La aspiración a una reforma de la iglesia en Inglaterra era tan sentida como en el Continente. Los factores que la propiciaron eran similares: la misma piedad popular llena de supersticiones y de mediaciones, los mismos abusos del clero (excesos morales, absentismo pastoral) y las mismas críticas y exigencias de los medios intelectuales humanistas representados por Linacre, Colet y Moro. Incluso en Inglaterra, como en el centro de Europa, existían precedentes recientes de convulsiones religiosas o espirituales no olvidadas, como la que abanderó John Wycliff (1328-1384) a fines del siglo XIV. Por otra parte, ese ambiente facilita la acogida de las ideas de Lutero, que tienen en la universidad de Cambridge partidarios influyentes (T. Cranmer, Tyndale, Latimer), aunque Enrique VIII sea un convencido antiluterano. No obstante, fue un episodio ajeno a toda propuesta reformadora de la Iglesia, una petición de anulación matrimonial y un divorcio por razones de Estado, lo que produjo la ruptura con Roma. El papa Clemente VII negó la anulación matrimonial, necesaria a ojos de Enrique VIII para la consolidación de la dinastía Tudor, pues con un nuevo matrimonio se conseguiría el heredero masculino tan deseado. Para desenredar la situación, Enrique VIII consiguió que la Cámara de los Lores aprobara el nombramiento del rey como jefe supremo de la iglesia de Inglaterra "en cuanto lo permita la ley de Cristo". Fue el primer paso para constituir una Iglesia nacional sin romper definitivamente con Roma. La independencia judicial y fiscal vendrían a corroborar ese proceso y a forzar también las negociaciones con el Papado para conseguir la nulidad. En mayo de 1533 el arzobispo de Canterbury invalida el matrimonio regio y legaliza la nueva unión del monarca con Ana Bolena. El Papa excomulga a Enrique VIII. La respuesta real es votar y aprobar en el Parlamento, en noviembre de 1534, el "Acta de Supremacía", que, sin la cláusula que la condicionaba a la ley de Cristo, otorga al rey amplios poderes religiosos y eclesiales: gobierno de la Iglesia de Inglaterra, derecho de excomunión y de persecución y castigo de las herejías. La ruptura se había consumado políticamente. Se admitía sin más la superioridad real sobre el Papa. En adelante, según el "Acta", aquella Iglesia se llamaría "Anglicana Ecclesia". John Fisher, obispo de Rochester, y el que fuera canciller sir Thomas Moro, fueron procesados, condenados y decapitados en 1535 por no plegarse a la voluntad regia. Para organizar la nueva Iglesia Enrique VIII nombra a Thomas Cranmer y a Thomas Cromell, luteranos ambos, que llevan a cabo la confiscación y venta de las tierras del clero, la exclaustración de los monasterios y la supresión de las órdenes religiosas. Desde el punto de vista meramente doctrinal los obispos fieles al rey redactan una confesión de fe, los "Diez artículos" (1536), según los cuales se reducen a tres los sacramentos (bautismo, penitencia y comunión), se admite que las obras inspiradas por la caridad ayudan a la justificación del creyente y se rechazan las mediaciones de los santos aunque no su devoción. Así pues, la ruptura no es tan tajante como exigían los evangelistas y luteranos. Enrique VIII, además, a partir de 1538 frena toda novedad, destituye a sus consejeros luteranos y restablece la ortodoxia. A la muerte del soberano en 1547 el anglicanismo inglés es un catolicismo independiente de Roma, pero doctrinalmente idéntico. No existe herejía, sino cisma. Sólo después de la muerte de la reina María Tudor, durante el reinado de Isabel I (1558-1603), se formula y se afianza el anglicanismo con aportaciones protestantes. Isabel I recupera la supremacía sobre la Iglesia con la "Ley de supremacía" de abril de 1559. La confesión de fe fue redactada por los obispos adeptos a la reina: los "Treinta y nueve artículos" (1563) constituirían en adelante el signo de identidad de la Iglesia oficial anglicana y combinan elementos doctrinales protestantes y católicos. De los primeros conservaban la afirmación de que la Sagrada Escritura es norma suprema, la justificación por la fe, los dos sacramentos (bautismo y eucaristía), el rechazo de mediaciones y sufragios y el uso de la lengua inglesa en la liturgia. De los elementos católicos, se habla del valor de las obras, no se rechazan los otros sacramentos, se mantendría la estructura eclesiástica sobre la base de los episcopados, aunque la jefatura correspondería al monarca. Los descontentos fueron muchos, pero el anglicanismo terminaría imponiéndose y se convertiría en elemento sustancial de la identidad nacional inglesa.
