura cotejándolas con la medida del hombre, pauta admitida desde el siglo XV que ahora cifran en cánones aritméticos Leonardo y Durero, interesado aun más desde su visita a Venecia por la proporcionalidad del cuerpo masculino y femenino. El modelo antropocéntrico se aplica a la misma configuración de la arquitectura, aunque ésta adquiera en plantas y alzados la magnitud monumental que ahora se potencia, reclamando para todos los edificios el imperio de la simetría. Cuando esta dicotomía simétrica inherente al dictado clasicista se desobedezca, aparecerán los manierismos anticlásicos. La simetría exigida a la perspectiva pictórica se aplicará a la planificación urbanística. Con el estudio del hombre se relaciona el de la naturaleza, que adquirirá carácter científico en los estudios anatómicos de Leonardo, pero también en la flora llevada por él a sus paisajes. Esa exégesis de los valores orgánicos no quedará en la superficie de los retratados, sino que profundiza en los valores históricos y psicológicos de los modelos hasta llegar a la idealización. Ayudará a ello el análisis del movimiento y del gesto como expresión externa de la sensibilidad o el ánimo, hasta incorporar la sintaxis dramática o teatral, como Leonardo glosa en cada uno de los Apóstoles de La Cena. Especialmente el estudio de la luz y del color será decisivo en Leonardo y en los grandes pintores venecianos. Todo ello exigirá al artista una dimensión creciente de sus potencialidades, que se traduce en una complejidad de talentos cada vez más exigente. Las figuras principales, a las que Francisco d'Olanda calificará de águilas, se remontarán a un dominio increíble de las tres artes mayores de la arquitectura, escultura y pintura. En el caso singular de Leonardo, una de las cumbres del ingenio humano, se extenderán a otras actividades en el campo de la ingeniería, la fortificación y el armamento militar, la hidráulica y el urbanismo, sin olvidar la fecundidad de su obra escrita como técnico experto, esteticista y filósofo. A la par este encumbramiento del artista contribuye al prestigio y cotización creciente del autor que, abrumado de encargos por los mecenas que con su tutela aumentan su disfrute personal y también su propio prestigio, ha de acudir al concurso de talleres y discípulos cada vez más numerosos e identificados. Del antiguo aprendizaje individual con maestros y mentores se pasará a la docencia reglada y teórica que conducirá al nacimiento de academias, cuyo eco influyente informará buena parte del Cinquecento, y del Manierismo se trasladará al Barroco. Los conocimientos adquiridos en la larga experiencia profesional u obtenidos de las fuentes clásicas y quattrocentistas se volcarán en ediciones y comentarios a Vitruvio, como los de Cesare Cesariano, y en los valiosísimos tratados escritos en el siglo XVI, desde Leonardo y Durero en los años del Clasicismo, hasta los del Manierismo, tales los de los arquitectos Serlio, Vignola, Palladio y Scamozzi o del pintor Armenini, cuyas ediciones y traducciones logran prolongada difusión internacional. También la Iglesia se verá en los inicios de la Contrarreforma motivada a dictar desde Trento normas estrictas que condicionarán las pautas de los templos y la imaginería religiosa. Tarea de primordial importancia desempeñarán en la propagación de modelos e imágenes los grabados, que en auge tras la invención de la imprenta divulgarán a distancia las creaciones de los magnos innovadores o los diseños arquitecturales, contribuyendo a la extensión del lenguaje cinquecentista, que dejará de ser exclusivamente italiano, al resto de Europa, que acabará homogeneizándose, dentro de cada identificación nacional, e incrementando su internacionalismo, hasta contagiar al otro lado del Atlántico a la América hispánica.