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obra
<p>Ya en 1814, después de la expulsión de los franceses que habían invadido España, Goya realiza estos dos cuadros, el 2 de mayo y el 3 de mayo en Madrid, para los que pidió una cantidad de dinero a la Regencia. Goya en esa época era sospechoso de afrancesado, y se inicia en él un sentimiento de ser perseguido o amenazado por el retornado Fernando VII. Aparte de la viva impresión que le había causado la guerra, que le impulsó a realizar sus famosos Desastres, estos dos cuadros le permiten en cierta manera afirmar su adhesión al pueblo español, más allá de sus compromisos intelectuales que le aproximaban a la cultura y la política de la Ilustración. En todas sus obras el protagonista absoluto es el pueblo, en su masa anónima, héroe colectivo y no figura particular como podía serlo el general victorioso o el rey en el campo de batalla. Éste es un concepto claramente romántico y moderno de entender la guerra y los logros nacionales, que se atribuyen al pueblo y su voluntad, más que a sus dirigentes. En el cuadro de los Mamelucos es la masa popular la que envuelve a los guardias egipcios que formaban parte de la tropa francesa, tristemente célebre por su ferocidad en los ataques a la población civil. En éste de los Fusilamientos, lo que vemos son las consecuencias de aquella resistencia de los madrileños. El modo de componer la escena determina las características de los dos grupos protagonistas: por un lado los ejecutados, ofreciendo su cara al espectador y al grupo de los verdugos, rostros vulgares, atemorizados y desesperados, en toda una galería de retratos del miedo que Goya nos ofrece. Cada uno se recoge en una postura diferente, según sea su actitud ante la muerte: está el que se tapa el rostro porque no puede soportarlo o el que abre sus brazos en cruz ofreciendo su pecho a las balas. Este personaje en concreto es un elemento terriblemente dramático, puesto que mira directamente a los soldados, y su camisa blanca atrae el foco de luz como una llamada de atención a la muerte que se acerca. A sus pies, los cuerpos de los ajusticiados anteriormente caen en desorden. Detrás, los otros sentenciados que aguardan su turno para ser fusilados. El otro grupo, paralelo al anterior, lo conforman los soldados franceses que van a ejecutar a los patriotas. Los soldados están de espaldas al espectador, que no puede ver sus rostros, puesto que no tienen importancia: son verdugos anónimos, ejecutando una orden. Su formación es perfecta, en alineamiento mortalmente eficaz, con un movimiento unísono en todos ellos; su operatividad aterra. Todos ellos se encuentran en un exterior nocturno, indefinido, pero que históricamente se sabe fue la montaña de Príncipe Pío, donde según las crónicas se pasó por las armas a los sublevados de la jornada anterior. La pincelada de Goya es absolutamente suelta, independiente del dibujo, lo que facilita la creación de una atmósfera tétrica a través de las luces, los colores y los humos. La composición fue prácticamente copiada por un gran admirador de la pintura española, el impresionista Manet para la Ejecución de Maximiliano en México. Tanto el 2 de Mayo como el 3 de Mayo aparecen en el Museo del Prado desde el primer momento. La única ocasión en la que salieron fue en la evacuación que los republicanos efectuaron en 1936 para salvaguardar las grandes obras de la pintura del Prado durante la Guerra Civil.</p>
contexto
La presencia española en África llegó a su fin con el abandono del Sahara en 1975. Se ponía final así a un siglo de colonialismo débil y sustitutorio tras la independencia de las colonias americanas. Este territorio era, en principio, mucho menos problemático que las antiguas colonias de Ifni y Guinea y el protectorado de Marruecos. Habitado por una decenas de miles de tribus nómadas, el Sahara Occidental era en su mayoría desértico y la presencia efectiva de España era todavía muy reciente. Todavía durante los años cincuenta la Administración había llevado a cabo exploraciones científicas como aquella en la que, por ejemplo, participó el etnógrafo Julio Caro Baroja. Hasta el descubrimiento de las reservas de fosfatos, los intereses económicos españoles se limitaban a unos cuantos asentamientos en la costa que permitieran la explotación de los recursos pesqueros. El territorio saharaui había estado integrado administrativamente en la denominada África Occidental Española hasta su conversión en provincia al final de los años cincuenta. En un primer momento, Castiella pensó en el abandono del Sahara mediante un referéndum, al mismo tiempo que se procedía a la entrega de Ifni a Marruecos y a la independencia de Guinea. La situación se complicó cuando a las reivindicaciones de un Gran Marruecos se sumaron las apetencias argelinas y mauritanas. Además, estallaron conflictos pesqueros con Marruecos debido a la ampliación unilateral por este último de sus aguas jurisdiccionales. Por un tiempo, Marruecos pareció virar a posiciones que defendían la autodeterminación del Sahara debido a las maniobras dilatorias de la Administración española. En realidad, el territorio saharahui nunca había estado históricamente vinculado al reino de Marruecos, manteniendo los sultanes únicamente relaciones comerciales con las tribus nómadas. En 1974 España concedió cierto grado de autonomía al Sahara, impulsando un partido político prohispano que contrapesara la creciente influencia del independentista Frente Polisario. El contencioso hispano-marroquí se trasladó al Tribunal Internacional de La Haya. Los