El Románico es un arte fundamentalmente religioso. Por esta razón, sus principales manifestaciones se darán en iglesias y monasterios. Estos edificios estarán caracterizados por la austeridad, la sencillez y, especialmente, por su solidez. Las iglesias románicas presentan una planta en forma de cruz latina, con una o tres naves generalmente, siendo la central más amplia que las laterales. Cada una de las naves acaba en su respectivo ábside, casi siempre semicircular. El arco de medio punto es uno de los elementos constructivos identificadores de este estilo. En el interior de los edificios, el arco de medio punto está sustentado por capiteles, habitualmente decorados, bien con escenas bíblicas, bien con animales fantásticos, elementos geométricos o vegetales. Columnas o pilares sostienen las arquerías. La bóveda de cañón, constituida por la sucesión de arcos de medio punto, es otro elemento identificador. Con las bóvedas se obtiene una mayor solidez en las edificaciones. Pero, al ser más pesadas que los techos de madera, las bóvedas requieren que los muros sean más gruesos. Estos muros deben ser sustentados por contrafuertes, tanto en el interior como en el exterior. Todos estos elementos constructivos dotan al edificio de un aspecto sólido, con el fin de perdurar en el tiempo. Los edificios románicos concentran la decoración en portadas, cornisas y capiteles. La puerta tiene un aspecto abocinado, configurándose gracias a una serie de arcos de tamaño decreciente y progresivamente rehundidos, arcos denominados arquivoltas. El arco de puerta suele tener tímpano y, si la puerta es muy ancha, se refuerza con un soporte central denominado parteluz. La decoración escultórica inunda todos y cada uno de estos elementos, decoración que desempeña una clara función didáctica.
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La stasis producida como consecuencia del proceso acumulativo básico en la formación de la polis encuentra otra posible vía de solución en el inicio de una nueva etapa en la organización de viajes colectivos al exterior. El crecimiento demográfico y los cambios cualitativos en la explotación de la tierra favorecieron los impulsos que llevaron a algunas colectividades a trasladarse en busca de un nuevo oikos, cuando sus posibilidades en casa se hallaban cerradas. La formación de la politeia era un proceso simultáneamente integrador y excluyente, pues la formación de un demos privilegiado implicaba automáticamente la supeditación o exclusión de nuevas masas de población, numéricamente crecientes. Una posible salida para esta exclusión fue la búsqueda de un nuevo oikos externo, una apoikía. Éste es, en efecto, el nombre que recibe en griego la institución que habitualmente se traduce por colonia. Se trata, en general, de un nuevo asentamiento donde una población emigrada funda una nueva polis, que adquiere ex novo los rasgos que se están configurando en la ciudad madre, en la metrópolis. En las colonias, tales rasgos, al implantarse de modo preconcebido, resultan en general más nítidos. Los nuevos propietarias de un kleros distribuido entre los colonos emigrados son naturalmente miembros de esos sectores de la comunidad que, en su propia polis, tienden a quedar excluidos del proceso integrador formativo de la nueva politeia. Sin embargo, la empresa colonial está siempre encabezada por un fundador, oikistés o ktistes, perteneciente a alguna de las familias de la aristocracia metropolitana. Así, se hace expresa referencia en relación con las expediciones procedentes de Eubea, donde se habla de los hippobotai, la aristocracia caballeresca que domina las ciudades de Calcis y Eretria en el momento de iniciarse su precoz colonización occidental. Al tratar también de las colonias fundadas por los corintios, las fuentes mencionan específicamente el genos de los Heráclidas, como se definían los miembros de la aristocracia dominante, monopolizadora de la herencia que habrían dejado las migraciones de la edad oscura, de raigambre relacionada con los héroes legendarios del mundo micénico, aunque a veces también se refieren a los Baquíadas, genos específico y concreto que ejerce su poder en la Corinto aristocrática, de manera prácticamente dinástica. De este modo, también las colonias inician su andadura bajo la guía y protección de la aristocracia y el fundador adquiere el estatuto de héroe al que se rinde culto como a los héroes fundadores legendarios de las ciudades de la Hélade. El proceso colonial representa, pues, un efecto del desarrollo conflictivo de la formación de la polis, pero también una proyección de sus líneas dominantes, pues la aristocracia sigue presente en el control de la realidad y del imaginario de la nueva polis. Este aspecto queda reflejado de manera muy especial en el papel desempeñado por el oráculo de Delfos, que en esos momentos se está definiendo precisamente como centro ideológico de la Grecia arcaica. Su consolidación como centro panhelénico posibilitó el aumento de su influencia y gracias a ella se reforzó a lo largo de esos años hasta marcar las líneas principales del pensamiento griego. En efecto, toda expedición colonial debía ir precedida de la consulta oracular, capaz de dar indicaciones sobre rutas, sobre lugares de asentamiento y sobre las personas que habrían de desempeñar el papel dirigente. Es muy probable que las tradiciones recogidas por las fuentes exageren y sistematicen en exceso algunas de las respuestas oraculares, sobre todo las más antiguas, pero todo hace pensar que el santuario se fue convirtiendo en un centro informativo, capaz de archivar y de distribuir dosificadamente los datos, entreverados con los elementos que podían servir para garantizar el control de las acciones coloniales desde el oráculo mismo, intermediario panhelénico de las clases dominantes de las ciudades.
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Las colonias se diferenciaron mucho entre sí. En algunas, los gobernadores los nombraban las compañías; en otras, los propietarios, y hasta las había que tenían cierto autogobierno. En general, se tendió a crear un sistema administrativo semejante al de las compañías comerciales: una asamblea electiva (que actuaba como cámara legislativa), un Gobernador y un Consejo. El Gobernador y los consejeros eran nombrados por la Corona y los derechos de los colonos se expresaban en las asambleas de su propia elección. En algunos casos, las asambleas llegaban a tener la facultad de aprobar el mismo sueldo del gobernador. El primer distanciamiento entre las colonias del norte y las del sur surgió antes de mediar el siglo XVII, con motivo de la guerra civil inglesa. La victoria de los puritanos de Cromwell, que defendían la causa parlamentaria, fue celebrada en Nueva Inglaterra como un triunfo propio, mientras que en Virginia la noticia de que habían decapitado al rey Carlos I (1649) fue acogida con verdadero horror. El período parlamentario aminoró luego la presión metropolitana sobre las colonias, que pudieron funcionar con mayor autonomía, pero la restauración monárquica volvió a acentuar el control metropolitano en 1684, mediante la creación del Dominio de Nueva Inglaterra (desde Pennsylvania hasta el norte), que sería administrado por un Gobernador nombrado por el Rey. La Revolución Gloriosa dio al traste con el intento y los colonos promovieron un levantamiento para deponer al gobernador Edmundo Andros. Posteriormente fue acentuándose el poder realengo. Mayores diferencias surgieron de sus estructuras sociales y económicas. En las septentrionales, la sociedad y cultura puritanas impidieron la inmigración de siervos y la traída de esclavos. El crecimiento poblacional fue vegetativo o consecuencia de la llegada de nuevos correligionarios. Afortunadamente, la abundancia de tierras de cultivo originó una disminución de la edad apropiada para contraer matrimonio, lo que incidió en el aumento demográfico. En las meridionales, siguieron trayéndose emigrantes que pagaban su pasaje con el trabajo y muchos esclavos para las plantaciones tabaqueras. También llegaron al