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A comienzos de 1866 se inició la fase de progresiva descomposición del régimen isabelino, cuya estructura comenzó a desmoronarse. El primer conato fallido de poner fin al sistema corrió a cargo del general Prim, quien lideró una sublevación militar en Villarejo de Salvanés, el 13 de enero de 1866. El fracaso, derivado de la falta de apoyo civil y militar, fue relativo, pues Prim quedó como el principal referente de la oposición y como el sucesor de Espartero, en forma de emblema de libertad ante el pueblo. Asimismo, la sublevación puso al Gobierno en una difícil situación, obligándolo a elegir entre convocar elecciones generales, y permitir así la alternancia de los progresistas, o aferrarse al poder y mantener sus fórmulas excluyentes. Arruinado el intento de formar un Gobierno pactado, encabezado por el general Lersundi, O'Donnell optó por la segunda posibilidad, lo cual le enfrentó seriamente al ala izquierda de su propio partido, la Unión Liberal. Esta reacción no modificó en absoluto el planteamiento de O'Donnell, quien aún quiso llegar más lejos al solicitar, en el mes de junio, los plenos poderes para el Ejecutivo. Esta política autoritaria propició la ruptura de la unidad del partido. La debilidad del sistema se hizo más palpable a raíz de la cuartelada de San Gil, ocurrida el 22 de junio. La repentina rebelión de los sargentos de artillería del cuartel, cuyas ambiciones dentro del cuerpo no habían sido satisfechas, ofreció a la oposición demócrata la oportunidad de acceder al poder. A tal fin procuraron la movilización popular y el apoyo del resto de la oposición, pero la falta de acuerdo en ésta y la premura de los acontecimientos abortaron la tentativa. La represión subsiguiente incrementó el descrédito de O'Donnell, precipitando su caída y sustitución al frente del Gobierno por el general Narváez. Si el verano de 1866 había comenzado con mal pie para Isabel II, peor habría de terminar. El Pacto de Ostende, firmado en agosto, significó la unificación de criterios de todas las fuerzas de la oposición -demócratas, progresistas y, meses después, los unionistas liberales- en contra de la dinastía de Isabel II. Cada formación política cedió para lograr lo que faltó en Villarejo y en San Gil: unidad, coherencia y una propuesta común, que consistía en convocar elecciones, por sufragio universal, para Cortes Constituyentes que determinaran la forma de gobierno. Los planes del gabinete Narváez se alejaban mucho de esta posibilidad. Con la fuerza como único recurso para resistir, el régimen llevó a cabo una dura represión, que obligó al cierre de muchos periódicos y envió al exilio a un notable contingente de civiles y militares. De aquí surgieron los núcleos de conspiradores contra la Corona, establecidos en París y en Londres. Unas nuevas elecciones controladas configuraron un perfil muy moderado de las Cortes: todos los diputados electos pertenecían a los moderados o a los neocatólicos, salvo muy contados ejemplos de las filas unionistas, como el caso de Cánovas. Durante 1867-1868, la desintegración del sistema isabelino se acentuó de forma irreversible. En este espacio de tiempo los últimos ribetes del liberalismo político desaparecieron, quedando la dinámica política reducida al juego de la camarilla palatina. Las frágiles bases de sustentación sociológica del sistema menguaron todavía más. El ambiente represivo, como si fuera una prolongación de la Noche de San Daniel, se extendió, una vez más, a los sectores intelectuales más críticos. Así, destacados catedráticos de universidad se transformaron en elementos peligrosos, sujetos a vigilancia, cuando no depurados. A lo largo de 1867-1868 perdieron su cátedra Sanz del Río, Salmerón, Giner de los Ríos... La integración de los unionistas al Pacto de Ostende significó, por una parte, ensanchar el foso entre la Corona y el generalato, y el consiguiente apoyo de un sector del ejército a la causa antiisabelina; por otra parte favoreció un giro a la derecha en