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contexto
Estos modelos estructurales fueron materializados gracias al empleo de fábricas de composición y aspecto muy variados, al contrario que los puentes, que fueron de piedra exclusivamente, y en cierta manera como los diques, donde hemos visto una mayor variedad de materiales. Las formas de los acueductos, sobre todo de las arcuationes, son de dimensiones menores que las de los puentes y no digamos de las de los diques; esto y su continuidad y estrecha relación con ambientes urbanos, aconsejaron el empleo de materiales más moldeables, entre los que, como cabría esperar, los ladrillos y las mamposterías ocuparon un lugar significativo, incluso a veces como material monográfico. Ciertamente los ladrillos, cuyo carácter urbano y de cierto monopolio oficial fue siempre un factor restrictivo de su uso, es el menos utilizado pues sólo se da en aquellos casos (Itálica y León) donde se documentan instancias estatales o militares muy cercanas. Antes de entrar en la descripción de los elementos que están documentados, conviene reseñar dos aspectos complementarios. El primero de ellos, ya apuntado y muy reiterado, es que el factor de propaganda es tan significativo que, pese a la rareza de su hallazgo, las inscripciones conmemorativas debieron ser bastante usuales en los acueductos. Por otro lado, nos interesa señalar que es en este campo de los acueductos donde el acto de fe, que supone el estudio de puentes y diques, ante la carencia casi absoluta de excavaciones, es menor, ya que las conducciones de agua duraron escaso tiempo por ser muy artificiosas y no volvieron a usarse, por lo que pisamos un terreno mucho más seguro, de manera que el análisis de los restos existentes es, a falta de otras pruebas, una guía relativamente segura. De todas maneras este problema, el de datar sin pruebas científicas, es un riesgo que asumimos cuantos a esto nos dedicamos, pero lo que ya no parece tan justificable es que sobre bases inseguras se monten tragedias como la siguiente, referidas a la destrucción, en los años sesenta del siglo XX, del acueducto de Sevilla: "Y ha sido tan auténticamente vandálica, que no hemos podido encontrar ni un solo ladrillo abandonado de los millares que tuvieron que salir en el derribo. Y para mayor befa de romanos en las cinco arcadas que se han conservado, respondiendo quizás a aquella proposición de la Comisión Provincial de Monumentos de un número de metros del monumento que de común acuerdo sea determinado, se ha suprimido la caja, quedando así el pobre vestigio descabezado y sin sentido. Parece que en este desaguisado no ha tomado parte la Comisión de Monumentos, pues según me comunicaba un vecino de la zona, se dieron tanta prisa en derribar, que cuando llegaron los de Monumentos, no quedaba ya nada en pie". El texto que acabamos de citar es de C. Fernández Casado, quien dedicó una buena parte a consideraciones de este tenor, dando por buenos los informes de la Academia madrileña frente a las opiniones de la Comisión sevillana: "Como informa la Academia en el acta de defensa, desgraciadamente inútil, el acueducto era una de las pocas construcciones que quedaban de los romanos en Hispalis, y se encontraba entonces en casi su completa supervivencia. En construcciones de ladrillo era también excepcional, pues aunque existen varios puentes y el acueducto de Itálica en la región bética, se encuentran reducidos a ruinas en sus últimas fases, como le ocurre a este último, o se encuentran en lugares difícilmente accesibles". Los argumentos científicos del autor de estas citas eran los siguientes: "Resulta casi incontrovertible que la conducción y con ella el acueducto, es decir, la obra sobre arcos es romana, primero porque ya existía en época almohade, y anteriormente sólo los romanos han sido capaces de acometer una obra de tanto empeño. Ya hemos indicado que la zona de arcadas, sin contar la obra sobre muros, tendría unos 4 km de longitud, y es preciso descender hasta época actual para que se construyan puentes de fábrica de tal envergadura. Alineaciones rectas mantenidas con la constancia y la regularidad que destacan en la conducción solamente puede ser obra de romanos". Con los datos que ofreció Fernández Casado en otras partes de su estudio resulta claro para el lector medio que la parte visible del acueducto era, como mínimo, medieval, pero una lectura más ajustada de los mismos datos y la consideración de otros que estaban publicados