En una carta a su hermana Wil, Vincent dice en relación a sus retratos: "Quiero hacer retratos que, cien años después, sean como apariciones para los hombres de la época. Pero no pretendo conseguirlo a través de un parecido fotográfico sino mediante la actitud apasionada, utilizando nuestros conocimientos modernos sobre el color y nuestra forma moderna de percibirlo como instrumentos expresivos y métodos para expresar el carácter". Esta filosofía se aplica perfectamente a los dos retratos que elaboró de su buen amigo el doctor Gachet, el médico que estudió su enfermedad y con quien convivió en Auvers-sur-Oise. Van Gogh pinta este retrato igual que siempre, empleando un colorido impetuoso y una pincelada violenta, mostrando el carácter de la persona con la que más convivió en sus últimos meses. Refiriéndose a él dice escribe en una carta a Theo: "El doctor Gachet me parece tan enfermo como tú y como yo, siendo además mucho mayor que nosotros. Hace algún tiempo perdió a su mujer. pero es ante todo médico y su experiencia y su fe le ayudan a mantener el equilibrio. Nos hemos hecho bastante amigos. Estoy haciéndole un retrato, con la cabeza cubierta con una gorra blanca y sus cabellos rubios en un tonos muy claros; la carne de las manos es también muy clara; lleva una levita azul y el fondo es de azul cobalto. Esta apoyado sobre una mesa roja, en la que hay unos libros amarillos y una planta de digital con flores púrpuras".
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obra
Schad inició este tipo de retratos objetivos después de un viaje por Italia, a principios de la década. Con una factura brillante e impecable y una frialdad no menor, se interesa por personajes al margen, a los que retrata como si utilizara un bisturí en lugar de un pincel. Los mira como objetos que provocan su curiosidad, y que pueden provocar deseo. Su mirada es sobria, sin pasión, aún más fría que la de Sander. Igual que en las fotos de aquél, las personas aparecen como objetos de estudio científico, dignos de interés entomológico; solos y aislados, aunque haya más de uno en el cuadro: solos, fríos y ausentes, sin capacidad para manifestar sentimientos y sin posibilidad de establecer una comunicación con otro, deshumanizados.
obra
Ingres retrató a todos los personajes importantes de la efímera corte romana instaurada por Napoleón en Italia. Entre estos altos cargos franceses se cuenta el doctor Jean Louis Robin, médico militar que le fue presentado por el comandante del ejército francés, el general Miollis. Ingres dibujó su retrato entre 1808 y 1809. Lo sitúa junto a la Villa Médici, donde el artista se alojaba como estudiante, con la iglesia de San Pedro del Vaticano al fondo, fácilmente reconocible por la enorme cúpula.
obra
Manet realizó numerosos retratos femeninos al pastel en sus últimos años - Madame Jacob o Madame Zola, por ejemplo - y algunos masculinos como Jean de Cabannes o éste que contemplamos. El doctor Materne era un famoso médico que atendió al pintor en Bellevue; entre sus clientes estaba Luis Napoleón, lo que indica su elevada reputación. Manet se interesa por mostrar la personalidad del médico a través de sus ojos. La factura rápida y suelta es común a todas los obras realizadas por el maestro al pastel, siendo más oscuras las protagonizadas por personajes masculinos.
acepcion
En el espectáculo romano circense, era la persona encargada de establecer las reglas, sortear las parejas y examinar las armas.
acepcion
Santos cuyos escritos sobre las doctrinas de la Iglesia han sido reconocidos por el Sumo Pontífice.