sur muchos delincuentes, a los que se conmutó la pena de muerte a cambio de pasar a América. En el período comprendido entre 1660 a 1700 se dieron 4.500 de estas indulgencias. La configuración económica de las colonias marcó igualmente contrastes esenciales. En el norte, predominó la pesca y el comercio peletero, apoyada en una pequeña agricultura de subsistencia. En el centro, la producción de cereales y ganado. En el sur, predominó la producción agrícola comercializable. El tabaco fue su gran renglón exportador. En 1619 se remitieron a Inglaterra 60.000 libras, en 1628, 500.000, en 1675, 9.000.000 y en 1700, 15.000.000. Procedía casi exclusivamente de Virginia y Maryland. Las colonias contaban ya con 60 a 70.000 habitantes hacia 1660, divididos por partes aproximadamente iguales entre las del norte y las del sur. En 1700, habían aumentado a unos 250.000 habitantes: 92.000 en las colonias del norte, 53.000 en las del centro y 104.000 en las del sur. Unos 25.000 de ellos eran negros y se ubicaban principalmente en las colonias del sur. Pese a sus diferencias internas, las colonias inglesas formaron un conjunto que se distinguía de las españolas y francesas. Es difícil caracterizarlas globalmente, aunque el problema es inevitable. Fundamentalmente, se singularizaron de las demás por haberse establecido en un tiempo y en un espacio diferentes y por gentes de cultura también diferente. Generalizando sus peculiaridades respecto a las colonias españolas, con todo el peligro que este tipo de simplificaciones supone, podríamos decir que son las siguientes: 1. Los primeros colonos ingleses fueron hombres plenamente modernos, por los que había pasado ya el Renacimiento, la Reforma y el Capitalismo, mientras que los primeros colonos españoles llevaban un fuerte bagaje medieval (con todo lo que esto representa), ya que emigraron a fines del siglo XV v comienzos del XVI. 2. Los colonos ingleses se establecieron en territorios relativamente pequeños v de clima continental, semejante al europeo, mientras que los españoles cubrieron enormes espacios de la América tropical e intertropical, en los cuales era difícil la comunicación. Los primeros se afincaron principalmente en zonas litorales y los segundos en las interiores. 3. Los españoles ocuparon todas las zonas donde se había desarrollado la agricultura intensiva en la América precolombina y existían, por consiguiente, grandes concentraciones demográficas y altas culturas. Los ingleses ocuparon zonas marginales de la América agrícola, en las que abundaban culturas cazadoras, recolectoras o de agricultores rudimentarios, con potenciales demográficos menores. 4. Los emigrantes ingleses eran, generalmente, personas perseguidas o marginadas por sus creencias. Iban a América para no volver. A los españoles perseguidos por sus creencias no les dejaban ir a América. Los emigrantes españoles eran siempre católicos y pensaban regresar a la Península, y ricos, si era posible. 5. El colono inglés tenía como promedio unos 30 años. Estaba casado y emigraba con su familia. A veces, estas familias llevaban representantes de tres generaciones (abuelos, padres y nietos). El español tenía un promedio de 20 años y era soltero. Hasta épocas tardías no emigraron familias españolas, y ello por interés de la Corona. De ahí la predisposición del español hacia el mestizaje, cosa que no sucedió en angloamérica. 6. Los colonos españoles proyectaron una economía minera, apoyada por agricultura y ganadería y tuvieron un régimen más autosuficiente que el de los ingleses, totalmente vinculado a su metrópoli. Los colonos españoles exportaban metales preciosos a cambio de artículos suntuarios, los ingleses exportaban productos agrícolas o salazones para procurarse elementos esenciales. 7. Los colonos españoles utilizaron la abundante mano de obra indígena, mediante el trabajo obligatorio, en la producción minera y agropecuaria. Los ingleses emplearon preferentemente la esclava. 8. Los colonos españoles incrustaron sus ciudades dentro de los pueblos indígenas. Cada ciudad surgía como una frontera con los indios, y su entorno era un área intermedia de mestización. Los ingleses practicaron una colonización de barrido, exterminando o expulsando a los indios, lo que originó una frontera definida de avance continuo. 9. Los españoles planificaron una colonización como extensión de su metrópoli. Hicieron nuevas Españas en las que, desde los primeros momentos, crearon sus aparatos burocráticos, sus colegios, universidades, imprentas, etc. Los ingleses planificaron colonias agrícolas de compañías comerciales. Cuando dichas colonias evolucionaron, construyeron por sí mismas sus instituciones culturales. 10. Los españoles procuraron la españolización de los indios (lengua, religión y cultura), mientras que los ingleses los excluyeron de la civilización colonial.
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Los egipcios se distinguen entre todos los pueblos antiguos del Cercano Oriente por haber buscado desde un principio, deliberadamente, un canon ideal del cuerpo humano. En este sentido se parecen mucho más a los griegos posteriores que a sus contemporáneos y vecinos del Asia Anterior. En el mundo asiático, movedizo, sujeto a frecuentes convulsiones, se desarrolló un arte lleno de dramatismo, patético muchas veces, penetrante y variado las más de ellas. En Egipto, en cambio, el arte fue el reflejo intelectual de un mundo seguro de sí mismo. Una vez encontrado su canon, el egipcio lo mantuvo durante siglos, sin cambios sustanciales, casi sin evolución. El hallazgo fue tan precoz, que sólo en las épocas protodinástica y tinita se atisban las vacilaciones y los ensayos conducentes a él. Entre los tratadistas modernos que más a fondo han estudiado las leyes por las que se rige el arte egipcio, destacan el danés Julíus Lange, formulador de la ley de la frontalidad, y el alemán Heinrich Schäfer, a quien se deben muchos de los conceptos y términos que aquí vamos a exponer y emplear. Julius Lange observó que la escultura egipcia mantiene a toda costa el rigor de un plano vertical que corta por su centro el cuerpo humano. Cualquiera que sea la posición de la figura, un plano vertical debe cortarla por su eje medio, de delante a atrás. La espina dorsal, la coronilla, la nariz, la barbilla, el esternón y los órganos genitales deben estar fijos en un solo plano, sin desviarse hacia ninguno de los dos lados. Así fue formulada por Lange su célebre ley de la frontalidad, aplicable a la escultura egipcia y a la de todos los demás pueblos anteriores a los griegos del siglo V a.C. Incluso la escultura griega de la época arcaica observa dicha ley. Los fundamentos de Lange fueron reelaborados por Schäfer. Según éste, "aunque los artistas egipcios empleaban métodos distintos, estaban convencidos de que representaban la naturaleza con la más escrupulosa fidelidad. Si bien sus ojos físicos, corno todos los ojos normales, captaban los escorzos, se desentendían de estas impresiones aparentes e, inconscientemente, consignaban tan sólo lo que sus ojos mentales les decían, lo que ellos sabían acerca de la naturaleza del cuerpo, o si no queremos acentuar demasiado el factor intelectual, lo que vivía en su imaginación como realidad. Yo defino, por tanto, este método de dibujo como de visión rectilínea (geradeansichtig)". Conforme a esta visión, el artista despieza el objeto, y desde un mismo punto de observación, y por tanto a una misma escala, ensambla y diseña sus piezas por el lado más representativo, como es evidente en su pintura y en su relieve. Este acento en lo representativo (vorstellig) nos permite reunir los dos conceptos como definitorios: un arte representativo y de visión rectilínea (geradeansichtig). "Por consecuencia -dice Schäfer- una estatua anterior a otra griega del siglo V a. C., es decir, fundada en el principio de la visión rectilínea, está compuesta partiendo de cuatro puntos de vista que se cruzan en ángulo recto: una vista frontal, otra dorsal y dos laterales. Todas sus partes -cabeza, tronco, extremidades- se encuadran en