las filas de la oposición que acallase las voces demócratas de revolución social, dejando el campo libre para el clásico método del pronunciamiento militar. En abril de 1868 moría Narváez, y con él desaparecía el último bastión del trono y la solución militar, que hasta ahora había contenido, a duras penas, la desintegración del sistema. Le sucedió en la cabecera del Gobierno González Bravo, quien radicalizó la política de mano dura de su antecesor. Pero se trataba de un civil y de un elemento desprovisto del carisma que Narváez gozaba en las filas del ejército, lo que supuso que éste fuera basculando, poco a poco, hacia los altos mandos unionistas, ya en franca oposición. Basta un ejemplo: la reducción del presupuesto naval decretada por el nuevo Gobierno favorecería que los almirantes empezaran a conspirar, y, entre ellos, Topete, clave del pronunciamiento de la Armada en la bahía gaditana, en septiembre de 1868. Una vez más, la ciudad de Cádiz se transformaba en centro de irradiación de las transformaciones políticas. Allí se había redactado la Constitución de 1812, en su hinterland próximo tomó cuerpo el pronunciamiento de Riego que inició el Trienio Constitucional de 1820-1823 y ahora, nuevamente, de ahí partiría la revolución democrática. La política represiva de González Bravo alcanzó, incluso, a las más altas instancias de las fuerzas armadas. En julio de 1868 fueron desterrados de la Península los más destacados generales; entre ellos Serrano, que tan activamente había actuado contra las barricadas de junio de 1866, Dulce, Zabala, Córdoba, Echagüe, Caballero de Rodas, Serrano Bedoya y Letona, a los que se unían en espíritu otros como Primo de Rivera, Nouvillas y Milans del Bosch. Inmediatamente se creó en Madrid un comité secreto, compuesto por unionistas y progresistas, del que significadamente quedaban apartados los demócratas, que sirviera de contacto entre Prim -en Londres- y los generales unionistas en Canarias. Hasta qué punto el trono se vería cada vez más aislado, que la represión alcanzó incluso a miembros de la familia real. Si en enero de 1868 se había despojado al infante don Enrique de todos sus privilegios como Infante de España, en julio se decretaba el destierro del duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, porque se sospechaba que aspiraba al trono, una vez que estuviera vacante por el triunfo del futuro pronunciamiento. La mayor parte de los generales unionistas se inclinaba por la solución Montpensier, toda vez se hubiera producido la caída de Isabel II. Con ello se conseguía evitar sobresaltos políticos, dado el conservadurismo en lo social del hipotético pretendiente, y, además, se establecería una cierta continuidad dinástica en el seno de los Borbones. Esta doble actitud del Gobierno frente a los generales unionistas y al duque de Montpensier era comprensible, porque a él le habían llegado noticias, más fantásticas que reales, de que el programa de la sublevación estaba encadenado a estas sucesivas acciones: marcha de las fuerzas sublevadas a La Granja, una de las residencias veraniegas de la reina, mandadas por Serrano y Dulce; pronunciamiento del general Caballero de Rodas; abdicación de Isabel II; formación de un Gobierno provisional; proclamación del príncipe de Asturias, durante cuya minoría estaría como regente el duque de Montpensier. Nos hemos referido al Gobierno de camarilla. Con ello queremos decir que, a la altura del verano de 1868, el sistema isabelino y, con él, el gabinete González Bravo se encuentran desasistidos de la mayoría sociológica del país. Ambos cuentan con la enemistad de progresistas, demócratas y unionistas; es decir, de la mayoría de la elite política; también el poder económico les vuelve las espaldas, al igual que sectores de las clases medias y populares. Hasta ahora hemos hablado de tensiones en las elites dirigentes. Pero, ¿qué sucede con el elemento popular? Conviene plantearse la cuestión por la importancia que los contingentes civiles, de extracción popular, sobre todo en los