entonces, avala los datos de la Comisión: el acueducto que vio derribar aquel avisado vecino había sido levantado a mediados del siglo XIX por una compañía, la "Seville Water Works", cuya aportación hídrica los sevillanos de los años cincuenta llamábamos el agua de los ingleses. Sin embargo, conviene señalar que, efectivamente, el acueducto de Itálica sí era de ladrillo, como muchas de las obras de la propia Roma, pero como los demás acueductos y puentes andaluces de época romana, era de los de menor aparato de todos los que conocemos en Hispania; así el de Almuñécar, el mayor de los de Boelo y el de Vícar en Almería, son de mampostería, y de aparejo muy irregular, cosa que también apreciamos en otros menores, tan pequeños que incluso carecen de arcos, consistiendo sólo en un sencillo muro. El acueducto de Almuñécar tiene estructuras variadísimas, tanto que, además de un sifón, según deduce Fernández Casado, posee una estructura del primer tipo (acueducto III del río Seco), otra del tercer modelo (acueducto II del río Seco) y otra con arquillos secundarios en las pilas (acueducto de Torres Cuevas), idéntica a las del acueducto de Boelo y al de Ceuta, datos que sugieren orígenes africanos a esta disposición, y cuya razón constructiva está aún por explicar satisfactoriamente, pero que en cualquier caso parecen relativamente tardías, tal vez de fines del siglo II d. C. o comienzos de la centuria siguiente. El más raro de estos acueductos es el citado de Almería, conocido solamente a través de una única publicación, y cuya romanidad se basa sólo en el olfato de su descubridor, acompañado de las características africanas que parecen comunes a las conducciones de esta época, localizadas todas ellas, como he señalado, en zonas costeras. Estos acueductos pertenecen a una etapa intermedia en la cronología de los acueductos hispanos, la que cubre la segunda mitad del siglo II d. C. y el siguiente hasta la Anarquía Militar, caracterizada por la multiplicidad de las soluciones y el carácter poco exhibicionista de las obras, de envergadura mediana. Antes, desde los años de Augusto hasta los de Adriano, se fabricaron conducciones muy espectaculares por su tamaño, costosas por el material y de los tipos estructurales más sencillos. De todos ellos el ejemplar más antiguo, en mi opinión, es el Aqua Augusta de Emerita, es decir, la conducción que partía de Cornalvo, formada casi toda ella por tramos subterráneos o sobre muro, pues su trazado se eligió para evitar precisamente los grandes desniveles, de manera que hoy sólo conocemos un arco de esta conducción, formando el aliviadero de un largo muro. Creo que el acueducto de Les Ferreres de Tarraco debe ser algo más tardío, quizás de los años centrales del siglo I d. C., en la época en que se construyó el gran foro provincial: es una hermosa estructura, labrada en sillares almohadillados, animados en apariencia por la estética brutalista de la Porta Maggiore claudiana, y construida según el modelo de estructura más simple. Las mismas razones formales nos aconsejan fechar por estos años el acueducto que corrió por el lugar del que llamamos hoy de San Lázaro, en Mérida, pues, como veremos, la arquería actual es bastante tardía. Al mismo tipo pertenece el acueducto de Segovia, prodigio de equilibrio y hermoso despilfarro, ejemplo de cómo el deseo de pregonar los beneficios de la romanidad primaban sobre otra consideración; la propaganda quedó explícita en el letrero, de capitales de bronce, que campeó en la gran cartela del arranque del segundo orden de arcos, justamente en la parte donde mayor altura tenía. La sillería, colocada a hueso, estaba animada por sucesivas cornisas molduradas, que resolvían los relejes de los pilares telescópicos. Hace ya unos años que, basándose en razones epigráficas y en similitudes formales, don Antonio Blanco Freijeiro fechó esta increíble estructura, notable por lo que ha durado intacta y por su belleza sin artificios, en los breves años del emperador Nerva. Poco después se labró el acueducto que tenía como caput aquoe el pantano de Proserpina, es decir, el antecesor de lo que llamamos hoy Los Milagros, en Mérida, del cual sólo subsiste un par de pilares y un arco justo en el paso del Albarregas. Hace ya bastante tiempo que deduje, por razones de oportunidad urbana, de técnica edilicia (es una obra de sillería grapada) y por parecido formal con puentes fechados en el imperio de Trajano (Alcántara y Alconétar y por extensión el de Salamanca), que sería