un marco de planos verticales. Los seres humanos y los animales tienen dos dimensiones básicas en la percepción: una el contorno máximo de la cabeza y del tronco en visión frontal; otra el contorno máximo de los mismos en visión lateral. Estas dos dimensiones máximas, puesta la una en ángulo recto con relación a la otra, fascinan hasta tal punto la imaginación del artista prehelénico, que la composición de sus estatuas, aun las representadas en movimiento, viene determinada por dos planos que se cruzan en ángulo recto. Su concepción de la visión frontal de la superficie exterior de las partes del cuerpo y de sus miembros es transportada y colocada en estos planos, o en invisibles planos paralelos, en un proceso análogo a como maneja los planos de un relieve". Es decir, el eje vertical imaginario de una figura humana en pie es la línea de intersección de dos planos cruzados en ángulo recto. La línea de intersección de esos planos en el bloque prismático de que la estatua fue hecha, pasa a ser el eje vertical de la figura, teóricamente encerrada en el mismo, como un cuerpo congelado en un bloque de hielo. La figura humana y la pirámide están gobernadas, por tanto, por una misma ley compositiva. En apoyo de sus explicaciones, Schäfer ha podido aducir estatuas egipcias a medio hacer, en las que se ve cómo el escultor empezó por dibujar la figura en los cuatro lados mayores del bloque: de frente, por la espalda y por los costados. El más famoso de los relieves de Hesiré ilustra muy bien el tipo clásico de representación del hombre de pie que había de ser normal en la pintura y el relieve egipcios. La línea horizontal de los hombros se cruza con el eje vertical del cuerpo en ángulo aproximadamente recto. La línea de los hombros y el ojo están vistos de frente; todo lo demás, de perfil, sin ningún asomo de tres cuartos. La posición del pezón o del ombligo sobre o junto a la línea de contorno, responde a esa visión de perfil estricto. Los dos pies muestran en primer plano el dedo gordo. El lado por el que originariamente fue creada la figura del hombre, quizá en conexión con la dirección de la escritura jeroglífica, fue el de su perfil derecho. Prueba de ello la tenemos en que cuando las figuras están mirando a la izquierda, suelen tener las manos y las varas que en éstas llevan en el lado contrario. Sabemos por la escritura que la mano izquierda tiene a menudo una vara larga y la derecha una corta (el cetro llamado Rhereb), y así lo vemos también en relieves como el de Hesiré (éste lleva, además, en la mano izquierda los útiles de escriba). Pues bien: cuando las figuras se vuelven a la izquierda, las manos que sostienen las varas son las mismas, pero muchas veces el brazo derecho va unido al hombro izquierdo y el brazo izquierdo al derecho. La mujer es representada como el hombre, pero con el pie izquierdo algo menos adelantado. La mujer suele estar parada; el hombre, caminando. La mujer lleva un vestido largo, de hombreras más o menos anchas, sin mangas. En la realidad, el arranque de las hombreras tenía que encontrarse por encima de los senos. En los relieves y pinturas se representa un solo seno, de perfil, a veces descubierto del todo, y siempre sin relación ni con el vestido ni con los hombros. Es como si el artista hubiera empezado por dibujar el cuerpo desnudo, según su modo habitual de hacerlo, y después le hubiese puesto el vestido sin atender para nada a la lógica de su relación con aquél. En la memorable "Expedición a Egipto", patrocinada en los años 30 del siglo XIX por el Rey de Prusia para registrar y publicar todos los monumentos egipcios conocidos entonces, su director K. R. Lepsius, observó que las figuras de una tumba de Sakkara estaban cubiertas por una cuadrícula. Hoy se conocen más de cien ejemplos similares desde la época de Zoser. Se ha pensado que algunos relieves egipcios han sido cubiertos de una cuadrícula para hacer de ellos una copia exacta en época posterior. Se afirma incluso que la retícula de algunos relieves de Zoser está hecha por copistas de Epoca Saítica. Ahora bien: una cuadrícula puede también estar hecha por el pintor o por el escultor que hace un relieve para ajustar las figuras a un canon de proporciones. Esta última fue la interpretación de Lepsius. Él observó que la línea central de las figuras de Sakkara estaba realzada como eje vertical y cortada por seis horizontales. Los pies tenían en sus extremos dos puntos rojos. Los estudios de Lepsius han sido ampliados y puestos al día por Inversen, quien ha demostrado que la base del canon egipcio se encuentra en la figura humana de pie y que las proporciones de ésta se fundan en las medidas de la mano y del brazo, es decir, de los miembros corporales que producen y crean las cosas. Inversen ha probado que cada lado de un cuadrado de la cuadrícula egipcia es siempre igual a un puño, o sea, a la anchura de la mano, medida sobre los nudillos, incluyendo el pulgar. El puño viene a ser, por tanto, el módulo de todas las proporciones. El antebrazo con la mano extendida que aparece con tanta preeminencia en la estatua sedente de Zoser fue la base de otra capital medida egipcia: el cúbito pequeño, igual a la distancia que media desde el arranque del antebrazo por dentro (no desde el codo, sino desde el hoyo del lado contrario) al filo de la uña del pulgar. El cúbito pequeño fue la base del canon antiguo, que establecía la altura del hombre, desde la planta del pie hasta la mitad de la frente, en cuatro cúbitos pequeños, equivalentes a 18 puños (o cuadrados de la cuadrícula) o a 6 pies (el pie = 3 puños o cuadrados). Las divisiones del cúbito pequeño se conocen exactamente por varas de medir por la descripción de Heródoto (III, 149), quien lo equipara al cúbito griego, dividido de un modo semejante. Junto al cúbito pequeño se empleaba en Egipto desde tiempo inmemorial (antes de que Imhotep hiciese el recinto de Sakkara) un cúbito regio o real, 1/6 mayor que el primero. Equivalía a la longitud del antebrazo y de la mano extendida, desde el arranque de aquél (donde antes dijimos) hasta la punta del dedo corazón. El cúbito real, que también se encuentra en varas de medir, se aplicaba sólo a edificios construidos en nombre del rey, como las pirámides y los templos. Pero desde el siglo VII a. C., y por tanto en toda la Epoca Saítica, reemplaza al pequeño en la figura humana. A ésta se le dan ahora cuatro cúbitos reales de altura desde la planta del pie hasta el párpado superior, o sea 21 puños o cuadrados. Este será el canon nuevo; el otro, el canon antiguo. El canon nuevo viene a coincidir con el canon griego del siglo V, expresado en pies como era costumbre más extendida entre los griegos. Es importante observar que tanto los egipcios como los griegos aplican medidas humanas a las obras humanas, mientras que nosotros nos expresamos en metros, una medida que no lo es. Son muchos los arquitectos modernos, entre ellos Le Corbusier, que preconizan el retorno a las proporciones fundadas en el hombre. Una vez que el hombre fue sublimado como canon de medidas universales y módulo de proporciones arquitectónicas, se convirtió en centro del cosmos. Por apego a sus instituciones tradicionales, el egipcio no renunció del todo -ni renunciaría nunca- a sus dioses teriomorfos, pero empezó a humanizarlos hasta llegar a las hermosas tríadas de Mykerinos, en donde las diosas son mujeres de cuerpo entero a quienes el faraón hace partícipes de su propia divinidad. Sólo en la nitidez con que el triángulo sexual se transparenta en sus vestidos arde un rescoldo de mentalidad Prehistórica. Para comprender mejor a estas diosas, es conveniente desentenderse un momento de sus tocados y de sus emblemas, que las atan estrechamente a la época y al país que las crearon, para fijarse sólo en sus cuerpos, encarnaciones de una belleza intemporal y universal. La impresión que se recibe al contemplarlas despacio permite comprender hasta qué punto fue lógico y consecuente que cuerpos humanos de formas tan perfectas llegasen a ser considerados como recipientes dignos de contener lo divino.
