Al explicar la producción artística de la escuela de Amaravati hay que hablar en primer lugar de su stupa, famosa en la antigüedad y fundamental para definir el estilo gracias a la abundancia y calidad de los restos arqueológicos. Sin embargo, las imágenes de culto propiamente dichas son escasas; los bodisatvas y las yakshis, que tanta importancia tenían en las escuelas de Gandhara y Mathura, aquí son prácticamente inexistentes. El Buda de Amaravati llega a definir un prototipo original, pero hay muy pocos ejemplares; por eso y de una manera intencionada se trata en segundo lugar. La originalidad del Buda de Amaravati radica en el intento de provocar el fervor popular a través de la ingenuidad con una amable imagen infantil, apenas un joven, esencialmente diferente de la belleza apolínea del Buda de Gandhara o del sacro idealismo del Buda de Mathura. Es muy posible que las primeras configuraciones del Buda de Amaravati se realizaran tardíamente, entre el año 180 y 200 d. C., bajo la influencia de la escuela de Mathura. En este sentido cabe explicar la protuberancia craneal de la ushnisha a base de un casquete de rizos en espiral, y los pliegues arbitrarios del manto, a pesar de un mayor realismo tanto en el estudio del peinado como en el de la calidad textil. Absolutamente particular es la aguda observación del natural al plantear un rostro alargado, propio de la etnia drávida, y una sonrisa, ya típica del Buda de Amaravati, acentuando la comisura de los labios. Desde luego el gran atractivo artístico de este Buda reside en su cabeza, que triunfa sobre la tosquedad escultórica del resto del cuerpo. Las cabezas presentan un volumen suave, en el que los rasgos faciales no se muestran con aristas ni contrastes sino a base de modulaciones sutiles, que pueden llegar a producir una ilusión de vida. No sólo en Amaravati y sus alrededores, sino en todo el Valle inferior del río Kistna, hay restos de enormes stupas y vastos complejos monásticos Andhra de gran interés histórico-artístico: Ghantashala, Jaggayyapeta, Gummadidirru, Goli... Nagarjunakonda (Colina de Nagarjuna) fue el monasterio budista más importante de todo el sur de India; allí fundó una universidad mahayana Nagarjuna, el famoso filósofo protagonista del quinto concilio budista que, presidido por el emperador Kushana Kanishka en torno al año 150 d. C., dio el triunfo al budismo mahayana. En este concilio se codificó la enseñanza de Nagarjuna en el texto sánscrito Abhidharma (Doctrina Suprema), del que posteriormente derivarán numerosos libros interpretativos, reflejos de la versatilidad del budismo mahayana, que acaba subdividiéndose en múltiples escuelas a lo largo y ancho de todo Oriente. Nagarjunakonda se llama hoy Vijuyapuri (en el distrito de Guntur, a 160 km de Amaravati) y es una importante central eléctrica alimentada por un lago artificial, que cubre los restos de una monumental stupa y otras ruinas arqueológicas; algunos monumentos se han salvado y desplazado a una colina cercana, donde todavía se puede contemplar una stupa, una chaitya, una especie de aula-auditorio al aire libre y algunos viharas. Las piezas escultóricas de más valor se encuentran en los museos nacionales de Madrás y Delhi; reflejan un estilo tardío propio del siglo III d. C., donde las formas denotan cierta decadencia debida a una exagerada estilización, pero revelan una gran soltura compositiva y un contagioso dinamismo. Las obras de Nagarjunakonda suponen un excelente broche de oro al bajorrelieve narrativo, que caracteriza al arte budista en general y, en particular, a la escuela de Amaravati, cuya blandura se opone a la robustez escultórica de Mathura.
