No faltaron desde luego quienes, desde el primer momento, vieron con enorme preocupación los acuerdos de París. Keynes, por ejemplo, que formó parte de la delegación británica, se mostró en desacuerdo con la imposición de reparaciones a Alemania y dimitió por ello, y en un libro resonante, Las consecuencias económicas de la paz (1919), anticipó su convicción de que el Tratado de Versalles sólo provocaría la inestabilidad financiera de toda Europa. Lawrence de Arabia se mostró profundamente decepcionado con los acuerdos sobre Oriente Medio y expresaría su desencanto en otro libro de gran éxito, Los siete pilares de la sabiduría (1926), la historia romantizada de la rebelión de los árabes contra Turquía. Pero, por lo general, los acuerdos de París fueron recibidos como un gran triunfo de los valores democráticos y como el preludio de una nueva era de paz y prosperidad para el mundo. Y en efecto, en más de un sentido, la I Guerra Mundial significó el triunfo de la democracia. A esa interpretación contribuyeron hechos como los ya señalados: 1) la desaparición de los imperios autocráticos de los Romanov, los Habsburgo y los Hohenzollern, y del Imperio otomano; 2) la proclamación de repúblicas democráticas en Alemania, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Turquía, Letonia, Estonia, Lituania y Finlandia (en estos dos últimos países, las fórmulas monárquicas impuestas por Alemania fueron sustituidas por gobiernos republicanos nacionales tras la derrota de aquélla); 3) la concesión del sufragio femenino en Gran Bretaña, Holanda, Suecia y Estados Unidos, y la introducción de fórmulas de representación proporcional en países como Francia e Italia; 4) la constitución de la Sociedad de Naciones sobre el principio una nación, un voto y sobre la base de deliberaciones parlamentarias de su Asamblea General, que debía reunirse al menos una vez al año, y voto mayoritario. Y hubo además -no obstante la grave agitación laboral que, como vimos, vivió casi toda Europa- otros indicios favorables. En Gran Bretaña, el Partido Laborista vio reforzadas sus posiciones en las elecciones de 1922 (142 diputados, más de 4 millones de votos, 29,5 por 100 del voto) y 1923 (191 diputados, 30,5 por 100 del voto, a sólo 8 puntos de los conservadores y por delante de los liberales). Incluso formó gobierno, si bien minoritario y de breve duración, entre enero y noviembre de 1924, presidido por su líder, Ramsay MacDonald. En Italia, el Partido Socialista y el nuevo partido de los católicos, el Partido Popular, creado en 1919 por el sacerdote Luigi Sturzo, irrumpieron en las elecciones de 1919 y 1921 como las dos primeras fuerzas políticas del país. En Alemania, el nuevo régimen, la República de Weimar, adoptó el 31 de julio de 1919 una constitución modélicamente democrática que incluía la elección directa del Presidente, un sistema de representación proporcional que aseguraba la presencia de los partidos minoritarios y el sufragio universal masculino y femenino para mayores de 20 años. Los socialistas fueron el partido más votado en las seis elecciones que se celebraron entre 1919 y 1930. Pero aquel triunfo de la democracia tuvo mucho de ilusorio. La guerra había destruido el optimismo y la fe en la idea de progreso y en la capacidad de la sociedad occidental para garantizar de forma ordenada la convivencia y la libertad civil. Una parte cada vez más numerosa de la opinión confiaría en adelante en soluciones políticas de naturaleza autoritaria. Así, por un lado, el nuevo régimen comunista ruso actuó como revulsivo de la conciencia revolucionaria, al tiempo que provocaba la reacción de alarma de las clases conservadoras del mundo occidental. El comunismo, en todo caso, visto no ya sólo como una forma igualitaria de organización de la sociedad sino como una nueva moral, ejerció en los años de la posguerra una fascinación innegable. De otra parte, los acuerdos de paz provocaron una reacción ultranacionalista en los países o derrotados (Alemania) o decepcionados por los tratados (Italia), reacción asociada a los "ex-combatientes", un nuevo tipo social -integrado por decenas de millones de personas- definido, por lo general, por una mentalidad patriótica y militarista identificada con el recuerdo de la guerra, y por una abierta hostilidad a la democracia, a los partidos políticos y a la vida parlamentaria en tanto que instrumentos de división nacional. Cuando en Italia se supo en 1919 que el puerto de Fiume (Rijeka), ciudad con un 62,5 por 100 de población italiana, no sería reintegrado sino que quedaría como ciudad libre, un grupo de ex-combatientes al mando del escritor D'Annunzio ocupó (12 de septiembre) la ciudad. D'Annunzio administró Fiume durante 16 meses con una constitución altisonante e impracticable de carácter nacional-sindicalista, y creó allí los símbolos y rituales que luego adoptaría el fascismo (como la camisa negra y el saludo romano). El episodio, como propio de D'Annunzio, fue grotesco y delirante, pero reveló la fuerza colectiva que el nacionalismo exasperado había adquirido. Pero además, el reconocimiento por los aliados del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades de los ex-imperios austro-húngaro y otomano reforzó en todas partes las aspiraciones de los movimientos nacionalistas e independentistas. Ya veremos más adelante cómo, por ejemplo, el orden colonial estalló a partir de 1919. En Gran Bretaña, ello produjo, además, el resurgimiento del nacionalismo irlandés. En las elecciones de diciembre de 1918, el partido independentista Sinn Fein logró 73 de los 107 escaños de Irlanda (frente a 6 de los nacionalistas moderados y 26 de los unionistas pro-ingleses del Ulster). Poco después, el 21 de enero de 1919, los parlamentarios electos del Sinn Fein se constituyeron en Dublín en Parlamento irlandés y proclamaron la independencia de Irlanda. Disueltos el parlamento irlandés y el Sinn Fein por las autoridades británicas y detenidos (o exiliados) sus principales dirigentes, dos de éstos, Michael Collins y Sean Mc Bride, reorganizaron en la clandestinidad el Ejército Republicano Irlandés (IRA). El IRA desencadenó a partir de principios de 1920 una violentísima campaña de atentados terroristas contra objetivos ingleses, a la que la policía anglo-irlandesa y las fuerzas auxiliares reclutadas (entre ex-combatientes) para reforzarla -los llamados Blacks and Tans (Negros y marrones), por el color de sus uniformes- respondieron con una durísima política de represalias que incluyó atentados y asesinatos igualmente brutales. Irlanda vivió dos años de virtual guerra abierta. El 21 de noviembre de 1920, el IRA asesinó en Dublín, a sangre fría, en sus casas, a once oficiales del Ejército inglés. Como venganza, los Blacks and Tans abrieron fuego contra el público que asistía a un encuentro de fútbol gaélico y mataron a doce personas. Poco después, incendiaron el ayuntamiento de la localidad de Cork, uno de los enclaves sinnfeinieristas. Sólo en 1920, el IRA dio muerte a 176 policías y a 54 militares ingleses y a otros 223 policías y 94 militares en los seis primeros meses de 1921. Entre enero de 1919 y julio de 1921, la organización irlandesa y sus simpatizantes sufrieron 752 bajas mortales. A la vista de la situación y de la creciente oposición de la opinión inglesa a la guerra y a los métodos de los auxiliares, el gobierno de Lloyd George aprobó en diciembre de 1920 una Ley del Gobierno de Irlanda que dividía la isla en dos regiones autónomas, el Ulster o Irlanda del Norte (seis condados) e Irlanda del Sur (26 condados), cada una con su propio Parlamento -el del Sur, copado literalmente por el Sinn Fein en las elecciones regionales que tuvieron lugar en mayo de 1921- y bajo la autoridad de un Consejo de Irlanda. Luego, el gobierno fue atrayendo a los líderes irlandeses (De Valera, Griffith, Collins), primero hacia una tregua, que se acordó en julio de 1921, y posteriormente, a la firma de un acuerdo definitivo. La excepcional habilidad negociadora de Lloyd George logró el milagro. La delegación irlandesa, encabezada por Michael Collins, suscribió el 6 de diciembre de 1921 un tratado por el que Irlanda del Sur se convertía en el Estado Libre de Irlanda, con categoría de dominio, equiparable a Canadá, dentro de la Comunidad británica de Naciones. Irlanda del Norte, donde en las elecciones de mayo de 1921 se habían impuesto los unionistas bajo el liderazgo de James Craig, quedaba como región autónoma dentro de Gran Bretaña. El milagro tuvo, sin embargo, contrapartidas. El parlamento de Dublín aceptó el tratado, pero una parte del Sinn Fein, encabezada por De Valera, la rechazó. Collins, elegido primer ministro de la nueva Irlanda, fue asesinado en agosto de 1922. La ruptura fue inevitable: la guerra civil entre las dos facciones del Sinn Fein se prolongó hasta la primavera de 1923. El nuevo orden internacional creado por la I Guerra Mundial se cargaba así de inestabilidad y conflictos. Las esperanzas que había suscitado la creación de la Sociedad de Naciones se desvanecieron, por otra parte, pronto. En efecto, el nuevo organismo, cuyo secretario general hasta 1933 fue el diplomático británico Eric Drummond (1876-1951), nació con grandes limitaciones. Tuvo desde el principio graves dificultades financieras. Ni la Rusia soviética (hasta 1934) ni la Alemania derrotada (hasta 1926) formaron parte de ella. Y lo que fue más clamoroso, tampoco lo hizo