de esa misma fecha. Hay otros muchos acueductos hispanos de esta época, o al menos así lo parecen, pues la mayoría posee sillares almohadillados y estructuras del modelo que hemos visto en Tarraco. El más curioso de todos ellos es el de Los Bañales, ya que consistió en una sucesión de pilares que sostenían un specus de madera. La tercera época de los acueductos hispanos, dejando a un lado las reparaciones que pudieran constatarse en alguno de los que hemos descrito ya, debe ser bastante tardía, tanto como los años de Diocleciano, o quizás los de Constantino, y se reduce a las arquerías cercanas a Mérida, es decir, Los Milagros y San Lázaro tal como se nos presentan hoy. Hace ya varios años que señalé la evidencia de que casi todo el material pétreo que vemos en ellas está reaprovechado, y también indiqué que en ambos casos estamos ante estructuras del segundo modelo, más seguras y de aspecto bien distinto de lo contemplado en Segovia o en Tarragona. Estas arquerías emeritenses son atribuibles, como el palatium recientemente destruido en Córdoba, cuya magnífica y sólida fábrica también aprovechó materiales de derribo de forma masiva, a la iniciativa constantiniana atestiguada por otras fuentes. La primera novedad edilicia es que sus pilares tenían planta cruciforme, aunque la parte que podríamos llamar estribos, por alguna razón, se trabó mal con el núcleo, y así se desprendieron, dejando ver el interior de hormigón. La segunda es que, para regularizar las hiladas de sillares reaprovechados, se intercalaron hiladas de ladrillo. La tercera, ya adelantada al referirnos al tipo general, es que los arcos no eran indispensables, salvo los más altos, pues muchos de ellos han fallado y los pilares, indudablemente sobredimensionados, han resistido perfectamente, como si fuesen, por accidente, una ampliación de los del acueducto de Los Bañales. Señalemos, finalmente, el impacto que su arruinada visión produce, pues si en Segovia o en Tarragona una de las causas de la admiración general es la sorpresa al contemplarlos virtualmente intactos, en Mérida la ruina les ha añadido un valor plástico que en su momento estaba atenuado por la regularidad de su trazado.
obra
Posiblemente sea la obra maestra de la etapa sevillana por lo que se realizó entre 1619-1622. Aparecen dos figuras en primer plano, un aguador y un niño, y al fondo un hombre bebiendo en un jarro, por lo que se ha sugerido que podría representar las tres edades del hombre. Velázquez sigue destacando por su vibrante realismo, como demuestra en la mancha de agua que aparece en el cántaro de primer plano; la copa de cristal, en la que vemos un higo para dar sabor al agua, o los golpes del jarro de la izquierda, realismo que también se observa en las dos figuras principales que se recortan sobre un fondo neutro, interesándose el pintor por los efectos de luz y sombra. El colorido que utiliza sigue una gama oscura de colores terrosos, ocres y marrones. La influencia de Caravaggio en este tipo de obras se hace notar, posiblemente por grabados y copias que llegaban a Sevilla procedentes de Italia.
obra
Arthur Huc, director del periódico "Dépêche de Toulouse", encargó a Toulouse-Lautrec esta litografía para la elaboración de un cartel que sirviera de propaganda para la publicación por entregas en el periódico de la novela "Les drames de Toulouse" escrita por A. Siégel. El pintor representó el asunto Calas que recoge un triste episodio tolosano: un hombre de ascendencia nobiliaria, en plena noche, encuentra a su hijo ahorcado en el desván. Henri representa al padre en primer plano, vistiendo un largo camisón y portando en su mano izquierda una vela que sirve como iluminación del cuerpo ahorcado del hijo, creando un dramático contraste de luces y sombras que acentúa el título de la novela. Los seguros trazos característicos en Lautrec forman la composición para cuya elaboración realizó varios bocetos preparatorios.
obra
Cuando Toulouse-Lautrec recibió el encargo de un cartel para ilustrar una publicación del periódico "Dépêche de Toulouse" se puso a trabajar inmediatamente, elaborando algunos bocetos preparatorios como éste que contemplamos, donde apenas existen diferencias respecto a la obra definitiva, apareciendo ya ese contraste lumínico que acentúa el dramatismo, obteniendo un excepcional resultado. Los rápidos trazos protagonizan la composición, demostrando Henri su capacidad como dibujante, alejado del estilo clasicista de Ingres para anticiparse a la vanguardia.