núcleos urbanos, tuvieron en la morfología del pronunciamiento de septiembre de 1868. Si en la preparación del derrocamiento de Isabel II fueron determinantes las elites políticas, intelectuales, militares y económicas del país, en el fenómeno concreto de la conversión de un pronunciamiento militar en un cambio de régimen político, los sectores populares urbanos desarrollaron un activo papel. Desde luego, a la altura de 1868 hablar de clase obrera española resultaría excesivo: no se dan todavía los componentes para que esa realidad sociológica pueda existir. Teniendo en cuenta las diferencias regionales en el desarrollo económico y social del país, los sectores populares se desenvuelven en niveles de cultura material y política diferentes. Desde los primeros núcleos organizativos de los obreros catalanes hasta el espontaneísmo, más o menos visible, en el campo andaluz, se suceden diversas situaciones. En todo caso sí resulta relevante la percepción colectiva que se tenía del derrocamiento de Isabel II. Aunque no existiesen formulaciones políticas precisas, en la mentalidad del jornalero, del artesano o del obrero industrial términos tales como democracia o república significaban una opción de transformación social en profundidad. En cuanto al campo, ese espontaneísmo, expurgando lo que de peyorativo tiene tal concepto, estaba fuertemente mezclado con un milenarismo irredento de tierras. Al conjunto de estos sectores populares se dirigía la labor proselitista de la coalición revolucionaria, sobre todo desde el partido demócrata, que, a través de comités clandestinos, actuaba en las principales ciudades españolas por medio de periódicos o folletos, también clandestinos.
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La anónima identidad del personaje que Botticelli retrata en esta tabla ha motivado diversas hipótesis: desde considerarle un miembro de la todopoderosa familia florentina de los Médici o un simple fabricante de medallas. Entre sus manos encontramos la medalla de Cosme el Viejo por lo que se especula también con la posibilidad de que fuera un ahijado del político y comerciante florentino. La figura se recorta sobre un fondo de paisaje atravesado por un río en el que se refleja la luz dorada, en sintonía con la medalla que protagoniza la composición. La intensa mirada del personaje se dirige al espectador, una de las características de la pintura de Botticelli que se repite en esta primera etapa. Los ojos verdes del caballero se resaltan gracias a la luz que modela su figura, destacando el carácter escultórico del rostro y de las manos. Este tipo de retratos se pondrá de moda entre los miembros de la alta sociedad florentina, que tendrán en Botticelli a su pintor favorito como observamos en el Retrato de dama o el de Giuliano de Médici.
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La fama de Josep Llimona es producto sobre todo del tratamiento que da a la figura femenina. De un bloque de mármol surge, como en una reedición de las figuras inacabadas de Miguel Ángel, un hermosa figura femenina, desnuda, que recibe su nombre, "Desconsuelo" de su postura caída, entre patética y melancólica. El escultor ha sacado literalmente la figura del duro mármol, como lo demuestra su íntimo contacto con un enorme trozo de material casi sin trabajar, es como si la escultura se liberase de su lugar de origen. El desnudo permite apreciar toda la serenidad de la talla, la sensibilidad y delicadeza con que es tratado el tema son muy fáciles de apreciar, nada queda oculto, salvo la cara de la protagonista, lo que ayuda a identificarse al espectador con la sensación desesperada de la figura. La nobleza del mármol permite un detallado trabajo de formas y clarooscuro, dejando perfiles completamente libres. Hay una blandura exquisita, que contrasta con la dureza del material. La figura permanece postrada sobre las rodillas y los brazos extendidos, sobre el propio núcleo de mármol, es una mujer joven, con el pelo suelto tapando la cara y cayendo sobre los brazos.