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Una vez que la viuda había ofrecido una buena despedida a su marido, cabe preguntarse durante cuánto tiempo debía llorar su ausencia. La respuesta la encontramos en el año de luto. Esta costumbre romana permitía al hombre casarse nuevamente inmediatamente después de la muerte de su esposa, mientras exigía a la mujer esperar un tiempo considerable. Se trataba de lo que se denominó tempus lugendi - tiempo de llano, o de luto-. Desde Las Siete Partidas, donde ya se hace mención a esta práctica, los castigos que recogen los sucesivos cuerpos jurídicos en contra de aquellas viudas que no respetasen el tempus lugendi fueron principalmente de carácter patrimonial. De acuerdo con el antiguo Fuero Juzgo, la mujer que contraía segundas nupcias o cometía adulterio dentro de estos doce meses tenía que dar la mitad de su dote a los hijos de su primer matrimonio, y si no hubiera hijos, a los parientes más próximos de su marido. La Nueva Recopilación reafirmó en el siglo XVI esta pena contra el adulterio, pero garantizó el derecho de las viudas a contraer nuevas nupcias cuando ellas quisieran sin sufrir la pérdida de su dote. En Navarra la viuda perdía el usufructo de los bienes de su difunto esposo por romper su fealdad (viudedad navarra). Mientras que en Cataluña y Valencia este ínterin era conocido como el any de plor, o año de llanto. Se entendía que la mujer durante doce meses debía comportarse como si su marido viviera y, por lo tanto, no podía reclamar la restitución de su exovar, o dote, ni el pago del creix, o arras, a los herederos del difunto. A cambio los herederos del esposo debían dar a la esposa lo necesario para su sustento (derecho que también recogían los Fueros de Vizcaya). Esta consideración se aplicó a otros ámbitos: en el gremio, las ordenanzas permitieron a las viudas de sus oficiales mantener los negocios abiertos durante el año posterior al fallecimiento; y en el eclesiástico, ya que en algunas iglesias, y pese a la prohibición de que hombres y mujeres se sentasen juntos en el templo, se permitió que las viudas se situasen en el banco ocupado por sus maridos. Gráfico Pero, ¿por qué un año? Esta práctica que se remontaba a la Antigüedad cumplía varias funciones: en primer lugar se pretendía garantizar la legitimidad de lo hijos en los nueve meses siguientes al óbito del esposo; por otra parte, en caso de que la viuda reclamase la restitución de la dote, el año de luto otorgaba un tiempo valioso para que los herederos del marido pudieran recuperar los bienes suficientes con los que cancelar la dote de la viuda; y, finalmente, respetaba los cánones morales que los tratadistas preconizaban respecto a honrar la memoria del esposo. La literatura del Siglo de Oro recoge alguno de estos ejemplos de viudas virtuosas que respetan el código social. Tirso de Molina, nos presenta en la obra La prudencia en la mujer a la virtuosa reina viuda María. Ante la insistencia de aquellos que pretenden acceder al trono casándose con la viuda del rey, ella contesta con honor: Pues cuando en viudez llorosa la mujer más ordinaria al más ingrato marido respeto un año le guarda; cuando apenas el monjil adornan las tocas blancas, y juntan con la tristeza gloria del vivir casta; yo, que soy reina, y no menos al rey don Sancho obligada ¿Queréis, grandes de Castilla, que desde el túmulo vaya al tálamo incontinente? ¿De la virtud a la infamia? Más allá del ideal, según los estudios demográficos, las viudas españolas respetaron este año de luto. Diferentes autores establecen una media de dos años de luto para las viudas, mientras que el tiempo durante el que un viudo lloraba a su difunta esposa era a menudo inferior a los doce meses. Al fin y al cabo, para un viudo era perfectamente digno esperar sólo de tres a seis meses pues se entendía que el hombre necesitaba encontrar una mujer que realizase las tareas del hogar o cuidase de sus posibles hijos. Además, si pertenecía a niveles sociales más altos, debía pensar en transmitir sus bienes.