contexto
Las noticias remitidas desde Francia en el verano de 1789 por el embajador conde de Fernán-Núñez habían provocado en los ambientes cortesanos de Madrid un impacto considerable, que Richard Herr ha calificado de pánico, y que acentuó la determinación de Floridablanca de evitar por todos los medios la penetración de las noticias procedentes del vecino país y, sobre todo, de las doctrinas republicanas. El embajador español en París no cesaba de suministrar noticias sobre planes de clubes revolucionarios para hacer llegar a España agentes subversivos -predicadores de su doctrina de la libertad- y propaganda sediciosa, y pronto fueron intervenidas en Cádiz y en Navarra copias de la famosa declaración Des Droits et Devoirs de l'Homme. Los medios utilizados para introducir los escritos revolucionarios eran variopintos: hojas de periódicos usadas como envoltorios; forros de sombreros; libros encuadernados con cubiertas de título religioso; e, incluso, abanicos estampados con dibujos que representaban la toma de la Bastilla, con poemas elogiando la libertad religiosa, o con el texto de los derechos del hombre, pues los propagandistas revolucionarios le habían dado una extensión, no superior a las 300 palabras, que facilitaba su difusión. Las Universidades podían ser instituciones proclives a la penetración de ideas subversivas, y Blanco White en sus Cartas de España alude a que las Universidades de Valencia, Granada, Salamanca y Sevilla, junto al colegio murciano de San Fulgencio, habían mostrado síntomas de acoger con interés y simpatía el ideario francés. No pasaría mucho tiempo para que las autoridades salmantinas pudieran comprobar por sí mismas la amplia difusión del manuscrito titulado Exhortación al pueblo español para que deponiendo la cobardía se anime a cobrar sus derechos, que le valió al catedrático Ramón Salas ser procesado por sospecharse su autoría de varios papeles anónimos manuscritos, "muy perjuiciosos a la religión y al Estado". Salas, que había introducido a Bentham en España, tuvo que penar sus culpas en un destierro de cuatro años, de los que el primero transcurrió en un convento. Floridablanca dio órdenes al Santo Oficio para que requisara todos aquellos impresos y manuscritos que cuestionaran o criticaran a la Monarquía o el Papado. El 13 de diciembre de 1789, la Inquisición hacía público un edicto que conminaba la recogida de todos aquellos libros y papeles que tuvieran como finalidad "fundar, si les fuera posible, sobre las ruinas de la Religión y Monarquías aquella soñada libertad, que malamente suponen concedida a todos los hombres por naturaleza, la que, dicen temerariamente, hizo a todos los hombres iguales o independientes unos de otros". La decisión de poner coto a la Ilustración y aislar al país no era improvisada, sino que trataba de acentuar una política iniciada con anterioridad. Entre los ilustrados españoles la libertad era considerada consustancial con el avance de las Luces, pero en la realidad la aspiración de libertad se hallaba fuertemente condicionada por el miedo a las consecuencias de expresarse libremente. La mayor liberalidad de los primeros años de Carlos III se fue estrechando desde la llegada de Floridablanca a la Secretaría de Estado en 1777. Desde 1784 se había intensificado el control en las fronteras y aduanas para dificultar la llegada a España de los escritos de los filósofos, y en 1785 se fortaleció la censura, se reactivaron los tribunales inquisitoriales y se impusieron dificultades arancelarias a la importación de productos franceses, considerados excesivamente competitivos para los españoles. En posiciones críticas quedaron algunos ilustrados, casi todos damnificados por su coherencia. El vasco Valentín de Foronda defendía en 1780 la razón crítica frente a las determinaciones gubernamentales, y León de Arroyal redactó un texto clandestino y sedicioso titulado Oración apologética en defensa del estado de España, que (editado por Antonio Elorza con el título de Pan y Toros) tenía el propósito de ser una sátira contundente contra la política cultural fomentada por Floridablanca, cuyo esfuerzo se cifraba en exaltar, mediante el género apologético, tanto a una nación alejada de la modernidad, como a un régimen al que Arroyal consideraba fracasado. España era diferente e inferior a Inglaterra o Francia por la política de aislamiento cultural, que la