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China, el país de la tierra amarilla, se extiende a lo largo de una enorme masa continental a la que hay añadir 3.400 islas, la más importante de las cuales es la de Hainán. En su más de 9.000.000 de kilómetros cuadrados podemos distinguir varias regiones. El noroeste abarca dos importantes cuencas: la de Jungar Pendi, al norte, y la de Tarim Pendi, al sur. Ésta incluye el gran desierto de Taklamacan y la depresión de Turfan. En esta región se hallan además los montes Tien Shan y Kunlun, dos grandes sistemas montañosos. Al centro-norte del país se extiende la estepa mongola. El nordeste, donde se encuentra la meseta de Manchuria, termina en la península de Liadong. Avanzando en dirección sur se halla el gran río Huang o Amarillo, origen de la civilización china y en cuyas riberas se encuentra Xi'an, primera capital del imperio chino. El sur del país comprende el poderoso río Yangzi, además de la cuenca de Sichuan, en la que se practica una rentable agricultura en terrazas escalonadas. Hacia el sudeste se encuentra la meseta de Yunnan y, más al sur, el río Xi, tercero en extensión de China. En esta zona se localizan importantes ciudades históricas como Guangzhon, también conocida como Cantón, o Nanjing. Por último, hay que mencionar la imponente presencia del Tibet, la altiplanicie más elevada del mundo, con una media de 4500 m. Esta gran meseta se encuentra rodeada de grandes cadenas montañosas, como el Himalaya, en el sur; el Pamir y el Karakorum, en el oeste; y los montes Kunlun y Qilian en el norte.
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La península italiana y las cercanas islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia, están bañadas por los mares Ligúrico, Tirreno y Mediterráneo. El Mar Jónico se sitúa en el sur de Italia, mientras que el lado oriental está bañado por el Mar Adriático. Italia está separada de Europa central por la gran barrera de los Alpes, divididos a su vez en tres sistemas: Alpes Marítimos, Réticos y Cárnicos. Los Montes Apeninos atraviesan Italia en toda su longitud, continuando más allá del estrecho de Messina por la costa norte de Sicilia. País montañoso, el paisaje aparece roto por valles y llanuras creadas por ríos como el Adigio, el Arno o el Tiber, entre otros. Especialmente importante es el Po, cuya llanura, ya será alabada por los romanos como el área agrícola más productiva de Italia. En esta geografía surgen ciudades ya desde antiguo, como Pisa, Tarquinia, Nápoles, Benevento, Siracusa o Brindisi, entre otras. Pero será en el centro de la península italiana donde nacerá Roma, la ciudad que llegará a dominar el mundo.
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El territorio de la Grecia antigua coincide aproximadamente con el actual, pero para completar el mundo helénico es preciso añadir las costas de Asia Menor, así como las del sur de Italia y la isla de Sicilia, configurando ambas regiones la llamada Magna Grecia. Sin embargo, el núcleo principal de la cultura helénica se concentrará en la Grecia continental, en la que pueden distinguirse tres grandes regiones: la Septentrional, terminada al sur en una línea que une el golfo de Ambracia con las Termóplias; la Central, hasta el istmo de Corinto, y la Meridional, la península del Peloponeso. La región Septentrional, cuyo límite superior no puede establecerse con exactitud, abarca regiones como Iliria, Macedonia, Epiro y Tesalia. Éstas no fueron consideradas por los antiguos como propiamente griegas, siendo tardía su intervención en la historia del país. La Grecia Central comprende regiones como la Acarnania, la Etolia, la Fócida, Beocia y el Atica, donde se encuentra la inmortal Atenas. Por último, en el Peloponeso pueden distinguirse varias regiones, como la Argólida, la Lacionia, la Mesenia, la Arcadia, la Elida y la Acaya. Bañada por los mares Adriático, de Creta y Egeo, frente a las costas griegas se sitúan numerosísimas islas, que tendrán un papel fundamental en su historia. Las más importantes son Corfú, Cefalonia, Itaca o Zante, frente a la costa occidental; Citera, Salamina y Eubea. Esparcidas por el Egeo hallamos a Creta, las Cícladas, Rodas, Samos, Quíos, Lesbos, Samotracia y así hasta un largo etcétera.