Estados Unidos: los planes del presidente Wilson fueron derrotados por el Senado norteamericano, dominado por los partidarios del tradicional "aislacionismo" del país. Pero sobre todo, la Sociedad de Naciones carecía de autoridad para imponer sus decisiones. Estaba, primero, el hecho insalvable de la soberanía de los Estados miembros, y el principio de no ingerencia en asuntos internos de los países soberanos. Pero faltaban, además, los mecanismos legales y de fuerza para intervenir. En caso de agresión, los Estatutos de la Sociedad de Naciones recomendaban simplemente la ayuda al agredido, y sólo contemplaban frente al agresor unas hipotéticas "sanciones" (que podrían culminar en el "bloqueo"). Con todo, la Sociedad de Naciones intervino con éxito en ciertos conflictos: en la división de Silesia (1921) entre Polonia y Alemania; en el incidente de Corfú (1923) entre Grecia e Italia, cuando ésta ocupó la isla tras el asesinato de varios oficiales italianos en la ciudad griega de Janina; en la cuestión de Vilna, ciudad de población judio-polaca enclavada en Lituania, que en 1922 quedó incorporada a Polonia; en la inclusión (1925) de Mosul en Iraq y no en Turquía, y en otros. Pero la Sociedad de Naciones básicamente fue lo que Ortega y Gasset escribió en su epílogo para ingleses de La rebelión de las masas: "un gigantesco aparato jurídico para un derecho inexistente". Además, las nuevas democracias del centro y este de Europa nacieron condicionadas por el peso de la amarguísima herencia de la guerra: gravísimos daños materiales, formidables desajustes económicos, fuerte endeudamiento exterior, inflación, inestabilidad monetaria, pago de reparaciones (en el caso de los países derrotados), sostenimiento de ex-combatientes, viudas y huérfanos, desempleo, problemas de tipo étnico, conflictos fronterizos. El legado de la guerra hipotecó decisivamente el futuro de la democracia en aquella región de Europa. Polonia se vio de inmediato -de abril a octubre de 1920- implicada en una durísima guerra con la Rusia soviética y en una agria disputa con Lituania en torno a Vilna. En Hungría ni siquiera hubo democracia: el almirante Horthy estableció entre 1920 y 1944 una dictadura personal, un régimen autoritario, antisemita y contrarrevolucionario, bajo la fórmula de una regencia de una monarquía que nunca restauró. En el Reino de los serbios, croatas y eslovenos - el nombre de Yugoslavia no se adoptó oficialmente hasta octubre de 1929-, los conflictos étnico-nacionalistas debidos sobre todo a la oposición croata a la Constitución de 1921, estallaron pronto. En 1928, tras el asesinato en el propio Parlamento del dirigente croata Esteban Radich por un diputado radical serbio, los croatas proclamaron un Parlamento separado en Zagreb y declararon rotas las relaciones con Belgrado: el rey Alejandro I suspendió la Constitución y proclamó la dictadura. En Austria, los años 1919-21 fueron años de crisis y de decadencia, de desmoralización colectiva, de inflación y hambre. El gobierno del canciller cristiano-social Ignaz Seipel hubo de apelar a la Sociedad de Naciones para negociar la concesión de un crédito internacional que financiase la reconstrucción del país: la economía austriaca quedó bajo control de un delegado de la SDN desde octubre de 1922 a julio de 1926. La república, pues, quedó marcada por el fracaso económico y, con ello, por la agitación nacionalista pro-alemana, los choques entre nacionalistas y socialistas y las tensiones sociales. El 15 de julio de 1927, Viena, ciudad de predominio socialista, fue escenario de una huelga general como protesta por la absolución de tres nacionalistas acusados de haber dado muerte a dos socialistas: el Palacio de justicia fue incendiado por los huelguistas.
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"Me dieron el nombre clave de "Cicerón", porque era el nombre de un romano famoso por su elocuencia. Von Papen pensaba que los documentos con los cuales yo le familiaricé también eran muy elocuentes..." En efecto, durante los meses de noviembre y diciembre de 1943, comenzaron a desfilar ante la Leica de Cicerón documentos tan confidenciales como los que trataban de la operación Overlord, el abastecimiento a las tropas soviéticas, las rutas seguidas por los convoyes USA para abastecer a la URSS, la situación de Turquía ante la guerra... El esfuerzo combinado de todos los escenarios bélicos para favorecer la apertura del nuevo frente era tema favorito de los mensajes de Churchill, que elegía ese crítico momento para que Turquía entrase en campaña. Todos estos graves temas seguían haciendo fluctuar a Cicerón entre dos polos: su ambición y su deseo de disfrutar el dinero obtenido de los alemanes, para lo que necesitaba que Turquía no entrase en guerra y Bazna se daba perfecta cuenta de que su espionaje contribuiría a evitar las tentaciones bélicas de su Gobierno, por lo que se esforzaba en que ni un sólo documento pasase por la embajada sin que su Leica lo hubiese fotografiado. Y, así, Cicerón, fotografió, por ejemplo, los acuerdos de la Conferencia de Teherán y, así también, Bazna se enteró de que los servicios secretos de todo el mundo jugaban con su nombre. En Alemania tenía detractores y defensores. En Londres había una gran preocupación. En los EE.UU, se comprometieron a entregar a Cicerón en bandeja a los Servicios Secretos británicos. En Turquía, los medios oficiales mostraban su preocupación por la excelente información de los alemanes a cerca de sus relaciones con Inglaterra... Bazna, al menos, había conseguido la celebridad. Cicerón fue el espía más famoso de la II Guerra Mundial.
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En un debate político, en 1889, el conservador Francisco Silvela se refería a la "dirección clara y visible, en el actual momento histórico, hacia la verdad en la investigación, hacia el positivismo en la observación, en el estudio y en la teoría, hacia el naturalismo en el arte y en las manifestaciones literarias", tendencias que, a su juicio, no eran sino manifestación de una "sed creciente de realidad, de sinceridad, de positivismo". Positivismo, repetía Silvela, y éste era efectivamente el elemento clave de la mentalidad predominante -en España lo mismo que en el resto de Europa- desde mediados de los años setenta hasta fin de siglo. "Fue la hora de la recepción social en España del positivismo -ha escrito José Luis López Aranguren- entendiendo éste en sentido muy amplio, más como "espíritu" y modo de "approach" a la realidad que como estrecha escuela filosófica". El sentido de la realidad y el pragmatismo caracterizaron tanto la política de los conservadores -que, lejos de cualquier sueño reaccionario, trataron de incorporar al sistema a todas las fuerzas sociales integrables en su proyecto de orden y estabilidad-, como a los liberales -que, aleccionados por la experiencia del fracaso de la revolución, se sumaron rápidamente al sistema conservador con intenciones, en todo caso, de reforma gradual más que de cambio radical. Nadie se libró del impacto positivista, señala Aranguren, y como prueba de ello señala la influencia que el espíritu positivo tuvo sobre dos filosofías idealistas de gran arraigo en el período anterior: el krausismo, y el socialismo proudhoniano y federalista de Pi y Margall. Los krausistas, identificados hasta entonces con una filosofía concreta -la de Krause, aprendida a través de Sanz del Río- pasaron a representar un estilo de pensar que, según Nicolás Salmerón -uno de sus principales representantes- se caracterizaba por la apertura intelectual, por el ejercicio crítico de la razón, por "buscar en la realidad misma y no en aprensiones subjetivas las fuentes del saber". Por su parte, Pi y Margall -cuyo idealismo comparaba un escritor contemporáneo con el de aquel director de cocina que no quería abrir la concha de las ostras con el cuchillo sino con la persuasión- se declaraba en Las Nacionalidades, obra publicada en 1876, "deseoso de estar lo más posible en la realidad". Iniciativas como la Institución Libre de Enseñanza -con su confianza en las posibilidades de la educación para reformar al individuo y, a través de él, a la sociedad-, o la Comisión de Reformas Sociales -cuyo primer cometido fue una Encuesta para conocer la realidad del problema obrero-, son profundamente significativos de la mentalidad predominante. Si por algo se caracterizó el positivismo -tanto la escuela estrecha como el espíritu amplio, en la terminología de Aranguren- fue por su exaltación de la ciencia, como realización suprema de la razón, y por el prestigio social del ingeniero, el hombre encargado de su aplicación práctica. Ambos fenómenos se dieron en la España de la Restauración aunque su debilidad -a pesar de algún caso excepcional como el de Santiago Ramón y Cajal- marca los límites de la extensión e influencia del positivismo en nuestro país. Como se sabe, el realismo y, más tarde, el naturalismo, fueron las estéticas del positivismo, y la novela -una narración extensa, en la que el autor podía detenerse cuanto quisiera en la descripción del ambiente que rodeaba a los protagonistas- su principal forma de expresión literaria. En este caso, las manifestaciones españolas -las obras de Benito Pérez Galdós, José María de Pereda, Emilia Pardo Bazán y Leopoldo Alas, Clarín, principalmente- son un exponente de primer orden, por su abundancia y calidad, del gusto de la época.
