Busqueda de contenidos

contexto
El clero compartía con la nobleza su condición de estamento privilegiado y era reconocido, teórica y tradicionalmente, como el primero en rango y honor. Su capacidad de influencia en la sociedad seguirá siendo notable. Pero, más acusadamente que la nobleza, y debido a la presión centralizadora de las monarquías absolutas, al ataque de los intelectuales ilustrados, a la creciente desacralización de la sociedad, a los efectos de ciertas disputas teológicas -aunque mucho más débiles que en el pasado- y, sobre todo, a la ruptura de su monopolio doctrinal por el avance de la tolerancia, no traspasará incólume las fronteras del siglo. El clero europeo del siglo XVIII era muy heterogéneo y muchas de las afirmaciones generales que sobre él puedan hacerse, incluso las más elementales, exigen matizaciones. Había enormes diferencias entre el mundo católico y el protestante, por un lado; entre los distintos países de una misma confesión, por otro, y, finalmente, dentro del estamento en cada país. Para comenzar, sólo en el área católica se reconocía jurídicamente al clero como estamento privilegiado y a ella limitaremos nuestra exposición. Se trataba, en teoría, de un grupo bien definido, formado por individuos que libremente, guiados por la vocación, se integraban en él mediante un acto jurídico-canónico la tonsura o administración de las órdenes sagradas-. En la práctica, sin embargo, las decisiones personales podían estar fuertemente condicionadas por elementos ajenos a toda consideración religiosa, y el clero constituía, en la práctica, una de las salidas naturales de la nobleza, una vía de acomodo o de ascenso social para muchos o el destino impuesto por algunos padres a sus hijas a quienes resultaba difícil concertar un matrimonio apropiado. Y no faltaban situaciones de cierta ambigüedad con algunos de los ordenados de menores o con personas vinculadas a los conventos que difuminaban de hecho los límites entre clérigos y laicos. También algunos de sus privilegios deben ser matizados. Desde mucho antes del siglo XVIII se redujeron las exenciones fiscales eclesiásticas. Así, por ejemplo, en Francia el clero contribuía al sostenimiento del Estado con una suma considerable, el denominado don gratuit; en los Estados Pontificios debía pagar un elevado impuesto sobre la tierra, y en España, además de la tributación indirecta, debía hacer frente a diversas cargas parafiscales. Hubo, igualmente, un esfuerzo por recortar los privilegios jurídicos, si no los de los eclesiásticos propiamente dichos, sí los de la Iglesia, restringiendo sustancialmente, por ejemplo, el derecho de asilo en los edificios sagrados. Igualmente, se prosiguió en el camino hacia la nacionalización de la aplicación del Derecho canónico, reduciéndose al mínimo las apelaciones a Roma, mientras que la firma de concordatos entre el Papado y los Estados católicos (con Portugal, en 1740; con Nápoles y Cerdeña, en 1741; con España, en 1737, y, sobre todo, en 1753) otorgaba a los monarcas el nombramiento de un gran número de cargos y prebendas eclesiásticas, reduciendo de paso la corriente dineraria que afluía hacia Roma. Las riquezas eclesiásticas eran cuantiosas. Procedían sus ingresos de la percepción de diezmos, proporción variable de la producción agro-pecuaria que llegaba hasta el 10 por 100 bruto, aunque frecuentemente era algo más bajo; de los derechos de estola, es decir, del cobro de los distintos servicios prestados por los eclesiásticos; y, finalmente, de la explotación de un patrimonio raíz e inmobiliario no faltan tampoco señoríos- acumulado durante siglos por viejas donaciones reales y continuas transferencias de propiedades por los fieles a titulo de limosnas, donaciones y fundaciones post mortem. Se estima, por ejemplo, que en gran parte de los Estados católicos la tierra bajo dominio eclesiástico oscilaba del 7 al 20 por 100, superándose a veces con mucho dicha proporción. En Francia, por ejemplo, suele ser inferior al 10 por 100, pero en Nápoles es prácticamente la tercera parte, proporción todavía superada, acercándose a la mitad, en Toscana. Son cifras, sin embargo, sobrevaloradas, entre otras razones, porque suelen incluir los bienes de instituciones asistenciales (hospitales) o docentes y de otras paraeclesiásticas (cofradías) que no eran estrictamente religiosas o cuyas rentas no iban directamente a los eclesiásticos. Y no hay que olvidar que la práctica de la limosna -una de las formas establecidas de redistribución de la renta- consumía cuantiosos recursos de personas e instituciones eclesiásticas. Pero, sobre todo, no hay que olvidar que, desde el punto de vista económico, la Iglesia no es más que una abstracción, ya que estaba constituida por multitud de unidades de muy distinto significado, desde el más opulento monasterio o arzobispo al cura de aldea que no pocas veces experimentaba dificultades similares a las de sus feligreses para subsistir. El número de clérigos era mayor del que se precisaba para una adecuada asistencia religiosa de los fieles, debido a la existencia del clero regular y a la proliferación de prebendas, beneficios y capellanías, aunque siempre fue mucho menor que el denunciado por ilustrados y filósofos. En Francia, por ejemplo, Moheau, en 1774, los estimaba en 130.000, es decir, el 0,5 por 100 de la población total (los filósofos hablaban de 500.000). La proporción se superaba abiertamente en países como Portugal (1 por 100, aproximadamente) y, sobre todo, en España (1,6 por 100 en 1787) y algunos Estados italianos (2,5 por 100 en Nápoles, 3 por 100 en Toscana). Los efectivos del clero secular se mantuvieron estancados o descendieron a lo largo del siglo (en cualquier caso, dado el incremento demográfico general, habría retroceso proporcional), pero en casi todos los países disminuyeron los del clero reglar, sobre todo en la segunda mitad, ya que fue este sector el que concitó los principales ataques de los ilustrados. Su distribución geográfica era muy heterogénea. En cuanto al clero secular, se avanzó notablemente durante este siglo en la aspiración de la jerarquía de que cada comunidad tuviera su párroco. Pero aún quedaban aldeas sin párroco, mientras se daba una notable concentración de clérigos en las ciudades y núcleos más importantes, dado el carácter urbano de las sedes episcopales y también por la multiplicidad de cargos y fundaciones que en ellas había y por la atracción que la vida urbana ejercía entre clérigos absentistas (aunque el número de éstos tendiera a disminuir). En Aviñón, por ejemplo, había casi un 6 por 100 de eclesiásticos y en Angers, en 1769, el 3,4 por 100 (si bien en esta proporción se incluyen los seminaristas). Maguncia llegaba a contar cerca de 1.000 eclesiásticos, es decir, algo más del 2 por 100 de la población total, proporción similar a la de Bonn y Tréveris. El clero reglar tenía también una fuerte presencia urbana, especialmente las órdenes mendicantes y las renovadas en la Baja Edad Media o surgidas al hilo de la Reforma. Los monasterios rurales solían corresponder a las órdenes (benedictinos, cistercienses) de origen más antiguo. Si dejamos aparte los miembros de la Curia papal y el Colegio Cardenalicio, altos aristócratas en su inmensa mayoría por su origen familiar, por el papel que desempeñaban en el seno de la Iglesia y por el tren de vida que les permitían sus inmensos recursos económicos, la cima de las jerarquías eclesiásticas nacionales correspondía a los arzobispos y obispos. Designados normalmente por los monarcas y confirmados posteriormente por Roma, su procedencia social era esencialmente aristocrática. En vísperas de la Revolución, por ejemplo, 138 de los 139 obispos franceses eran nobles. Incluso había familias -el caso de los Rohan con respecto a Estrasburgo es paradigmático- para las que determinadas sedes episcopales formaban casi parte de los bienes patrimoniales. Podría así recaer la elección en personas totalmente inapropiadas -"el arzobispo de París debería, al menos, creer en Dios", se dice que exclamó Luis XVI al conocer a un candidato a la sede parisina-, pero no fue la norma. El propio sistema de acceso al Episcopado en Francia, por seguir en este mismo país, aunque fuertemente teñido de clientelismo, solía implicar un período de preparación como "grandes vicarios" (importante cargo subalterno) en las diócesis, lo que les daba una sólida experiencia al respecto. En España e Italia, sin que faltaran aristócratas, había una fuerte presencia de nobleza media y baja en el Episcopado y no pocos procedían del clero regular, con personas de origen plebeyo entre ellos. Los ingresos de los obispos podían ser elevadísimos -el ejemplo obligado es el Arzobispado de Toledo-, aunque también los había de rentas modestas, como algunos del sur de Francia. Las monarquías modernas les habían despojado del poder