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En la réplica de Juan de Salisbury al canciller imperial Reinaldo de Dassel cuando éste definió como "reguli" (meros gobernantes provincianos) a los monarcas europeos, el autor inglés hizo algo cargado de significado: defendió la independencia política respecto al Imperio de lo que conocemos como "monarquías feudales". Se trata de una expresión perfectamente consagrada en los medios académicos pero que, a los no iniciados, puede paracerles contradictoria en sus términos. No lo es en absoluto. Los monarcas europeos del Pleno Medievo, afirmaron su poder aprovechando tanto el entramado de relaciones de fidelidad feudales como la recuperación de un derecho romano que les sirvió de importante cobertura moral. Distintos autores han definido a lo largo de este siglo las características de tales Estados que, a la postre, crearán el modelo político para los tiempos modernos. Sidney Painter presentó en su día a las monarquías feudales como un paso adelante en relación con las monarquías germánicas. Estas ultimas se habrían desarrollado entre los siglos VII y X: se caracterizarían por ser electivas y por ser sus titulares señalados por Dios para gobernar sobre los demás hombres. Entre los siglos X y XII las grandes monarquías germánicas (Francia, Inglaterra, pero también Alemania) devendrían en monarquías feudales al calor, precisamente, de la evolución de las instituciones feudovasalláticas. Un Estado feudal -prosigue Painter- se caracterizaba porque la clase gobernante forma una jerarquía feudal en cuya cima esta el rey. Los recursos de éste son, sustancialmente, los derivados de su posición en la pirámide feudal. Todos los Estados feudales tienen unas características y una evolución similar: los monarcas tratan de contrarrestar la fuerza de sus barones; cada Estado desarrolla unos organismos financieros y judiciales; y en cada uno de ellos acaba aparaciendo una asamblea representativa. Todos los Estados feudales también padecen en el Pleno Medievo limitaciones similares: la realeza suele ser peripatética y sólo tardíamente concentra todo el aparato de poder en un determinado punto (Westminster, París...); las rentas reales, durante mucho tiempo, no serán superiores a las de cualquier gran señor feudal; los ejércitos reales son poco numerosos; el número de funcionarios es corto y con escasa especialización, etc. A pesar de todo, la realeza feudal -desprovista además de la pompa, por ejemplo, de la bizantina- echó los cimientos para la incuestionada superioridad política de Occidente en el futuro. Para Ch. Petit Dutaillis, uno de los grandes popularizadores de la expresión "monarquía feudal", la Francia de los Capeto y la Inglaterra de los reyes normandos y Plantagenet serían las máximas expresiones del modelo. Un modelo que se desarrolla -dice- cuando las formas señoriales y feudales amenazaban con ahogar a los monarcas. Que éstos lleguen a imponerse se debe, en parte, al genio de algunos de sus representantes (un Guillermo I o un Enrique II en Inglaterra, un Felipe Augusto en Francia) pero también a otros factores. Está, por una parte, la propia lógica feudal que, si introduce la violencia y la anarquía, como contrapartida presenta para los reyes algunas ventajas: los lazos de fidelidad, los juramentos y el papel legal de señores supremos que los reyes ejercen por encima de la intrincada red de relaciones feudovasalláticas. Y está, por otra parte, el papel de la Iglesia que nutre de cuadros a la administración y de contenido político a las funciones reales. La Iglesia exalta la monarquía pero también trata de servirse de ella para sus propios fines. Otro autor, R. Fedou, ha sido categórico: desde el siglo XI, y para culminar en el XIII, el Estado se restauró en Occidente a través de la feudalidad. Tanto ésta como la Iglesia supusieron correctivos para una posible teocracia real. W. Ullmann ha dicho a este respecto que el monarca europeo de la época sería un ser políticamente "anfibio": su voluntad es fuente de ley, pero el consentimiento -implícito o explícito- del elemento feudal le es imprescindible para tomar decisiones. Los círculos eclesiásticos, a su vez, fueron elaborando un cuerpo de doctrina que definía las funciones y, sobre todo, las cualidades que debía tener un buen gobernante. Juan de Salisbury en el "Policraticus" (redactado hacia 1159) redactó un tratado de moral cívica con ánimo de corregir los abusos provenientes de un aparato de gobierno en vías de consolidación. Siguiendo una vieja tradición que se remontaba a san Isidoro, establece las pertinentes distinciones entre rey y tirano. El respeto a la ley, concebida como norma de conducta basada en la fe cristiana, es lo que separa a uno del otro. La defensa del tiranicidio es bastante matizada: en último termino se invoca la confianza en el fin miserable de todo gobernante injusto. Un siglo mas tarde, santo Tomas recalcará que al pueblo le corresponde establecer la diferencia entre la "obedientia indiscreta" (que es ciega y mecánica) y la "obedientia discreta" (que tiene un carácter crítico) y justificará un derecho de resistencia frente a un poder tiránico. Profundos tratados políticos y textos literarios más livianos fueron nutriendo un género escasamente original pero que habría de tener una extraordinaria difusión en los últimos siglos del Medievo: los "Espejos de príncipes". En ellos se nos expone de forma pormenorizada y reiterativa todo el conjunto de virtudes personales y publicas que debían adornar a un gobernante. La "Segunda Partida" supone todo un código moral para gobernantes y gobernados. Por los mismos años en que la magna compilación jurídica alfonsí se redactaba, Egidio Romano daba a la luz el más famoso de los espejos de príncipes: "De regimine principum". Serviría de inspiración a numerosos autores del Bajo Medievo hasta llegar al mismísimo Erasmo de Rotterdam.
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La gestación de la pintura rococó se produce en Francia durante el período de la Regencia de Felipe de Orleans (1715-1723), teniendo su época estelar durante el reinado de Luis XV. De allí la sensibilidad rococó pasaría a Italia, Centroeuropa, España y otros países europeos, si bien con desigual intensidad. En España, la pintura rococó se desarrolló a partir de 1735, aproximadamente, con cierto retraso con respecto a Francia e Italia y sin alcanzar la intensidad y la importancia alcanzada en esos dos países, salvo en el ámbito de la Corte. En su desarrollo entre nosotros intervinieron tres factores de forma más o menos simultánea. De una parte, la venida de decoradores italianos como Rusca, Amigoni, Giaquinto o Tiépolo, para decorar los Reales Sitios, y en especial el nuevo Palacio Real de Madrid. De otra, el regreso de pintores españoles formados en Italia (Roma y Nápoles), que traían la nueva sensibilidad, entre otros Rovira, Luzán o Antonio González Velázquez. Por último, la llegada, a la Corte y a las colecciones aristocráticas y de burgueses selectos, de pinturas rococó importadas de Italia y Francia, que serían estudiadas y copiadas por artistas españoles. Resulta evidente que, por todos esos motivos, la pintura rococó en España presenta una dependencia total de Italia, y más en concreto del ámbito napolitano-romano y, en menor medida, veneciano. El influjo francés, salvo en casos significativos como el de Luis Paret, tuvo menor peso específico. La pintura rococó tuvo un predominante sentido y función decorativos. En ella lo pictórico predomina sobre la línea, sobre el dibujo, siendo de gran espontaneidad de pincelada, como se comprueba en los bocetos y modellini de los grandes frescos y cuadros de altar. Al gran auge de la pintura al fresco y al óleo, herencias del Barroco, se unirán en la época del Rococó nuevas técnicas pictóricas como el pastel o la acuarela. Composiciones y figuras se caracterizarán por la gracia, la delicadeza y la artificiosidad como exponentes de un arte para la aristocracia y la alta burguesía. Los colores que utilicen los pintores rococó en su paleta serán suaves, luminosos y delicados, predominando los tonos pastel (amarillos claros, rosas, verdes pálidos, azules celeste, grises perla, combinados con blanco). En España la pintura rococó alcanzará su máxima expresión y calidad en los frescos de las bóvedas y cúpulas de los Reales Sitios (Palacio Real de Madrid, El Pardo, La Granja, Aranjuez), con representaciones alegórico-mitológicas que exaltan la monarquía española. También se decorarán las bóvedas de iglesias (El Pilar de Zaragoza, Salesas Reales de Madrid), con ciclos marianos y alegórico-religiosos, y se realizarán grandes cuadros de altar y cuadritos devocionales o de oratorio, en los que las escenas evangélicas o hagiográficas mostrarán al fiel una visión más amable y sensiblera de lo sagrado que la pintura del Seiscientos. El retrato, más humanizado y con menor solemnidad que el barroco, presentará ejemplos destacables. Las escenas galantes gozarán de menor predicamento que en Francia, pero dentro de la temática de género en la Corte destacará la importantísima producción de alegres cartones para tapices con los que ornar las estancias de los palacios reales. La pintura rococó tuvo que convivir en España durante el siglo XVIII con una arraigada pintura tardobarroca y, en el último tercio de la centuria, con el academicismo clasicista influido por Mengs, con interacciones e hibridaciones de las tres sensibilidades en bastantes artistas. Hubo pintores estrictamente rococós y otros que en alguna fase de su vida artística, especialmente en la inicial de juventud, pintaron en clave rococó, por el gran influjo, directo o indirecto, de Giaquinto. En una cronología de la pintura rococó en España propondríamos la periodización siguiente. Un primer período, que iría de hacia 1735 a 1752, sería el de desarrollo de las primeras manifestaciones, con la actividad de Rusca y Amigoni en la Corte, y los inicios de los pioneros españoles como Luzán y Rovira. Un segundo período, entre 1752 y 1770, sería el del triunfo de la pintura rococó en la Corte y en la Academia con la venida de Corrado Giaquinto, su actividad y su influencia en destacados pintores españoles (A. González Velázquez, F. Bayeu), y la fecundidad del foco zaragozano; se cerraría el período con la muerte de Tiépolo y el triunfo oficial de Mengs y su idealismo clasicista. El último período sería el de la pervivencia de la pintura rococó en recesión frente al clasicismo académico, entre 1770 y 1790, con realizaciones tan brillantes como las de Paret o las de los cartonistas -del Castillo, Goya-. En cuanto al desarrollo geográfico de la pintura rococó, éste fue selectivo y no generalizado. El foco más destacado y activo fue el de la Corte y la Academia de San Fernando de Madrid, especialmente durante el reinado de Fernando VI. Por lo que se refiere a los focos regionales, brilló sobre los demás el de Zaragoza, en estrecha relación con Madrid, después el de Valencia, y con mucha menor trascendencia, alguna individualidad en Barcelona y Sevilla.
