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En junio de 1948, pocos meses después de producido el golpe de Estado de febrero en Checoslovaquia, el partido yugoslavo fue expulsado de la Kominform. La noticia de este acontecimiento causó una sorpresa tan grande en el mundo occidental que muchos creyeron que se trataba de una trampa: hasta ese momento, ninguna dirección comunista de un país de la Europa sovietizada se había separado de la línea de actuación marcada por Moscú. Además, si por algo se había caracterizado la Yugoslavia de Tito había sido por la rapidez y la decisión con que parecía haber cumplido el programa que luego se aplicó en los demás países del área. Allí, en efecto, desde fecha muy temprana, los comunistas habían mostrado su voluntad de tomar el poder político en su totalidad, de eliminar al adversario y de llevar a cabo un programa de colectivizaciones masivas. En realidad, lo sucedido en este caso puede ser definido, por esa identidad sustancial, más como una herejía que como un cisma. También debió ser una sorpresa la ruptura con Tito en el propio seno de la Kominform: a fin de cuentas, la agresiva actitud del dirigente yugoslavo resultaba muy similar a la que adoptaron Zdanov y Molotov por la misma época. El segundo llegó a sugerir que la Kominform se estableciera en Belgrado. Pero los problemas entre los Partidos Comunistas de ambos países habían sido tempranos y graves. Tito ya se quejó de la escasa ayuda concedida por los soviéticos durante la guerra misma.

Los líderes comunistas yugoslavos, por otro lado, habían sido mucho menos dependientes de Moscú, porque habían hecho la guerra en su propio país. Llegada la hora de la ruptura con Tito, los soviéticos trataron de apoyarse precisamente en aquellos que habían estado durante más tiempo en la URSS. Durante la guerra, Stalin había criticado la actitud demasiado izquierdista de los seguidores de Tito, que no habían tenido inconveniente en exterminar a quienes calificaban de "kulaks" y en destruir edificios religiosos. También se quejó de no ser atendido respecto a su idea de la creación de un frente amplio que los comunistas pudieran dominar desde dentro. Aludiendo a lo que objetivamente era cierto -la carencia de un proletariado industrial en Yugoslavia-, repudió un frente amplio formado por campesinos que, en su opinión, no podría realizar una verdadera revolución proletaria. Por su parte, el régimen de Tito, una vez obtuvo el triunfo, siguió una política estalinista al concentrar sus esfuerzos en la creación de grandes industrias pesadas, atendiendo muy poco a la agricultura y el consumo. La URSS dejó claro que no ayudaría al desarrollo económico yugoslavo y de hecho impuso compras de materias primas minerales a unos precios artificialmente bajos. También exigió un tratamiento especial a su cultura, mientras que agentes soviéticos eran introducidos en el seno de la Administración y en el aparato de seguridad del régimen. Es probable que esto último fuera lo verdaderamente decisivo a la hora de la ruptura.

Tito, por su parte, se comportó con audacia e independencia, sin tener en cuenta posibles peligros por parte del mundo occidental: como ya es sabido, no dudó en abatir aviones norteamericanos que volaban sobre Yugoslavia y quiso permanecer en Trieste, mientras que Stalin aseguraba que esta ciudad no merecía otra guerra. Pero, sobre todo, afirmó que la vía yugoslava era perfectamente lícita y que no dependía de nadie desde el punto de vista de la política exterior. En julio de 1947, llegó a un acuerdo con Bulgaria respecto de la creación de una posible federación balcánica. Eso hizo que los comunistas griegos insistieran en su esfuerzo militar con su colaboración. Tito parecía aspirar a dominar los Balcanes, al mismo tiempo que mantenía una política radical en todos los terrenos que a Stalin le pudo parecer imprudente. Los soviéticos parecen haber aceptado en un primer momento que se hiciera con Albania e incluso la federación con Bulgaria pero luego cambiaron radicalmente de opinión. El giro se produjo cuando se dieron cuenta de que Tito no disentía de nada en los principios del estalinismo, pero que no estaba dispuesto a dejarse manejar, ni tampoco a que se considerara a Yugoslavia como una especie de peón en el ajedrez del panorama internacional. En febrero de 1948, Stalin convocó a búlgaros y yugoslavos -que enviaron a Kardelj como su representante- para negar su apoyo a la Federación balcánica y a la toma de Albania por Tito, así como para vetar la guerra civil griega.