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El catálogo de las piezas de orfebrería comienza con la pieza más abundante, el torques, una joya habitual tanto en el mundo ibérico como en el Noroeste. Su práctica totalidad se ha confeccionado con plata al igual que sus homólogos meridionales, con la salvedad de un número reducido procedente de Arrabalde donde se utiliza el oro, quizá en función de su proximidad al área gallega o por la existencia de recursos auríferos cercanos. Su diversidad formal encierra básicamente modelos sogueados, de juncos y de cadeneta. Respecto de los primeros, mayoritarios en el conjunto y de claro parentesco en su trenzado con los ibéricos, se han seriado a partir de sus remates (piriformes, de gancho, de botones terminales...) y de los recargados adornos en los hilos de la varilla (en 8 y de "nodus herculeus"); algunos elementos, no obstante, caso de los remates abultados, inciden en su vinculación norteña, representando en ocasiones una terminación en forma de bellota, según se comprueba en uno de los torques del tesoro 2 de Arrabalde. Por su parte, las arracadas, con una veintena larga de ejemplares, son joyas siempre de oro en contraste claro con el resto de los modelos. Muestran un esquema fusiforme de extremos cerrados completado con múltiples adornos: hilillos de oro, colgantes arracimados, acampanados, etc. El origen de las arracadas se busca en los prototipos orientalizantes y los posteriores turdetanos, que seguramente han dado pie a variantes de tan acusada personalidad meseteña como las rematadas en abultados racimos o aquellos otros pendientes, por ejemplo en el tesoro de Arrabalde 1, ornamentados con una gruesa bellota, a juego con el torques. Siguen en número las pulseras, confeccionadas todas en una varilla cilíndrica de plata, a veces con abultamientos en el tallo, y con ambos extremos terminados en una esquemática cabeza de serpiente. Las diferencias con las ibéricas y entre sí se encuentran tanto en la varilla como, sobre todo, en la representación animalística de los apéndices. Sirvan de muestra dos pulseras del tesoro 2 de Palencia, una con un diseño en todo su volumen de la cabeza de culebra, animal este de enorme simbolismo tanto en el mundo céltico como en el mediterráneo, y otra donde la representación de unas orejas hace pensar más en la cabeza de un équido. Por su parte, los brazaletes espiraliformes (de 7 a 14 vueltas), terminados en esquemáticas cabezas de serpientes, tan abundantes en la joyería ibérica, apuntan aquí algunos elementos de clara diferenciación: la cinta se presenta aplanada y ancha en las espiras laterales, mientras las del centro son más estrechas de sección lenticular; la decoración, siempre estampada a troquel (granetti y chevrons), se reduce exclusivamente a la zona aplanada. En función de estos caracteres propios se les concede gran personalidad dentro de la orfebrería celtibérica. Entre las fíbulas cabría mencionar especialmente las simétricas inspiradas en esquemas propios de La Tène, pero cuyos detalles decorativos las convierten en productos de fuerte originalidad en el ámbito celtibérico. En la misma se sitúan las anulares hispánicas, caso del extraordinario ejemplar de Arrabalde 1, donde aro y puente se recargan de hilillos de oro y gránulos, dejando únicamente libre la parte más elevada del grueso puente; incluso se le han añadido en el anillo dos salientes circulares perforados, como si se tratara de dos pequeñas orejetas, cuya función es sólo decorativa. Otras joyas, anillos, cadenillas o adornos de pelo espiraliformes, presentan, asimismo, la acusada personalidad de la orfebrería celtibérica. A nuestro modo de ver, son ciertamente de interés por su tratamiento técnico y su acusado esquematismo -en ambos elementos es posible reconocer el quehacer tan específico de estos artesanos- los denominados pingantes, recogidos en puntos tan alejados como Ramallas y Coca, cuyo papel pudo ser de simples colgantes suspendidos de una cadena o correa. En concreto el de Coca da la impresión de ofrecer la representación de una cabeza de animal con la boca abierta, destacando los dos grandes ojos abultados inscritos en un lazo en forma de ocho. Sin embargo, aún más destacable por su personalidad nos resulta el broche de cinturón de Arrabalde 2. Trabajado en oro, se encuentra unido a dos placas rectangulares articuladas, con repujado de motivos circulares de tamaño variable, desarrollando una banda