temporal que tuvieron en la Edad Media y en el siglo XVIII se reducirá también el protagonismo político que, a título individual, continuaron ejerciendo algunos de ellos (en Francia, reaparecerán colectivamente en los Estados Generales prerrevolucionarios). Los retazos de poder temporal que les quedaban solían reducirse a señoríos territoriales, aunque a veces fueran importantes, como el del arzobispo de Estrasburgo, integrado por no menos de 80 núcleos de población. Subsistían, sin embargo, los principados eclesiásticos en el Imperio, y eran nada menos que 65 (algo más de la cuarta parte del total de entidades representadas) los que tenían asiento en la Dieta Imperial. No era raro que estos últimos, especialmente si el territorio era de cierta entidad, estuvieran más preocupados por los asuntos políticos de sus Estados que por los religiosos, que solían delegar abiertamente en sus subordinados. Por cierto, hubo entre ellos hombres muy dotados y que, influidos por el espíritu de las Luces, promovieron importantes reformas, como fue el caso, en el Arzobispado de Salzburgo, de Hieronymus von Colloredo, arzobispo desde 1772 (aunque su enfrentamiento con Mozart haya proyectado de él una superficial imagen negativa), o en el de Maguncia, Friedrich Karl von Erthal, elector durante el último cuarto del siglo y muchas de cuyas reformas afectaron, precisamente, a los privilegios eclesiásticos. Persistían también en otras partes viejos abusos. Es tópico recordar a este respecto, por ejemplo, que en 1764 residían habitualmente todavía 40 obispos en París y que hasta 1784 no se les obligó a residir en sus sedes. Pero se puede afirmar casi con seguridad que el tipo de obispo dominante en el siglo XVIII era el que se preocupaba por la correcta administración de su diócesis; que la visitaba con regularidad, personalmente o por medio de sus vicarios; que velaba por la moralidad de los párrocos y la atención espiritual de los fieles y que tampoco desatendía los aspectos temporales, desembolsando cuantiosas sumas en obras de caridad y beneficencia (especialmente, en momentos de calamidades) o en la promoción de proyectos económicos o urbanísticos que en nada desmerecían de los emprendidos por sus respectivos gobiernos. El siguiente escalón estaba integrado por los miembros de los cabildos catedralicios. Sus obligaciones, nada agobiantes y no siempre cumplidas escrupulosamente, estaban ligadas al culto y administración de catedrales y diócesis. Sus rentas, aunque variables, solían ser saneadas o abundantes, disfrutaban de una alta estima social y, con frecuencia, los cabildos constituían un buen camino para la promoción a los obispados. Eran, por lo tanto, puestos muy codiciados, y, nuevamente con las excepciones española e italiana, donde había más variedad, solían ser ocupados mayoritariamente por miembros de la nobleza, especialmente tratándose de los cabildos más importantes. De formación similar o superior a la del resto de los clérigos, el nombramiento de los canónigos respondía a diversas tradiciones -alguna forma de elección, oposición o cooptación; nominación por el obispo o incluso por un patrono laico, por ejemplo- y su procedencia geográfica solfa ser tanto más localista cuanto menos relevante fuera el cabildo considerado. La vida de los canónigos solía transcurrir apaciblemente y no faltaron en sus filas quienes se dedicaron al estudio y el ejercicio intelectual. En conjunto, sin embargo, domina la impresión de un sector tradicionalista y conservador que, corporativamente, se mostraba como celoso defensor de sus prerrogativas y tradiciones ante cualquier posible intento, viniera de quien viniera, de restricción o reforma. Los repetidos enfrentamientos entre los capitulares de Maguncia y su obispo cuando éste les quiso imponer cambios acordes con el espíritu del siglo son un ejemplo no aislado de ello. El resto del clero secular -la mayoría- constituía un abigarrado grupo de curas párrocos, beneficiados, prebendados de catedrales, colegiatas y parroquias, titulares de capellanías y otras fundaciones particulares... Había, en primer lugar, variedad extrema en cuanto a su dotación económica, encontrándose desde párrocos con ingresos similares o superiores a los de ciertos canónigos hasta clérigos que vivían, como ya hemos indicado, en un grado próximo a la pobreza. La condición sociodemográfica de las parroquias influía notablemente: en ello y solían ser los curas de las aldeas más pequeñas los más desfavorecidos. Sin embargo, es muy probable que, dentro de la variedad, la mayor parte de los párrocos tuviera una situación económica más que pasable, aunque muchos de ellos se sintieran maltratados por un reparto a todas luces injusto de las rentas eclesiásticas. La oposición existente entre el bajo y el alto clero francés por estas cuestiones fue, por ejemplo, notable. El auténtico proletariado eclesiástico era el dedicado a la asistencia y culto menor de capillas catedralicias y otros templos suntuosos y, más aún, los titulares de capellanías pequeñas y ciertos ordenados sin cargo en expectativa, que se concentraban en las proximidades de la corte o en las ciudades donde radicaban los beneficios a que aspiraban y a quienes la necesidad podía llevar a ejercer las más variopintas y no siempre dignas tareas. Los intentos realizados -a veces, por el poder civil- para remediar esta situación no siempre fueron coronados por el éxito. Nombrados por muy diversos procedimientos, desde la nominación por autoridades eclesiásticas (cada vez más frecuente) o civiles (en virtud de las facultades otorgadas por los concordatos), hasta el patronato ejercido por algún laico, abundaban los procedentes de las capas sociales medias, tanto rurales (campesinos y artesanos acomodados) como urbanas (profesiones liberales, mercaderes, artesanos de nuevo...), junto con algunos miembros de la pequeña y aun mediana nobleza. Geográficamente, había un fuerte componente regional y diocesano, sin faltar excepciones notables, sobre todo en determinadas áreas urbanas, cuyo habitual amplio radio de atracción tendía a aumentarse, en algún caso concreto, por la escasez de vocaciones locales, dada la mayor incidencia del laicismo. Es característico a este respecto el caso de la cuenca parisina, donde a finales del siglo nada menos que el 80 por 100 de su clero era foráneo. El mandato tridentino que señalaba los seminarios como centros idóneos para la formación del clero no había dado todos sus frutos, debido, esencialmente, a problemas económicos y de dotación. Así, junto a los sacerdotes de origen universitario o los formados en seminarios y escuelas conventuales de Teología siguieron existiendo los procedentes de escuelas locales de latinidad o que apenas habían realizado estudios, encontrando estos últimos empleos más fácilmente en las parroquias sobre las que se ejercían patronatos laicos o bien como titulares de determinadas capellanías. Durante el siglo XVIII, sin embargo, aumentó la preocupación, tanto en las autoridades eclesiásticas como en las civiles, por mejorar la formación del clero. Se aumentó el número de seminarios y se mejoró la enseñanza impartida en ellos. En Francia, el movimiento se remonta ya a la segunda mitad del siglo XVII; en España, tras la expulsión de los jesuitas, se dieron las órdenes pertinentes para que determinadas casas de los expulsos se transformaran en seminarios. Y el nivel cultural del clero fue, lógicamente, elevándose. Los clérigos toscos y bravíos, que aún quedaban, eran cada vez más la excepción. Más frecuentemente, los curas párrocos proseguían su formación tras los estudios básicos, manteniendo bibliotecas personales más o menos nutridas cuya base estaba formada por libros de moral y espiritualidad y en la que podía haber ejemplares de las más diversas materias. Y el grado de cumplimiento de sus obligaciones se juzgaba mayoritariamente satisfactorio en las visitas a que eran sometidos periódicamente por sus superiores. Las relaciones con los fieles eran, como no podía ser menos, diversas en función de múltiples factores. Su grado de influencia en los parroquianos, desde todos los puntos de vista, era mucho mayor en el mundo rural que en el urbano y era también en aquél donde el más estrecho contacto daba lugar a las situaciones más complejas e, incluso, contradictorias. El párroco rural tenia una dimensión rayana en lo coercitivo -control del cumplimiento por Pascua florida, imposición de penitencias, percepción de tributos, cobro de rentas...- y otra mucho más positiva -consejos, ayudas de todo tipo, intermediario ante autoridades...