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El reinado de Luis XIV (1643-1715) sorprende inicialmente por su larga duración, tanto si se toma como fecha inicial el momento de recibir la herencia o si se hace arrancar inmediatamente después de la muerte de Mazarino al comenzar su gobierno efectivo. En el transcurso de más de medio siglo, los destinos de Francia estuvieron regidos por este monarca excepcional, cuya personalidad y formas de actuar se destacan por encima de lo normal, al margen de la valoración que se pueda hacer de su reinado. Con él el absolutismo alcanzó un pleno apogeo, llegando la Monarquía al culmen de su poder y de su prestigio, no sólo nacional sino también internacionalmente, ya que se convirtió en soberano indiscutido y divinizado en el interior del territorio francés y en árbitro y controlador del juego de las relaciones interestatales. Así pues, durante buena parte de la segunda mitad del siglo XVII Francia se transformó en la gran potencia europea y su rey en uno de los personajes más poderosos e influyentes. La primera medida adoptada por Luis XIV fue asumir personalmente el gobierno de la nación, anunciando públicamente la desaparición del cargo de primer ministro y rechazando cualquier tipo de tutela o de control sobre su poder soberano. De esta manera ponía su persona por encima de toda instancia de poder, ya fuese individual o colectiva, regional o central, afirmando la voluntad regia de dar contenido y aplicar en la práctica el hasta entonces combatido y disminuido principio del absolutismo monárquico. En esta línea de actuación, el paso siguiente era potenciar el aparato de centralización y unificación estatal. Valiéndose de eficaces consejeros, a los que gustaba mantener largo tiempo en el cargo, permitiendo así la constitución de lo que se podría denominar linajes de altos funcionarios, al sucederse miembros de una misma familia en determinados servicios, y de una red de comisarios fieles a su política centralista, especialmente de los intendentes, nuevamente utilizados en tal sentido, el Estado recuperó la fuerza operativa y la capacidad disuasoria que en determinados períodos anteriores había tenido, superando incluso el nivel de intervención y el protagonismo político de etapas pretéritas. Como la teoría absolutista indicaba, para poder llegar a su perfección había que someter a los designios de la autoridad real y de su gobierno a los cuerpos representativos, los órganos de administración local o regional y los grupos privilegiados que podían amenazar o cuestionar de alguna manera las prerrogativas supremas del poder soberano. En consecuencia, los Estados Generales no fueron convocados, se controló mejor a los Parlamentos y a los distintos Consejos y Tribunales, se menoscabó a las autoridades municipales, se sometió a la nobleza, se impuso el galicanismo a la Iglesia, las protestas populares continuaron siendo reprimidas; en suma, se reforzó la maquinaria del poder central y se afirmó de forma indiscutida la dimensión absolutista del monarca, exaltándose su carácter mayestático. Había que potenciar también, y así se hizo, los principales medios de acción del Estado, primordialmente el ejército, instrumento básico de actuación para lograr llevar a cabo la política de grandeza exterior que se pretendía. A tal fin, contando con una población numerosa, dado el potencial demográfico de Francia (el país más poblado con diferencia de todos los de la Europa occidental), y con abundantes recursos económicos especialmente recaudados para financiar la agresiva política bélica puesta en marcha (en este punto destacó la gran labor desarrollada, como responsable de las finanzas del Estado, por Colbert, quizá el personaje más sobresaliente después del rey), pudo levantarse en pie de guerra un poderoso ejército integrado por un contingente de soldados hasta entonces nunca visto, para lo cual llegó a instituirse una especie de servicio militar obligatorio que afectaba a los franceses en edad de combatir; se completó, además, con la contratación de muchos extranjeros que vinieron a servir en las filas del impresionante ejército del rey de Francia. Una mejor organización de la intendencia y de la asistencia sanitaria de los soldados, un mayor control sobre los proveedores militares, un aumento armamentístico con su correspondiente perfeccionamiento, un reforzamiento de la disciplina y una llamada al patriotismo e identificación de la acción militar con la causa nacional fueron algunos de los factores que permitieron hacer del ejército francés una fuerza guerrera temible y casi imparable, sin olvidar que paralelamente se reforzaba de la misma manera la flota, creándose para ello una marina de guerra especializada y potente separada de la mercante. Para aumentar la fortaleza del Estado y lograr una mayor cohesión social, Luis XIV tomó la decisión política de imponer la unidad de fe en su Reino, lo que supuso una mayor presión inicial sobre los protestantes franceses, seguida poco tiempo después de un ataque abierto contra ellos por medio de la revocación del Edicto de Nantes, efectuada con el Edicto de Fontainebleau publicado el 18 de octubre de 1685. Culminaba así una política de endurecimiento religioso que había pasado por una primera fase en la que los hugonotes fueron perdiendo paulatinamente sus privilegios, hasta que se dio el paso definitivo de la prohibición oficial de su credo. Semejante actitud de firmeza y autoritarismo regio fue la que se adoptó frente al Papado y contra los jansenistas. Respecto a la Santa Sede no se le permitió la más mínima intromisión en los asuntos internos franceses, agudizándose por lo demás el galicanismo político y la subordinación de la Iglesia al Estado; en cuanto a los seguidores de Port-Royal, se puso especial cuidado de que su creciente influencia no alcanzase cotas peligrosas de desviacionismo socio-religioso, estableciéndose una atenta vigilancia sobre ellos con momentos de represión más definida. Ya avanzado el reinado tomó especial significación la Corte real como marco de referencia práctica del absolutismo monárquico. En Versalles se organizó un completo ritual de vida de la nobleza y cortesanos en general, teniendo como objetivo primordial la exaltación de la figura regia y la manifestación de su poder soberano. Todo giraba alrededor del rey, estableciéndose un verdadero culto a su persona. Engrandecido, divinizado, todopoderoso, Luis XIV siguió ejerciendo el pleno poder hasta el final de sus días, aunque para entonces la situación de Francia y su dominio internacional habían venido a menos. Lógicamente el larguísimo reinado del rey-sol atravesó por distintas fases, aumentando considerablemente en su última etapa los problemas y las dificultades a las que tuvo que hacer frente.
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Otra de las claves interpretativas de la producción huguetiana reside en el análisis de su adecuación a las exigencias y funciones del soporte material en el que se expresa. En este sentido, aparte de su capacidad para realizar obras de una innegable calidad técnica al servicio de la burguesía barcelonesa, el éxito de la actividad del maestro catalán también debe ponderarse desde la perspectiva de su contribución al desarrollo y esplendor del gran retablo gremial y parroquial de fines de la Edad Media. En el período gótico catalán constatamos una decidida afirmación del carácter plurifuncional del retablo, contemplado como objeto para embellecer y decorar el espacio sagrado del altar, pero también como marco para la expresión plástica del complejo culto hacia la divinidad o el santo protector; destinado a establecer vínculos con la celebración eucarística de la misa -a través de las habituales imágenes simbólicas de la Crucifixión y la Piedad y de la colocación del tabernáculo en el centro del banco- de la misma forma que a prestigiar el colectivo gremial o parroquial que lo sufraga (Berg). Esta riqueza semántica, que demuestra la capacidad de aglutinar diferentes lecturas de orden plástico, iconográfico, simbólico e ideológico, convirtió al retablo en la obra más compleja y monumental de la época bajomedieval. De aquí que su desarrollo fuera cada vez más espectacular, llegando a transfigurar los sobrios espacios arquitectónicos en los que se emplazaba. Aunque todo ello ya fuera constatable en algunas de las fábricas realizadas desde finales del siglo XIV, es evidente que en varios de los retablos ejecutados por Huguet se alcanzaron cotas pocas veces igualadas anteriormente en Cataluña. Así sucedió con la enorme obra -hoy incompleta y desmontada- destinada a la cofradía de los curtidores (12 m x 13, 70 m), una estructura donde se combinaba un amplio ciclo pictórico con las imágenes talladas de la calle central y que, colocada detrás del altar mayor de la iglesia conventual de