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El budismo nace en la India en el siglo VI a.C., fundado por Sidharta Gautama, un príncipe que abandona la vida cortesana para dedicarse a la meditación y que, tras alcanzar el conocimiento de la verdad absoluta, se convirtió en "El Iluminado", es decir, Buda. Éste comienza a predicar su doctrina en Sarnath, basada en la idea de que toda existencia es origen de dolor. El budismo surge como una heterodoxia del hinduismo, combatiendo la existencia de castas (varna), los rituales brahmánicos y el sacrificio védico. La doctrina budista propugna el abandono de la violencia y de lo material, pues son causa de dolor. Por el contrario, la meditación y la vida espiritual austera son herramientas para lograr un acercamiento a la verdad. La primera comunidad o shanga fue el origen de un movimiento de divulgación de los principios budistas, llamados Ratna o chakra, esto es, la Ley Sagrada o dharma. Con Ashoka, el budismo fue declarado religión oficial aunque, a partir del 490, comienza a perder terreno a favor del hinduismo. Dentro del budismo se pueden distinguir varias corrientes principales. El budismo hinayana o theravada (doctrina de los ancianos) se extiende por fundamentalmente por Sri Lanka, Myanmar y Tailandia, aunque también se sigue, en su rama esotérica vajrayana o lamaísmo, en Camboya, Indonesia y los países del Himalaya, si bien modificado con creencias locales, tántricas e hinduistas. Por último, la forma dhyanaya o de meditación se extiende por Extremo Oriente, siendo la responsable del esplendor zen en Japón.
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Durante el periodo Kamakura (1192 - 1333), de máxima expansión budista, dos fueron las corrientes religiosas representativas en Japón: el budismo zen y la secta del Buda Amida. Desde el siglo VIII se practicaba en el país la meditación budista, gracias a las influencias recibidas desde India, China y Corea, pero fue a partir de finales del siglo XII cuando la crisis interna y las relaciones con China convirtieron al budismo zen en la doctrina protegida por el nuevo gobierno, gracias al monje Eisai (1141 - 1215). Eisai fue el fundador de la escuela Rinzai, lo que, sin embargo, provocó su destierro de Kyoto, dirigiéndose a la sede del nuevo gobierno feudal en Kamakura, donde encontró la protección y el apoyo para iniciar un amplio movimiento de fundación de monasterios por todo Japón. El budismo zen es, sin duda, la religión de la clase guerrera. Sobriedad, disciplina individual, entrenamiento físico y mental fueron inmediatamente aceptados por los samurai y su concepto de virilidad, en oposición al refinamiento femenino del periodo Heian. También el creciente feudalismo encontró una de sus raíces en dicha religión para romper con las anteriores estructuras de poder. En el zen no es necesario el conocimiento intelectual, considerado un estorbo, para alcanzar la iluminación, pues es el esfuerzo individual el que la aporta, lo que denota unas escasas necesidades culturales de esta clase dirigente recién nacida y forjada en los campos de batalla. Conceptos como simplicidad esencial, integración en el universo, espontaneidad, fluidez, unicidad, respeto por la naturaleza, mutabilidad o asimetría dinámica, han quedado reflejados en la cultura japonesa, tanto material como intelectual; la pintura, la cerámica o la ceremonia del té son fiel reflejo de estas manifestaciones espirituales. El zen es un pensamiento sin textos ni dogmas, basado, principalmente, en el esfuerzo individual, tanto mental como físico, frente a la rigidez del aprendizaje intelectual. El zen, en resumen, no se puede expresar con ningún concepto ni es transmisible de maestro a discípulo; se expresa, sin embargo, a través de todas las artes desarrolladas a lo largo de la historia japonesa.
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En el Evangelio de San Juan (10, 11-14) se compara al Cristo con el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Esta sería la posible base documental de este trabajo en el que Murillo emplea a sus protagonistas principales: los niños, bien se trate de niños de la calle -como en Dos niños comiendo uvas y melón- o celestiales como en este caso.El Niño Jesús se sitúa en un paisaje con una referencia arquitectónica al fondo, sentado sobre algunos restos clasicistas y dirigiendo su mirada al espectador. En la mano derecha lleva la vara del pastor y con la izquierda acaricia al cordero, quien también dirige la mirada hacia nosotros. La composición se estructura con una pirámide característica del Renacimiento mientras que la pierna y la vara se ubican en diagonal para reforzar el ritmo del conjunto. La atmósfera creada gracias a la iluminación y el colorido recuerdan a la escuela veneciana, aportando el maestro sevillano una idealización de las figuras que no aparece en sus escenas costumbristas.