Explicó ahora que sólo estaba de acuerdo con una federación formada por dos unidades y no con Bulgaria como una república más de un conjunto federal, que era lo que había imaginado el líder yugoslavo. Lo que temía era una unidad política independiente y fuerte que pudiera poner en peligro su absoluto control del glacis defensivo que había pensado crear en Europa del Este. Resulta posible que pensara que la herejía yugoslava, unida a la victoria de Mao con una revolución autónoma y campesina en China, podía tener peligros objetivos para su dirección del movimiento comunista. Ya en marzo, la situación entre los dos partidos se hizo insostenible. Tito sólo quería evitar la subordinación yugoslava y todo hace pensar que para él la ruptura con Moscú fue la más traumática de sus experiencias vitales. El intento de penetración de los soviéticos en la estructura del Estado yugoslavo provocó de forma irreversible al enfrentamiento. Pero al producirse la ruptura, Tito se mostró muy prudente. En abril, Herbrang, el dirigente principal de los estalinistas, persona capaz de convertirse en relevo de Tito, fue detenido y probablemente debió ser asesinado a continuación. En el mismo mes de marzo, Stalin había retirado ya a sus asesores de Yugoslavia. Cuando propuso a los yugoslavos una reunión en el Kominform para solventar sus diferencias, ya toda posibilidad de llegar a un acuerdo sin sumisión era muy remota. Tito se negó a enviar emisarios a la reunión y, como resultado, quedó consagrada la definitiva división.

Stalin estaba tan convencido de su propia fuerza en el seno del movimiento comunista de todas las latitudes, que aseguró que si movía tan sólo un dedo acabaría por librarse de Tito; quizá en algún momento hubiera podido contentarse con tan sólo aceptar un acto de sumisión. El líder yugoslavo, sin embargo, consciente del peligro que corría, actuó de forma habilidosa. Reunió en julio un congreso de su partido, donde se discutió libremente. Hizo entonces pública su correspondencia con otros Partidos Comunistas y atacó a la Kominform, pero no a Stalin. El principal ideólogo del comunismo yugoslavo, Djilas, aseguró que no existía diferencia alguna entre Stalin y los comunistas yugoslavos. Los asistentes mezclaron en sus gritos de ritual los nombres de los dos dirigentes comunistas. Todavía, por parte de los seguidores de Tito, seguía existiendo un resquicio de posibilidad de llegar a un acuerdo. Pero persiguieron a los supuestos o reales seguidores de la Kominform y los ejecutaron o confinaron: en Goli Otok, una especie de "gulag" yugoslavo, entre 1949 y 1952 hubo unos 12.000 detenidos. La respuesta de los soviéticos no se hizo esperar. En Albania, el país más amenazado por estar casi totalmente rodeado por Yugoslavia, el ministro del Interior fue detenido, acusado de ser partidario de Tito. A partir de este momento el lenguaje empleado contra los seguidores del presidente yugoslavo arreció en virulencia: ya se empezó a emplear contra ellos calificativos como el de "criminales fascistas".

En el verano de 1949, los países de la Kominform impusieron sanciones a Yugoslavia. Todavía por esas fechas la actitud de los norteamericanos respecto a Tito era dubitativa. En ese año, enviaron paracaidistas que habían sido antiguos "chetniks" destinados a crear subversión interna. Pero, poco después, empezaron a ver en la evolución yugoslava un factor positivo para sus intereses. De hecho, Kennan, que había sido embajador en Yugoslavia, había previsto la posibilidad de una fragmentación del universo comunista. Yugoslavia no sólo se benefició del Plan Marshall -a diferencia de otra dictadura europea, la de Franco- sino que llegó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con el apoyo norteamericano. Reducido el comercio con la URSS a la mínima expresión, Belgrado lo canalizó hacia Occidente y Estados Unidos no tuvo inconveniente en devolverle el oro que había pertenecido a la derrocada Corona. Consciente de que no podía acabar con la disidencia yugoslava mediante la subversión interna, Stalin parece haber pensado en la posibilidad de una invasión a partir del verano de 1950. En 1951, Djilas visitó Gran Bretaña para solicitar ayuda militar. La posición norteamericana parece haber estado dispuesta a la colaboración en la defensa yugoslava en el caso de que los atacantes fueran los aliados de la URSS, pero tan sólo a emplear la bomba atómica en el caso de que fueran los soviéticos los invasores.