los agustinos barceloneses, dominaba majestuosamente no sólo el ámbito del presbiterio sino todo un espacio eclesial de nave única. El predominio visual sobre el entorno se afirma incluso en aquellas piezas de menores dimensiones, dirigidas a reducidas capillas laterales o altares secundarios. Este sería el caso del delicioso Retablo de san Abdón y san Senén (2,90 m x 2,20 m), encargado para un altar de la iglesia de san Pedro de Terrassa y del que, según parece extraerse de algunas noticias fragmentarias, el mismo Huguet supervisó in situ su montaje para así asegurar la perfecta definición de los valores de la obra. La constitución del retablo como eje visual de un marco arquitectónico no sólo fue fruto de los propios efectos plásticos de este tipo de piezas. Entre las diferentes disposiciones del condestable Pedro de Portugal referidas al proceso de reforma y transformación de la capilla Real del Palacio Mayor de Barcelona, hallamos expresada la voluntad del príncipe de mejorar la contemplación del retablo mayor que ha realizado Huguet -y que parece constituir el objetivo central de toda la actuación- mediante la abertura de ventanas decoradas con vidrieras. Esta medida, que ya había sido tomada para realzar la famosa Verge dels Consellers de Dalmau y que más tarde también será adoptada por los promotores del retablo de san Agustín, puede interpretarse como una inversión del tradicional predominio de la arquitectura sobre las formas artísticas. Ahora, y gracias al explícito deseo de los clientes, es el retablo el que somete a un principio de subordinación a la arquitectura. El retablo de los curtidores, el mejor documentado de todos los contratados por Huguet, nos ofrece precisamente nuevas pruebas de ello cuando se estipula que el carpintero Maciá Bonafé, encargado en 1452 de ejecutar la fábrica, deberá no sólo tallar la estructura de madera sino también toda la base de piedra del fondo absidial para que así se adapte mejor a las necesidades del conjunto monumental. El hecho de que el retablo se convirtiera en la obra pictórica más compleja del gótico catalán y que, por estas mismas razones, fuera la mejor remunerada hizo que su producción estuviera controlada por un reducido número de pintores. No es demasiado difícil constatar que los encargos eran para aquellos que aunaban un virtuosismo técnico apreciado por la clientela y una gran capacidad de organización laboral que les permitiera hacer frente con éxito a las continuas demandas. Gracias a su adecuación a ambas premisas, Huguet tuvo la posibilidad de especializarse en este tipo de obras y, con ello, pasar a dominar el escenario artístico barcelonés de la segunda mitad del siglo XV de forma semejante a como lo habían hecho en el pasado los hermanos Serra, Lluís Borrassá o Bernat Martorell, entre otros. Incluso, pese a la crisis económica, siguió contratando piezas extraordinariamente caras, que demuestran con creces el predominio del retablo sobre cualquier otra actividad artística. Aun así, en muchas ocasiones, el deseo de obtener un conjunto espléndido comportó la adopción de actitudes desmesuradas por parte de los colectivos gremiales, capaces de embarcarse en aventuras que sobrepasaban sus posibilidades económicas reales. Ello sucede, por ejemplo, en el caso del retablo de san Agustín, contratado por la astronómica cifra de 1.100 libras, o en el dedicado a san Antonio, para el que se tuvieron que realizar varias colectas públicas -autorizadas por el Papa y el rey- que permitieran obtener las 550 libras que costaba toda la obra. La escasez de recursos monetarios nos muestra pues la otra cara, más oscura y problemática, que presentaba la monopolización de los grandes retablos en el marco de una coyuntura económica desfavorable. En este sentido, tenemos suficiente información como para asegurar que el pago de todas las obras de Huguet se caracterizó por la entrega, a lo largo de un periodo de tiempo dilatado y con frecuentes retrasos, de cantidades muy pequeñas e irregulares. Las mismas dificultades de la viuda del pintor para cobrar la liquidación final de las tablas del conjunto de San Vicente de Sarriá, ejecutadas hacía casi cuarenta años, indican hasta qué punto, en esos momentos, la contratación de un retablo implicaba una empresa arriesgada desde la perspectiva económica del propio Huguet. Ante esta situación ya no sólo era necesario que nuestro personaje fuera capaz de mantener un taller lo suficientemente amplio para responder a todos los encargos, sino que también había de disponer de una liquidez financiera con la cual hacer frente a los retrasos en los pagos e, incluso, avanzar las cantidades necesarias para finalizar las obras contratadas. Si bien todo ello no fue óbice para un desarrollo monumental de los retablos, es inevitable pensar que debió influir decisivamente en la actividad profesional de Huguet, cada vez menos atenta a la introducción de variantes estilísticas y compositivas. De este modo, aparte de la cultura visual de la burguesía o de la consideración del pintor hacia sus creaciones, es indudable que las dificultades económicas disminuyeron la exigencia de los clientes y el propio Huguet hacia las cualidades estrictamente pictóricas de las obras. De hecho el éxito ya estaba asegurado con una hábil repetición de prototipos -muchas veces concluidos por los miembros del taller-, la cuidada aplicación de dorados y elementos ornamentales y, por último, la concepción monumental del conjunto.
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<p><strong>Historia:</strong> </p><p>La Grecia antigua. </p><p>El Neolítico. </p><p>La cultura cicládica. </p><p>La civilización minoica. </p><p>La cultura micénica. </p><p>Edad Oscura y Periodo Geométrico. </p><p>La época arcaica. </p><p>El periodo clásico. </p><p>La era macedónica. </p><p>El helenismo. </p><p> </p><p><strong>Sociedad: Medios de subsistencia: </strong></p><p>La agricultura. </p><p>Explotaciones autárquicas. </p><p>Las producciones agrícolas. </p><p>Artesanía. </p><p>Comercio. </p><p>La moneda. </p><p>Minería. </p><p> </p><p><strong>Organización política:</strong> </p><p>La democracia ateniense. </p><p>El ostracismo y las mistoforia. </p><p>Estructura institucional de Esparta. </p><p>El ejército. </p><p>El hoplita. </p><p>La infantería ligera. La caballería. </p><p>Máquinas de asalto. </p><p>La marina. </p><p>Reclutamiento. </p><p> </p><p><strong>Estructura social:</strong> </p><p>La sociedad en Grecia. </p><p>Sociedad y educación en Atenas. </p><p>Sociedad y educación en Esparta. </p><p>La ciudadanía. </p><p>Los metecos. </p><p>Los esclavos. </p><p>El marido. </p><p>Las mujeres. </p><p>Las ciudades. </p><p>Las casas. </p><p>El ocio. </p><p>El vestido. </p><p>La prostitución femenina. </p><p>El matrimonio. </p><p> </p><p><strong>Creencias y religión:</strong> </p><p>Religión y mito. </p><p>Los dioses preolímpicos. </p><p>Los Doce Dioses del Olimpo. </p><p>Dioses menores y héroes. </p><p>Culto y ceremonias. </p><p>El oráculo de Delfos. </p><p> </p><p><strong>Arte y conocimientos:</strong> </p><p>Lengua y literatura. </p><p>La ciencia. </p><p>La medicina. </p><p>El calendario. </p><p>La filosofía griega. </p><p>Los presocráticos. </p><p>Los sofistas. </p><p>Sócrates, Platón y Aristóteles. </p><p>El arte griego prehelénico. </p><p>La arquitectura cretense. </p><p>La escultura cretense. </p><p>La arquitectura micénica. </p><p>Pintura y escultura en Micenas. </p><p>El arte helénico. </p><p>Los órdenes arquitectónicos. </p><p>Templos, teatros, sepulcros y acrópolis. </p><p>La escultura griega. </p><p>La pintura griega.</p>
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La civilización maya alcanzó su apogeo a lo largo de la época clásica (300-900 d. C.), desarrollando tradiciones que se formulan en el Formativo, e integrando nuevas ideas a medida que se afianza una sociedad compleja. En este sentido, el arte del Clásico tiene unas raíces claramente definidas durante la etapa anterior, que derivan en primer término del arte olmeca (1200-400 a. C.), y después de las regionalizaciones de Izapa y Abaj Takalik (250 a. C.-200 d. C.) y de Kaminaljuyú (200 a. C.-400 d. C.). La integración de tales conceptos artísticos con los peculiares de las tierras bajas culmina a lo largo del Clásico Temprano (300-600 d. C.), y sirve de base para el gran florecimiento del Clásico Tardío (600-900 d. C.).No cabe duda, pues, de que el arte maya es mesoamericano: las técnicas para tallar el relieve y el bulto redondo no difieren en demasía de las implantadas por los olmecas; corno también lo fue el concepto de templos piramidales y la estrecha relación de las artes y la arquitectura. Muchos de los objetos en que los mayas depositaron su destreza artística fueron, también, elevados a manifestaciones de culto, tal y como sucedió en esta civilización de la Costa del Golfo.