-, incluso con algún aspecto que participaba de ambas podía ser también, ocasional o habitualmente, prestamista de dinero o granos-. Y fue en el mundo rural principalmente donde los gobiernos ilustrados de todos los países católicos trataron de instrumentalizar la figura del párroco, convirtiéndolo poco menos que en un funcionario de quien lo mismo se esperaba que cumpliera diferentes tareas de información como que realizara una eficaz tarea de difusión del espíritu de las Luces y de medidas que pretendían mejorar las condiciones de vida del campesinado. El ejemplo español del envío a todos los párrocos del Discurso "sobre el fomento de la industria popular", de Campomanes, es bien ilustrativo al respecto. Y, ciertamente, no faltaron los curas que colaboraron activamente con los proyectos gubernamentales o que, a titulo individual, trataron de introducir novedades económicas o sanitarias. En cuanto a Francia, el grado de aceptación que la Constitución Civil del Clero de 1791 tuvo entre el clero parroquial (fue asumida por algo más de la mitad) nos habla de que había bastantes clérigos a finales del siglo XVIII (al menos, en este país y entre los párrocos) que participaban de las inquietudes colectivas y de los nuevos aires políticos. El complejo clero regular, que hasta las primeras décadas del XVIII había vivido una etapa de esplendor y crecimiento, sufrió posteriormente unos años más críticos y fue el blanco preferido de los ataques ilustrados. Su elevado número, su condición de grupo sin utilidad social aparente y sus cuantiosas riquezas eran las principales razones que concitaron la enemiga de los gobernantes dieciochescos, incluidos los fervientemente religiosos. Incuestionable la primera, la segunda no puede suscribirse sin matizaciones, ya que casi todas las órdenes religiosas, en mayor o menor medida, y especialmente en sus centros urbanos, desarrollaban una labor caritativa cuya importancia no podía desconocerse; otras (hermanos de san Juan de Dios, hermanas de la caridad de san Vicente de Paúl) estaban dedicadas primordialmente a tareas asistenciales; y también era destacable la participación de los religiosos en la enseñanza. En cuanto al asunto de sus riquezas, tan cierto era su gran volumen global como la existencia de enormes diferencias entre órdenes e incluso entre casas de una misma orden. Eran enormes, por ejemplo, los bienes de determinadas abadías benedictinas o de los monasterios jerónimos españoles; pero junto a ellas, los conventos de religiosos mendicantes seguían viviendo fundamentalmente de las limosnas directas o indirectas de los fieles, y no pocos, sobre todo en Francia y en la segunda mitad del siglo, en que aquéllas empezaron a disminuir, pasaban serios apuros económicos. Por otra parte, la independencia de las órdenes frente al Episcopado hacía que el apoyo de la jerarquía eclesiástica secular no siempre fuera incondicional. Y menudeaban las tensiones entre el clero parroquial y los regulares establecidos en las proximidades de sus parroquias por cuestiones, casi siempre, de captación de fieles o, lo que es lo mismo, de limosnas, reparto de sufragios post-mortem y grado de influencia y prestigio en la población. El origen de los religiosos era muy diverso. En las órdenes monásticas abundaban los miembros de familias acomodadas y altas, incluyendo, por supuesto, nobles, y procedentes de un ámbito geográfico muy amplio, mientras que en las mendicantes su procedencia geográfica se circunscribía más concretamente al centro de su ubicación -medio urbano o semiurbano y, al avanzar el siglo, cada vez más de su entorno rural- y su medio social predominante, las capas medias, tanto del mundo de los oficios como del campesinado terminaría dominando éste con el paso de los años-. En cuanto a las órdenes femeninas, fueron las que menos deterioro experimentaron a lo largo del siglo. Aunque no solían contarse entre las más ricas (había excepciones notables, sin embargo), la exigencia de una dote para entrar en ellas concentraba el origen social de las monjas en las capas medias y altas; la estrecha concepción que no concebía alternativas válidas para aquellas mujeres al margen de matrimonio o convento contribuyó decisivamente a que se mantuvieran mejor, en cuanto al número de profesiones, que las órdenes masculinas. Pero, como hemos señalado, fue el clero regular el más atacado por los gobiernos ilustrados. Es paradigmática a este respecto la creación en Francia, en 1766, de la denominada Comisión de Regulares, que trató de limitar determinados abusos y, entre otras medidas, ordenó la agrupación de casas con corto número de religiosos, la supresión de algunas, la confiscación de sus bienes y su transferencia a seminarios y centros educativos y estableció limitaciones de edad para la formulación de votos. La reducción de conventos no se limitó a Francia, sino que afectó también, por ejemplo, al territorio imperial. Eran éstas, y otras que han ido apareciendo a lo largo de la exposición, medidas inscritas en el marco más amplio de la presión del centralismo ilustrado sobre la Iglesia, que en España concretamente, con la cuestión del regalismo, mantuvo agitado todo el siglo XVIII; que alcanzó momentos de elevada tensión a propósito del Monitorio de Parma -condena en 1768 por el papa Clemente XIII de las enérgicas medidas desamortizadoras, de imposición fiscal sobre bienes eclesiásticos y de centralización y nacionalización de la vida religiosa tomadas en el pequeño ducado de Parma-; que consiguió una de sus realizaciones más espectaculares -asestando de paso una tremenda humillación al Papado- con la imposición, por parte de los monarcas católicos, de la disolución de la Compañía de Jesús tras la previa expulsión de sus respectivos territorios; y cuya intensidad, en el caso del Imperio, alarmó tanto a Roma que el propio Papa, en una decisión sin precedentes, trató inútilmente de detener viajando a Viena (1782) para entrevistarse con el emperador José II. De todo ello se habla en un capítulo posterior de este libro, así como de otras cuestiones que incidieron notablemente en el desgaste sufrido por las Iglesias durante el siglo XVIII. Debemos, no obstante, aludir aquí, aunque sólo sea someramente, a las disputas internas, como el metodismo y el pietismo en el campo protestante, o los últimos coletazos del jansenismo en el católico (en Francia, principalmente, pero también con ciertas ramificaciones en cuanto a actitudes políticas sobre todo en España y otros países católicos); a los ataques de los intelectuales -¿es preciso recordar a Voltaire o la Enciclopedia?- y al desarrollo del deísmo entre las capas ilustradas, así como el de asociaciones laicas (francmasonería) vinculadas a estas actitudes; a la creciente tolerancia hacia otras confesiones, adoptada primero como actitud social por las elites cultas y que llegaron a plasmarse en medidas de gobierno (Edicto de Tolerancia del emperador José II en 1781; en Francia, en 1787); la propia Iglesia contribuyó a debilitar vínculos con gran parte de sus fieles al apostar por una religión más limpia de prácticas populares supersticiosas... Todo ello se tradujo en una pérdida de influencia de la Iglesia en la sociedad y un incremento del laicismo, manifestado, por ejemplo, en el descenso experimentado en algunos países y de forma acusada en Francia desde 1750-1760, aproximadamente, por limosnas, mandas y disposiciones testamentarias en favor de la Iglesia; por el creciente fraude que paralelamente se dio en la recaudación de los diezmos; por la disminución en algunas áreas concretas de las vocaciones religiosas, o por la difusión de prácticas anticonceptivas, contrarias a las enseñanzas de la Iglesia, a que hemos aludido con anterioridad. Pero, como siempre, las generalizaciones olvidan excepciones. En España, por ejemplo, la Iglesia -que en una fracción nada despreciable respondió a la presión intelectual y política y a los abundantes conatos desamortizadores alineándose ideológicamente con las posturas más conservadoras y, cuando se plantee la disyuntiva, con los defensores del Antiguo Régimen- conservaba casi intacta su capacidad de influencia en la masa, y lo demostraría con el importante papel desempeñado, apelando al espíritu de cruzada, en la movilización de la sociedad durante las guerras contra la Francia revolucionaria. Y en un país tan lejano del nuestro como Polonia la ausencia de un poder monárquico fuerte impidió el ataque sistemático a la Iglesia y, más concretamente, al clero regular, que seguirá creciendo durante el siglo tanto en establecimientos (674, en 1700; 884, en 1772-1773) como en número de religiosos (de 10.000 a 14.5000 en el mismo período). Formados en Roma muchos de sus elementos más destacados, llevarán a cabo, en mayor medida que el clero secular, una eficaz síntesis de la ilustración cristiana occidental y sus tradiciones autóctonas. Y consiguieron de esta forma articular un espíritu peculiar que, andando el tiempo, cuando se produzca el reparto del país entre las potencias vecinas, será decisivo en el mantenimiento de la propia identidad nacional.