En Yugoslavia, la voluntad de resistencia frente a una eventual invasión soviética parece haber sido firme y clara en todos los sectores dirigentes. En un principio, el régimen se radicalizó en medidas como la colectivización, para demostrar que estaba muy lejano a los propósitos derechistas que se le atribuían. A continuación, buscó una forma original o un modelo propio por el procedimiento de proponer la autogestión y los consejos obreros en las fábricas. En realidad, en los primeros años, este modelo no supuso sustanciales diferencias con el estalinista, porque las elecciones a los consejos obreros de las fábricas eran controladas por un sindicato sometido al partido único y porque era la planificación central la que debía proporcionar los recursos a invertir. El régimen yugoslavo, sin embargo, no impuso nunca las pautas culturales del realismo socialista. Además, hubo en él mayor flexibilidad respecto de la oposición, al menos en cuando procedía de la ortodoxia: cuando Djilas empezó a evolucionar hacia el polipartidismo tardó en ser sancionado y las penas que recibió fueron relativamente suaves. Los yugoslavos llegaron a concluir que la eliminación de la propiedad privada en el estalinismo había dado lugar al predominio de una nueva clase basada en la dominación burocrática. Zdanov, por su parte, acusó a los yugoslavos de estar infiltrados por es pías británicos desde épocas remotas y de ser los culpables de la derrota de los comunistas griegos.

A partir del descubrimiento de este supuesto traidor, los soviéticos resucitaron las purgas, destinadas ahora a asentar de forma irreversible el poder de Stalin en el Este de Europa. La camaradería entre los partidos fue sustituida por la desconfianza generalizada y en cada partido fue preciso descubrir supuestos o reales seguidores de Tito. Al igual que después del asesinato de Kirov en la URSS, los partidos comunistas se convirtieron en iglesias disciplinadas sometidas a una rígida ortodoxia. Al mismo tiempo que se perseguía a los supuestos titistas, se produjo una purga masiva en todos los Partidos Comunistas de Europa del Este. En los occidentales, sólo se manifestó una mínima escisión en el danés, pero todos los demás buscaron titistas en su interior y los expulsaron. Los dirigentes de Europa Oriental pudieron tener un futuro mucho peor. En el mismo mes en que Yugoslavia fue expulsada de la Kominform, en Albania, que recibía mucha ayuda yugoslava, se desató una persecución contra una facción derechista acusada de hallarse próxima a Tito. En realidad, este país sólo pudo sobrevivir bajo formas estalinistas mediante la ayuda soviética; y Tito hubo de tolerar que la URSS violara con frecuencia su espacio aéreo para transportarla. También en otros países los elementos considerados nacionalistas fueron marginados: Patrascanu en Rumania, Rajk en Hungría y Gomulka en Polonia pasaron inicialmente a puestos menos importantes. En marzo de 1949, empezaron las detenciones, cuyo resultado final resultaba ya previsible.