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Lo primero que destaca en los conflictos sociales de los siglos XIV y XV es su transparencia, en el sentido de que nos ofrecen enfrentamientos directos entre grupos sociales antagónicos, que pugnan básicamente por motivos económicos y políticos. En esto se diferencian de buena parte de la conflictividad social de épocas anteriores, que solía aparecer enmascarada con cuestiones de carácter religioso. Tal había sido el caso, por ejemplo, de los movimientos milenaristas y heréticos, por no hablar de fenómenos como las cruzadas o la exaltación de la pobreza, que en buena medida también incorporaron aspectos estrictamente sociales. De todos modos es preciso advertir que también a fines de la Edad Media hubo conflictos sociales que tenían fuertes componentes de naturaleza religiosa, como aconteció con la revuelta husita de Bohemia. No estuvo tampoco ausente en la época que nos ocupa la hostilidad racial, tomando este término con todas las precauciones, como lo ponen de manifiesto las violentas sacudidas antijudías, en donde el elemento estrictamente étnico se sumaba al religioso y al social. Por otra parte, llama la atención la frecuencia de movimientos sociales de gran radio de acción, entendido éste tanto en el sentido de su amplitud territorial como en el de su intensidad. Figuran en ese capítulo acontecimientos como la "Jacquerie" francesa de mediados del siglo XIV, la revuelta de los "ciompi" florentinos de 1378 o la sublevación del campesinado inglés de 1381, por lo demás desarrollados todos ellos en un corto periodo de tiempo, por no hablar de otros muchos, como el ya mencionado conflicto husita o, casos ambos registrados en el ámbito hispánico, el alzamiento de los payeses de remensa catalanes y el de los "irmandiños" gallegos. Pero lo afirmado no invalida el hecho cierto de que simultáneamente se produjeran a lo largo y a lo ancho de la Europa cristiana, en la época de que tratamos, innumerables luchas sociales de carácter puramente local. Solían ser conflictos localizados en un lugar muy concreto y, por lo general, desarrollados en un tiempo breve. Ejemplos paradigmáticos de lo que decimos podrían ser la protesta llevada a cabo en 1318 por los habitantes del "borgo" de Castropignaño, en tierras del Reino de Nápoles, contra su señor, o la acción emprendida por los vecinos de la localidad castellana de Paredes de Nava, los cuales, en el año 1371, se enfrentaron y dieron muerte a su señor, Felipe de Castro, como protesta por la intención de éste de aumentar los tributos que cobraba sobre sus dependientes. Al igual que en los de cualquier otra época, en los conflictos sociales que tuvieron lugar en los siglos XIV y XV es preciso diferenciar los objetivos últimos por los que luchaban los que protagonizaban la protesta de los motivos concretos que propiciaron su estallido. Sin duda, una de las causas inmediatas de buena parte de las revueltas populares de fines del Medievo era el rechazo de punciones fiscales que se juzgaban injustas o abusivas. La sublevación popular inglesa de 1381 estalló a raíz de la protesta contra el "poll-tax" que, previa aprobación del Parlamento, pretendía cobrarse entre los contribuyentes para hacer frente a los crecientes gastos que ocasionaba la guerra de los Cien Años. Pero en otras ocasiones la revuelta surgía para impedir el incumplimiento, por parte de los señores, de los usos y costumbres tradicionales de un determinado lugar, frecuentemente pisoteados por los poderosos. Por lo que se refiere a los objetivos de las luchas sociales cabe señalar que eran muy nítidos desde un punto de vista general, pues lo que pretendían los protagonistas de las revueltas era, básicamente, un mejor reparto tanto de la renta como del acceso al poder político. Pero los objetivos concretos podían obedecer a una casuística sumamente variopinta. Es posible, no obstante, que los movimientos específicamente urbanos tuvieran unos objetivos más precisos que los rurales, sin duda más vagos en cuanto a sus pretensiones últimas. La historiografía dedicada a la temática de las luchas sociales suele distinguir entre conflictos rurales y urbanos. En principio puede ser valida esta idea, pero a condición de no caer en simplificaciones inadmisibles. De hecho, no hubo conflictos considerados por los historiadores como campesinos en los que no participaran también gentes de las ciudades, pero igualmente, en sentido contrario, las revueltas urbanas solían propagarse al entorno rural. En todo caso conviene advertir que las pequeñas ciudades, en el sentido que atribuye R Hilton a esta expresión, o las villas, si pensamos en las tierras de la Corona de Castilla, desempeñaron un papel decisivo en los movimientos populares, incluso en los de carácter esencialmente campesino. Así sucedió en la "Jacquerie" francesa, en la revuelta inglesa de 1381 o en la rebelión "irmandiña" de tierras gallegas del siglo XV. Esos núcleos urbanos, en cierto modo equidistantes de las grandes ciudades y de las aldeas, ofrecían magníficas condiciones pare canalizar las protestas de los rebeldes, pero también para la celebración de asambleas populares, en las que los dirigentes de la revuelta ensayaban una incipiente oratoria profana. También hay que huir del esquematismo a la hora de analizar la composición de los grupos participantes en los conflictos. Hablamos de movimientos populares, pero el término hay que entenderlo en un sentido amplio. Las sublevaciones campesinas, orientadas contra el poder de los señores feudales, solían tener en su seno a gentes de condición mediana, incluso a miembros de la pequeña nobleza. "En calidad de protagonistas de la oposición al señor aparecen desde los marginados hasta los caballeros, pasando por los hidalgos", señaló A. Guilarte a propósito de los movimientos antiseñoriales de ámbito preferentemente rural. Algo parecido sucedió con las revueltas urbanas, en las que podían darse la mano gentes del común y miembros de las capas dirigentes, incluidos por supuesto eclesiásticos. ¿Quienes fueron los dirigentes de las sublevaciones populares de fines de la Edad Media? Es evidente que a esta pregunta no puede darse una respuesta de validez universal. Los líderes de las protestas fueron, sin la menor duda, muy variados desde el punto de vista de su adscripción social. Encontramos, cómo no, a dirigentes de extracción popular. Tal fue el caso, entre otros, del tejedor de Brujas, Pierre de Coninc, que destacó en las luchas sociales de su ciudad de comienzos del siglo XIV, o, años más tarde, de Michele di Lando, cardador de Florencia, que desempeñó un papel muy relevante en los sucesos de 1378 en la ciudad del Arno. Pero en otras muchas ocasiones los cabecillas de las revueltas populares, lejos de reclutarse entre el común, tenían su origen nada más y nada menos que en las mismísimas clases privilegiadas. Florencia nos proporciona, de nuevo, un ejemplo singular. Nos referimos en esta ocasión a Salvestro dei Médici, líder indiscutible de la revuelta de los "ciompi" de 1378, que pertenecía a la familia más poderosa de la ciudad. También destacaba por su origen social Etienne Marcel, dirigente de la revuelta que estalló en París en 1358. Marcel era el preboste de los mercaderes de la ciudad del Sena. Asimismo, hay que incluir en este apartado a los dirigentes de la revuelta "irmandiña" de Galicia de la segunda mitad del siglo XV, Alonso de Lanzós, Pedro de Osorio y Diego de Lemos; los tres, miembros de encumbrados linajes de la nobleza galaica. Una cuestión de la mayor importancia es la relativa al papel desempeñado por los eclesiásticos en las revueltas populares de los siglos XIV y XV. Ciertamente hubo movimientos de fuerte sentido anticlerical, como el que afectó a Flandes marítimo entre los años 1323 y 1328. Pero dicho caso fue, en cierto modo, una excepción. Amplios sectores del clero, sobre todo del bajo, que tenía un contacto permanente con la gente menuda, simpatizaron con las revueltas populares, a las que consideraban un castigo divino contra los abusos de los poderosos, incluyendo en este grupo, por supuesto, a los altos dignatarios de la Iglesia. Por otra parte los textos esenciales del Cristianismo, y en primer lugar los Evangelios, sirvieron muy a menudo de fuente de inspiración de los sediciosos. Así se entiende, por ejemplo, que el "popolo minuto" florentino de la época de la revuelta de los "ciompi" se presentase nada más y nada menos que como el "popolo di Dio". Hubo, por lo demás, eclesiásticos claramente comprometidos con los movimientos populares. Quizá el caso más significativo de todos los conocidos sea el del clérigo inglés John Ball, que se sumó al levantamiento campesino de 1381. A John Ball se le atribuye una frase célebre (Cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿donde estaba el Señor?), reveladora de la posibilidad de concebir un mundo igualitario, aun cuando pareciera puramente utópico, en el que no hubiera señores ni, por lo tanto, campesinado dependiente. Es preciso poner de manifiesto, no obstante, cómo el modelo ideal de los protagonistas de las revueltas populares no se proyectaba sobre el futuro, sino que