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Lo que era común a regímenes tan distintos -nacional-socialismo alemán, fascismo italiano, régimen soviético, Estado Novo portugués, dictaduras centroeuropeas y balcánicas- era el hecho mismo de la dictadura. Muchas de esas dictaduras tuvieron amplio apoyo popular. La adhesión, por ejemplo, del pueblo alemán al régimen de Hitler fue general y entusiasta. Mussolini gozó -ya se ha dicho- de prestigio internacional por lo menos hasta que atacó a Abisinia en 1935, y de un innegable consenso dentro de Italia. Lenin fue casi reverenciado en su país. Dirigidas por hombres enérgicos y a menudo carismáticos -si bien, no todos-, las dictaduras respondieron a la necesidad de gobiernos fuertes y de afirmación nacional que las masas parecieron requerir en épocas de crisis -morales, políticas, económicas, nacionales- tan intensas y generalizadas como fueron los años de la inmediata posguerra y, tras la depresión de 1929, la década de los treinta. Las dictaduras tuvieron una evidente vocación populista. Casi todas ellas apelaron al nacionalismo de las masas, hicieron del plebiscito popular, y no de las elecciones, forma habitual de consulta y buscaron su legitimidad en retóricas de salvación nacional y en políticas de protección y asistencia social. Los dictadores se vieron a sí mismos como la verdadera encarnación de la voluntad popular. Fascismo y dictaduras autoritarias de la derecha no sobrevivieron -salvo las excepciones del Portugal de Salazar y la España de Franco- a la derrota del Eje en la II Guerra Mundial. El régimen soviético, en cambio, perduró hasta 1989. Ello, sin embargo, fue menos resultado de la revolución de octubre de 1917 que de la gigantesca transformación -una segunda revolución, y una revolución, además, desde arriba- que la URSS experimentó en los años treinta bajo el liderazgo de Stalin, una vez que en 1928 se impusiera su política de "socialismo en un solo país". Además, las purgas y juicios de los años 1935-38, en que conocidos líderes de la Revolución de 1917 y destacados jefes del Ejército, y millones de personas, fueron condenados y ejecutados, consolidaron el poder de Stalin sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y sobre el Estado soviético, un poder que Stalin retuvo hasta su muerte en 1953. La Unión Soviética devino así el prototipo del régimen totalitario. Más aún, desde 1945, Stalin extendió el poder soviético a toda la Europa del Este: él presidió la transformación de la URSS en una de las grandes superpotencias del orden internacional de la segunda mitad del siglo XX. La ascensión de Stalin al poder a la muerte de Lenin (24 de enero de 1924) fue, pues, un hecho de importancia histórica decisiva. Tuvo, sin embargo, poco de sorprendente y fue en gran medida lógica. Fue la misma naturaleza de la estructura soviética del poder, aquella dualidad Partido-Gobierno que, como vimos, la caracterizaba, lo que hizo de Stalin el hombre fuerte de Rusia. Como secretario general del Partido desde el Congreso de 1922 y como único dirigente que pertenecía a la secretaría, al Politburó y al Orgburó -esto es, a las instituciones rectoras del país-, en un sistema en el que verdadero centro del poder era el Partido y no el gobierno, Stalin controlaba ya las claves de ese poder, el aparato central del PCUS, antes incluso de la enfermedad final de Lenin, que se declaró en mayo de 1922, y mucho antes, por tanto, de que se abriese la pugna por su sucesión. Que Lenin advirtiese en su testamento contra el excesivo poder que Stalin había acumulado, resultaba incongruente: los hombres de 1917 habían creado la estructura de poder que hizo posible el estalinismo. Con todo, la elevación de Stalin al poder no fue ni inmediata ni inevitable. En ello fue determinante, como se acaba de señalar, el control que ejercía sobre la secretaría del Partido desde 1922 y la red de alianzas con líderes locales y elementos de la burocracia que gracias a ello pudo construir. Pero igualmente decisivos fueron su gran habilidad táctica, los errores de sus rivales -y en especial, de Trotsky-, la capacidad de Stalin para monopolizar la herencia de Lenin y sobre todo, la coherencia de la que iba a ser su gran tesis, "el socialismo en un solo país", con las necesidades de la URSS. Porque, a la postre, el conflicto por el poder que estallaría a la muerte de Lenin fue mucho más que un choque de personalidades, por más que los estilos y talantes de Trotsky -judío, cosmopolita, culto, lúcido, apasionado por la literatura y el arte, escritor e intelectual brillante y mordaz- y Stalin, georgiano de origen modestísimo, que apenas había salido de Rusia, que no conocía más idioma que el ruso, taciturno, rudo, astuto, tenaz, desconfiado, sobrio y poco comunicativo, resultaran incompatibles. La lucha por el poder expresó hondas diferencias ideológicas sobre la concepción de la revolución y del partido, y paralelamente, profundas diferencias sobre las prioridades de la política económica y las necesidades en la construcción de la URSS. Aunque las divergencias existieran desde antes, fue la aparición a fines de 1922 de la "troika" integrada por Zinoviev, Kamenev y Stalin como posible bloque dirigente del Partido, lo que desató el debate. En octubre de 1923, casi al mismo tiempo que 46 conocidos dirigentes -Preobrazenski, Rakovsky, Smirnov y otros- reclamaban la reconducción del proceso económico, Trotsky denunció "el régimen de partido" que se estaba creando y la progresiva "burocratización de su aparato". En artículos y folletos posteriores, como El nuevo curso y Lecciones de Octubre, a la vez que acentuaba sus críticas al partido, perfiló lo esencial de su pensamiento: recuperación del espíritu y de los ideales de octubre de 1917, reafirmación de los principios bolcheviques en el PCUS, revolución permanente, y una nueva y más enérgica política económica que impulsase la industrialización y el socialismo. Tal vez, Trotsky se postulase así para asumir la sucesión de Lenin. Pero en cualquier caso, lo hizo muy mal. Sus críticas se alternaron con largos silencios; enfermo, ni siquiera asistió a los funerales de Lenin; desinteresado en la gestión diaria del Partido, no acudía a las reuniones de los órganos de dirección del mismo. El caso Trotsky revelaba que, bajo la apariencia de unidad que le había dado Lenin, el PCUS estaba profundamente dividido. Tres grandes cuestiones fueron las razones de la ruptura: el ritmo de la industrialización, el papel del sector privado en la economía soviética y el dilema revolución internacional/revolución rusa. Esto último, en concreto, adquirió nuevo y particular relieve cuando, frente a las tesis de Trotsky -que todavía en 1923 creía posible la revolución en Alemania, Bulgaria y China, como la creería posible en Gran Bretaña, en 1926, a la vista de la huelga general que allí tuvo lugar dicho año-, Stalin propuso (1924) la idea del "socialismo en un solo país", esto es, la tesis de que la revolución mundial exigía previamente la consolidación y defensa de la revolución soviética y, por tanto, la subordinación de la política comunista internacional a los intereses de la Unión Soviética. La contraofensiva de Kamenev, Zinoviev y Stalin hizo que, en enero de 1925, Trotsky dimitiera como comisario de la Guerra. Vino, luego, la ruptura entre Kamenev-Zinoviev, que integraron lo que se llamó Nueva Oposición, y Stalin, por la oposición de aquéllos a la tesis nacional del Secretario General y a la política de contemporización con el sector privado agrario. En diciembre, el XIV Congreso del PCUS aprobó la tesis del "socialismo en un solo país" y desautorizó a la Nueva Oposición. En julio de 1926, el comité central del Partido (donde Stalin contaba ahora con el apoyo de Bujarin, Rykov, Tomsky y otros dirigentes) condenó los métodos "escisionistas" de Trotsky, Zinoviev y Kamenev -que habían aproximado posiciones y formado una poco convincente Oposición unificada- y poco después, los excluyó del Politburó. La evolución de la situación internacional agudizó el enfrentamiento. Los fracasos en 1926-27 de la huelga general británica y del comunismo chino (que se verá en el capítulo siguiente) parecieron dar definitivamente la razón a las tesis nacionales de Stalin. En noviembre de 1927, días después de que la Oposición intentara la celebración de una manifestación en Moscú, el XV Congreso del PCUS acordó la expulsión de Trotsky, Kamenev y Zinoviev. La relación de fuerzas que reveló el Congreso dejaba pocas dudas. Stalin contó con el apoyo de los representantes de 854.000 miembros del partido; Trotsky, con el de unos 4.000. En enero de 1928, Trotsky fue, además, exiliado a Alma-Ata, en Siberia; fue expulsado de la URSS un año después. El XV Congreso del PCUS significó, por tanto, el triunfo de la concepción nacional-comunista de la revolución que Stalin había ido perfilando en artículos, folletos y discursos, concepción que suponía, de una parte, una reafirmación del poder y de la unidad del Partido (como vanguardia de la clase obrera e instrumento de la dictadura del proletariado), y de otra, el fortalecimiento económico y militar de la URSS. Eso es lo que haría Stalin a partir de 1927-28. Sus objetivos serían la rápida industrialización del país, la colectivización forzosa de la agricultura y la planificación estatal de toda la actividad económica; sus medios, la coerción y la represión, ejercidos a una escala jamás conocida en país alguno, y el encuadramiento de la sociedad a través de una formidable presión propagandística; los resultados: la transformación de la URSS en un gigante industrial y militar y una completa revolución social que cambió definitivamente la sociedad rusa (aunque con un coste humano y económico que literalmente arruinaría a la larga al país). El cambio se inició con la aprobación en abril de 1929 del I Plan Quinquenal (1928-32), cuyo comienzo se fijó retroactivamente a partir del 1 de octubre de 1928. El Plan aspiraba básicamente al desarrollo de la industria pesada y a la colectivización del 20 por 100 de la agricultura -límite suprimido en 1930- y para ello, fijaba índices de producción, la distribución del PIB, precios y salarios, productividad, plazos fijos para entrega de producción, y muchos otros indicadores económicos. Lo verdaderamente revolucionario eran los cambios que introducía en el mundo agrario. El Plan creaba granjas colectivas, o "koljozes", de 400 hectáreas de extensión, de propiedad cooperativa, en las que se integrarían las explotaciones individuales y minifundios y a las que el Estado asignaría maquinaria y otros recursos; y granjas estatales, o "sovjozes", de propiedad estatal y explotación directa por el Estado, con sus propios funcionarios y trabajadores. La capacidad del Estado soviético para movilizar recursos e impulsar el esfuerzo humano que la realización de aquellos objetivos requería fue extraordinario. El éxito de la industrialización fue completo. Sólo bajo el I Plan (que fue completado por otros dos, aprobados en 1933 y 1938), se construyeron unas 1.500 factorías. Entre 1928 y 1938, se quintuplicó la producción de carbón y acero. La de carbón pasó de 35 a 127 millones de toneladas anuales; la de acero, de 3 a 18 millones de toneladas. La producción de electricidad se elevó de 18 a 80 millones de