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Georges Rouault es un artista que sólo cabe clasificar como expresionista, puesto que su única meta es un compromiso moral y profundamente religioso que le lleva a denunciar las corrupciones de la sociedad moderna. Los jueces injustos, la prostitución, el ciudadano oprimido, la soledad, se representan en su obra a modo de evocaciones. Así, el condenado aparece en su indefensión ante la casta de los leguleyos, la prostituta como ser abyecto, crasa y desdentada, el hombre de la calle como payaso; ninguno es culpable, sino víctima de los vicios de la sociedad contemporánea, que son, en cierto modo, recurrentes. Su mensaje es el más profundo de entre los artistas católicos del siglo XX. Nacido en una familia de artesanos vidrieros, su estética de madurez manifiesta la relación con el mundo de la vidriera emplomada y, naturalmente, con el cloisonisme, aunque los colores presentan entonación densa y apagada a causa de una preparación ocre, que había aprendido de Moreau y, en último término, de Rembrandt.
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Gracias al título del lienzo en los catálogos antiguos podemos saber que se trata de dos reyes godos, aunque nada nos indica cuáles puedan ser sus respectivas identidades. El motivo de la obra es desconocido y la hace muy interesante, pues Alonso Cano apenas trató temas profanos, ya que su producción casi estaba copada por encargos religiosos. Las figuras resultan de tamaño mayor que el natural, captadas desde un punto de vista bajo que hace pensar que estaban pensadas para colocarse en alto. Los dos personajes están reflejados con extraordinario realismo, lo cual habla de las dotes pictóricas del artista. Uno de ellos aparece caracterizado como un obeso de rostro sonrosado y ojos hundidos. El otro es un joven de mirada recelosa, bajo cuyo manto de hermosa seda azul asoma la punta de una espada. El modo de representarlos y el hecho de que formen un par resulta poco habitual para el arte de la época. Puede que se trate de un lienzo integrante de una serie de los reyes de España. En cualquier caso, hay que apreciar el dominio del color que a estas alturas demuestra Cano, tras su aprendizaje sobre los pintores venecianos y su colega Velázquez. Sus colores son de gamas atrevidas y combinaciones sorprendentes, como sólo Zurbarán se atrevía a hacer. Sin embargo, están matizados con una sutilísima delicadeza que los armoniza con gran efectismo.
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En los últimos años de su vida Mantegna diseñó la decoración de su propia capilla fúnebre en la iglesia de san Andrés de Mantua, edificio construido por Leon Battista Alberti en el más puro estilo renacentista. Debido a la dedicación de la capilla a san Juan Bautista, eligió como temas una Sagrada Familia doble que aquí contemplamos y un San Juan Bautista que el maestro no pudo concluir, ejecutándolo su hijo Francesco, a quien también se deben los frescos finalizados en 1516. La tabla tiene una disposición excesivamente apaisada, por lo que las figuras se ubican como si de un relieve se tratase, teniendo como fondo unos arbustos con frutas, símbolo del Paraíso. El Niño Jesús y san Juanito se relacionan bajo la atenta mirada de sus respectivas madres, en cuyos ojos se aprecia un gesto de tristeza ante el futuro que espera a sus hijos, martirizados y sacrificados a temprana edad. San José y san Zacarías ocupan un espacio menos destacado, quedando en penumbra. Las figuras visten trajes con cierto aspecto oriental, quizá por mostrar un mayor exotismo; la expresividad de los santos niños es uno de los centros de atención del cuadro, otorgando ambos sensación de movimiento a un conjunto de acentuado estatismo.