contexto
"Es único en su eternidad; no hay nada con él más que él, ni se encuentra más que él, ni tierra, ni cielo, ni agua, ni aire, ni vacío ni lleno, ni luz ni tinieblas, ni noche ni día, ni perceptible ni audible, ni sonido ni ruido, sino el UNICO, el omnipotente. No tiene igual en su eternidad, en su poder y en su divinidad... Es el primero, no limitado por ninguna prioridad y el último, no limitado por una posteridad", decía al-Mahdi Ibn Tumart en un tratado sobre la unicidad de Allah... Estos calificativos de Dios único expresan la creencia religiosa de la comunidad de los Muwwahiddun (de la raíz árabe w. h. d., que significa uno), los almohades, los unitarios, que hicieron florecer un gran Imperio en al-Magreb y al-Andalus desde 1130 hasta 1269.La creencia religiosa almohade emana de la teología racionalista del bereber Abu Abdallah Muhammad Ibn Tumart, conocido como al-Mahdi, el guiado por Allah, de la tribu de los masmuda, que había nacido a finales del siglo XI en la región del Sus, entre el Atlántico y la cordillera del Anti-Atlas, en el noroeste de Marruecos. De su infancia y primera juventud apenas se tienen noticias. Era inteligente y aplicado en el estudio del Corán y de las ciencias religiosas y probablemente del árabe, ya que demostró gran habilidad oratoria tanto en este idioma como en el bereber, su lengua vernácula.Como hicieran muchos estudiosos en período de formación, Ibn Tumart, a una edad indeterminada entre los dieciocho y los treinta años, visitó los países árabes de Oriente con el fin de profundizar en el estudio del Islam. El viaje duró quince años y le llevó a los centros de enseñanza del Islam, a Córdoba primero, luego a La Meca, Damasco, Bagdad... En estas ciudades tuvo la oportunidad de conocer muy de cerca obras, pensamiento y teorías de filósofos, místicos y teólogos.De vuelta al Sus, emprendió la tarea de difundir su doctrina por medio de literatura epistolar, tratados, sermones y prédicas. Esta doctrina siguió la ortodoxia sunni, basada en la exégesis coránica y de los hadit (las tradiciones del Profeta y sus compañeros) y se caracterizaba por sintetizar lo que más le había impresionado de cuanto había oído y estudiado en sus viajes. Tal fue la mezcla, que se hace arduo reconocer en ella la influencia de cada corriente.Las líneas generales de la teología de Ibn Tumart se podrían resumir en tres grandes apartados:1) La ciencia y el saber: A lo largo de varios tratados, Ibn Tumart disertó sobre la importancia capital de la ciencia y el saber, de todo el saber y no sólo del religioso. "La ciencia es una luz en el corazón que sirve para distinguir las realidades y las particularidades..." El saber, que Allah ponderó en su Libro Sagrado, es el fundamento de la fe porque sin el conocimiento hay desconcierto y dudas que llevan al mal y no a la verdad; el saber cultiva la razón para llegar a comprender la Revelación. La ciencia se adquiere por tres vías: la mente, el tacto y el oído, siendo la primera la más noble. Por tanto, la mente es necesaria para la fe.2) La existencia de Dios: No hay ninguna duda sobre la existencia de Dios. Su existencia se percibe a través de la razón y en ella está la satisfacción del hombre inteligente. Dios es el agente indispensable que puso en marcha el primer movimiento y es la condición sine qua non para la existencia del ser humano. Por tanto, Ibn Tumart prueba la existencia de Dios por la existencia de sus criaturas.3) La unicidad de Allah: Es la piedra angular de la doctrina de Ibn Tumart, la unicidad de Allah como Ser Absoluto. Al-Mahdi reservó gran parte de sus escritos y predicaciones a este dogma para erradicar la tendencia existente en el Occidente musulmán a creer en los atributos antropomórficos de Allah, igualándolo al ser humano, su criatura. Niega rotundamente la existencia real en Dios de más de un ente (es inasociable), de acciones, cualidades y atributos y de limitaciones temporales y espaciales. La interpretación de las referencias antropomórficas de Dios en el Corán y la Tradición como el poderoso, el sabio, el que lo ve todo, el que lo oye todo... tiene que ser absolutamente figurativa. Niega toda semejanza entre Dios y sus criaturas y proclama la creencia en un solo Dios en el sentido más sutil y metafísico de creer en la unidad casi abstracta, sin atributos accesorios. Es la concepción intelectual de Dios adquirida por la razón. Por tanto, el dogma almohade se refería a la creencia en un solo Dios, fundamento principal de la religión musulmana monoteísta, pero son los atributos que la mente humana ha creído auténticos. Calificó estas creencias antropomórficas de supersticiones y consideró hereje a quien se mantenía en ellas.La teología de Ibn Tumart encontró su sublimación filosófica con el jurista y filósofo cordobés Abu al-Walid Ibn Rusd (Averroes) que vivió toda su vida bajo el dominio almohade.Aparte de su teología racional unitaria, Ibn Tumart difundió sus propias ideas respecto de varios conceptos islámicos que sirvieron de soporte a su propaganda política:1.