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Pocos artistas supieron interpretar la vida parisina con tanta gracia como Renoir. Sus escenas de baile, el Moulin de la Galette, los almuerzos de remeros o El columpio nos muestran una ciudad festiva, alejada de complicaciones de carácter social que eran tan admiradas por Courbet o Daumier, dos artistas admirados por Renoir. Y es que el impresionismo deseaba ser cronista de la sociedad de su tiempo, pero de la que sus pintores estaban viviendo, la vida divertida y bohemia de los cafés, las terrazas o los bailes, como podemos apreciar en esta composición protagonizada por dos jóvenes en el interior de un abarrotado café, apreciándose un amplio número de personajes tras ellas, esbozados por el efecto atmosférico creado en el interior de un recinto lleno de humo y con la luz artificial, enlazando con las obras de Manet y Degas. Una de las jóvenes -para la que posó su futura esposa, Aline Charigot- dirige su cándida mirada hacia el espectador mientras es contemplada atentamente por la otra, quien se apoya en una mesita donde observamos una naranja y un vaso de cristal.Una vez más podemos observar el interesante contraste entre la delicadeza del dibujo -en las manos y los rostros de las jóvenes- y la rapidez y el empastamiento a la hora de aplicar los colores, utilizando una pincelada cargada de pasta, renunciando a detalles para mostrar un instante determinado. Los colores son apagados, predominando el negro azulado de las indumentarias de las jóvenes, también utilizada en Los paraguas. Una vez más podemos observar el interesante contraste entre la delicadeza del dibujo -en las manos y los rostros de las jóvenes- y la rapidez y el empastamiento a la hora de aplicar los colores, utilizando una pincelada cargada de pasta, renunciando a detalles para mostrar un instante determinado. Los colores son apagados, predominando el negro azulado de las indumentarias de las jóvenes, también utilizada en los Paraguas.
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En esta imagen de la década de 1870, Degas se relaciona con el Realismo al mostrarnos a las trabajadoras en sus diferentes quehaceres como es el caso de Planchadoras. No existe ninguna idealización en las figuras, que aquí aparecen en posiciones contrapuestas. El color anaranjado del fondo resalta aun más el blanco de las ropas que las mujeres llevan en los cestos y el volumen de ambos personajes. Las marcadas líneas de los contornos indican la preocupación de la forma en un Degas que también se interesa por el color, muestra inconfundible de su relación con el Impresionismo.
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En una de sus múltiples cartas a Theo, Vincent nos dice: "En estos días, dibujando una mano y un brazo, intento aplicar de forma práctica aquello que Delacroix dice del dibujo: 'No empezar por la línea sino por el medio' (...) Y lo que quiero descubrir haciéndolo no es que sé dibujar una mano, sino el gesto, no dibujar una cabeza matemáticamente exacta, sino el gran gesto expresivo. Por ejemplo cuando un campesino cavando levanta la cabeza para husmear al viento o hablar; en una palabra, la vida". Paulatinamente, Vincent va abandonando la línea para interesarse más por el color, siguiendo al gran Delacroix como podemos apreciar en este estudio donde las diferentes tonalidades conforman el volumen de las dos manos, eliminando en lo posible el dibujo.
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Durante la primavera de 1889 Van Gogh elaborará numerosos trabajos inspirados directamente en la naturaleza, continuando con su manera de trabajar que había sido alterada por la llegada de Gauguin en octubre del año anterior, al sugerir a Vincent que empleara la memoria y los símbolos para ejecutar sus cuadros. Deseoso por recuperar esa inspiración natural, el pintor realizará obras tan llamativas como Prado con flores amarillas o estas dos mariposas ante un matojo de hierba que contemplamos. Van Gogh recoge una vista tremendamente parcial del campo que rodea Arles, acercándose a la abstracción de la misma manera que estaban haciendo Monet y Pissarro al perder paulatinamente la forma, interesándose por la luz y el color. Las pinceladas largas y empastadas dominan la composición, a excepción de las dos mariposas que están algo más delimitadas.
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Jacob van Ruisdael conjuga en este óleo de 1650-52 dos de sus más reconocibles características: la fidelidad en la representación de la realidad, de los objetos y lugares cotidianos, propia del paisajismo holandés del siglo XVII, y la modificación de esta realidad en aras de una mayor carga poética. Esta dualidad de rasgos fue la que, a través de Goethe, convirtió a Ruisdael en punto de referencia para numerosos pintores alemanes del Romanticismo, como Carus, pertenecientes a una corriente más clásica del paisajismo. En su ensayo de 1816 "Ruisdael como poeta", Goethe difunde la idea del sentido intelectual, trascendente del paisaje de Ruisdael; de que en él, como es este caso, se encuentra la certeza de la fugacidad de las creaciones humanas frente a la naturaleza. Este sentido poético fue compartido en parte por Caspar David Friedrich quien, con todo, se apartó del realismo de Ruisdael, pues consideraba que la ruptura con el paisajismo del siglo XVII era una necesidad expresiva.
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Con la dinastía Shang se inicia el comercio que se desarrollará en un área geográfica muy extensa. En un principio el pago se realizaba por medio de conchas o caparazones, pero van apareciendo ya las monedas realizadas en bronce, que se generalizarán a partir de los reinos combatientes, dándoles un mayor valor artístico.