contexto
Cuando Jonás de Orleans habla de ordo clericorum se está refiriendo de manera esencial a los obispos. En el conjunto del episcopado y no sólo en Roma -pensaba- se encontraba depositada la fe de Pedro. Los obispos tenían que responder ante Dios no sólo de su salvación sino también de la salvación de los mismos reyes. Jonás se hacía eco de un sentimiento muy extendido entre el episcopado de la Galia que trataba en aquellos momentos -reinado de Luis el Piadoso- de ocupar un papel rector de la sociedad e inspirador de las normas de gobierno de los reyes. De hecho los obispos ocupaban ya un importante papel en el Imperio, aunque excesivamente subordinados a los intereses de la realeza. La vieja elección canónica por el clero y el pueblo de la diócesis había dejado paso a otras fórmulas en las que la autoridad real podía llegar a ser determinante. El episcopatus acaba definiendo tanto una función pastoral como un beneficium que el titular recibe a cambio de desempeñar unas misiones en las que lo temporal y lo espiritual se mezclan con demasiada frecuencia. Los miembros del episcopado se reclutan, por lo general, entre las grandes familias aristocráticas que proveen al Estado franco de todo tipo de colaboradores. La diócesis es el instrumento de encuadramiento religioso pero tiene también otro significado: la fundación de nuevas diócesis en el corazón de Europa, o la restauración de las antiguas en las zonas septentrionales de la Península Ibérica, simbolizan también la expansión material -política o económica- de una Europa en vías de consolidación. El territorio de la diócesis seguía correspondiendo al de la antigua civitas del Imperio romano. Por encima quedaban otras circunscripciones: las provincias eclesiásticas que tenían al frente un metropolitano. Hasta entrado el siglo IX su poder era grande: convocatoria de sínodos provinciales, consagración de obispos de la provincia, nombramiento de administradores durante la vacancia de las diócesis, amonestación de los obispos sufragáneos cuando su comportamiento no fuera correcto, derecho de inspección general sobre toda la provincia eclesiástica, etc. El prestigio de algunas sedes metropolitanas se siguió manteniendo a lo largo del Alto Medievo: Reims, como especie de ciudad santa desde tiempos de la realeza merovingia; Ravena, como capital de los dominios bizantinos en Italia; Canterbury, como sede primada de la Inglaterra anglosajona, etc. Con todo, en un mundo profundamente ruralizado, eran las pequeñas iglesias propias (Eigenkirchen según la terminología germánica) fundadas muchas veces por patronos laicos y las parroquias las encargadas de cubrir las necesidades espirituales de la masa de fieles. Sus rectores (presbiteri, parrochi, plebani...) administraban el bautismo, daban la bendición nupcial, velaban por el enterramiento in ambitu ecclesiae, etc. En teoría el párroco estaba sometido al obispo a cuya diócesis pertenecía y era el beneficiario de una serie de derechos procedentes de las primicias de las cosechas, los diezmos de las distintas ganancias de los fieles y otro tipo de donaciones. En la práctica, las estructuras de la feudalidad que se habían apoderado del episcopado hicieron lo mismo a la modesta escala de las iglesias rurales. El patrono laico acaba designando con frecuencia a los titulares y se convierte en el perceptor de las rentas anejas. Si la aristocracia laica provee las filas del episcopado, las capas populares -incluso las más incultas- hacen lo propio en el bajo clero. No faltaron, evidentemente, intentos de sanear el ordo clericorum a todos sus niveles. La labor iniciada por San Bonifacio con medidas de extraordinaria severidad para el clero indigno fueron proseguidas por los monarcas carolingios. Carlomagno, en la "Admonitio generalis" del 789, invoca los cánones conciliares de la Antigüedad y recuerda a los sacerdotes todas sus obligaciones, incluso las más sumarias. Luis el Piadoso se rodeó, al menos en los comienzos de su reinado, de sinceros reformadores como Agobardo de Lyon o Benito de Aniano. La ulterior crisis política dificultó en grado sumo la aplicación de unas disposiciones que quedaron así convertidas en un catálogo de buenas intenciones. A cada restauración política acompañó una restauración eclesiástica. Así, Otón I, invocando la unidad de la Iglesia de tiempos de Carlomagno quebrantada luego por las tendencias centrífugas, promulgó un conjunto de reglas a fin de asegurar tanto la restauración de la Iglesia como la autoridad del rey sobre ella. Si bien la fórmula para la elección de obispos era la canónica tradicional (por el clero y el pueblo de la ciudad) en la práctica era el soberano quien tenía la última palabra. La ceremonia decisiva era aquella por la que el monarca enviaba al recién elegido la cruz episcopal de su predecesor. Siguiendo la vieja costumbre carolingia, el obispo prestaba juramento de fidelidad al rey. En conclusión: cualquier actitud reformadora, por muy sincera que fuese, se seguía forjando en torno al año Mil sobre unas pautas de comportamiento eminentemente feudales. Los otónidas fueron muy generosos con los obispos alemanes cuyas funciones tenían tanto de pastorales como de cargos públicos. El tiempo diría hasta qué punto ello podía ser contradictorio.
obra
Tras el matrimonio con Maria Bicknell en 1816, los Constable se trasladaron a Londres; en 1819 el pintor alquiló un estudio en Hampstead y posteriormente se trasladó allí toda la familia, viviendo en el número 2 de Lower Terrace. Los paseos serían una actividad frecuente en la vida de la población y Constable nos presenta a una pareja paseando junto a uno de los estanques que rodeaban la villa. El maestro ha utilizado como referencia un pequeño dibujo a lápiz realizado en 1819 que hoy conserva el British Museum. La luminosidad y los efectos atmosféricos se convierten en las características principales de estas fechas para el maestro, por lo que será un claro antecedente del impresionismo. Sin embargo, este tipo de trabajos no gustaba a la crítica y realizaría los famosos "six-foot" con los que sí tendrá algo más de éxito.
contexto
También aquí existían claros antecedentes diplomáticos, iniciados con la intervención francesa en el conflicto ruso-turco de 1722. Aunque las discrepancias se debieron a las pretensiones expansionistas de Pedro I, los embajadores franceses consiguieron acuerdos por los que pasaba a Rusia la parte oriental del Cáucaso, mientras que los turcos permanecían en las regiones del Oeste. Era un buen arreglo para la Sublime Puerta porque, enfrascados con los persas, habían desatendido el frente austriaco durante la guerra polaca y las múltiples intrigas y habilidades de Villeneuve y el conde de Bonneval no habían desencadenado las hostilidades. Sin embargo, en 1736, la zarina decidió la reconquista de Azov y ordenó la devastación de Crimea. Para tales iniciativas se basó en el consenso austro-ruso de 1726, pero Carlos VI, comprometido en Polonia y con problemas económicos, contestó con evasivas y alegó que el tratado era defensivo y no se contemplaba ayuda militar para casos semejantes. El motivo de esa reacción estaba en el temor al expansionismo ruso en el este europeo y a los proyectos zaristas sobre los ducados rumanos. A pesar de todo, y por consejo de la cancillería vienesa, el emperador ofreció su mediación, aunque, finalmente, se vio forzado a una alianza militar con Austria, Rusia, Polonia y Venecia en 1737. Si bien, para no verse mezclado en la guerra, Carlos VI convocó el controvertido Congreso de Niemiroz, infructuoso por los enfrentamientos austro-rusos en relación con un posible reparto del Imperio otomano y la ampliación fronteriza rusa hasta el Danubio. A la delicada situación se unieron las intrigas francesas en Hungría con el fin de provocar otra vez insurrecciones que obligaran a drásticas modificaciones, pero la muerte del candidato transilvano acabó con el peligro para los Habsburgo. Con todo, los sucesos se precipitaron y los turcos, tras la victoria de Krotzka, en el verano de 1739, sitiaron Belgrado y los ejércitos zaristas entraron en Moldavia, con el consiguiente temor vienés. La disputa en los Balcanes parecía que iba a convertirse en una pugna entre antiguos coaligados, cuando el embajador francés Villeneuve, por propia iniciativa de su cancillería, abrió negociaciones en el campo turco y logró la firma del Tratado de Belgrado en los siguientes términos: - Austria renunciaba a Belgrado, el norte de Serbia, Valaquia y el banato de Temesvar, volviéndose a la situación anterior al Tratado de Passarowitz, salvo por ciertas rectificaciones fronterizas. - Los turcos únicamente perdieron algunas zonas al norte del mar Negro. - Los rusos conservaron Azov y monopolizaron el comercio por el mar Negro. Como resulta lógico, las cortes austríaca y rusa se negaron, en principio, a la aceptación del tratado, pero Fleury presionó para su confirmación y al final se impuso a la anulación. Carlos VI recibía, así, un nuevo golpe tras el fracaso expansionista por los Balcanes de 1738 y la victoria de los turcos, que, de estar amenazados por la repartición planificada por otras potencias, pasaron a tener las mismas fronteras que en 1699, antes de los reveses de principios del Setecientos. El éxito diplomático de Villeneuve colocó a Francia en una posición privilegiada en los foros internacionales frente a Gran Bretaña, evidente en la renovación en mayo de 1740 de las Capitulaciones con los turcos, deseadas desde hacía más de veinte años, que, aunque corroboraban las ventajas tradicionales, también contemplaban mejoras fiscales y comerciales y otorgaban a Francia el título de nación más favorecida en los asuntos sobre los católicos en el Imperio otomano. Versalles continuaba siendo el árbitro de Europa, aunque, paulatinamente, Rusia aumentaba su influencia y prestigio.