kilovatios-hora; la de petróleo, de 12 a 26 millones de toneladas. En 1939, la URSS era ya el tercer país industrial del mundo, y el primero en la fabricación de tractores y locomotoras, maquinaria que sólo diez años antes tenía que importar. Las grandes cuencas carboníferas del Kuznetsk habían quedado unidas por ferrocarril con las minas de hierro de los Urales. Grandes zonas industriales surgieron en Tula -cerca de Moscú-, en Kharkov, Rostov, Stalingrado y, al otro lado de los Urales, en Magnitogorsk, una ciudad de 250.000 habitantes enteramente nueva, Zaporozhe, Novosíbirsk (en el Kuzbass), Irkutsk y otros puntos. El ritmo de la colectivización fue también impresionante. En 1930 se había ya colectivizado el 32,6 por 100 de la tierra; en 1932, el 61,5 por 100; en 1935, el 83,2 por 100: en 1941, la agricultura estaba prácticamente colectivizada. Los resultados, en cambio, fueron catastróficos. Millones de campesinos se opusieron a la colectivización. El régimen decretó la liquidación de los "kulaks" o campesinos-medios. Miles y miles de familias fueron expropiadas por la fuerza y sus responsables o deportados o encarcelados o ejecutados. El mismo Stalin estimó que la colectivización había supuesto la liquidación o deportación de unos 10 millones de personas: los ejecutados sumaron posiblemente unos 4 millones. Los resultados económicos fueron igualmente negativos. Casi un 60 por 100 de la ganadería del país quedó destruida entre 1928 y 1932. El consumo per cápita de pan, patatas, carne y mantequilla disminuyó en esos años en la misma proporción. Las catastróficas cosechas de 1932 y 1933 provocaron una situación de hambre sólo comparable a la de 1921: probablemente, otros siete millones de personas perecerían por esa causa entre 1927 y 1937. Los alimentos estuvieron racionados en toda Rusia hasta 1935. Regiones como Ucrania y Kazajstán quedaron devastadas. El hambre fue desapareciendo hacia 1938-39 y la producción de cereales y sobre todo de trigo -para cuya explotación, pronto mecanizada, se abrieron grandes áreas en Siberia y otras regiones- mejoró. Así, la producción de trigo que era de 22 millones de hectolitros en 1928, tras bajar a 20,3 millones en 1932, alcanzó los 30,7 millones en 1936 (y parecidas oscilaciones registraron las producciones de centeno, maíz, avena, salvado, patatas y remolacha). Pero la producción de alimentos, y la misma productividad agraria, nunca se recuperaron. Lo mismo bajo Stalin que bajo sus sucesores, la URSS sufrió de una escasez crónica de alimentos básicos. La oferta de bienes de consumo fue en todo momento paupérrima. El objetivo de la industrialización y de la colectivización no era el bienestar individual, sino el desarrollo colectivo y el reforzamiento de la URSS. Significativamente, los gastos de defensa subieron del 4 por 100 del presupuesto en 1933, al 17 por 100 en 1937 y al 33 por 100 en 1940. Pero los cambios eran formidables. El número de trabajadores industriales pasó de 11 millones en 1928 a 38 millones en 1933: la revolución había hecho la clase obrera, y no al revés. Unos 20 millones de personas emigraron del campo a la ciudad en la década de 1930. La población urbana se elevó del 17 por 100 de la población total en 1926 al 33 por 100 en 1939. La escasez de viviendas en las grandes ciudades generó un gravísimo problema de hacinamiento. De hecho, el nivel de vida en 1953 no era superior al de 1928. La industrialización se hizo sobre salarios industriales bajísimos; la jornada laboral fue incluso ampliada en 1940. El coste humano y social de la transformación de la URSS, por tanto, fue también formidable. Que el país no conociera en la década de 1930 ciclos depresivos resultaba por ello irrelevante. El gobierno hizo un excepcional esfuerzo propagandístico para estimular la moral colectiva de la población y generar un clima de entusiasmo popular en torno a los gigantescos planes emprendidos. Los "héroes del trabajo", los "stajanovistas" -nombre derivado del ejemplo del minero Aleksei Stajanov, que el último día de agosto de 1935 extrajo una cantidad de carbón catorce veces superior a la asignada-, se convirtieron en el estereotipo del revolucionario y patriota. Lógicamente, una legislación laboral verdaderamente tiránica definió huelgas, accidentes de trabajo y absentismo como formas de "traición" contra el Estado y la revolución, y los castigó incluso con la pena de muerte: centenares de técnicos e ingenieros de áreas industriales y de encargados de granjas del Estado fueron procesados y ejemplarmente castigados (y un número altísimo, fusilados) por supuestos sabotajes de trabajo. El régimen impuso un nuevo rigorismo moral como expresión de la ética proletaria del trabajo. La homosexualidad y el aborto fueron prohibidos. La familia, el matrimonio, la procreación y la maternidad, estimulados y exaltados. La simbología y los mitos del nacionalismo ruso fueron actualizados y puestos al servicio de la política oficial, como elemento para enaltecer el colosal esfuerzo colectivo. Industrialización y colectivización aparecieron así como la continuidad de la obra histórica de los constructores de la gran patria rusa, de Pedro el Grande e Iván el Terrible. En esa visión, Stalin, cuyo culto comenzó desde 1930, era "el gran arquitecto del socialismo, el más grande líder de todos los tiempos y de todos los pueblos" -como le llamó la propaganda oficial (y muchos intelectuales de la izquierda europea fascinados por el comunismo)-, el nuevo héroe nacional que, como los del pasado, venía a salvar a Rusia, tal como, a través de un paralelismo obvio, quiso decir el film de Eisenstein, Alexander Nevski, un extraordinario ejemplo de cine épico de belleza visual excepcional, apoyada en una majestuosa e impresionante música compuesta por Prokofiev. Cine, arte y literatura fueron forzados a reflejar los valores y estética de la nueva moral proletaria. El arte de vanguardia (el futurismo ruso, el constructivismo, Malevich, Kandinsky, Zamiatin, Esenin, Isaak Babel, Bulgakov y un largo etcétera), que la revolución había hecho suyo en los primeros años, fue eliminado y reemplazado por el "realismo socialista" como doctrina oficial, proclamada así en el Congreso de Escritores Soviéticos de 1934, un retorno a las técnicas del realismo decimonónico al servicio ahora de un retórico obrerismo ejemplarizante y heroico. Chagall, Kandinsky, el escultor Naum Gabo, Stravinsky, abandonaron Rusia para siempre. Los poetas Esenin, Mayakovsky y Marina Tsvietáieva se suicidaron. Isaak Babel, Ossip Mandelshtam y Boris Pilniak desaparecieron en las cárceles de Stalin; Bulgakov, Pasternak, Akhmatova, sobrevivieron condenados al exilio interior, perseguidos, criticados y silenciados por la cultura oficial. El régimen estalinista hizo, con todo, un colosal esfuerzo educativo, que tuvo además enorme trascendencia social. El número de estudiantes en enseñanza secundaria pasó de 1.834.260 en 1926-27 a 12.088.772 en 1938-39; el número de universitarios, de 159.800 en 1927-28 a 469.800 en 1932-33. De éstos, casi el 50 por 100 era de clase obrera. Los cuadros de la nueva clase dirigente que Stalin crearía procedían en proporciones elevadísimas de medios obreros y campesinos (lo que no fue el caso de los líderes de 1917, en su mayoría de las clases medias, con la excepción tal vez del propio Stalin, hijo de un zapatero rural y de una lavandera). La gigantesca revolución desde arriba emprendida en 1927-29 conllevó finalmente -además de la exaltación de valores y mitos obreros y patrióticos y del culto a Stalin, esto es, además de la creación de una cultura e ideología nacional y comunista- la implantación sistemática y planificada del terror. Fue llevada a cabo por la policía secreta, el NVKD o Comisariado de Asuntos Internos, la antigua Cheka, dirigida en los años 30 por Yezhov, Yakoda y Beria, sucesivamente, y tuvo un doble objetivo: la depuración del PCUS y el reforzamiento continuado del poder de Stalin, y la formación de una sociedad neutralizada y subordinada a los proyectos de engrandecimiento nacional y socialista trazados por el Partido y sus líderes. Hubo ya juicios públicos espectaculares antes de 1934. Además de los juicios contra "saboteadores" industriales, ya mencionados, en 1932 fueron procesados los ryutinistas, un grupo de militantes del PCUS identificados con M. N. Ryutin, que había criticado con dureza la personalidad de Stalin. Bujarin había sido apartado del Politburó (aunque todavía no "purgado") en noviembre de 1929 por criticar los excesos que se estaban cometiendo en la colectivización. Pero fue a raíz del oscuro asesinato en diciembre de 1934 de Sergey Kirov, miembro del Politburó y líder del PCUS en Leningrado -que poco antes, en enero, en el XVII Congreso del Partido, había criticado el excesivo poder personal de Stalin- cuando se desencadenó el terror a gran escala. Las purgas de los años 1934-41 tuvieron tres objetivos: el Partido, el Ejército y la población. Su alcance fue escalofriante. En total, una cifra cercana a los 10 millones de personas fueron arrestadas y represaliadas de alguna forma; de ellas, unos 3 millones fueron ejecutadas y otras tantas murieron en campos de concentración. En el "juicio de los 16" de agosto de 1936, varios antiguos dirigentes del PCUS, y entre ellos Kamenev y Zinoviev, fueron acusados del asesinato de Kirov y ejecutados por ello, después que los acusados -moralmente destruidos por la policía estalinista- se autoinculparan: 1.108 de los 1.996 delegados que habían asistido al Congreso del PCUS de enero de 1934, y unos 100 miembros del Comité Central elegido en el mismo, fueron igualmente ejecutados. El "juicio de los 17", de enero de 1937, y el "juicio de los 21", de marzo de 1938, supusieron nuevas penas de muerte para más ex-dirigentes del Partido, entre otros Bujarin, acusado de mantener vínculos con Trotsky. En junio de 1937, fueron ejecutados el general Tujachevsky, jefe del Estado Mayor, y otros 78 altos oficiales del Ejército, acusados de conspirar a favor de Alemania y Japón (represión seguida además por la depuración de la mitad de los 35.000 oficiales que mandaban el Ejército soviético). El clima de delaciones, sospechas y miedo así creado cumplió su objetivo: toda posible alternativa de gobierno, todo potencial centro de oposición, toda hipotética reacción de descontento popular, quedaron destruidos para siempre. La política de Stalin -que tras la llegada de Hitler al poder en marzo de 1933 conllevaría la apertura a Occidente y la estrategia de frente popular de los partidos comunistas occidentales (pero también, el Pacto de No Agresión con la Alemania de Hitler, en agosto de 1939, cuando la apertura pareció poco satisfactoria)- quedó sólidamente apuntalada. Stalin pudo incluso aprobar en 1936 una nueva Constitución, en apariencia más liberal que la de 1924. El control que ejercía sobre la URSS era excepcional, absoluto. La revolución de octubre de 1917 había desembocado en el horror totalitario que habían anticipado Zamiatin y Huxley en sus libros, y que luego retratarían, aún más magistralmente, Koestler y Orwell en los suyos. Lo grave era que la dictadura soviética no se apoyaba como la de Hitler en una megalomanía racial y ultranacionalista, sino que se legitimaba en la doble ética de la revolución y del proletariado.