se retrotraía al pasado, en concreto a los tiempos supuestamente idílicos del paraíso terrenal. De todas formas, la Iglesia oficial nunca se sumó a los movimientos populares, limitando su actuación, en el mejor de los casos, a proponer reformas morales, que evitaran los abusos y, en definitiva, hicieran innecesarias las revueltas. Antes de cerrar este apartado creemos conveniente hacernos una pregunta. ¿Es posible, a propósito de los conflictos de la Europa cristiana de los siglos XIV y XV, hablar de "lucha de clases"? R. Fossier, primero, y J. A. García de Cortazar, después, hablaron, refiriéndose a la conflictividad social de la época que nos ocupa, de los "inicios de una lucha de clases". No queremos reproducir viejas disputas conceptuales, cuando no meramente terminológicas, acerca de esta cuestión. Pero es evidente que si aceptamos como operativo el concepto de clase social para los tiempos medievales inevitablemente entrará en juego la expresión "lucha de clases" cuando tratemos de los conflictos habidos entre ellas. Pensamos incluso que la lógica más elemental nos llevaría a aceptar ambos conceptos en un pasado mucho más remoto que el medieval, es decir, desde el momento mismo en que fue posible que un determinado grupo se apropiara de los excedentes generados por la sociedad, lo que equivaldría a decir desde que se perfilan en la historia, con todas las matizaciones que se quieran, las "clases sociales". Tal es, al menos, nuestra postura sobre el particular. Otra cosa diferente es admitir que había, a fines de la Edad Media, conciencia de clase. Si entendemos la expresión con un mínimo de rigor fácilmente llegaremos a la conclusión de que dicha conciencia no existía en la época de que venimos ocupándonos. Pero sí puede rastrearse una especie de instinto de clase entre los protagonistas de las revueltas populares. Los propios textos de la época ponen de manifiesto, con frecuencia, la hostilidad que sentía el campesinado, independientemente de su estratificación interna, hacia los señores feudales. Consideraciones parecidas pueden hacerse a propósito del común de las ciudades con respecto a las aristocracias que les gobernaban. "Los campesinos, viendo que los nobles no les daban protección, sino que les oprimían tan duramente como si fueran enemigos, se levantaron en armas contra los nobles de Francia...; los campesinos querían acabar con los nobles y sus esposas y destruir sus dominios", nos dice el cronista Jean de Venette al referirse a la "Jacquerie". Huelga cualquier comentario ante la expresividad del texto, procedente, no lo olvidemos, de alguien que escribía desde posiciones próximas al estamento nobiliario. En relación con los movimientos populares de signo ciudadano podemos recordar la petición que hizo uno de los dirigentes del movimiento de los "tuchins", que sacudió gran parte del territorio de Francia en la segunda mitad del siglo XIV, de que no se admitiera en sus compañías a gentes sin callos en las manos o que tuvieran palabras finas o modales corteses. Aquí se revela, con total claridad, el significado de los hábitos cotidianos y de la apariencia externa, considerados signos expresivos de un determinado grupo social .
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Aun insistiendo en la diversidad comercial europea de los siglos de la plenitud medieval, se puede afirmar que en pleno siglo XIII, antes de que el comercio se transformara definitivamente en la siguiente centuria y de que algunas realidades sufrieran una gran crisis, como sucedió, por ejemplo, con las Ferias de Champaña que declinaron a fines del mil doscientos, existió un gran abismo entre el comercio internacional a gran escala y el comercio al detalle y por menudeo que algunos mercaderes y compañías mercantiles compaginaron con el primero en un sistema mixto de negocios. Además, los depósitos de mercancías, ya fueran una simple tienda o un gran recinto, solían albergar productos variados y los mismos comerciantes en sus desplazamientos cambiaban habitualmente de mercadería a tratar; sobre todo por tratarse aún de un comercio itinerante y móvil, y no tanto sedentario y estable como lo fue el gran comercio de los siglos bajomedievales. En principio, y por lo general, el dudoso origen de los mismos comerciantes y de los beneficios obtenidos, la vinculación ocasional con la piratería en el comercio marítimo, la dificultad en admitir por parte de la Iglesia una actividad que salía fuera de los rígidos esquemas rurales y señoriales, así como la desconfianza hacia la moneda en general y quienes hacían de ella objeto fundamental de atención, promovieron una cierta animadversión hacia todo lo relacionado con el tráfico de mercaderías y los negocios generados por dicho tráfico. Pero dicha actitud fue cambiando con el paso del tiempo, quedando, no obstante, todavía en la baja Edad Media una "mala conciencia" que justifica la dedicación por parte de los grandes mercaderes y burgueses enriquecidos con el comercio de buena parte de sus beneficios a obras piadosas y a estimular un arte religioso para consumo propio o generosa entrega a recintos sagrados. También el carácter de las grandes ferias difería mucho según los casos y circunstancias económicas de sus dedicaciones prioritarias. Así, las de Flandes fueron en parte pioneras y apoyaron el desarrollo del área de Brujas, manteniendo un carácter esencialmente mercantil; en cambio, las de Lyon o Ginebra fueron más financieras que mercantiles. Pero sin lugar a dudas, durante los siglos XI al XIII, el comercio itinerante tuvo en las Ferias de Champaña (Lagny, Bar, Provins y Troyes) su manifestación más lúcida y permanente. Antes de declinar a finales del XIII, su propio ritual, su predominio en el comercio de telas y especias, la presencia permanente de italianos y flamencos, las franquicias disfrutadas por los mercaderes y las garantías legales de su actividad, la frecuencia de las operaciones de crédito, las transferencias de fondos, los cambios, las compensaciones por deudas o las garantías de préstamos, son aspectos hoy suficientemente conocidos -tal y como apunta J. Bernard, siguiendo a otros autores- que muestran el techo máximo al que el comercio había llegado por entonces. Poco a poco, y como una fase más de la llamada revolución comercial, ya en la segunda mitad del siglo XIII y comienzos del XIV, aquellos mercaderes aventureros de los primeros siglos del despertar comercial fueron dando paso, tras varias generaciones, a otros que iban abandonando el nomadismo mercantil y comenzaban a sedentarizarse, confiando en procuradores, agentes comerciales, apoderados, delegados, etc., la realización de las operaciones, la garantía del negocio y la salvaguardia de la mercancía. Agentes que podían ser itinerantes o residentes, comerciantes especializados en determinados productos o en general, actuando sobre bases permanentes o temporales. Asimismo, se fue complicando el sistema de asociación, representación y comunicación en las diversas operaciones crediticias, financieras o de transporte y la contabilidad constituyó un conocimiento indispensable para llevar a buen término cualquier negocio mercantil. De esta forma, a tenor del volumen comercial y de la diversificación y multiplicación de transacciones, se racionalizaron las empresas, se manifestó el culto a las cifras y se desarrolló el crédito y la especulación, acabando por hacerse fundamental el papel de las finanzas y el tráfico del dinero como operaciones especulativas aparte de otras actividades económicas, esforzándose por maximizar los beneficios, ampliar los negocios y buscar la ganancia ininterrumpida. Estas actuaciones iban, desde luego, contra la ética cristiana, por lo que representaba el culto al dinero, la búsqueda permanente del beneficio y la superación de cualquier obstáculo material. Y sin embargo la Iglesia no permaneció del todo fuera del sistema, lo que provocaría las grandes controversias de la jerarquía con las nuevas órdenes mendicantes del siglo XIII (franciscanos y dominicos), que criticaban precisamente la riqueza de los eclesiásticos y el abandono de los menesterosos a los que ellos mismos se ofrecían a atender. Todo ello dentro de un espíritu renovador de la Iglesia que pugnaba entonces entre la fe y la razón, entre la vuelta a los principios evangélicos de pobreza o la inmersión en el mundo con todas sus consecuencias. A su vez, señores, príncipes y gobiernos ciudadanos buscaron echar sobre el comercio la carga impositiva propia de una actividad lucrativa en la que también ellos querían participar. Portazgos, aduanas, peajes y derechos de todo tipo provocaron en ocasiones la protesta de los mercaderes foráneos que querían el mismo trato que los locales; pero en muchas ferias y mercados las franquicias y privilegios de los extranjeros aumentaban su interés por acercarse a los lugares feriados en los que desarrollaban su tarea sin oposición alguna. De la misma forma que la paz garantizada por las autoridades públicas aliviaba el riesgo que los comerciantes solían correr en sus desplazamientos, siendo víctimas frecuentes de asaltos y atropellos que terminaban cuando entraban en los recintos