El budismo nace en la India en el siglo VI a.C., fundado por Sidharta Gautama, un príncipe que abandona la vida cortesana para dedicarse a la meditación y que, tras alcanzar el conocimiento de la verdad absoluta, se convirtió en "El Iluminado", es decir, Buda. Éste comienza a predicar su doctrina en Sarnath, basada en la idea de que toda existencia es origen de dolor. El budismo surge como una heterodoxia del hinduismo, combatiendo la existencia de castas (varna), los rituales brahmánicos y el sacrificio védico. La doctrina budista propugna el abandono de la violencia y de lo material, pues son causa de dolor. Por el contrario, la meditación y la vida espiritual austera son herramientas para lograr un acercamiento a la verdad. La primera comunidad o shanga fue el origen de un movimiento de divulgación de los principios budistas, llamados Ratna o chakra, esto es, la Ley Sagrada o dharma. Con Ashoka, el budismo fue declarado religión oficial aunque, a partir del 490, comienza a perder terreno a favor del hinduismo. Dentro del budismo se pueden distinguir varias corrientes principales. El budismo hinayana o theravada (doctrina de los ancianos) se extiende por fundamentalmente por Sri Lanka, Myanmar y Tailandia, aunque también se sigue, en su rama esotérica vajrayana o lamaísmo, en Camboya, Indonesia y los países del Himalaya, si bien modificado con creencias locales, tántricas e hinduistas. Por último, la forma dhyanaya o de meditación se extiende por Extremo Oriente, siendo la responsable del esplendor zen en Japón.
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contexto
Durante el periodo Kamakura (1192 - 1333), de máxima expansión budista, dos fueron las corrientes religiosas representativas en Japón: el budismo zen y la secta del Buda Amida. Desde el siglo VIII se practicaba en el país la meditación budista, gracias a las influencias recibidas desde India, China y Corea, pero fue a partir de finales del siglo XII cuando la crisis interna y las relaciones con China convirtieron al budismo zen en la doctrina protegida por el nuevo gobierno, gracias al monje Eisai (1141 - 1215). Eisai fue el fundador de la escuela Rinzai, lo que, sin embargo, provocó su destierro de Kyoto, dirigiéndose a la sede del nuevo gobierno feudal en Kamakura, donde encontró la protección y el apoyo para iniciar un amplio movimiento de fundación de monasterios por todo Japón. El budismo zen es, sin duda, la religión de la clase guerrera. Sobriedad, disciplina individual, entrenamiento físico y mental fueron inmediatamente aceptados por los samurai y su concepto de virilidad, en oposición al refinamiento femenino del periodo Heian. También el creciente feudalismo encontró una de sus raíces en dicha religión para romper con las anteriores estructuras de poder. En el zen no es necesario el conocimiento intelectual, considerado un estorbo, para alcanzar la iluminación, pues es el esfuerzo individual el que la aporta, lo que denota unas escasas necesidades culturales de esta clase dirigente recién nacida y forjada en los campos de batalla. Conceptos como simplicidad esencial, integración en el universo, espontaneidad, fluidez, unicidad, respeto por la naturaleza, mutabilidad o asimetría dinámica, han quedado reflejados en la cultura japonesa, tanto material como intelectual; la pintura, la cerámica o la ceremonia del té son fiel reflejo de estas manifestaciones espirituales. El zen es un pensamiento sin textos ni dogmas, basado, principalmente, en el esfuerzo individual, tanto mental como físico, frente a la rigidez del aprendizaje intelectual. El zen, en resumen, no se puede expresar con ningún concepto ni es transmisible de maestro a discípulo; se expresa, sin embargo, a través de todas las artes desarrolladas a lo largo de la historia japonesa.
obra
En el Evangelio de San Juan (10, 11-14) se compara al Cristo con el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Esta sería la posible base documental de este trabajo en el que Murillo emplea a sus protagonistas principales: los niños, bien se trate de niños de la calle -como en Dos niños comiendo uvas y melón- o celestiales como en este caso.El Niño Jesús se sitúa en un paisaje con una referencia arquitectónica al fondo, sentado sobre algunos restos clasicistas y dirigiendo su mirada al espectador. En la mano derecha lleva la vara del pastor y con la izquierda acaricia al cordero, quien también dirige la mirada hacia nosotros. La composición se estructura con una pirámide característica del Renacimiento mientras que la pierna y la vara se ubican en diagonal para reforzar el ritmo del conjunto. La atmósfera creada gracias a la iluminación y el colorido recuerdan a la escuela veneciana, aportando el maestro sevillano una idealización de las figuras que no aparece en sus escenas costumbristas.