contexto
En junio de 1948, pocos meses después de producido el golpe de Estado de febrero en Checoslovaquia, el partido yugoslavo fue expulsado de la Kominform. La noticia de este acontecimiento causó una sorpresa tan grande en el mundo occidental que muchos creyeron que se trataba de una trampa: hasta ese momento, ninguna dirección comunista de un país de la Europa sovietizada se había separado de la línea de actuación marcada por Moscú. Además, si por algo se había caracterizado la Yugoslavia de Tito había sido por la rapidez y la decisión con que parecía haber cumplido el programa que luego se aplicó en los demás países del área. Allí, en efecto, desde fecha muy temprana, los comunistas habían mostrado su voluntad de tomar el poder político en su totalidad, de eliminar al adversario y de llevar a cabo un programa de colectivizaciones masivas. En realidad, lo sucedido en este caso puede ser definido, por esa identidad sustancial, más como una herejía que como un cisma. También debió ser una sorpresa la ruptura con Tito en el propio seno de la Kominform: a fin de cuentas, la agresiva actitud del dirigente yugoslavo resultaba muy similar a la que adoptaron Zdanov y Molotov por la misma época. El segundo llegó a sugerir que la Kominform se estableciera en Belgrado. Pero los problemas entre los Partidos Comunistas de ambos países habían sido tempranos y graves. Tito ya se quejó de la escasa ayuda concedida por los soviéticos durante la guerra misma. Los líderes comunistas yugoslavos, por otro lado, habían sido mucho menos dependientes de Moscú, porque habían hecho la guerra en su propio país. Llegada la hora de la ruptura con Tito, los soviéticos trataron de apoyarse precisamente en aquellos que habían estado durante más tiempo en la URSS. Durante la guerra, Stalin había criticado la actitud demasiado izquierdista de los seguidores de Tito, que no habían tenido inconveniente en exterminar a quienes calificaban de "kulaks" y en destruir edificios religiosos. También se quejó de no ser atendido respecto a su idea de la creación de un frente amplio que los comunistas pudieran dominar desde dentro. Aludiendo a lo que objetivamente era cierto -la carencia de un proletariado industrial en Yugoslavia-, repudió un frente amplio formado por campesinos que, en su opinión, no podría realizar una verdadera revolución proletaria. Por su parte, el régimen de Tito, una vez obtuvo el triunfo, siguió una política estalinista al concentrar sus esfuerzos en la creación de grandes industrias pesadas, atendiendo muy poco a la agricultura y el consumo. La URSS dejó claro que no ayudaría al desarrollo económico yugoslavo y de hecho impuso compras de materias primas minerales a unos precios artificialmente bajos. También exigió un tratamiento especial a su cultura, mientras que agentes soviéticos eran introducidos en el seno de la Administración y en el aparato de seguridad del régimen. Es probable que esto último fuera lo verdaderamente decisivo a la hora de la ruptura. Tito, por su parte, se comportó con audacia e independencia, sin tener en cuenta posibles peligros por parte del mundo occidental: como ya es sabido, no dudó en abatir aviones norteamericanos que volaban sobre Yugoslavia y quiso permanecer en Trieste, mientras que Stalin aseguraba que esta ciudad no merecía otra guerra. Pero, sobre todo, afirmó que la vía yugoslava era perfectamente lícita y que no dependía de nadie desde el punto de vista de la política exterior. En julio de 1947, llegó a un acuerdo con Bulgaria respecto de la creación de una posible federación balcánica. Eso hizo que los comunistas griegos insistieran en su esfuerzo militar con su colaboración. Tito parecía aspirar a dominar los Balcanes, al mismo tiempo que mantenía una política radical en todos los terrenos que a Stalin le pudo parecer imprudente. Los soviéticos parecen haber aceptado en un primer momento que se hiciera con Albania e incluso la federación con Bulgaria pero luego cambiaron radicalmente de opinión. El giro se produjo cuando se dieron cuenta de que Tito no disentía de nada en los principios del estalinismo, pero que no estaba dispuesto a dejarse manejar, ni tampoco a que se considerara a Yugoslavia como una especie de peón en el ajedrez del panorama internacional. En febrero de 1948, Stalin convocó a búlgaros y yugoslavos -que enviaron a Kardelj como su representante- para negar su apoyo a la Federación balcánica y a la toma de Albania por Tito, así como para vetar la guerra civil griega. Explicó ahora que sólo estaba de acuerdo con una federación formada por dos unidades y no con Bulgaria como una república más de un conjunto federal, que era lo que había imaginado el líder yugoslavo. Lo que temía era una unidad política independiente y fuerte que pudiera poner en peligro su absoluto control del glacis defensivo que había pensado crear en Europa del Este. Resulta posible que pensara que la herejía yugoslava, unida a la victoria de Mao con una revolución autónoma y campesina en China, podía tener peligros objetivos para su dirección del movimiento comunista. Ya en marzo, la situación entre los dos partidos se hizo insostenible. Tito sólo quería evitar la subordinación yugoslava y todo hace pensar que para él la ruptura con Moscú fue la más traumática de sus experiencias vitales. El intento de penetración de los soviéticos en la estructura del Estado yugoslavo provocó de forma irreversible al enfrentamiento. Pero al producirse la ruptura, Tito se mostró muy prudente. En abril, Herbrang, el dirigente principal de los estalinistas, persona capaz de convertirse en relevo de Tito, fue detenido y probablemente debió ser asesinado a continuación. En el mismo mes de marzo, Stalin había retirado ya a sus asesores de Yugoslavia. Cuando propuso a los yugoslavos una reunión en el Kominform para solventar sus diferencias, ya toda posibilidad de llegar a un acuerdo sin sumisión era muy remota. Tito se negó a enviar emisarios a la reunión y, como resultado, quedó consagrada la definitiva división. Stalin estaba tan convencido de su propia fuerza en el seno del movimiento comunista de todas las latitudes, que aseguró que si movía tan sólo un dedo acabaría por librarse de Tito; quizá en algún momento hubiera podido contentarse con tan sólo aceptar un acto de sumisión. El líder yugoslavo, sin embargo, consciente del peligro que corría, actuó de forma habilidosa. Reunió en julio un congreso de su partido, donde se discutió libremente. Hizo entonces pública su correspondencia con otros Partidos Comunistas y atacó a la Kominform, pero no a Stalin. El principal ideólogo del comunismo yugoslavo, Djilas, aseguró que no existía diferencia alguna entre Stalin y los comunistas yugoslavos. Los asistentes mezclaron en sus gritos de ritual los nombres de los dos dirigentes comunistas. Todavía, por parte de los seguidores de Tito, seguía existiendo un resquicio de posibilidad de llegar a un acuerdo. Pero persiguieron a los supuestos o reales seguidores de la Kominform y los ejecutaron o confinaron: en Goli Otok, una especie de "gulag" yugoslavo, entre 1949 y 1952 hubo unos 12.000 detenidos. La respuesta de los soviéticos no se hizo esperar. En Albania, el país más amenazado por estar casi totalmente rodeado por Yugoslavia, el ministro del Interior fue detenido, acusado de ser partidario de Tito. A partir de este momento el lenguaje empleado contra los seguidores del presidente yugoslavo arreció en virulencia: ya se empezó a emplear contra ellos calificativos como el de "criminales fascistas". En el verano de 1949, los países de la Kominform impusieron sanciones a Yugoslavia. Todavía por esas fechas la actitud de los norteamericanos respecto a Tito era dubitativa. En ese año, enviaron paracaidistas que habían sido antiguos "chetniks" destinados a crear subversión interna. Pero, poco después, empezaron a ver en la evolución yugoslava un factor positivo para sus intereses. De hecho, Kennan, que había sido embajador en Yugoslavia, había previsto la posibilidad de una fragmentación del universo comunista. Yugoslavia no sólo se benefició del Plan Marshall -a diferencia de otra dictadura europea, la de Franco- sino que llegó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con el apoyo norteamericano. Reducido el comercio con la URSS a la mínima expresión, Belgrado lo canalizó hacia Occidente y Estados Unidos no tuvo inconveniente