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El año mexicano El año de estos mexicanos es de trescientos sesenta días, porque tienen dieciocho meses de a veinte días cada uno; los cuales hacen trescientos sesenta. Tiene además otros cinco días que andan sueltos y por sí, a manera de intercalables, en los que se celebran grandes fiestas y crueles sacrificios, pero con mucha devoción. No podían dejar de andar errados con esta cuenta, que no llegaba a igualar con el curso puntual del Sol, pues aun el año de los cristianos, que tan astrólogos son, anda errado en muchos días; empero demasiado atinaban a lo cierto, y coincidían con las demás naciones. Los nombres de los meses Tlacaxipeualiztli Tozçuztli Huei tozçuztli Toxcatl Tepupochuiliztli Eçalcoaliztli Tecuit huicintli Huei tucuilhuitl Miccaihuicintli Vei miccaihuitl Uchpaniztli Tenauatiliztli Pachtli Heçoztli Huei pachtli PachtliQuecholliPanqueçaliztli Hatemuztli Tititlh Ciuaihuilt Izcalli Coauitleuac En algunos pueblos cambian los meses, y en otros los diferencian, según quedan señalados por sí, mas el orden que llevan es el corriente. Nombres de los días Cipactli Espadarte Hecatl Aire y viento Calli Casa Cuezpali Lagarto Couatl Culebra Mizquintli Muerte Maçatl Ciervo Tochtli Conejo Atl Agua Izcuyntli Perro Oçumatli Mona Malinalli Escoba Acatlh Caña Ocelotl Tigre Coautli águila Cozcaquahutli Buharro Olin Temple Tecpatlh Cuchillo Quiauitl Lluvia Xuchitl Rosa Aunque estos veinte nombres sirven para todo el año, y no son más que días entre cada mes, no empero cada mes comienza por cipactli, que es el primer nombre, sino como les viene. La causa de ello es los cinco días intercalables, que andan por sí, y también porque tienen semana de trece días, que remuda los nombres; la cual, pongo por caso que comience por ce cipatli, no puede correr más que hasta matltalomei acatl, que es trece; y luego comienza otra semana, y no dice matlactlinaui ocelotl, que es decimocuarto día, sino ce ocelotl, que es uno, y tras él cuentan los otros seis nombres que puedan hasta los veinte; y cuando han acabado los veinte días, comienzan de nuevo a contar del primer nombre de aquellos veinte; mas no como de uno, sino como de ocho; y para que mejor se pueda entender, es de esta manera: Ce cipactli. Ome hecatl. Ei calli. Naui cuezpali. Macuil couatl. Chiocoacen mizquintli. Chicome maçatl. Chicoey tochtli. Chiconaui atl. Matlacizcuintli. Matlactlioce oçumatli. Matlactliome malinalli. Matlactlomei acatlh. La semana siguiente a ésta comienza sus días de uno; mas aquel uno es decimocuarto, nombre del mes y de los días, y dicen: Ce ocelotl. Ome coautli. Ei cozcaquahutli. Naui olin. Macuil tecpatl. Chicoacen quiauitl. Chicome xuchitl. Chicoei cipactli. En esta segunda semana vino cipactli a ser octavo día, habiendo sido en la primera primero. Ce maçatl Ome tochtli. Ei atl. Naui izcuintli. Macuil oçumatli. Así comienza la tercera semana, en la cual no entra ese nombre cipactli; mas maçatl, que fue séptimo día en la primera semana, y no tuvo lugar en la segunda, es el día primero de esta tercera semana. No es más oscura cuenta ésta que la nuestra que tenemos, por solas estas siete letras, a, b, c, d, e, f y g; porque también ellos se mudan y andan de tal manera que la a, que fue primer día de un mes, viene a ser el quinto día del otro mes siguiente, y al tercer mes es tercer día; y así hacen con las otras seis letras. Cuenta de los años Otra manera muy diferente de la dicha tienen para contar los años, la cual no pasa de cuatro; pero con uno, dos, tres y cuatro cuentan ciento, y quinientos, y mil, y en fin, todo cuanto es menester y quieren. Las figuras y nombres son tochtli, acatlh, tecpatlh y calli, que son conejo, caña, cuchillo y casa; y dicen: Ce tochtl Es un año. Ome acatlh Dos años. Ei tecpatlh Tres años. Naui calli Cuatro años. Macuil tochtli Cinco años. Chicoacen acatlh Seis años. Chicome tecpatlh Siete años. Chicuei calli Ocho años Chiconaui tochtli Nueve años. Matlactli acatlh Diez años. Matlactlioce tecpatlh Once años. Matlactliome calli Doce años. Maclactlomei tochtli Trece años. Tampoco sube la cuenta a más de trece, que es semana de año, y acaba donde comenzó. Otra semana Ce acatlh Un año. Ome tecpatlh Dos años. Ei calli Tres años. Naui tochtli Cuatro años. Macuil acatlh Cinco años. Chicoacen tecpatlh Seis años. Chicome calli Siete años. Chicuei tochtli Ocho años. Chiconaui acatlh Nueve años. Matlactli tecpatlh Diez años. Matlactlioce calli Once años. Matlactliome tochtli Doce años. Matlactliomei acatlh Trece años. La tercera semana de años Ce tecpatlh Un año. Ome calli Dos años. Ei tochtli Tres años. Naui acatlh Cuatro años. Macuil tecpatlh Cinco años. Chicoacen calli Seis años. Chicome tochtli Siete años. Chicuei acatlh Ocho años. Chiconaui tecpatlh Nueve años. Matlactli calli Diez años. Matlactliome techtli Once años. Matlactliome acatlh Doce años. Matlactlomei tecpatlh Trece años. La cuarta semana Ce calli Un año. Ome tochtli Dos años. Ei acatlh Tres años. Naui tecpatlh Cuatro años. Macuil calli Cinco años. Chicoacen