Las primeras ejecuciones se produjeron en junio en Albania, donde fue eliminado Xose. En octubre lo fue Rajk, el ministro húngaro, después de declararse espía durante toda su vida en un juicio público del que lo más interesante, como sucedió en los juicios de Moscú, fue la denuncia al líder de la tendencia condenada. Si Trotski había sido demonizado en aquella ocasión, ahora lo fue Tito, que habría sido un peón de los anglosajones obligado a hacer la revolución por la presión de las masas. En diciembre, Kostov en Bulgaria también se autoculpabilizó, pero luego se retractó en pleno juicio; entonces, se detuvo la traducción de sus palabras a los periodistas extranjeros y se suspendió la emisión radiofónica de las sesiones. En la RDA, la purga fue no tan dura y resultó tardía, ya que no se produjo hasta 1950. En Checoslovaquia, el juicio contra Slanski se dilató hasta 1952; en el mismo, él y sus abogados defensores fueron acusados de sionistas, nacionalistas y troskistas. Once de los acusados fueron ejecutados; sus cenizas fueron utilizadas, mezcladas con materias de construcción, en carreteras próximas a Praga. El contenido antisemita de su condena puede estar relacionado con la última evolución de Stalin y la previsible purga que estaba dispuesto a poner en marcha cuando le sorprendió la muerte: en este sentido, su caso puede ser definido como un ejemplo de estalinización total. En Rumania, finalizado el año 1954, los dirigentes comunistas Patrascanu y Ana Pauker ya habían sido ejecutados.

Al mismo tiempo que todo eso sucedía, personas mucho menos importantes, que estaban lejos de ser dirigentes de importancia, fueron también purgadas. En Bulgaria, el partido pasó de 500 a 300.000 militantes. En los demás países sucedió algo parecido: los porcentajes de purgados se situaron entre el 25 y el 30% como media. Uno de cada cuatro comunistas de Europa Central y Oriental sufrió, por tanto, persecución entre 1948-53 y desde luego murieron más comunistas a manos de sus correligionarios que los que habían sido víctimas de la persecución de los Gobiernos de derecha en el período de entreguerras. Fueron considerados sospechosos especialmente los que habían tenido contacto con el exterior, como por ejemplo los combatientes en la Guerra Civil española o los que tenían una esposa extranjera. Stalin orquestó la purga e incluso enviaba a un coronel de los servicios secretos soviéticos para llevar a cabo los interrogatorios. Quienes los realizaban no pretendían descubrir la verdad, sino que ésta ya estaba decidida previamente y se trataba de que la confesasen. En ocasiones, se ejercieron presiones que se dirigieron sobre las familias de los acusados (Rajk); en otras, los propios acusados confesaron, por su misma conciencia de buenos militantes de partido (Kostov). Los juicios fueron verdaderas actuaciones teatrales, incluso ensayadas y pronunciadas previamente. En los países en los que el comunismo estaba mejor establecido -Checoslovaquia y Bulgaria- las purgas fueron más duras, mientras que allí donde su implantación era más débil también las purgas se mostraron más laxas.

La excepción fue Hungría, donde mostró una especial dureza y ello quizá podría explicar los posteriores sucesos de 1956. En Polonia, Gomulka era un nacional-comunista que rechazó por razones tácticas la colectivización agrícola y la lucha con la Iglesia, pero que no tenía nada de titista ni se caracterizaba por un estalinismo moderado. Fue acusado pero no eliminado, sino condenado a prisión quizá por el temor a lo que podía suceder si se hacía necesario para la URSS ocupar Polonia por la violencia. De esta manera, la purga, convertida en terror cotidiano, alcanzó al conjunto de la sociedad. Normalmente, se atribuyó a cualquier organización o institución existentes un porcentaje de personas destinadas a ser purgadas. En Checoslovaquia, había ya en 1953 150.000 presos y en Bulgaria se realizaron en total unas 5.000 ejecuciones. La persecución de la Iglesia Católica se explica por la dependencia de una autoridad externa; lo mismo cabe decir de la Iglesia Uniata. El cardenal Minsdszenty en Hungría y Wyszynski en Polonia fueron detenidos. También el Ejército y las instituciones educativas fueron objeto de especial atención. A menudo, las víctimas fueron comunistas que no habían estado en Moscú durante la guerra, aunque no siempre fue así. Para concluir, hay que recordar también que las purgas causaron graves problemas económicos porque muchas personas con capacidades objetivas fueron consideradas peligrosas y se prescindió de ellas. Tenían como misión crear una disciplina de acero, pero en realidad destruyeron la base moral en que se fundamentaba el Partido Comunista. En ese sentido, a medio plazo el resultado de las purgas fue muy autodestructivo.

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