planes de descolonización de la administración española parecía que llegarían por una vez a buen puerto, pero la enfermedad de Franco precipitó la situación. Al mismo tiempo que el Tribunal Internacional fallaba favorablemente a las tesis españolas en octubre de 1975, el monarca marroquí Hassan II decidió aprovechar la coyuntura para montar la operación conocida como "la marcha verde". Varios cientos de miles de marroquíes se presentaron como una marea humana ante la frontera del Sahara. El Gobierno de Arias Navarro, ante la inminencia de la muerte de Franco, decidió eludir sus compromisos internacionales para la autodeterminación del Sahara, tratando de enfriar el conflicto con Marruecos, que parecía derivar hacia el estallido de una guerra. La debilidad final del régimen de Franco permitió la rápida firma de un tratado en Madrid con Marruecos y Mauritania en noviembre de 1975. Al mismo tiempo que el Príncipe don Juan Carlos visitaba a las tropas españolas acantonadas en el desierto saharahui, el ministro del Movimiento José Solís había sido enviado a Marruecos para desactivar el conflicto. Otra gestión importante fue la realizada, a iniciativa del jefe del Estado en funciones, por Colón de Carvajal con el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger. Por el Tratado de Madrid, España cedía la administración del Sahara a Marruecos y Mauritania con un vago compromiso para que las nuevas potencias administradoras del territorio procediesen más tarde a su descolonización. Al comienzo de 1976, según las tropas españolas abandonaban el Sahara, se iniciaba una guerra de resistencia del Frente Polisario, apoyado por Argelia, que impediría una dominación estable marroquí y provocaría la retirada mauritana en 1979. La dictadura de Franco iba a terminar su vida resolviendo in extremis su amarre con Estados Unidos y, por tanto, su vinculación con Occidente, así como completando la descolonización de sus posesiones africanas. Pero el endurecimiento de la represión durante 1975 y el ajusticiamiento de cinco terroristas en el mes de septiembre, iban a desencadenar una última oleada de protestas de la opinión pública mundial. El anacronismo político del franquismo se reflejaba en una casi absoluta soledad en el seno de la comunidad internacional. Además de la retirada de varios embajadores europeos se produjo un incidente con el presidente Echeverría de México. La República Mexicana, sin relaciones diplomáticas con España desde la guerra civil, denunció al régimen franquista ante las Naciones Unidas, suspendiendo incluso las comunicaciones y el tráfico comercial entre ambos países. La Comunidad Económica Europea paralizó las negociaciones para un progresivo desarme arancelario. Hubo protestas, manifestaciones y hasta asaltos a las legaciones diplomáticas españolas. Perdido el apoyo de aliados tradicionales como Portugal y el Vaticano, al régimen de Franco sólo le quedaba la endeble amistad con algunos regímenes iberoamericanos y árabes.
contexto
Al empezar el siglo XX aparece en este panorama el hombre que a lo largo de sesenta años realizará las mayores aportaciones al conocimiento del arte primitivo, tanto paleolítico como de otras épocas y lugares. Nos referimos al abate Henri Breuil, nacido en Mortain (Manche) en 1877, que estudió la carrera sacerdotal en el seminario de Issyles-Molineaux y, aunque llegó a canónigo de la sede de Soissons, quiso siempre que se le llamara simplemente "abbé". En 1904 se licenció en ciencias naturales en la Sorbona, cuando sus superiores ya le habían autorizado a dedicarse fundamentalmente a la investigación prehistórica, lo que le permitió tener una vida repleta de actividad científica que terminó en 1961. Nos referiremos a sus aportaciones al conocimiento del arte paleolítico. Desde 1897 a 1906, primero seminarista y luego sacerdote, ayuda a Piette en sus excavaciones y le dibuja minuciosamente una parte de su gran colección de arte mueble. En 1900, visita La Mouthe, y el verano siguiente, con Louis Capitan y Denis Peyrony, descubre y estudia los grabados y pinturas de las cuevas de Les Combarelles y Font de Gaume (en los alrededores de Les Eyzies, Dordoña). En 1902, el abate Breuil suscita la cuestión del arte parietal paleolítico en el congreso de la "Association Françoise pour l'Avancement des Sciences" que se celebra en la ciudad de Montauban y consigue que un buen número de congresistas visite las cuevas entonces conocidas. La rectificación de los escépticos que estaban presentes -entre ellos Emile Cartailhac y Marcellin Boule- fue inmediata. Cartailhac, convencido de su error, lleva al investigador a Marsoulas y de allí a Altamira. Durante el mes de septiembre de 1902, ambos se dedican al estudio de la cueva de Santillana, en condiciones difíciles que supera la habilidad artística de Breuil. De allí saldrán un pequeño artículo y un gran libro. El artículo es un noble texto de Cartailhac en "L'Anthropologie" que se titula "La grotte d´Altamira, mea culpa d'un scéptique", en el que rectifica sus errores y reivindica la memoria de Sautuola. El libro tenía que presentar las bellas copias del arte altamirense realizadas por Breuil. Para ello faltaba un mecenas, que pronto se encontró en la persona del príncipe Alberto I de Mónaco (1848-1922) quien ya había patrocinado las investigaciones y publicaciones sobre las cuevas de Grimaldi y que, unos años más tarde, fundaría en París el "Institut de Paléontologie Humaine". La obra, de gran formato y espléndidamente ilustrada, como correspondía a la categoría de Altamira, apareció en 1906.