contexto
La conferencia austro-rusa de Kherson significó la reapertura de las aspiraciones en el Este. Sólo consistió en un intercambio de opiniones entre los soberanos, por la rápida partida de José II para atender las revueltas en los Países Bajos, pero las intrigas diplomáticas prusianas y británicas imputaron a los turcos, ante el temor de una agresión conjunta, al encarcelamiento del embajador ruso como primera medida para que finalizase la tutela zarista sobre el kan de Georgia, vasallo del sultán. La guerra aparecía de nuevo en la zona oriental y las cancillerías se dispusieron a intervenir en defensa de sus intereses. Tras la muerte de Vergennes en 1787, Francia perdía un excelente diplomático que no encontró un adecuado sustituto en el conde de Motmorin, muy condicionado por los compromisos adquiridos con Rusia mediante el tratado comercial de ese mismo año, en sustitución del firmado en 1717. Gestionado por el conde de Ségur, perteneciente al equipo de Vergennes, se concedían a los franceses importantes privilegios en el Báltico y en el mar Negro. Relegada Francia a un puesto de segundo orden, Gran Bretaña se convertía en la garante del equilibrio europeo, hecho que despertó el malestar en los foros internacionales y posibilitó los planes de una frustrada cuádruple alianza en contra de Gran Bretaña y Prusia, animada por Francia y compuesta, además, por España, Rusia y Austria. La pérdida de prestigio francés conllevó que desde San Petersburgo se manejasen las intrigas europeas y obligaron a Luis XVI a la renuncia de las promesas militares a los otomanos, con la consiguiente ruptura de relaciones diplomáticas. Sintiéndose amenazada, Prusia manifestó su enemistad a Rusia y Austria con sus planes de reorganización de Europa oriental, consistentes en la conquista de Thorn y Dantzig, la entrega de Galitzia a Polonia, de Moldavia y Valaquia a Austria, de las costas del mar Negro a Rusia y de Viborg y Finlandia a Suecia. También este proyecto fracasó por la falta de respaldo británico, resentido por los cambios de alianzas de Federico Guillermo II, y la oposición de Viena y San Petersburgo a cualquier reparto polaco en favor de Berlín, porque Prusia, Gran Bretaña y Holanda vedaban la división de los territorios turcos. Postura que perjudicó, especialmente, los contactos ruso-británicos, aunque Londres comprendió que debía tener mayor determinación si quería dominar los acontecimientos europeos; así inició un acercamiento a Rusia por motivos diplomáticos y comerciales, ahora bajo la órbita de influencia francesa, pero no fue posible la superación de las discrepancias. Favorable en un principio a los turcos, la guerra contó con victorias y derrotas en ambos bandos y al igual que en otras ocasiones supuso la excusa para la intervención de las potencias ajenas al conflicto. Federico Guillermo II se alió con Turquía y Polonia en 1790, con promesas de aportaciones militares. También Leopoldo II comprendió pronto la grave posición de los Habsburgo por la presión prusiana en el Imperio otomano y en los Países Bajos. Para atajar mayores perjuicios, Viena convocó la Convención de Reichenbach en julio de 1790, donde Berlín defendió sus planes de reorganización de Europa oriental y sólo desistió por la coacción de turcos, británicos y polacos. Las conversaciones concluyeron inesperadamente con la firma de un acuerdo para el mantenimiento de la situación, con lo que Leopoldo II evitaba la lucha en Bohemia y Galitzia, conseguía la abstención prusiana en Hungría y los Países Bajos y concluía la pugna con los turcos, a cambio de la devolución de todas las conquistas, por medio de la firma de la Paz de Sistova, con la mediación de Gran Bretaña, Prusia y Holanda. No obstante, Europa vivía momentos de intranquilidad por las insatisfechas ambiciones de las principales potencias: Londres hubiera deseado unos acuerdos más contundentes que resaltasen su papel de árbitro en los asuntos internacionales y no descartaba otras iniciativas diplomáticas; Berlín persistía en su política expansionista; Viena, abrumada por la crisis financiera, buscaba desesperadamente ventajas comerciales en el Báltico y en el Mediterráneo, ya que no podía entrar en los circuitos ultramarinos. Mucho más reticente, Catalina II cedió ante la presión internacional y firmó el Tratado de Iassi en enero de 1790. La guerra sólo había reportado la posesión de una pequeña franja, entre el Burg y el Dniester, que carecía de importancia estratégica, aunque supusiese un logro simbólico en los proyectos expansionistas rusos.
contexto
Volviendo a planteamientos estilísticos, el estilo 1200 es el punto de partida indudable en lo que se refiere al campo de la pintura y de la miniatura góticas. Inglaterra, en particular, tiene un notable protagonismo porque las realizaciones centradas en las escuelas de Canterbury y Winchester, son de excelente calidad. Se trata de scriptoria religiosos, de los que surgen códices como la magnífica "Biblia Winchester", en varios volúmenes, o el Salterio inglés-catalán de la escuela de Canterbury (ahora en la Biblioteca Nacional de París). De acusado bizantinismo, los maestros vinculados a estos centros también cultivaron la pintura mural, aunque sólo contamos con testimonios muy aislados para confirmarlo. Lo son tanto las pinturas de Winchester como el conjunto que decoró la sala capitular del monasterio de Sigena, ahora en el Museo de Arte de Cataluña, este último realización del maestro de la denominada "Hoja Morgan" (Biblioteca Pierpont Morgan de Nueva York), vinculado directamente a Winchester, pues el folio está emparentado con la Biblia de este centro.Estas escuelas insulares influyeron muy directamente en Francia. El "Salterio de la reina Ineburge" (Museo Condé, Chantilly), obra de dos maestros diferentes, se supone iluminado en el Norte, pero por artífices que conocían lo inglés. Las pinturas murales de Petit-Quevilly recuerdan, por su parte, el estilo de la "Biblia Lambeth" (Lambeth Palace Library, Londres).A pesar de estos vínculos que acercan claramente Inglaterra y Francia en los años próximos a 1200, lo que ha permitido hablar de un "Channel style", es recomendable seguir las experiencias de uno y otro lugar separadamente. En este proceso ocupa un puesto importante el "Apocalipsis" conservado en el Trinity College de Cambridge, pero procedente del scriptorium de la abadía de Saint Alban's, donde debió iluminarse hacia 1255-1260. Se trata de un códice que en lo artístico anuncia lo que será la escuela de corte de Westminster, y por su texto responde a un fenómeno que se da en el ámbito insular durante el siglo XIII, sin precedentes conocidos en Inglaterra. En ninguna otra parte se copian e ilustran tantos Apocalipsis como allí entonces. En relación a ellos se ha supuesto que su éxito podría deberse a la recepción de ciertas teorías del italiano Joaquín de Fiore.