- El Imam: Es el jefe religioso de toda comunidad musulmana, sea pequeña, en un barrio alrededor de una mezquita, o grande, que puede ser toda la Umma, la nación islámica. La importancia del papel que le es asignado depende de las escuelas y las doctrinas. Para Ibn Tumart, el Imam es el jefe absoluto, a quien todo el mundo debe seguir, obedecer e imitar. Y va más allá: es infalible e intachable; es el Imam Impecable, protegido por Dios del pecado, del error y de la injusticia... "porque un injusto no sabría impartir justicia y un corrompido no sabría defender la verdad..." Es un Imam conocido, en oposición al culto imam chiíta. Su primera misión es interpretar los versículos ambiguos del Corán según el método alegórico, en conformidad con la profesión de fe unitaria, y la elaboración positiva del Derecho. Es, sobre todo, un jefe religioso y político. Para Ibn Tumart, él mismo era este Imam y, tras él, sus sucesores.2.- al-Mahdi (el guiado por Allah): Tanto entre los ortodoxos musulmanes como entre los heterodoxos, los chiítas, es el que vendrá al final de los tiempos a restablecer el bien y la justicia en el mundo que se desvió del camino recto trazado por la misión profética de Mahoma. Ibn Tumart, que había adquirido una destreza y una habilidad extremas en el manejo de las fuentes y en la oratoria, proclamaba que los hadices -manipulados a su antojo- habían demostrado que el-Mahdi esperado vendría a finales del siglo V de la hégira, llevaría el mismo nombre que el Profeta, se parecería a él en su comportamiento y surgiría en al-Magreb. Sin atribuirse a sí mismo este papel directamente, Ibn Tumart motivó a sus compatriotas, con su verbo encendido y su taumaturgia, para que le proclamaran el-Mahdi esperado. Famoso es, de cualquier manera, el anhelo que tenía la gente del Occidente musulmán de que surgieran de entre ella santos y varones venerados por su virtud. De hecho, la tumba de Ibn Tumart se convirtió en lugar de peregrinación para gran parte del Imperio almohade.En sus tratados doctrinales, Ibn Tumart no distinguió entre la figura de al-Mahdi y la del Imam Impecable y Conocido. Él era la personificación de estas dos figuras y exigió fe ciega, imitación de sus actos y obediencia total, ya que él era el protegido de Dios y sus órdenes provenían de Él. Lo mismo se aplicaría a sus sucesores que, en principio, tendrían que ser elegidos colegiadamente. Pero ya con su discípulo y sucesor, Abd al-Mumin ibn Alí, se cambió esta elección por una sucesión hereditaria, hecho que no significó el debilitamiento del cargo, pues los imames almohades mantuvieron firmemente el sentido religioso de su autoridad, que les llevó al liderazgo político.3.- La Profecía: El profeta verdadero confirma su misión por milagros extraordinarios, como resucitar a los muertos o convertir un palo en serpiente. Esta fuerza le ha sido dada por Dios. Sabida es la práctica taumatúrgica que ejerció Ibn Tumart y que impresionaba muchísimo a sus seguidores.4.- La Predestinación: Todo lo que acontece es designio divino. Nada ocurre que no sea marcado por Dios. Pero admite, a la vez, lo que podría llamarse "el encargo". Allah distribuye responsabilidades, pero depende de la capacidad de cada uno para entender este encargo. Nunca la orden superará la capacidad del encargado. De ello resulta el premio o el castigo.5.- Censor de costumbres: "Ordenar hacer lo reconocido como bueno y prohibir hacer lo reconocido como reprobable", fue para Ibn Tumart la primera tarea que se impuso a sí mismo desde que emprendió su vuelta de Oriente al Magreb y no la reforma religiosa unitaria que surgió más tarde. De hecho, ya durante su viaje, desempeñó el papel de censor morum, censor de costumbres, en La Meca y en Alejandría y en el mismo barco que le traía de regreso. El compromiso de atajar toda infracción a la ley religiosa del Islam es uno de los deberes fundamentales de cada musulmán, como el rezar o el peregrinar a La Meca, y tiene que emplear en ello todos los medios a su alcance: la mano o la lengua. Y no es sólo un papel individual, sino que incumbe a las autoridades religiosas, a los alfaquíes y al Estado en su totalidad, representado en su jefe. A lo largo de la historia del Islam este precepto fue muchas veces la espada de la revolución que hizo caer el poder establecido: con Ibn Tumart lo fue nuevamente.