tochtli Seis años. Chicome acatlh Siete años. Chicuei tecpatlh Ocho años. Chiconaui calli Nueve años. Matlactli tochtli Diez años. Matlactlioce acatlh Once años. Matlactliome tecpatlh Doce años. Matlactiomei calli Trece años. Cada semana de éstas, que los nuestros llaman indición, tiene trece años, y las cuatro juntas hacen cincuenta y dos años, que es número perfecto en la cuenta; y es como decir el jubileo, porque de cincuenta y dos en cincuenta y dos años tienen muy solemnes fiestas, con grandísimas ceremonias, según después trataremos. Contados estos cincuenta y dos años, vuelven a contar de nuevo, por el orden arriba expuesto, otros tantos, comenzando por ce tochtli, y luego otros y otros; pero siempre comienzan por el conejo. Así que con esta manera de contar tienen recuerdo de ochocientos cincuenta años, y saben muy bien en qué año aconteció cada cosa, qué rey murió y qué hijos tuvo, y todo lo demás que atañe a la historia.
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En el catálogo de la XIV Exposición de la Secession se alude a este tercer panel del Friso Beethoven como "El anhelo de felicidad se sacia en la poesía. Las artes nos transportan al reino ideal, fuente única de alegría pura, de pura felicidad, de puro amor. Coro de ángeles en el paraíso. Himno a la Alegría". Este último panel es el más interesante de todo el conjunto, integrado también por Anhelo de felicidad, Las fuerzas enemigas y la Música. Según Carl E. Schorske "Klimt concibió el último panel con relación a un verso de la "Oda a la Alegría" de Schiller". Las tres artes supremas nos conducen al coro de ángeles, integrado por tres filas de figuras femeninas vestidas con largas túnicas doradas, situado en un prado de brillantes flores. A continuación nos encontramos con el caballero armado que se ha despojado de su armadura y se funde en un abrazo con una mujer también desnuda, recurriendo a una temática habitual en la pintura del maestro que también observamos en Amor, La Satisfacción o El Beso. El abrazo tiene lugar en un útero (Schorske) y tras los amantes podemos observar un rosal y el sol y la luna. "Incluso en ese cielo, los cabellos de la mujer rodean los tobillos de su amante de esa manera peligrosa que hemos llegado a conocer tanto en Klimt. El sexo coge en una trampa incluso en Arcadia" (Schorske). Este autor no duda en relacionar este panel final con la Jurisprudencia.El beso significa en este conjunto el triunfo sobre las fuerzas hostiles. Los amantes desnudos, ocultando la amplia espalda del caballero a su amada; la mujer tiene los brazos alrededor del cuello del caballero y se esfuerza por levantarse hacia él mientras éste se inclina hacia la amada. Bien es cierto que no vemos el beso pero se presiente, se palpa la fuerza erótica de este encuentro. "El premio de su victoria es el amor que le espera, personificado en una mujer. La femenieidad de ella es más importante que su individualidad; no pueden verse ni su cuerpo ni su rostro" (S. Partsch). En su estudio sobre el Friso Beethoven, Jean Paul Bouillon afirma que "la revelación de la sexualidad no supone una auténtica liberación. Por el contrario, Klimt se extravía en una doble pesadilla: la de la mujer castradora -esta vez representada por su propio sexo y no, como sucedía en 1901 en Judith I, dando el rodeo al simbolismo- y la de la mujer lasciva, en la que el placer que desea comunicar se encuentra en sí misma (...) y supone un peligro para el hombre".Los especialistas consideran el Friso Beethoven como el punto de inflexión en la carrera de Klimt, tanto en su contenido como en su forma de plasmarlo. Las figuras planas dominan el conjunto, apartándose del naturalismo imperante para tender a la bidimensionalidad, siguiendo la estampa japonesa; algunos elementos se estilizan al máximo y casi se simplifican como meros dibujos; emplea asiduamente el dorado, especialmente en este último panel, creando un efecto decorativista que se continuará en trabajos posteriores, culminando en el retrato de Adele Bloch-Bauer I. Podemos aludir a la influencia bizantina, concretamente de los mosaicos de la iglesia de San Vitale de Ravena que tanto llamaron su atención, en referencia a esta actitud decorativista que se convertirá en símbolo de su producción. El empleo de diversos materiales le relaciona también con los trabajos de los Talleres de Viena y la filosofía de arte total que estos talleres propugnaban.Cuando la exposición finalizó, el 27 de junio de 1903, la estatua de Beethoven realizada por Klinger se envió a Leipzig y los frescos que adornaban las salas del edificio de la Secession se destruyeron, excepto el friso de Klimt ya que iba a participar en la XVIII Exposición del grupo dedicada precisamente a este pintor. Tras la exhibición, el friso se cortó en ocho piezas que fueron vendidas a coleccionistas particulares. El conjunto fue adquirido por August Lederer en 1915 y en 1973 pasó a ser de titularidad pública, exponiéndose por primera vez en 1985, exhibiéndose en la actualidad en la Casa de la Secession.