había sumido en la superstición, en la escolástica y en la atonía política. Los perjudicados por esta ofensiva contra los ilustrados, en los años anteriores a 1789, fueron numerosos: el fabulista Félix María de Samaniego, sobrino del conde de Peñaflorida, fundador de la Sociedad Económica Bascongada, tuvo problemas con el Santo Oficio y fue recluido en un convento de carmelitas situado entre Bilbao y Portugalete; el poeta Tomás Iriarte hubo de abjurar de levi en 1786 por "seguir los errores de los philosophes" y por escribir poemas heterodoxos criticando las riquezas excesivas del clero; Luis Cañuelo tuvo que cerrar El Censor en agosto de 1787 por sus problemas con el Consejo de Castilla y el Santo Oficio, el cual, por un edicto de 28 de febrero de 1789, dieciocho meses después de que saliera el número final, condenaba 22 de los primeros 79 números del periódico; y Juan Meléndez Valdés tuvo problemas por leer a Rousseau y Montesquieu, entre otros muchos que harían la lista interminable. El caso de Meléndez Valdés, estudiado por Georges Demerson, ejemplifica con claridad la situación paradójica de un número no despreciable de ilustrados españoles que observaban con interés y simpatía el inicio del proceso revolucionario francés. Según Demerson, Meléndez vio "en la reunión de los Estados Generales, y más tarde en las Asambleas constituyente y legislativa, la puesta en práctica de las ideas que había aceptado y aprobado. Creía que las medidas tomadas suprimirían los abusos, abolirían los privilegios, extenderían la instrucción, darían al pueblo la abundancia y la prosperidad y abrirían para toda la humanidad una era de felicidad dentro de la fraternidad". Sin embargo, estaban obligados al silencio y forzados al aislamiento, incrementándose en ellos, como ha señalado Defourneaux, "la impresión de vivir encerrados en una prisión intelectual a través de cuyos barrotes podían entrever la libertad".
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lugar
Aldea egipcia en el desierto situada en la costa mediterránea, a unos 100 Km. al suroeste del puerto de Alejandría. El Alamein fue el lugar de una decisiva batalla durante la II Guerra Mundial. Entre octubre y noviembre de 1942 el general inglés Bernard Montgomery hizo retroceder a los ejércitos alemanes de Erwin Rommel. En la actualidad, El Alamein se dedica al comercio de aceite. Existe un museo local dedicado al conflicto bélico y también hay cementerios de guerra en los que se encuentran cuerpos de soldados ingleses, alemanes e italianos.
obra
Barrio granadino declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1994, el Albaicín es uno de los barrios más pintorescos y con más historia de Granada.
monumento
En tiempos de la dominación árabe, este barrio fue junto el de la Alcazaba, el núcleo donde se concentraba la población. Aunque los hallazgos arqueológicos, entre los que se encuentra la muralla ibérica, evidencian que es uno de los lugares habitados desde la antigüedad. En cualquier caso, la cantidad de monumentos que surgen de sus callejuelas, como mezquitas, aljibes y fuentes públicas demuestran que fue una de las zonas más pobladas de Granada. Su extensión abarca desde las murallas de la Alcazaba hasta el cerro de San Miguel, y, por otro lado, desde la Puerta de Guadix hasta la Alcazaba. Esta situación privilegiada lo convierte en uno de los lugares más pintorescos de la ciudad. El origen de su nombre todavía está por determinar. Algunos autores piensan que alude a los habitantes hispanomusulmanes de Baeza (al-Bayyasin), que ocuparon la ciudad hacia el año 1227. Otras teorías apuntan que Albaicín puede traducirse como Barrio de los halconeros, o Barrio de la cuesta, como sostiene el autor musulmán Aben Aljatib. La historia del Albaicín cobra protagonismo cuando a partir del siglo VIII se instalan sus nuevos habitantes árabes. Parece ser que fue entonces cuando se construye la primera fortaleza, conocida con el tiempo como Alcazaba Qadima o vieja. La Plaza de San Nicolás constituía su centro y sus murallas se extendían desde la Plaza de Bibalbonud (hoy placeta del Abad), hasta la del Cristo de la Azucena. Un siglo después, hacia mediados del IX, las luchas entre árabes, mozárabes y muladíes provocaron su decadencia, hasta que en el siglo XI recuperó su brío con la dinastía Zirí. En esta época volvieron a ampliarse los límites del Albaicín hasta