contexto
Hasta después de la crisis y guerra de Suez, Washington no había tenido intervenciones políticas sustantivas, salvo su decisivo apoyo a la partición de Palestina y a la caída del iraní Mossadeqh. Entre los árabes buscó amigos, proporcionó armas, dinero y poco más. En la crisis del Canal, el presidente Eisenhower fue contrario a la intervención anglo-francesa y forzó su retirada (1956). Sin embargo, en enero de 1957, formuló la doctrina que lleva su nombre: "Estados Unidos ayudará a todo país que se sienta en peligro a causa de la amenaza comunista" y obtuvo del Congreso la aprobación para utilizar la fuerza en el Próximo Oriente contra cualquier país dominado "por el comunismo internacional". Aquella herramienta no fue utilizada contra el comunismo, sino contra el nacionalismo árabe. En 1958, tras el pronunciamiento de Kassem en Irak, Eisenhower envió 14.000 marines a Líbano para salvar la presidencia de Camille Chamoun, acosado por las demandas musulmanas de un reparto democrático del poder. Hussein de Jordania sintió tambalearse su corona cuando supo que su pariente, Feisal II, había sido ejecutado. Para estabilizar su trono, llegaron a Jordania fuerzas británicas, con apoyo logístico y aéreo norteamericano. Pero la escalada de la implicación estadounidense en la política regional tiene dos momentos estelares: primero, la Guerra de los Seis Días (junio 1967), tras la que el mundo árabe casi en pleno rompió sus relaciones diplomáticas con Washington y se echó en brazos de la URSS. Estados Unidos, aparte de otras consideraciones, contó con Israel como primer aliado regional y dotó a la aviación judía de aparatos que permitían una penetración profunda en el mundo árabe. En la Guerra del Yom Kippur (1973), USA y URSS suministraron una impresionante cantidad de material bélico a israelíes y árabes. Tras ese conflicto, la URSS perdió la batalla de la influencia política en el mundo árabe, del que se iría retrayendo paulatinamente hasta su final; por el contrario, EE UU afianzó sus posiciones en Egipto y Jordania. El segundo momento fue la Guerra del Golfo (1990-91). Inicialmente, tuvo un condicionamiento económico-político: impedir que Saddam controlara una parte sustancial del mercado y de las reservas de petróleo y amenazara al resto de los productores de la región. Esa intervención subió de nivel con la presencia militar de Washington, que decidió el control estratégico y político de la zona. El terrorismo integrista wahabí, con su terrible actuación el 11 de septiembre de 2001, mostró lo insuficiente de aquella implantación para sus propósitos hegemónicos. Eso condujo a la crisis actual, que en su capítulo militar ha concluido. A la hora de su solución política, lo que cabe desear es que no se repitan los disparates que han condicionado la terrible historia de los ochenta últimos años.