urbanos y quedaban bajo la protección de la paz del mercado y de las leyes y oficiales del lugar. Frente a la inseguridad personal de quien particularmente se desplazaba para comerciar, asociaciones de todo tipo se difundieron en esta plenitud del medievo con fines comerciales y financieros. En principio fue la simple asociación de dos con interés compartido, "societas vera" y para una operación concreta; luego vinieron asociaciones más estables y duraderas de unos socios que ponían el capital y otros que se responsabilizaban de los servicios consiguientes: "comanda", "societas", "colleganza", adaptándose a un comercio y a un crédito rudimentario con riesgo y no siempre con gran beneficio. Finalmente llegaron las grandes compañías comerciales y bancarias italianas, flamencas o las asociaciones de ciudades portuarias en torno a la Hansa en el Báltico, y si bien estas grandes compañías asociadas a familias poderosas de burgueses no se consolidan hasta el siglo XIV, las bases de las mismas comenzaron a establecerse ya en el XIII. El comercio a larga distancia y el carácter internacional de muchas transacciones requirió también una correspondencia mercantil y una red de información necesaria para asegurarse el éxito y desviar la competencia. El triunfo de la correspondencia privada sobre la publica favoreció la aparición de la letra de cambio utilizada en las transferencias de moneda y en el sistema de pago, cambio o crédito. Las fluctuaciones en el cambio entre el oro, la plata y demás metales, los índices de apreciación o depreciación de la moneda y las oscilaciones de precios y salarios se convirtieron en indicadores de las variaciones económicas, pero también obligaron a utilizar papel moneda y cheques que introdujeron un elemento más de complicación para los mercaderes más modestos y una garantía de superioridad para los más poderosos. De todo ello fue un buen precedente el sistema utilizado para establecer la compensación entre deudores y acreedores en las Ferias de Champaña del siglo XIII, junto con la creación de una moneda bancaria como garantía de los grandes prestamistas y depositarios (banqueros) a los descubiertos de sus usuarios. Los grandes banqueros garantizaban los cambios tanto como el mercado de letras de cambio y transferían el dinero de un cliente a otro sin movimiento de efectivo, a distancia controlada por la interacción del banco. Así, los grandes comerciantes-banqueros operaban con mercaderes y con poderosos productores de manufacturas, depositaros de mercancías o simplemente cambistas, buscando el beneficio del mercado de los medios de crédito y especulación. En ese largo siglo XIII (1160-1330) que postula P. Spufford, "se produjeron, por tanto, cambios fundamentales en los métodos de hacer negocios, enfatizados con el título de revolución comercial". Pero, como dice este autor, en este tiempo interesa más conocer la cantidad de moneda en circulación, las actitudes que generaba y el uso que se le daba que los aspectos meramente numismáticos. De lo que podría ser una buena muestra el hecho de que en el campo la renta en dinero desplazase a la renta en trabajo o en especie como signo dominante del señorío en sus múltiples manifestaciones y formas; pero también la introducción, cada vez con mayor empuje, de la moneda liquida o a crédito en las operaciones comerciales. El siglo XIII estuvo sometido, no obstante, a fuertes presiones inflacionistas, especialmente porque la población en aumento presionaba sobre los recursos agrícolas y originaba el aumento del precio de los alimentos, aunque también debido a la mayor cantidad de dinero y a la variación de la aleación y peso; lo cual tenia mucho que ver con el gran comercio que manejaba moneda continuamente y acaparaba en torno a si buena parte de ella. La disponibilidad de numerario procedente de la gran revolución producida en las rentas (transformación de la señorial de especie o trabajo a moneda, política impositiva fiscal sobre base monetaria, etc.) a lo largo del siglo XIII y el crecimiento de la demanda de objetos de lujo, produjo un gran cambio cuantitativo en el volumen del comercio internacional, y la diversidad de disponibilidades también lo produjo en lo cualitativo. El resultado de la revolución comercial de la plena Edad Media fue, en realidad, un fenómeno de aumento del volumen comercial dentro de la estructura de una economía y una sociedad tradicional en la que la moneda no había servido todavía de referencia, elemento intercambiador y soporte de negocios. Cuando se llegó a la consideración de la división de funciones entre los comerciantes sedentarios, los agentes intermediarios y los transportistas de mercancías, con el soporte financiero y la garantía de los sistemas monetarios y de crédito, se puede decir que el ciclo de la evolución de la economía tradicionalmente cerrada hacia la especulativa y abierta se había concluido con el resultado de un capitalismo mercantil que tendría a partir del XIV su virtualidad. Pero esta transformación del comercio por la que el comerciante aislado, que se movía continuamente por las rutas europeas a mayor o menor distancia con sus mercancías, se vio sustituido por varios intervinientes con funciones especificas, sólo se hizo posible en aquellas regiones o zonas en las que se concentraba dinero y demanda suficiente pare arriesgar capital y seguridad personal en operaciones garantizadas. El comerciante sedentario se había convertido en cabeza de una compañía y gestor responsable ante sus accionistas y colaboradores en los negocios que capitaneaba. Lo cual facilitó la confianza en los instrumentos de pago, como la letra de cambio, que debió alcanzar su forma definitiva a finales del XIII. Y si dichas letras de cambio fueron utilizadas primeramente por comerciantes entre sí, después fueron usadas por otros agentes y negociadores, siendo una de las bases fundamentales de la banca local e internacional, pues en muchas ciudades comerciales los cambistas ampliaron sus actividades desde el simple cambio a la recepción de depósitos y a la transferencia de cantidades de una cuenta a otra a petición de los depositantes. Las cuentas bancarias acabaron por tanto formando parte del dinero desde fines del siglo XIII, contando ya con una legislación especial de protección; si bien todo ello sucedió exclusivamente donde la oferta monetaria y los intercambios eran abundantes y frecuentes. Por ello, alcanzados ciertos niveles de actividad monetaria, los cambios cuantitativos llevaron a otros cualitativos en los métodos comerciales, aumentando la oferta monetaria y la magnitud de los negocios. Como consecuencia de la revolución comercial y de las mayores posibilidades de inversión productiva cambió la actitud hacia el préstamo. Se produjo además una gran movilización de metales preciosos que se sumó a la oferta de dinero y aumentó su circulación. Y cuando los préstamos comerciales se hicieron ordinarios y el uso de la moneda prioritario, los canonistas tuvieron que reelaborar la doctrina sobre la usura para hacer viable el pago de intereses, pues ya no se trataba de los antiguos préstamos de consumo que atrapaban al deudor en una espiral de miseria sino de préstamos productivos que permitían al deudor ampliar sus negocios. Tal y como nos recuerda P. Spufford: "La clave de la nueva interpretación fue el lucrum cessans, el beneficio que el prestamista habría obtenido si se hubiera guardado el dinero para comerciar, pero del que se privaba para prestarlo a quien podrá utilizarlo en el comercio". Cuando aumentó la libertad para invertir en lugar de atesorar y cedió la presión moral de la Iglesia al respecto, cayeron los tipos de interés comercial, especialmente aquellos de los lugares en los que la oferta de dinero era mayor, como en las ciudades del norte de Italia. En Génova, por ejemplo, hacia 1200 los banqueros realizaban préstamos comerciales al 20 por 100 anual, en Florencia al 22 por 100 y en Venecia al 21 por 100. Estos tipos de interés comercial estaban aún al mismo nivel que los personales. Pero a fines del siglo XIII las ciudades pagaban ya a sus propios ciudadanos con tipos menores por préstamos forzosos, utilizando en cambio el tipo del mercado para conseguir préstamos voluntarios; aunque se mantuvo siempre un diferencial notable entre los tipos de préstamos comerciales y los particulares. En definitiva, el aumento de la oferta monetaria fue un factor a destacar en la revolución comercial. En unas estructuras predominantemente agrarias y señoriales, como eran las de los siglos XI al XIII, una oferta monetaria adecuada permitió a los señores aprovecharse de las ventajas del aumento de la población, provocando una revolución de las rentas que a su vez les permitió una mejora de las formas de vida al alcanzar la capacidad de adquisición y compra que no habían disfrutado anteriormente. El siglo XIII, como final de la revolución comercial, conoció, pues, una serie de cambios y de nuevas actitudes hacia el uso del dinero en todos los ámbitos: el señorial, el campesino, el urbano, el principesco... Todo ello posibilitado por el desarrollo del comercio en los siglos del crecimiento y la expansión.