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El antierasmismo empezó muy pronto en España. La política antierasmista surgió en 1519 y comenzó en la Universidad de Alcalá. La gran ocasión de denunciar a Erasmo como perturbador del orden establecido la promovieron las órdenes mendicantes en la congregación de Valladolid de 1527. Los frailes, a instancias del proerasmista inquisidor general Manrique compilaron un cuadernillo de 17 capítulos en el que se presentaba a Erasmo convicto de grandes errores. La Inquisición aceptó el codicilo, cuya copia envió a unos 30 teólogos intimándoles a comparecer en Valladolid. El escrito se convirtió en un documento base para un simposium de alto nivel. A lo largo de 16 sesiones se escucharon pareceres de todo tipo. El inquisidor Manrique decidió suspender las sesiones de la congregación, librando así a Erasmo de las provisiones adversas que le hubieran venido encima. El erasmismo obtuvo una victoria aparente y efímera. Sin embargo, el grupo erasmista cortesano va a ser disuelto por la fuerza de los acontecimientos: Gattinara y Valdés parten para Italia con el Emperador; Sancho Carranza de Miranda queda en Sevilla; Ruiz de Virués, en Valladolid y Núñez Coronel y Juan de Vergara, en Toledo. En 1532 muere el secretario Valdés; en 1552, Enzinas; en 1553, Mateo Pascual; en 1559, el Arcediano de Alcor. La relación de la Inquisición con el erasmismo ha sido analizada por Bataillon. Su lapidaria fórmula del monachatus non est pietas, sus ironías contra los enemigos del humanismo cristiano, sobre todo contra los frailes mendicantes, sus Anotaciones al Nuevo Testamento fueron generando agresividad contra Erasmo y sus supuestos errores. Pronto los procesos inquisitoriales se dejaron sentir sobre los erasmistas. El primer procesado fue Juan de Vergara, condenado en 1535 a pena de reclusión en un monasterio y una multa. Asimismo, sería procesado en 1535 el benedictino Alfonso Ruiz de Virués, condenado a abjuración de levi y dos años de reclusión. Otros, como el librero Miguel de Eguía (1533), el ex-rector del colegio complutense de San Ildefonso Mateo Pascual (1537), el ex-canciller de la Universidad de Alcalá Pedro de Lerma (1535), el valenciano Miguel Mezquita (1537), el doctor López de Illescas (1539) fueron procesados y encarcelados. Sólo de esta promoción fue condenado a muerte el librero Juan del Castillo que, apresado en Bolonia, sería quemado en Toledo en 1539. Con razón se quejaba Vives desde Brujas de estos tiempos difíciles en que no se puede hablar ni callar sin peligro. Y el estudiante Rodrigo Manrique (hijo del inquisidor general) escribía a Vives desde París, al enterarse de la persecución contra Vergara: "Cuando considero la distinción de su espíritu, su erudición superior y (lo que cuenta más) su conducta irreprochable (...) me cuesta mucho trabajo creer que se puede hacer algún mal a este hombre excelente. Pero reconociendo en esto la intervención de calumniadores desvergonzadísimos, tiemblo, sobre todo si ha caído en manos de individuos indignos e incultos que odian a los hombres de valor, que creen llevar a cabo una buena obra, una obra piadosa, haciendo desaparecer a los sabios por una sola palabra o un chiste. Dices muy bien, -sigue escribiendo R. Manrique a Vives- nuestra patria es una tierra de envidia y soberbia, y puedes agregar, de barbarie". En 1536, se prohibieron los Coloquios en Romance; un año después, la edición latina de los mismos. El nombre de Erasmo aparecerá en los índices de la Inquisición española de 1551, 1559, 1583 y 1612. Ahora bien, los índices de la Inquisición española fueron más benignos con Erasmo que los índices romanos de Paulo V o