contexto
A finales del siglo XIX los investigadores españoles usaban una etiqueta que describía bien las características de lo que hoy llamamos arquitectura paleoislámica, pues ellos la llamaban árabe-bizantina, asociando en un solo concepto la expresión literaria de aquella cultura y los rasgos más característicos de su apariencia, como fueron los órdenes clásicos y la decoración, especialmente la de mosaico, que, como sabemos, fue diseñada y fabricada por artistas bizantinos contratados para la ocasión; hoy, al olvidar esta terminología, reforzamos la idea de que lo árabe fue apenas un timbre de falsa cercanía a los orígenes geográficos del Islam y a la aristocracia dominante, y que lo bizantino fue sólo uno de los ingredientes. Preferimos el término paleoislámico para explicar que aquello fue, sobre unos innegables mecanismos parasitarios, lo bastante original como para olvidarnos, incluso, de tanta referencia a ecos de romanidad tardía o la tópica metáfora de que estamos en presencia del último edificio romano... aunque construido para musulmanes. La impresión de romanidad, los ecos bizantinos e incluso lo árabe se disipan, por simbiosis primero y fusión después, al entrar en ese pórtico que llamamos capilla de Villaviciosa. Vamos a detenernos por un instante y observemos, auxiliados por la fe de quienes creen en los planos, que esta ampliación es, más que una prolongación de la misma profundidad de la aljama del siglo VIII, una nueva mezquita, de las que las fases anteriores y posterior son sólo como unas extensiones simplificadas; visto de otra manera es como si a la Sala de Oración se le hubiese añadido una gran maqsura, de un lujo y unas dimensiones colosales. Por lo pronto su planta ya no es una simple yuxtaposición de naves, sino que destaca una ordenación, en forma de letra T, de la que esta antigua capilla ocupa el punto más bajo del trazo vertical, mientras la auténtica maqsura se desarrolla en el más alto y los brazos del corto. A esta novedad esencial se unen algunas otras variaciones, todas ellas meditadas y sutiles; así alternan al tresbolillo los fustes de mármol rosado con los verdosos. Como el nuevo mihrab fue muy profundo, el muro de la qibla pudo duplicarse, y así hubo sitio para alojar el tesoro, el alminbar e incluso dar forma definitiva al sabat, como veremos. En esta capilla podemos admirar la primera de las cúpulas califales; fíjate que los arcos que la sustentan, además de una intensa decoración general, son de un tipo nuevo, al menos dos de ellos, pues de los otros, el que hemos pasado y el que queda a nuestra derecha, ya hablaremos. Para empezar observa que cada tramo lo forman tres columnas, algo más juntas que hasta el presente, y cuyos pilares superiores, ya conocidos en la primera aljama, ostentan ahora columnillas auxiliares, sobre las que montan los consabidos arcos altos, que apenas si se identifican, pues las que antes eran sencillas herraduras de entibo, ahora se han transformado en arcos lobulados, que más arriba, sobre la cornisa general que enlaza los capiteles de las columnillas, dan soporte a otros, que se cruzan con los altos obedeciendo las que los especialistas llaman leyes del lazo, y todos juntos dan arriostramiento a un gran arco lobulado que tiene toda la luz de la nave central. Aún más arriba existe una cornisa general que marca el rectángulo sobre el que monta la cúpula, sostenida por ocho nervios, paralelos dos a dos, que nacen limpiamente de la cornisa y, como si los hubiese diseñado un profesor de Geometría Descriptiva en la pantalla de su ordenador, se cruzan con absoluta precisión en cuatro puntos precisos. Los espacios resultantes se cierran con formas variadas, desde la cupulilla central, que es gallonada y arranca sobre un octógono fabricado sobre cuatro triángulos rinconeros, hasta otras cupulitas de nervios paralelos, lobulados o lisos, algunas gallonadas de planta triangular y desarrollo inclinado, diversas estrelladas, etc. Te señalo dos cuestiones más, como son las dieciséis ventanas que se abren, sin mucha eficacia, entre los arranques de los nervios principales, y la prolija decoración llamada de atauriques, que son unas flores, frutos, hojas y ramas, muy menudos y esquemáticos, labrados en dos planos esenciales, y que respetan simetrías planas y una rigurosa alternancia a la hora de entrecruzarse, según las leyes del lazo. Con esto no agoto la descripción, pues seguramente en las fotografías y en tu memoria guardarás cantidad de detalles de la mayor sutileza y lógica constructiva y compositiva, resultados de un proceso de diseño que se mantiene en el más completo misterio. Si para la cuestión del acueducto podemos aducir precedentes, más o menos creíbles, para lo que estamos viendo ahora, y lo que nos falta por admirar en la maqsura, que entrevemos allí al fondo, no hay más que atisbos, mal aducidos y peor documentados, que han llevado a Marianne Barrucand a dudar, con toda razón, de todas las posibilidades que se les han ocurrido a los investigadores, para concluir: En todo caso, el maestro constructor de Al-Hakam II desarrolló una actividad extremadamente creativa, y en este sentido de igual calidad a los primeros arquitectos de finales del siglo XII. Esta cita me recuerda que, a riesgo de aburrirte, debo hacer un paréntesis en el recorrido para recitar un cierto intermedio histórico. El proceso de esta obra comenzó inmediatamente tras la muerte del primer califa omeya de Córdoba, el tercer Abd al-Rahman de la dinastía, apodado al-Nasir, pues su hijo Al-Hakam decidió inmediatamente la nueva ampliación de la Sala, de modo que el 20 de julio del año 962 comenzaron los trabajos. Tres años después concluyó la decoración marmórea del nuevo mihrab; probablemente comenzaron en este momento los mosaicos, para lo que fueron llamados artesanos de Bizancio. Al año siguiente, al concluir la carpintería de la nueva maqsura, se situó en ella el alminbar, inaugurándose solemnemente la ampliación, cuyas obras complementarias continuaron con una acometida de agua para los aljibes del patio, y sólo en 971 se pudo dar por concluida la obra, cuando se terminaron los mosaicos de la fachada del mihrab y de la cúpula que le antecede, hacia la que vamos a caminar despacio, por la nueva nave central, en la que podemos admirar el suntuoso artesonado, rememoración del que existió hasta el siglo XVIII, y la decoración de la estructura de los arcos, adornados con pilastrillas de gusto romano. Todo lo que vemos y lo que vamos a ver, salvo las cuatro columnas que sirven de apoyo al marco del mihrab, todo lo que aquí se utilizó fue labrado para la ocasión. Mientras avanzamos advierte el ritmo del color de los fustes, parejo al cambio de los capiteles, pues alternan los corintios con los compuestos, aunque todos ellos sean una simplificación de los romanos, que habían descubierto lo hermosos que eran éstos antes de labrarles las prolijas hojas de acanto y las elaboradas molduras clásicas; en muchos, mira aquel de la izquierda, quedan firmas de los canteros que los labraron y que son dibujos muy simples o letrerillos árabes, pero que, como descubrió Ocaña, pertenecían en su mayoría a cristianos, lo que sugiere que sus autores serían mozárabes de la ciudad, intensamente asimilados por la cultura islámica, que en estos momentos era ya la de más de la mitad de la población andaluza. Tras los brillos apagados de la techumbre, sobre aquella hilera de columnas, los arcos nos filtran una tenue luz entre las dovelas de sus entrecruzamientos, y todo anuncia que nos aproximamos a un lugar privilegiado, ante el cual siempre me pasa lo mismo, y es que me cuesta trabajo concentrarme en el análisis, pues los ojos vagan inquietos reconociendo flores de vidrio dorado, letreros que citan solemnes jaculatorias del Corán, según leía el sabio Ocaña; cenefas como de tiempos de Trajano o la figura precisa de la base de la cúpula gallonada. Tampoco puedo evitar la tentación de acariciar el brillo de un fuste, o una flor de ataurique, mientras el vacío denso del mihrab al que una cadenilla nos prohíbe entrar, atrae la mirada y las preguntas de los turistas, que suponen que este lugar mágico fue el escenario de algún rito maravilloso. Lo más sensato es que deambulemos según los demás turistas nos lo permitan, cuidando de no tropezar, cuando hipnotizados giremos admirando la cúpula; ten en cuenta que hoy es viernes y a esta hora no sería raro encontrarnos con algún señor que, descalzo, humildemente inclinado y con las palmas de las manos vueltas hacia su rostro, deletrea una oración incomprensible para nosotros; admiremos con respeto tanta fidelidad al genius locii, pues su oración, ante Allah, es perfectamente válida.
contexto
Este llamado también Segundo Estilo de la pintura mural pompeyana deriva de las incrustaciones, las pilastras o columnas, las molduras y los ocasionales cuadritos del Primero. Aun conservando los elementos fundamentales de su estructura arquitectónica -el podio, las columnas, el entablamento- la pared acaba por aligerarse e incluso abrirse al exterior. Mucho hay aquí de helenístico, pero de un helenismo romano y campano sin equivalencias en Grecia ni en Oriente. Los aristócratas y los financieros romanos acogen en los murales de sus casas y de sus villas campestres a lo mismo que en la arquitectura más pretenciosa se estaba haciendo (Palestrina, Tívoli, etcétera): patios rodeados de pórticos, con templos redondos, altares, cipos, trípodes. Tal vez los creadores del estilo, tan encomiado por Vitruvio en su manual de arquitectura, se inspirasen en los proyectos y dibujos en perspectiva de los grandes arquitectos y escenógrafos. Sólo así se explica que en vistas de ciudades y paisajes no haya persona que los anime, algo inconcebible en aquella Grecia para la que el hombre era la medida de todo. Entre los temas de la decoración mural sancionados como de buen gusto por Vitruvio (7, 5, 2 y 5, 8, 1) se citan los "scaenarum frontes, trágico more seu cómico seu satyrico" (decorados de escenario, al modo trágico, cómico o satírico). En la recién descubierta Villa de Oplontis, en Torre Anunziata, se ve, en uno de los escenarios de tragedia, una máscara trágica sobre una consola, al lado de un pavo real, en una perspectiva de columnas, arcos, cornisas, todos ellos elementos y distintivos de los palacios reales, regalía como dice Vitruvio. Los de la comedia, explica el tratadista romano, eran casas de vecindad, con ventanas y balcones; los del drama satírico, paisajes campestres, con arboledas, grutas, fuentes y arroyos. Magníficas muestras de los tres tipos de escenario los proporcionó una sala de la Villa de Boscoreales, hoy en el Metropolitan Museum de Nueva York. En los balcones de las casas del escenario cómico se ven ánforas rotas utilizadas como macetas de plantas. Son los célebres jardinillos de Adonis, señal de que la comedia era una de aquellas que se anunciaban como Adoniazusai (los tales jardinillos motivaron en la Sevilla del siglo III el altercado callejero con que comenzó el martirio de las santas Justa y Rufina, patronas de la ciudad andaluza). También de la Villa de Boscoreale procede el magnífico ejemplo de megalografía que conserva el Museo de Nápoles, género propio de los santuarios y de los palacios reales helenísticos y que ofrece composiciones de grandes frisos de figuras de tamaño natural, o incluso mayor a veces. Las aquí representadas son un príncipe provisto de la sarisa macedónica y del escudo de plata de los Argyráspidas, una hermosa mujer que lo mira fijamente, y un filósofo, todos ellos enmarcados entre los elementos, columnas y frisos del Estilo Arquitectónico. Si el príncipe representado es Pirro del Epiro, el original de esta pintura podría haberse encontrado en su palacio. En el caso de otra megalografía de mediados del siglo I, la Sala de la Iniciación, de la Villa de los Misterios, de Pompeya, podríamos hallarnos ante las copias combinadas de dos originales áticos distintos: una iniciación en que los participantes iban coronados de olivo, y otra en que lo estaban de hiedra; ésta sería la dionisíaca, la que tenía como centro las nupcias de Diónysos y Ariadna. La calidad de la pintura es extraordinaria, pese a algunas incongruencias y fallos, naturales en una copia. Sus colores mezclados con cera sobre enlucido seco parecen recién aplicados. Este procedimiento (encáustica) muy común en Pompeya permite que la pintura se conserve inalterable incluso en el agua.