obra
Uno de los modelos favoritos para Cézanne en el año 1866 será su tío Dominique, protagonista de una buena serie de retratos en los que aparece con turbante, con hábito de fraile o vestido de abogado como aquí podemos observar. La novedad que se manifiesta en esta imagen es la actitud del letrado, levantando su mano derecha en actitud oratoria, simulando que estaba en un juicio. La técnica utilizada por el joven artista es la habitual en sus primeras obras. Juega con el contraste de las masas cromáticas, aplicando el color con espátula para crear un efecto visual más impactante y dinámico. La aplicación del óleo en sucesivas capas a través de la espátula aporta también una mayor volumetría a la figura, especialmente en las manos y en el rostro del tío Dominique. La influencia del realismo con Courbet y Daumier, así como de Delacroix, se encuentra presente en estos trabajos, con los que Cézanne pretendía participar en el Salón de París, pero ve como sus obras son sistemáticamente rechazadas, llegando en 1866 a enviar una carta de protesta al superintendente de Bellas Artes.
obra
Este acrílico es un emblema pictórico de la transición. Genovés, como otros artistas que reaccionaron en contra del Arte informal, reintrodujo imágenes figurativas en sus cuadros, en su caso a través del uso tanto del collage o de la incorporación de motivos fotográficos o cinematográficos (un método sugerido por el Pop art).
obra
En 1915 Schiele realiza una serie de obras reunidas bajo el título de "El Abrazo" en las que va incorporando mayor acento sexual en cada una de ellas. Esta que contemplamos en la primera de las escenas, protagonizada por el propio pintor y su esposa Edith. La pareja se presenta en una postura extraña, como si se tratara de títeres: Edith se apoya en el hombro de su marido, en una actitud de total abatimiento, dirigiendo su perdida mirada hacia el espectador al tiempo que abraza con fuerza el cuerpo de Egon, tanto con las manos como con las piernas, como sujetando el cuerpo sin fuerzas del artista. Los expertos sugieren que Schiele ha acabado el acto sexual -por eso aparece desnudo y bajo de energías- expresando en su rostro el agotamiento y la frustración que trae consigo la masturbación, ya que con su mano izquierda parece sujetarse el pene, al igual que observamos en el Autorretrato masturbándose.La obra no puede ser más expresiva, reflejando con dureza uno de los problemas que más obsesionaban al artista: el sexo, siendo una de las primeras representaciones que le vemos como amante a la vez que esposo. En esta temática también podemos considerar a Schiele como un continuador de Klimt.
lugar
El Acebo es el primer pueblo de El Bierzo y uno de los más característicos de esta región. Localidad dependiente del ayuntamiento de Molinaseca, sus casas se organizan alrededor de la calle principal, indicando su estrecha vinculación con el Camino de Santiago. Posiblemente se fundó en plena época medieval, en el momento de apogeo de la Ruta Jacobea, aunque algún especialista considera que su fundación sería anterior, relacionada con los múltiples eremitas que se establecieron en la comarca durante la Alta Edad Media. El pueblo presenta un pintoresco aspecto, con sus construcciones cubiertas por tejados de pizarra, configurando una arquitectura rural identificativa de la zona. En época de los Reyes Católicos, los habitantes de El Acebo fueron eximidos de pagar tributos si mantenían un albergue para los peregrinos y clavaban más de 500 estacas entre dicho albergue y el Hospital de Gaucelmo, en Foncebadón. Estas estacas servían para marcar el Camino, especialmente en época invernal, cuando las pistas se cubrían de nieve y los peregrinos corrían el riesgo de abandonar la ruta y perderse en los bosques. La iglesia parroquial de la localidad está dedicada a san Miguel. En la salida de la población se homenajea a un peregrino alemán llamado Heinrich Krause, fallecido cuando viajaba en bicicleta. Se trata de un monumento en hierro forjado, con una bicicleta entrelazada con el bordón, la calabaza y la venera, elementos indicativos del peregrino jacobeo.