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Los estudios sobre monasterios cistercienses femeninos, lamentablemente, son muy escasos si los comparamos con los referentes a las abadías de hombres, a pesar de que a mediados del siglo XIII se podían contar cerca de novecientas abadías de monjas que observaban la Regla de Citeaux y, en algunos países como Alemania, Inglaterra o España, eran más numerosos que los de monjes. Todos los esquemas monásticos cistercienses se han hecho en función de los monasterios masculinos. Aunque, a la vista de los edificios de monjas conservados, éstos se inspiran prácticamente en aquellos, sin embargo, se observan ligeras variantes en los femeninos. La bibliografía sobre el particular es muy pobre y, lo poco que se ha escrito, se refiere a parcelas muy concretas. Entre los trabajos más destacados que se han publicado no hay ninguno que nos aporte un arquetipo de monasterio femenino. Así, A. Dimier en su estudio sobre "L'Architecture des églises de moniales cisterciennes. Essai de classement des différents types de plans", se limita a hablar solamente de la tipología de plantas de iglesias. M. Desmarchelier, al hacer una ampliación al artículo de Dimier sigue insistiendo, sin más, sobre la planimetría templaria. Por su parte, M. Aubert en su obra "L'Architecture cistercienne en France", simplemente dedica un pequeño capítulo a las abadías femeninas, ciñéndose a casos particulares y reseñando las características de algunas dependencias claustrales de monasterios concretos, pero sin establecer el prototipo de los monasterios femeninos. Las religiosas debían vivir en el interior de un recinto que albergase los edificios conventuales y el huerto. Todo estaba delimitado por una cerca, que era el muro de la clausura, y su comunicación con el mundo exterior se hacía por una sola puerta, ubicada en la zona de portería, que recuerda las de las abadías de monjes, siguiendo los principios de los benedictinos. Fuera de la clausura, pero formando parte del monasterio, había un "compás" donde existía una capellanía que alojaba a los monjes encargados de las diversas necesidades espirituales de las monjas, como la confesión y la celebración de misas. Asimismo, había en él otra serie de edificios indispensables para la vida cotidiana de los habitantes del monasterio, como molinos, herrería, almacenes, cuadras, etc., y las casas donde vivían los servidores que estaban al cargo de cada una de estas dependencias. Generalmente, la Regla exigía que el lugar elegido para la construcción de los monasterios estuviese lo suficientemente alejado de los núcleos urbanos para, de esa forma, conseguir un aislamiento del mundo y, así, alcanzar un mayor recogimiento en su vida espiritual. Por ello, en muchas ocasiones, la ubicación primitiva de las abadías femeninas, como ocurría con las de hombres, no era la definitiva. Unas veces porque los lugares escogidos eran insalubres; otras, por litigios sobre los terrenos concedidos; otras, por las molestias que podían recibir de los vecinos de las localidades próximas y, por ello, se las trasladaba a otros emplazamientos donde estuviesen mejor protegidas. La homogeneidad de los monasterios viene determinada por las rigurosas normas de los cistercienses, lo que conlleva una gran unidad en todas sus plantas. Sin embargo, los monasterios femeninos españoles plantean una serie de problemas, ya que las sucesivas alteraciones que han padecido a lo largo de los siglos han hecho que sus trazas originales se hayan modificado, sustituyendo unas estancias por otras, lo que hace difícil establecer una tipología como se ha hecho en los de hombres. Dichos monasterios femeninos españoles, con menos ayuda económica que los de monjes, han visto alterado en muchas ocasiones su proyecto original, más que los franceses coetáneos. La falta de medios hace que la idea primitiva, en la mayoría de las ocasiones, no se llegue a realizar del todo. De esta manera, un monasterio de una comunidad femenina podía tener, al finalizar el siglo XIV, construidas parte del templo y parte de las dependencias claustrales. Con el cambio de siglo, o en siglos posteriores, ese concepto que se tenía de las estancias del claustro varía y, entonces, se hace de acuerdo a nuevos criterios. Por todo esto resulta muy difícil conocer cuál es la realidad de toda una compleja estructura que se diseñó, no se ejecutó más que en parte y se modificó según otros proyectos. Asimismo, también se advierten diferencias con los monasterios femeninos franceses, ya que éstos, en su mayoría, son como los de monjes, cosa que no ocurre en las abadías españolas. La disposición de algunas estancias ha sufrido cambios, como ocurre con el dormitorio sobre la sala capitular en Francia, mientras que por la excesiva altura de los capítulos hispánicos no se le destinaba ese lugar. Pienso que las salas capitulares de los monasterios femeninos españoles, generalmente, tienen unas proporciones esbeltas por corresponder su construcción a la plenitud del estilo gótico. Ello permite un sentido de la proporción más ligero y elevado, haciendo que el volumen del capítulo sobresalga en el perfil de la panda con respecto a las dependencias de su entorno. De esta manera se dificulta la existencia de una sala larga sobre ella. Lo mismo pasa con la sala de monjas que, en España, debió existir como tal, aunque no hay constancia de que perviva ninguna. En todo monasterio la iglesia era el núcleo principal para la construcción de las dependencias claustrales. El claustro se disponía al norte o al sur de ella, según por donde discurría la traída de agua, elemento básico para los servicios de comida y limpieza del monasterio. El claustro es un patio cuadrangular constituido por cuatro pandas o galerías en las que se alzan las dependencias claustrales, cuya denominación corresponde al ámbito más significativo: panda del capítulo (este); panda del refectorio (sur); panda de conversas o de la cilla (oeste); panda del mandatum (norte). Las obras se comenzaban por la panda del capítulo, que solían ser simultáneas a las de la cabecera del templo y, en ella, se disponían las siguientes dependencias: sacristía, armariolum, sala capitular, locutorio, pasaje a la huerta, sala de monjas y letrinas. La panda del refectorio se componía de calefactorio, refectorio y cocina. En la panda de conversas estaban las letrinas, comedor de conversas y cilla. Entre ésta y el muro del claustro estaba el corredor de conversas y sobre la cilla, quizá, se ubicaría su dormitorio. La panda del mandatum es la contigua a la iglesia y en ella se adosarían bancos a la pared para la lectura.
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Una de las características de la actividad laboral de la mujer es lo que se denomina "la doble jornada laboral". Puesto que tradicionalmente era ella la que había llevado el peso de la casa y de la familia -organización del hogar, cuidado de niños, personas mayores, enfermos, etc.- al incorporarse el mundo del trabajo se encontró con una doble actividad profesional: la remunerada y la doméstica. Gráfico