obra
La fuerte crisis sufrida por Van Gogh en febrero de 1890, afectándole casi dos meses, motivará el empleo de estampas como fuente de inspiración en los primeros días del mes de mayo, surgiendo obras como la Resurrección de Lázaro o El buen samaritano. En esta ocasión Vincent ha tomado como modelo a Delacroix, uno de sus pintores más admirados, especialmente por el empleo del color. El holandés "traduce" el original a su lenguaje, recurriendo a sus colores y a su especial manera de aplicarlos en la tela, uniendo de esta forma la tradición con la modernidad. El resultado es de gran belleza.
obra
Raramente realizó Rembrandt escenas de este tipo ya que no eran muy solicitadas por la clientela de Amsterdam. Así que se piensa que las hizo para estudiar las variaciones de la luz y el color sobre un mismo objeto, anticipándose a Monet y su Visión de la Catedral de Rouen. Para dar mayor realismo a la escena, ha colocado a la mujer del carnicero asomándose tras una puerta. Al ser una obra "de prueba", la pincelada es más suelta pero la preocupación por los efectos lumínicos es igual que para una escena religiosa. La luz corre por el buey abierto en canal destacando su enorme volumen del fondo oscuro. Esta luz heredada de Caravaggio se está convirtiendo en una señal de autenticidad para Rembrandt .
obra
La estancia en Pontoise junto a Pissarro en el verano de 1872 y la posterior estancia en Auvers junto al doctor Gachet supondrán para Cézanne la entrada en el impresionismo. En estas fechas realizará un buen número de bodegones en los que se aprecia cierta sintonía con Manet. Sin embargo, observamos algunas cuestiones en las que se distancia de Manet como la forma de pintar los manteles, al modelarlos con pesados dobleces, o la introducción de nuevos objetos como los platos de bizcochos apilados en capas. Otra novedad la encontramos en la superación de la pincelada corta y menuda, típica de la etapa impresionista, para aplicar el color ahora de manera más fluida. Las frutas que contemplamos en primer plano se disponen sobre un aparador, acompañadas de un mantel, una gran copa, una botella de licor y el plato de los bizcochos. En la balda superior del aparador encontramos varias tazas con su correspondiente plato, otra manzana adelantada hasta el borde y un azucarero. Todos estos elementos se recortan sobre el color marrón del mueble, tonalidad que sirve para destacar la monumentalidad del aparador en el conjunto. La disposición espacial es acertada al distribuir los diferentes objetos en el espacio, estableciendo un conjunto que servirá como punto de partida en la evolución pictórica del maestro.
obra
El bufón Calabacillas formaba parte de una serie de cuatro bufones destinada a la Torre de la Parada, de los cuales uno se ha perdido. Sus compañeros serían Francisco Lezcano y Don Diego de Acedo. Toda la serie se suele fechar en torno a 1636.Calabacillas era bufón pero no enano, como se puede apreciar en la forzada postura en la que está representado. Lo que está fuera de toda duda es el estrabismo con el que se le representa, lo que motivaba su apodo de "Bizco". Junto a él vemos unas calabazas que le dan el sobrenombre; concretamente la de la derecha tiene un repinte, muy característico del maestro que dibujaba directamente sobre el lienzo. La figura está casi atrapada en una angosta habitación, cuya esquina se puede apreciar tras la cabeza del bufón, quien, a pesar de su categoría social, no vivía nada mal ya que disfrutaba de carruaje con mula y ración correspondiente, mucho más que la mayoría de los mortales del Siglo de Oro español.La factura suelta de cuello y puños, así como las manos en ligero movimiento, nos permiten ver la evolución del arte velazqueño, en el que la sensación de aire que envuelve las figuras hace que sus contornos se desdibujen y que el color y la luz se vayan adueñando de la composición. Las pinceladas, aplicadas como sí de manchas de óleo se tratase, se dejan ver sin ningún reparo, siguiendo la estela de Tiziano.
obra
Este retrato también estaba inventariado en el Palacio del Buen Retiro en 1701, formando pareja con el de Cristobal de Castañeda y Pernia, fechándose ambos hacia 1636. Sin duda no estamos ante la figura del hijo natural de Felipe II, sino ante un bufón que interpretaba el papel del héroe de la batalla de Lepanto. Al fondo de la composición se aprecian muestras de una contienda naval en referencia a la importante victoria conseguida por los españoles ante los turcos.El tratamiento espacial al que recurre Velázquez es sorprendente, empleando un suelo embaldosado - característico del Renacimiento Italiano - sobre el que se sitúa la parafernalia militar. También es digno de mención la perfección en el tratamiento del rostro, con un toque nobiliario que hizo creer a algún crítico del siglo XIX que estábamos ante el retrato del Marqués de Pescara. Y es que Velázquez retrata con gran estima a los bufones. El colorido y la factura empleados por el maestro recuerdan a Tiziano, cuyas obras pudo contemplar el sevillano tanto en Italia como en Madrid. Ese sensación de atmósfera que se crea alrededor de la figura, provocando la difuminación de los contornos, será típica de la Escuela Veneciana.