Pío V e incluso que el más benévolo de Trento (1564). Erasmistas, místicos y renovadores de distinto signo fueron pronto sospechosos de identificación con un monstruo en buena parte creado por la Inquisición. Las primeras medidas tomadas por el Santo Oficio contra el luteranismo se dirigieron hacia el control de los libros. Las confesiones y las quemas de la literatura luterana no se hicieron esperar: en 1521 la Inquisición de Aragón y de Valencia; en 1523 la de Navarra; en 1530 la de Valencia y la de Toledo; en 1531 la de Salamanca, etcétera. El concepto de Lutero antes de 1540 era esencialmente mítico. Bataillon se cuestiona muy seriamente si puede hablarse de protestantismo español de 1536 a 1556, y Longhurst cree que es imposible escribir la historia del luteranismo antes de 1547. Los luteranos procesados en estos años son extranjeros cuyo principal delito era el de ser forasteros en un ambiente progresivamente xenófobo y que, en su mayor parte, son gente que ha oído hablar de Lutero sin haber leído nada del fraile agustino. En 1523 el tribunal de la Inquisición de Mallorca ejecutaba al pintor Gonzalvo por luteranismo; en 1524 el de Valencia procesaba al mercader alemán Blay; en 1528 el mismo tribunal condenaba a un tal Cornelius, pintor de Gante, y al agustino valenciano Martín Sanchís, el primer caso de luteranismo autóctono en la Península. El gran problema que tuvo la Inquisición en estos años fue la precisa diferenciación del erasmismo y el luteranismo. A partir de 1532, sobre todo desde el proceso de Vergara, la escalada represiva arrastrará luteranismo y erasmismo sin ningún matiz diferencial. Y eso que el arzobispo Manrique fijó de alguna manera la doctrina de Lutero en los edictos de gracia. En los procesos del propio Vergara, Tovar, Eguía, Cazalla, Castillo y otros, tras la acusación de iluminismo se incluye la de luteranismo. La persecución del luteranismo la encabezó especialmente el inquisidor Fernando de Valdés. El luteranismo tendría dos focos fundamentales: Valladolid y Sevilla, que dieron lugar a los famosos autos de fe de 1559. El grupo luterano castellano destacó por la elevada posición social e intelectual de sus miembros, en contraste con el grupo sevillano, que tuvo una proyección más popular. En Valladolid la doctrina se transmitió a través de coloquios; en Sevilla, desde los púlpitos. El problema de la valoración de estos círculos protestantes sigue abierto: ¿constituía el luteranismo una cuestión tan grave o había sido hinchada su trascendencia interesadamente? Bataillon niega la trascendencia de estas comunidades protestantes. González Novalín opina todo lo contrario. Para él hubo una verdadera infiltración protestante que nada tiene que ver con el erasmismo. Tellechea, en los últimos años, ha insistido en la auténtica naturaleza luterana de los procesados de 1559 contra los escrúpulos de Bataillon en admitir esta etiqueta. Para este historiador se trata de un genuino brote de protestantismo en España, por influjo procedente de diversos modos del exterior y en perfecta sintonía con el fenómeno protestante europeo. Lo cual, en pluma del historiador que mejor ha estudiado los sufrimientos y peripecias de Carranza en su proceso inquisitorial es bastante creíble. Hubo toda una corriente de luteranos, que sin embargo, no pudieron ser procesados por la Inquisición, ya que permanecieron fuera de España. De entre ellos, sobresalen Pérez de Pineda, Cipriano de Valera, Casiodoro de Reina y Antonio del Corro. Lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XVI, con el reinado de Felipe II y a caballo de las directrices de Trento, triunfan plenamente los principios de la Contrarreforma.