en devolverle el oro que había pertenecido a la derrocada Corona. Consciente de que no podía acabar con la disidencia yugoslava mediante la subversión interna, Stalin parece haber pensado en la posibilidad de una invasión a partir del verano de 1950. En 1951, Djilas visitó Gran Bretaña para solicitar ayuda militar. La posición norteamericana parece haber estado dispuesta a la colaboración en la defensa yugoslava en el caso de que los atacantes fueran los aliados de la URSS, pero tan sólo a emplear la bomba atómica en el caso de que fueran los soviéticos los invasores. En Yugoslavia, la voluntad de resistencia frente a una eventual invasión soviética parece haber sido firme y clara en todos los sectores dirigentes. En un principio, el régimen se radicalizó en medidas como la colectivización, para demostrar que estaba muy lejano a los propósitos derechistas que se le atribuían. A continuación, buscó una forma original o un modelo propio por el procedimiento de proponer la autogestión y los consejos obreros en las fábricas. En realidad, en los primeros años, este modelo no supuso sustanciales diferencias con el estalinista, porque las elecciones a los consejos obreros de las fábricas eran controladas por un sindicato sometido al partido único y porque era la planificación central la que debía proporcionar los recursos a invertir. El régimen yugoslavo, sin embargo, no impuso nunca las pautas culturales del realismo socialista. Además, hubo en él mayor flexibilidad respecto de la oposición, al menos en cuando procedía de la ortodoxia: cuando Djilas empezó a evolucionar hacia el polipartidismo tardó en ser sancionado y las penas que recibió fueron relativamente suaves. Los yugoslavos llegaron a concluir que la eliminación de la propiedad privada en el estalinismo había dado lugar al predominio de una nueva clase basada en la dominación burocrática. Zdanov, por su parte, acusó a los yugoslavos de estar infiltrados por es pías británicos desde épocas remotas y de ser los culpables de la derrota de los comunistas griegos. A partir del descubrimiento de este supuesto traidor, los soviéticos resucitaron las purgas, destinadas ahora a asentar de forma irreversible el poder de Stalin en el Este de Europa. La camaradería entre los partidos fue sustituida por la desconfianza generalizada y en cada partido fue preciso descubrir supuestos o reales seguidores de Tito. Al igual que después del asesinato de Kirov en la URSS, los partidos comunistas se convirtieron en iglesias disciplinadas sometidas a una rígida ortodoxia. Al mismo tiempo que se perseguía a los supuestos titistas, se produjo una purga masiva en todos los Partidos Comunistas de Europa del Este. En los occidentales, sólo se manifestó una mínima escisión en el danés, pero todos los demás buscaron titistas en su interior y los expulsaron. Los dirigentes de Europa Oriental pudieron tener un futuro mucho peor. En el mismo mes en que Yugoslavia fue expulsada de la Kominform, en Albania, que recibía mucha ayuda yugoslava, se desató una persecución contra una facción derechista acusada de hallarse próxima a Tito. En realidad, este país sólo pudo sobrevivir bajo formas estalinistas mediante la ayuda soviética; y Tito hubo de tolerar que la URSS violara con frecuencia su espacio aéreo para transportarla. También en otros países los elementos considerados nacionalistas fueron marginados: Patrascanu en Rumania, Rajk en Hungría y Gomulka en Polonia pasaron inicialmente a puestos menos importantes. En marzo de 1949, empezaron las detenciones, cuyo resultado final resultaba ya previsible. Las primeras ejecuciones se produjeron en junio en Albania, donde fue eliminado Xose. En octubre lo fue Rajk, el ministro húngaro, después de declararse espía durante toda su vida en un juicio público del que lo más interesante, como sucedió en los juicios de Moscú, fue la denuncia al líder de la tendencia condenada. Si Trotski había sido demonizado en aquella ocasión, ahora lo fue Tito, que habría sido un peón de los anglosajones obligado a hacer la revolución por la presión de las masas. En diciembre, Kostov en Bulgaria también se autoculpabilizó, pero luego se retractó en pleno juicio; entonces, se detuvo la traducción de sus palabras a los periodistas extranjeros y se suspendió la emisión radiofónica de las sesiones. En la RDA, la purga fue no tan dura y resultó tardía, ya que no se produjo hasta 1950. En Checoslovaquia, el juicio contra Slanski se dilató hasta 1952; en el mismo, él y sus abogados defensores fueron acusados de sionistas, nacionalistas y troskistas. Once de los acusados fueron ejecutados; sus cenizas fueron utilizadas, mezcladas con materias de construcción, en carreteras próximas a Praga. El contenido antisemita de su condena puede estar relacionado con la última evolución de Stalin y la previsible purga que estaba dispuesto a poner en marcha cuando le sorprendió la muerte: en este sentido, su caso puede ser definido como un ejemplo de estalinización total. En Rumania, finalizado el año 1954, los dirigentes comunistas Patrascanu y Ana Pauker ya habían sido ejecutados. Al mismo tiempo que todo eso sucedía, personas mucho menos importantes, que estaban lejos de ser dirigentes de importancia, fueron también purgadas. En Bulgaria, el partido pasó de 500 a 300.000 militantes. En los demás países sucedió algo parecido: los porcentajes de purgados se situaron entre el 25 y el 30% como media. Uno de cada cuatro comunistas de Europa Central y Oriental sufrió, por tanto, persecución entre 1948-53 y desde luego murieron más comunistas a manos de sus correligionarios que los que habían sido víctimas de la persecución de los Gobiernos de derecha en el período de entreguerras. Fueron considerados sospechosos especialmente los que habían tenido contacto con el exterior, como por ejemplo los combatientes en la Guerra Civil española o los que tenían una esposa extranjera. Stalin orquestó la purga e incluso enviaba a un coronel de los servicios secretos soviéticos para llevar a cabo los interrogatorios. Quienes los realizaban no pretendían descubrir la verdad, sino que ésta ya estaba decidida previamente y se trataba de que la confesasen. En ocasiones, se ejercieron presiones que se dirigieron sobre las familias de los acusados (Rajk); en otras, los propios acusados confesaron, por su misma conciencia de buenos militantes de partido (Kostov). Los juicios fueron verdaderas actuaciones teatrales, incluso ensayadas y pronunciadas previamente. En los países en los que el comunismo estaba mejor establecido -Checoslovaquia y Bulgaria- las purgas fueron más duras, mientras que allí donde su implantación era más débil también las purgas se mostraron más laxas. La excepción fue Hungría, donde mostró una especial dureza y ello quizá podría explicar los posteriores sucesos de 1956. En Polonia, Gomulka era un nacional-comunista que rechazó por razones tácticas la colectivización agrícola y la lucha con la Iglesia, pero que no tenía nada de titista ni se caracterizaba por un estalinismo moderado. Fue acusado pero no eliminado, sino condenado a prisión quizá por el temor a lo que podía suceder si se hacía necesario para la URSS ocupar Polonia por la violencia. De esta manera, la purga, convertida en terror cotidiano, alcanzó al conjunto de la sociedad. Normalmente, se atribuyó a cualquier organización o institución existentes un porcentaje de personas destinadas a ser purgadas. En Checoslovaquia, había ya en 1953 150.000 presos y en Bulgaria se realizaron en total unas 5.000 ejecuciones. La persecución de la Iglesia Católica se explica por la dependencia de una autoridad externa; lo mismo cabe decir de la Iglesia Uniata. El cardenal Minsdszenty en Hungría y Wyszynski en Polonia fueron detenidos. También el Ejército y las instituciones educativas fueron objeto de especial atención. A menudo, las víctimas fueron comunistas que no habían estado en Moscú durante la guerra, aunque no siempre fue así. Para concluir, hay que recordar también que las purgas causaron graves problemas económicos porque muchas personas con capacidades objetivas fueron consideradas peligrosas y se prescindió de ellas. Tenían como misión crear una disciplina de acero, pero en realidad destruyeron la base moral en que se fundamentaba el Partido Comunista. En ese sentido, a medio plazo el resultado de las purgas fue muy autodestructivo.