contexto
La influencia del estilo Partenón se deja sentir con intenso vigor entre los escultores del último tercio del siglo V. Como primera muestra tenemos el precioso relieve de Eleusis, en el que las diosas Démeter y Kore inician al joven Triptólemos en los misterios relacionados con el cultivo del trigo. La delicadeza de los rasgos, por una parte, y el virtuosismo en el tratamiento de los paños, por otra, resumen las aspiraciones típicas del momento, en las que se llega a alcanzar tanta calidad, que se configura un estilo preciosista y pulcro conocido con el nombre de estilo bello. El Atica sigue siendo lugar de concentración de grandes artistas, entre ellos varios discípulos de Fidias, Agorácritos y Alcamenes, que intervienen en el Partenón, y otros como Krésilas y Kallímachos; fuera del Atica el más destacado es un tracio, Paionios de Mende, cuya obra maestra estuvo en Olimpia. Agorácritos era natural de Paros y discípulo predilecto de Fidias, al que siempre tuvo en gran consideración; se identificó con su estilo tan plenamente, que resultaba difícil distinguir obras de uno y otro, causa de la enconada enemistad de Agorácritos y Alcamenes, su condiscípulo y rival. La obra de Agorácritos ha sido reivindicada recientemente por Despinis, pues ya en la Antigüedad estuvo ensombrecida por la leyenda y por la incomprensión de los atenienses, volcados con su compatriota Alcamenes. Para el demos de Rhamnous, cerca de Atenas, hizo Agorácritos la que fue su obra maestra, una estatua magnífica de Némesis muy admirada por un entendido de época romana, como era Varrón. De esta obra y de la estatua de la Madre de los Dioses que hizo para el santuario de Atenas, sólo tenemos noticias por las fuentes, pero la categoría de Agorácritos se puede deducir del influjo de sus creaciones y de su estilo en obras inmediatamente posteriores, como la Démeter de Eleusis. La finura del tratamiento de los paños, bajo los que cobran vigor las formas anatómicas, se caracteriza por la alternancia de pliegues en forma de bandas gruesas y profundas acanaladuras, rasgos a través de los cuales se rastrea la mano de Agorácritos en el Partenón. Alcamenes es el polo opuesto a Agorácritos. Ateniense, discípulo de Fidias y rival del maestro, con una personalidad pujante e independiente. Su producción escultórica es larga y cualificada, puesto que ya es un escultor con prestigio cuando interviene en el Partenón. Se mantiene en activo hasta las décadas finales del siglo. Donde mejor se ve la herencia fidíaca es en el carácter progresista y evolucionado del estilo de Alcamenes, como denota el grupo admirable y conmovedor de Prokne e Itys, original conservado en el Museo de la Acrópolis. El tema reviste grandeza trágica -la madre que va a sacrificar a su hijo- y Alcamenes se pone a su altura para reflejar, sin temor al barroquismo, la intranquilidad del niño y la angustia de la madre, por medio de la torsión violenta del cuerpo infantil y de la agitación del plegado en el vestido de Prokne. Reconocemos en esta obra el ambiente del frontón occidental, que a su vez coincide con el de las Cariátides del Erecteion, relacionadas con el taller de Alcamenes. No hace falta ponderar, por evidente, la gracia y la naturalidad con que en ellas se funden lo tectónico y lo plástico, pero sí hay que resaltar en relación con la estatua de Prokne la corporeidad de las formas anatómicas obtenida a través del peplo, así como el mismo estilo del plegado, en el que destaca el grosor del paño y los finos canales trepanados entre los pliegues. En la Acrópolis de Atenas estuvo también el Hermes Propylaios, del que sólo conocemos la cabeza reproducida por una herma del Museo de Estambul. Las facciones impregnadas de la sobria majestuosidad de época clásica contrastan con el artificio de un peinado pasado de moda, concesión obligada en ciertas formas de representación. Obras atribuidas a Alcamenes son el Zeus de Dresde, el Ares Borghese y la Afrodita de los Jardines. El original de bronce reproducido por el Zeus de Dresde debió de ser una representación imponente de una divinidad ctónica. La atribución a Alcamenes se basa en la novedad que supone la disposición del himation y en los motivos en forma de ojos que se observan en el plegado, similares a los del Apolo del friso este del Partenón. El Ares Borghese ofrece una visión del dios de la guerra llena de dignidad y melancolía, fiel al criterio de dotar de contenido espiritual a la obra, como se había logrado en el Partenón. Por último, la Afrodita de los Jardines fue una obra célebre, que durante un tiempo se quiso identificar con la Afrodita de Fréjus. Hoy se niega la posibilidad de tal relación, pero no se han disipado otras dudas en torno a la creación de Alcamenes. Krésilas, natural de Kydonia (Creta), pasa por ser el primer clasicista y, por tanto, el que abre el cauce de una corriente artística muy expandida desde la baja época clásica. La participación en el certamen de las Amazonas de Efeso junto a Fidias y a Policleto permite colegir la posición que había logrado alcanzar Krésilas, así como su estrecha vinculación a Atenas, confirmada por la estatua de Pericles, que le fue encargada tras la muerte del estratega ateniense en 429. Ambas obras son las únicas seguras que conocemos y las que definen la personalidad artística de este escultor. La Amazona, obra de hacia 430, demuestra la influencia que ejercen sobre Krésilas las escuelas ática y argiva, o si se quiere, la admiración por sus más eximios representantes, Fidias y Policleto. La Amazona se apoya en un pilar y adopta un juego de piernas típicamente policlético, mientras la riqueza y belleza de los motivos del plegado tienen ascendencia ática y fidíaca, además de recoger ya los efectos del estilo bello. La estatua de Pericles erigida en la Acrópolis de Atenas dio gran renombre a Krésilas y aunque sólo nos han llegado copias de la cabeza era de cuerpo entero y hecha en bronce. En ella Pericles estaba representado con los atributos propios del estratega: lanza y casco corintio. Las copias romanas de mármol que reproducen la cabeza muestran un retrato ideal, esto es, un conjunto de rasgos que definen un tipo humano, en este caso, el del hombre maduro en el apogeo de su vida y facultades. Aunque es cuestión susceptible de numerosos matices, el aspecto primordial de esta obra de Krésilas consiste en comprender que en la estatua, y más especialmente en la cabeza, los contemporáneos y la posteridad debían reconocer la obra de Pericles, su "ethos", lo mismo que la estatua de Anacreonte hecha por Fidias representa el carácter de la poesía anacreóntica más que los rasgos individuales del poeta. Ese es el objetivo básico, aunque no único, del retrato de época clásica. A partir del estilo patente en estas dos obras, se han atribuido a Krésilas otras en las que se advierte cómo se decanta por una actitud ecléctica. Así, por ejemplo, en la estatua soberbia de Diómedes, un original de bronce cuya mejor copia se conserva en Nápoles, reproduce el contraposto policlético con la novedad de desplazar hacia fuera la pierna exonerada y de girar la cabeza hacia el flanco abierto de la composición. Las proporciones, no obstante, son más esbeltas que las de las creaciones policléticas, rasgo que unido al modelado de la cabeza denuncia un claro influjo ático. El éxito de esta obra en época imperial romana, como el del Doríforo de Policleto o el del Ares Borghese de Alcamenes está atestiguado por el número de copias. Por una referencia de Pausanias al Dietrephes o guerrero herido por flechas, se ha relacionado con Krésilas el original reproducido por una estatuilla de bronce del Museo de St. Germain, en la que nuevamente se advierte la influencia de Fidias, concretamente de la Amazona. En relación con el círculo de Krésilas se han puesto los respectivos originales de la Atenea de Velletri y de la Medusa Rondanini. La Atenea de Velletri, como dice Blanco, "encierra tanta grandeza como las Ateneas de Fidias". Realmente resultan magníficos los motivos movidos y entrecruzados del himation y la cabeza con casco corintio análoga a la de Pericles. La Medusa Rondanini aborda el tema de la sublimación de la fealdad, es decir, cómo un ser terrorífico de rostro horrible y pelambrera de serpientes puede ser transformado en belleza patética y ejercer un atractivo fascinante. La opinión generalizada actualmente es que el prototipo, cuya mejor reproducción se conserva en la Gliptoteca de Munich, fue creado en plena época clásica. Para conmemorar la victoria de mesenios y naupaktios sobre los espartanos, se erigió ante el templo de Zeus en Olimpia, poco después del año 424, una estatua conmemorativa obra del escultor