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Es opinión común de los historiadores que los antiguos israelitas no llegaron a tener un concepto de Estado, sino de pueblo unido por una misma religión. El hecho de que ocuparan una tierra de paso para muchos otros pueblos fue un factor condicionante de su cultura, que recibió numerosas influencias externas, como la egipcia, la helenística o la romana. Desde un punto de vista político el antiguo pueblo de Israel puede ser considerado como una comunidad regida por una teocracia, en la que la figura de Dios ocupa el lugar más prominente. Este hecho podría explicar lo tardío de la introducción de la institución monárquica con respecto al resto de los vecinos. Los primeros estados nacionales en Siria y Palestina, como Amón, Edom y Moab, se formaron a finales del II milenio a.C. Se trataba de pequeñas monarquías electivas, cuyo sistema político sirvió de ejemplo a los israelitas cuando éstos decidieron instaurar su propia monarquía. Ya desde sus comienzos este sistema contó con la oposición del grupo sacerdotal, en especial del sacerdote Samuel. Los reyes de Judá e Israel y la institución monárquica fueron también atacados por los profetas Oseas, Ezequiel y Elías, así como el Deuteronomio. Incluso varios reyes fueron asesinados. De este clima contrario a la monarquía sólo se salva el reinado de David. En consecuencia, el Estado de Israel fue efímero, probablemente debilitado por su propia estructura, con varias tribus unidas cuyo único elemento aglutinante es la religión y con una monarquía no dinástica. Saúl, el primer rey elegido, fue con quien comenzó a asentarse un sistema político que sería seguido posteriormente: la sacralización del trono y la unión del monarca con la divinidad. En realidad, Saúl debe ser visto más como un caudillo militar, continuador de los Jueces, elegido por Yahvé para liberar a su pueblo. A pesar de su mando sobre las tribus, éstas mantuvieron su autonomía administrativa. David, también rey carismático y ungido por Samuel, supone un cambio radical en la institución monárquica. David no fue elegido, sino aclamado por el pueblo, y con el Israel dejó de ser un Estado nacional para convertirse, al estilo del Egipto faraónico, en un aparato administrativo y burocrático. Salomón, por último, da paso a su muerte a la división del reino en dos, Judá e Israel. Cuando ambos reinos fueron sometidos, la religión y las costumbres del pueblo israelita continuaron durante el cautiverio, sostenida por los clanes hebreos y dirigida por el consejo de ancianos y sacerdotes.
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Ernst es, junto con Miró, el que mejor lleva a cabo la surrealización de la actividad artística. En el caso de Ernst no es el sueño el que da lugar a la imagen, al contrario. La imagen se desarrolla en el cuadro y el artista es el espectador de su propia obra, a cuya realización asiste. El sueño no nos lleva a sus imágenes, sus imágenes nos remiten al sueño. Ernst no pinta lo soñado, sueña lo pintado; por eso algunos le han considerado el más surrealista de todos.
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El 6 de junio de 1944, a mediodía, Winston Churchill habló a los comunes. Después de haber exasperado la paciencia de los diputados durante más de veinte minutos narrando las distintas fases de la conquista de Roma acaecida algunos días antes, se decidió pasar, finalmente, al tema del día: "Tengo que anunciar también a la Cámara que durante la noche y las primeras horas de esta mañana ha dado comienzo el primero de una serie de desembarcos de nuestras fuerzas en el continente europeo. En esta ocasión, el ataque liberador ha tenido lugar sobre la costa francesa. Una inmensa flota, formada por más de 4.000 barcos junto con varios miles de unidades menores, ha atravesado la mancha. Masivos lanzamientos de paracaidistas han tenido lugar con éxito detrás de las líneas enemigas, mientras que los desembarcos en las playas se están produciendo en este preciso momento en distintos puntos de la costa de Normandía. Las baterías costeras han sido reducidas, en gran parte, al silencio. Los obstáculos que se presentaron en el mar han sido menos difíciles de superar que lo que se temía. Las unidades angloamericanas están apoyadas por casi 11.000 aviones de primera línea, los cuales pueden intervenir según las necesidades de la batalla. No es posible, naturalmente, detenerme en los detalles de la batalla. Las noticias llegan casi sin interrupción. Hasta este momento, los comandantes de las unidades implicadas comunican que todo se desarrolla según los planes previstos. ¡Y qué planes! Esta gigantesca operación es, sin duda, la más compleja y difícil que jamás ha tenido lugar. Ha obligado a tener en cuenta las mareas, los vientos, el estado del mar, la visibilidad en el mar y en el aire; ha impuesto que la utilización simultánea de las fuerzas de tierra, de aire y de mar se realice en la más absoluta colaboración en presencia de condiciones que no se podían, y de hecho no se pueden, prever. Hay motivos para esperar que la sorpresa táctica se realice efectivamente; contamos con obsequiar al enemigo con una serie de sorpresas a lo largo de la campaña. La batalla que ha comenzado aumentará continuamente en amplitud y en intensidad durante las primeras semanas; por mi parte no intentaré hacer previsiones sobre su desarrollo. Puedo decirles también que entre las fuerzas aliadas hay un total espíritu de unidad; hay una sola hermandad de armas entre nosotros y nuestros amigos americanos; hay una completa confianza en el Comandante Supremo, el general Eisenhower, y sus lugartenientes, así como en el comandante supremo de la expedición, el general Montgomery. El entusiasmo y el coraje de las tropas que se han embarcado durante estos días son, como he podido constatar, magníficos. Nada de lo que la experiencia, la ciencia y la prudencia puedan sugerir se ha olvidado; todas las operaciones ajenas a la apertura de esta gran frente se realizarán con la máxima decisión tanto por parte de los jefes militares como por parte de los gobiernos de los Estados Unidos y de Gran Bretaña, de los que dependen".