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La fuerte crisis sufrida por Van Gogh en febrero de 1890, afectándole casi dos meses, motivará el empleo de estampas como fuente de inspiración en los primeros días del mes de mayo, surgiendo obras como la Resurrección de Lázaro o El buen samaritano. En esta ocasión Vincent ha tomado como modelo a Delacroix, uno de sus pintores más admirados, especialmente por el empleo del color. El holandés "traduce" el original a su lenguaje, recurriendo a sus colores y a su especial manera de aplicarlos en la tela, uniendo de esta forma la tradición con la modernidad. El resultado es de gran belleza.
obra
Raramente realizó Rembrandt escenas de este tipo ya que no eran muy solicitadas por la clientela de Amsterdam. Así que se piensa que las hizo para estudiar las variaciones de la luz y el color sobre un mismo objeto, anticipándose a Monet y su Visión de la Catedral de Rouen. Para dar mayor realismo a la escena, ha colocado a la mujer del carnicero asomándose tras una puerta. Al ser una obra "de prueba", la pincelada es más suelta pero la preocupación por los efectos lumínicos es igual que para una escena religiosa. La luz corre por el buey abierto en canal destacando su enorme volumen del fondo oscuro. Esta luz heredada de Caravaggio se está convirtiendo en una señal de autenticidad para Rembrandt .
obra
La estancia en Pontoise junto a Pissarro en el verano de 1872 y la posterior estancia en Auvers junto al doctor Gachet supondrán para Cézanne la entrada en el impresionismo. En estas fechas realizará un buen número de bodegones en los que se aprecia cierta sintonía con Manet. Sin embargo, observamos algunas cuestiones en las que se distancia de Manet como la forma de pintar los manteles, al modelarlos con pesados dobleces, o la introducción de nuevos objetos como los platos de bizcochos apilados en capas. Otra novedad la encontramos en la superación de la pincelada corta y menuda, típica de la etapa impresionista, para aplicar el color ahora de manera más fluida. Las frutas que contemplamos en primer plano se disponen sobre un aparador, acompañadas de un mantel, una gran copa, una botella de licor y el plato de los bizcochos. En la balda superior del aparador encontramos varias tazas con su correspondiente plato, otra manzana adelantada hasta el borde y un azucarero. Todos estos elementos se recortan sobre el color marrón del mueble, tonalidad que sirve para destacar la monumentalidad del aparador en el conjunto. La disposición espacial es acertada al distribuir los diferentes objetos en el espacio, estableciendo un conjunto que servirá como punto de partida en la evolución pictórica del maestro.
obra
El bufón Calabacillas formaba parte de una serie de cuatro bufones destinada a la Torre de la Parada, de los cuales uno se ha perdido. Sus compañeros serían Francisco Lezcano y Don Diego de Acedo. Toda la serie se suele fechar en torno a 1636.Calabacillas era bufón pero no enano, como se puede apreciar en la forzada postura en la que está representado. Lo que está fuera de toda duda es el estrabismo con el que se le representa, lo que motivaba su apodo de "Bizco". Junto a él vemos unas calabazas que le dan el sobrenombre; concretamente la de la derecha tiene un repinte, muy característico del maestro que dibujaba directamente sobre el lienzo. La figura está casi atrapada en una angosta habitación, cuya esquina se puede apreciar tras la cabeza del bufón, quien, a pesar de su categoría social, no vivía nada mal ya que disfrutaba de carruaje con mula y ración correspondiente, mucho más que la mayoría de los mortales del Siglo de Oro español.La factura suelta de cuello y puños, así como las manos en ligero movimiento, nos permiten ver la evolución del arte velazqueño, en el que la sensación de aire que envuelve las figuras hace que sus contornos se desdibujen y que el color y la luz se vayan adueñando de la composición. Las pinceladas, aplicadas como sí de manchas de óleo se tratase, se dejan ver sin ningún reparo, siguiendo la estela de Tiziano.