la Puerta de Monaita y San Juan de los Reyes para enlazar con la Puerta de Bibalbonud. En el siglo XIII, Alhamar, fundador de la dinastía nazarí, decidió trasladarse a la colina de la Alhambra. De este modo la Alcazaba Qadima dejó de ser centro de poder. A pesar de todos estos cambios, esta zona continúo siendo uno de los centros neurálgicos de la ciudad, tanto desde el punto de vista administrativo como económico. Por otra parte, también se caracterizó por ser un foco de numerosas revueltas contra el poder. En estos tiempos fue lugar de residencia de artesanos, industriales y aristócratas. Con la reconquista cristiana, iría progresivamente perdiendo su esplendor. Al principio se construyeron iglesias y se instaló allí la chancillería, pero una serie de circunstancias como la subida de impuestos provocaron un levantamiento entre sus pobladores. Los enfrentamientos fueron a más y progresivamente comenzaron a construirse parroquias sobre las antiguas mezquitas. En tiempos de Felipe II, tras la rebelión y posterior expulsión de los moriscos, el barrio se quedó cada vez más despoblado. A pesar del abandono, hubo un momento en que los románticos lograron en parte su recuperación, pero esta circunstancia no pudo evitar su deterioro. En 1994 fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. En la actualidad, esta zona conserva el encanto de la historia. El interior de sus casas es una prueba más del legado árabe. En medio de sus calles laberínticas se levantan pequeñas viviendas.
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El Alcázar de Madrid fue construido en el siglo IX, sufriendo importantes reformas cuando Juan II, en el siglo XV, lo convirtió en uno de sus palacios favoritos. Serán Carlos V y Felipe II quienes convirtieron este castillo en palacio y corazón del reino. Las primeras intervenciones se realizan hacia 1536, siendo Covarrubias y Luis de Vega los encargados de la dirección de los trabajos. En la fachada sur se aprecian las torres del Homenaje, a la izquierda, y del Bastimento, a la derecha. Felipe II será el encargado de poner en marcha importantes cambios en el Alcázar. Afectarán especialmente a la fachada principal, destacando la Torre Dorada donde se situaba el despacho del Rey. Las ampliaciones del Alcázar continúan con Felipe III, siendo Juan Gómez de Mora el encargado de los trabajos. Proyectó una espectacular fachada cuya principal novedad fueron los chapiteles que decoraban las torres pero desconocemos si realmente este proyecto llegó a realizarse ya que en los documentos aparece una fachada totalmente distinta, cargada de la simetría y la proporción que regían la arquitectura del momento. La fachada diseñada por Gómez de Mora presenta un primer piso a modo de basamento para los dos principales, en las que la sucesión de huecos con frontones entre pilastras crea un ritmo uniforme que ayuda a enfatizar el gran cuerpo central de la portada, situándose detrás el famoso Salón de los Espejos. El Alcázar presenta una planta cuadrangular articulada en torno a un espacio central en el que se sitúa la Capilla. A ambos lados se ubican los dos patios: el Patio del Rey y el Patio de la Reina, espacios también cuadrangulares organizados en dos pisos con un sistema modular de arquerías similar en ambos. La fachada oeste es la más antigua del edificio ya que presenta los cubos que pertenecían al recinto defensivo de la ciudad, atestiguándose que el Alcázar estaba anexo a la muralla. Cerrando esta fachada encontramos la llamadas Torres Doradas: la que se encuentra al norte es la más antigua, correspondiendo a la época de Carlos I, denominándose también Torre de Francisco I al haber estado preso este monarca francés; la que se sitúa en el lado sur se construyó durante el reinado de Felipe II y debe su nombre a ser dorados los balcones, las veletas y las bolas que la decoraban. Aquí tenía su despacho el Rey Prudente y estaba situada la Biblioteca. En la fachada este se levantaba la Torre de la Reina, también realizada en ladrillo y cuajada de balcones como la Dorada, y la Torre Bahona, también llamada de Carlos V, una maciza construcción rematada con una arquería abierta al Jardín de la Priora. El espectacular edificio del Alcázar se incendió en la Nochebuena de 1734, quedando reducido casi a cenizas por lo que Felipe V decidió emprender la construcción del Palacio Real en el mismo lugar.