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Desde sus comienzos, el Gobierno central de la China imperial estaba compuesto de dos partes: los departamentos, situados en la capital, que se ocupaban de los asuntos de todo el Imperio, y los órganos de la administración regional, cuya acción estaba limitada a las demarcaciones territoriales. Estas dos partes, pueden, a su vez, considerarse como el gobierno central y las autoridades provinciales. La Administración central se concentraba en la capital: Beijing. La institución fundamental de período Qing fue el llamado Consejo de Estado, creado por Yung-Cheng en 1729. El Gran Consejo adquirió las funciones del antiguo Nei-Ko o Gran Secretariado, que se había convertido en un instrumento en el que los estadistas recuperaban parte del poder que el trono perdía. Los consejeros de Estado tenían como función primordial asesorar acerca de todos los asuntos importantes sobre todo en lo que concernía al nombramiento de la cúspide del funcionariado; eran designados por el emperador y la única manera eficaz de que éste llegara a dominar el panorama político era la elección acertada de sus ministros. Por medio de esta facultad, su autoridad se expresaba de forma potente y decisiva. El gobierno Qing se enfrentaba con circunstancias en cierto modo diferentes, pues funcionaba bajo los auspicios de una casa conquistadora extranjera, por lo que se estableció la práctica de nombrar titulares simultáneos para los más importantes puestos del gobierno, uno chino y otro manchú, y se adoptó la misma norma en algunos escalones más bajos, posiblemente con la intención no sólo de frustrar cualquier síntoma de oposición anti-manchú, sino también para que los incultos funcionarios manchúes se beneficiaran de la capacidad burocrática de los chinos. Otras instituciones fueron la Censoría, que databa de la época anterior, pero que en el siglo XVIII continúa conservando sus funciones e incluso se pretende que sirva de contrapeso al poder del Consejo de Estado; y los seis ministerios, creados también con la dinastía anterior y en dependencia directa del emperador.
contexto
A finales del siglo XV el Imperio contaba con una estructura un tanto obsoleta y poco capacitada para asumir los cambios políticos y sociales que estaba viviendo el mundo occidental europeo. El emperador era elegido por los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia y por los cuatro electores laicos: el conde del Palatinado, el duque de Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el rey de Bohemia. La administración imperial, que no debe confundirse con la del emperador como príncipe autónomo, contaba con una cancillería (Kanzlei), que, pese a la gran cantidad de documentación diplomática que debía tramitar, disponía de un numero escaso de funcionarios. La tesorería (Schatz) era el segundo organismo de la administración imperial, cuyos recursos, limitados a los impuestos de las ciudades y a los derechos de cancillería, eran cada vez menos importantes. El Imperio contaba con una asamblea política, la Dieta Imperial (Reichstag). En ella participaban los príncipes y nobles y los representantes de las ciudades, algunas miembros de pleno derecho como las villas suabas y renanas -el llamado tercer colegio de la Dieta- y otras asistentes en calidad de invitadas. Presidida por el emperador o en su defecto por el canciller imperial, la Dieta no contó nunca con jurisdicción efectiva sobre toda Alemania, ya que sus ordenanzas solían ser ignoradas en la mayoría de los principados. También disponía de un tribunal de justicia (Reichskammergericht), que había sustituido al antiguo Reichshofgericht, en el que los príncipes no contaban con inmunidad. Desde 1415 la nueva audiencia, antiguo Tribunal del Tesoro (Kammergericht), monopolizó la vida judicial del Imperio, sobre todo al pasar de simple cámara fiscal a competir en asuntos de todo tipo, gracias a las ordenanzas de 1471 y 1498. Su nueva constitución suele asociarse a la recepción del derecho romano en tiempos de Maximiliano I. No cabe duda de que existieron algunos proyectos de reforma de las instituciones imperiales a lo largo del siglo XV (Segismundo, Maximiliano, etc.), pero éstas no pudieron cristalizar porque, en palabras de D. Hay, "ninguno de los poderes estaba en Alemania preparado para permitir un fortalecimiento del emperador y porque toda reforma significaba impuestos y nadie se hallaba preparado para apoyar contribuciones permanentes a un gobierno central". Los electores se resistían a toda pretensión imperial y, en la mayoría de los casos, los propios emperadores sólo veían en la dignidad imperial un medio para acrecentar el patrimonio de sus respectivos linajes. La Reforma luterana fue la encargada de dar el golpe de gracia a los proyectos de centralización imperial, al sumarse la controversia religiosa a las divergencias ya existentes en el seno de Alemania.