central con los mayores, bordeada por líneas cortas de pequeños bollitos. En cuanto a la cabeza, ha sido ejecutada con un modelado suave, dejando apreciar, no obstante, las facciones del animal, que en este caso se muestra en perspectiva cenital. Una forma iconográfica de claro simbolismo en el ámbito celtibérico, y que responde a un esquema interpretativo de la estética propio de su mundo cultural. No en vano, el mismo diseño animal se reconoce en la cerámica de Numancia, en algunas teserae de hospitalidad, o en la excepcional empuñadura de un puñal tipo Monte-Bernorio procedente de la tumba 32 de la necrópolis de Padilla de Duero. En fin, completamos este pequeño repaso a la orfebrería con las vasijas de plata, poco abundantes en estas tierras, al contrario que en las ibéricas. Comparten ambos grupos la forma abierta y la línea de carena marcada, si bien ciertos detalles decorativos abundan en favor de una producción local. No queremos concluir este apartado dedicado a la metalurgia y la orfebrería sin hacer mención de las monedas, por cuanto en ellas es posible reconocer elementos figurativos valorables en la estética celtibérica. Sin duda hay que decir que los responsables de las primeras acuñaciones indígenas en la Celtiberia son los romanos, y que la moneda celtibérica comparte tipos iconográficos y alfabeto con la ibérica. Como en ésta, incluso de manera más acentuada que en otras vertientes de su arte, los artesanos de las cecas celtibéricas hacen gala de un singular esquematismo y simplicidad en el tratamiento plástico de las figuras. El tipo principal del anverso de estas acuñaciones en plata y bronce recoge la representación de una cabeza masculina donde se detallan los bucles del peinado, así como la caracterización precisa de su perfil: nariz, labios y mentón pronunciados. En cambio, el reverso suele ser más variado, si bien la serie más abundante es la del jinete lancero a caballo, aunque tampoco faltan otros motivos más extraños, caso de gallos o leones pasantes.
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Gran parte de la arquitectura que conforma la Sala Capitular va a actuar como soporte de un programa bíblico que acoge los principios básicos del cristianismo, en un discurso fuertemente coherente, claro y ejemplificador para la comunidad religiosa a la que está destinado. Dos son los ciclos que conforman las líneas básicas de las representaciones: Antiguo y Nuevo Testamento. Uno y otro se convierten en los motivos esenciales, mientras las Genealogías de Cristo actúan de enlace entre ellos. Esta lógica división arrastra obligatoriamente un riguroso orden en el soporte, pues su claridad en la lectura depende de cómo se distribuyan las imágenes en la arquitectura. En este sentido, el carácter rectangular de la estancia va a beneficiar la idea global de la representación, pues el hilo argumental tiene una clara orientación al situarse los inicios en el norte, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Del mismo modo, los seis tramos que conforman la serie de cinco arcos apuntados, en lugar de suponer un inconveniente, servirán para separar nítidamente los distintos ciclos. Así, sus diez caras opuestas generarán veinte enjutas en las que se instalan el mismo número de episodios del Antiguo Testamento, que queda de este modo situado en el corazón de la sala y en la columna vertebral de la arquitectura, arropada por los muros perimetrales. Las Genealogías de Cristo, importante nudo del conjunto, tienen reservado un lugar neutro en los intradoses de los cinco arcos apuntados, acogiendo una serie de catorce representaciones en cada uno de ellos, lo que hace un total de setenta que, en este caso, avanzan de norte a sur y de sur a norte hasta encontrarse en un punto intermedio. Respecto al Nuevo Testamento, el segundo gran ciclo, se sitúa en los muros perimetrales y con un recorrido de norte a sur por el lado oriental, en donde se desarrollan once escenas relativas a la vida de Jesús acogidas en los lados menores y en tres de los seis tramos del oriental, visión parcial de lo que debió ser la totalidad, por cuanto antes del incendio de 1936 algunas ya habían desaparecido, y la mayor parte de las fotografiadas se encontraban en mal estado. Cabe pensar, y algún testimonio hay, que los espacios pintados alcanzarían en origen a todo el recinto, incluido el muro occidental, que es donde se abren las ventanas que dejan pasar la luz desde el claustro.