Paionios. El original de mármol se conserva en el Museo de Olimpia y el pedestal triangular, sobre el que se asentaba, está todavía in situ ante el templo de Zeus. Paionios representó a Nike en vuelo, con las alas y el manto, hoy perdidos, desplegados a la espalda, henchido este último como una vela por el viento, que le ciñe el peplo al cuerpo y se lo arrebata por el lado izquierdo. La obra así concebida es una síntesis de motivos y recursos sumamente plásticos entre los que destaca la transparencia del peplo y la sutileza de la técnica de paños mojados. Pero la Nike de Paionios es una de esas creaciones que exigen una reflexión más allá de su apariencia deslumbrante, porque lo verdaderamente esencial en ella es un planteamiento genuinamente escultórico y sensible a los efectos pictóricos. En este sentido la novedad más apreciable es el carácter casi impresionista de la masa marmórea, sobre todo, en la parte inferior, en la que está plasmada la idea del aire por medio del águila que emerge y cruza hacia la derecha. Decisiva resulta también la composición, muy sencilla en apariencia pero muy elaborada en realidad, puesto que se basa en un refinado contraste entre el modelado del cuerpo y la cascada de pliegues. Esta idea de dar relieve al cuerpo -casi se puede decir al desnudo- y hacerlo destacar sobre un motivo de fondo, es de la mayor trascendencia por su amplia difusión a lo largo de la baja época clásica y del helenismo. Otra aportación fundamental de Paionios es el virtuosismo técnico, que tiene extraordinaria repercusión entre los seguidores del estilo bello. Resonancias inmediatas de esta corriente artística tenemos en las Nereidas o Auras de Xanthos, en Asia Menor, obras del último decenio del siglo V, que decoraron un monumento funerario. Kallímachos es uno de los escultores con más cartel durante la Baja Antigüedad. Probablemente el secreto de su éxito está en la superficialidad y en la vertiente amable, refinada y preciosista de un arte que encandilaba a los amantes del decorativismo. Las fuentes antiguas atribuyen a Kallímachos la invención del capitel corintio y de la técnica del trépano, si bien basta con concederle la difusión de ambas cosas. En lo que verdaderamente se lleva la palma este artista es en el cultivo de la belleza formal obtenida por procedimientos calificados generalmente de caligráficos y toréuticos, que imprimen a sus obras innegable elegancia y refinamiento. La obra más importante atribuida a Kallímachos es el original en bronce de la Afrodita de Fréjus, cuyo éxito atestiguan las copias y, especialmente, el hecho de que en ella se inspirara el escultor Arkesilaos para crear la estatua de Venus Genetrix encargada por Julio César. Afrodita adopta la posición de las figuras policléticas y lleva un chitón muy fino, a través del que Kallímachos se recrea en el modelado anatómico y sobre el que cae un himation echado sobre el brazo izquierdo y por la espalda. La obra es un prodigio de refinamiento manierista, en la que el principio inexcusable de frontalidad clásica llega a adquirir apariencia totalmente relivaria, como si la escultura fuera una lámina. Se nos muestra así la otra faceta artística de Kallímachos, la de pintor, que también se refleja en la serie de Ménades en relieve, posiblemente labradas en metal, y de las que El Prado conserva buenas copias. En ellas se puede admirar lo que era capaz de hacer Kallímachos con la vaporosidad, la transparencia y la elegancia en plena contorsión orgiástica. Un estilo próximo al de las obras de Kallímachos ostentan los relieves de la Balaustrada del templo de Atenea Nike, en los que se advierte el grado de evolución a que había sido llevado el estilo Partenón. El barroquismo colorista, la finura y la delicadeza en el modelado de los paños, por un lado, y la libertad de movimiento de las figuras, por otro, alcanzan su más alta expresión en la célebre Nike atándose la sandalia, una de las piezas más conocidas del Museo de la Acrópolis.
contexto
Es, sin embargo, en el denominado estilo Cisneros donde primeramente podemos constatar este fenómeno de hibridación lingüística, similar al señalado en el Plateresco. En ambos estilos, la indefinición estilística que veníamos analizando está en relación con la adaptación de los nuevos repertorios ornamentales a las técnicas y estructuras arquitectónicas preexistentes, en las cuales la influencia de la tradición islámica era muy fuerte. Tormo fue el primero en asociar a las empresas artísticas patrocinadas por el Cardenal el término de estilo Cisneros como una variante singular de nuestro primer Renacimiento. Aceptado por otros historiadores como un ensayo de nacionalismo estético frente al italianismo absoluto (sic) del Cardenal Mendoza, ha sido también considerado como una versión racial y endógena de nuestro Renacimiento, mucho más acentuada que el mismo Plateresco. Por el contrario, como ya indicamos en otras ocasiones, en las obras auspiciadas por Cisneros no se plantea una voluntad estilística similar a la referida para el estilo Reyes Católicos. Si desde el punto de vista estético estas obras consiguieron unos resultados bastante afortunados a pesar de la rapidez con que fueron realizadas, desde una óptica arquitectónica responden a unas soluciones constructivas que manifiestan su identidad con el fenómeno de imprecisión estilística referido al analizar el problema del Plateresco. En este ambiente, las obras patrocinadas por Cisneros respondieron, no obstante, a unos programas bastante coherentes. Los proyectos emprendidos por el Cardenal en la catedral de Toledo, constituyen un buen ejemplo de la pluralidad de alternativas manejadas por el prelado en beneficio de la rapidez, eficacia y funcionalidad de los diferentes programas. En 1498 dieron comienzo las obras de remodelación de la cabecera de la catedral, proyectadas por Enrique Egas para dotar a la Capilla Mayor del aspecto que actualmente tiene. Su retablo mayor, erigido a partir de 1500 bajo la supervisión de Pedro de Gumiel, fue fruto de la colaboración de artistas de muy diferente formación como el pintor Juan de Borgoña o los escultores Petijuan, Rodrigo Alemán, Felipe Bigarny y Copin de Holanda. A pesar de ello, el resultado final constituye uno de los mayores aciertos de la interpretación de la estética gótica en los comienzos del Renacimiento español. Muy diferente resulta el aspecto de la Sala Capitular de la Catedral Primada (1504), donde las técnicas constructivas de tradición mudéjar se conjugan con un ciclo de pinturas al fresco de filiación italiana realizadas por Juan de Borgoña. Las resonancias italianas de la antesala capitular -decorada al fresco con paisajes, plantas y jarrones, y cubierta con una armadura polícroma de lazo y estrellas- da paso a la sala propiamente dicha, a través de una puerta con alfiz decorado con yeserías de motivos de procedencia islámica. Sin embargo, esta Sala Capitular parece remitirnos -con su ciclo de frescos, artesonado y la serie de retratos de los obispos de la Sede Primada- a un tipo de interior de carácter palaciego, muy frecuente en la arquitectura de tradición mudéjar. Llegados a este punto, conviene detenemos en la participación del pintor Juan de Borgoña en los programas impulsados por Cisneros. Complemento clasicista del gran artesonado que cubre la sala y de las yeserías cortadas a cuchillo de la puerta de acceso, la serie de frescos realizados para el capítulo por Juan de Borgoña, referidos a la Vida y Pasión de Cristo y a la visión del Juicio Final, constituyen el primer conjunto de estas características en la pintura castellana del siglo XVI. Como en la estancia anterior, el sistema compositivo y los criterios figurativos empleados, y la utilización de modelos idealizados, son una continua referencia a la pintura florentina del Quattrocento, aunque no eviten alguna concesión realista a los gustos artísticos predominantes. Posteriormente, también decoró Borgoña la Capilla Mozárabe con un ciclo de frescos de carácter histórico y narrativo referentes a la Conquista de Orán por Cisneros. En este caso, la descripción objetiva de los hechos adquiere un valor providencialista de la figura del Cardenal en relación con la defensa de la Fe y la restauración del rito mozárabe, elevados ambos a la categoría de mito cristiano. Con independencia de su adaptación a los contenidos ideológicos del programa, la pintura de Borgoña constituye un importante avance en el proceso de asimilación del Renacimiento, llegando a influir decisivamente en los ambientes artísticos contemporáneos a través de la obra de sus discípulos más cualificados como Francisco de Comontes, Juan de Villoldo y, sobre todo, Juan Correa de Vivar.